The Project Gutenberg EBook of Orlando Furioso, Tomo I., by Ludovico Ariosto

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Title: Orlando Furioso, Tomo I.

Author: Ludovico Ariosto

Translator: Manuel Aranda y Sanjuan

Release Date: July 6, 2014 [EBook #46201]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ORLANDO FURIOSO, TOMO I. ***




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  Nota del Transcriptor:


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  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.




  LOS GRANDES POEMAS.

  JOYAS DE LA LITERATURA UNIVERSAL


  PUBLICADOS BAJO LA DIRECCION LITERARIA DE

  D. FRANCISCO JOS ORELLANA.


  TOMO II DE LA COLECCION.

     [Ilustracin: Orlando Furioso]




  ORLANDO FURIOSO


  POEMA ESCRITO EN ITALIANO

  POR

  LUDOVICO ARIOSTO


  Y TRADUCIDO AL CASTELLANO Y ANOTADO

  POR

  D. MANUEL ARANDA Y SANJUAN.


  TOMO I.


  BARCELONA.
  EMPRESA EDITORIAL LA ILUSTRACION.
  CALLE DE MENDIZBAL, NMERO 1.
  1872.




                                                ES PROPIEDAD.


  BARCELONA.
  ESTABLECIMIENTO TIPOGRFICO DE JAIME JEPS.
  CALLE DE PETRITXOL, NM. 9, BAJOS.
  1872.

     [Ilustracin: LUDOVICO ARIOSTO.]




BIOGRAFA DE LUDOVICO ARIOSTO.


Ludovico,  Luis, Juan Ariosto naci el 8 de Setiembre de 1474 en
Reggio, ciudad del ducado de Ferrara. Sus padres fueron Nicols Ariosto,
noble ferrars, gobernador de la ciudadela de Reggio, y Daria Maleguzzi.
Luis fu el mayor de sus cuatro hermanos y cinco hermanas.

Apenas entrado en la adolescencia, di pblico testimonio de su singular
talento, pronunciando en la apertura del curso universitario un discurso
en latin, compuesto por l, y notable por sus conceptos y por su florido
estilo. Desde entonces revel su inclinacion y habilidad en la poesa,
escribiendo un drama titulado la _Fbula de Tisbe_, que represent
despues, acompaado de sus hermanos. Por obedecer  su padre emple
cinco aos en el estudio de las leyes; pero con tanta tibieza y
desapego, que no correspondiendo el resultado  las esperanzas
concebidas, se decidi su padre  dejarle seguir la carrera  que le
llamaba su vocacion. Estudi nueva y cuidadosamente la lengua latina
bajo la direccion de Gregorio de Spoleti, y se entreg con tal ardor al
exmen de los ms excelentes escritores de aquella lengua, especialmente
de los poetas, que descubri y aprendi las bellezas menos observadas, y
consigui descifrar los pasajes ms oscuros, lo cual le di gran
renombre en la corte de Roma, bajo el pontificado de Leon X.

Habiendo adquirido Ariosto en la escuela de Gregorio el caudal de
conocimientos necesario, intent ajustar la comedia italiana  las
reglas de la griega y de la latina, componiendo en prosa la _Cassaria_ y
los _Suppositi_ (los supuestos  fingidos), que arregl ms tarde en
versos esdrjulos. La muerte de su padre, ocurrida en Febrero de 1500,
le priv, en gran parte, de la comodidad y del tiempo necesario para
continuar los trabajos emprendidos en la poesa italiana y en la latina,
por haberse visto obligado  dedicarse  una tarea tan penosa como nueva
para l, cual era la del arreglo de sus asuntos domsticos, aunque no de
modo que renunciara totalmente  su ocupacion predilecta, segun lo
prueban las diferentes poesas que de aquel tiempo nos dej impresas. No
tard en conocer y apreciar su talento el cardenal Hiplito de Este,
hijo de Hrcules I, el cual quiso que Ariosto formara parte de su alta
servidumbre. Observando aquel experto Prncipe que no consistia en la
poesa solamente el mrito de nuestro poeta, tuvo  gran dicha confiarle
las comisiones ms delicadas, as suyas como de su hermano Alfonso,
sucesor de su padre Hrcules en el ducado de Ferrara. Estas comisiones
fueron varias; pero las dos ms importantes consistieron, la primera, en
impetrar del pontfice Julio II, en Diciembre de 1509, los socorros
necesarios en gente y dinero para rechazar una agresion de los
venecianos, y la segunda, en aplacar la clera del mismo Pontfice,
sumamente irritado contra el duque Alfonso por su alianza con los
franceses.

En el tiempo en que Ariosto perteneci  la servidumbre del Cardenal de
Este, se le ocurri, con objeto de atraerse el favor de su seor,
componer un poema que redundase en alabanza de dicho Cardenal y de su
familia, y empez  escribirlo en tercetos; mas satisfacindole poco
este metro, adopt las octavas reales, como ms  propsito para su
idea, emprendiendo en seguida el trabajo de completar la obra bosquejada
por el conde Boyardo en su _Orlando enamorado_. Despues de diez  once
aos de trabajo, muchas veces interrumpido, crey que su poema estaba en
disposicion de ser impreso y publicado,  fin de conocer la opinion
formada sobre l, no solo por sus amigos, sino tambien por la
generalidad, y tenerla presente para corregirlo ms adelante. En efecto,
en 1516 di  luz su _Furioso_, y una vez conocido el parecer de las
personas ilustradas, y despues de muchas correcciones, adiciones y
cambios, y de aadir seis cantos  los cuarenta de la primera edicion,
volvi  publicarlo en Ferrara en 1532. No qued tampoco satisfecho de
las correcciones hechas en esta segunda edicion; porque desanimado por
el desvo con que despues de quince aos de leales y penosos servicios
le pag su seor, y atormentado por los incesantes litigios que tuvo que
sostener y que iban mermando su patrimonio,  no hizo nada en su poema
por espacio de mucho tiempo,   lo menos poco y con poco gusto; de modo
que hcia el fin de su vida se lamentaba de que su _Furioso_ careciese
de la debida correccion, parte por causa de sus cuidados domsticos, y
parte por culpa de sus seores, que continuamente le distraian con
viajes, embajadas y gobiernos.

Ariosto suponia con fundamento que su poema le haria acreedor del
aprecio del Cardenal, y supuso tambien con razon que este aprecio no se
entibiaria por alguna cosa de poca importancia; pero cualquiera que
fuese el concepto que al principio hubiese formado aquel prncipe de
dicha obra, lo cierto es que no habian transcurrido diez y ocho meses
cuando el poeta se vi privado del fruto de sus honrosas tareas. La
nica causa que para ello medi consisti en que, cuando pas el
Cardenal  Hungria para permanecer en aquel pas, como permaneci dos
aos y algunos meses, Ariosto se excus de acompaarle, fundndose en la
necesidad de atender  su quebrantada salud y al cuidado de su familia.
Desde aquel momento el Cardenal, si bien no le despidi de su
servidumbre, le priv por lo menos de su gracia, y di manifiestas
pruebas de su animadversion hcia el poeta. Encontr, sin embargo,
cierta compensacion  esta prdida en el nombramiento d gentil-hombre
de su cmara, que le confiri el duque Alfonso.

Desempe tranquilamente este nuevo servicio cerca de tres aos, en que
disfrut del sosiego necesario para sus estudios, aun cuando siempre que
salia el Duque fuera de la capital, se veia obligado  acompaarle; pero
no fueron tranquilos por lo que  sus asuntos domsticos hacia, los
cuales le traian sumamente angustiado  causa de lo reducido de su
patrimonio y de su numerosa familia. Poco despues se aadi  esta
estrechez la prdida de cierta pension que bastaba  sus necesidades,
que cobraba en Ferrara, y que fu suprimida por el Duque.

Reducido  los mayores apuros, suplic al Duque que le auxiliase en su
necesidad  que le diera licencia para dejar su servicio,  fin de
buscar en otra parte los medios de vivir de que carecia. Alfonso crey
satisfacer sus deseos, nombrndole en Febrero de 1522 gobernador de la
Garfagnana, en ocasion en que el gobierno de aquel pas era peligroso 
consecuencia de las distintas facciones y partidas de bandoleros que
merodeaban por l. En dicho cargo continuaba en el ao de 1523, cuando
Clemente VII fu elegido papa, segun sabemos por la stira stima que
escribi  Buenaventura Pistofilo, secretario del Duque de Ferrara, en
respuesta  la proposicion de nombrarle ministro residente cerca del
Papa, que dicho secretario le habia dirigido; manifestando que, aparte
de la obediencia que al Prncipe debia, preferia continuar tranquilo en
su patria. Sigui, pues, encargado del gobierno de la Garfagnana hasta
terminar el plazo fijado, que era de tres aos, y despues se traslad 
Ferrara, donde por complacer al Duque,  quien agradaban en extremo las
representaciones teatrales, se dedic  revisar y corregir las cuatro
comedias que habia escrito hacia ya muchos aos, y  empezar la
_Escolstica_, que fu la quinta, y cuya obra dej sin concluir.

El duque Alfonso no escase gasto alguno para hacer que se representaran
dichas comedias,  hizo que se levantase un teatro en un salon de su
palacio segun los planos del mismo poeta, el cual se esmer tanto en su
construccion, que por aquel tiempo no se conoci otro tan bello ni
magnfico. En l se representaron varias veces con extraordinario
aplauso y en presencia de muchos prncipes las cuatro comedias citadas,
tomando parte en su ejecucion los personajes ms notables de la corte,
segun era costumbre en aquellos tiempos; y hasta el prncipe D.
Francisco, uno de los hijos del Duque, no se desde de recitar el
prlogo de la _Lena_, la primera vez que esta obra se puso en escena en
el ao 1528.

Ariosto intent componer un nuevo poema,  ms bien ampliar su
_Furioso_, aadiendo los cinco cantos que despues de su muerte fueron
impresos  continuacion del poema primitivo. Otras muchas cosas
escribi, adems de las publicadas, para ejercitarse en la poesa  como
meros ensayos; y sbese especialmente que, para adiestrarse en la
invencion de su _Furioso_, se dedic  la traduccion de varios libros
novelescos, as espaoles como franceses. Por complacer al Duque y quiz
tambien por su propia conveniencia, se ocup asimismo en arreglar  la
escena italiana muchas comedias de Plauto y de Terencio, cuyos ensayos
seria de desear que no se hubiesen perdido, por ms que el Poeta los
tuviese en poco, aunque solo fuese porque, merced  ellos, tendramos
una nueva y respetable interpretacion de muchos pasajes oscuros y
difciles de los clsicos latinos.

Los primeros ingenios de su tiempo apreciaron cual se merecian las
valiosas dotes de nuestro Poeta, el cual vivi con ellos en cordial
amistad, presentndonos un honroso recuerdo de esta en su poema. Pero
ms particular y hasta cariosamente fu amado, querido y admirado de
los principales seores de Europa, entre los cuales podemos citar,
adems de su seor natural, el Duque de Ferrara, que le distingui ms
que cuantos en este ducado tenian  gala proteger las artes y la
literatura,  Juan de Mdicis, que fu despues Papa con el nombre de
Leon X;  los cardenales Gonzaga, Farnesio, Salviatti, Bibiena y
Campeggi; al marqus del Vasto y todos los seores de la corte de
Urbino;  otros muchos prncipes y reyes que le ofrecieron un lugar
honroso en sus cortes, y para terminar de una vez, al emperador Crlos
V, el cual, encontrndose en Mantua en noviembre de 1532, quiso honrarle
pblicamente colocndole por su propia mano una corona de laurel en la
cabeza.

Poco ms de un mes haria que habia cumplido los 58 aos, cuando apenas
terminada la impresion de su poema corregido y ampliado, empez  sentir
los primeros sntomas de una enfermedad que le condujo en ocho meses al
sepulcro. Los principales mdicos de Ferrara que le asistieron la
juzgaron desde luego incurable. La calificaron de una obstruccion en el
cuello de la vejiga, y querindola combatir con bebidas aperitivas, le
estropearon el estmago: acudiendo entonces  atajar esta nueva
indisposicion, tanto le estragaron, que al fin result tico. Supsose
que su mal habia tenido principio en la noche que precedi al ltimo dia
del ao 1532, no porque entonces empezara  sentirse de l atacado, sino
porque en aquella noche se agrav de manera, que desesper ya de
recobrar la salud. Ocurri la citada noche que, prendise fuego en una
tienda situada en la galera del patio ducal frente  la Catedral, y
corrindose las llamas  las tiendas contiguas, ardieron todas en tres
dias y con ellas los salones del palacio que sobre ellas habia,
juntamente con el teatro que el Duque habia hecho construir pocos aos
antes en aquellos salones para la representacion de las comedias de
Ariosto. Desde entonces la enfermedad hizo rpidos progresos, y despues
de haberle extenuado completamente, le ocasion la muerte el dia 6 de
Junio de 1533. Cuatro hombres trasladaron su cadver desde la casa
mortuoria, situada en la calle del Mirasol, hasta la iglesia vieja de S.
Benito, alumbrado tan solo por dos hachas, pero acompaado
espontneamente por los monjes y enterrado en dicha iglesia tan
sencillamente como habia querido y prescrito.

Su hermano Gabriel dese hacerle un sepulcro proporcionado  su cario y
al mrito del Poeta, pero no le ayudaron los medios. Su hijo Virginio se
propuso trasladar sus restos  una capilla que habia levantado en el
huerto de la casa paterna; mas los monjes se opusieron tenazmente 
ello. Cuarenta aos permanecieron los huesos de Ariosto en tan humilde
sepultura, aunque visitados y honrados por muchos poetas, que le
dedicaron composiciones latinas  italianas. Agustn Mosti, noble
ferrars, discpulo de Ariosto, determin erigirle  sus expensas un
sepulcro ms decoroso, y lo construy en efecto en la iglesia nueva de
dichos monjes, todo de mrmoles finsimos, y adornado de figuras y
elegantes tallados, descollando en su parte superior la esttua del
Poeta, de mayor tamao que el natural. En 1612, uno de de sus
descendientes, llamado como l Ludovico, le erigi otro sepulcro en la
misma iglesia, mucho mejor por la calidad de los mrmoles y por su
belleza arquitectnica, y se trasladaron de nuevo  l sus cenizas,
donde reposan hasta hoy dia.

Mucho nos quedaria que decir aun si quisiramos ocuparnos minuciosamente
de cuanto tiene relacion con el poeta ferrars. Nos limitaremos 
manifestar, que en sus poemas y especialmente en sus stiras nos dej
una exposicion clara  ingnua de las dotes de su nimo, conformes  la
ms rigurosa moral, y nos aventuramos  decir que, si viviese en
nuestros dias, hubiera ofrecido un ejemplo digno de imitar, y habria
descollado sin duda alguna entre los hombres de fama mejor sentada. Los
escritores contemporneos de Ariosto ponderan la afabilidad de su
trato, la delicadeza y lealtad de sus acciones, su diligencia en
complacer  cuantos hacian uso del favor que gozaba con el Duque, su
modestia y su respeto hcia todos, su justicia, su mansedumbre y su
agrado. Ensalzaban asimismo su moderacion en el deseo de gracias y
honores, y aseguraban, que dndose por satisfecho con una modesta
riqueza, aborrecia los bienes adquiridos por medio de las bajezas  las
humillaciones. Amigo de la sobriedad, despreciaba los esquisitos
manjares de los banquetes solemnes. Le suponian experto y sagaz,
profundo conocedor de los cortesanos y del carcter de los hombres que
habia tratado; de imaginacion rpida, y agudo y hasta chistoso en sus
palabras; inclinado al estudio y  la contemplacion; enemigo de la
ociosidad, de las vanas ceremonias, y sobre todo de las adulaciones
palaciegas; amante en extremo de su patria, fiel  sus prncipes, y
constante en su amistad.

En muchos pasajes de sus poesas se manifiesta inclinado  los galanteos
amorosos; pero aun cuando hubiese sido tal como l mismo confiesa,
crese que se separ algun tanto de la verdad por capricho, y por dar
belleza y amenidad  sus poticas fantasias como lo exiga el carcter y
la libertad de su siglo. Parece  muchos censurable que ciertos trozos
de sus poesas no puedan leerse por todos sin perjuicio de la
honestidad; pero debe tenerse presente que en su tiempo no sucedia lo
mismo, como hoy no lo es entre ciertos isleos la desnudez que no
tolerarian los europeos. Ariosto fu siempre cauto y reservado en cuanto
se relacionaba con sus amores: tuvo dos hijos naturales, Virginio y Juan
Bautista: el primero, nacido de una amiga, llamada Ursulina, fu
cannigo de la Catedral de Ferrara; y el segundo, de madre ignorada,
capitan de la milicia del Duque. De su mujer legtima, Alejandra
Benucci, florentina, no se sabe que tuviese descendencia.

Por ltimo, aun cuando  nuestro Poeta no se le ocurri hacer gala de un
valor que se avenia mal con su carcter pacfico, debemos hacer constar
con el Pigna, uno de los escritores contemporneos, que tom parte en un
combate naval contra las fuerzas del papa Julio,  ms bien contra las
de la Repblica veneciana, en el cual di evidentes pruebas de bravura,
resistiendo valerosamente con otros caballeros, y logrando apoderarse de
un bajel enemigo, cargado de pertrechos y de toda clase de vveres de
boca y guerra. Por lo dems, basta la energa que demostr para limpiar
el territorio de la Garfagnana de los bandoleros y facciosos que lo
infestaban, para dejar sentado que el valor no era una de las cualidades
que menos resaltaban en el inmortal autor de _Orlando furioso_.




ORLANDO FURIOSO.




CANTO PRIMERO.

     Huye Anglica sola, mientras Reinaldo procura alcanzar  su fiel
     caballo que se le ha escapado.--Encendido este guerrero en ira y en
     amor, ataca al orgulloso Ferrags.--Este pronuncia un nuevo
     juramento, ms terminante que el primero con respecto  apoderarse
     de un casco.--El Rey de Circasia encuentra con alegra  su amada,
     y Reinaldo estorba la realizacion de sus planes.


Canto la galantera, las damas, los caballeros, las armas, los amores y
las arriesgadas empresas del tiempo en que los moros atravesaron el mar
de frica  hicieron grandes estragos en Francia, imitando el impetuoso
y juvenil ardor de su rey Agramante, el cual se jactaba de vengar la
muerte de Trojan en la persona de Carlos, emperador de romanos.

Con respecto  Orlando, referir cosas que jams se han dicho en prosa
ni en verso; manifestar cmo se convirti en un loco furioso aquel
hombre tenido siempre como modelo de cordura: ojal que aquella por
quien me falta poco para verme en tal estado, segun lo que va
amortiguando mi escaso ingenio, me conceda el suficiente para llevar 
cabo lo que prometo.

Y vos, oh Hiplito!, generoso descendiente de Hrcules, ornato y
esplendor de nuestro siglo, dignaos acoger complaciente este trabajo,
nica muestra de agradecimiento que le es dable ofreceros  vuestro
humilde sbdito. Con mis palabras  mis escritos puedo solamente pagaros
lo que os debo: corto es su valor, pero os aseguro que con ellos os doy
todo cuanto me es posible daros.

Entre los esclarecidos hroes que me propongo celebrar en mis versos,
oireis recordar  aquel Rugiero, que fu el antiguo tronco de vuestra
ilustre familia. Escuchareis el relato de su preclaro valor y memorables
hazaas, si os dignais prestarme atencion, y si mis versos logran ocupar
un lugar entre vuestros elevados pensamientos.

Enamorado Orlando, largo tiempo haca, de la bella Anglica, habia
alcanzado por causa de esta infinitos  inmortales laureles en la India,
en la Media y en la Tartaria. Con ella habia regresado al Occidente, y
llegado al pi de los elevados Pirineos, donde las huestes reunidas en
Francia y Alemania, esperaban al rey Crlos para emprender la campaa
contra los reyes Marsilio y Agramante,  quienes se proponian hacer
arrepentir de su loca arrogancia por haber traido del frica, el
primero, cuantos hombres eran aptos para llevar las armas, y haber
aprestado el segundo todos sus soldados que  la sazon dominaban en
Espaa, para destruir el hermoso reino de Francia.

Orlando se present oportunamente en aquel lugar; pero pronto se
arrepinti de su llegada, pues al poco tiempo le fu robada su dama:
tan sujeta est al error la inteligencia humana! Aquella mujer por
quien habia tenido que sostener tantos combates desde las costas
orientales  las occidentales, fule arrebatada cuando se hallaba en su
patria, entre sus amigos, y sin poder requerir la espada para impedirlo.
El prudente emperador, queriendo prevenir mayores males, fu quien la
hizo desaparecer; pues habindose originado poco antes una viva
disension entre el conde Orlando y su primo Reinaldo, llevados ambos de
un apasionado y ardiente amor hcia la extraordinaria belleza de
Anglica, disgustse Crlos en alto grado por tal querella, cuyo efecto
inmediato era el de que se debilitase la ayuda que pudieran prestarle
ambos paladines; y se apoder de la doncella, entregndola al duque de
Baviera, y prometindola como recompensa  aquel de los dos que matara
por su mano mayor nmero de infieles y ms se distinguiera en la batalla
que se preparaba.

El xito, sin embargo, fu contrario  sus deseos; pues habiendo sido
derrotados y puestos en fuga los cristianos, cay el Duque prisionero
juntamente con muchos de los suyos, y qued abandonada su tienda de
campaa. Anglica, previendo que la Fortuna se mostraria aquel dia
adversa  los soldados de Cristo, habia montado  caballo, poco antes de
trabarse la batalla, y huy cuando vi el giro que esta tomaba.

Entr en un bosque, y en uno de sus estrechos senderos divis  un
caballero que,  pi, cubierto con su coraza, puesto el casco, con la
espada al cinto y embrazado el escudo, corria por la floresta ms ligero
que el aldeano que medio desnudo disputa el premio de la carrera. La
tmida pastorcilla que tropieza con una serpiente cruel no huye ms
veloz de lo que Anglica revolvi su corcel al ver al guerrero que hcia
ella se dirigia.

Este era el paladin gallardo, hijo de Amon, seor de Montauban,  quien
por un extrao suceso se le habia escapado su caballo Bayardo. En cuanto
fij sus miradas en la jven y pudo distinguir, aunque desde ljos, su
bello y angelical semblante, qued preso en las redes del amor. La
doncella volvi las riendas  su palafren y lo lanz  toda brida por la
espesura de la selva, sin seguir un camino determinado. Plida,
temblorosa, y sin ser duea de s misma, dej al instinto del caballo la
eleccion del sendero, y despues de dar infinitas vueltas por la selva,
en todas direcciones, lleg al fin  la orilla de un rio.

Cubierto de sudor y lleno de polvo encontrbase en el mismo sitio
Ferrags, atormentado por la sed y el cansancio despues de la batalla: 
pesar suyo, se veia detenido all; pues en la precipitacion por
refrescar su ardorosa garganta, habia dejado caer el yelmo en el agua, y
hacia desesperados esfuerzos por recobrarlo.

La atemorizada doncella llegaba  escape y gritando con todas sus
fuerzas: el sarraceno, al oir sus voces, salt  la orilla, contempl un
momento  la jven, y  pesar de su palidez y turbacion, y de hacer
mucho tiempo que no la habia visto, conoci bien pronto que era la
hermosa Anglica la que se aproximaba.

Enamorado sin duda de ella, como los dos primos, y lleno de galantera,
le prest todo el auxilio que le fu posible, y sin cuidarse de que el
yelmo no resguardaba su cabeza, tir de la espada, y corri amenazador
hacia Reinaldo,  quien no intimidaba su feroz aspecto: ambos se habian
encontrado ya muchas veces frente  frente, y ambos conocian tambien el
temple de sus armas. Trabse entre ellos un combate cruel,  pi y
desnudos los aceros, descargndose recprocamente tan terribles golpes,
que no ya las corazas ni las delgadas mallas, sino ni aun los ms
fuertes yunques los resistirian. Pero, en tanto que los dos combatientes
procuraban herirse, el caballo de Anglica necesit valerse de todo su
instinto; pues la jven, aguijndole cuanto le era posible, lo lanz 
todo escape por el bosque y por el campo.

Cansados los dos guerreros de procurar aunque en vano derribarse el uno
al otro, y de emplear todo su valor y destreza, que era igual en ambos,
para alcanzar la victoria, el Seor de Montauban, en cuyo corazon ardia
de tal modo el fuego del amor, que lo ocupaba por completo, se dirigi
al sarraceno, dicindole:

--Crees ofenderme  m solo, y sin embargo ahora te ests tambien
perjudicando: si combatimos porque los rayos refulgentes de ese nuevo
Sol te han abrasado el pecho, qu consigues con detenerme aqu? Aun
cuando logres someterme  darme la muerte, no por eso ser tuya aquella
doncella; pues mientras nosotros perdemos aqu el tiempo, ella huye
precipitadamente. Cunto mejor seria, si es que la amas, que la
alcancemos en su camino, y procuremos detenerla antes de que se aleje
ms! Cuando la tengamos en nuestro poder, entonces el acero decidir 
quin ha de pertenecer: de lo contrario, y despues de un prolongado
combate, solo resultar perjuicio para entrambos.

Acept el infiel esta proposicion, y qued aplazado el desafo.
Establecise por el momento entre ellos una tregua inusitada, llegando 
olvidar sus iras y rencores hasta tal extremo, que el pagano, al
apartarse de aquella fresca corriente, no consinti que fuera  pi el
buen hijo de Amon; y habiendo conseguido despues de varias splicas que
montara  la grupa de su caballo, se dirigieron en seguimiento de
Anglica.

Oh extraordinaria bondad de los caballeros antiguos! Ambos eran
rivales, de diferentes creencias; aun se resentia todo su cuerpo del
rigor de los golpes que acababan de darse, y sin embargo, atravesaron
juntos y sin mtua desconfianza los tortuosos senderos de aquella selva
oscura. El corcel, hostigado por las aceradas puntas de cuatro
acicates, lleg velozmente  un sitio donde se bifurcaba el camino.
Vacilantes, por ignorar el que habria seguido la doncella, pues en las
dos sendas se veian huellas recientes y parecidas, se entregaron al
acaso; Reinaldo sigui por una, y el sarraceno por la otra. Despues de
haber dado Ferrags muchas vueltas por el bosque, fu  parar al mismo
sitio de donde habia partido, y encontrse junto al rio en que habia
perdido su casco. Desesperando de alcanzar  la doncella, dedicse 
buscarlo, y con este objeto se meti en el agua; pero estaba aquel tan
enterrado en la arena, que necesitaba emplear muchos esfuerzos antes de
recobrarlo.

Valindose de una larga rama, despojada de hojas, que habia arrancado de
un lamo, empez  sondear el rio y  reconocer su lecho minuciosamente.
Profundamente irritado estaba ya al considerar la inutilidad de sus
esfuerzos y su prolongada permanencia en aquel sitio, cuando vi que
sacaba el cuerpo fuera del rio, y hasta el pecho solamente, un
caballero, de feroz aspecto, y armado completamente, aunque con la
cabeza descubierta, el cual sostenia en su diestra mano el mismo casco
que por tanto tiempo habia buscado Ferrags infructuosamente.

Con ademan airado, le dirigi la palabra en estos trminos:

--Infame, hombre sin f! por qu te pesa tanto dejar aqu este yelmo,
que h tiempo debiste haberme devuelto? Acurdate, infiel, de cuando
diste muerte al hermano de Anglica: ese soy yo. Recuerda que me
prometiste arrojar al rio mis armas y mi casco. No te turbes, pues,
porque la suerte haya cumplido mis deseos, ya que t no has querido
cumplirlos; tu turbacion ha de causarla ms bien tu falta de f y
lealtad. Ya que tanto deseas poseer un casco bien templado, procura
adquirir otro, pero con honor: el paladin Orlando tiene uno; otro, y
quiz mejor, posee Reinaldo: el uno fu de Almonte; el otro de Mambrino.
Conquista cualquiera de ellos con tu valor: en cuanto  este, ya que has
prometido dejrmelo, hars bien en renunciar  l.

Al aparecer repentinamente fuera del agua aquella sombra, cambise el
color del semblante del sarraceno y se le erizaron los cabellos,
expirando adems las palabras en sus labios. Pero cuando oy la voz de
Argala (que as se llamaba)  quien habia dado all mismo la muerte,
reconvenirle de semejante modo por su deslealtad, se sinti abrasado por
la ira al par que por el rubor. Permaneci silencioso, sin nimo ni
tiempo para procurar excusarse, por lo mismo que reconocia que era
verdad cuanto le habia dicho; pero tanto pudo en l la vergenza, que
jur por la vida de Lanfusa[1] no cubrir su cabeza con ms casco que con
el que arranc Orlando en Aspromonte al feroz Almonte, y observ mejor
este juramento que el anterior. Tan pesaroso se alej de aquel sitio,
que durante muchos dias no pudo apartar aquella escena de su memoria, ni
dedicarse  otra cosa ms que  buscar, aunque en vano, al paladin por
todos los sitios donde suponia encontrarlo.

     [1] Nombre de la madre de Ferrags.

No habia andado mucho Reinaldo al separarse del sarraceno, cuando vi 
su caballo saltar delante de l.--Detente, detente, Bayardo mio, exclama
el caballero, que me perjudica mucho encontrarme sin t!--Pero el
corcel, sordo  tales voces, no solo no obedecia  su amo, sino que huia
con mayor velocidad; y Reinaldo, inflamado de corage, ech  correr en
pos de l.

Pero volvamos  la fugitiva Anglica que, vagando por selvas espantosas
y sombras, atravesando sitios deshabitados, yermos y salvajes, de tal
temor estaba poseida, que el ms leve movimiento de las hojas  de las
ramas, cualquier sombra que veia en el monte  en el valle, le parecia
que era Reinaldo que iba en su seguimiento. Cual tierno gamo  jven
cervatilla, que al ver  su madre, entre la enramada del bosquecillo que
le sirve de guarida, con los hijares desgarrados por los dientes del
feroz leopardo, huye de selva en selva ante la terrible fiera, temblando
de pavor y creyendo que todo, hasta el arbusto con que tropieza, es el
fiero animal que abre la boca para devorarla, as Anglica volaba
despavorida durante la noche y la mitad del siguiente dia, sin saber
adonde dirigir sus pasos: al fin encontrse en un embalsamado
bosquecillo, blandamente oreado por el fresco cfiro. Dos claros
arroyuelos, murmurando en torno suyo, mantenian tierna y siempre nueva
la verdura de aquel agradable sitio, y halagaba suavemente al oido el
rumor del agua al correr lentamente entre las guijas. Creyndose all en
completa seguridad y muy ljos de Reinaldo, determin reponerse algun
tanto del cansancio producido por su precipitada carrera y por un calor
abrasador. Apese entre las flores; y quitando la brida al palafren, le
dej en libertad de pacer la fresca yerba en que abundaban las claras
mrgenes de aquellos arroyuelos.

No ljos de aquel sitio divis una espesura de floridos espinos y de
encarnadas rosas, que se reflejaban en el espejo de las movibles ondas y
estaban preservados de los rigores del Sol por la sombra de altas y
pobladas encinas: bajo aquella verde bveda, que ofrecia un oculto al
par que fresco retiro con sus ramas espesas y entrelazadas, donde el Sol
no entra, y donde tampoco podia penetrar la mirada humana, habia un
lecho de verde musgo que convidaba al reposo. La hermosa jven se
dirigi  l, y se entreg confiada  un sueo reparador; pero apenas
lo habia conciliado, cuando le pareci oir las pisadas de un caballo:
levantse silenciosa y vi  un caballero armado, que estaba junto al
rio. Ignorando si era amigo  enemigo, su corazon palpitaba entre el
temor y la esperanza, y se decidi  esperar el fin de aquella aventura,
conteniendo en lo posible su respiracion para no ser descubierta.

El caballero se sent  la orilla del rio, y apoyando su cabeza en una
mano, cay en tan profunda meditacion, que parecia convertido en mrmol.
Ms de una hora permaneci inmvil y entregado  sus pensamientos;
despues con tono aflijido y lastimero prorumpi en tan suaves quejas,
que hubiera conmovido  las piedras  ablandado  las fieras. Surcaba
sus mejillas el llanto entrecortado por los suspiros, y su pecho parecia
abrasado como un volcan.

--Oh pensamiento, que hielas y abrasas alternativamente mi corazon,
decia, y eres causa del dolor que continuamente le oprime! qu debo
hacer puesto que he llegado tarde y otro se ha anticipado  coger el
fruto? Apenas he conseguido una palabra  una mirada, mientras que otro
ha alcanzado los ms preciados tesoros. Si para m no hay ya frutos ni
flores, por qu he de atormentar intilmente mi corazon?... La doncella
es como la rosa, que mientras descansa sola y segura en un bello jardin
sobre su espinoso tallo, no se le acerca ni el pastor ni el ganado: el
aura suave, el alba sonrosada, el agua, la tierra, todo la favorece. Los
amantes y las jvenes enamoradas gustan de adornar con ella su pecho 
su cabeza; pero en cuanto se la arranca del materno tallo y de su verde
tronco, pierde todo el favor, gracia y belleza que le concedieran el
cielo y los hombres. Del mismo modo la doncella, privada por un amante
de esa flor que debe tener en ms que la hermosura de sus ojos y que su
propia vida, pierde el favor de los dems amantes. Sea pues despreciable
 los ojos de los otros, por ms que la ame entraablemente aquel 
quien se entreg. Ah fortuna cruel y despiadada! Triunfan los dems,
mientras yo muero de despecho. Y podr suceder que deje de amarla? Ah,
prefiero morir antes que olvidarla!

Aquel guerrero que aumentaba con sus lgrimas el caudal del rio, era el
enamorado Sacripante, rey de Circasia. La causa de su amarga pena
consistia en el amor que profesaba  Anglica, de quien fu bien pronto
reconocido. Llevado de sus amorosos deseos habia pasado desde Oriente 
Occidente; en la India supo con gran dolor que la jven habia seguido 
Orlando hcia Europa; en Francia tuvo noticia de que el Emperador se
habia apoderado de ella y la habia prometido en premio  aquel que ms
servicios prestara  la causa de las doradas lises. Sacripante se
present en el campo de batalla, tuvo ocasion de contemplar la derrota
de los cristianos, y despues procur descubrir las huellas de Anglica,
cosa que aun no habia podido conseguir. Tal es la triste causa que en su
amoroso desvaro ocasiona su tristeza, obligndole  lamentarse y 
prorumpir en quejas, que serian capaces de detener al Sol en su carrera.

En tanto que el guerrero se entregaba  su quebranto y derramaba
torrentes de lgrimas, quiso su buena suerte que llegran sus lamentos 
oidos de Anglica, y aquel instante inesperado fu para l ms favorable
que mil aos de afanosa espectativa. La hermosa estuvo atenta  las
palabras, al llanto y  los movimientos del que le consagraba ferviente
amor; no era ciertamente aquella la primera vez que escuchaba tales
quejas, pero jams pudieron conmover su duro y helado corazon, como
sucede al que desdea  sus semejantes por no encontrar  ninguno digno
de l. Pero vindose entonces sola y en medio de los bosques, juzg que
Sacripante podia servirle de guia fiel; pues muy obstinado es el mortal
que, prximo  ahogarse, no demanda socorro. Dejando escapar aquella
oportunidad, le seria difcil encontrar mejor compaa, por lo mismo que
en las diferentes y constantes pruebas de amor que aquel rey le habia
dado, tuvo ocasion de conocer que era el ms leal de sus adoradores. No
desisti, sin embargo, de oponerse siempre  sus deseos, ni se proponia
inundar de jbilo su corazon y reparar el dao que en l habia causado,
concedindole lo que todo amante anhela; pero s entretenerle con
lijeras esperanzas mientras pudiera serle til, para volver despues  su
frialdad y dureza habituales.

Saliendo, pues, fuera de aquella oculta espesura, se present de
improviso tan bella y radiante como Diana  Citerea pudieran presentarse
al salir de una selva  de una oscura cueva; y al mostrarse  Sacripante
le dijo:

--La paz sea contigo. Dios proteja contigo nuestra fama, y no consienta
que, contra toda razon, formes tan equivocada opinion de m.

Jams madre alguna fij con tanto gozo al par que estupor la vista en el
hijo, que habia llorado y tenido por muerto cuando supo que sus
compaeros de armas volvian sin l, como contempl el sarraceno la
figura, los seductores movimientos y el anglico semblante de aquella
que se presentaba de improviso ante sus ojos. Lleno de afecto dulce y
amoroso se precipit hcia su divina seora, la cual le recibi en sus
brazos, como tal vez no lo hubiera hecho en el Cathay. En el corazon del
guerrero renaci la esperanza de volver  ver en breve su palacio,
mientras que ella contaba con el apoyo del Rey para regresar al hogar
paterno.

Anglica le refiri minuciosamente cuanto le habia acontecido, y cmo
desde el dia en que le envi  pedir auxilio en Oriente  Nabateo, rey
de los Sericanos, la habia preservado Orlando de la muerte, de la
deshonra y de toda clase de peligros; aadiendo que, gracias  l, habia
podido conservar su virginidad, y mantenerse tan pura como cuando sali
del vientre materno.

Quizs era verdad lo que decia, pero con dificultad lo hubiera creido
cualquier hombre dueo de su razon. La de Sacripante, sumida en los ms
graves errores, di fcil crdito  las palabras de Anglica; pues el
amor hace invisible lo que el hombre v, al paso que le hace ver lo
invisible. La narracion de Anglica fu creda; pues el que es
desgraciado cree con facilidad lo que desea.

El rey de Circasia se decia en tanto  s mismo:

--Si el caballero de Anglante dej pasar desapercibida neciamente la
ocasion oportuna, en su perjuicio redund: en cuanto  m, no estoy
dispuesto  imitarle; pues si en este momento dejara de aprovecharme del
bien que se me concede, me arrepentiria eternamente. Arrancar
inmediatamente esa fresca y pura rosa, que andando el tiempo pudiera
marchitarse. Harto s que por ms que una jven se muestre ya desdeosa,
ya triste  airada, le es siempre grata una violencia semejante; as es
que ni su negativa ni su fingido desdn sern bastantes  impedir que yo
realice mis deseos.

Dijo, y cuando se preparaba  llevar  cabo su determinacion, oy en el
bosque vecino un gran rumor que le oblig  pesar suyo  abandonar su
temeraria empresa: calse el yelmo, pues por costumbre antigua iba
siempre completamente armado; corri hcia su caballo, lo enfren, se
coloc en la silla y empu la lanza.

En aquel momento vi llegar un caballero de gallardo al par que altanero
continente; blancas cual la nieve eran sus vestiduras y blanco tambien
el penacho que se agitaba en su casco. No pudiendo Sacripante soportar
la inoportuna aparicion de aquel guerrero, que de tal modo habia
estorbado la realizacion de sus deseos, le dirigi una mirada
impertinente y provocativa; y apenas estuvo cerca de l, le ret 
singular batalla, esperando hacerle morder el polvo. El desconocido,
cuyo valor y denuedo no debian desmerecer en nada de los de su
contrario, despreci las orgullosas amenazas de este, clav los acicates
en los hijares de su caballo y enristr  su vez la lanza: Sacripante
revolvise entonces furioso, y ambos paladines empezaron  descargarse
golpes, procurando herirse en la cabeza. Dos leones  dos toros
irritados que se lanzan fuera de s uno contra otro, no es posible que
se ataquen con tanta violencia como aquellos dos guerreros. A los
primeros golpes quedaron atravesados los escudos; el choque fu tan
terrible, que hizo retemblar desde la base hasta la cima de los pelados
cerros y de los verdes valles: nicamente el fino temple de sus petos
pudo resistirlo, resguardando los pechos de ambos campeones. Los
caballos por su parte no corrian, sino que saltaban  guisa de carneros;
pero el del pagano,  pesar de ser un corcel excelente, cay en breve
muerto, arrastrando en su caida  su seor,  quien cogi debajo: el
otro cay tambien, pero se levant al sentir en sus hijares la aguda
punta del acicate.

El campeon desconocido, viendo tendido  Sacripante bajo su caballo, se
di por satisfecho y no se cuid de renovar el combate, sino que
aflojando la brida  su corcel, se alej  todo escape; y antes de que
el pagano pudiera levantarse, se hallaba casi  una milla de distancia.

As como el labriego,  quien el fragor de un rayo ha dejado aturdido y
tendido en el suelo junto  sus bueyes muertos, se levanta y contempla
despojado de todas sus ramas el pino que solia ver desde ljos, del
mismo modo se levant Sacripante teniendo  Anglica por testigo de su
triste aventura: gemia y suspiraba, no porque se le hubiera roto 
dislocado algun brazo  pierna, sino por la vergenza que sentia y que
nunca hasta entonces habia enrojecido tanto su semblante y ms aun al
considerar que la jven fu quien hubo de sacarle de debajo del caballo.

Mudo hubiera quedado, segun creo, si ella no le hubiese devuelto la voz
y la palabra.

--Seor, exclam Anglica, no os apesadumbre esa caida, cuya culpa no ha
sido vuestra, sino de vuestro caballo, que necesitaba reposo y alimento
ms bien que un nuevo combate. Adems, aquel guerrero no reportar
gloria alguna de este encuentro, pues con su rpida desaparicion
claramente demuestra,  lo que entiendo, que se ha dado por vencido.

En tanto que de esta manera procuraba consolar al Sarraceno, vieron
llegar un mensajero cansado y triste, que traia pendiente de sus hombros
una trompa y una bolsa,  iba montado en un mal rocin. Luego que lleg
junto  Sacripante, le pregunt si habia visto pasar por aquella selva 
un caballero vestido de blanco y con un penacho blanco tambien.
Sacripante le respondi:

--Ese guerrero me ha puesto en el estado que puedes ver: ahora mismo
acaba de alejarse de aqu; mas como deseo saber quien me ha derribado
del caballo, espero que me digas su nombre.

El mensajero contest:

--Voy  satisfacer tu deseo. Sabe que te lanz fuera de la silla el
esforzado valor de una doncella gallarda, pero

     [Ilustracin: La jven hubo de sacarle de debajo del caballo.

     (Canto I.)]

ms que gallarda, hermosa: no pretendo ocultarte su nombre, antes bien
te dir que la que en un momento te ha quitado todo el honor que hasta
ahora has podido adquirir en tus combates, se llama Bradamante.

Dichas estas palabras, se alej el mensajero  rienda suelta, dejando
tan abatido al Sarraceno, que no supo qu decir ni qu hacer, abrasado
como se hallaba por el fuego de la vergenza. Cuanto ms pensaba en su
derrota, y en que esta la habia causado una mujer, ms vivo era su
dolor. Sin pronunciar una palabra mont en el otro corcel, coloc 
Anglica en la grupa y se alej, difiriendo el logro de sus planes para
ocasion y sitio ms tranquilos.

Aun no habian andado dos millas, cuando oyeron resonar en la selva que
les rodeaba un rumor tal, que no parecia sino que temblaba la floresta,
apareciendo poco despues un gran caballo adornado con ricos paramentos
de oro. El hermoso bruto saltaba riscos y matorrales, arrastrando en su
veloz carrera cuanto se oponia  su paso.

--Si el intrincado ramaje de este bosque y su poca claridad no engaan
mi vista, dijo la doncella, creo que es Bayardo ese corcel que con tanto
estrpito se abre camino al travs de la arboleda: y en efecto, es
Bayardo; lo reconozco. Ah, cun oportunamente llega para utilizarnos de
l y aliviar  nuestra cabalgadura del doble peso que ahora soporta!

Desmont el circasiano, y acercse  Bayardo creyendo poder sujetarle;
pero el caballo, dando una vuelta rpida, despidi un par de coces, que
de haber alcanzado al caballero, lo hubiera pasado mal, pues las tir
con tal fuerza, que habria hecho pedazos una montaa de bronce. En
seguida, saltando como un perro que vuelve  ver  su amo despues de
algunos dias de ausencia, se acerc manso y humilde  la doncella,
recordando sin duda los cuidados que le habia prodigado en Albraca,
cuando Anglica amaba  Reinaldo. La jven coji las riendas con la mano
izquierda, y con la derecha acarici el cuello y el pecho del soberbio
animal, que dotado de un instinto maravilloso, se sometia  ella como un
corderillo. Sacripante aprovech entonces este momento; salt sobre
Bayardo, y oprimindole con fuerza los lomos, consigui sujetarle: la
doncella, por su parte, dej la grupa y se coloc en la silla de su
aliviado caballo.

Mas al volver al acaso la vista atrs, divis un guerrero  pi y cuyas
armas resonaban fuertemente: encendida en ira y despecho reconoci en l
al hijo del duque Amon; que la amaba y deseaba ms que  su vida, al
paso que ella le odiaba y huia de l ms que la paloma del halcon: en
otro tiempo, sin embargo, am apasionadamente  Reinaldo, mientras que
l la aborrecia ms que  la muerte; ahora hnse trocado los papeles.
Tal cambio lo han causado dos fuentes cuyas aguas producen diferentes
efectos; ambas corren en las Ardenas, inmediata la una  la otra; una
llena el corazon de amorosos deseos; la otra los extingue, y torna en
hielo el primitivo ardor. Reinaldo bebi de una, y el amor le abrasaba:
Anglica de la otra; y le odiaba y huia de l.

Aquel licor saturado de misterioso veneno, que trueca en odio el cario,
hizo que los ojos de la doncella perdieran su brillo y serenidad, y que
con acongojado semblante y temblorosa voz suplicase  Sacripante que
huyera, sin dar lugar  que se acercase ms aquel guerrero.

--Tan miserable soy  vuestros ojos, exclam el Sarraceno, y tan intil
me creeis, que no pueda ampararos como debo? Habeis dado ya al olvido
las batallas de Albraca, y aquella noche en que, solo y apenas armado,
contuve por salvaros  Agrican y todo su ejrcito?

Call indecisa la jven. Reinaldo en tanto base acercando, y prorumpi
en amenazas contra el Sarraceno luego que conoci su caballo, y sobre
todo cuando pudo distinguir el semblante angelical de la mujer que habia
inflamado su corazon.

Lo que sucedi entre los dos soberbios rivales servir de materia para
el canto siguiente.




CANTO II.

     Un ermitao, valindose de fingidos mensajeros, hace que los dos
     rivales suspendan el combate.--Reinaldo acude donde le llama el
     Amor, pero el emperador Carlos le envia  Inglaterra.--Buscando la
     atrevida Bradamante  su amado Rugiero, encuentra en su lugar al
     traidor Pinabel de Maguncia, por quien casi perece sepultada.


Oh injustisimo amor! Por qu te muestras tan avaro en hacer que
simpaticen nuestros deseos? Por qu te complace oh prfido! la
desunion de dos corazones? Por qu en vez de permitirnos ir por el vado
fcil y tranquilo, nos arrastras  los abismos ms profundos? Por qu,
en fin, me separas de la que me ama, mientras me obligas  amar  la que
me aborrece?

Haces que Reinaldo adore la belleza de Anglica, cuando  la jven le
parece el guerrero odioso y desagradable; al paso que cuando ella le
amaba y l era agradable  sus ojos, llev hasta el ltimo lmite su
despego hcia la doncella. Reinaldo se aflige ahora y se desespera en
vano; pues Anglica le odia de tal modo, que preferiria la muerte  su
amor.

Reinaldo dirigise al Sarraceno con gran arrogancia, dicindole:

--Ladron, baja de mi caballo, pues no puedo sufrir que me arrebaten lo
que es mio, ni al que  tanto se atreve, deja de costarle caro. Tambien
intento apoderarme de esa dama, pues vergenza seria dejarla en tu
poder: tan hermosa doncella y caballo tan perfecto no son dignos de un
ladron como t.

--Mientes, replica el Sarraceno con igual arrogancia: el dictado de
ladron se te podria aplicar con ms verdad que  m,  juzgar por lo que
de t dice la fama. Pronto se ver quien de ambos es ms digno de la
dama y del corcel; si bien, en cuanto  ella, convengo contigo que no
hay en el mundo nada que pueda comparrsele.

Y cual dos furiosos canes que, impulsados por el odio  por la envidia,
se acercan uno  otro rechinando los dientes, con ojos centelleantes y
ms encendidos que las brasas y erizado el pelo, hasta que llegan 
morderse con rabia, as el de Circasia y el de Claramonte se acometen
furiosos, pasando de las injurias  las estocadas. Hallndose  pi el
uno y  caballo el otro, cualquiera creeria que la ventaja estaba de
parte del Sarraceno; pero no sucedi as, pues el corcel que montaba se
negaba por instinto natural  ir en contra de su amo Reinaldo: as es
que por ms que Sacripante se valia del freno  del acicate, no
conseguia dirigirlo  su voluntad. Ora retrocedia si queria hacerlo
avanzar, y ora avanzaba si deseaba detenerlo; ya bajando la cabeza
despedia coces, ya por fin se encabritaba receloso. Conociendo el
Sarraceno que aquella no era la ocasion ms  propsito para domar su
fiereza, se ape de l con rapidez.

En cuanto el pagano se vi libre de la obstinada furia de Bayardo,
trabse entre ambos caballeros un combate digno de su denuedo, y
empezaron  chocar en todas direcciones los aceros con tal fuerza y
rapidez, que no podian comparrseles los martillos con que se forjaban
en la ennegrecida caverna de Vulcano los rayos de Jpiter. Con sus
diferentes acometidas, golpes y ataques falsos demostraban claramente su
maestra en el manejo de las armas; ora se les veia erguidos, ora
inclinados; ora cubrindose, ora mostrndose  pecho descubierto;
adelantarse unas veces y retirarse otras; dar vueltas en torno del lugar
del combate y ocupar rpidamente uno de los combatientes el terreno
perdido por el otro.

Reinaldo descarg una terrible cuchillada sobre Sacripante; pero este la
par con su escudo, que era de hueso, forrado de una excelente plancha
de acero. A pesar de su espesor, qued partido; el ruido del golpe
reson por todos los mbitos de la selva; volaron hechos pedazos cual si
cristales fueran el hueso y el acero, y el Sarraceno qued con el brazo
impedido por la violencia del golpe.

Cuando vi la temerosa doncella el estrago causado por aquel golpe,
palideci de terror, como el reo que se aproxima al patibulo; y
reflexionando que no debia perder tiempo, si no queria caer en manos de
aquel Reinaldo  quien tanto aborrecia y que tanto la adoraba, volvi
las riendas  su caballo y lo lanz por un estrecho y spero sendero, no
sin volver la cabeza repetidas veces parecindole que Reinaldo la
perseguia.

No se habia alejado gran trecho, cuando en un valle tropez con un
ermitao de venerable y piadoso aspecto, cuya barba blanca le llegaba 
la cintura. Extenuado por los aos y los ayunos, venia caballero en un
pausado jumento: al contemplarle podia creerse que su conciencia era la
ms escrupulosa y estrecha que tuviera ser humano. Sin embargo, cuando
el ermitao se fij en el rostro delicado de la doncella que se le
acercaba, no pudo menos de conmoverse caritativamente  pesar de su
debilidad y extenuacion. La jven le pregunt por el camino que ms
directamente la condujese  un puerto de mar, pues deseaba ausentarse de
Francia para no volver  oir siquiera el nombre de Reinaldo. El
hermanito, que era nigromante, procur reanimar  la abatida dama,
ofrecindole apartarla de todo peligro; despues, metiendo la mano en sus
alforjas, sac de ellas un libro, y apenas hubo acabado de leer la
primera pgina, cuando un espritu, disfrazado en forma de criado,
apareci ponindose  sus rdenes.

Obligado por los conjuros del anciano, alejse el espritu, y se dirigi
al sitio donde se hallaban los dos campeones frente  frente; lanzse en
medio de ellos audazmente y les dijo:

--Quereis decirme, por favor, qu ventaja reportar aquel de vosotros
que salga vivo de este combate, con haber muerto  su enemigo? Qu
mrito, qu recompensa tendrn vuestros esfuerzos, una vez terminada la
lucha, cuando el conde Orlando, sin riesgo ni peligro alguno, y sin
sacar rota una sola malla de su cota, conduce hcia Paris  la doncella,
causa de vuestra terrible pelea? A cosa de una milla de aqu he
encontrado  Orlando, que se dirigia  Paris con Anglica, rindose
ambos de vosotros y motejndoos porque os mateis sin resultado alguno.
Mejor harais en seguir sus huellas antes que se alejen ms; pues si
Orlando logra llegar  Paris con ella, jams volvereis  verla.

Al oir estas palabras, confusos y turbados quedaron ambos caballeros, y
echndose  s mismos en cara su lijereza y poco seso por haber dado
lugar  que un rival ms afortunado se burlara de ellos: el buen
Reinaldo, acercndose  su caballo, jur lleno de despecho y de furor, y
entre abrasados suspiros, atravesar el corazon de Orlando si llegaba 
alcanzarle. Salt sobre Bayardo, y lo hizo partir  galope, sin cuidarse
de su adversario,  quien abandon desmontado en medio del bosque, sin
despedirse de l ni invitarle siquiera  que montara en la grupa. El
animoso caballo, hostigado por su seor, arroll cuanto se opuso  su
paso, no siendo bastantes  detenerle en su carrera, ni las zanjas, ni
los rios, ni las zarzas, ni los peascos.

No quiero, Seor, que os parezca extraa la facilidad con que Reinaldo
se ha apoderado ahora de su corcel, despues de haberlo perseguido en
vano muchos dias sin poder coger una sola rienda. Si aquel caballo, que
estaba dotado de una gran inteligencia, habia corrido tanto trecho
huyendo de su amo, no fu por mero capricho  por resabio, sino por
guiarle hcia donde se encontraba su dama. Cuando Anglica se escap de
la tienda de campaa, aquel excelente corcel, que  la sazon se hallaba
suelto, por haberse apeado de l Reinaldo para combatir con un guerrero
no menos valeroso que l, sigui desde ljos sus huellas, deseoso de
contribuir  que la encontrara su dueo. As fu que tras ella se meti
por aquel gran bosque sin permitir que Reinaldo lo montase, no fuera que
le hiciese tomar otro camino. Por dos veces y merced  l encontr
Reinaldo  la doncella, aunque sin xito; la primera se interpuso
Ferrags; la segunda el rey de Circasia. Dando ahora crdito Bayardo 
aquel demonio que comunic  su seor la falsa noticia del viaje
emprendido por Anglica, permaneci tranquilo y sumiso  su voluntad.

Reinaldo, ardiendo en ira y amor, le lanz  toda brida hcia Paris, y
tal volaba su deseo, que no ya su caballo, sino hasta el viento le
pareceria poco rpido. Prestando entera f  las palabras del mensajero
del astuto nigromante, no daba treguas de dia ni de noche  su
desalentada carrera, en la esperanza de encontrar al seor de Anglante;
y tal era su precipitacion, que pronto divis la ciudad donde el rey
Crlos habia reunido los restos de su roto y dispersado ejrcito.
Esperando estaba el monarca que el rey de frica le presentase una nueva
batalla,  pusiera cerco  la ciudad; y ante semejante alternativa
procura solcito reunir bajo sus banderas lo ms escogido de sus
generales, y ordena que se hagan abundantes provisiones de vveres, que
se abran anchos fosos, que se reparen los muros con objeto de prolongar
la resistencia, y atiende por fin  todo cuidadosamente, sin darse punto
de reposo y sin diferir nada. Piensa enviar  Inglaterra un mensajero,
con objeto de solicitar refuerzos que le permitan formar un nuevo
campamento, pues desea salir otra vez  campaa y volver  probar la
suerte de la guerra. Poniendo por obra su determinacion, elige 
Reinaldo para que pase inmediatamente  Bretaa,  aquella region que
despues se llam Inglaterra[2]. Este viaje desagrada al paladin, no
porque sintiera odio hcia aquel pas, sino porque siendo la voluntad
del Emperador que parta inmediatamente, apenas le concede un dia de
reposo: sin embargo,  pesar de que en su vida hizo cosa alguna con
menos voluntad que aquel viaje, por cuanto le impedia continuar sus
pesquisas en busca de su amada, obedeci las rdenes de Crlos, y
emprendi la marcha con tal celeridad, que  las pocas horas lleg 
Calais, en cuyo puerto se embarc el mismo dia de su llegada.

     [2] Inglaterra se llam primitivamente Albion, voz Latina
     procedente de _Albus_, blanco, porque est rodeada de montes que
     parecen blancos al acercarse  ellos. Llamse despues Bretaa del
     nombre de uno de sus reyes, Briton. Finalmente, cuando los sajones
     se apoderaron de ello bajo el gobierno de la reina Angela, la
     llamaron _Angel-Landt_, tierra de Angela, voz que despues fu
     convertida en England por los ingleses, Ingla-terra por los
     espaoles, Angle-terre por los franceses, etc.

Contra el parecer y la voluntad d todos los marinos, y escuchando
solamente la imperiosa voz de su corazon que le excitaba  dar pronto la
vuelta, se hizo  la mar en ocasion en que esta estaba furiosamente
alborotada y amenazando una fuerte borrasca. El viento, indignado por el
desprecio que de l hacia el arrogante guerrero, suscit en torno del
bajel la tempestad que se esperaba, levantando con tal rabia montaas de
espumosas olas, que llegaban hasta las gabias. Los expertos marinos
arrian precipitadamente las velas mayores, y se preparan  virar
poniendo la proa al puerto de donde en mal hora habian zarpado; mas el
viento, como si pareciera decir: es preciso que yo castigue la libertad
que os habeis tomado, sopla y ruge con ms fuerza, amenazndoles con
naufragar en el caso de que intentaran seguir un derrotero distinto del
que l les marcaba con sus embates. Aumentando sin cesar en intensidad,
ataca  la dbil embarcacion tan pronto por la popa como por la proa;
mientras que los marineros maniobrando ac y all van corriendo la
tempestad. Pero como para la obra que he emprendido, necesito urdir
varios hilos y diferentes telas, dejo  Reinaldo y  su combatida nave,
y vuelvo  ocuparme de su Bradamante.

Hablo de aquella nclita doncella que derrib del caballo  Sacripante.
Hija del duque Amon y de Beatriz, y hermana de Reinaldo, su valor y
audacia, comparables  los de su hermano, no eran menos apreciables que
los de este para Crlos y para toda la Francia. La amaba ardientemente
un caballero que pas desde el frica con el ejrcito de Agramante, el
cual era hijo de Rugiero y de la desgraciada hija de Agolante. La jven,
cuyos sentimientos  instintos no eran los de una fiera, no se mostr
con l desdeosa; pero la caprichosa fortuna les impidi tener ms de
una entrevista. Por esta razon iba Bradamante buscando  su amante,
llamado tambien Rugiero como su padre, y  pesar de emprender esta
excursion completamente sola, tan tranquila caminaba como si llevara en
pos de s una fuerte escolta.

Despues que hubo obligado al rey de Circasia  herir con su cuerpo el
rostro de la antigua madre, la tierra, atraves un bosque y un monte,
hasta llegar  una hermosa fuente, que serpenteaba por en medio de una
pradera rodeada de rboles seculares que le prestaban grata sombra: el
dulce murmullo de las cristalinas aguas convidaba  los viandantes 
apagar en ellas su sed, y lo apacible del lugar, resguardado adems del
calor del mediodia por una colina que se elevaba hcia la izquierda, 
disfrutar algunos momentos de reposo.

Al llegar Bradamante  aquel sitio, ech de ver que  la sombra de un
bosquecillo y en la mrgen verde, blanca, sonrosada y amarilla del
lquido cristal estaba sentado un caballero, pensativo, mudo y
solitario. No ljos de l, pendian su escudo y su almete de una haya, 
cuyo tronco estaba atado su caballo. En los ojos del desconocido podian
verse las huellas del llanto, y su inclinado semblante parecia
melanclico y dolorido.

Ese deseo, innato en el corazon humano, que nos impulsa  averiguar las
vicisitudes de los dems, hizo que la doncella preguntara  aquel
caballero las causas de su dolor. Conmovido l por la cortesa con que
se le dirigiera semejante pregunta, bastndole una sola mirada para
apreciar el talante altivo de la dama en quien supuso un gallardo
guerrero,

     [Ilustracin: Bradamante encuentra  Pinabel de Maguncia.

     (Canto II.)]

le confi la historia de sus cuitas, expresndose en estos trminos:

--Iba yo al frente de unos cuantos ginetes y peones, conducindoles al
campo donde Crlos esperaba  Marsilio para disputarle el paso de las
montaas, llevando adems en mi compaa una hermosa jven  quien amaba
con ardorosa pasion, cuando cerca de Rodona encontr  un caballero
armado, ginete en un caballo alado. No bien aquel ladron, que ignoro si
es un ser mortal  un horrible aborto del Infierno, hubo contemplado mi
hermosa  inolvidable dama, se precipit hcia nosotros como el halcon
que se lanza sobre su presa, y en un momento se apoder de ella,
cogindome tan desprevenido, que me apercib de su accion cuando ya mi
dama volaba por el espacio lanzando penetrantes gritos. No de otra
suerte arrebata el rapaz milano al msero polluelo del lado de su madre,
que en vano se lamenta despues de su imprevision, y le llama y le grita
en vano. En cuanto  m, me fu imposible seguir por los aires al
raptor: hallbame encerrado entre montaas, al pi de una roca elevada,
y con mi caballo tan fatigado, que apenas podia caminar por aquel
terreno escabroso y lleno de fatigosas peas. Habria preferido entonces
que me hubieran arrancado el corazon: as es que, pensando solamente en
mi desgracia, abandon sin jefe y sin guia  mis soldados, y emprend al
travs de aquellos riscos el camino que Amor me designaba, y hcia donde
me parecia que aquel bandido habia de llevar consigo mi paz, mi consuelo
y mi vida.

Durante seis dias enteros anduve por simas y pendientes horrendas,
donde no habia vestigio alguno de camino ni sendero y donde jams se
habia impreso la huella de planta humana, hasta que llegu  un valle
inculto y salvaje, rodeado de speras montaas y cavernas espantosas, y
en medio del cual se alzaba una escarpada roca sirviendo de base  un
castillo de excelente construccion y maravillosamente bello. Brillaba
desde ljos cual flgida llama; sus murallas, segun pude comprender al
acercarme, no estaban hechas ni de mrmol ni de ladrillo; el conjunto en
general me pareci admirable. Despues he sabido que los demonios,
obligados por ciertos conjuros y palabras mgicas, habian amurallado
aquel sitio de acero forjado en el fuego del Infierno y templado en las
aguas de la laguna Estigia: as es que cada torre centellea con el
brillo del acero no empaado por el moho ni por mancha alguna.

En aquel castillo habita un feroz bandido, que recorre el pas dia y
noche, apoderndose de cuanto le viene en mientes, sin que ningun
obstculo sea capaz de detenerle, y sin que hagan mella en l las
maldiciones ni los lamentos de sus vctimas. All ha ido  parar la
seora de mi corazon,  quien pierdo la esperanza de recobrar.
Desventurado de m! Qu otra cosa puedo yo hacer ms que contemplar
desde ljos el peasco donde se encierra mi bien, semejante  la raposa,
que al oir los gritos de su hijuelo colocado en el alto nido del guila,
da vueltas en torno de l, sin saber qu partido tomar? Tan elevado es
aquel peasco, tan fuerte el castillo, que nicamente las aves pueden
llegar hasta l.

Mientras permnanecia como petrificado en aquel sitio, v llegar dos
caballeros guiados por un enano, que  mi deseo dieron esperanzas; pero
bien pronto conoc que uno y otras eran en vano. El uno de ellos era
Gradaso, rey de Sericania; el otro Rugiero, jven fuerte, y muy
apreciado en la corte de frica.

--Vienen, me dijo el enano, para dar pruebas de su valor contra el
seor de aquel castillo, que cabalgando en el cuadrpedo alado, hace
frecuentes excursiones de una manera tan extraa, inusitada y nueva.

--Ah seores! les dije, apiadaos de mi desventura, y si, como espero,
sals vencedores, os ruego que me devolvais mi dama.

Y referles cmo me fu arrebatada, atestiguando con mi llanto el dolor
que me afligia. Me prometieron firmemente su apoyo, y empezaron  bajar
por la spera roca. Yo me prepar  contemplar desde ljos la pelea,
rogando  Dios que concediera la victoria  aquellos guerreros. Al pi
del castillo habia una planicie reducidsima. As que ambos llegaron al
pi de la elevada roca, se pusieron  tratar de quien habia de ser el
primero en combatir, pues cada uno de por s lo deseaba. Bien fuese por
suerte,  porque  Rugiero no le importase mucho, Gradaso se encarg de
desafiar  su adversario, y llevando su bocina  la boca, sac de ella
sonidos tan fuertes que hicieron retemblar al peasco y la fortaleza.
brense de pronto las puertas, y aparece un caballero cubierto con su
armadura y montado en el caballo alado. Momentos despues empez 
elevarse, y como las grullas viajeras, que primeramente corren veloces
por el suelo y poco  poco van separndose de l, hasta que esparcidas
todas por el aire extienden velozmente sus vuelos, del mismo modo el
nigromante empez  agitar las alas remontndose  una altura donde no
llegan las guilas. Cuando lo tuvo  bien, revolvi su caballo que
repleg las alas y se dirigi verticalmente hcia la tierra, cual suele
descender el halcon amaestrado para apoderarse del nade  de la paloma.
El ginete hiende los aires, enristrada la lanza, con horrible fracaso, y
antes de que Gradaso se aperciba de su descenso, se precipita sobre l y
le hiere, rompiendo el asta de su lanza; la fuerza del golpe hace doblar
las piernas de su hermoso alfana, el mejor y mas gallardo corcel de
cuantos han llevado silla. Gradaso quiere herir  su enemigo; sus golpes
sin embargo solo hieren el aire, pues el nigromante, sin cesar de agitar
sus alas, se habia remontado de nuevo, y repitiendo la diversion
anterior, baja otra vez con igual celeridad y cae impetuosamente sobre
Rugiero, que mirando atentamente  su compaero, no tuvo tiempo de
defenderse. Rugiero esquiva como puede el golpe violento, que hace que
su caballo retroceda, y cuando quiso herir  su vez  su enemigo, ya le
vi confundido en las nubes.

El ginete del caballo alado golpea  su antojo y alternativamente 
Gradaso y  Rugiero en la frente, en el pecho  en la espalda, mientras
que los dos paladines daban sus botes siempre en vago; porque era tal la
rapidez de aquel, que apenas lo veian. Describiendo anchurosos crculos
en el espacio, cuando amenazaba  uno, heria al otro, llegando 
turbarles la vista y ofuscarles en tales trminos, que ya no podian
comprender por donde les acometia.

Aquella lucha entre los dos guerreros, que peleaban desde la tierra,
contra otro que desde el cielo acometia, dur hasta la hora en que
tendiendo la noche su opaco velo priva de su color  los objetos. Tal
como os lo refiero, as ha sucedido, sin que me haya permitido aadir ni
un solo detalle: lo v, lo presenci; y no tengo inconveniente en
relatarlo  cualquiera, por ms que suceso tan maravilloso parezca
increible.

El areo ginete sostenia en el brazo un escudo cubierto con una hermosa
tela de seda. No s cmo pudo tenerlo tapado tanto tiempo, pues por lo
que se vi, tenia la propiedad de dejar al que lo mira deslumbrado
completamente, y de hacerle caer como un cuerpo inanimado en poder del
nigromante. Brilla el escudo como rojo granate, despidiendo
incomparables resplandores:  su vista ambos caballeros cayeron
deslumbrados y desfallecidos. Yo mismo,  pesar de la distancia en que
me encontraba, perd el sentido, y cuando despues de trascurrido un
largo espacio pude recobrarlo, no v ya  los guerreros ni al enano,
sino desierto el campo, y el monte y la planicie envueltos en la mas
profunda oscuridad.

Calcul, por consiguiente, que el encantador se habia apoderado  un
mismo tiempo de los dos guerreros, y que valido de la eficacia de su
escudo, les habia arrebatado  ellos la libertad y  m la esperanza.
As es que me desped de aquel sitio que encerraba mi felicidad. Juzgad
por lo que os he referido si de las penas que el amor pueda causar hay
alguna comparable  la mia.

Al concluir su narracion, volvi el caballero  abismarse en su profundo
dolor. Era el conde Pinabel, hijo de Anselmo de Altaripa, de la casa de
Maguncia; que siendo como todos los suyos desleal y descorts, no solo
se igual  ellos en sus vicios nefandos y abominables, sino que los
sobrepuj  todos.

La hermosa dama, que estuvo escuchando silenciosa la narracion del
caballero, y en cuyo semblante se pintaban los distintos sentimientos
que esta le excitaba, apenas oy nombrar  Rugiero demostr la mayor
alegra; mas qued turbada en cuanto supo que su amante estaba en
peligro,  hizo que Pinabel le repitiera diferentes veces aquella parte
de su relato. Cuando ya no le qued duda alguna, le dijo:

--Caballero, espera; pienso que nuestro encuentro podr ser para t tan
grato, como venturoso este dia. Trasladmonos pronto  aquel castillo
que nos oculta tan rico tesoro: no temas, pues casi puedo asegurarte que
no nos fatigaremos en vano, si me presta su auxilio la fortuna.

El caballero respondi:

--Quieres que atraviese de nuevo las montaas y te sirva de guia? A m
poco me importa perder el tiempo, cuando he perdido todo cuanto amaba;
pero t no vacilas en caminar por riscos y peascos para encerrarte
voluntariamente en una oscura prision: sea en buen hora. No podrs
quejarte de m, puesto que de antemano te advierto la suerte que te
espera,  pesar de lo cual te empeas en seguir adelante.

As dice; y volviendo las riendas  su caballo, emprende la marcha
guiando  aquella animosa dama, que por amor de Rugiero se expone  que
el Mago la aprisione  le d muerte. Pocos pasos habian dado, cuando les
alcanza el mensajero que dijo  Sacripante el nombre de la que lo habia
derribado.--Deteneos, deteneos! les grita con todas sus fuerzas: y
cuando  ellos se reune, participa  Bradamante que Montpellier y
Narbona con toda la costa de Aguas-muertas habian alzado el estandarte
de Castilla; y que Marsella, no viendo dentro de sus muros  la que
debia guardarla, est alarmada, y le envia un mensajero recomendndole
mucho que le pida ayuda y consejos. El Emperador habia confiado la
defensa de aquella ciudad y la de una considerable extension de
territorio situado entre el Rdano y el Var  la hija del duque Amon, en
la que tenia cifrada su esperanza; pues acostumbraba  mirar asombrado
su herico valor cuando la veia cubierta con su arns.

Aquel mensajero, repito, acudia desde Marsella en demanda de socorro. La
jven se qued al pronto indecisa, dudando si debia acudir  tal
llamamiento: por una parte, el deber y el honor la impelen  retroceder;
por otra, el fuego del amor la incita  seguir adelante; por ltimo,
decdese  realizar su empresa y  sacar  Rugiero del castillo
encantado, dispuesta  quedar prisionera  su lado si su valor no es
bastante  libertarlo. Excusse, sin embargo, de tal modo, que el
mensajero se retir contento y satisfecho.

En seguida continu su viaje acompaada de Pinabel, que no parecia muy
tranquilo; pues al descubrir que su compaera pertenecia  aquella
familia  quien pblica y secretamente aborrece la suya, prev todo
gnero de disgustos si llega  ser reconocido. Tan preocupado estaba con
su inveterado odio, con sus dudas y su temor, que inadvertidamente
apartse del camino, y se encontr en una selva oscura, en medio de la
cual se alzaba un monte, cuya pelada cima terminaba en una piedra dura.

Viendo el de Maguncia que la hija del duque de Dordoa no se apartaba un
momento de su lado, quiso aprovecharse de la espesura del bosque para
huir, y  este efecto le dijo:

--Antes que extienda la noche su denso velo, conviene buscar un
albergue, y si no estoy equivocado, me parece que tras ese monte se
levanta en un valle un magnfico castillo. Esprame aqu, mientras
reconozco el terreno desde esa roca.

As diciendo, encamina su caballo hacia la cumbre del solitario monte,
mirando de paso si descubre algun sendero por donde encapar. Pero en
medio de aquel peasco encontr una caverna que tenia ms de treinta
brazas de profundidad. La pea estaba cortada  pico en sentido
vertical, y en el fondo se veia una anchurosa puerta, que daba  otra
cueva ms extensa, de la que salia un resplandor semejante al de una
antorcha que ardiera en la horadada montaa. Mientras el traidor la
estaba contemplando silencioso, Bradamante que le seguia desde ljos,
presumiendo que intentaba alejarse de ella, se uni  l junto  la
caverna. Al ver el infame Pinabel malogrado su primitivo proyecto,
busc en su imaginacion un nuevo medio para alejarla de s  para
hacerla morir. Encontrlo,  incitndola  que se aproximara  la
peligrosa abertura, le dijo que habia visto en el fondo una doncella de
semblante placentero, en cuyo aspecto y vestiduras se echaba de ver su
elevada alcurnia; pero que en su turbacion y tristeza demostraba
claramente lo desagradable que le era aquel encierro: aadi que, cuando
se preparaba  bajar  la sima para protejer  la desconocida doncella,
vi salir del interior un hombre, que la habia obligado  retirarse
enfurecido.

Bradamante, incauta al par que animosa, di crdito  las palabras de
Pinabel; y deseando acudir en auxilio de la jven, empez  buscar el
medio de bajar  la cueva. Volviendo  todos lados la vista, divis en
la frondosa copa de un olmo una rama larga, que se apresur  cortar con
su espada, inclinndola despues hcia la caverna. Encarg  Pinabel que
sostuviera la rama por el extremo recien cortado, y cogindose despues
del otro extremo qued suspendida de l en el interior de la cueva.
Sonrise falazmente Pinabel, y le pregunt cmo pensaba saltar; en
seguida abri las manos, dej ir la rama y exclam:

--Ojal cayesen contigo todos los de tu raza para exterminarla as de
una vez!

Sin embargo, la suerte de la infeliz jven no fu la que Pinabel se
prometia; porque tocando en el fondo antes que la doncella la rama
slida y fuerte, por ms que se parti, la sostuvo tanto, que merced 
ella se libr de la muerte. Bradamante qued nicamente aturdida, como
seguir diciendo en el canto siguiente.




CANTO III.


     Vuelta en s la hermosa Bradamante, encuentra  Melisa en aquella
     gruta, y oye el relato de las sealadas y hericas acciones de
     todos sus descendientes.--En seguida, se informa del modo cmo se
     apoderar del anillo del vil Brunel, con objeto de hacer intiles
     todas las malas artes del nigromante que tenia aprisionado 
     Rugiero, y de librar  su amante y dems cautivos.


Quin me prestar el estro potico, la inspiracion que requiere el
noble asunto que me propongo cantar? Quin dar  mis versos alas para
remontarse hasta la altura de mis ideas? Preciso es hoy que encienda mi
pecho el fuego de la poesa con ms vehemencia de lo acostumbrado;
porque esta parte de mi narracion va consagrada  mi Seor, de cuyos
nobles ascendientes voy  ocuparme.

Entre tantos prncipes ilustres como descendieron desde el Cielo 
gobernar la Tierra, no has visto, oh Febo, que iluminas el mundo! raza
tan gloriosa en la paz  en la guerra, ni que por tanto tiempo haya
sabido conservar el inmaculado brillo de su nobleza, como sin duda lo
conservar, si no me engaa la proftica inspiracion que en m siento,
mientras el mundo gire sobre sus polos.

Para celebrar completa y dignamente la gloria de sus virtudes se
requiere, no la mia, sino aquella lira que di gracias al Soberano del
ter despues de la derrota de los gigantes. Si me fuera dable poseer
mejores cinceles para reproducir en tan digna piedra sus gloriosas
imgenes, no dejaria de emplear en semejante trabajo todo mi ingenio y
mis desvelos. Mi inexperto buril procurar no obstante bosquejar esta
obra, hasta que quizs consiga,  fuerza de estudio, perfeccionar del
todo mi trabajo.

Pero volvamos  aquel infame cuyo pecho no podrn resguardar en adelante
ni escudos ni corazas: hablo de Pinabel de Maguncia, que crey haber
dado muerte  Bradamante. El traidor pens que la doncella se habia
destrozado al caer por el alto precipicio; y apartndose entonces con
faz plida y torva de aquella triste abertura, volvi  montar 
caballo, y cometiendo delito sobre delito, llevse el corcel de la
jven. Dejemos  aquel traidor que, procurando con falacias la muerte de
otros, corria sin saberlo en busca de la suya, y volvamos  la doncella
que, por efecto de aquella felona, estuvo  punto de recibir  un mismo
tiempo muerte y sepultura.

Cuando se hubo levantado, aturdida todavia por el golpe que recibi
contra la dura piedra, se dirigi hcia la puerta que daba paso  una
segunda y ms anchurosa cueva. Aquella estancia, cuadrada y extensa,
parecia una venerable y silenciosa iglesia; la bveda estaba sostenida
por columnas de alabastro de bella arquitectura; en el centro se
levantaba un bien dispuesto altar, ante el que ardia una lmpara, que
con sus claros resplandores iluminaba todos los mbitos de ambas
cavidades.

Impulsada la doncella por una devota humildad, al verse en aquel lugar
sagrado, arrodillse y dirigi  Dios una fervorosa oracion. En tanto se
oy rechinar sobre sus goznes una pequea puerta, que di paso  una
mujer cubierta de holgadas vestiduras, descalza y con los cabellos
sueltos, la cual llam  Bradamante por su nombre dicindole:

--Oh generosa Bradamante! sabe que no es la casualidad, sino la
voluntad divina la que te ha conducido hasta aqu: sabe tambien que
hace muchos dias, el espritu proftico de Merlin me habia anunciado que
debias venir  visitar sus santos restos por caminos inusitados, y te
estaba esperando para revelarte lo que los cielos han determinado con
respecto  t. Esta es la gruta antigua y memorable que edific Merlin,
el sbio mago de quien quizs hayas oido hablar alguna vez, y  quien
enga aqu mismo la Dama del Lago. Aqu debajo existe su sepulcro,
donde yace corrompida su carne, y donde se acost vivo y hall el sueo
de la muerte, por satisfacer los caprichos de aquella mujer[3]. Muerto
est su cuerpo, pero su espritu continuar animado hasta que se deje
oir el sonido de la anglica trompeta, que le cierre las puertas del
cielo   l le remonte, segun lo que resulte del juicio de sus
acciones. Su voz tambien permanece viva, y si te acercas  la marmrea
tumba, podrs oirla con claridad, pues nunca dej sin respuesta las
preguntas que se le dirigen sobre cosas pasadas  futuras. Muchos dias
hace ya que vine  este cementerio desde un apartado pas, para que
Merlin me resolviera un rduo misterio referente  mi profesion, y como
tuve grandes deseos de conocerte, he permanecido aqu ms de un mes;
pues Merlin, que siempre me ha predicho la verdad, fij en este dia el
de tu llegada.

     [3] Existi en Inglaterra un varon justo y tenido generalmente en
     opinion de santo, el cual, tentado muchas veces por el Demonio, lo
     sufria todo con admirable paciencia. Fueron por ltimo tantas las
     persecuciones diablicas, que el desgraciado, al ver muerto su
     ganado, y despues de este sus hijos varones y hasta su propia
     mujer, cay en cama desesperado, entregando al poco tiempo su alma,
     en medio de mil blasfemias,  aquel que  tal estado le redujera.
     Dej tres hijas, una de las cuales fu condenada  muerte, segun
     las leyes de aquel pas, por haberse dejado seducir por un jven;
     la segunda, para no incurrir en una pena semejante, se entreg  la
     prostitucion; pero la tercera, deseosa de guardar la castidad de
     que habia hecho voto, fu seducida entre sueos por el Demonio,
     quedando embarazada. Reducida  prision por esta causa y en virtud
     del cumplimiento de la citada ley, di  luz en la crcel  Merlin,
     y queriendo sus jueces llevar  cabo la sentencia, fu defendida y
     libertada por su hijo, nio aun de pocos dias. Hombre ya Merlin,
     fu  la corte del rey Uterpendragon, donde fund la famosa rden
     de la Tabla redonda,  hizo cosas extraordinarias as como muchas
     profecas. Enamorado de la Dama del Lago,  quien solia llamar la
     blanca serpiente de la selva del Norte, construy antes de su
     muerte un sepulcro capaz para l y para su amante, y estando con
     ella, le ense un conjuro, que una vez pronunciado sobre el
     sepulcro cerrado, jams podria este volverse  abrir. La dama que
     odiaba  Merlin por haberse l envanecido de haberle arrebatado la
     virginidad, urdi un nuevo engao, y acaricindole un dia ms de lo
     que acostumbraba, le hizo entrar en el sepulcro con el pretexto de
     querer asegurarse de su capacidad, y habiendo entrado en l el
     encantador, lo cerr la dama, pronunciando inmediatamente las
     misteriosas palabras, de modo que no pudiendo salir, qued el
     cuerpo de Merlin muerto, pero su espritu hablaba y respondia 
     todo aquel que le dirigia alguna pregunta.

La asombrada hija de Amon escuch inmvil y atenta aquellas palabras; y
tan maravillada la dejaron, que no sabia si estaba soando  despierta.
Confusa y ruborizada baj los ojos, y replic modestamente:

--Quin soy yo, qu mrito es el mio, para que los profetas prevean mi
venida?

Y alegre con tan extraordinaria aventura, se dirigi hcia la Maga, que
la condujo al pi del sepulcro donde estaban encerrados el alma y los
huesos de Merlin. Aquel monumento era formado de una piedra dura,
reluciente, tersa y tan brillante, que  pesar de no penetrar el Sol en
la estancia, la iluminaban perfectamente los resplandores que de l
salian. Ya sea que algunos mrmoles tengan cual pequeas antorchas la
propiedad de disipar las sombras,  bien, y esto me parece mas
verosmil, efecto de diferentes encantos, conjuros y signos de
astrologa, ello es que el resplandor de aquellas piedras permitia
distinguir en torno de aquel sitio venerable las ms bellas pinturas y
esculturas.

Apenas Bradamante separ el pi del umbral de la puerta para penetrar en
el secreto recinto, cuando el espritu vivo de aquellos restos mortales
le dirigi en voz clara estas palabras:

--Favorezca la fortuna tus deseos, oh casta y nobilsima doncella, de
cuyas entraas saldr el grmen fecundo que honrar  Italia y al mundo
entero! La antigua sangre de los reyes de Troya, reunida en t por sus
dos fuentes mejores, producir el ornamento, la flor, la alegra de
todos los pueblos que ilumina el Sol entre el Indo, el Tajo, el Nilo y
el Danubio, y desde un polo al otro polo. Tus descendientes, colmados de
los mayores honores y dignidades, sern marqueses, duques y emperadores.
De tu raza saldrn los capitanes y valientes guerreros que restituirn 
la Italia el antiguo honor de sus invictas armas, despues de lo cual
empuarn el cetro reyes justos, que, imitando  Numa y al sabio
Augusto, harn renacer la Edad de oro bajo su gobierno benigno y
paternal. Por tu parte, debes cumplir los decretos del Cielo, que te ha
designado por esposa de Rugiero, siguiendo animosamente tu camino: nada
habr que pueda oponerse  este designio; en prueba de lo cual, pronto
caer bajo tus golpes el malvado que tiene encadenado  tu amante.

Call Merlin, y acto continuo se prepar Melisa  hacer comparecer ante
la vista de Bradamante su numerosa posteridad. Obedeciendo las rdenes
de la maga empezaron  reunirse en un punto y bajo diferentes trajes, un
nmero considerable de espritus elegidos, no s si procedentes del
Infierno  de otro lugar. En seguida Melisa hizo que la doncella se
colocara en un punto al rededor del cual habia trazado un crculo de
mayor dimetro que su altura; la provey adems de un excelente talisman
 fin de que la respetaran los espritus, y encargle que callara y
permaneciera inmvil. Hecho esto, cogi un libro y conjur  los
demonios.

De repente empiezan  salir de la primera cueva numerosos espritus, que
se fueron amontonando al rededor del sagrado crculo: en vano era que
intentasen penetrar en l; pues un poder misterioso se lo impedia, cual
si estuviera resguardado por fosos y murallas. Las sombras iban entrando
sucesivamente en aquella estancia donde estaba la tumba que encerraba
los huesos del gran profeta, despues de haber dado las tres vueltas 
que estaban obligadas.

--Si pretendiera referirte los nombres y hechos de cada uno de los
encantados espritus que ves en tu presencia antes de que hayan nacido,
dijo la encantadora  Bradamante, no s cuando pondria fin  mi relato,
porque no basta una noche para tanto; as es que me limitar  indicarte
algunos, segun el tiempo y la oportunidad.

El primero que ves, y que se te parece en su semblante bello y
placentero, ser el tronco de tu familia en Italia, el digno hijo tuyo y
de Rugiero. Espero ver la tierra enrojecida por la sangre de Pontier,
derramada por su mano, y vengada la traicion y la perfidia de aquellos
que habrn dado muerte  su padre. Por su valor se ver despojado
Desiderio del reino de Lombardia, valindole tan notable hazaa el
seoro de los estados de Este y Calaon.

El que ves detrs de l es tu sobrino Uberto, honor de los combates y
de La Hesperia, que ms de una vez salvar  la santa Iglesia de los
ataques de los infieles.

Contempla ah  Alberto, invicto capitan, que ostentar merecidos
lauros: con l est su hijo Hugo, conquistador de Milan, que desplegar
con honor el estandarte de las culebras[4]. Ms all vse  Azzo, que
suceder  su hermano en el reino de los insubres, y  Alberto Azzo,
cuyos prudentes consejos sern causa de que se arroje de Italia 
Berengario y  su hijo, hacindose adems digno de que el emperador Oton
le conceda la mano de su hija Alda.

     [4] Habiendo Berengario asediado  Milan, Hugo, hijo de Alberto de
     Este, le oblig  levantar el sitio, y reconquist aquel Estado
     desplegando el estandarte en que estaba pintado el dragon que otro
     Hugo, uno de sus ms valerosos ascendientes, habia adoptado como
     distintivo en la primera cruzada, y cuya historia era esta. Voluce,
     uno de los jefes de los sarracenos, acostumbraba llevar por cimera
     una serpiente que entrelazaba su yelmo, en cuya parte superior
     terminaba con la boca abierta y devorando  un nio. Habiendo
     retado Voluce  Hugo  singular batalla, este acept el reto,
     venci al infiel, y se apoder de su casco, cuya cimera adoptaron
     por ensea l y sus sucesores.


All tienes  otro Hugo: oh admirable descendencia, que sigue las
huellas de sus virtuosos progenitores! Ese ser el que castigue con
justa razon el orgullo de los romanos, y libre de sus furores  Oton III
y al Pontfice, apoderndose de la ciudad y de su castillo[5]. De ah 
Folco, que haciendo donacion  su hermano de todo cuanto tiene en
Italia, pasa  gobernar otro gran ducado en Alemania[6]. Heredero por
lnea materna de la casa de Sajonia, prxima  desaparecer, contribuir
 mantenerla en su esplendor, y  que siga sostenindose en sus
descendientes.

     [5] Obligado el papa Gregorio V  huir de Roma  causa de la
     actitud de los Romanos capitaneados por Crescencio, fu  pedir
     auxilio al emperador Oton III, el cual le proporcion un ejrcito
     bajo el mando de Hugo de Este, que bien pronto humill la soberbia
     de los romanos: habindose fortificado Crescencio en el castillo de
     San Angelo juntamente con el antipapa por l elegido, cayeron ambos
     en poder de Hugo, que mand dar muerte al primero y sacar los ojos
     al segundo.

     [6] El ducado de Sajonia, que le correspondia como heredero de su
     madre Alda, hija de Oton I, el cual habia muerto sin dejar
     sucesores.

Ese que se adelanta entre sus dos hijos Bertoldo y Alberto Azzo, es el
segundo Azzo, ms amigo de la galantera que de la guerra. Su
primognito vencer al emperador Enrique II, enrojeciendo en sangre
alemana los campos de Parma: al otro le harn digno sus virtudes de
contraer con la gloriosa, casta y prudente Matilde[7] un enlace tan
ventajoso, que adems de llevar en dote casi la mitad del reino de
Italia, alcanzar la honra, digna de tenerse en cuenta en aquella poca,
de enlazarse con la sobrina de Enrique I.

     [7] Llama el Poeta casta y prudente  la condesa Matilde, seora de
     las comarcas que hasta aqu habian formado parte del patrimonio de
     S. Pedro, porque habiendo contraido matrimonio con Albertazzo de
     Este, ignorando que era su pariente, as que pasados algunos aos
     tuvo noticia de ello, se separ de su marido aconsejada por el
     Papa, y dedicndose  la vida contemplativa, muri dejando  la
     Santa Sede heredera de sus Estados.

He ah  Reinaldo, hijo querido de aquel Bertoldo, el cual conseguir
la alta gloria de salvar  la Iglesia de las manos del impo Federico
Barbaroja. Por all se aproxima otro Azzo, que ser el que posea 
Verona con su hermoso territorio, y  quien el emperador Oton IV y el
papa Honorio II conferirn el ttulo de marqus de Ancona.

No acabara nunca si hubiera de designarte  todos aquellos de tus
descendientes que, defendiendo el pendon sagrado, han de llevar  cabo
portentosas hazaas en favor de la Iglesia romana. Mira ah  Obizzo, 
Folco;  otros Azzos y otros Hugos;  los dos Enriques, padre  hijo, y
los dos Gelfos, uno de los cuales subyuga la Umbra, y viste el manto
ducal de Espoleto. Ah tienes al que restaar la sangre y curar las
heridas de la afligida Italia, tornando en risa el llanto; de ese hablo,
aadi designando  Azzo V, por quien ser derrotado y muerto aquel
Eccelin, tan funesto tirano, que, tenido por hijo del Demonio,
aniquilar  sus sbditos y asolar el hermoso territorio de la Ausonia,
y  cuyo lado parecerian varones piadosos y humanos Mario Sila, Neron,
Cayo y Antonio[8]. El mismo Azzo derrotar al emperador Federico II, y
regir despues con cetro ms feliz la hermosa tierra regada por el
rio[9] desde donde Febo llam con dolorido plectro al hijo que no supo
guiar su ardiente carro, cuando se convirti el llanto de las Heliades
en fabuloso mbar[10], y Cienus, cubrindose de blanco plumage, fu
transformado en cisne; aquella tierra le ser dada por la Santa Sede
como recompensa de sus sealados y notables servicios.

     [8] Eccelino Romano, jefe de un numeroso cuerpo de ejrcito,
     proporcionado por el emperador Federico II, fu un hombre orgulloso
     y tan cruel, que se le creia hijo del Demonio. Entr en Lombardia
     al frente de sus tropas, y  sangre y fuego se apoder de muchas
     ciudades. Declar despues la guerra  los paduanos, y habindolos
     vencido, desterr  muchas familias que le parecieron sospechosas,
     di muerte  innumerables personas, castrando  los nios, sacando
     los ojos  los ancianos y cortando los pechos  las mujeres,
     llegando al extremo de encerrar en el prado de Padua  doce mil
     hombres que hizo quemar vivos. Habindose apoderado despues de
     Cremona, Mantua, Ferrara y otras muchas ciudades, donde hizo abrir
     el vientre  las mujeres embarazadas, quemar  los nios, violar 
     las doncellas y matar  los hombres, se propuso conquistar  Milan;
     pero los milaneses, aliados con otros pueblos al mando de Azzo V,
     le derrotaron causndole tres heridas y reducindole  prision fu
     conducido  Sonzino: al verse Eccelino en aquel estado y
     desesperando de su salvacion, no quiso tomar alimento alguno, se
     abri las heridas y muri. Los milaneses, para no quedar sin
     venganza, se apoderaron de un hermano de Eccelino llamado Alberto,
     juntamente con su mujer, seis hijos varones y dos hembras, y dieron
     muerte en su presencia  los hijos, y quemaron despues  las hijas,
     quitndole en seguida la vida. Las ciudades confederadas
     continuaron combatiendo contra Federico II; se apoderaron de
     Ferrara y volvieron  entregarla al Pontfice, el cual di su
     gobierno  Azzo de Este, que tan valerosamente se habia portado en
     su lucha con los soldados de Federico.

     [9] El Eridano, rio de Italia, que hoy se llama P.

     [10] Las Heliades eran las hijas del Sol y hermanas de Faeton. La
     desgraciada muerte de su hermano les caus tal dolor que estuvieron
     llorando cuatro meses enteros. Los dioses las transformaron en
     lamos, y sus lgrimas se convirtieron en granos de mbar. Por la
     misma causa, Cienus, amigo de Faeton, fu transformado en cisne.

Y, dnde dejo al hermano Aldobrandino[11]? Ese hroe, por socorrer al
Pontfice, no vacilar en atacar  Otton IV y  los gibelinos, que
cercarn el Capitolio despues de haberse apoderado de todo el territorio
vecino, sujetando  los habitantes de la Umbra y del Piceno; mas viendo
que no le ser posible continuar auxiliando  la Iglesia por falta de
dinero, lo pedir  Florencia, dejando en prenda,  falta de otra
seguridad, su propio hermano. Desplegar en seguida sus banderas
victoriosas, y destrozar el ejrcito aleman reponiendo en su silla al
Pontfice, y castigando merecidamente  los condes de Celano. Tan activo
guerrero se ver sorprendido por la muerte en la flor de su edad,
estando dedicado al servicio de la Santa Sede.

     [11] Creado Oton IV emperador por el Papa Inocencio III, declar la
     guerra  la Iglesia y ayudado de la faccion gibelina, redujo al
     Pontfice  tal extremo, que tuvo que refugiarse en el Capitolio;
     Inocencio III reuni en l su Consejo y desposey  Oton del
     imperio. Fu auxiliado despues por muchos prncipes de Italia,
     entre los cuales estaba Aldobrandino de Este, primer marqus de
     Ferrara, el cual oblig al emperador Oton  regresar  Alemania, y
     como habia gastado todo cuanto poseia en defensa de la Iglesia,
     tuvo que pedir dinero prestado  los florentinos dejndoles en
     prenda  su hermano Azzo, y con bastantes miles de ducados que
     aquellos le dieron, levant un ejrcito y destroz completamente al
     enemigo. Muri al poco tiempo dejando  su hermano por heredero del
     Exarcado de Rvena y de todo el pas comprendido entre el P y el
     Apenino, desde Placencia hasta Venecia.

Su hermano Azzo heredar no solo los dominios de Ancona, Pisa y de
todas las ciudades comprendidas entre el mar, el Apenino, el Isar y el
Tronto, sino tambien la lealtad, virtud y grandeza de nimo de su
hermano, cualidades ms preciadas que el mayor tesoro; pues estos los da
 los quita la fortuna, al paso que no tiene ningun poder sobre
aquellos. H ah  Reinaldo, cuyo valor resplandecer con no menor
brillo; pero la suerte le arrebatar la vida, envidiosa de la exaltacion
de su ilustre prosapia. El duelo causado por su muerte resonar hasta
aqu desde Npoles, donde el valeroso mancebo se hallar en rehenes de
su padre.

Ah viene Obizzo que, nio aun, suceder  su abuelo en el gobierno de
sus estados, acrecentndolos con la alegre comarca de Regio y la feroz
Mdena. Ser tal su valor, que los pueblos le aclamarn unnimes por
soberano. Mira  Azzo VI, uno de sus hijos, sostenedor de la bandera de
la sagrada cruz, que por su matrimonio con la hija de Crlos II de
Sicilia, ser duque de Andria[12]. Contempla ese gallardo y amistoso
grupo, donde se reunen prncipes tan excelentes como Obizzo,
Aldobrandino, Nicols el Cojo y el amoroso y clemente Alberto. Por no
entretenerte demasiado, dejar de referirte cmo harn que se agreguen 
su bello patrimonio Faenza[13] y Adria, ciudad que ha dado su nombre al
mar agitado que la baa; el pas conocido con un agradable nombre griego
 causa de las muchas rosas que produce[14], y la ciudad que, elevada en
medio de lagunas cenagosas, est siempre temiendo los desastrosos
efectos de las dos bocas del P, donde habitan gentes deseosas de ver
siempre enfurecido el mar y agitados los vientos[15]. Tampoco me ocupar
de Argenta, ni de Lugo, ni de otros mil castillos y ciudades populosas.

     [12] Se refiere  Azzo VI que en la cruzada que pas  Palestina
     para librar  los cristianos sitiados en Tolemaida, era portador
     del estandarte de la Cruz, mereciendo despues por su valor la mano
     de la hija de Crlos, rey de las dos Sicilias.

     [13] Habindose rebelado los habitantes de Faenza contra el Papa
     Gregorio XI, envi este contra ellos  Juan Hancuto el cual se
     apoder de la ciudad, la saque, pas  cuchillo  todos sus
     habitantes, y la vendi despues por veinte mil ducados  Nicols de
     Este.

     [14] Rovigo, llamada en Italia _Rhodigium_, de _Rhodos_, rosa, en
     griego.

     [15] Esta ciudad es Comacchio, perteneciente al ducado de Ferrara y
     situada entre el Primaio y el Volano, dos brazos del P. Dice el
     poeta que sus habitantes desean que el mar se altere, porque las
     tempestades arrastran hcia aquellas lagunas gran cantidad de
     pescado, de que se utilizan aquellos, que son en su mayor parte
     pescadores.


Ah tienes  Nicols, elegido por el pueblo para el supremo gobierno de
su pas cuando aun no ha salido de la pubertad. Contra l agitar Tadeo
la tea de la guerra civil, pero sabr hacer completamente intiles sus
esfuerzos rebeldes[16]. Sus entretenimientos juveniles consistirn en el
manejo de las armas y en los trabajos de la guerra; y acostumbrado as
desde la infancia  los peligros que unas y otros ofrecen, llegar  ser
la flor de los guerreros de su tiempo. Destruir los planes de sus
rebeldes sbditos, convirtindolos en dao de los mismos; y merced  su
perspicacia, tan conocidas le sern toda clase de estratagemas que
ninguna podr perjudicarle. Tarde le conocer por su desgracia Oton III,
feroz tirano de Reggio y de Parma; pues Nicols le despojar  un mismo
tiempo de ambos estados y de su culpable vida[17]. Sus dominios irn
siempre extendindose, sin que para ello se aparte del camino recto. A
nadie causar jams perjuicio alguno, como no se vea antes provocado;
por lo cual el Supremo hacedor, satisfecho de sus virtudes, no pondr
lmites  su elevacion, que ir en aumento mientras el mundo gire sobre
sus ejes.

     [16] Muerto Alberto de Este, Azzo de la misma familia que haca
     mucho tiempo habia sido desterrado de su patria, se preparaba 
     regresar  ella con el auxilio de Tadeo, conde de Conio; pero los
     tutores de Nicols rechazaron la invasion de Azzo, y fu creado
     Nicols primer seor de su tierra.

     [17] Cuando muri Galeazzo Visconti intentaron apoderarse del
     gobierno de la Lombardia numerosos tiranuelos y capitanes, y entre
     ellos Oton III, el cual usurp las ciudades de Parma y Reggio que
     habia sido cedida tiempo hacia por Azzo de Correggio  Obizzo de
     Este. Llegado Nicols  su mayor edad, tom las armas y di muerte
     al citado Oton, y aclamndole los habitantes de Parma y Reggio como
      su libertador, se pusieron voluntariamente bajo su dominio.

Fija tu vista en Leonelo, y despues en el nclito Borso, primer duque
de Ferrara[18] y prez de su tiempo, que siendo amigo de la paz,
alcanzar no obstante los triunfos ms envidiables de cuantos se hayan
visto en otros paises; pues conseguir domear al sanguinario Marte, y
encadenar al Furor. La nica aspiracion de este prncipe consistir en
hacer la felicidad de su pueblo.

     [18] Condenada  muerte por Nicols de Este su mujer  quien habia
     sorprendido en adulterio, se cas con Ricciarda Salucense, de la
     que tuvo dos hijos, Hrcules y Sigismundo: antes habia tenido otros
     dos naturales llamados Leonelo y Borso. Cuando muri Nicols, dej
     por herederos  los hijos legtimos confindolos al cuidado de
     Leonelo, el cual se apoder del gobierno de los Estados de Ferrara
     y desterr  Npoles  sus hermanos. Gobern durante nueve aos, y
     al morir dej un hijo pequeo llamado Nicols, recomendndolo  su
     hermano Borso, el cual, guiado por su corazon religioso y
     magnnimo, levant el destierro de sus dos hermanos y los hizo
     educar como prncipes. Borso fu amado de todos, y habiendo
     recibido pomposamente en Ferrara al emperador Federico, fu
     titulado por este duque de Ferrara, cuyo ttulo fu confirmado por
     el Papa Paulo II, en l y todos sus descendientes.

Ahora se adelanta Hrcules que, con el pi medio quemado y dbil paso,
reconviene al que va inmediato  l por haber impedido la fuga de
Budrio, aun cuando este en premio le declarar luego la guerra y pasar
hasta el Barco para arrojarle de Ferrara. Prncipe es ese de quien no s
explicarme si alcanzar mayor gloria en la paz  en la guerra. Los
habitantes de la Pulla, la Calabria y la Lucania, en cuyas provincias
alcanzar un glorioso triunfo sobre el rey de Aragon, conservarn
memoria de sus hechos; las repetidas victorias le harn famoso entre los
ms invictos capitanes, y con su valor recobrar un seoro cuya
posesion le habr sido disputada por ms de treinta aos. Cuanto
agradecimiento puedan tener  prncipe alguno sus vasallos, se lo
debern  ese, no ya por haber convertido en campos fertilsimos lagunas
cenagosas, ni por atender  la defensa de las ciudades amparndolas con
muros y fosos, hermosendolas adems con templos y palacios, anchurosas
plazas, teatros y otros mil monumentos, ni tampoco por haber sabido
defender  su pas de las garras del leon alado de Venecia, ni por
sacarlo ileso de los tributos y desastres que ocasionar en toda la
Italia la guerra con Francia: por ninguno de estos y otros beneficios
debern  Hrcules tanto afecto y agradecimiento sus sbditos, como por
la gloria que les proporcionarn sus nclitos descendientes, el justo
Alfonso y el benigno Hiplito. De ambos hermanos podr decirse lo que la
tradicion refiere de los hijos del tindreo cisne[19], que se privaban
alternativamente del calor del Sol para sustraerse mtuamente  los
rigores de la maligna atmsfera que les rodeaba; pues cada uno de
aquellos estar pronto  acudir en auxilio del otro aun  costa de su
propia vida.

     [19] Estos eran Cstor y Plux, Elena y Clitemnestra, que habian
     nacido del consorcio de Jpiter, convertido en cisne, con Leda,
     esposa de Tindaro. Muerto Castor  mano de Linceo, su hermano pidi
      Jpiter que lo hiciera inmortal; pero como este ruego no podia
     ser enteramente atendido, se les concedi que dividieran la
     inmortalidad entre ellos, de suerte que vivian y morian
     alternativamente.

El afecto que se profesarn los dos hermanos har que su pueblo est ms
seguro y tranquilo que si por obra de Vulcano se rodeasen las murallas
de las ciudades con un doble cinturon de hierro. Alfonso ver reunidas
en s la bondad y la ciencia de tal modo, que en los futuros siglos
creern los mortales que Astrea[20] ha vuelto desde el cielo  la
Tierra, as como  ella vuelven sucesivamente el verano y el invierno.
De mucho le servirn la prudencia y el valor, semejante al de su padre;
pues desprovisto de ejrcito, llegar  habrselas por una parte con las
escuadras de Venecia y por otra con la que no s si llamar madrastra 
madre, aunque de concederle este ltimo ttulo, ser para l tan cruel
como con sus hijos lo fueron Medea  Progne[21]. Cuantas veces salga con
su pueblo fiel, sea de dia  de noche, fuera de los lmites de su pas,
otras tantas causar  sus enemigos derrotas memorables, tanto por mar,
como por tierra, de lo cual darn f por su desgracia los habitantes de
la Romana, que por haber hecho causa comun con los enemigos de Alfonso,
regarn con su sangre las tierras que estn entre el P, el Santerno y
el Zanniolo. En los mismos confines sentirn la fuerza de su brazo los
espaoles, soldados mercenarios del Pastor Supremo,  quienes arrebatar
la Bastia, dando muerte  su gobernador despues de apoderarse de l; en
seguida har perecer  toda la guarnicion desde el ms nfimo soldado
hasta el capitan, de suerte que no habr quien pueda llevar  Roma la
noticia de tal desastre[22].

     [20] Astrea, diosa de la justicia, segun la fbula.

     [21] Medea fu una clebre maga que se enamor de Jason,
     conquistador del vellocino de Oro. Habindose casado l despues con
     Creusa, Medea se veng matando  todos los hijos que habia tenido
     de Jason.--Progne, hija de Pandion, rey de Atenas, mat  su hijo y
     lo sirvi en la comida  su esposo Tereo, furiosa al ver que este
     le habia sido infiel violentando  su hermana Filomena.

     [22] Enemistado Alfonso con el Papa por no querer prestarle
     vasallaje por el feudo de Ferrara, le declar la guerra. El Papa
     entonces fu auxiliado por Fernando de Aragon y los venecianos. El
     capitan aragons Pedro Navarro pas con su gente  la Romana y
     entr en el ducado de Ferrara, apoderndose  viva fuerza de la
     Bastia, fortaleza del Duque. Una vez posesionados de ella, los
     soldados espaoles se esparcieron por todas las estancias buscando
     qu comer y entonces Alfonso, logrando escaparse, reuni todas sus
     gentes y derrot  su vez al descuidado enemigo. Los romaoles que
     por creer perdido el ducado de Ferrara iban devastando el pas,
     fueron tambien destrozados por Alfonso, el cual se apoder otra vez
     de la Bastia, siendo pasada  cuchillo toda la guarnicion espaola,
     por creer los ferrareses que su duque habia muerto de una pedrada
     cuando solo estaba herido.

Ese mismo Alfonso, con su valor y prudencia, alcanzar la gloria de dar
el triunfo al ejrcito francs en los campos de Romana contra los de
Julio II y de Espaa, cuyo combate ser tan terrible, que los caballos
se hundirn hasta la silla en la sangre de los muertos, y no habr gente
bastante para enterrar  tanto Aleman, Espaol, Griego, Italiano y
Francs como all sucumbir.

Aquel que, revestido de hbitos pontificales, va cubierto con el
sagrado capelo cardenalicio, es el liberal, magnnimo y sublime
Hiplito, gran cardenal del Colegio romano, cuyos hechos darn sobrado
asunto para ser celebrados tanto en prosa como en verso, en todos los
idiomas conocidos; y en cuya edad florida querr el cielo que haya un
Maron[23], como lo tuvo la edad de Augusto. As como el Sol, con su
fulgente resplandor ilumina al mundo mucho ms que la Luna y las
estrellas, ese ser el esplendoroso astro que ms brille entre todos los
de su estirpe. Vole salir  campaa triste y con muy pocos guerreros, y
regresar en triunfo, despues de haber apresado en las costas de sus
dominios quince grandes galeras, adems de otras mil embarcaciones
menores[24].

     [23] Publio Virgilio Maron, prncipe de los poetas latinos,
     contemporneo y amigo del emperador Augusto.

     [24] Los venecianos, enemigos de Ferrara, acudieron al P con una
     respetable armada contra ella. El cardenal Hiplito sali de la
     ciudad con unos cuantos caballos  infantes y al llegar  Volana,
     castillo prximo al P, estableci secretamente su artilleria,
     protegido por los mrgenes del rio, hizo por todas partes ciertas
     aberturas, y viendo descuidadas 20 galeras venecianas por haber
     saltado  tierra su tripulacion para saquear el pas, rompi de
     noche el fuego contra ellas, ech cuatro  pique y se apoder de
     las otras quince. Angelo Trevisano, jefe de aquella escuadra, logr
     escapar en la restante. De esta victoria hace diferentes veces
     mencion el Ariosto en este poema.

Repara en los dos Sigismundos, y en Alfonso con sus cinco hijos, cuya
fama, atravesando montes y mares, llenar el mundo. Uno de ellos es
Hrcules II, yerno del rey de Francia; el otro, (pues  todos debes
conocerlos), es Hiplito, que tan clebre como su tio, no desdecir de
su brillante prosapia. El tercero es Francisco, y los dos restantes se
llaman Alfonsos.

Si, como te he dicho antes y repito ahora, hubiera de designarte uno 
uno  todos tus descendientes por cuyo valor y mrito tanta elevacion
alcanzar tu estirpe, tendera la noche su denso velo y apareceria la
aurora muchas veces antes de que yo hubiera dado fin  mi tarea: por lo
cual, si convienes en ello, ser ya tiempo de que permita  las sombras
retirarse y de que yo guarde silencio.

Diciendo esto, y mediante el beneplcito de la doncella, cerr su libro
la docta encantadora, y en el acto desaparecieron precipitadamente
aquellos espritus por el sepulcro de Merlin. Entonces Bradamante,
comprendiendo que ya podia hablar sin cortar  su interlocutora el hilo
de su narracion, le pregunt:

--Y quines son aquellos dos de aspecto triste que hemos visto entre
Hiplito y Alfonso? Se adelantaban suspirando, y tenian los ojos bajos y
como privados de movimiento, mientras que sus hermanos se mantenian
apartados de ellos cual si desderan su compaia[25].

     [25] Ultrajado por el cardenal Hiplito, D. Fernando, su hermano
     carnal, acudi al Duque pidiendo venganza  castigo para l; pero
     viendo que no la conseguia se aconsej de Don Julio, su hermano
     natural, y entrambos determinaron asesinar al Duque. Faltndoles en
     todas ocasiones resolucion para ello, fueron al fin sus planes
     descubiertos por el prudente cardenal y condenados  cadena
     perptua.

Al oir esta pregunta, alterse el semblante de la Maga, y rompiendo en
llanto, exclam:

--Ah infortunados! A qu abismo os arrastrarn los incesantes consejos
de hombres perversos! Oh estirpe generosa, digna del eminente Hrcules!
no mancharn el brillo de tu excelencia las faltas de aquellos dos. Por
las venas de ambos circular, sin embargo, tu sangre: ceda, pues, la
justicia  la piedad.

Despues aadi en voz mas baja:

--No es necesario ni conveniente que sepas ms. Contntate con saborear
las dulzuras que en s encierra el brillante cuadro que he presentado
ante tu vista; y no desees amargarlas  lo ltimo. En cuanto aparezca en
el cielo el primer albor matutino, emprenderemos juntas el camino que
ms directamente conduce al castillo donde gime Rugiero bajo el poder de
otro. Yo te guiar hasta dejarte fuera de esa spera selva, y cuando
lleguemos  la orilla del mar, te ensear el camino de modo que te sea
imposible extraviarte.

La atrevida jven permaneci toda la noche en aquella cueva, y estuvo
hablando largo rato con Merlin, que le dirigi vivas instancias  fin de
que cuanto antes acudiese en auxilio de Rugiero. Apenas empez  rayar
el dia, sali de aquella mansion subterrnea por un camino oculto y
oscuro, acompaada de Melisa, yendo  parar  un barranco escondido
entre montes inaccesibles  toda planta humana. Saltaron zanjas,
atravesaron torrentes, y  fin de hacer ms agradable tan molesto
camino, procuraron mitigar las fatigas que la marcha les causaba,
suavizndolas con sabrosas y halageas plticas, que consistian
principalmente en los medios de que deberia valerse Bradamante, y en
los que la aleccionaba la Maga, para libertar con maa y astucia  su
Rugiero.

--Aunque fueses Palas  Marte, le decia, y llevases  tus rdenes ms
gente de la que reunen el rey Crlos y el rey Agramante, no podrias
resistir al nigromante; pues adems de estar ceida la roca inexpugnable
de murallas de acero, y de ser tan alta; adems de que su caballo se
abre camino al travs del aire, donde salta y galopa, posee el escudo
mortal que, apenas descubierto, hiere los ojos del que lo mira con su
resplandor irresistible, quita la vista, y se apodera en tal grado de
los sentidos que es forzoso caer en tierra desfallecido. De su brillo no
podrs precaverte al combatir teniendo cerrados los ojos; pues entonces,
cmo podrias saber en lo ms fuerte de la pelea si te acercabas  tu
adversario  te alejabas de l? Un medio, y muy rpido, existe, sin
embargo, para huir del fulgor que deslumbra, y para hacer vanos todos
los dems encantos, y ese medio que voy  indicarte, es el nico que
existe en el mundo. El rey Agramante de frica ha dado un anillo, robado
 una reina de la India,  uno de sus barones llamado Brunel, que se
encuentra  pocas millas de aqu: la virtud de ese anillo es tal, que
quien lo lleva en el dedo no ha de temer maleficios ni encantos. Sin
embargo, Brunel es tan experto en toda clase de hurtos y engaos, cuanto
lo es en encantamientos el raptor de Rugiero. El rey Agramante, confiado
en la prctica y astucia de Brunel, y en el auxilio del anillo, ms de
una vez probado en cosas semejantes, le ha dado el encargo de sacar 
Rugiero de aquella fortaleza; y Brunel, vanaglorindose de conseguir su
intento, ha prometido  su seor devolverle aquel guerrero, que merece
toda la preferencia del monarca. Pero  fin de que sea  t, y solo 
t,  quien deba tu amante su libertad, voy  manifestarte la conducta
que has de seguir. Irs durante tres dias caminando por la orilla del
mar, que descubriremos dentro de pocos instantes: al tercer dia te
encontrars en una posada con el portador del anillo; le conocers
fcilmente por su corta estatura que no llega  seis palmos, y por su
encrespada cabeza; su cabello es negro y atezada su piel; la faz plida,
la barba desmesuradamente larga, saltones los ojos, la mirada torva,
aplastada la nariz y speras las cejas. Terminar la pintura que de l
te hago dicindote, que sus vestidos son estrechos y cortos y semejantes
 los de un mensajero. Procurars entablar conversacion con l
hablndole de aquellos encantos extraos; y hazle creer que deseas, como
en afecto lo desears, medir tus armas con las del mago, pero gurdate
de darle entender que tienes noticia del anillo que destruye toda clase
de encantos. l, entonces, se brindar  servirte de guia y compaero
hasta la roca. Sguele, y en el momento en que llegueis  descubrir el
castillo, dle la muerte, sin que la piedad detenga tu brazo hasta que
pongas por obra mi consejo. Sobre todo, cuida de que no adivine tu
pensamiento y tenga tiempo de hacer uso del anillo; porque desapareceria
de tu vista en el momento en que se lo metiera en la boca.

Hablando de esta suerte, llegaron al mar, donde desemboca el Garona
cerca de Burdeos. All se separaron ambas, no sin derramar algunas
lgrimas, y la hija de Amon, que no tenia sosiego hasta conseguir romper
las ligaduras que sujetaban  su amante, camin tanto, que lleg una
noche  un albergue donde ya se encontraba Brunel.

Le reconoci apenas le hubo visto, pues llevaba bien impresa en la
memoria la pintura que de l le hiciera la Maga; preguntle de dnde
venia y  donde iba, cuyas preguntas satisfizo l con otras tantas
imposturas. La doncella, prevenida de antemano, no le fu en zaga en
engaarle, y le ocult del mismo modo su patria, linage, religion,
nombre y sexo. Temerosa siempre de ser robada, ni separaba sus miradas
de las manos de Brunel, ni dejaba que se le acercase demasiado, por lo
mismo que conocia sus maas. Observndose estaban mtuamente, cuando
hiri sus oidos un fuerte rumor, cuya causa os dir, Seor, luego que
haya descansado un momento.




CANTO IV.

     Bradamante vence en singular batalla al viejo Atlante, valindose
     del anillo misterioso, y pone en libertad  su Rugiero.--Cabalga
     este en el Hipogrifo, que remontndose hasta el cielo, le
     transporta  regiones remotas.--Llega Reinaldo  Bretaa,
     cumpliendo las rdenes de su rey, y se le ofrece en seguida ocasion
     de salvar  la princesa Ginebra.


Aunque el disimulo es siempre reprensible por dar indicios de mala
condicion en quien lo usa, sucede, sin embargo, que en ms de una
ocasion ha producido evidentes beneficios, y hasta evitado daos,
querellas y muertes; pues no siempre hablamos con amigos verdaderos en
esta vida mortal, llena de envidia y ms intranquila que serena. Si para
encontrar uno de aquellos en quien puedan depositarse los secretos y las
penas del corazon se han de hacer antes muchas pruebas y pasar no menos
trabajos, qu conducta deberia observar la hermosa amiga de Rugiero con
aquel Brunel tan poco sincero, y de cuya astucia y disimulo le habia
advertido de antemano la Maga? Disimular  su vez, tal como era
necesario con aquel que podria pasar por padre de la mentira; y segun
dije antes, no separar los ojos de sus manos diestras y rapaces.

Cuando se oy el rumor que he indicado, exclam la doncella,
dirigindose con presteza al sitio de donde procedia:

--Oh Madre gloriosa! oh Rey del Cielo! qu podr ser eso?

Vi al husped y toda su familia asomados  las ventanas y  la puerta,
con los ojos fijos en el espacio, como si contemplaran un eclipse  un
cometa. Tendi ella vista en la misma direccion, y vi una cosa
maravillosa y apenas creible: divis un gran caballo alado, que cruzaba
los aires, montado por un caballero armado. Las alas del corcel eran
grandes y de diferentes colores, y tersa y luminosa la armadura del
caballero: dirigia su vuelo hcia Poniente y descendiendo un tanto,
desapareci tras las montaas. Segun dijo el posadero, y decia la
verdad, aquel era un nigromante que solia  pasar por all con
frecuencia, haciendo excursiones ms  menos lejanas. Unas veces elevaba
su raudo vuelo hasta llegar  las estrellas; otras pasaba rozando la
tierra, y se apoderaba de todas las mujeres hermosas que divisaba por
aquellas comarcas. Por esta causa, las miseras doncellas que tenian 
creian tener alguna belleza, al ver que las arrebataba  todas, no se
atrevian  salir durante el dia.

El husped seguia refiriendo cmo aquel ginete poseia en los Pirineos un
castillo encantado, construido de acero, y tan bello y reluciente, que
en el mundo no habia otro tan admirable. Muchos eran los caballeros que
habian llegado hasta l, pero ninguno habia podido alabarse de
volver.--As es que yo temo, aadia el husped, que estn encadenados 
muertos.

La jven escuch atenta aquella narracion, congratulndose de ella,
porque abrigaba la esperanza de hacer con el anillo tan admirable
prueba, que consiguiera destruir el poder del Mago y su castillo.
Dirigindose al husped, le dijo:

--Bscame un guia que conozca mejor que yo el camino que conduce  ese
castillo; porque, siguiendo los impulsos de mi corazon, no puedo
contener mis deseos de pelear con ese nigromante.

--No te faltar guia, le respondi entonces Brunel; yo ir contigo.
Llevo conmigo la descripcion del camino, as como tambien otras cosas
que te harn agradable mi compaa.

Brunel se referia al anillo; pero no quiso ensearlo ni aventurarse 
decir ms por no exponerse  las consecuencias.

--Tu compaa me ser grata, le respondi Bradamante, queriendo decir
que de ese modo podria apoderarse del talisman. Siguiendo la regla de
conducta que se habia trazado, decia lo que le era til, y callaba lo
que podia hacerla sospechosa al Sarraceno.

El posadero tenia un caballo que agrad  Bradamante, pues era 
propsito para viajar y para la guerra: se lo compr, y al amanecer del
siguiente dia emprendieron la marcha, yendo Brunel unas veces delante y
otras detrs de ella. De monte en monte y de selva en selva, llegaron al
punto ms alto de los Pirineos, desde donde pueden contemplarse cuando
est despejada la atmsfera las diferentes comarcas de Francia y de
Espaa, as como en lo alto de los Apeninos, se descubre el mar de
Toscana y el Adritico desde los desfiladeros que conducen  Camaldoli.
Desde all, descendieron por una spera garganta  un profundo valle en
medio del cual se elevaba un gran peasco, cuya cspide se veia toda
cercada por un brillante muro de acero. El peasco era tan enhiesto,
que todo cuanto le rodeaba parecia diminuto, y perderian tiempo y
trabajo los que pretendieran llegar  su cumbre  menos que tuviesen
alas. Brunel dijo entonces:

--H ah el sitio donde el Mgico guarda cautivos  las damas y  los
caballeros.

La enorme roca estaba cortada  pico perpendicularmente por todos sus
cuatro costados: por ninguno de ellos se veia escala  sendero que
facilitaran el acceso: en resmen, aquel sitio era propio nicamente
para morada de las guilas  de otro animal alado.

Bradamante conoci que habia llegado el momento de apoderarse del anillo
y dar muerte  Brunel; pero teniendo por una vileza ensangrentarse con
un hombre desarmado y de baja esfera, cuando podia fcilmente hacerse
duea del talisman, sin necesidad de darle muerte, cogi  Brunel, que
no sospechaba nada, y atndole fuertemente  un abeto corpulento y
elevado, le sac el anillo del dedo. En seguida baj  pasos lentos de
la montaa, sin que  pesar de las lgrimas, gemidos y lamentos de
Brunel, le quitara sus ligaduras; y cuando estuvo en el llano al pi de
la torre, ret al nigromante  singular batalla, haciendo resonar su
trompa, y llamndole  la pelea con gritos amenazadores.

Apenas oy el Encantador aquellos sonidos, sali de la fortaleza, y
montando en su corcel alado, se precipit hcia su provocador. La jven
se tranquiliz desde luego; pues observ que su adversario poco dao
podia hacerle, por no llevar lanza, espada ni maza; solo tenia en la
mano izquierda el escudo cubierto con una tela de seda roja, y en la
derecha un libro abierto, cuya lectura le servia para sus
encantamientos; de tal modo que tan pronto parecia vrsele volar
enristrando la lanza y dando muerte  su adversario,  bien herirle con
la maza  con la espada, como alejarse rpidamente, sin que ningun golpe
le alcanzara.

El caballo no era un fantasma, sino un ser viviente, engendrado por una
yegua y un grifo; tenia como su padre la pluma y las alas, la cabeza y
las patas delanteras armadas de garras. Los miembros restantes eran
iguales  los de su madre: llambase Hipogrifo. Se ven algunos de su
especie, pero en escaso nmero, en los montes Rifeos, procedentes de la
otra parte de los helados mares del Norte. El nigromante, valido de su
arte mgico, lo habia sacado  la fuerza de aquellas apartadas regiones,
y tanto trabaj y emple tanto cuidado, que al cabo de un mes consigui
hacerlo dcil al freno, montarlo y dirigirlo  su voluntad por la
tierra, por los aires y por todas partes. En esto no habia como en lo
dems nada sobrenatural, sino realidad. En cuanto  las restantes
acciones del Mago, que era capaz de convertir lo encarnado en amarillo,
todas llevaban el sello de sus diablicas artes, mas estas eran
impotentes con Bradamante,  quien protegia su anillo.

Durante largo rato estuvo la jven dando tajos al viento y volviendo y
revolviendo su caballo, esforzndose en vencer al Mago, segun le
aconsejara Melisa. Cansada de combatir  caballo, apese de l, para
cumplir hasta el fin las rdenes de la encantadora, al mismo tiempo que
el Mago echaba mano de su ltimo recurso, contra el cual no conocia ni
creia que hubiese precaucion alguna, descubriendo el escudo, confiado en
que su encantado resplandor bastaria para derribar  su contrincante.
Desde luego podia emplear este medio como el mas eficaz de todos, sin
tener entretenidos  sus adversarios, pero se complacia en manejar la
lanza y esgrimir la espada durante algun tiempo, del mismo modo que el
astuto gato se complace en jugar con el

     [Ilustracin: Bradamante vence y sujeta  Atlante de Garena.

     (Canto IV.)]

ratoncillo que cae entre sus uas, y una vez cansado de este
entretenimiento, le estruja entre sus dientes. Lo mismo que el gato con
el raton, habia hecho hasta entonces el nigromante con sus
contendientes; pero no fu as en aquella ocasion, pues Bradamante se
vali del poder oculto de su anillo.

Atenta y fija la doncella  cuanto pudiera impedir que el mago se le
acercra, mientras combatia; y cuando vi que este descubria su escudo,
cerr los ojos y se dej caer en el suelo, no porque la hubiera
deslumbrado, como  tantos otros, el fulgor del luciente metal, sino
para conseguir que el mago bajara del caballo y se dirigiera al sitio en
que yacia tendida. Su designio se realiz tal como deseaba; pues apenas
la vi en el suelo el volador ginete, hizo que su caballo extendiera las
alas y que se posara en tierra despues de describir un gran crculo en
el espacio.

El nigromante colg del arzon el escudo que ya habia tapado, y se
dirigi  pi hcia la doncella, que le esperaba como el lobo espera
oculto en un matorral al tierno cabritillo. En cuanto le vi  su lado,
se levant apresuradamente, y le estrech con fuerza entre sus brazos.
El miserable habia dejado en el suelo el libro que le servia para sus
encantos: as es que la jven le sujet con la misma cadena que el mago
llevaba siempre consigo para semejante uso, y que en aquella ocasion no
habia olvidado, esperando aprisionar con ella por detrs  aquel nuevo
adversario como habia aprisionado  tantos otros.

Bradamante le derrib al suelo, sin que el mago opusiera resistencia
alguna: y se comprende muy bien, pues no cabia resistencia entre un
dbil viejo y una jven tan esforzada. Dispuesta  cortarle la cabeza,
levant con viveza su mano victoriosa; pero al fijarse en el rostro del
vencido, detuvo el golpe, como desdendose de tomar una venganza
impropia de su valor. Entonces pudo ver que aquel  quien habia puesto
en tan apurado trance era un anciano venerable, de faz rugosa y blancos
cabellos, cuya edad frisaba en los setenta aos.

--Qutame, por Dios, la vida oh jven! decia el viejo lleno de ira y de
despecho; pero ella mostraba tanta repugnancia  quitarsela, como tenia
l deseos de perderla, Bradamante anhelaba saber quin era el hechicero,
con qu objeto habia edificado el castillo en un sitio tan salvaje, y
por qu habia declarado la guerra  todos sus semejantes.

El viejo encantador le respondi vertiendo lgrimas:

--Desventurado de m! No me gui una intencion daina al construir la
hermosa fortaleza en la cumbre de esa pea, ni es la avaricia lo que me
incita al robo, sino mi solicitud por salvar la vida  un caballero
gentil, que, segun me ha avisado el cielo, debe morir  traicion dentro
de poco tiempo, despues de haber abrazado la religion cristiana. No
alumbra el Sol entre uno y otro polo  un jven tan hermoso y arrogante;
llmase Rugiero, y desde pequeo ha sido educado por m. Mi nombre es
Atlante. Su adversa suerte, al par que el deseo de alcanzar honores y
laureles, le han conducido  Francia siguiendo al rey Agramante,
mientras yo, que le he amado siempre ms que  un hijo, procuro sacarle
de este pas y librarle de toda clase de peligros. He edificado ese
magnfico castillo con el nico objeto de guardar con ms seguridad 
Rugiero, de quien consegu apoderarme, as como esperaba hoy hacerme
dueo de t; y el objeto de aprisionar  tantas damas, caballeros y
dems noble gente como vers, no ha sido otro que el de procurar una
grata compaa  Rugiero,  fin de hacerle ms llevadera su cautividad.
He procurado satisfacer todos sus deseos, excepto el de salir de ese
castillo; pues cuantos placeres ofrece el mundo del uno al otro confin,
todos se encuentran reunidos en l: msicas, vestidos, cantos, juegos,
manjares, en fin, todo cuanto puede desear el corazon  apetecer el
paladar. Tranquilo cogia ya el fruto que habia sembrado, cuando has
venido t  desbaratar por completo mis planes. Ahora bien: si tu
corazon es tan bello como tu rostro, espero que no te opondrs  mi
humanitaria empresa. Conserva ese escudo, que te cedo; apodrate de ese
corcel, que tan velozmente atraviesa los aires; pero no penetres en el
castillo. Si tal es tu empeo, pon en libertad  los caballeros que
elijas, y permite que conserve los dems; y si deseas libertarlos 
todos, sea como quieras: no me opondr, con tal de que me dejes  mi
querido Rugiero. Si no obstante mis splicas, tu designio es el de
arrebatrmelo tambien, ah! te ruego, que antes de volverlo  conducir 
Francia, arranques su podrida corteza  esta alma afligida!

La doncella se apresur  responder:

--Estoy resuelta  ponerle en libertad, por ms que digas. En cuanto al
escudo y el caballo que ofreces darme en recompensa de mi
condescendencia para contigo, debo advertirte que ya han dejado de
pertenecerte y que son mios; pero aun cuando te pertenecieran, no creo
que el cambio pudiera convenirme. Para detener  Rugiero supones que
quieres preservarlo del mal influjo de su estrella; cuando,  esta
suposicion es una impostura,  si es cierta, eres impotente para evitar
lo que el Cielo ha prescrito, pues si no has podido prever el dao que
te amenazaba, estando tan prximo, menos prevers el de otro, que no lo
est tanto. En vano has de rogarme que te d la muerte: si en tan poco
estimas la vida, aunque todo el mundo se niegue  complacerte, t mismo
podrs quitrtela mientras tu corazon sea fuerte y valeroso. Ahora,
vamos  abrir las puertas de su prision  todos tus cautivos.

As dijo la jven, y arrastr al mago hcia el peasco.

Atlante iba atado con su propia cadena y la doncella junto  l; pues le
inspiraba tal desconfianza, que no se separaba de su lado  pesar de
verle humillado y abatido. Pocos pasos habian dado, cuando encontraron
al pi del monte una hendidura: penetraron en ella, y subiendo por una
estrecha escalera de caracol, llegaron  la puerta del castillo.

Atlante levant una piedra que estaba al pi del umbral de aquella,
llena de caracteres desconocidos y de signos misteriosos. Debajo de la
piedra aparecieron unos vasos  ollas llenos de un fuego oculto que
despedian un humo denso: el encantador los hizo pedazos, y en un momento
qued aquel sitio desierto, inhospitalario y salvaje, desvanecindose
como por encanto las murallas y la torre, cual si jams hubiera existido
el castillo.

Simultneamente con la fortaleza, desapareci el Mago del poder de la
dama, como se escapan muchas veces los tordos de la red en que han caido
presos, dejando en libertad  todos los cautivos. Las damas y caballeros
se vieron sin notarlo fuera de sus soberbias estancias y en medio del
campo, y hubo muchos de ellos que no agradecieron una libertad que les
privaba de los placeres que all habian encontrado.

All estaban Gradasso, Sacripante, Prasildo el noble caballero que vino
de Levante con Reinaldo, y  su lado Iroldo su ms fiel amigo. Al fin
encontr all Bradamante  su deseado Rugiero, que la acogi primero con
ternura, y luego con inmensa gratitud, apenas tuvo noticia de que le era
deudor de su libertad.

Desde el dia en que Bradamante se quit en su presencia el yelmo para
restaar la sangre que manaba de su herida, la am Rugiero ms que  sus
ojos, ms que  su corazon y ms aun que  su propia vida. Seria largo
referir cmo y por quin fu herida, as como las infructuosas pesquisas
que para volverse  encontrar hicieron noche y dia por la spera 
intrincada selva: baste decir que hasta entonces no habian podido
volverse  ver.

Tal alegra inund el corazon del guerrero al reconocer  la doncella y
al saber que  ella solamente era deudor de su libertad, que se tuvo por
el ms feliz y afortunado de los mortales. Bajaron ambos el monte y
fueron  parar al valle, testigo de la victoria de Bradamante, donde
encontraron todavia al Hipogrifo con el escudo colgado del arzon de la
silla, pero cubierto. La jven fu  coger las riendas, y el corcel
permaneci quieto hasta que la vi junto  l, en cuyo momento extendi
las alas, hendi los aires, y fu  posarse  corta distancia en la
pendiente de la montaa. Persiguile Bradamante, y el caballo volvi 
remontar el vuelo, sin alejarse demasiado, cual suele hacer la corneja
perseguida por los perros, que d revueltas  travs de los campos para
hacerles perder su pista.

Rugiero, Gradasso, Sacripante y los dems caballeros que habian bajado
al valle juntos, se fueron colocando en diferentes sitios, esperando
poder apoderarse del caballo, el cual, despues que los tuvo cansados,
hacindoles subir intilmente en su persecucion hasta la ms empinada
cumbre de los montes,  bajar  profundos barrancos entre aquellas
peas, se qued al fin quieto junto  Rugiero.

Este era un lazo que le tendia el viejo Atlante, que insistiendo en su
constante y piadoso deseo de librar  Rugiero del peligro que le
amenazaba, solo pensaba en los medios de realizarlo, y solo se
lamentaba de no poder conseguirlo. Por eso le enviaba el Hipogrifo,
esperando que, salindole bien su astucia, alejaria  Rugiero de Europa.
El guerrero lo cogi  intent hacerle seguir tras l, mas el caballo
permaneci inmvil resistindose  obedecerle. Entonces Rugiero se ape
de Frontino, que as se llamaba su caballo, y montando en el Hipogrifo,
le clav en los costados el acicate: el corcel sali corriendo durante
algunos momentos; despues, afirmando sus patas en el suelo, di un
rpido salto y se remont por los aires con ms rapidez que el halcon, 
quien el cazador quita la caperuza ensendole su presa.

Al ver  tanta altura y tan en peligro  su Rugiero, la hermosa dama se
qued tan atnita, que durante algun tiempo no le fu posible recobrarse
de su asombro. Recordando el rapto de Ganimedes, que fu arrebatado del
palacio de sus padres y transportado al cielo[26], temi que llegara 
suceder otro tanto  su amante, no menos gentil y bello que Ganimedes.
Con los ojos fijos en el cielo, le fu siguiendo mientras alcanz su
vista; y cuando sus miradas fueron ya impotentes para divisarle, dej
que su corazon enamorado fuera en pos de l, prorumpiendo despues en
amargas quejas y suspiros. As que Rugiero hubo desaparecido de su
vista, volvise hcia el excelente Frontino, y le cogi de las riendas,
decidida  conservarlo en su poder y no permitir que corcel tan bueno
cayera en manos del primer advenedizo, hasta que le fuera dable
restituirlo  su dueo.

     [26] Ganimedes fu un prncipe de extremada belleza, hijo de Tros,
     rey de Troya,  quien el guila de Jpiter arrebat y traslad al
     cielo, para reemplazar  Hebe en el cargo de escanciador  copero
     de los dioses.

El Hipogrifo en tanto continuaba remontndose, y Rugiero,
imposibilitado de refrenarlo, veia  sus pis las cimas de las montaas
ms elevadas, cuya altura fu poco  poco hacindose menos perceptible,
hasta el extremo de no serle posible distinguir donde se elevaba el
terreno, ni donde se aplanaba formando extensas llanuras. Cuando lleg 
tanta altura, que desde la tierra parecia un imperceptible punto,
dirigi su vuelo hcia la region donde el Sol cae  plomo cuando entra
en el signo de Cncer[27], y continu hendiendo los aires como el lijero
bajel impulsado en el mar por un viento favorable.

     [27] Hcia el frica.

Dejmosle proseguir su viaje, rpido por dems, y volvamos al paladin
Reinaldo.

Este guerrero, cuya nave continuaba siendo impelida por un viento
tempestuoso, que soplaba siempre con igual fuerza, recorri durante dos
dias mortales una gran extension de mar, vindose arrastrado por las
olas, tan pronto hcia el Oeste como hcia el Norte. Al fin fu  parar
 las costas de Escocia en el punto en que est situada la selva
Caledonia, entre cuyos poblados cerros se oia con frecuencia resonar
antiguamente el estruendo de las armas. All acudian los caballeros
andantes ms famosos de toda la Bretaa; as los de apartadas como los
de las ms prximas regiones; los guerreros, en fin, de Francia, Noruega
y Alemania. El que no tuviera un valor  toda prueba, debia desistir de
penetrar all, pues donde iba en busca de lauros, solia encontrar la
muerte: aquella selva fu mudo testigo de las portentosas hazaas de
Tristan, Lancelote, Galaso, Arts y Galvan[28], y otros muchos
caballeros famosos de la antigua y la moderna Tabla redonda[29], de
cuyas proezas queda aun ms de una memoria esculpida en monumentos y
trofeos pomposos.

     [28] Famosos caballeros de la Edad media, cuya existencia es
     fabulosa en su mayor parte, y problemtica en los restantes.

     [29] Orden de caballeria fabulosa, instituida  fines del siglo V,
     segun las leyendas de la Gran Bretaa, por el rey Utherpandragon,
     por consejo del encantador Merlin. La rden se compuso de 24, y
     despues de 50 caballeros, cuyos nombres se encuentran grabados en
     una tabla de forma redonda que se ha conservado en Winchester.

Reinaldo apercibi inmediatamente sus armas y su caballo, y se hizo
desembarcar en aquellas costas umbrosas, dando rden al piloto de que se
alejara de nuevo y fuese  esperarle al puerto de Berwick. Internse el
guerrero por aquella selva inmensa, sin escudero ni compaa alguna,
siguiendo diferentes caminos, en la esperanza de que se le presentara
alguna aventura extraordinaria. El primer dia de jornada pernoct en una
abada, en donde se dispensaba hospitalaria y amable acogida  cuantas
damas y caballeros llamaban  su puerta. El abad y los monjes recibieron
con su proverbial agrado  Reinaldo, que les pregunt, as que hubo
restaurado sus fuerzas con una comida apetitosa, qu debian hacer los
caballeros para encontrar por aquella comarca frecuentes aventuras, en
que, llevando  cabo alguna accion herica, pudieran demostrar si eran
dignos de fama  de censura. Se le contest que, vagando por aquellos
bosques, podria encontrar muchas y extraas aventuras pero que las ms
honrosas acciones permanecian tan ignoradas y oscuras, como oscuros eran
aquellos sitios; pues la mayor parte de las veces ni siquiera se tenia
noticia de ellas.

--Busca, le decian, otro sitio donde conozcas que tus obras no han de
quedar ignoradas,  fin de que, al peligro y la fatiga, siga el renombre
merecido. Pero ya que deseas dar una prueba de tu valor, ahora
justamente puedes aprovechar la ocasion que te ofrece la empresa ms
digna que ni en la edad antigua ni en la moderna haya emprendido
caballero alguno. La hija de nuestro rey tiene en este momento
necesidad de ayuda y defensa contra un baron llamado Lurcanio, que
pretende arrebatarle  un tiempo mismo la vida y la honra. Ese Lurcanio
la ha acusado ante su padre, dejndose quiz llevar del odio ms bien
que de la razon, de haberla sorprendido una noche ayudando  subir  un
amante al balcon de su palacio. Las leyes del reino la condenan  las
llamas, si en el trmino de un mes, que est para acabar, no encuentra
un campeon que pruebe la impostura del incuo acusador. La rigorosa ley
de Escocia, impa y severa, manda dar la muerte  toda mujer, sea cual
fuere su clase, que se una  un hombre sin haberse desposado con l,
como la acusen de este delito;  imposible de todo punto es impedir tal
castigo,  no ser que acuda en su defensa un guerrero, y sostenga que es
inocente, y por lo tanto, no merecedora de la muerte. El Rey, aflijido
por la suerte de la hermosa Ginebra, que as se llama su hija, ha hecho
publicar por ciudades y castillos, que si alguno se encarga de su
defensa y consigue desvanecer tan indigna calumnia, recibir en
recompensa, con tal de que sea de noble estirpe, la mano de la princesa,
que llevar adems en dote un estado correspondiente  su elevada
alcurnia; pero si en el trmino de un mes no acude nadie en su auxilio,
 si el que acuda no vence, ser muerta irremisiblemente. Tamaa empresa
te conviene mucho ms que ir vagando  la ventura por esos bosques; pues
adems de proporcionarte honor y fama perdurables, conseguirs no tan
solo la mano de la ms hermosa de cuantas doncellas existen desde el
Indo hasta las columnas de Hrcules, sino tambien riquezas, un dominio
que te asegurar para siempre una vida halagea, y la gracia del Rey,
que te deber su honor, del que hoy casi se v desposeido. Siendo
caballero, ests por otra parte obligado  vengar de semejante ultraje 
una dama que, segun opinion unnime, es un modelo acabado de pudor y
castidad.

Reinaldo permaneci algunos momentos pensativo, y despues contest:

--Es decir, que una doncella debe morir, porque recibi apasionada
entre sus amorosos brazos  su amante? Maldicion sobre el que tal ley
ha sancionado! Maldicion mil veces sobre los que la toleran! Con mayor
razon debe morir una mujer cruel y desdeosa, que la que d la vida  su
fiel amante.... Poco me importa que Ginebra haya  no hecho feliz al
suyo: por mi parte, no puedo menos de aplaudirlo, en caso de ser cierto,
con tal de que haya evitado el escndalo. Decidido estoy  defenderla:
as pues, proporcionadme un guia que me conduzca rpidamente al
encuentro del acusador; porque si Dios me ayuda, como espero, pronto
renacer la calma en el corazon de Ginebra. No quiero suponer que la
doncella sea inocente; porque si tal dijese, podria equivocarme, cuando
no tengo antecedente alguno: lo que s sostengo, es que ninguna ley debe
castigar semejante falta; que fu injusto  por lo menos loco el primero
que impuso tal pena  los que incurrieran en ella, y que tales leyes
deben revocarse inmediatamente y ser sustituidas por otras ms
razonables. Si un mismo ardor, si igual deseo hace que se busquen y se
unan los dos sexos para disfrutar del tierno desenlace que proporciona
el amor, y que el ignorante vulgo considera como un crmen, por qu se
ha de censurar  castigar  la mujer por haber hecho con uno  con
varios lo mismo que el hombre pone por obra siempre que bien le parece,
quedando, no solo impune sino aplaudido y alabado? Con tan desigual ley
se han cometido verdadera y expresamente grandes injusticias contra la
mujer, y Dios mediante, no tardar en demostrar el gran mal que se ha
causado soportndola por espacio de tanto tiempo.

Todos los circunstantes convinieron unnimes con Reinaldo en que los
antiguos fueron tan injustos como imprudentes al consentir que rigiese
ley tan incua, y en que obraba mal el Rey que, pudiendo, no la
reformaba.

Apenas la sonrosada luz del dia siguiente apareci por el horizonte,
Reinaldo cogi sus armas, cabalg en Bayardo, y precedido de un escudero
que le proporcionaron en la abada, y que le fu acompaando en el
trascurso de muchas millas, se encamin  travs del horrible bosque en
direccion del pas donde debia combatir en favor de la calumniada
doncella. A fin de abreviar el viaje, dejaron el camino, dirigindose
por senderos tortuosos, cuando de pronto oyeron gemidos cercanos que
resonaban en todas las sinuosidades de la selva.

Reinaldo y su escudero lanzaron sus caballos hcia un valle, de donde al
parecer salian aquellos lamentos, y vieron, en llegando  l,  una
jven, que desde tan larga distancia les pareci hermosa, sujeta por dos
malhechores. La doncella lloraba y suplicaba tanto cuanto puede hacerlo
una persona: ellos con los aceros empuados se preparaban  regar la
pradera con su sangre, sin que les conmovieran las reiteradas instancias
de la jven, que con ellas procuraba diferir su funesta suerte. Apenas
repar Reinaldo en aquel espectculo, cuando se dirigi velozmente hcia
ellos prorumpiendo en gritos y amenazas. Los malandrines volvieron las
espaldas, al ver tan inesperado socorro y se ocultaron por las
fragosidades del terreno. El guerrero no se cuid de perseguirlos, sino
que se acerc  la doncella; le pregunt cul era la causa de tan gran
castigo, y hacindola montar, para no perder tiempo,  la grupa del
rocin de su escudero, prosigui su interrumpida marcha. Mientras
cabalgaban, la fu contemplando mejor, y vi que era muy bella y de
modales distinguidos,  pesar de que aun se veia retratado en sus
facciones el espanto que le causara el temor de su prxima muerte.
Reinaldo repiti la pregunta que le dirigiera, y ella empez con voz
humilde  referir lo que dejar ahora para el canto siguiente.




CANTO V.

     Dalinda refiere  Reinaldo su historia y la de la princesa
     Ginebra.--Lurcanio persuadido de que su hermano Ariodante se habia
     dado la muerte por creer que la princesa despreciaba su amor,
     mientras que se entregaba al Duque de Albania, la acusa ante el Rey
     su padre de impdica y deshonesta.--Acude Reinaldo y d la muerte
     al duque de Albania, obligndole antes  confesar sus imposturas.


Todos cuantos animales existen sobre la Tierra viven tranquilos y en
paz,  si entre ellos se origina alguna contienda, jams el macho ataca
 la hembra. La osa vaga segura por la selva con el oso; la leona
descansa confiada junto al leon; la loba no abriga temor alguno hcia el
lobo, como la vaca tampoco lo tiene al toro. Qu abominable peste, qu
Megera[30] ha venido, pues,  turbar el corazon del hombre? Por qu
hemos de ver con frecuencia al marido prodigar los ms injuriosos
dicterios  su mujer, dejar impresas en su rostro las huellas de una
mano atrevida, y hasta empapar en llanto, y no solo en llanto, sino en
sangre derramada por una ira estpida, el lecho nupcial?--Todo esto es
en m concepto criminal y punible; y por lo mismo jams tendr por un
ser humano, sino por un espritu infernal revestido de forma humana, al
que, rebelndose contra la naturaleza,  contra Dios, hiere el rostro de
una dbil mujer  le arranca un solo cabello, y mucho ms al que le
quita la vida, ya se valga del veneno, de la cuerda  del acero.

     [30] Nombre de una de las furias.

Tales debian ser los dos ladrones puestos en fuga por Reinaldo, que
habian conducido  aquella doncella hasta un valle tan sombro y
desierto con objeto de hacerla desaparecer de entre los mortales. La
dej en el momento en que se preparaba  referir  su salvador la
historia de su desgracia; continuar, pues, mi interrumpida narracion.

La jven empez  hablar de esta manera:

--Preprate  oir el doloroso relato de una crueldad mayor que las que
se cometieron en Tebas, Argos  Micenas,  en cualquier otro lugar
clebre por los horrores que haya presenciado. Yo creo que si el Sol en
su rotacion diaria acerca menos sus rayos vivificantes hcia este que
hcia los otros paises, es porque le repugna llegar hasta nosotros,
evitando en cuanto puede el ver gentes tan crueles. En toda poca se han
presenciado ejemplos de la crueldad que tiene el hombre para con sus
enemigos; pero dar la muerte al que solo procura su bien y piensa
continuamente en l, es adems de injusto, impo. Mas dejando
reflexiones aparte, te manifestar desde luego la causa de que aquellos
bandidos intentasen castigarme con el ltimo suplicio,  pesar de mi
edad juvenil,  fin de que conozcas la verdad entera.

Nia era todavia, cuando entr al servicio de la hija del Rey, ocupando
en la corte un puesto honroso y distinguido. Iba creciendo al par de mi
seora, cuando el cruel Amor, envidioso de mi dicha, consigui atraerme
y sujetarme  sus leyes, haciendo que el Duque de Albania me pareciera
el ms gallardo de los caballeros y el ms apuesto de los donceles.
Jurme l amor sin lmites, y yo le am con toda mi alma, sin
reflexionar en que por ms que se escuchen las palabras y se contemple
el rostro, no es posible juzgar lo que el corazon encierra. Creyendo y
amando, me dej seducir por l, sin reparar en que le recibia
frecuentemente en la cmara predilecta de la bella Ginebra, donde ella
guardaba sus ms preciados objetos y donde dormia las ms de las veces.
Yo hacia que mi amante subiera  dicha estancia, colgando del balcon yo
misma la escala por donde subia siempre que deseaba permanecer algun
tiempo junto  l, lo cual sucedia tantas veces cuantas Ginebra me
proporcion la ocasion cambiando de cmara, molestada por el calor  por
el frio. Aquellas frecuentes ascensiones de mi amante pasaron siempre
desapercibidas para los dems, porque hcia aquella parte del palacio
habia algunas casas arruinadas, por donde no pasaba nadie ni de dia ni
de noche.

Por espacio de muchos dias y aun muchos meses continuaron en secreto
nuestros desahogos amorosos; crdula yo y tan confiada en su cario, que
en mi corazon ardia cada vez con ms fuerza el fuego del amor, el cual
me cegaba hasta el extremo de no permitirme comprender que l fingia
mucho y amaba poco,  pesar de que ms de un indicio debiera descubrirme
su proceder engaoso. Lleg, sin embargo, un dia en que tuvo el
atrevimiento de revelarme que estaba enamorado de la bella Ginebra.
Ignoro si empez entonces este amor,  antes de estar cansado del mio.
Fcilmente comprendereis su arrogancia, y el imperio tan grande que
ejercia sobre mi corazon, cuando os diga que no solo no le caus rubor
alguno hacerme revelacion semejante, sino que me rog le ayudara en su
nueva amorosa empresa. Decame, no obstante, que su naciente pasion no
era tan verdadera ni igual  la que por m sentia, sino que, fingiendo
estar enamorado, esperaba contraer un legtimo himeneo. Parecale cosa
fcil obtener del Rey la mano de su hija cualquiera que fuese la
voluntad de esta; pues en cuanto  posicion y estirpe no habia en todo
el reino otro caballero ms digno, despues del monarca.

Procur persuadirme que, si por mi auxilio llegaba  ser yerno del Rey,
estando como estaba dispuesto  encumbrarse hasta donde con respecto 
su rey le es dado encumbrarse  un sbdito, confesaria que me lo debia
todo, y que jams olvidaria tamao beneficio; aadiendo por ltimo, que
su amor hcia m seria siempre antes que su mujer y todo cuanto pudiera
alcanzar.

Yo, dedicada constantemente  satisfacer sus menores deseos, no supe 
no quise contradecirle nunca, tenindome por verdaderamente feliz el dia
en que podia complacerle: as es que, siguiendo sus insinuaciones,
aprovech cuantas ocasiones se me presentaron de hablar de l y de
encomiarle, no perdonando trabajo ni astucia alguna para conseguir que
Ginebra correspondiese  la pasion de mi amante. Bien sabe Dios que hice
cuanto me dict mi corazon  mi cabeza mientras me fu posible; pero
nunca alcanc de Ginebra una respuesta satisfactoria para las
aspiraciones del Duque; pues mi jven seora tenia  su vez todos sus
pensamientos y todos sus deseos cifrados en el amor que le inspiraba un
caballero apuesto, gentil y corts, que jven aun, habia venido 
Escocia desde Italia en compaia de un hermano suyo, con objeto de
residir en esta corte. Aquel gallardo jven adquiri pronto tal
perfeccion en el manejo de las armas, que no habia otro que se le
igualara en toda la Bretaa; el Rey le distinguia con su afecto, y tanto
era as, que le hizo generosa y liberal donacion de castillos, villas y
jurisdicciones, concedindole adems otras dignidades que le encumbraron
al par de los principales nobles del reino.

Si Ariodante, que tal era el nombre de aquel caballero, gozaba de la
amistad del Rey por su maravilloso valor, no era menos querido de su
hija; pero cuando esta conoci que el corazon del jven ardia en vivo
fuego por su amor, ni el Vesubio, ni el Etna, ni la misma Troya
despidieron tantas llamas como el de la hermosa Ginebra.

Esta pasion tan sincera como leal hizo que mi Seora se manifestara
siempre insensible  mis instancias con respecto al Duque, y que jams
me diese una respuesta que pudiera infundirle la ms mnima esperanza;
as es que cuanto ms reiteradas eran mis splicas en favor de mi
amante, y con ms entusiasmo abogaba por l, ms le censuraba y aun le
despreciaba ella, y mayor enemistad sentia hcia l. Con frecuencia
aconsej  mi amante que abandonase tan vana empresa, por no ser posible
reducir el nimo de Ginebra, reconcentrado por completo en otro amor; 
cuyo fin le demostr claramente, que su pasion hcia Ariodante era tan
viva, que ni toda el agua del Ocano conseguiria apagar el menor tomo
de aquella inmensa llama. Habiendo oido muchas veces Polineso (que as
se llama el Duque) esto mismo de mis labios, y visto y comprendido por
s mismo lo mal correspondida que era su ardorosa pasion, no desisti
sin embargo de ella, antes bien mont en clera y despecho, por no poder
soportar en su soberbia que se le despreciara por otro; y valindose de
torpes maquinaciones, se dedic  producir entre Ginebra y su amante
tanta enemistad, tal discordia y tan celosas sospechas, que originaron
la ruptura de sus amorosas relaciones, hasta el punto de que no
volvieran  reanudarlas:  este fin procur hacer recaer sobre Ginebra
una ignominia inmensa de que no pudiera verse libre ni viva ni muerta.

Tomada esta determinacion, me dijo:--Dalinda mia, (tal es mi nombre) te
confieso que, as como el rbol cortado varias veces suele renacer de
sus propias raices, del mismo modo mi desgraciada pertinacia, aunque
tronchada por sucesos desagradables, no cesa de germinar, queriendo
conseguir el logro de sus deseos. Tambien te confesar que no me incita
el atractivo del placer, sino la satisfaccion del vencimiento. Ahora
bien, con este objeto he imaginado un plan en el que espero que tambien
me ayudes, no pudiendo llevarlo  cabo por mi solo. Deseo que una de las
veces en que me recibas, segun costumbre, por el balcon, en ocasion en
que Ginebra descansa en su lecho, cojas todos los vestidos de que ella
se haya desnudado y te los pongas, procurando adornarte y arreglar tus
cabellos como ella, imitar sus ademanes, y parecerte  ella en todo y
por todo; hecho esto, me echars desde el balcon la escala; mi acalorada
imaginacion ver representada en t  la princesa con cuyo traje estars
vestida, y engandome  m mismo de esta suerte espero que en breve se
irn amortiguando mis vehementes deseos.

As dijo; y yo que no era duea de mi razon ni de mi albedro cuando l
me pedia alguna cosa, no comprend que lo que me acababa de proponer era
un ardid de los ms groseros; y cumpl exactamente sus rdenes,
vistindome con las ropas de Ginebra, y echando desde el balcon la
escala por donde l habia subido tantas veces. Cuando ech de ver el
lazo que se me habia tendido, ya estaba hecho el dao.

Por aquel tiempo, el Duque habia tenido una entrevista con Ariodante,
de quien habia sido ntimo amigo antes de que el amor los convirtiera en
rivales, y en ella se entabl la siguiente conversacion:

--Maravllome, empez  decir mi amante, de que habindote guardado ms
consideraciones y querido ms que  todos los de nuestra clase, tan mal
hayas pagado esta amistad y deferencia. Estoy seguro de que no ignoras
el amor que Ginebra y yo nos profesamos ha ya mucho tiempo, y de que
estoy decidido  pedirla por esposa  mi soberano. Por qu, pues, te
atraviesas en nuestro camino? Por qu te has de obstinar en
obsequiarla,  pesar de conocer la inutilidad de tus esfuerzos? Si
estuvieras en mi lugar y yo en el tuyo, por Dios te aseguro que
respetaria tu felicidad.

--Mayor asombro me causa tu conducta, replic Ariodante, pues ni
siquiera habias visto t  Ginebra, cuando ya mi corazon le pertenecia.
Adems, me consta que no ignoras cun grande es nuestro mtuo amor, tan
ardiente como el que ms; que sus deseos ms vehementes se cifran en ser
mi esposa, y tambien me consta que ests perfectamente enterado de que
no te ama. Por qu, pues, no has de guardar  mi amor ese respecto que
nuestra amistad exige, y que antes solicitabas tuviera al tuyo, como
indudablemente lo observaria yo si ella te distinguiera con su cario
ms que  mi? Abrigo, como t, la esperanza de poseer la mano de
Ginebra; pues aunque tus riquezas sean superiores  las mias, no soy
menos apreciado del Rey que t, y en cambio soy ms amado por su hija.

--Oh! exclam el Duque: en qu error tan grande te ha hecho incurrir
tu insensato amor! Crees ser el preferido; yo creo lo mismo: por lo
tanto es preciso apelar  las pruebas. Dame cuenta, con toda
sinceridad, de los favores que has conseguido; yo te revelar
ingnuamente todos mis secretos con respecto  este amor, y aquel de los
dos que haya sido el menos favorecido, ceder el puesto al vencedor, y
procurar consolarse con otros amores. Pronto estoy  jurarte que no
dir jams una palabra de lo que me reveles, si as lo deseas: en cambio
espero que  tu vez me ofrezcas no revelar nada de cuanto yo te diga.

Convinieron ambos en esta proposicion, y pronunciaron su respectivo
juramento con la mano puesta sobre los Evangelios; hecho lo cual,
Ariodante tom la palabra para referir al Duque la historia de sus
amores. Participle con entera franqueza y sin apelar  viles mentiras,
que Ginebra le habia jurado de palabra y por escrito, que jams
consentiria en dar su mano  otro que  l; que en el caso de que el Rey
su padre se opusiera  sus deseos, ella le aseguraba y le prometia
oponerse  su vez  todo otro enlace, y que pasaria el resto de sus dias
en la soledad. Aadi Ariodante que le animaba la esperanza de conseguir
sus deseos en gracia del valor que habia demostrado en todas ocasiones,
as como la de alcanzar mayores lauros y honores en beneficio de su Rey
y de su patria, para hacerse tal lugar en el nimo de su seor que
llegara  tenerle por digno de desposarle con su hija, en cuanto
conociera que tal enlace era del agrado de la princesa.

Despues aadi:

--Tal es mi actual situacion: no temo que rival alguno llegue 
conseguir lo que yo; no procuro alcanzar ms, ni deseo testimonio ms
irrecusable del amor de Ginebra; as como tampoco aspiro  mayor premio
hasta que Dios me lo otorgue por medio de un legtimo himeneo; pues, por
otra parte, estoy convencido de que seria completamente intil
solicitar nuevos favores  pesar de la extremada bondad de mi adorada.

As que el verdico y leal Ariodante concluy de manifestar el galardon
que esperaba de sus amorosos desvelos, Polineso, que ya se habia
propuesto enemistarlo con Ginebra, empez  hablar de esta suerte:

--Veo que ests mucho menos adelantado que yo, y espero hacerte
convenir en ello, y ms aun, obligarte  confesar que soy el
verdaderamente dichoso, cuando te descubra las circunstancias que  mi
amor acompaan. Finge Ginebra que te ama; pero no te profesa cario ni
estimacion alguna, limitndose  alimentarte de vanas esperanzas y
palabras: adems de esto, siempre que habla conmigo atribuye tu amor 
necedad y se mofa de l. En cuanto  m, recibo con frecuencia pruebas
de su ternura, ms tangibles y terminantes que ridculas promesas;
pruebas que te revelar fiando en tu juramento, si bien haria mejor en
callar. Has de saber que no transcurre mes sin que pase tres, cuatro,
seis, y  veces hasta diez noches en sus brazos, gustando de las
voluptuosidades del amor. Por esto podrs comprender si los favores que
hasta ahora has recibido pueden igualarse  los que yo alcanzo
continuamente. Cdeme, pues, el campo, y procura consolarte en otra
parte, ya que soy el ms afortunado de los dos.

--No debo ni quiero dar crdito  tus palabras, repuso Ariodante; estoy
seguro de que mientes, y de que has inventado todo ese tejido de
falsedades con el objeto de obligarme  renunciar  mi empresa. Mas como
todo lo que has dicho es altamente injurioso para Ginebra, es preciso
que lo sostengas en todas partes; pues espero probarte ahora mismo que
no solamente eres un impostor, sino tambien un vil traidor.

El Duque replic:

--No seria justo que llegramos  las manos, cuando te ofrezco hacerte
ver por tus propios ojos, y siempre que gustes, la verdad de mis
palabras.

Al oir esto qued atnito Ariodante, y empez  sentir en todo su
cuerpo tan frio temblor que,  haber dado entero crdito  lo
manifestado por Polineso, all mismo acabara su existencia. Con el
corazon traspasado, plida faz, voz temblorosa y amargo acento,
respondi:

--En cuanto me proporciones la ocasion de presenciar esa dicha, que,
segun acabas de decir, alcanzas tan frecuentemente, huir del lado de la
que es tan liberal en sus favores para contigo y tan avara de ellos para
m: pero mientras no sea yo mismo testigo de mi desgracia, no esperes
que d crdito  tus palabras.

--Cuidar de avisarte cuando se presente la ocasion, respondi
Polineso: y separse de su rival.

Dos noches habian pasado, cuando avis al Duque que podia acudir 
visitarme. Este, dispuesto ya  completar la trama tan artificiosamente
urdida, aconsej  su rival que  la siguiente noche se escondiera entre
las solitarias ruinas que habia hcia aquella parte del palacio, y
sealle un sitio  propsito en frente del balcon por donde solia
subir. Ariodante sospech desde luego que Polineso habia procurado
atraerle hcia un lugar tan desierto con el objeto de tenderle una
emboscada y darle la muerte, bajo el pretexto de que queria probarle
cuanto habia dicho con respecto  Ginebra, lo cual le parecia imposible.
Resolvi, sin embargo, acudir  la cita; pero de modo que no le
encontrase desprevenido cualquier asechanza que se le preparara.
Ariodante tenia un hermano, tan valeroso como prudente, y el ms famoso
entre los caballeros de la corte por su destreza en el manejo de las
armas: llambase Lurcanio, y yendo acompaado por l, estaba ms seguro
que si le prestasen su auxilio otros diez defensores cualesquiera.
Rogle que fuera en su compaa y que acudiese convenientemente armado;
y al cerrar la noche encaminronse ambos al sitio designado, sin que
Ariodante revelara  su hermano el secreto que se le habia confiado.
Hizo que se colocara como  un tiro de piedra apartado de l, y le dijo:

--Si me oyes llamarte, ven en mi auxilio; pero si no es as, te ruego
que, si me profesas algun cario, no te muevas de aqu antes de que yo
te llame.

--Te lo prometo, contest Lurcanio.

Tranquilo Ariodante por este lado, fu  ocultarse entre las ruinas que
estaban frente  mi balcon,  tiempo que por la parte opuesta se
adelantaba el infame que se complacia de antemano con la deshonra de
Ginebra: hzome la seal acostumbrada, y yo, ignorante por completo de
aquella perfidia, apenas la o sal al balcon, que estaba de tal modo
construido, que se me podia ver por todas partes, vestida con un trage
blanco, adornado con franjas de oro en su centro y en derredor, y
engalanada la cabeza con una redecilla de oro y pequeas borlas de
prpura; moda que ninguna dama de la corte usaba ms que Ginebra.

Lurcanio, en tanto, temiendo que acaeciera alguna desgracia  su
hermano,  impulsado por ese deseo que todos tenemos de saber lo que 
otros sucede, le habia ido siguiendo silenciosamente, resguardndose con
la sombra, hasta que lleg  colocarse  menos de diez pasos de
distancia. Ignorante yo de cuanto estaba pasando, y vestida como he
dicho, sal al balcon como habia salido tantas y tantas veces. La luz de
la Luna daba de lleno sobre mis vestidos, y como mi aspecto y rostro
eran bastante semejantes  los de Ginebra, fcilmente podrian
confundirme con ella, tanto ms cuanto que entre el palacio y aquellas
casas arruinadas media una regular distancia.

El Duque se aproxim  los dos hermanos,  quienes ocultaba la sombra,
y les hizo creer diestramente en aquella superchera. Juzgad cul seria
el dolor y la desesperacion de Ariodante! En seguida se acerc Polineso
 la escala, que ya le habia yo arrojado, y subi apresuradamente al
balcon: apenas lleg  l, le ech los brazos al cuello, creyendo no ser
de nadie vista, y le prodigu las ms tiernas caricias, como solia
siempre que venia en tales horas  visitarme. l por su parte me
acarici con ms solicitud y ternura que nunca, con el nico objeto de
disipar hasta la menor duda que pudiera quedar en el corazon de
Ariodante, el cual contemplaba desde ljos el terrible espectculo que
en mal hora habia deseado presenciar. Su dolor fu tal, que intent
darse all mismo la muerte, y desenvainando su espada, apoy en el suelo
la empuadura para clavarse la punta en el corazon! Lurcanio, que habia
visto con el mayor asombro al Duque subir al balcon, pero sin conocerle,
reparando en la accion de su hermano, se precipit hcia l y evit que
se traspasara el pecho con su propia mano, llevado de la desesperacion.
Si hubiera tardado un solo instante,  se hubiese encontrado un poco ms
ljos, no habria estado  tiempo de evitar aquella desgracia.

--Ah, hermano desgraciado  insensato! exclam: has perdido por
ventura la razon, para que por una mujer intentes arrancarte la vida?
As desaparecieran todas como ante el viento la niebla! Procura ms
bien su muerte, pues la tiene merecida: t debes morir de un modo ms
honroso y ms digno de t. Pudiste muy bien amarla cuando te era
desconocida su perfidia; pero ahora que la has descubierto, debes
aborrecerla con toda tu alma. Conserva, pues, ese acero, que has vuelto
contra tu pecho, y que debe servirte para denunciar al Rey la deshonrosa
falta de su hija.

Cuando Ariodante vi junto  s su hermano, abandon su criminal
empresa; pero no el intento que habia formado de librarse de la vida. No
ya herido, sino traspasado el corazon de angustia y de dolor, se alej
de aquel sitio con su hermano, fingiendo que habia desaparecido ya el
furor que le puso fuera de s.

A la maana siguiente se ausent sin ser visto de nadie y sin decir una
palabra  su hermano, guiado por la desesperacion, ignorndose durante
muchos dias qu habia sido de l. A excepcion del Duque y de su hermano,
todo el mundo ignoraba la causa de su desaparicion, sobre la cual se
hicieron mil diversos comentarios, tanto en palacio, como en toda la
Escocia. Al cabo de ocho  ms dias se present  Ginebra un viajero,
portador de una noticia desastrosa: tal era la de que Ariodante habia
perecido en medio de las olas, y no  consecuencia de alguna tempestad,
sino por haberse dado voluntariamente la muerte, arrojndose de cabeza
al mar desde una pea que se elevaba bastante fuera del agua. El
portador de tan triste nueva aadi:

--Antes de llegar  tal extremo, me dijo Ariodante,  quien casualmente
habia encontrado en el camino:--Ven conmigo,  fin de que puedas
referir  Ginebra la suerte que me espera; y dle que la causa de lo que
vas  presenciar consiste en que he visto demasiado. Dichoso yo, si
antes hubiera quedado sin vista!--Nos encontrbamos entonces cerca del
promontorio de Cabo-bajo, que penetra algun tanto en el mar en direccion
 Irlanda; y as diciendo, v que desde lo alto de un peasco se
precipit de cabeza en el mar desapareciendo entre las olas. All le
dej, y he venido presuroso  traerte esta noticia.

El dolor de Ginebra fu tan grande que cubri su rostro una palidez
mortal, perdi el conocimiento y qued algun tiempo como muerta. Cuando,
vuelta en s, se encontr sola en su lecho virginal oh Dios! cul
manifest su desesperacion en sus acciones! Golpebase el seno,
desgarraba sus ropas, y se mesaba furiosamente los dorados cabellos,
repitiendo incesantemente las ltimas palabras de Ariodante: que la
causa de su triste y desgraciada muerte procedia de haber visto
demasiado!

En breve circul por todas partes el rumor de que el valiente caballero
se habia dado la muerte llevado de su desesperacion. El Rey, lo mismo
que las damas y caballeros de su corte, derramaron abundantes lgrimas
por su memoria, pero sobre todos ellos, Lurcanio, que qued sumido en
tal luto y desolacion, que estuvo prximo  imitar  su hermano, dndose
 s mismo la muerte. A fuerza de repetirse una y otra vez que Ginebra
era quien habia privado  su hermano de la vida, y que el motivo de su
muerte no fu otro sino el haber sido testigo de la infame deslealtad de
la princesa, se apoder de su corazon tan insensato afan de venganza, y
tanto fu lo que el dolor y la ira le dominaron, que con tal de
satisfacerla no titube en arrostrar la ira del Rey y del pas entero, y
mucho menos en perder la gracia del monarca.

Presentse, pues, al Rey en el momento en que se hallaba rodeado de
toda su corte, y con ademan sombro, le dijo:

--Sabe, seor, que la nica causa de que mi hermano perdiera la razon,
hasta el extremo de darse la muerte ha sido tu hija. Tan agudo fu el
dolor que traspas su alma al presenciar su deshonestidad, que desde
entonces le fu odiosa la vida. Ambos se amaban, y hoy me atrevo 
hacerte esta revelacion, porque los deseos de mi desgraciado hermano
eran respetuosos al par que honestos, como lo prueba el que esperaba
merecer la mano de la princesa por medio de su valor y de sus leales
servicios. Pero mientras el desdichado se contentaba con aspirar desde
ljos el perfume de las hojas, vi que otro subia por el rbol reservado
y cogia el anhelado fruto.

Y continu refiriendo cmo habia visto  Ginebra salir al balcon,
afirmando que la habia visto echar desde l una escala por donde subi
un amante, cuyo nombre ignoraba, el cual, para no ser conocido, habia
recurrido  un disfraz y se habia ocultado los cabellos. Por ltimo,
aadi, que estaba dispuesto  probar con las armas en la mano la verdad
de cuanto habia dicho.

Fcilmente comprenders el estupor del angustiado padre cuando oy
semejante acusacion, ya por el asombro que le causaba una revelacion que
jams se le hubiera ocurrido, ya tambien porque se veria obligado 
condenar  muerte  su hija, en el caso de que no se presentara un
caballero que, tomando la defensa de la jven, probara la falsedad de lo
aseverado por Lurcanio. Nuestras leyes condenan  muerte  toda mujer,
sea casada  doncella, convencida de haber cedido  una pasion criminal,
y se aplican con todo rigor, llegndose hasta el extremo de entregar la
esposa muerta al marido engaado, si en el trmino de un mes no
encuentra la acusada un caballero de nimo tan varonil que sostenga,
contra lo asegurado por el falso acusador, que es inocente 
inmerecedora del suplicio.

El Rey, que no puede dar crdito  la acusacion de su hija, ha hecho
proclamar con el objeto de libertarla, que entregar su mano y adems
un gran dote, al que se presente en defensa de su honra mancillada.
Hasta ahora nadie se ha presentado; todos vacilan, y se limitan 
observar al terrible Lurcanio, cuyo valor infunde al parecer miedo en el
nimo de todo guerrero. Por una coincidencia funesta, Zerbino, hermano
de la princesa, se halla ausente de su patria; hace muchos meses que
viaja por lejanos paises, sealndose en numerosos hechos de armas. Ah!
si aquel gallardo jven estuviera ms cerca,  en un punto donde pudiera
llegar  su noticia la suerte de su hermana, no se veria esta, como hoy
se v, abandonada.

Procurando el Rey en tanto averiguar, por otros medios distintos de las
armas, lo que esta acusacion tenga de calumniosa  verdadera, para saber
si es  no justo que muera su hija, ha hecho prender  ciertas
camareras, que por su posicion al lado de su seora deberian estar
forzosamente en el secreto; por cuya razon prev que, si llegaban 
apoderarse de m, correriamos un grave riesgo tanto el Duque como yo.
Esta consideracion me oblig  alejarme precipitadamente de la corte
aquella misma noche y buscar un asilo en casa del Duque,  quien hice
presente el peligro que corrian nuestras cabezas, si me reducian 
prision. Aplaudi mi determinacion, por la que me prodig las mayores
alabanzas, y me dijo que nada temiera; despues me aconsej que confiara
en l, y que me refugiara en una fortaleza que posee cerca de aqu,  la
que hizo que me acompaaran dos servidores suyos.

Ya has oido, seor, las repetidas pruebas de amor que d  Polineso;
por ellas comprenders si tenia  no derecho  esperar de l el
acendrado cario de que me era deudor: oye, sin embargo, el galardon que
recib por mis amorosos desvelos: oye la gran merced que  mis grandes
merecimientos ha hecho; y juzga si por el solo delito de haber amado
demasiado, puede esperar una mujer el ms completo olvido! Aquel amante
prfido, cruel  ingrato ha llegado al fin  sospechar de mi fidelidad,
y temeroso de que tarde  temprano se me escapara la revelacion de sus
fraudulentas acciones, ha fingido enviarme  uno de sus castillos, bajo
el pretexto de que en l podria esperar con seguridad  que se mitigaran
la ira y el furor del Rey, cuando en realidad donde me encaminaba era 
la muerte; pues habia encargado secretamente  mis dos guias, que en
cuanto nos internramos en la espesura de esta selva, me inmolaran sin
compasion;  indudablemente se hubieran realizado sus deseos,  no haber
acudido t al oir mis gritos. Este es el premio que Amor da al que le
sirve bien!

Tal fu la triste historia que refiri Dalinda al paladin mientras
proseguan su viaje. Regocij en gran manera  Reinaldo aquel encuentro,
que le proporcion la ocasion de profundizar un secreto que as le
patentizaba la inocencia de Ginebra; y si se habia propuesto salir en su
defensa cuando no le constaba si la acusacion tenia algun fundamento
cierto, con mucha mayor energa la abrazaba ahora sindole tan evidente
la calumnia.

Apret, pues, el paso hcia la ciudad de San Andrs, donde se hallaba el
Rey con toda su familia, y donde debia tener efecto el combate que
decidiera de la suerte de la princesa. Pocas millas le faltaban para
llegar, cuando encontr  un escudero  quien supuso portador de
noticias ms recientes. Habindole dirigido algunas preguntas, el
escudero le manifest que habia llegado un caballero dispuesto 
defender  Ginebra, en cuya armadura se veian emblemas desusados, y 
quien nadie habia podido conocer, porque procuraba esquivarse  todas
las miradas; que desde que en aquella ciudad se encontraba, nadie habia
conseguido verle el rostro, por llevar siempre calada la visera de su
yelmo, y que hasta su mismo escudero juraba que ignoraba completamente
quin pudiera ser.

Continuando su camino, llegaron en breve al pi de los muros de la
ciudad. Dalinda manifestaba un gran temor de seguir adelante; pero
Reinaldo la tranquiliz; y como viese cerradas las puertas, pregunt la
causa de ello al centinela, el cual le dijo, que era por haber ido todo
el pueblo  presenciar el combate que debia tener efecto, entre Lurcanio
y un caballero desconocido, en una pradera llana y espaciosa situada al
otro lado de la ciudad; aadiendo, que ya habia comenzado la lucha.

El seor de Montalban hizo que le abrieran la puerta, que volvi 
cerrarse en cuanto l y Dalinda la traspusieron, y atraves la desierta
ciudad, despues de haber dejado  la doncella en una posada,
encargndole que permaneciera tranquila en ella hasta su regreso que no
se haria esperar. En seguida se dirigi precipitadamente  la palestra
donde ya se habian dado y se estaban dando tremendos golpes los
campeones. A Lucarnio le animaba su furiosa clera contra Ginebra,
mientras que su adversario sostenia con no menos ardor la empresa que
habia abrazado.

Encontrbanse con ellos en la estacada seis caballeros,  pi y armados
de corazas,  cuyo frente, y montado en un magnfico caballo de pura
raza, estaba el Duque de Albania, que en su calidad de gran Condestable,
tenia  su cargo la custodia del campo y del terreno de la liza.
Polineso se gozaba en la apurada situacion de Ginebra,  la que dirigia
orgullosas miradas.

Reinaldo atraves la apiada multitud, abrindole camino su brioso
Bayardo; pues al sentir su fuego, se retiraba la gente presurosa.
Descollaba entre todas la figura del paladin, flor y nata de la
gallarda; detvose al llegar frente al sitio en que se hallaba el Rey,
y todos se aproximaron  l para saber lo que pretendia. Reinaldo
dirigi entonces la palabra al monarca, expresndose en estos trminos:

--Rugote, gran seor, que hagas suspender ese combate; pues debes tener
por seguro que sea cualquiera de los dos campeones el que sucumba,
tolerars que muera injustamente. El uno cree que le asiste la razon, y
se equivoca lastimosamente, pues sostiene lo que es falso, ignorando que
miente, porque el mismo error que ha causado la muerte de su hermano es
el que le hace empuar las armas; al paso que el otro no sabe si
defiende lo justo  lo injusto, y solo su generosidad y compasion le
hacen arrostrar la muerte,  fin de no consentir en la de una dama de
tan sin par belleza. Yo traigo conmigo la salvacion de la inocencia;
conmigo va el castigo del impostor; pero, por Dios te suplico que hagas
cesar esa lucha, y despues concdeme algunos momentos de atencion.

Caus tal impresion en el nimo del Rey la autoridad de un caballero tan
digno como por su talante y apostura parecia Reinaldo, que hizo
inmediatamente la seal de que se suspendiera el combate. El paladin
entonces descubri en presencia del Monarca, de los magnates, de los
caballeros y de toda la muchedumbre all reunida la infame trama que
habia urdido Polineso contra la inocente Ginebra, aadiendo al terminar
su narracion que estaba dispuesto  probar con las armas en la mano la
verdad de cuanto habia dicho.

Llamse  Polineso, que se acerc turbado y plido, si bien lo neg todo
con cnica audacia. Reinaldo entonces apel al acero, y como ambos
estaban armados y el campo abierto, vinieron  las manos sin tardanza.
Oh! cun vivamente desea el Rey, y con l su pueblo entero, que brille
en todo su esplendor la inocencia de Ginebra! Todos abrigan la firme
esperanza de que Dios patentizar lo injustamente que se la habia
tratado de impdica y deshonesta. Nadie duda ya de que Polineso, tenido
siempre por cruel, soberbio y avaro, y adems incuo y fraudulento, ha
sido el autor de tan vil calumnia.

El duque de Albania, macilento, con el corazon tembloroso y rostro
plido, enristra la lanza al oir la tercera seal de las trompetas: en
cuanto la oye Reinaldo se precipita sobre l procurando atravesarle de
un lanzazo  fin de terminar el combate con un solo golpe. El resultado
correspondi al deseo, pues le escondi en el pecho la mitad del asta.
Clavado en la lanza le arranc de la silla y le arroj contra el suelo 
ms de seis brazas de distancia de su caballo. Reinaldo se ape con suma
celeridad, llegse  su vencido adversario, y antes de que pudiera
incorporarse, le desat el yelmo; pero aquel que no se encontraba ya en
estado de combatir, le pidi humildemente perdon con rostro acongojado.
Entonces confes Polineso, siendo testigos el Rey y toda la corte, la
infame calumnia que le habia conducido  tan desastrosa muerte. No pudo
concluir, pues en medio de su confesion, le falt el aliento y la vida.

Al contemplar el Rey  su hija libre de la muerte y recobrada su honra,
experiment mayor alegra, gozo ms vivo y ms consolador que si le
acabaran de restituir la corona despues de haberla perdido. Colm de
honores  Reinaldo,  quien lo debia todo, y cuando al quitarse el yelmo
el guerrero le conoci, pues habia tenido ocasion de verle otras veces,
alz las manos al cielo, dando  Dios infinitas gracias por haberle
concedido tal defensor.

En tanto que el monarca daba espansion  su alegra, el caballero
desconocido que habia acudido primeramente en defensa de Ginebra se
mantenia modesta y respetuosamente retirado hasta ver el desenlace de
aquella escena. El Rey le llam rogndole que le dijera su nombre,  por
lo menos que se descubriera,  fin de que pudiera recompensarle tal cual
merecia su meritoria accion. Despues de muchas instancias, accedi el
desconocido  quitarse el yelmo, y descubri lo que se ver en el canto
siguiente si es que os agrada escuchar esta historia.




CANTO VI.

     Ariodante se enlaza con su amada Ginebra, obteniendo en dote el
     ducado de Albania.--Rugiero, atravesando los aires en su caballo
     alado, llega al reino de Alcina.--Un mirlo humano le refiere las
     infamias de Alcina, por lo cual Rugiero se propone huir de ella,
     ms se v rechazado en su camino por una turba de mnstruos, y
     salvado de ellos por dos damas que le obligan  emprender nuevos
     combates.


Desgraciado del hombre perverso que confia en que siempre han de
permanecer ocultas sus malas acciones! El aire, la tierra misma que
encubra su delito lo harn patente,  falta de alguna persona que la
denuncie, y Dios mismo permite muchas veces que el pecador, arrastrado
por su intranquila conciencia, y aun cuando haya conseguido su perdon,
se descubra  s mismo por imprudencia  por casualidad. El miserable
Polineso crey encubrir completamente su crmen haciendo desaparecer de
la faz de la tierra  Dalinda, su nica cmplice y la sola persona que
podia revelarlo; y uniendo un crmen  otro crmen, precipit el funesto
desenlace que podia muy bien haber diferido y evitado quiz; pero
impotente para contener su impaciencia, l mismo aceler su muerte,
perdiendo  un tiempo mismo amigos, vida, hacienda, y sobre todo el
honor, principal castigo de su perfidia.

Dije antes que se habian dirigido insistentes ruegos al caballero
desconocido para que revelara su nombre. Accedi al fin  descubrirse, y
quitndose el yelmo, dej ver el tan conocido rostro de Ariodante, 
quien poco antes habia llorado por muerto la Escocia entera; de
Ariodante, por quien aun llevaban luto Ginebra, su hermano, el Rey, la
corte y el pueblo todo, y que se mostraba admirable de valor y
gallarda.

Su presencia venia  desmentir la narracion del viajero: este, sin
embargo, habia dicho la verdad, pues le vi en efecto precipitarse en el
mar desde la roca; pero como suele suceder  ms de un desesperado, que
anhela y llama  la muerte cuando est ljos, y al verla llegar le causa
pavor, segun lo terrible y amargo que le parece aquel trance, otro tanto
le sucedi  Ariodante que, despues de sumergido en el agua se
arrepinti de morir, y echando mano de toda su fuerza, destreza y
singular osada, se puso  nadar hasta que gan la orilla: una vez en
ella, abandon como loco  insensato el deseo de arrancarse la vida que
hasta entonces le habia atormentado, y empapado aun en el agua del mar,
se puso  caminar hasta que encontr un asilo en el albergue de un
eremita, donde se propuso permanecer hasta que tuviera noticia de si
Ginebra se habia alegrado de su muerte,  si, por el contrario, la habia
entristecido y angustiado.

Lleg primeramente  sus oidos que el dolor que experiment la
princesa, estuvo  punto de hacerla bajar al sepulcro: noticia que se
esparci rpidamente por toda la isla. Resultado bien diferente del que
esperaba despues de lo que con gran pesadumbre habia presenciado! Supo
luego que Lurcanio habia denunciado  Ginebra como criminal ante su
padre, y su ira contra su hermano no fu menos vehemente que el amor que
volvi  sentir hcia la princesa, por parecerle aquella determinacion
tan cruel como impa, por ms que hubiera sido adoptada en favor suyo.
Poco despues tuvo noticia de que no se presentaba caballero alguno que
quisiera abrazar la defensa de la doncella; porque todos tenian reparo
en ponerse frente  frente de la pujanza y valor de Lurcanio, pues el
que le conocia, apreciaba en tanto su discrecion, prudencia y
perspicacia, que no podia presumir que arrostrara la muerte, si fuera
falso lo que sostenia; razon por la cual la mayor parte de los
caballeros temian exponerse  defender una causa injusta. Ariodante,
despues de mil reflexiones, se decidi  aceptar el reto de su hermano.

--Infeliz de m! se decia  s mismo: no, no podr consentir que ella
perezca por mi causa: mi muerte seria demasiado cruel y desastrosa, si
la viera expirar antes que yo. Ella es aun mi esposa y la diosa que
idolatro; ella es aun la luz de mis ojos. Es preciso, pues, que justa 
injustamente vuele en su auxilio, y pierda por ella la vida. S que
defiendo el delito; enhorabuena: s tambien que perecer, pero esto
tampoco me desconsuela; lo que s me atormenta es que mi muerte no podr
salvar la vida de tan hermosa doncella. Solamente un consuelo encontrar
al morir: el de que, si es cierto que la ama su Polineso, habr podido
ver claramente que no se ha movido para socorrerla; mientras que  m, 
quien tan cruelmente ha ofendido, me ver morir  su lado. De este modo
me vengar tambien de mi hermano, causa de tanto escndalo; porque habr
de arrepentirse dolorosamente del desenlace de este asunto, en el
momento en que contemple con terror que ha dado muerte  su hermano
cuando creia vengarle.

Apoyado en tales reflexiones, se procur nuevas armas y nuevo caballo,
as como una sobrevesta y un escudo negros, listados de verde y
amarillo. La casualidad le proporcion un escudero desconocido en aquel
pas, y de esta suerte disfrazado se present  combatir contra su
propio hermano. He referido ya todos los incidentes de tan triste
aventura, y cmo fu por fin conocido Ariodante. La alegra que sinti
el Rey al verle en su presencia no fu menor que la que tuviera poco
antes viendo  su hija justificada. Reflexion entonces el monarca que
nunca se podria encontrar amante ms tierno y leal que aquel, cuando 
pesar de tanto ultraje, no habia vacilado en defender  la princesa aun
contra su mismo hermano;  impulsado por esta consideracion, por su
propia inclinacion que hcia Ariodante le arrastraba, y finalmente por
los ruegos de toda la corte, as como por la singular insistencia de
Reinaldo, le entreg la mano de su hija y con ella el ducado de Albania,
que providencial y oportunamente habia vuelto  poder del Rey por la
muerte de Polineso. Reinaldo alcanz el perdon de Dalinda, la cual, ya
fuese por estar desengaada del mundo,  por haber hecho algun voto,
dirigi  Dios sus pensamientos, y ausentndose de Escocia sin demora,
fu  tomar el velo en un monasterio de la Dacia[31].

     [31] Region de la Europa oriental de la que hoy forma gran parte la
     Valaquia.

Pero tiempo es ya de volver  Rugiero,  quien dejamos recorriendo los
cielos montado en su rpido corcel.

Aunque el nimo de este guerrero era entero y varonil, y el terror
jams habia hecho palidecer su rostro, no puedo asegurar que en aquellos
momentos no temblara su corazon como la hoja en el rbol. Habia dejado
ya muy atrs la Europa, y se encontraba  gran distancia del monumento
levantado por el invencible Hrcules como aviso  los navegantes[32]. El
Hipogrifo, ave inmensa y sobrenatural, lo conducia con tan vertiginosa
rapidez que aventajaria seguramente en celeridad al ave de Jpiter,
portadora de sus fulmneos dardos: no hiende los aires ser tan ligero
que pudiera igualrsele en velocidad, y aun creo que el trueno  la
saeta invertirian ms tiempo que l en llegar desde el cielo  la
tierra. Despues de haber recorrido un inmenso espacio, siempre en lnea
recta y sin moderar el vuelo, empez el Hipogrifo  describir anchos
crculos en los aires, como si ya estuviera satisfecho de atravesar sus
solitarias regiones, y fu descendiendo poco  poco hcia una isla muy
parecida  aquella donde pas en vano,  travs de un camino oculto por
debajo del mar, la ninfa Aretusa,  fin de librarse de un amante  quien
tanto despreciaba y del que tanto se habia preservado[33].

     [32] Las columnas de Hrcules que, segun la fbula, fueron
     colocadas por aquel semi-dios en los montes Calpe y Avila  uno y
     otro lado del Estrecho de Gibraltar como fin de sus trabajos, y
     como lmite de las tierras y mares conocidos.

     [33] Bandose un dia la ninfa Aretusa en el rio Alfeo inspir
     amores al Dios de este rio. Para escapar de sus persecuciones
     implor Aretusa el socorro de Diana, que la convirti en fuente.
     Inmediatamente Alfeo mezcl sus aguas con las de Aretusa, y estas
     desaparecieron, yendo  brotar despues de un largo viaje
     subterrneo y submarino en Oligia, isla vecina de Siracusa, donde
     formaron una clara fuente.

En su viaje areo, no habia recreado la vista de Rugiero un pas tan
bello ni de tan halageo aspecto; ni aunque recorriera el mundo entero,
llegaria  encontrar otro tan pintoresco y maravilloso como aquel, donde
por fin se pos el enorme pjaro con su ginete, no sin describir antes
un ltimo y prolongado crculo en el aire. Por do quiera empez 
descubrir frtiles llanuras, collados de pendiente suave, aguas
cristalinas, mrgenes umbrosas y frescas praderas. Numerosos y
encantadores bosquecillos de agradables laureles, de palmeras, de mirtos
amensimos, de cedros y de naranjos, cargados de frutas y flores de
mltiples formas, todas bellas, ofrecian con sus espesas ramas un grato
refugio contra los calores del esto, mientras que el ruiseor saltando
de rama en rama con vuelo seguro, halagaba el oido con sus dulces
cantos. Entre las purpreas rosas y las blancas azucenas,  las que el
cfiro con su templado aliento conservaba en toda su frescura y lozana,
se veian triscar, tranquilos y seguros, conejos, liebres y ciervos de
frente elevada y orgullosa, que sin temer una traidora muerte  el
escondido lazo, pastaban  rumiaban la yerba, mientras que los corzos,
las gacelas y los vivaces cabritillos saltaban y retozaban por la
campia en crecido nmero.

Apenas se encontr el Hipogrifo tan cerca de la tierra, que el salto
desde l no ofreciera peligro, se desliz Rugiero precipitadamente de la
silla y puso el pi sobre el esmaltado csped. No abandon, sin embargo,
las riendas, y para impedir que su corcel tornara  remontar el vuelo,
lo at al tronco de un mirto que creca en aquella costa entre un laurel
y un pino. En seguida se dirigi hcia donde brotaba un manantial de
trasparentes aguas, rodeado de cedros y de fecundas palmas; dej el
escudo, quitse el yelmo y las manoplas; y volviendo el rostro, ora
hcia la playa, ora hcia los montes, se puso  aspirar con delicia el
ambiente embalsamado de aquellas frescas y puras auras, que agitaban con
dulce murmullo las elevadas cimas de los abetos y de las hayas. Refresc
luego sus ardientes labios en el agua lmpida  incitante del arroyo, y
metiendo despues en l las manos, la estuvo agitando durante largo rato
 fin de mitigar el calor que sentia en sus venas cansado por el
contnuo peso de la armadura. Debia sentirse en efecto abrasado de calor
y abrumado de cansancio, si se atiende  que habia atravesado, siempre
corriendo y completamente armado, ms de tres mil millas de distancia.

De pronto el caballo, que habia dejado atado  la sombra de una espesa
enramada, se encabrit procurando huir espantado de un objeto que
proyectaba su sombra por el bosque,  hizo plegarse de tal modo al mirto
 que estaba ligado, que las hojas de la copa rodearon todo el tronco,
alfombrando el suelo al desprenderse; no obstante, le fu imposible
romper sus ligaduras. As como cuando se pone en el fuego un tronco
falto de svia y que tiene seco el corazon, se nota que el aire
encerrado en su interior va dilatndose por medio del calor, haciendo
que el leo empiece  dar chasquidos y  resonar con estrpito, hasta
que aquel se abre un camino para escapar, del mismo modo se puso 
murmurar,  rechinar y retorcerse el ofendido mirto, hasta que por
ltimo abri la boca, y con triste y dbil voz pronunci distinta y
claramente estas palabras:

--Si eres tan piadoso y corts como lo indica tu gallarda presencia,
aparta este animal de mi tronco; harto grande es ya el dolor que me
atormenta, para que otras penas y otros dolores vengan  aumentarlo.

Apenas oy Rugiero los primeros acentos de aquella voz, volvi el rostro
hcia el sitio de donde procedia y levantse precipitadamente, y cuando
se cercior de que salian del rbol, qued tan estupefacto cual nunca lo
habia estado. Corri  desatar el caballo, y cubiertas de rubor las
megillas, contest:

--Quien quiera que seas, espritu humano  divinidad de esta floresta,
perdona mi indiscrecion. No sabiendo que bajo ruda corteza se ocultase
un alma humana, me he dejado llevar del atractivo de esa hermosa
enramada, cometiendo una falta con tu florido mirto. No dejes, sin
embargo, de manifestarme quin eres, t, que conservas voz y alma
racional bajo un cuerpo spero y erguido; as te preserve el cielo de
las injurias del granizo! En cambio te prometo por el nombre de aquella
 quien he dado la mejor parte de mi ser, que si ahora  en cualquiera
ocasion puedo prestarte algun servicio, lo har sin vacilar, ya sea de
palabras  por obra, y de modo que tengas motivo para congratularte de
m.

Luego que Rugiero hubo concluido de proferir estas palabras, empez 
temblar el mirto desde sus raices hasta la copa; despues cubrise la
corteza de un sudor semejante al que se desprende de una rama verde
cuando empieza  sentir el calor del fuego, del que por algunos momentos
le habia preservado su natural humedad, y contest:

--Tu cortesa me induce  revelarte  un tiempo mismo quin fu yo, y
quin me ha convertido en este mirto que ves colocado  orillas del mar.
Astolfo fu mi nombre, y yo fu un guerrero francs muy temido en la
guerra: primos mios eran Reinaldo y Orlando, cuyo renombre no conoce
lmites, y esperaba suceder  mi padre Oton en el trono de Inglaterra.
Fu tan galan y enamorado, que caus la desesperacion de ms de una
dama; pero al fin solo yo sal perjudicado. Volvia de aquellas apartadas
islas que baa en Oriente el mar Indico, donde habamos permanecido
largo tiempo encerrados en oscuros calabozos Reinaldo y yo con otros
caballeros, hasta que el poderoso esfuerzo de Orlando nos devolvi la
libertad,  bamos siguiendo en direccion  Occidente las arenosas
costas azotadas con frecuencia por el viento Norte, cuando una maana,
impulsados quiz por nuestro cruel destino, saltamos en tierra en una
hermosa playa, donde se elevaba el castillo de la poderosa Alcina, 
quien encontramos fuera de su fortaleza, y sentada sin compaia alguna
en una roca, desde la cual hacia salir  la orilla todo cuanto pescado
se le antojaba, sin necesidad de redes ni anzuelos. Hcia la playa se
dirigian veloces los delfines; los pesados atunes acudian  ella con la
boca abierta, lo mismo que los becerros marinos, que aun no habian
logrado sacudir su perezoso sueo; y los sargos, las rayas, los barbos,
y los salmones que nadaban con toda la velocidad de que eran capaces,
formando prolongadas hileras: las focas, los cachalotes y las ballenas
sacaban fuera del mar sus gigantescos lomos. Vimos  una de aquellas
ballenas, indudablemente la mayor que hasta entonces habitara los mares,
elevar su enorme espalda ms de once pasos fuera de las saladas ondas.
Su extraordinaria magnitud hizo que todos cayramos en un error; pues
como estaba parada y no notamos en ella movimiento alguno, la tomamos
por un islote, tanta era la distancia que separaba sus dos extremidades.

Alcina continuaba atrayendo  los peces, valindose de palabras
misteriosas y encantadas. Alcina era hermana de la hada Morgana; pero no
s si vi la luz al mismo tiempo,  antes  despues que esta. La
solitaria pescadora fij su vista en m, y sin duda hube de agradarle,
pues bien lo demostr en su semblante; form al momento el proyecto de
separarme de mis compaeros con astucia y maa, y consigui su intento.
Dirigise hcia nosotros con placentera sonrisa, y dando muestras del
mayor agrado al par que reverencia, nos dijo:

--Caballeros, si os dignais aceptar hoy mi hospitalidad y mi pesca, os
dar  conocer mil clases de pescados, unos escamosos, otros de lisa
piel y otros cubiertos de pelo tosco, todos de formas variadas y ms
numerosas que las estrellas del cielo; y si os place ver una sirena,
cuyo dulce canto aplaca el furor del mar tempestuoso, pasemos desde aqu
hasta aquella orilla, donde suele dejarse ver  estas horas.

Y al decir esto nos designaba aquella ballena, que, segun he dicho,
parecia una isla. Yo, que siempre fu voluntarioso y temerario, harto
me pesa! salt sobre la ballena,  pesar de que Reinaldo y Dudon me
hacian seas en contrario. La hada Alcina salt tras de mi con risueo
semblante y sin cuidarse de mis dos compaeros, mientras que la ballena,
desempeando diligente su cometido, se alej surcando velozmente las
aguas. Pronto me arrepent de mi impremeditacion; pero cuando conoc el
engao, ya estaba muy apartado de la orilla. Reinaldo se arroj al mar y
se esforz en nadar cuanto pudo para auxiliarme; pero habindose
levantado un viento furioso que cubri de sombras el cielo y el pilago,
qued casi sumergido. Ignoro completamente lo que despues le aconteci.

Alcina procur solcita tranquilizarme: todo aquel dia y la noche
siguiente continuamos navegando sobre aquel mnstruo, hasta que llegamos
 esta hermosa isla, cuya mayor parte posee Alcina por habrsela
usurpado  una hermana suya  quien su padre dej por heredera de todos
sus dominios por ser la nica legtima; pues Alcina, y Morgana son fruto
de un amor incestuoso, segun me ha revelado quien lo sabe positivamente.
Estas dos hermanas son prfidas  incuas, y estn poseidas de los
vicios ms feos  infames, mientras que la otra, viviendo castamente, ha
cifrado toda su dicha en la virtud. Contra ella se han conjurado las
dos, y han armado ms de un ejrcito para arrojarla de la isla,
habindole arrebatado en diferentes veces ms de cien castillos. Ya no
le quedaria un palmo de tierra  Logistila, que as se llama la mejor de
las tres, si no estuvieran sus posesiones separadas de las de Alcina por
un golfo y una montaa salvaje, del mismo modo que Inglaterra y Escocia
estn divididas por un monte y un rio;  pesar de esto, Alcina y Morgana
no quedarn satisfechas hasta que hayan despojado  su hermana de lo
poco que aun le queda. Los crmenes y vicios que  las dos mancillan no
pueden sufrir el eterno reproche que la castidad y virtud de Logistila
les dirije.

Pero volviendo  mi interrumpido discurso, para que sepas cmo fu
convertido en planta te dir que Alcina, abrasada enteramente por mi
amor, me colmaba de delicias y atenciones; yo, por mi parte, al
contemplarla tan bella y obsequiosa, no pude menos de corresponder  su
pasion. Extasiado ante los placeres que la posesion de la hermosa Alcina
me proporcionaba, pareciame que en ella estaba reunido todo el bien que
tan repartido se halla entre los mortales, tocando  unos mucho,  otros
menos y  ninguno demasiado. A su lado me olvidaba por completo de
Francia y de todo, dedicado exclusivamente  contemplar su rostro; todos
mis pensamientos, todos mis proyectos iban  parar  ella y no pasaban
ms adelante. En cuanto  Alcina, su pasion era tal vez mayor que la
mia: todo lo habia abandonado por consagrarse  m, y por m habia
despreciado  los varios amantes  quienes correspondia antes de
conocerme. Confidente yo de sus ms ntimos pensamientos, no se apartaba
de mi lado ni de dia ni de noche: yo era el que  todos dictaba rdenes
con aquiescencia y por encargo de mi amada; solo  m daba crdito, de
m se aconsejaba, y por ltimo con nadie hablaba ms que conmigo.

Ah! Por qu voy renovando mis heridas, cuando no espero remedio
alguno para cicatrizarlas? Por qu he de evocar el recuerdo de un
perdido bien, cuando me encuentro en tan extrema desdicha! Cuando ms
feliz me contemplaba y estaba ms persuadido de que el amor de Alcina
iria aumentando, me arrebat el corazon que me habia dado y echse en
brazos de otro amante. Tarde conoc por mi desgracia su veleidoso
genial, acostumbrado  amar y  olvidar  un tiempo mismo. Apenas habian
trascurrido dos meses, cuando terminaba mi reinado: aquella voluble hada
me apart desdeosamente de su lado apenas hube perdido su gracia.
Despues he sabido que del mismo modo habia tratado  otros mil amantes,
y  fin de evitar que vayan publicando por el mundo los secretos de su
vida lasciva, puebla este frtil terreno con aquellos desgraciados,
convirtindolos en abetos, olivos, palmas, cedros  en el arbusto en que
est encerrada mi alma:  muchos de ellos los transforma en fuentes, y
en fieras  algunos, como mejor cuadra  tan caprichosa y altiva hada.

Ahora bien oh t! que  travs de caminos inusitados has puesto el pi
en esta isla fatal, para que por tu causa se vea algun amante convertido
en piedra, en agua  cosa parecida: reinars seguramente en el corazon
de Alcina, y sers el ms feliz de todos los mortales; pero desde ahora
te advierto, que no tardars en llegar al amargo trance de quedar
transformado en fiera, en fuente, en rbol  en peasco. Voluntariamente
te aviso el peligro que corres, aunque no creo que est en el deber de
prestarte auxilio alguno; sin embargo, ser muy conveniente que no te
precipites, y que conozcas  fondo las costumbres de la hada; pues as
como no hay dos rostros iguales, tampoco son iguales el ingenio y la
astucia, y quizs consigas t reparar el dao que otros mil y mil no han
sabido apartar de sus cabezas.

Rugiero habia oido decir ms de una vez que Astolfo era primo de su
amada, por cuya razon dolise doblemente de verle trasformado en una
planta infecunda: por amor hcia la hermosa guerrera (y as hubiese
deseado que lo supiera) le habria prestado una generosa ayuda; pero en
aquella ocasion no podia ofrecerle ms que estriles consuelos, que le
prodig del mejor modo que supo, preguntndole despues si existia algun
camino que le condujera al reino de Logistila, ya fuese por llanuras 
por cerros, con tal de que no tuviera precision de pasar por los
dominios de Alcina. El rbol le contest que en efecto existia uno, pero
erizado de rocas y de barrancos, y que para encontrarlo deberia
dirigirse un poco  la derecha, y subir despues hasta la pelada cima de
aquella montaa agreste; pero le advirti que no debia prometerse seguir
muy adelante por aquel camino, pues forzosamente habria de tropezar con
una multitud de mnstruos, que le cerrarian el paso  todo trance, y que
 guisa de muralla estaban colocados all por Alcina  fin de impedir
que alguien traspusiera la montaa.

Rugiero di las gracias  aquel mirto, y separndose de l,
perfectamente instruido de lo que habia de hacer, se dirigi  donde
estaba el hipogrifo, le desat, cogile de las riendas  hizo que le
siguiera  pi; pues no se atrevi  montar en l como antes, por temor
de que le llevara por donde no fuera de su agrado. Mientras caminaba iba
pensando en los medios de que se valdria para llegar al pas de
Logistila, dispuesto como estaba  intentarlo todo antes que dejarse
dominar por los encantos de Alcina. Una vez se decidi casi  cabalgar
en el hipogrifo y hacer su viaje por los aires; pero desisti de su
intento  fin de no incurrir en una nueva imprudencia, en vista de lo
rebelde que aquel corcel era al bocado y al freno.--Yo me abrir camino
 todo trance, dijo, si no me engaan mis fuerzas.--Mas apenas habia
andado dos millas, costeando la orilla del mar, cuando descubri la
hermosa ciudad de Alcina.

Vease  lo ljos una espaciosa muralla que, formando un vasto crculo,
encerraba una inmensa extension de territorio, y cuya altura casi
llegaba al cielo. Toda ella parecia construida de oro, aunque no falta
quien diga que era de alquimia: no s si esta opinion ser ms acertada
que la mia; pero su resplandor era tal, que yo sostendria siempre que
era de oro. Cuando Rugiero lleg cerca de aquellos muros tan soberbios,
que no tienen igual en el mundo, dej el camino ancho, que  travs de
la llanura, se dirigia en lnea recta hcia las puertas de la ciudad, y
sigui el sendero de la derecha, que con ms seguridad conducia al
monte; pero no tard en tropezar con la horrible avanzada de que ya
tenia noticia, y que le intercept furiosamente el paso.

Jams se han visto formas ms extraas, ni rostros tan hediondos y
asquerosos como los de aquel tropel de mnstruos. Unos tenian forma
humana desde el cuello hasta los pis, pero su cabeza era de mono  de
gato: otros mostraban sus pis de cabra; otros eran centauros giles y
fuertes: la fisonomia de los jvenes era sobrado impdica; la de los
viejos estpida y embrutecida: muchos de ellos iban completamente
desnudos, y algunos cubiertos de pieles raras: estos galopaban en
caballos sin freno ni silla; aquellos caminaban lentamente sobre un asno
 un buey; muchos cabalgaban  la grupa de un centauro, y no faltaba
quien iba caballero en un avestruz, un guila  una grulla. Veanse por
fin all en confuso tropel los unos resonando sus bocinas; los otros,
vaciando copas en frecuentes libaciones: las hembras estaban mezcladas
con los machos, as como con los que de ambos sexos participaban: quin
llevaba un garfio y una escala de cuerda, quin una barra de hierro, y
quin, por ltimo, estaba provisto de una lima sorda.

El jefe de aquella turba, de voluminoso vientre y abultado rostro, iba
sentado en una tortuga que caminaba con lentitud suma. A un lado y 
otro iban algunos de sus extraos guerreros, dirigiendo la marcha del
animal; porque el estado de embriaguez en que se encontraba el Jefe no
le permitia hacerlo por s mismo, al paso que otros cuidaban de
enjugarle la frente y la barba, y de agitar lienzos para hacerle aire.

Uno de aquellos mnstruos, que tenia cuerpo humano y cuello, orejas y
cabeza de perro, empez  ladrar  Rugiero,  fin de que retrocediera 
la ciudad en que no habia querido entrar.--No har tal cosa, grit el
paladin, mientras mi brazo tenga fuerza para manejar este acero;--y
mostrle la espada que habia desenvainado, dirigiendo la punta contra el
pecho del mnstruo. Este quiso entonces traspasarle con su lanza; pero
Rugiero se precipit rpidamente sobre l, y le atraves el vientre de
tal estocada, que el acero sali ms de un palmo por la espalda. Embraz
en seguida el escudo, y  pesar de ser considerable el nmero de sus
enemigos, empez  repartir tajos y mandobles  diestro y siniestro,
atravesando  unos, derribando  otros, y acometiendo  todos,
volvindose y revolvindose incesantemente. Contra sus cuchilladas era
ineficaz la resistencia de los almetes, escudos  corazas, pues de cada
una de ellas hendia  un enemigo hasta el cuello  hasta la cintura;
pero vise por fin tan estrechado por todas partes, que le serian
necesarios ms brazos y manos que los que tuvo Briareo[34] para mantener
 raya  aquel incuo tropel de sres monstruosos, y abrirse paso 
travs de ellos. Si hubiese tenido la ocurrencia de descubrir el escudo
del nigromante, aquel escudo que quitaba la vista, y que Atlante habia
dejado pendiente del arzon de su caballo, hubiera vencido sin duda 
todos sus horrendos adversarios, derribndolos  sus pis sin
resistencia; pero quiz tuvo  menos echar mano de tan innoble artificio
por esperarlo todo de su valor.

     [34] Uno de los gigantes que atacaron al Cielo y que, segun la
     Fbula, tenia cien brazos y cincuenta cabezas.

Sea lo que quiera, lo cierto es que se proponia morir antes que
entregarse  gente tan vil; pero de pronto se vieron salir de las
puertas de aquel muro, que supongo era de oro, dos hermosas jvenes, en
cuyo ademan y aspecto se conocia que no habian nacido en humilde cuna ni
se habian criado bajo rsticos techos, sino entre las delicias de los
palacios. Una y otra iban montadas en unicornios ms blancos que el
armio; una y otra eran bellas, y sus trages tan vistosos, y de tan
peregrina elegancia, que el hombre que las contemplara necesitaria tener
los ojos de un dios para emitir su juicio sobre ellas: eran, en fin, la
gracia y la belleza personificadas.

Dirigironse ambas hcia el sitio en que Rugiero se encontraba  punto
de sucumbir al gran nmero de sus enemigos, y al verlas, toda la turba
se retir sumisa; ellas pusieron su mano sobre el caballero, que
encendido de rubor les di las gracias por tan humanitario acto, dndose
por muy satisfecho, accediendo  sus deseos, de emprender el regreso
hcia la ciudad de las doradas puertas.

Delante de cada una de estas puertas, habia un prtico algun tanto
saliente, y tan enriquecido de las piedras ms preciosas de Levante,
que apenas se divisaba sitio alguno que no las contuviera. Este prtico
estaba sostenido por cuatro gruesas columnas de diamante puro, y ya
fueran falsos  verdaderos estos diamantes, el caso era que su brillo y
hermosura recreaba la vista. Por debajo del prtico y en derredor de las
columnas corrian jugueteando lascivas doncellas, cuya belleza seria
quiz mayor, si guardaran ms los respetos que la mujer se debe  s
misma. Todas ellas estaban vestidas de verdes faldas y coronadas de
frescas hojas. Adelantronse  recibir  Rugiero, y con obsequiosos
ofrecimientos y agradable semblante, le hicieron entrar en aquel
paraiso, al que creo poder dar este nombre por figurrseme que all
debi nacer el amor.

All las danzas alternan con los juegos; las horas transcurren veloces
en contnua fiesta sin que logre abrirse paso en la imaginacion ningun
pensamiento sombro, ni penetren jams el hasto ni la indigencia; pues
la abundancia derrama all sus ms predilectos tesoros. All, donde
parece que sonrie siempre el placentero Abril con frente alegre y
serena, viven multitud de jvenes bulliciosas: unas cantan junto  las
fuentes con dulce y melodioso acento; otras  la sombra de un rbol  de
una loma, juegan, danzan  se entregan  entretenimientos no menos
inocentes, mientras que otras, separadas de sus compaeras, revelan  un
amante sus amorosas quejas. Por las copas de los pinos, de los laureles,
de las elevadas hayas y de los abetos empinados revolotean pequeos
amorcillos, unos cantando alegres sus triunfos, otros dirigiendo la
puntera para flechar los corazones,  tendiendo las redes, y algunos
templando sus dardos en la corriente de un arroyo,  bien aguzndolos en
piedras movedizas.

All presentaron  Rugiero un magnfico caballo alazan, fuerte y
arrogante, cuyos ricos arneses estaban recamados de piedras preciosas y
franjas de oro, confiando el algero corcel, que antes obedecia
nicamente al viejo nigromante, al cuidado de un jven que seguia los
pasos del paladin.

Las dos solcitas jvenes que habian sacado  Rugiero de entre las manos
de la monstruosa turba, le dijeron estas palabras:

--Seor: la fama de vuestras hazaas, que ha llegado hasta nosotros, nos
presta la suficiente audacia para que impetremos vuestro auxilio en
nuestro obsequio. En nuestro camino encontraremos pronto un rio que
divide en dos partes esta llanura. Una mujer cruel, llamada Erifila,
defiende el puente que las une entre s, y acomete, burla y repele 
todo el que pretende pasar  la otra orilla. Su estatura es gigantesca;
largos son sus dientes y venenosa su mordedura; tiene afiladas las uas,
y araa y desgarra como un oso. Adems de interceptarnos el camino, que
 no ser por ella estaria libre, hace frecuentes excursiones por este
jardin, difundiendo entre todos el espanto. Es preciso tambien que
sepais que muchos de los asesinos que os acometieron durante vuestro
viaje son hijos suyos, y los dems estn  sus rdenes, teniendo la
misma inhumanidad, alevosa y rapacidad que ella.

Rugiero respondi:

--No una, sino cien veces estoy dispuesto  combatir en vuestro
servicio. Disponed de mi persona  vuestro arbitrio en todo aquello que
creais puede seros til; porque si visto acero y malla no es para
conquistar tierras ni tesoros, sino para hacer cuantos beneficios pueda,
sobre todo tratndose de damas tan bellas cual lo sois vosotras.

Las damas le agradecieron sus corteses ofrecimientos en trminos dignos
de tan galante caballero, y entre parecidas plticas llegaron al sitio
donde se descubria el rio y el puente. En l vieron  la temible mujer
que lo guardaba, cubierta con una armadura de oro, sembrada de
esmeraldas y zafiros. Pero en el canto siguiente referir el peligro que
corri Rugiero al combatir con ella.




CANTO VII.

     Vencida la giganta Erifila por Rugiero en favor de las damas que
     as se lo habian rogado, se dirige el paladin hcia el inextricable
     laberinto en que Alcina habia aprisionado  otros muchos.--Melisa
     le hace ver el error en que ha caido, y le trae el oportuno
     remedio; y Rugiero, avergonzado de su falta, se decide  huir
     rpidamente de aquel pas.


El que se ausenta ljos de su patria suele ver cosas que hasta entonces
le habrian parecido increibles; y al referirlas, cuando  ella regresa,
nadie le quiere dar crdito tenindole por embustero; que el vulgo
necio, como no vea y toque clara y palpablemente las cosas, desconfia de
todo. Por esta razon s que los hombres inexpertos darn poca f  lo
que me propongo narrar en este canto. Pero ya sea mucha  poca la que yo
adquiera, nada me importa: no es al vulgo ignorante y grosero al que me
dirijo, sino  vos, Seor, de cuya clara inteligencia espero que no
tendr por mentirosa mi relacion;  vos,  quien van dedicados mis
fatigosos desvelos, en la esperanza de que sabreis recompensarlos.

Quedamos en el momento en que se divis el rio y el puente custodiado
por la arrogante Erifila. Las armas de esta eran del metal ms fino, y
sus colores participaban de los matices de distintas piedras preciosas,
como el encarnado rub, el amarillo crislito, la verde esmeralda y el
naranjado jacinto. Servale de cabalgadura, no un caballo, sino un lobo
membrudo y fuerte, cuyos arneses eran de una riqueza nunca vista y sobre
el que atravesaba el rio. No creo que en la Apulia[35] haya existido un
animal de tal magnitud, pues era ms alto y grueso que un toro, ni
comprendo cmo podia ella dirigirlo  su voluntad, porque en su
espumante boca no se veia freno alguno. La sobrevesta de aquella hembra,
maldita como la peste, era de color de tierra, y por su corte y hechura,
se asemejaba  la que usan los obispos y prelados en sus actos
oficiales. En la cimera, lo mismo que en el escudo, ostentaba la imgen
de un sapo hinchado y venenoso.

     [35] Region meridional de Italia, tambien llamada la Pulla.

Las dos damas hicieron que el caballero fijase en ella su atencion,
mientras que Erifila, dispuesta  combatir, empez  mofarse de l y 
cerrarle el paso, como hacer solia con tantos otros. Al ver que Rugiero
avanzaba, le previno imperiosamente que retrocediera; pero l, sin hacer
caso de sus amenazas, empu la lanza y la ret  singular combate.
Entonces la giganta, rpida y atrevida, afirmndose en la silla,
enristr la lanza y espole al lobo, cuyos presurosos pasos hicieron
temblar la tierra. Al primer choque qued tendida sobre la yerba, pues
el valiente Rugiero le meti la lanza por debajo del yelmo, arrancndola
de la silla con tal furia, que la arroj  seis brazas de distancia. Sin
detenerse  ms, sac la espada que hasta entonces no habia
desenvainado, y se dispuso  cortar aquella orgullosa cabeza, como sin
riesgo alguno podia hacerlo, por yacer Erifila como muerta entre la
yerba y las flores, cuando las dos damas le gritaron:

--Contntate con haberla vencido: no te vengues ms cruelmente de ella.
Envaina el acero, oh corts paladin! y pasando el puente, prosigamos
nuestro camino.

Emprendieron, en efecto, su marcha al travs de un bosque por un sendero
spero y escabroso, que  pesar de su angostura y de las dificultades
que presentaba, les condujo directamente  la cumbre de la colina.
Cuando llegaron  ella se encontraron en una pradera dilatada, donde
contemplaron el palacio ms admirable que pudiera verse en el mundo.

Apareci la bella Alcina fuera del prtico, y se adelant un buen trecho
 recibir  Rugiero,  quien acogi brillante y agradablemente en medio
de su fastuosa corte. Tantos y tales fueron los obsequios, reverencias y
ofrecimientos prodigados por todos indistintamente al valiente guerrero,
que ms no podrian dirigirse al mismo Dios, si se hubiera dignado
descender desde su trono celestial.

El encantador palacio era menos digno de admiracion por las riquezas
increibles que encerraba, que por la gracia, agrado y gentileza, de sus
moradoras: estas, en cuanto  juventud y belleza, se diferenciaban muy
poco entre s; pero Alcina las sobrepujaba  todas, as como el Sol
sobrepuja en esplendor  los dems astros. Las formas de su cuerpo eran
tan perfectas, cual no pudiera imaginarlas el ms inspirado pintor; ms
que el oro brillaban las trenzas de sus cabellos blondos, largos y
sedosos: sus delicadas mejillas ostentaban los suaves matices de la rosa
y del ligustro, y su ebrnea frente completaba graciosamente el conjunto
inimitable de su rostro. Bajo dos arcos negros y sutiles veanse dos
ojos, negros tambien,  mejor dicho, dos

     [Ilustracin: Envaina el acero!, le gritaron las dos damas.

     (Canto VII.)]

claros soles, de dulcsima mirada y parcos movimientos: no parecia sino
que el amor jugueteaba revolando en su derredor, y que desde ellos
despedia todas las flechas de su carcaj, arrebatando visiblemente los
corazones. La envidia no hubiera podido hallar defecto alguno en su bien
delineada nariz, que en lneas regulares dividia el rostro; bajo ella
aparecia, como entre dos pequeos valles, la boca matizada con los rojos
colores del cinabrio ms puro, y en la que se descubrian dos hileras de
escogidas perlas, que un bello y dulce labio ocultaba y permitia ver
alternativamente: de ella salian halageas palabras, capaces de
ablandar el corazon ms duro y resistente: en ella se formaba por ltimo
aquella encantadora sonrisa, que hacia entrever  su arbitrio las
delicias del Paraiso. Su hermoso cuello era blanco como la nieve, y cual
la leche su pecho: el primero torneado; el segundo lleno y elevado. Sus
pechos, que parecian de marfil, oscilaban blandamente, como las olas que
movidas por una apacible aura, van  morir en la cercana orilla. Las
dems partes de su cuerpo eran impenetrables aun para las miradas de
Argos; pero podia suponerse que lo oculto no desmereceria en nada de lo
visible. Sus dos brazos eran de una dimension proporcionada, y en su
blanqusima mano, algun tanto larga y de afilados dedos, no se dibujaba
el ms pequeo hueso ni siquiera se traslucian las venas. Por ltimo,
dos pis pequeos y redondeados servian de sosten  cuerpo tan perfecto,
que cual los de los espritus celestiales, no podia ni debia ocultarse
bajo velo alguno. Sus palabras, su sonrisa, su acento, sus ademanes,
eran otros tantos lazos tendidos  los corazones de los que la
contemplaban; por lo cual no es de extraar que Rugiero quedara prendido
en ellos al encontrarse frente  tan sin igual belleza.

De nada le sirvieron ya las prevenciones que le hiciera el mirto con
respecto  la perfidia y maldad de Alcina, porque se resistia  creer
que bajo sonrisa tan suave pudieran ocultarse el engao y la traicion.
Prefiri por lo mismo creer que el comportamiento de Astolfo, ingrato y
desleal, le habia hecho merecedor de un castigo mucho mayor que el de
verse convertido en mirto; as como tuvo por una calumnia todo cuanto de
Alcina le habia dicho, y que nicamente la venganza, el hasto y la
envidia habian hecho que Astolfo pronunciara tales blasfemias y dijera
tantas imposturas.

Sbitamente habase borrado del corazon de Rugiero la imgen de la
hermosa dama  quien tanto amaba; porque Alcina, valindose de sus
encantos, habia cerrado sus antiguas heridas amorosas, y solo por ella
estaba ocupado entonces, y ella sola estaba en l grabada: dbese por lo
tanto excusar  Rugiero, que se mostrara en aquella ocasion tan voluble
 inconstante.

Sentados  una mesa oppara y suntuosa, escuchaban con delicia la dulce
meloda que esparcian por los aires las ctaras, las arpas y las liras.
No faltaban tampoco agradables voces que cantaran los goces y
transportes del amor,  recitaran sonoros y fantsticos versos,
inspirndose en las galanas ficciones de la poesa. Los suntuosos y
celebrados banquetes de los sibarticos sucesores de Nino,  los
ofrecidos por la famosa Cleopatra al romano vencedor, no podian
compararse con el que la amorosa hada di en obsequio del valiente
paladin, y aun es dudoso que lleguen  igualarse  l los que celebra en
el Olimpo el sumo Jpiter dispuestos por su copero Ganimedes.

Cuando se levantaron las mesas, entregronse todos los comensales,
formando crculo,  un juego entretenido, que consistia en preguntarse
recprocamente al oido el secreto que mejor les pareciese. Este
pasatiempo ofrecia gran comodidad  los amantes, pues as podian
revelarse su escondido amor sin dificultad ninguna. Alcina y Rugiero no
desperdiciaron tan excelente ocasion, y se prometieron reunirse de nuevo
aquella misma noche.

Aquel juego ces ms temprano de lo que se acostumbraba en otras
ocasiones, y entonces entraron varios pajes con antorchas cuya viva luz
disip las sombras del crepsculo vespertino. Rodeado de hermosas
doncellas pas Rugiero  descansar en una cmara fresca y elegante, que
se le habia destinado como la mejor de aquel palacio. Ofrecironse all
de nuevo  los convidados dulces exquisitos y aromticos vinos, despues
de lo cual se fueron retirando  sus aposentos respectivos, no sin
repetir antes sus reverencias y ofrecer una vez ms sus respetos 
Rugiero. Metise este entre sbanas perfumadas, que parecian salidas de
las manos de Aracnea[36], ponindose  escuchar con toda atencion por
ver si percibia el rumor de la llegada de Alcina. Al menor ruido que
sentia, levantaba la cabeza, creyendo que fuese ella; se le figuraba
oirla, y las ms de las veces no oia nada, lanzando un suspiro cuando
reconocia su error: otras veces saltaba del lecho, abria la puerta,
miraba hcia fuera y nada veia, y se retiraba maldiciendo mil veces las
horas que retrasaban el momento anhelado. Con frecuencia decia entre
si:--Ahora viene.--Y empezaba  contar los pasos que suponia haber
desde la estancia de Alcina hasta la suya, donde continuaba esperando en
vano. Estos y otros pensamientos le estuvieron ocupando todo el tiempo
que tard en reunrsele la hermosa dama, y hasta hubo momentos en que
crey que algun obstculo imprevisto le privara de coger el fruto que ya
tocaba con sus manos.

     [36] Doncella de Culofon, que teja tan perfectamente, que no temi
     proponer un desafo  la diosa Minerva, y la diosa irritada por
     haber sido vencida hiri con su lanzadera la cabeza de Aracnea, que
     se ahorc desesperada y qued convertida en araa.

Alcina se entretuvo largo rato en perfumarse con los olores ms gratos;
y cuando conoci que era ya tiempo, por reinar en el palacio la quietud
y el silencio, sali sola de su cmara, y se dirigi silenciosa por un
pasadizo secreto  la estancia en donde Rugiero se encontraba con el
corazon anhelante entre el temor y la esperanza.

Apenas vi el sucesor de Adolfo aparecer aquella riente estrella, sinti
circular por sus venas un fuego tan abrasador, que apenas podia
contenerlas la piel: sus miradas engolfronse con avidez en aquel mar de
delicias y perfecciones, y sin darle tiempo  ms, salt del lecho y la
estrech entre sus brazos. Alcina venia envuelta en un ligero cendal que
se habia echado sobre uno camisa blanqusima y sumamente sutil. Al
abrazarla Rugiero, cay el manto que la envolvia, y qued el velo sutil
y transparente, que no encubria sus perfecciones ms de lo que un
difano cristal oculta los primores de las rosas  azucenas.

No se adhiere tan estrechamente la hiedra  la planta en tomo  la cual
se ha abrazado, como se enlazaron mtuamente ambos amantes, cogiendo en
sus labios la flor del espritu, flor tan suave cual no la producen las
odorferas arenas ndicas  sabeas. Los amorosos trasportes  que
entonces se entregaron solo ellos pueden referirlos y comprenderlos,
pues ms de una vez se encontraron sus labios, y ms de una vez
aspiraron su aliento mtuamente.

Estas escenas permanecian secretas en el palacio, y si no secretas, por
lo menos discretamente calladas; que el silencio raras veces ha sido
objeto do censura, y casi siempre de alabanza. Cumpliendo los deseos de
Alcina, los astutos moradores de aquella mansion acogian con semblante
agradable  Rugiero, y le prodigaban toda clase de atenciones,
inclinndose contnuamente ante l. En su placentera estancia no se
echaba de menos ninguno de los deleites que pudiera ambicionar el ms
refinado deseo: diariamente cambiaban dos  tres veces de trajes de
distintas y caprichosas hechuras; menudeaban los banquetes, y las horas
transcurrian en medio de las fiestas, de los juegos, de las justas, de
las luchas y representaciones escnicas,  bien disfrutando de los
placeres del bao y de la danza: otras veces  la sombra de los
bosquecillos y sentados  las orillas de los arroyuelos leian antiguas
historias de amores; muchos ratos perseguian  la tmida liebre  travs
de los floridos valles y de suaves collados,  guiados por excelentes
sabuesos, hacian salir con estrpido  los atolondrados faisanes de
entre las zarzas y rastrojos: y ya tendian  los tordos lazos y varillas
de liga entre los enebros olorosos,  ya turbaban la grata tranquilidad
de los peces con anzuelos cebados  con redes.

Mientras Rugiero se entregaba sin reserva  aquella vida tan placentera,
el rey Crlos luchaba contra Agramante, cuya historia no debo olvidar
por hablaros de la de Alcina, as como tampoco debo descuidar 
Bradamante que por espacio de muchos dias derram lgrimas de
desesperacion y angustia, pensando en su deseado amante,  quien habia
visto desaparecer por camino desusado hasta entonces, sin saber donde
iria  parar.

Me fijar en Bradamante con preferencia  los otros, y dir que durante
muchos dias fu buscando en vano por bosques umbrosos, por abiertas
campias, por villas, ciudades, montes y llanuras, sin conseguir la
menor noticia de su adorado amigo, que tan apartado de ella estaba. Con
frecuencia se aventuraba tambien en el campo sarraceno, sin encontrar la
menor huella de su Rugiero: no cesaba de interrogar  unos y otros,
explorando cuidadosamente los alojamientos, barracas y tiendas de
campaa, aunque siempre sin resultado. En estas pesquisas no corria
peligro alguno; pues pasaba entre los infantes y ginetes sin ser vista,
merced  aquel anillo que la hacia invisible cuando se lo metia en la
boca.

No quiere ni puede creer que haya muerto; porque la prdida de un hroe
como Rugiero habria resonado desde las orillas del Hidaspes[37] hasta
las regiones en que el Sol se oculta. No sabe decir ni imaginar siquiera
qu camino haya podido seguir por el Cielo  por la Tierra, y sin
embargo, la desventurada no cesa de buscarle, llevando por compaa sus
lgrimas y suspiros, y la pena ms aguda.

     [37] Nombre antiguo de un rio de la India, famoso por una batalla
     que di en sus mrgenes Alejandro contra Poro.

Resolvi al fin volver  la cueva donde descansaban los huesos del
profeta Merlin, y prorumpir en tales exclamaciones al rededor de la
tumba, que movieran  compasion al frio mrmol, presumiendo que si vivia
Rugiero,  si nuestro fatal destino hubiera tronchado su adorada
existencia, all podria saberlo, y tomaria en consecuencia la
determinacion que ms conveniente le pareciera.

Emprendi con tal intento el camino que guiaba  las selvas prximas 
Poitiers, donde existia, oculta en un sitio agreste y sombro, la tumba
oral de Merlin; pero aquella Maga que tanto se interesaba por la suerte
de Bradamante; aquella que en la gruta le diera  conocer las
condiciones de su posteridad; aquella encantadora sbia y benigna que
velaba con solicitud por la jven, sabiendo que de su seno habrian de
salir tantos guerreros invictos, tantos semidioses, procuraba conocer
diariamente sus menores acciones y palabras: as es que habia tenido
noticia de la libertad y de la prdida de Rugiero, y tambien de su
forzoso viaje  la India. Habale visto sobre aquel desenfrenado corcel,
que no podia dirigir, recorrer un trayecto inmenso por vias peligrosas 
inusitadas: y no ignoraba que despues el guerrero, olvidando  su seor,
 su dama y hasta su honra, pasaba la vida entregado  los juegos, las
danzas, los banquetes, y por fin,  la molicie del ocio ms afeminado.
En tan prolongada inercia podria haber llegado  consumir tan gentil
caballero la flor de sus aos, para perder despues no solo el cuerpo y
el alma  un tiempo, sino aquella honrosa fama, nica cosa que de
nosotros queda cuando desaparece de la tierra nuestro dbil cuerpo.

Pero la bondadosa Melisa, que estaba consagrada al cuidado de Rugiero
ms que l mismo, se propuso atraerle nuevamente al camino spero y
fatigoso de la verdadera virtud, aunque fuera  pesar suyo, como un
excelente mdico que emplea para curar el hierro y el fuego y hasta el
veneno, y si bien al principio causa agudos dolores con tan crueles
medios, devuelve con ellos la salud al enfermo, que no puede menos de
mostrrsele agradecido. No le cegaba, sin embargo, tanto su cario hcia
Rugiero que, como Atlante, pensara tan solo en conservarle la vida, ni,
como este, queria prolongarla aun  costa de su honor y su renombre,
despreciando todos los elogios y la admiracion del mundo con tal de que
ni en un solo ao se anticipara su muerte. Atlante era el que le habia
enviado  la isla de Alcina, con objeto de que en su corte olvidara la
gloria de las armas: y como mgico experto y consumado, habia unido el
corazon de aquella reina al de Rugiero con un lazo tan amoroso y fuerte,
que jams hubiera podido romperse, aunque el guerrero llegara  una
edad ms avanzada que la de Nstor.

Volviendo, pues,  la encantadora que tan bien conocia el porvenir, dir
que, siguiendo el mismo camino por donde acudia errante la hija de Amon,
se encontr con ella. Al ver Bradamante  su querida Maga trocse su
primitiva pena en esperanza: Melisa no tard en anunciarle todo cuanto 
su Rugiero habia acontecido. La jven qued casi inanimada al saber que
su amante estaba tan apartado de ella, y mucho ms al comprender que su
amor peligraba si no se ponia un pronto y eficaz medio; pero la solcita
Maga la tranquiliz, derramando con sus palabras un blsamo consolador
en la herida que con sus noticias habia abierto, y prometindole y
jurndole que lograria hacer que volviera  ver  su Rugiero dentro de
pocos dias.

--Puesto que tienes en tu poder, le dijo, el anillo que destruye todas
las artes mgicas, no dudo un momento que si yo lo llevo al palacio
donde Alcina tiene cautivo  tu bien, conseguir deshacer sus
encantamientos, y devolverte tu amante. Emprender la marcha en cuanto
aparezca el crepsculo vespertino, y llegar  la India al despuntar la
aurora.

Y continu dndole cuenta del plan que habia trazado para arrancar al
paladin de aquella corte muelle y afeminada y hacerle volver  Francia.

Bradamante se quit el anillo del dedo, y no solamente este, sino hasta
el corazon y la vida le habria dado con tal de que salvara  su amante.
Recomendle mucho la conservacion de aquella alhaja, y encargle mucho
ms aun el cuidado de su Rugiero,  quien, por su conducto, enviaba mil
ternezas. Tom en seguida el camino de la Provenza, mientras que la
encantadora se encamin por opuesta via.

Para llevar  cabo su proyecto, al empezar la noche hizo Melisa aparecer
un palafren enteramente negro, pero con una pata roja, que probablemente
seria uno de los duendes  espritus infernales revestido de aquella
forma. La mgica mont en l, llevando desceida la tnica, descalza, y
con los cabellos sueltos y horriblemente desordenados, habindose
quitado de antemano el anillo del dedo  fin de que su virtud eficaz no
destruyese aquel encanto. Emprendi despues tan veloz carrera que al
amanecer del siguiente dia se encontr en los dominios de Alcina.

Una vez en la isla, transformse admirablemente: su estatura creci ms
de un palmo; todos sus miembros engruesaron en proporcion, quedando bajo
el aspecto del Nigromante que criara con tanto cario  Rugiero. En sus
mejillas apareci de improviso una luenga barba, y profundas arrugas
surcaron su frente y todo su rostro: en sus movimientos, en sus palabras
y en sus facciones imit tan bien al encantador Atlante, que no parecia
sino que fuese l mismo.

Ocultse despues, esforzndose en alejar de Rugiero  la enamorada
Alcina, hasta que al fin lo consigui, aunque no sin trabajo; pues la
hada no podia permanecer un momento apartada de l. Encontrle
completamente solo, segun era su deseo,  la orilla de un riachuelo que
corria desde una colina hasta un pequeo lago lmpido y ameno. En sus
vestiduras, hechas de tela de oro y seda, tejidas con prolijo esmero por
la mano de Alcina, y llenas de adornos y de perfumes, se echaba de ver
el ocio y la lascivia. Pendia de su cuello hasta el pecho un esplndido
collar de piedras preciosas, y en los brazos, un tiempo varoniles,
llevaba ricos brazaletes; atravesaban sus orejas dos hilos delgados de
oro en forma de sortijas que sostenian otras tantas perlas de
extraordinaria magnitud, cual nunca se hayan visto en la Arabia  en la
India. Hmedos estaban sus ensortijados cabellos con los perfumes ms
preciados y de olor ms suave, y por ltimo sus gestos, sus movimientos
respiraban la molicie y la afeminacion que es proverbial entre los
galanteadores de oficio de las damas de Valencia. Tal variacion habia
sufrido por la fuerza de los encantos de Alcina, que del antiguo Rugiero
solo quedaba el nombre; lo dems se habia corrompido  estragado.

En esta situacion le encontr Melisa, que se present ante l bajo la
forma de Atlante, con aquel rostro grave y venerable tan respetado
siempre por Rugiero; y fijando en l la mirada colrica y amenazadora
que con frecuencia le habia hecho temblar en su niez, le increp en
estos trminos:

--Es este el fruto que por espacio de tanto tiempo he debido esperar en
recompensa de mis sudores? Te d acaso por primeros alimentos la grasa
de los osos y leones, y andando por cavernas y profundos barrancos te
acostumbr desde nio  extrangular serpientes,  desarmar de sus
tajantes garras los tigres y panteras, y arrancar los colmillos al
javal vivo, para despues de tantos afanes verte hoy convertido en el
Adnis  el Atis de Alcina? Es esto lo que la contnua observacion de
los astros y de las fibras palpitantes de los animales, los horscopos,
los ageros, los sueos y dems sortilegios  cuyo estudio me he
dedicado incesantemente me habian prometido esperar de t desde tu ms
tierna infancia, para cuando llegaras  la edad viril, en que tus
acciones hericas debian ser tan preclaras y famosas cual nunca se
hubieran visto en el mundo? Digno principio de tu carrera es este, que
permita esperar verte pronto convertido en un Alejandro, un Csar  un
Escipion!

Quin podria ay de m! presumir, que voluntariamente te convirtieras
en el esclavo de Alcina? Nadie podr, sin embargo, poner en duda tu
oprobio, al contemplar en tus brazos y en tu cuello la cadena con que
ella dirige  su albedro todos tus movimientos y acciones. Si no es
bastante  moverte tu propia estimacion; si no tienes en nada las
alabanzas y loores que puedes conseguir, as como tampoco sabes apreciar
en su justo valor el brillante destino que te reserva el cielo, por qu
has de privar  tus sucesores del bien que te he predicho tantas veces?
Por qu has de consentir que permanezca infecundo el seno destinado por
el Cielo para concebir la raza gloriosa y sobrehumana, que ha de dar al
mundo ms esplendor que el mismo Sol? No impidas, no, que las ms nobles
almas que se han formado en la mente del Eterno adquieran de tiempo en
tiempo forma corprea en el tronco cuya raiz has de ser t. No seas, no,
un obstculo  los mil triunfos y victorias gloriosas con que tus hijos,
tus nietos y todos tus descendientes han de devolver  Italia su
pristino honor, despues de muchos reveses y crueles pruebas.

Deberian inclinar tu abatido nimo  salir de ese estado tantas y
tantas almas bellas, ilustres, preclaras, invictas y santas como
florecern en el rbol fecundo de tu estirpe, y sobre todo, deberia
reanimarte la esperanza de verte reproducido en Hiplito y su hermano,
sres los dos tan perfectos en todos los grados que  la virtud
conducen, cual pocos han existido en el mundo hasta el presente. De
ellos acostumbraba  hablarte con ms frecuencia que de los otros, ya
porque su fama y su valor sern mayores que los de los restantes, ya
tambien porque observaba que era ms fija tu atencion cuando de ellos me
ocupaba, que al referirte la historia de tus dems sucesores,
regocijndote con la idea de que tan ilustres hroes habian de
pertenecer  tu linaje.

Qu tiene, pues, la que actualmente reina en tu corazon, que no lo
tengan mil y mil meretrices? No ha sido tambien la concubina de otros
muchos,  quienes ha proporcionado al cabo una felicidad como suya?
Pero,  fin de que conozcas quin es Alcina, despojada de sus embustes y
artificios, coloca este anillo en tu dedo, vuelve  su lado, y entonces
podrs formar una exacta opinion de su belleza.

Mientras Melisa le dirigia tan amargas reconvenciones, permanecia
Rugiero confuso, mudo, con la vista fija en el suelo y sin saber qu
decir: psole la Maga el anillo en el dedo, y  su contacto se
estremeci el guerrero, que vuelto en s, se vi abrumado de tal
vergenza que hubiera deseado encontrarse  mil brazas debajo de tierra
para sustraerse  las miradas de todos.

En un momento recobr la Maga su primitivo ser, por considerar ya
innecesario ocultarse bajo la figura de Atlante, una vez conseguido el
resultado que se propusiera. En seguida se di  conocer  Rugiero, y
habindole dicho su nombre, le particip que era enviada por aquella
apasionada jven, que llena de amor pensaba continuamente en l, y que
no pudiendo vivir sin su Rugiero, habala rogado que fuese  romper las
cadenas  que lo tenia sujeto la violencia del arte mgica; aadiendo
que habia tomado la forma de Atlante de Carena para obtener de l mayor
crdito y reverencia; pero que una vez conseguida su curacion, no habia
tenido inconveniente en darse  conocer y en descubrirle la verdad
entera.

--Aquella dama gentil que te ama tanto, prosigui; aquella cuyas
virtudes la hacen tan digna de tu amor, y  quien debes saber que eres
deudor de la libertad que ahora disfrutas, si acaso lo has olvidado, te
envia este anillo que destruye todos los encantos de la magia, y de
igual modo hubirate mandado su corazon, si este poseyera como aquel una
virtud capaz de influir en tu salvacion.

Melisa continu hablndole del amor que Bradamante le habia profesado y
seguia profesndole; ensalzando al mismo tiempo su valor en cuanto era
compatible con la verdad y con la inclinacion que hcia la jven sentia:
trat por ltimo de todos estos asuntos con la perspicacia y talento
propios de tan experta mensajera, en trminos de hacer que Rugiero
sintiera hcia Alcina el mismo horror que causa la vista de los objetos
ms horrorosos. Este odio naciente parecer extrao en el hombre que tan
apasionado estaba momentos antes; pero dejar de serlo si se tiene en
cuenta que aquel amor era hijo de la influencia de la magia, cuya
influencia qued destruida en presencia del anillo. Este talisman hizo
ms aun: transform por completo las fingidas perfecciones de Alcina,
patentizando que cuanto ostentaba la hada desde el pi  los cabellos,
nada era suyo; as es que desapareci lo bello y qued la fealdad en su
ingrata desnudez.

As como el nio que esconde una fruta madura, y olvidando despues el
sitio donde la ha ocultado, si pasados algunos dias la encuentra por
casualidad, se admira al verla podrida y deshecha y muy diferente de
cmo l la escondi, y entonces en vez de apetecerla tanto como antes,
la odia, la desprecia y la arroja ljos de s, del mismo modo Rugiero,
cuando por obra de Melisa volvi  hallarse en presencia de Alcina,
provisto de aquel anillo contra el que nada valen los sortilegios cuando
se lleva en el dedo, encontr en vez de la hermosa mujer de quien haca
poco tiempo se separara, un ser tan deforme que en toda la Tierra
existia otro ms decrpito ni mas horrible.

La faz de Alcina aparecia plida, rugosa y macilenta; sus cabellos
escasos y encanecidos: su estatura no llegaba  seis palmos, ni en su
boca existia diente alguno, pues habia vivido ms que Hcuba, ms que la
Sibila cumea y ms que cualquiera otra mujer. Merced  un arte,
desconocido en nuestro tiempo, lograba parecer jven y bella: as es que
por medio de su magia habia ya seducido  otros muchos lo mismo que 
Rugiero, cuando el anillo vino  arrancar la mscara que por espacio de
muchos aos habia ocultado la verdad. No era, pues, maravilloso que de
la mente de Rugiero desapareciera todo pensamiento que le hablara del
amor de Alcina, al contemplarla bajo el aspecto que ya no podian
disfrazar sus sortilegios.

Siguiendo el paladin los consejos de Melisa, no di  conocer en su
semblante el disgusto que le causaba ya cuanto le rodeaba, hasta que
visti por completo su armadura, tanto tiempo abandonada. A fin de que
Alcina no sospechara nada, pretest que queria probar sus fuerzas, y ver
si habia engruesado despues de tantos dias como no iba cubierto con su
arns. Cise al costado  Balisarda, que este era el nombre de su
espada: cogi adems el admirable escudo que no solo deslumbraba la
vista de cuantos le miraban, sino tambien les abatia como si el alma se
desprendiera de su cuerpo; y se lo colg del cuello, cubierto con el
mismo velo que lo envolvia. Baj  la cuadra,  hizo que le ensillaran
un corcel ms negro que la pez, designado de antemano por Melisa quien
conocia la extraordinaria lijereza de sus piernas: llambase Rabican y
era el mismo que condujo  aquel sitio la ballena en compaa del
caballero que convertido en mirto, era juguete de los vientos en la
orilla del mar. Podia igualmente haberse llevado el hipogrifo que estaba
atado junto  Rabican; pero la maga le dijo que recordara la
indocilidad de aquel animal, de que tenia ya pruebas, aadiendo que al
dia siguiente lo sacaria fuera de aquel pas, cuando se encontraran en
un sitio  propsito donde pudiera ensearle el modo de enfrenarlo y
dirigirlo  su placer; y que seria conveniente dejarlo en la cuadra, 
fin de que la presencia del corcel alado en ella no hiciera sospechar su
evasion.

Hizo Rugiero cuanto le aconsej Melisa, que aunque invisible para todos,
no se apartaba de su lado. Con tales ficciones, sali del palacio
lascivo y muelle de la decrpita prostituta y se encamin hcia una de
las puertas de la ciudad por donde se salia al camino que guiaba  los
estados de Logistila. Atac de improviso  los que la custodiaban y
emprendiendo con ellos  cuchilladas, dej  unos muertos y  otros mal
heridos, escapndose despues con toda lijereza por el puente; y antes
que Alcina tuviera noticia de su fuga, ya habia puesto una considerable
distancia entre l y la ciudad. En el canto siguiente referir el camino
que sigui, y cmo lleg despues al pas de Logistila.




CANTO VIII.

     Huye Rugiero de la ciudad de Alcina.--Melisa devuelve su forma
     primitiva  Astolfo y  sus dems compaeros de
     cautiverio.--Reinaldo consigue levantar ejrcitos que acudan en
     auxilio del Santo Imperio y le saquen de su terrible
     apuro.--Anglica, encontrada durmiendo junto al ermitao, es
     ofrecida como pasto  un mnstruo marino.--Orlando, que v en
     sueos su desgracia, abandona angustiado  Pars.


Oh! Cun ljos estamos de sospechar el nmero de encantadores y
encantadoras que existen entre nosotros, y que cambiando de rostro con
sus artificios, se hacen amar de hombres y de mujeres! Y no es que
alcancen este resultado evocando  los espritus  consultando  los
astros; tan solo por medio del disimulo, del fraude y del engao es como
someten  su voluntad los corazones con indisoluble lazo. El que
poseyera el anillo de Anglica,  mejor dicho, el que estuviera dotado
de discernimiento suficiente, podria distinguir perfectamente el rostro
de aquellos, despojado de la mscara que les proporcionan el arte y el
fingimiento. Ser habria entonces que, pareciendo hermoso y bueno,
quedaria convertido en un mnstruo de fealdad y perfidia, una vez
perdido el afeite y compostura de su cara. Por esto creo que fu una
gran suerte para Rugiero la de poseer el anillo que lo present las
cosas bajo su aspecto verdadero.

Segun dije antes, Rugiero, afectando el disimulo conveniente, mont en
Rabican y se dirigi hcia la puerta de la ciudad completamente armado;
encontr desprevenidos  los guardias, y desenvainando el acero,
arremeti contra ellos, dejando muertos  unos y mal heridos  otros:
cruz enseguida el puente, hizo pedazos el rastrillo y se intern por el
bosque; ms  los pocos pasos tropez con un criado de la hada. Llevaba
este en el puo un ave de rapia,  la que se divertia en hacer
desplegar el vuelo todos los dias, ora hcia el campo, ora en direccion
 una laguna prxima de donde regresaba siempre con alguna presa entre
sus garras; iba adems acompaado de un perro, y cabalgaba en un rocin
de mala estampa.

Comprendiendo que Rugiero emprendia la fuga, al ver que caminaba con
tanta celeridad, le sali al encuentro, y con impertinente ademan le
pregunt la causa de su precipitacion. Rugiero no se dign contestar 
tal pregunta; y entonces aquel, viendo confirmadas sus sospechas, se
propuso estorbar la marcha del paladin, y hacerle prisionero; para lo
cual extendi el brazo izquierdo exclamando:--Qu dirs si te prendo
inmediatamente? Qu, si no llegas  poder defenderte de este
pjaro?--Y lanz por el aire  su halcon, el cual empez  agitar las
alas con tal rapidez, que alcanz  Rabican en su veloz carrera. El
cazador salt en seguida de su caballejo, quitle el freno, y el animal,
al verse libre, parti semejante  la flecha despedida del arco; pero
mucho peor que ella, atendiendo  sus coces terribles y crueles
mordeduras: el criado ech  correr tras l tan rpidamente que parecia
empujado por el viento. El perro,  su vez, no quiso quedarse rezagado,
sino que sigui  Rabican con la misma celeridad con que solia perseguir
 las liebres en el prado.

A Rugiero le pareci vergonzoso no hacer frente  sus despreciables
enemigos, y se volvi hcia el audaz cazador; pero al ver que sus nicas
armas consistian en una vara que le servia para castigar  su perro, se
desde de desenvainar la espada. Acercsele, sin embargo, el criado de
Alcina, y empez  golpearle con la vara; mordile el perro en el pi
izquierdo; el caballo por su parte le tir tres pares de coces, que le
alcanzaron  un costado, mientras que el halcon, revoloteando en su
derredor, le clav varias veces las afiladas uas en la carne: ante tal
acometida, espantse Rabican, y no obedeci ya al freno ni al acicate.

Rugiero, impacientado al fin con aquella lucha tan molesta como
ridcula, desnud el acero, y empez  amenazar con el filo y con la
punta al hombre y  los tres animales: pero aquella importuna turba le
atosigaba cada vez ms, cerrndole todos los lados del camino, y
demorando de esta suerte la fuga del paladin, que consideraba irritado
el perjuicio y el deshonor que recaerian sobre l si conseguian sus
adversarios detenerle un poco ms; pues no ignoraba que por corta que
fuera su detencion, no tardaria en salir  perseguirle Alcina con todo
su pueblo.

En esto empezaron  resonar los valles con el extruendo de las trompas,
los atabales y las campanas. El paladin comprendi entonces que de nada
le serviria esgrimir la espada contra un criado sin armas y un perro, y
que seria ms breve y expedito descubrir el escudo, obra de Atlante.
Levant el cendal rojo con que habia estado cubierto durante muchos
dias, y la luz deslumbradora que despidi el escudo inmediatamente,
hiriendo los ojos de sus adversarios, produjo el mismo efecto que tantas
otras veces produjera. Perdi el cazador los sentidos; cay el perro y
el rocin, y cayeron las plumas del halcon, que no pudo sostenerse ya en
el aire. Contento Rugiero con tan feliz resultado, los dej entregados 
su soporfico sueo.

Alcina en tanto habia tenido noticia de que Rugiero acababa de forzar
las puertas de la ciudad dando muerte  un buen nmero de los que la
custodiaban. Vencida por el dolor, estuvo  punto de perder el
conocimiento; desgarr sus vestiduras y se golpe el rostro, acusndose
de imprevision y necedad. Sin perder un instante hizo tocar al arma y
reuni en torno suyo todas sus gentes. Dividilas en dos partes,  una
de las cuales hizo seguir el mismo camino que Rugiero, haciendo que la
otra se embarcara para perseguirle por el mar. Oscurecise este en un
momento bajo la sombra de tantas velas, con las cuales fu la
desesperada Alcina, en quien pudo tanto el deseo de recobrar  su
Rugiero, que dej la ciudad sin defensores. En el palacio tampoco qued
guardia alguna, cuya circunstancia proporcion  Melisa, que estaba
acechando la ocasion ms favorable para poner en libertad  los
desgraciados que gemian en aquel pas maldito, el tiempo necesario para
examinarlo todo, quemar imgenes y destruir signos cabalsticos y toda
clase de talismanes y maleficios. Desde all se puso  recorrer
presurosa las campias, haciendo que recobrara su primitiva forma
aquella numerosa multitud de amantes desdeados, que estaban convertidos
en fuentes, en fieras, en rboles  en piedras. Todos ellos, una vez
libres, emprendieron el camino seguido por Rugiero, pusironse en salvo
en los estados de Logistila, y pasaron desde all  la Escitia, la
Persia, la Grecia y la India, bajo la condicion impuesta por la Maga de
ser ms prudentes en lo sucesivo.

Melisa habia devuelto  Astolfo, antes que  los dems, la forma humana,
en atencion  su parentesco con Bradamante y  los insistentes ruegos de
Rugiero que le sirvieron de mucho: no contento con esto, el paladin
entreg el anillo  Melisa,  fin de que su auxilio en favor de aquel
caballero fuera ms eficaz. Merced, pues,  los ruegos de Rugiero volvi
Astolfo  su anterior aspecto;  pesar de lo cual crey Melisa que su
obra no estaba completa, sino le devolvia sus armas, y sobre todo
aquella lanza de oro, que derribaba  todos los caballeros  su menor
contacto; lanza que fu primero de Argala, de Astolfo despues, y que
tanta gloria proporcion en Francia  uno y  otro. Melisa logr
encontrarla depositada en el palacio de Alcina, y con ella las dems
armas que fueron sustraidas al duque en aquella prfida mansion. Mont
despues en el corcel del moro nigromante, hizo que Astolfo subiera  la
grupa, y le condujo al pas de Logistila,  donde llegaron una hora
antes que Rugiero.

Este guerrero caminaba en tanto al travs de duras peas y punzantes
zarzas hcia el palacio de la virtuosa hada, saltando barrancos 
internndose por senderos speros, desiertos, inhospitalarios y yermos.
Despues de una marcha de las ms penosas, lleg hcia la hora calurosa
del mediodia  una playa situada entre el mar y una montaa, descubierta
por el Sur, arenosa, desnuda, estril y desierta. El Sol dejaba caer
perpendicularmente sus encendidos rayos sobre los collados vecinos, y el
vivo calor que estos reflejaban inflamaba de tal modo el aire y las
arenas, que habria bastado  derretir el vidrio. Los pjaros permanecian
inmviles en la sombra; y nicamente la cigarra, oculta entre las ramas
de algun rbol, ensordecia los valles, los montes, el mar y el cielo con
su enojoso canto.

El calor, la sed y la fatiga de la marcha por aquel arenoso camino,  lo
largo de una playa tan salvaje, tenian casi agobiado  Rugiero.

Mas como no conviene que se diga que ocupo  mis lectores con un solo
asunto, dejar por ahora  Rugiero sofocado por aquel calor,  ir 
buscar  Reinaldo en Escocia.

Este guerrero continuaba siendo muy bienquisto del Rey, de su hija, y de
todo el pas. Cuando se present una ocasion oportuna, di  conocer con
ms detenimiento la causa que le habia obligado  ir  aquel reino; la
cual no era otra que pedir en nombre de su seor el auxilio de la
Escocia y de la Inglaterra, apoyando sus ruegos con justsimas razones
que militaban en favor de Crlos. Contestle el monarca sin vacilar, que
en cuanto alcanzaban sus fuerzas estaba siempre dispuesto  ser til 
Crlos y al Imperio, como era su voluntad; que antes de muchos dias
pondria sobre las armas el mayor nmero de soldados que le fuera
posible, y que si su avanzada edad no se lo impidiera, tendria una gran
satisfaccion en marchar al frente de sus guerreros en socorro del rey de
Francia, aadiendo, por ltimo, que esta consideracion no le detendria,
si no contase, como contaba, con un hijo fuerte, valeroso y experto, y
digno sobre todo del mando del ejrcito, si bien por entonces se hallaba
ausente del reino; pero que esperaba su regreso nterin reunia las
fuerzas, y que una vez reunidas estas, marcharia su hijo  la cabeza.

En seguida hizo salir en todas direcciones emisarios provistos de
recursos para alistar infantes y ginetes; aparej adems numerosas
naves, proveyndolas de municiones de boca y guerra y del dinero
necesario, y cuando Reinaldo se despidi de l cortesmente para pasar 
Inglaterra, fu acompandole hasta Berwik, donde le dej, no sin que
aquella separacion le costara algunas lgrimas. Un viento favorable
hinchaba ya las velas; despidise Rugiero amistosamente de todos al
embarcarse, y maniobrando hbilmente los marineros, llegaron tras una
travesa corta y feliz al punto en que las saladas ondas del mar al
encontrarse con el Tmesis convierten en amargas sus aguas dulces:
aprovechronse los navegantes del flujo para remontar el rio, y
caminando con toda seguridad  la vela y al remo, llegaron en breve  la
vista de Lndres.

Reinaldo era portador de varias cartas de Carlomagno y del rey Oton, que
tambien se hallaba sitiado en Paris, para el prncipe de Gales,
encargndole que reuniera inmediatamente cuantos infantes y ginetes
pudiera proporcionar aquel pas, y los hiciera transportar  Calais sin
prdida de tiempo para acudir en auxilio de la Francia y de su rey. El
prncipe de Gales, que habia quedado gobernando el reino en ausencia de
Oton, recibi tan brillantemente  Reinaldo de Amon, y le dispens tales
honores que quiz no hubiera hecho otro tanto con el verdadero monarca.
Accediendo despues  su demanda, di rden para que en un dia prefijado
estuviesen listos para embarcarse cuantos guerreros existieran en
Bretaa y en sus islas adyacentes.

Mas permitidme, Seor, que haga ahora lo que un buen msico al tocar una
pieza de ejecucion, que pulsando alternativamente varias cuerdas, cambia
 su placer de sonidos, pasando del tono grave al agudo. En tanto que
estaba hablando de Reinaldo, me he acordado de la gentil Anglica, 
quien dej en compaa de un ermitao mientras iba huyendo. Continuar,
pues, su historia.

Dije que suplicaba con afan al ermitao que le indicara el camino del
mar; pues era tanto el miedo que le inspiraba Reinaldo, que creia morir
si no atravesaba las olas, por no juzgarse segura en ningun punto de
Europa; pero el viejo,  quien causaba un gran placer la compaa de la
jven, procuraba entretenerla con especiosos pretextos. La belleza
extraordinaria de Anglica inflam su corazon, cuyo fuego reaviv sus ya
heladas sensaciones; mas al ver la poca atencion que le prestaba la
doncella, y que no

     [Ilustracin: El ermitao aguij  su asno al ver que Anglica se
     alejaba ms y ms.

     (Canto VIII.)]

queria permanecer ms tiempo con l, aguij con desesperacion  su asno
sin conseguir que acelerara su paso lento y tardo. Al ver que Anglica
se iba alejando ms y ms, y temiendo perder su pista, recurri  los
espritus infernales, y  su evocacion apareci una turba de demonios.
Eligi  uno de entre ellos,  informndole prviamente de sus
intenciones, hzole penetrar en el cuerpo del corcel de Anglica, que
con su rpida marcha le arrebataba el corazon al par que la doncella. Y
cual perro sagaz que, acostumbrado  seguir por el monte la pista de las
zorras  de las liebres, se dirige corriendo por un lado, mientras que
la caza escapa por otro, despreciando al parecer su rastro, hasta que se
planta en un sitio por donde precisamente ha de pasar su vctima, que
cae inevitablemente entre sus dientes, siendo en el acto abierta y
destrozada, el ermitao propsose del mismo modo salir al encuentro de
la fugitiva por distinto camino. Cul sea su designio, lo comprendo
perfectamente, y aun os lo dar  conocer ms adelante.

Anglica, sin abrigar ninguna sospecha, continuaba su viaje haciendo
jornadas ms  menos largas. El demonio, en tanto, se mantenia oculto en
el interior del caballo, como tal vez el fuego permanece escondido hasta
que estalla en un incendio devorador que, si no se propaga, tampoco
puede extinguirse. Cuando la doncella lleg  la orilla del mar que baa
las costas de Gascua, encamin su corcel por el lado de las olas
buscando los sitios en que la humedad daba mayor solidez  la playa;
entonces el caballo, hostigado por el demonio, se precipit de tal modo
en el agua, que hubo de empezar  nadar. Atemorizada la jven, ignoraba
el partido que debia tomar; afirmse en la silla, y cuanto ms tiraba de
las bridas de su caballo para obligarle  retroceder, ms y ms se
internaba en el mar. Levantse lo vestidos para no mojarlos, y encogi
cuanto pudo los pis; su cabellera suelta, caia sobre las espaldas 
merced de la brisa. Los fuertes vientos, en tanto, permanecian
tranquilos, y as como el mar, parecian extasiados ante tanta belleza.

Anglica volvia intilmente hcia la tierra sus hermosos ojos, cuyas
lgrimas se deslizaban por las mejillas hasta su seno, y cada vez veia
alejarse ms la orilla y hacerse cada vez menos perceptible. El corcel,
que nadaba girando  la derecha, despues de dar un gran rodeo, la sac 
tierra, depositando su preciosa carga entre pardas rocas y grutas
espantosas, cuando ya empezaba  oscurecerse el dia. Al verse aislada en
aquel desierto, cuyo solo aspecto infundia pavor, y precisamente  la
hora en que Febo, oculto tras el mar, habia dejado el aire y la Tierra
sumidos en las tinieblas, quedse Anglica tan inmvil, que cualquiera
que la hubiese visto habria dudado si era una mujer verdadera y dotada
de sentidos,  una esttua de piedra pintada.

Esttica y fija en la movible arena, con los cabellos sueltos y
desordenados, juntas las manos  inmviles los labios, tenia elevados al
Cielo sus ojos lnguidos, como si acusara al Sumo Hacedor de haber
convertido en dao suyo todos los acontecimientos. Permaneci bastante
tiempo en tal estado, hasta que por fin prorumpieron sus labios en
amargas quejas y sus ojos en copioso llanto.

--Oh, Fortuna! decia: qu ms te queda por hacer? Aun no has saciado
en m tus furores? No estoy aun bastante disfamada? Qu ms puedo ya
darte sino esta msera vida? Pero ah! no es eso lo que deseas; pues de
lo contrario no te habrias apresurado  sacarla del mar, cuando en l
hubieras podido acabar sus tristes dias: sin duda pretendes llevar mis
tormentos hasta lo sumo, antes de verme exhalar el ltimo suspiro. No
veo, sin embargo, qu penas puedas infligirme mayores de las que me has
causado. Por t he sido arrojada de un trono que no espero recobrar
jams; y hasta he perdido el honor, lo cual es ms sensible, pues si
bien me mantengo pura, doy motivo suficiente para que se me tenga por
impdica, en vista de mi vida errante y vagabunda.

Existe por ventura en el mundo alguna dicha para la mujer  quien se
tacha de impura? Mi juventud y mi belleza, verdadera  supuesta, me
perjudican tanto que no debo por ellas ninguna gratitud al Cielo; pues
han sido la causa de todas mis desgracias. Por ellas fu muerto mi
hermano, Argala,  quien de poco sirvieron sus armas encantadas: por
ellas, el rey de Tartaria, Agrican, derrot  mi padre Galafron, gran
Khan del Catay en la India; por ellas me veo  tal extremo reducida, que
cambio diariamente de asilo. Si me has arrebatado la hacienda, el honor
y la familia, y me has causado ya todo el dao posible, para qu nuevas
desdichas me reservas? Si el perecer ahogada en el mar no te parecia una
muerte bastante cruel, con tal de satisfacer tus deseos insaciables,
consentir en que me entregues  alguna fiera que me destroce sin
piedad. Cualquiera que sea el martirio que me tengas destinado, no podr
agradecrtelo bastante como ponga fin  mi existencia.

Tan dolorosas quejas exhalaba la doncella, cuando de pronto apareci el
ermitao  su lado. Desde la cima de una escarpada roca habia estado
contemplando  Anglica, mientras al pi del peasco se entregaba  su
dolor y afliccion. Seis dias hacia ya que se encontraba el viejo en
aquel sitio, adonde le condujo un demonio por caminos desusados, y
aproximse entonces  la jven con aire ms devoto que San Pablo  San
Hilarion. Anglica se tranquiliz algun tanto al divisarle, pues no le
conoci: su temor fu desapareciendo poco  poco, aunque no la mortal
palidez de su semblante. Cuando le vi  su lado, exclam:

--Padre, apiadaos de m, que me encuentro en grave apuro.

Y con voz entrecortada por los sollozos, le refiri lo que l sabia
perfectamente.

El ermitao empez  consolarla con frases tiernas y llenas de uncion;
pero mientras le hablaba, iba acariciando con sus atrevidas manos las
megillas hmedas de la doncella, y aun su turgente seno; y cada vez ms
audaz intent abrazarla; pero la jven indignada, extendi su brazo
desdeosamente y le rechaz ljos de s, encendida de un vivo rubor.

Llevaba el ermitao pendientes de sus hombros unas alforjas, de las que
sac un frasquito que contenia cierto licor: destaplo y salpic
ligeramente con l los poderosos ojos que iluminaban el rostro ms
perfecto que creara el Amor:  su contacto, cerrronse los prpados de
Anglica, que cay adormecida en el suelo y  entera disposicion del
viejo lascivo. Este empez por estrecharla entre sus brazos, y sus
impdicas manos se fijaron  su placer en las perfectas formas de la
jven, cuyo sopor la imposibilitaba de oponer resistencia alguna; el
ermitao continu besndola ardorosamente en los labios y el pecho, y
aprovechando la soledad de aquel sitio donde nadie podia verle, intent
realizar por completo sus perversos designios; mas su cuerpo decrpito
no correspondi  ellos, y cuanto mayores esfuerzos empleaba, menos
conseguia el resultado apetecido; hasta que por ltimo cansado de
aquella lucha entre sus aos y su lascivia, quedse dormido  su vez
junto al objeto de su pasion,  quien amenazaba una nueva desgracia.
Cun cierto es que la Fortuna no se contenta con poco, cuando convierte
en juguete de sus caprichos  cualquier mortal!

Mas para referiros lo que le aconteci, es preciso que me separe un
tanto de la lnea recta. En el mar del Norte hcia el Ocaso y ms all
de Irlanda, se levanta una isla, llamada Ebuda, cuya poblacion es muy
escasa, desde que fu casi destruida por la orca fiera y otros mnstruos
marinos, que condujo all Proteo para satisfacer su venganza.

Cuentan las historias antiguas, con fundamento  sin l, que en aquella
isla existia un rey poderoso, el cual tenia una hija dotada de tanta
gracia y belleza, que paseando un dia por la orilla del mar, consigui
inflamar el fuego del amor en el corazon de Proteo, mientras este la
contemplaba desde el seno de las aguas: el dios marino expi un momento
favorable, y apoderndose de la princesa, la abandon despues dejando en
sus entraas una prenda de su pasion. El rey, implacable y severo, mont
en clera luego que descubri la falta de su hija, y sin moverle 
compasion el estado de la princesa, ni la piedad tan natural en un
padre, llev  cabo su determinacion de darle la muerte, haciendo
tambien perecer al inocente hijo antes que hubiera visto la luz del dia.
El marino Proteo encargado de apacentar los rebaos de Neptuno, soberano
de las aguas, sinti un vivo dolor al saber la desdichada suerte de su
amada; y rompiendo en su furor las leyes y rdenes severas de su padre,
hizo salir  tierra las orcas, focas y dems mnstruos marinos, que no
solo destruyeron toda clase de ganados, sino tambien los pueblos, las
aldeas, y hasta sus habitantes. La invasion alcanz  las ciudades
amuralladas, que sitiaron estrechamente, obligando  sus pobladores 
permanecer dia y noche armados con gran temor y sobresaltado nimo.
Todos los habitantes de aquella isla se habian visto obligados 
abandonar los campos y para salir de una situacion tan violenta,
determinaron consultar al orculo, cuya respuesta fu: que les era
preciso buscar una doncella tan hermosa como la princesa muerta, y
ofrecerla en cambio de ella al irritado Proteo en la orilla del mar;
aadiendo que, si era del agrado de este, la guardaria para s, cesando
en sus estragos; pero de lo contrario habria que presentarle una tras
otra, hasta dejarle satisfecho.

Entonces empez una suerte desgraciada para las doncellas que
despuntaban en belleza  gracia; pues conducidas sucesivamente ante
Proteo, para ver si alguna de ellas le complacia, fueron pereciendo
desde la primera  la ltima, devoradas por una orca, que permaneci
all con este intento despues que se alejaron los restantes mnstruos
marinos. Fuese falsa  verdadera esta historia de Proteo, no me atrever
 afirmarlo; pero es lo cierto, que  consecuencia de ella se estableci
en aquella isla una ley brbara contra las mujeres, la cual disponia que
se habia de alimentar con su carne  la orca monstruosa, que no dejaba
un solo dia de salir  la orilla. Si la condicion de mujer es una
desgracia en todas partes, en aquel pas lo era mucho ms por esta
causa.

Desgraciadas de las doncellas  quienes los azares de una suerte
contraria transportaban  aquellas infaustas playas! No bien aparecia en
ellas alguna extranjera, cuando los habitantes, que estaban en perptuo
acecho, las apresaban para ofrecerlas en holocausto al mnstruo; pues
cuanto mayor fuera el nmero de extranjeras que pereciesen, menor seria
el de las suyas  quienes alcanzara tan triste suerte. Mas como no
siempre los vientos traian  sus costas las vctimas que deseaban, iban
constantemente buscndolas por do quiera, recorriendo los mares en
fustas, bergantines y toda clase de embarcaciones, y trayendo desde las
ms cercanas, como desde las ms apartadas playas, doncellas que
aliviaran su terrible tributo. Muchas consiguieron arrebatar por medio
de la fuerza  de la astucia, algunas con halagos, otras por dinero; de
modo que siempre tenian sus torres y calabozos llenos de jvenes de
diferentes paises.

Pasando uno de sus barcos por cerca de la playa solitaria, donde tendida
entre malezas y sobre la hmeda yerba yacia dormida la infortunada
Anglica, saltaron  tierra algunos marineros para proveerse de agua y
de lea, y vieron aquella flor, bella entre todas las flores, en los
brazos del ermitao. Oh presa, harto preciosa y sublime para gente tan
feroz y villana! Oh fortuna cruel! Quin habia de pensar que tu
influjo en los destinos humanos fuera tan grande, que convirtieras en
alimento de un mnstruo  la extraordinaria beldad por quien pas el rey
Agrican desde los montes del Cucaso con media Escitia  buscar la
muerte en las regiones de la India? La sin par belleza por quien
Sacripante despreci su honor y su corona; la maravillosa hermosura por
quien el Seor de Anglante vi empaada su fama ilustre y perdida su
razon; la mujer seductura que trastorn todo el Oriente, y le sujet 
su voluntad, se v ahora tan abandonada, que no encuentra auxilio
alguno, ni siquiera quien le dirija una sola palabra de consuelo.

La desdichada doncella, sumida aun en su letrgico sueo, encontrse
encadenada antes que despierta. Los ebudios se apoderaron al mismo
tiempo del ermitao, y juntamente con la jven le trasladaron  su
bajel, lleno de gente afligida y silenciosa. Desplegaron las velas, y
pronto lleg la nave  la isla funesta, donde encerraron  Anglica en
una fortaleza, y en ella la tuvieron hasta el dia en que le toc la
suerte de ser presentada como cebo al mnstruo marino. Su belleza no
pudo menos de conmover  los crueles habitantes de la isla, que por
espacio de muchos dias estuvieron difiriendo su muerte, reservndola
hasta el ltimo extremo; y mientras contaron con doncellas que
sacrificar, prolongaron la vida de Anglica. Por ltimo, la condujeron 
la playa, derramando lgrimas de compasion cuantos la rodeaban.

Quin ser capaz de reproducir exactamente la angustia, el llanto, las
quejas y las reconvenciones que se elevaron al cielo? Imposible parecia
que no se abriera la tierra cuando, encadenada y privada de socorro, fu
puesta la hermosa jven sobre la helada roca donde la esperaba una
muerte ttrica y abominable. No ser yo quien pretenda pintar aquella
escena con sus sombros colores: tan grande es el dolor que lacera mi
corazon, que me veo obligado  acudir  otra parte y  escribir versos
menos lgubres, hasta que mi angustia se mitigue; pues ni las esculidas
culebras, ni la tigre ms ciega de furor, ni la venenosa serpiente que
se arrastra por la candente arena desde el monte Atlas hasta las playas
del mar Rojo, podrian contemplar sin sentimiento el espectculo que
ofrecia Anglica atada  la desnuda roca.

Oh! Si la hubiese visto su Orlando, que en su afan por encontrarla
habia volado  Pars; si la hubiesen visto los dos guerreros  quienes
enga el viejo astuto por medio del fingido mensajero, salido de las
regiones infernales, arrostraran seguramente mil muertes con tal de
acudir en su socorro. Pero hallndose tan ljos de ella, qu podrian
hacer en su favor, aun cuando llegara  su noticia el apurado trance 
que se veia reducida?

Pars entonces estaba estrechamente asediada por el famoso hijo del rey
Trojan. A tal estremidad se hallaba reducida la ciudad, que un dia
estuvo cerca de caer en poder de su enemigo; y  no ser porque el Cielo,
escuchando benigno los ruegos de los cristianos, envi una abundante
lluvia, el Santo Imperio y el gran nombre de Francia hubieran sido
destruidos aquel dia por las armas africanas. El Supremo Hacedor,
accediendo compasivo  las justas splicas del anciano Crlos, apag con
una repentina lluvia el fuego que amenazaba destruir  la ciudad, y
contra el que eran ya impotentes todos los esfuerzos humanos. Sbio es
el que acude  Dios en sus necesidades, pues nadie mejor que l puede
ampararle: harto bien lo conoci el rey Crlos, pues nicamente debi su
salvacion al auxilio divino.

Orlando pas la noche recostado en su lecho, entregado  mil encontrados
pensamientos: su mente estaba tan pronto fija en una idea como en otra,
 bien las abarcaba todas en un momento, sin detenerse mucho tiempo en
ninguna, del mismo modo que los temblorosos reflejos de un agua
cristalina, herida por los rayos del Sol  los del astro de la noche, se
reproducen en los techos  gran distancia tan pronto hcia la derecha
como hcia la izquierda, y arriba como abajo. El recuerdo de Anglica
que volvia  ocupar su imaginacion, por ms que no se hubiera borrado de
ella, reproducia el fuego de su corazon, avivando la ardiente llama que
durante el dia parecia oculta. Habindola traido consigo desde el Catay
al Poniente, perdi sus huellas al llegar  Francia, y no logr
encontrarlas hasta el dia en que Crlos fu derrotado junto  Burdeos.
Grande era el pesar que semejante prdida causaba  Orlando, y por ello
se reprochaba continuamente su debilidad  imprevision.

--Alma mia, exclamaba, cun vilmente me he portado contigo! Ay de mi!
cunto me pesa el haber consentido en que estuvieras bajo la custodia
del duque de Baviera por no saber oponerme  tan dura rden, cuando
podia continuar viviendo  tu lado dia y noche, mientras tu bondad lo
permitiera. No tenia yo razones para impedirlo? Quiz Crlos no me
habria contrariado; y si se hubiera opuesto, quin seria capaz de
apoderarse de t contra mi voluntad? Quin hubiera arrostrado mi
despecho? No podria yo haber apelado  las armas, y dejarme arrancar el
corazon antes que ceder? Ah! Ni Crlos ni todos sus guerreros juntos
serian bastantes  arrebatarte de entre mis brazos. Si  lo menos te
hubiese puesto bajo mejor custodia dentro de Pars  en alguna
fortaleza;... pero  qu confiarte  Namo? Quin seria capaz de
custodiarte mejor que yo en el mundo? A m me tocaba cuidar de t hasta
la muerte, y te hubiera guardado ms que  mis ojos, ms que  mi mismo
corazon. Y sin embargo,  pesar de ser este mi deber, fu tan insensato,
que no lo cumpl! Dnde te encuentras ahora ljos de m, alma de mi
alma, tan jven y tan bella! En t contemplo  la tmida ovejuela que,
extraviada en el bosque al desaparecer la luz del dia, va despidiendo
tristes balidos, esperando hacerse oir del pastor; mas descubierta por
el lobo, cae entre entre sus voraces dientes causando la desesperacion
de su dueo. Dnde ests, dnde, dulce esperanza mia? Quiz andars
errante y sola por el mundo... Te habrn acometido quizs los lobos
carniceros sin que tu Orlando pueda defenderte!... Y esa preciosa flor,
cuya posesion me hubiera colocado entre los dioses; esa flor que durante
tanto tiempo he venido respetando por no atentar contra tu castidad, la
habrn ay de m! cogido y marchitado. Oh infortunio! Si esa flor est
en efecto profanada, qu puedo querer ya sino morir? Oh, gran Dios!
haz que yo sufra todo los tormentos menos ese. Si se realizara lo que
temo, con mis propias manos me arrancaria la vida y el alma desesperada!

En tan lastimosas quejas prorumpia Orlando, vertiendo copioso llanto,
entrecortado por los suspiros. Mientras todos los seres animados daban
reposo  sus cansados miembros   su espritu no menos fatigado,
tendidos los unos sobre blandas plumas, otros sobre la dura roca, y
otros sobre la yerba  las hojas de mirtos y hayas, t solo, Orlando,
atormentado por mil pensamientos crueles y encontrados, apenas podias
cerrar los prpados, y aunque lograste al fin conciliar un sueo
fugitivo y breve, no conseguiste hallar en l la bienhechora calma.

Crease transportado  una verde rivera esmaltada de olosas flores,
desde donde contemplaba el marfil ms terso y la prpura ms brillante
que Amor haya pintado por su mano, as como las dos clarsimas estrellas
donde el mismo Amor alimentaba  las almas presas en sus redes: hablo de
los ojos y del rostro seductor que se habian apoderado de su corazon.
Sentia el mayor placer, la alegra mayor que pudiera gozar el ms feliz
amante... cuando de repente estalla una tempestad que destroz las
flores y tronch las plantas; tempestad tan terrible, que no suele verse
otra semejante cuando el Aquilon, el Levante y el Austro luchan
encontrados. Parecia como si fuese errando intilmente por algun
desierto, buscando un sitio donde guarecerse. El infeliz, en tanto,
perdi de vista  su amada sin saber cmo en medio de una niebla densa,
y empez  buscarla por todas partes, haciendo resonar todos los mbitos
del bosque con su dulce nombre. Al ver la inutilidad de sus pesquisas,
exclamaba:--Desgraciado de m! Quin ha trocado mi alegra en
quebranto?--Oia los gritos de Anglica, que le llamaba en su auxilio,
deshecha en lgrimas, y acudia veloz hcia el sitio de donde parecian
salir, consumindose en infructuosos esfuerzos. Cun intenso y atroz
era su dolor al ver que no le iluminaba la luz de sus ojos! De improviso
se dej oir por el lado opuesto una voz que pronunci estas
palabras:--No esperes volver  recrearte en su belleza!--A tan
fatdica exclamacion, despertse sobresaltado y baado en copioso
llanto.

Sin reflexionar en que son engaosas las imgenes de un sueo producidas
por el deseo  por el temor, le inquiet tanto la suerte de la doncella,
 quien veia ya deshonrada  prxima  mayores peligros, que arrojndose
fuera del lecho, se arm de pis  cabeza y ensill  Brida-de-oro sin
el auxilio de ningun escudero. A fin de poder penetrar por cualquier
parte en el viaje que se proponia emprender, sin menoscabo de su
dignidad, no quiso ostentar en sus armas los colores blancos y rojos de
su linaje, sino que escogi otra armadura enteramente negra, quiz
porque el color de ella estaba ms en armona con el estado de su alma,
y que arrebat  un Amostante  quien habia dado muerte pocos aos
hacia.

Emprendi su marcha silenciosamente  media noche, sin despedirse ni
decir una sola palabra  su tio, ni siquiera  su leal compaero
Brandimarte, con quien le unia una estrecha y cariosa amistad.

Luego que el Sol, esparciendo su dorada cabellera, sali del rico
palacio de Titon  hizo huir  las hmedas y oscuras tinieblas, ech el
Rey de ver la desaparicion del paladin. Esta fuga le caus el mayor
disgusto, pues precisamente en aquella ocasion era cuando ms necesitaba
de su presencia y de la ayuda de su poderoso brazo: as es que no
pudiendo contener su clera, prorumpi en quejas y en las ms amargas
censuras contra su sobrino, llegando  amenazarle con que le haria
arrepentirse de su falta si no regresaba inmediatamente.

Brandimarte, que amaba  Orlando como  s mismo, no pudo permanecer sin
l; y bien fuese porque le sonrojaran los denuestos y amenazas que se
dirigian  su amigo,  bien por abrigar la esperanza de hacerle volver,
alejse en su busca en cuanto aparecieron las primeras sombras de la
noche, sin participar  Flor-de-Lis su intento,  fin de que no se lo
estorbara.

Era Flor-de-Lis una doncella  quien amaba en extremo Brandimarte, y 
la verdad con justo motivo, pues no solo estaba dotada de belleza,
gracias y donosura; sino tambien de prudencia y perspicacia. Si su
amante no se despidi de ella, consisti nicamente en que esperaba
volver  su lado al dia siguiente; pero los sucesos que sobrevinieron
contrariaron su propsito. Cuando vi Flor-de-Lis que transcurria un mes
entero sin que l regresara, no pudo resistir  la inquietud ni al deseo
de estar en su compaa, y march en su seguimiento sin guia,
completamente sola. Muchos fueron los paises que recorri buscndole,
como dir cuando sea ocasion oportuna: por ahora dejar de ocuparme de
ambos, por ser ms necesario referir lo que importa al caballero de
Anglante; el cual, una vez que se hubo despojado de los gloriosos
blasones de los Almontes, se dirigi hcia una de las puertas de Pars,
y diciendo en voz baja su nombre al capitan de guardia, hizo que le
bajaran el puente levadizo, y emprendi el camino que conducia ms
directamente al campo enemigo. Lo que despues le aconteci, se ver en
el canto siguiente.




CANTO IX.

     Tanto camina Orlando, que al fin llega  un sitio donde le refieren
     la historia de Proteo y de la isla de Ebuda.--Conmovido por la
     narracion de las desgracias de Olimpia, decdese  combatir contra
     el rey Cimosco, que tenia encerrado en una oscura prision al esposo
     de aquella princesa.--Cumple su promesa y se aleja de
     Holanda.--Bireno y Olimpia pasan  Zelanda para celebrar nuevamente
     sus bodas.


Qu no ser capaz de hacer un corazon  quien haya rendido el prfido y
cruel Amor, cuando este fu causa de que Orlando diera al olvido la
lealtad que  su seor debia? Hasta entonces habia sido prudente,
respetuoso y acrrimo defensor de la santa Iglesia; ms ahora,
enloquecido por una insensata pasion, ni se cuida de Dios, ni de su tio,
ni siquiera de s mismo. Por mi parte no puedo menos de excusarle, y
hasta me halaga tener tal imitador de mi principal defecto; pues tambien
yo soy descuidado y refractario al bien, mientras que corro dispuesto y
gil tras aquello que me perjudica.

Cubierto con su negra armadura abandon Orlando  Paris, dejando all
sin sentimiento  sus muchos amigos, y se dirigi hcia donde los
soldados de Espaa y frica estaban acampados,  mejor dicho, donde
estaban guarecidos bajo los rboles, y restos de tiendas, formando
grupos de veinte, diez, ocho, siete y hasta cuatro guerreros; pues hasta
tal extremo los habia diseminado la lluvia. Ms  menos distantes entre
s, ninguno podia entregarse  su satisfaccion al descanso, y dormian
apoyados en el codo  tendidos en tierra. En aquella ocasion propicia le
hubiera sido muy fcil al conde exterminar impunemente un gran nmero
de adversarios; pero no quiso desenvainar su Durindana.

Llevado de la nobleza de su corazon, se resisti  acuchillar  sus
enemigos dormidos, y se puso  buscar por todas partes las huellas de su
amada. Si encontraba alguno despierto, le daba las seas de Anglica, y
le suplicaba por favor que le indicase el sitio donde podria
encontrarla. Luego que fu de dia, recorri todo el campamento
sarraceno, lo cual pudo efectuar sin riesgo alguno, merced  la arbiga
armadura de que iba revestido, as como  sus conocimientos en el idioma
africano que hablaba con tanta perfeccion, que se le hubiera creido
nacido y educado en Trpoli.

Sus minuciosas pesquisas le detuvieron tres dias en aquel campo, sin
conseguir resultado alguno: despues, no solo fu registrando todas las
ciudades y pueblos de Francia y sus distritos, sino que examin
cuidadosamente hasta la ms apartada aldea de la Auvernia y la Gascua,
y continu sus exploraciones desde la Provenza hasta los confines
espaoles.

Cuando Orlando empez su peregrinacion era la poca en que termina
Octubre y empieza Noviembre; la estacion en que los rboles se ven
despojados de sus hojas, y van poco  poco descubriendo sus ramas hasta
que quedan desnudos del todo; esa estacion en que los pjaros se dirigen
formando compactas y numerosas bandadas en busca de climas ms
templados. Transcurri todo el invierno sin que el enamorado guerrero
cesara en su tarea, y en ella le sorprendi todavia la primavera.

Pasando un dia, segun su costumbre, de uno en otro pas, lleg  la
orilla de un rio que separa la Normandia de la Bretaa, y sigue
tranquilo su curso hcia el vecino mar; pero entonces, aumentado su
caudal con los deshielos y las filtraciones de las montaas, se
precipitaba crecido y lleno de blancas espumas, despues de haber
arrastrado en su violencia el puente que ponia en comunicacion  una y
otra provincia. Empez el paladin  examinar aquellos contornos para ver
si encontraba un medio de pasar  la otra orilla, cosa bastante difcil
no siendo pez ni ave, cuando descubri una barquilla que bogaba en su
demanda, en cuya popa se veia sentada una doncella, la cual le di 
entender por medio de seas que se dirigia hcia l. Aguard en
consecuencia, el arribo de la navecilla; pero esta no lleg  tocar la
tierra, por cuidar sin duda la que la gobernaba de que nadie se
embarcara contra su voluntad. Orlando le rog que le recibiese  bordo y
le trasladase  la orilla opuesta; mas ella le contest:

--Aqu no pone nadie el pi, sin que antes me prometa bajo su f de
caballero acceder  mi demanda, aceptando el combate ms justo y ms
honroso del mundo. Por lo tanto, caballero, si es que deseais valeros de
m para saltar en la otra orilla, prometedme que antes de terminar el
mes prximo, iris  uniros al rey de Hibernia[38], que en este momento
reune una fuerte armada para destruir la isla de Ebuda, la ms cruel de
cuantas el mar rodea.--Sin duda sabreis, que ms all de la Irlanda
existe, entre otras muchas, una isla llamada Ebuda, cuyos habitantes,
obedeciendo  una ley brbara, van de costa en costa apoderndose de
cuantas mujeres les es posible para ofrecerlas despues como alimento 
un animal voraz que, saliendo del mar diariamente, encuentra siempre una
doncella que devorar. Tambien reciben numerosas cautivas de los
corsarios  de los mercaderes de esclavas que merodean por los mares,
muchas de ellas hermossimas. A una por dia, podeis calcular cuntas
jvenes habrn perecido ya! Si en vuestro corazon se alberga la piedad;
si no sois rebelde al amor, no dudo que os apresurareis  reuniros 
aquellos guerreros que aperciben en este momento sus armas para tan
noble cuanto humanitario objeto.

     [38] Nombre antiguo de Irlanda.

Aun no habia acabado la dama de pronunciar estas palabras, cuando ya
Orlando le juraba ser el primero en aquella empresa, como quien no puede
oir hablar de una accion incua  infame, obligndole la indignacion 
interrumpir su relato. Lo que acababa de saber le hizo pensar y temer
que Anglica hubiera caido en manos de aquella gente; pues de otro modo
no era posible que no obtuviera indicio alguno de su existencia, despues
de haberla buscado por tantos sitios. Preocuple de tal modo esta idea,
que hacindole olvidar su intento, determin navegar hcia la isla cruel
con toda la velocidad que le fuera posible; y antes de que traspusiera
un nuevo sol el horizonte, se embarc en un bajel que pudo
proporcionarse en Saint-Mal, y desplegadas las velas, pas por la noche
junto al Monte de San Miguel, dej  la izquierda  Saint-Bricue y
Landriglier, y fu costeando las extensas playas de Bretaa virando
despues hcia las blancas arenas que dieron  la Inglaterra su antiguo
nombre de Albion; pero de repente ces de soplar el viento Sur, y el
Aquilon y el Poniente se desataron con tal fuerza, que hubo necesidad de
arriar todas las velas y virar en redondo, de suerte que en un solo dia
perdi la embarcacion el camino que habia hecho en cuatro, y gracias 
la experiencia y presencia de nimo del piloto que procur correr la
tempestad en alta mar, no se estrell contra las rocas como un frgil
vidrio.

Despues de cuatro dias de soplar furiosamente, aplac el viento su
impetuosidad, y entonces pudo el bajel entrar en la desembocadura del
rio que corre junto  Amberes. Apenas entr en ella el fatigado piloto
con su bajel averiado, y consigui echar el ancla en una lengua de
tierra que se extendia en la orilla izquierda de aquel rio, cuando se
vi aparecer un anciano de avanzada edad,  juzgar por sus blancos
cabellos, el cual salud  todos con la mayor cortesa; despues se
dirigi al Conde en la creencia de que era el jefe de aquella gente, y
le rog de parte de una doncella sumamente bondadosa y afable adems de
hermosa, que se dignase ir  visitarla  le concediera una entrevista 
bordo de la nave, adonde ella acudiria, aadiendo que ninguno de cuantos
caballeros errantes habian llegado  aquel pas se habia resistido 
conceder tal favor, pues todos, bien arribaran por mar  por tierra, se
habian apresurado  tener una entrevista con la jven, y  darle los
consejos que ms convenientes creian en su situacion apurada y cruel.

Orlando, al oir esto, salt en tierra sin detenerse un momento, y en su
calidad de galante al par que humanitario caballero, sigui en pos del
anciano. Condjole este  un palacio, en cuya escalera esperaba una
dama, enlutada exterior y tambien interiormente,  juzgar por las
seales de dolor impresas en su semblante; las galeras, las cmaras y
los salones del palacio, todo estaba cubierto asimismo de negros paos.
Aquella dama, despues de haber dispensado  Orlando la ms benvola y
honrosa acogida, le rog que tomara asiento, y le dirigi la palabra en
estos trminos:

--Debeis saber, caballero, que soy hija del conde de Holanda. Aun cuando
no fu su nica descendiente, pues tuve otros dos hermanos, me amaba mi
padre con tal ternura, que jams se opuso  mi menor deseo. Tranquila y
feliz transcurria mi existencia, cuando lleg un noble personaje 
nuestro pas. Era duque de Zelanda, y se dirigia  Vizcaya  pelear
contra los moros. Su extremada gentileza, su edad juvenil, y sobre todo
mi corazon, vrgen aun de todo amor, hicieron que me prendara de l
fcilmente, con tanto mayor motivo, cuanto que creia y creo, y creo
creer la verdad[39], que  su vez me amaba y me ama con sinceridad
completa.

     [39] Io credea  credo,  creder credo il vero.

Aquellos dias que le retuvieron  mi lado los vientos, contrarios para
los dems y para m propicios (pues cuando para los otros fueron
cuarenta,  m me parecieron un momento, segun la velocidad con que
transcurrieron), los pasamos entretenidos en amorosos coloquios, y
prometindonos mtuamente encender la antorcha de himeneo con toda
solemnidad en cuanto l regresara de la guerra.

Apenas se habia separado de nosotros Bireno, que as se llama mi leal
amante, cuando el rey de Frisia, cuyo reino est separado de nuestros
estados por ese rio, form el proyecto de casarme con su hijo nico,
llamado Arbante, y envi en su consecuencia  Holanda los principales
caballeros de su corte, con el encargo de pedir  mi padre mi mano. Yo
que no podia faltar  la f jurada  mi amante, y que aun cuando lo
intentara, el amor no me hubiera permitido corresponder  su lealtad con
tan negra ingratitud, me decid  desbaratar aquella negociacion,
prxima  realizarse, y dije terminantemente  mi padre, que preferia la
muerte  desposarme con el prncipe de Frisia. Mi buen padre, que no
tenia otra voluntad que la mia, no quiso contrariarme, y dispuesto 
enjugar el llanto que yo derramaba, retir la palabra dada  los
enviados del rey vecino, rompindose por lo tanto las negociaciones
entabladas.

Fu tal el despecho que caus este resultado al orgulloso rey de Frisia
y tanta su clera, que invadi la Holanda y empez la guerra infausta,
ocasion de la muerte de todos los mios. Adems de estar dotado aquel
monarca de un vigor y una fuerza cual no se ven otras en nuestra edad, y
de que era tal su habilidad en hacer dao y tan consumada su astucia,
que ni el ingenio, ni la audacia, ni la misma fuerza podian resistirle,
hacia uso de un arma completamente desconocida de los antiguos y aun de
los modernos, excepto l. Esta arma consiste en un hierro hueco, de unas
dos brazas de longitud, en cuyo interior coloca ciertos polvos y una
bala. Hcia la parte posterior de aquel tubo, y por donde est cerrado,
toca con una mecha encendida un respiradero apenas perceptible, del
mismo modo que el mdico suele tocar el sitio por donde se ha de ligar
una vena, y entonces sale la bala con un estrpito semejante al de un
trueno, y abrasa, abate, hiende y destroza cuanto toca, siendo sus
efectos tan destructores como los del mismo rayo.

Con este ardid infame consigui derrotar dos veces  nuestro ejrcito,
y dar muerte  mis hermanos: en el primer encuentro, sucumbi el mayor
con el pecho traspasado por una bala que le atraves la coraza; en el
combate siguiente, pereci el segundo mientras iba huyendo, por haberle
alcanzado otra bala que le entr por la espalda y le sali por el pecho.
Defendindose otro dia mi padre en el nico castillo que le quedaba, por
haberle despojado su enemigo de cuanto poseia, fu muerto del mismo
modo; pues en ocasion en que iba de un lado para otro, atendiendo  todo
y dando sus rdenes, recibi en medio de la frente un tiro fatal,
dirigido por el traidor, que le estuvo apuntando desde ljos.

Muertos mi padre y mis hermanos, y habiendo quedado yo por nica
heredera de la isla de Holanda, el rey de Frisia, que tenia deseos de
fijar definitivamente la planta en mis estados, me hizo saber, as como
 todos mis sbditos, que me otorgaria la paz con tal de que aceptara lo
que antes rechac y consintiera en ser esposa de su hijo Arbante. La
respuesta que le d fu inspirada, no tanto por el odio que sentia
intensamente hcia l y hcia toda su incua estirpe, que habian dado
muerte  mi padre y mis dos hermanos, y saqueado, destruido  incendiado
 mi patria, como porque no quise faltar  la promesa que habia hecho 
Bireno de no casarme con nadie hasta su regreso de Espaa. As pues, le
contest, que el dolor que padecia me daba fuerzas para soportar otros
ciento, y cuantos pudieran ocasionrseme, y que antes que acceder  su
demanda, preferia la muerte, que me quemaran viva y esparcieran al
viento mis cenizas.

Mis sbditos procuraron apartarme de tal propsito, unos por medio de
ruegos, y amenazndome otros con entregarme al prncipe, entregndole al
mismo tiempo mis estados, antes de que mi obstinacion ocasionara la
ruina de todos. Cuando vieron que tan intiles eran sus ruegos como sus
amenazas, y que seguia firme en mi resolucion, pusironse de acuerdo con
el rey de Frisia  quien entregaron la fortaleza juntamente con mi
persona, conforme habian dicho. El Rey portse cortesmente conmigo, y
prometi conservarme la vida y el reino, con tal de que torciera mi
voluntad y diera la mano  su hijo Arbante. Al verme obligada  ceder 
la fuerza, anhel la muerte, que por lo menos me devolveria la libertad;
pero el deseo de la venganza me estimulaba ms que cuantas injurias
habia recibido. Forj en mi mente mil proyectos, y comprend por ltimo
que el disimulo seria el partido mejor que en mi desesperada situacion
abrazar pudiera; y decidida  adoptarlo, finj que deseaba acceder  sus
instancias, que no podian menos de serme gratas, y que, concedindome su
perdon, me uniera  su hijo.

Persistiendo siempre en mis propsitos, escog, entre los muchos
servidores de mi padre, dos hermanos dotados de singular ingenio y de
gran corazon, pero ms aun de una lealtad  toda prueba, por haber sido
criados en la corte, y haber vivido  nuestro lado desde su ms tierna
infancia; tan adictos  mi persona, que no hubieran titubeado en ofrecer
su vida por salvarme. A ellos, pues, comuniqu mis designios, y como
esperaba, ofrecironme su incondicional ayuda. Uno de los dos pas 
Flandes, donde aprest un bajel; al otro le conserv  mi lado en
Holanda.

En tanto que los extranjeros como los del pas se preparaban para
solemnizar mis bodas, lleg la noticia de que Bireno estaba reuniendo en
Vizcaya una flota para venir  Holanda. Estos preparativos eran 
consecuencia de un aviso que determin enviarle por medio de un
mensajero, apenas termin la primera batalla en que fu derrotado y
muerto un hermano mio; pero mientras Bireno procuraba reunir aquella
armada, tuvo tiempo el rey de Frisia de conquistar todos nuestros
estados. Mi amante, ignorando esta circunstancia, continuaba alistando
bajeles y soldados; y teniendo conocimiento de ello el Rey frison, dej
al cuidado de su hijo los preparativos de nuestro casamiento; hzose
despues  la mar con todos sus buques; sali al encuentro del Duque, y
atacndole con mpetu, quem y ech  pique toda su flota, y le hizo
prisionero. As lo tenia dispuesto el destino!

Aun no habia llegado  mi noticia este desastre, cuando me v obligada
 casarme con el Prncipe, el cual quiso usar aquella misma noche de sus
derechos de esposo. Yo habia ocultado detrs de las cortinas del lecho
nupcial  mi fiel criado, que no se movi hasta que vi al Prncipe
dirigirse  m; y no teniendo paciencia para esperar  que este se
acostara, se lanz hcia l, y con brazo vigoroso le hendi de un
hachazo la cabeza, arrancndole la vida y la palabra  un tiempo mismo:
inmediatamente salt del lecho, y tuve valor para cortarle al cuello.
Aquel prncipe mal nacido cay  mis pis, como cae el toro bajo la maza
del carnicero, vengndome as del incuo rey Cimosco: este era el nombre
del impo rey de Frisia, que habia sacrificado  mi padre y mis dos
hermanos, y que para tener un pretexto de apoderarse de mis dominios,
pretendia casarme con su hijo, con la intencion quizs de arrancarme
tambien algun dia la vida.

Antes de que se atravesara cualquier obstculo, recog cuantos objetos
de valor hall  mano, y en seguida mi compaero me descolg por una
ventana, atada  una cuerda, dirigindonos aceleradamente al sitio donde
nos esperaba su hermano con la embarcacion que habia aprestado en
Flandes. Desplegamos las velas, empuamos los remos, y nos pusimos en
salvo como  Dios plugo.

No s si pudo ms en el rey de Frisia el dolor que le causara la muerte
de su hijo,  la ira que contra m debi inflamarle, cuando regres al
dia siguiente al sitio testigo de mi venganza. Volvia orgulloso con la
victoria alcanzada, y trayendo  Bireno cautivo; mas se encontr con un
espectculo funesto, cuando esperaba hallar bodas y festejos.

Por algun tiempo atormentle noche y dia el recuerdo de su hijo y su
odio rencoroso contra m; pero como el llanto no consigue devolver la
vida  los muertos, y con la venganza se suele aplacar el odio,
determin unir aquella parte de su imaginacion consagrada  llorar la
muerte del Prncipe con la que me dedicaba su furor,  fin de calcular
los medios de que habria de valerse para apoderarse de m y castigarme
cruelmente. Por de pronto, mand degollar, quemar vivos  encarcelar 
cuantos le habian indicado como partidarios mios  que me habian
prestado algun auxilio en mi empresa. Propsose despues matar  Bireno
para vengarse de m, suponiendo que seria el sentimiento ms cruel que
pudiera causarme; pero reflexionando que mientras estuviera en su poder
podria servirse de l como de un medio eficaz para hacerme caer en los
lazos que me tendiera, le conserv la vida, imponindole sin embargo una
condicion cruel y dura. Le di un ao de trmino, al fin del cual lo
sacrificaria irremisiblemente, si antes no procuraba por fuerza  por
astucia,  bien valindose de sus amigos y parientes y empleando todos
los medios que estuvieran  su alcance, entregarme en sus manos: de modo
que mi muerte era lo nico que podia salvar su vida.

Cuanto es humanamente posible hacer para conseguir su libertad, excepto
entregarme en poder de mi enemigo, otro tanto he puesto por obra: poseia
seis castillos en Flandes y todos los he vendido: parte de lo poco 
mucho que me han proporcionado estas ventas lo he invertido en sobornar
 los guardianes de mi amante, por medio de personas astutas, para
lograr su evasion, y la otra parte en incitar  los ingleses y  los
alemanes  que tomaran las armas contra aquel tirano; pero mis
emisarios, ya sea porque hayan cumplido mal con su deber,  porque
fueran intiles sus esfuerzos, me han dado muchas palabras, pero ningun
auxilio; y hoy me desprecian despues de haberme dejado arruinada. Entre
tanto, est prximo  espirar el plazo fatal, que una vez terminado ser
causa de que no lleguen  tiempo ni la fuerza ni el dinero, y de que mi
adorado esposo sufra la muerte ms cruel.

Por l han muerto mi padre y mis hermanos; por l me he visto despojada
de mi trono: los pocos bienes que me quedaban y que constituian mi nico
sosten, los he disipado por sacarle de su prision; ya no s qu partido
tomar, como no vaya yo misma  entregarme  mi enemigo ms cruel, y
salvar de este modo su vida. Y puesto que nada me queda por hacer, y no
encuentro otro medio de conseguir su libertad que ofrecer en su
holocausto esta vida, me ser grato hacerlo as con tal de que respeten
la suya. Un solo temor me detiene, y es el de que no sabr hacer un
pacto tan estudiado, que me asegure de que el tirano no ha de engaarme
despues de haberme puesto bajo su poder. Temo que, despues de tenerme
encarcelaba, y cuando me haya hecho sufrir los tormentos que se le
antojen, no ponga,  pesar de todo, en libertad  Bireno, impidindome
escuchar la expresion de su agradecimiento; temo que la rabia que le
posee y su conciencia perjura le induzcan  no darse por satisfecho con
mi muerte, y haga despues con Bireno lo mismo que tenga decidido hacer
conmigo.

Ahora bien; el objeto que me mueve  referiros mis desgracias, as como
se las refiero  cuantos seores y caballeros llegan  este pas, es
nicamente el de ver si, hablando con tantos, hay alguno que me indique
un medio para estar segura de que, una vez entregada en manos del
traidor Cimosco, no retendr este en su poder  Bireno; pues no quisiera
que, despues de muerta yo, muriera l tambien. He rogado  algun
guerrero que est presente en el momento de entregarme al rey de Frisia;
pero que me prometa bajo su f que este cambio se efectuar de modo que
mi presentacion coincidir con la libertad de Bireno, de modo que cuando
me inmolen, exhale contenta mi ltimo suspiro, en la seguridad de que mi
muerte habr dado la vida  mi esposo. Hasta ahora, sin embargo, no he
encontrado quien me d su palabra de que, cuando me presente  Cimosco,
no consentir que este Rey se apodere de m sin darme antes  Bireno;
tanto es lo que todos temen aquellas armas contra las cuales de nada
sirven las corazas, por fuertes y resistentes que sean.

Ah, seor! Si vuestro valor corresponde  vuestro altivo semblante y
hercleo aspecto; si os es posible acompaarme ante el rey de Frisia, y
sacarme de su poder en el caso de que no cumpla lo que promete, dignaos
venir conmigo  ponerme en sus manos, y as no abrigar el temor de que
muera mi esposo en cuanto yo deje de vivir.

Aqu di fin la doncella  su razonamiento, frecuentemente interrumpido
por el llanto y por los suspiros. Orlando, que estaba siempre dispuesto
 acudir en auxilio de los desgraciados, se apresur  contestar  la
Princesa en breves palabras, pues era por naturaleza conciso, que haria
mucho ms de cuanto ella le pedia, y que se obligaba  socorrerla bajo
su f de caballero. Opsose abiertamente  que se entregara en manos de
su enemigo para librar  Bireno, asegurndole que mientras no le
faltasen su espada ni su acostumbrado esfuerzo, l solo era bastante
para salvar  entrambos.

Sin esperar  ms, se pusieron aquel mismo dia en camino, aprovechando
un viento propicio y una mar bonancible. Deseoso el paladin de llegar
sin prdida de tiempo  la isla de Ebuda, aceler la marcha cuanto pudo.
Un piloto hbil fu dirigiendo la maniobra, mientras atravesaron por uno
y otro lado los numerosos estrechos que separan las islas de Zelanda,
que fueron dejando tan pronto delante como detrs, hasta que al tercer
dia desembarc Orlando en Holanda; pero no permiti que saltara en
tierra la Princesa, vctima del rey de Frisia, por haberse propuesto el
guerrero hacer llegar  su noticia la muerte del prfido monarca antes
que desembarcara.

Encaminse por aquella costa el paladin, completamente armado y
cabalgando en un caballo tordo, nacido en Dinamarca, criado en Flandes,
y ms grande y fuerte que ligero. Orlando habia dejado en Bretaa su
corcel, aquel Brida-de-oro tan corredor y de tan hermosa estampa,
nicamente  Bayardo comparable. Lleg  Dordrecht, cuyas puertas
estaban custodiadas por numerosa gente armada, ya por seguir la
precaucion usada siempre, que nunca esta de ms en un pas recien
conquistado, ya tambien por haber llegado poco antes la noticia de que
se dirigia all desde Zelanda un primo del caballero encarcelado, con
una flota compuesta de bastantes buques y tropas de desembarco.

Orlando rog  uno de los guardas que diera aviso al Rey de que un
caballero andante deseaba medirse con l  espada y lanza; pero bajo la
condicion, aceptada de antemano, de que, si el Rey vencia  su retador,
le seria entregada la princesa que di muerte  Arbante, pues la tenia
depositada en un sitio prximo desde donde fcilmente la pondria en sus
manos. En cambio esperaba del monarca la promesa de que, si era l el
vencido, daria inmediatamente la libertad  Bireno, y le dejaria ir 
donde mejor le pareciese.

El soldado desempe presuroso este encargo; mas Cimosco, para quien la
virtud y la cortesa eran completamente desconocidas, concibi al
instante una idea inspirada por el fraude, la traicion y el engao.
Parecile que apoderndose de aquel guerrero, lograria tambien
apoderarse de la dama que tan cruelmente le habia ofendido, si era
cierto que la Princesa estaba en poder de aquel, y no habia comprendido
mal el mensajero. Dispuesto  realizar este plan, hizo que treinta de
sus soldados salieran por una puerta de la ciudad, opuesta  aquella
donde Orlando le esperaba, los cuales despues de dar un largo rodeo, se
colocaron  espaldas del Paladin. El traidor, en tanto, habia ido
ganando tiempo con ftiles palabras y pretextos, y cuando vi que los
treinta ginetes habian llegado al sitio convenido, sali l al frente de
igual nmero de guerreros. As como el diestro cazador suele rodear  la
fiera que persigue, cercando el bosque en que se encuentra por todos
lados,  como el pescador de Volana circuye con prolongadas redes el
espacio de mar donde va acorralando la pesca, del mismo modo procur el
rey de Frisia cerrar al caballero todos los caminos por donde pudiera
escapar. Pretendia cojerle vivo, y estaba tan persuadido de la facilidad
de su empresa, que no llev consigo aquel rayo terrestre con que habia
exterminado tanta y tanta gente, por no parecerle necesario en aquella
ocasion, en que no se trataba de matar, sino de aprisionar. El rey
Cimosco pretendi obrar entonces  la manera del cauto cazador de
pjaros, que conserva vivos  sus primeros cautivos,  fin de que con
sus juegos y sus reclamos atraigan mayor nmero de pjaros  sus redes;
pero Orlando no era de los que se dejaban atrapar con facilidad, y en
breve rompi el crculo en que le habian encerrado.

El Caballero de Anglante enristr su lanza contra el grupo ms compacto
de sus enemigos, y atraves con ella  uno, luego  otro, y otro, pues
no parecia sino que fueran de masa: hasta seis traspas mantenindolos
enristrados en su lanza, y por no ser esta bastante larga para que
cupiera en ella el cuerpo de otro hombre, qued el sptimo fuera; pero
tan mal herido, que no tard en sucumbir. No de otra suerte procede el
hbil arquero, cuando en las orillas de los canales  de los fosos,
dirije sucesivamente su flecha contra las ranas, que atravesadas por los
costados  por las espaldas, unas en pos de otras, pronto cubren la
saeta de un extremo  otro. Orlando arroj ljos de s su cargada lanza,
y desnudando el acero, se prepar  combatir contra sus dems
adversarios.

Rota la lanza, empu aquella espada que jams di un golpe en vago, y
cada uno de sus tajos  estocadas hizo morder el polvo  un infante  
un ginete: donde alcanz su hoja terrible ti de rojo el azul, el
verde, el blanco, el negro  el amarillo. Entonces se arrepinti Cimosco
de no haber llevado consigo el tubo de hierro y el fuego, precisamente
cuando ms los necesitaba, y con grandes voces y amenazas orden que se
los trajeran; pero nadie le di oidos, porque cuantos lograban
refugiarse en la ciudad, no se aventuraban  salir de ella. Al ver el
rey de Frisia la fuga de sus guerreros, se decidi  imitarles: corri 
la puerta y quiso alzar el puente levadizo; pero Orlando, persiguindole
de cerca, no le di tiempo para ello. Entonces el monarca volvi de
nuevo las espaldas, dejando  su adversario dueo del puente y de ambas
puertas, y huy, adelantndose  todos en su carrera, merced  la
velocidad de su corcel. Orlando no se dign acometer  los miserables
satlites de Cimosco:  este, y  nadie ms, deseaba arrancar la
existencia; pero su caballo era poco  propsito para la carrera,
mientras que el del fugitivo parecia tener alas. Al revolver de una
esquina desapareci  la vista del paladin; pero poco tard en volver
con nuevas armas, por haber conseguido que le llevaran el tubo de
hierro y el fuego; y colocndose tras de una piedra, le esper
escondido, como el cazador, armado de su venablo y rodeado de sus
perros, espera al fiero javal, que en su destructora carrera troncha
las ramas, derriba los peascos, y por do quiera que levanta su
orgullosa frente, parece que se hunda con estrpito la selva y que se
conmueva el monte.

Cimosco estaba en su puesto, acechando el momento en que pasara el audaz
Conde para hacerle pagar cara su osada; cuando le divis, aproxim el
fuego al orificio del hierro, que instantneamente despidi una viva
llama, brillando por su parte posterior como un relmpago y estallando
como un trueno por delante: retemblaron las murallas, estremecise el
terreno bajo las plantas del monarca, y en los cielos retumb aquel
sonido aterrador. El proyectil ardiente, que atraviesa y destroza cuanto
encuentra  su paso y  nadie perdona, lanz un estridente silbido, pero
contra lo que esperaba aquel nefando asesino, no produjo efecto alguno.
Bien sea por precipitacion,  porque el mismo deseo de herir al Conde le
hiciera errar la puntera; bien fuese porque el corazon, temblando como
la hoja en el rbol, hiciera temblar  su vez las manos y los brazos, 
bien porque la bondad divina no permiti la prematura muerte de su fiel
campeon, la bala fu  hundirse en el vientre del caballo, que cay en
tierra, de donde no se levant ms.

Cayeron en tierra el caballo y el caballero: el uno la oprimi con su
peso; mas apenas la toc el otro, cuando se levant rpidamente, cual si
la caida hubiese redoblado su vigor y aliento: y as como el lbico
Anteo solia levantarse con ms fiereza cada vez que tocaba la arena[40],
as tambien, al levantarse Orlando, pareci que el contacto con el
suelo habia aumentado sus fuerzas. El que haya visto alguna vez caer el
fuego que Jpiter despide con horrible estrpito, y le haya visto adems
penetrar en un sitio cerrado que contenga carbon, azufre y salitre,
donde apenas llega, apenas toca un instante, parece que se inflame, no
solo la tierra, sino tambien el cielo, y arruina las murallas, y hiende
pesados mrmoles y hace saltar los peascos hasta las estrellas, podr
formarse una idea del aspecto del Paladin al levantarse del suelo;
aspecto tan terrible  iracundo, que haria temblar al mismo Marte en el
cielo.

     [40] Anteo fu un gigante, hijo de Neptuno y de la Tierra, que
     habitaba en una gruta de la Libia y obligaba  todo el que pasaba
     por el camino  pelear con l: mientras tocaba la tierra, su madre
     le daba siempre fuerzas, y de este modo vencia  cuantos desafiaba,
     colocando sus cabezas al rededor de su morada. Pero provocado
     Hrcules al combate por el gigante, y advertido del encanto que
     hacia  Anteo invencible, le estrech entre sus brazos y le ahog
     levantndole del suelo.

Sobrecogido de espanto el rey de Frisia, al contemplarle, volvi las
riendas para huir; pero Orlando corri en pos de l con ms velocidad
que la saeta disparada por la cuerda. Hizo entonces yendo  pi lo que
antes no habia conseguido  caballo; pues le persigui con una ligereza
que excedia  toda ponderacion. Alcanzle en breve, y de un solo tajo le
hendi la cabeza hasta el cuello, tendindole exnime  sus pis.

De pronto circul por la ciudad un nuevo rumor, un nuevo estrpito de
armas. El primo de Bireno acababa de llegar con las tropas que traia de
su pas, y encontrando abiertas las puertas, entr en aquella ciudad tan
aterrada por las hazaas de Orlando, que la recorri toda sin hallar la
menor oposicion. Ignorando la poblacion quines eran y qu querian
aquellos guerreros, huy desordenadamente; pero no bien echaron de ver
algunos habitantes que los recien llegados eran de Zelanda, segun
demostraba su traje y su lengua, desplegaron bandera blanca en seal de
paz, y pidieron al jefe de aquel ejrcito que se pusiera  su frente, y
les ayudara  castigar al rey de Frisia, que por tanto tiempo habia
tenido  su Duque aherrojado en una prision. El pueblo habia sido
siempre enemigo de Cimosco y de todos sus secuaces; porque habia dado
muerte  su antiguo Seor, y ms aun porque era injusto, impo y rapaz.
Orlando se interpuso como amigo entre ambas partes, y consigui que
ajustaran las paces; unidos despues los dos ejrcitos, no dejaron un
solo frison con vida,  por lo menos, que no fuese hecho prisionero.

En seguida, para no entretenerse en buscar las llaves de los calabozos,
echaron abajo las puertas, y pusieron en libertad  Bireno, que con las
frases del mayor reconocimiento, di gracias  Orlando por la merced que
acababa de hacerle. De all se dirigieron juntos, y seguidos de muchos
guerreros, al bajel en que estaba esperando Olimpia: este era el nombre
de la dama  quien de derecho correspondia el dominio de aquella isla;
de la afligida doncella, acompaada hasta all por Orlando, la cual
nunca hubiera pensado que el paladin hiciera tanto en su obsequio; pues
se contentaba con alcanzar la libertad de su esposo  trueque de su
existencia. El pueblo al verla prorumpi en aclamaciones y la reverenci
hasta lo infinito.

Largo seria de referir las cariosas muestras de amor que mtuamente se
dieron Olimpia y Bireno; as como las repetidas acciones de gracias que
 Orlando prodigaron los dos. El pueblo repuso  la princesa en el trono
de sus padres, y le jur fidelidad. Olimpia confi el gobierno del
Estado y aun de si misma  Bireno,  quien la habia ligado Amor con
indisoluble lazo. Ocupando despues otros cuidados la atencion de Bireno,
dej  su primo por custodio de todas las fortalezas y dems dominios
de la isla, pues habia formado el proyecto de volver  Zelanda llevando
consigo  su fiel consorte. Pretendia adems probar de nuevo la suerte
de las armas contra los frisones, contando con una prenda que habia
caido en su poder, para l de gran valor: era esta la hija de Cimosco,
que habia quedado cautiva con un gran nmero de sus parciales, y  quien
queria dar por esposa  un hermano suyo, menor de edad.

El Senador romano se alej de aquel pas el mismo dia en que rompi las
cadenas de Bireno. Entre tantos despojos como habia conquistado, no
quiso quedarse con nada ms que con aquella arma que, segun he dicho, se
asemejaba al rayo en sus efectos. Su intencion, al escojerla para s, no
habia sido la de utilizarla en su defensa, pues siempre tuvo por
impropio de nimo varonil acometer cualquier empresa con ventaja: su
objeto fu el de arrojarla  un sitio desde donde jams pudiera ofender
 nadie, y  este fin, se llev consigo los polvos, las balas y todo
cuanto tenia relacion con aquella arma. En cuanto se hall en alta mar 
una distancia tal que por ninguna parte se divisaba el menor indicio de
las costas, la cogi y dijo:

--A fin de que ningun caballero pueda confiar en t para ser audaz
impunemente, y para que jams llegue  vanagloriarse el perverso de
haber triunfado del valor del bueno, queda aqu sepultada. Oh invencion
abominable y maldita, que fuiste fabricada en las profundidades del
averno por mano del mismo Belceb, dispuesto sin duda  esterminar el
mundo por medio de t; vuelve al seno de los infiernos de donde has
salido!

As diciendo, la arroj al abismo.

Hinchadas las velas por un viento favorable, impelieron su bajel en
demanda de la isla fatal. Tanto era el deseo que el Paladin tenia de
saber si se encontraba en ella la mujer  quien amaba ms que todo
cuanto existia en el mundo, y sin la cual le era odiosa la vida, que
tema tropezar con alguna nueva aventura si ponia el pi en Hibernia, y
tener que arrepentirse luego de no haber acudido ms presuroso. As es
que no hizo escala en Inglaterra, ni en Irlanda, ni en las opuestas
costas. Pero dejmosle encaminarse  donde le envia el ciego rapaz,
cuyas flechas le han atravesado el corazon: antes de proseguir su
historia, quiero volver  Holanda, adonde os invito  que me acompaeis;
pues no dudo que os desagradaria, como  m, que las bodas se celebraran
sin nosotros. Los preparativos de la fiesta eran esplndidos y
suntuosos; pero no tanto, segun decian, como los de la que se proponian
celebrar en Zelanda. No pretendo, sin embargo, que acudais  ella;
porque surgirn nuevos incidentes que la interrumpan, cuyos pormenores
sabreis en el canto siguiente, si es que quereis acudir  escucharlo.




CANTO X.

     Dominado Bireno por un nuevo amor, abandona  Olimpia durante la
     noche en una playa desierta.--Rugiero, despreciando  Alcina, pasa
     al santo reino de Logistila, quien le coloca de nuevo sobre el
     caballo alado.--Rugiero v durante su viaje las huestes de
     Reinaldo, y despues  Anglica atada  una roca,  la que logra
     salvar.


Entre todos cuantos amantes fieles han existido en el mundo, entre todos
aquellos que mayores pruebas de constancia hayan dado, tanto en el
infortunio como en la prosperidad, debo poner en primer lugar, ms bien
que en el segundo,  Olimpia, cuyo ejemplo de amorosa ternura, si no
excedi, tampoco fu excedido por ningun otro, antiguo ni moderno.
Tantas y tan ostensibles fueron las pruebas de amor que di  su Bireno,
que no es ya posible que mujer alguna ofrezca ms evidentes seguridades
 su amante, aun cuando le mostrara abierto el pecho y el corazon. Si la
fidelidad y la abnegacion merecen ser correspondidas, nadie mejor que
Olimpia se hizo digna de que Bireno la amara ms que  s mismo, y de
que no la abandonara nunca por otra mujer, aun cuando esta fuese la que
ocasion el gran conflicto entre Europa y Asia,  otra que reuniera en
s ms perfecciones: por el contrario, antes que entregarla al olvido
deberia consentir en perder la luz del Sol, los sentidos, la vida y la
fama, y todo cuanto sea ms preciado para el hombre.

S Bireno am  Olimpia tanto como ella  l; si fu tan firme en su
fidelidad como ella; si no le distrajeron otros pensamientos que los del
amor de Olimpia,  si pag con ingratitud tanto cario, y se mostr
cruel  tanta lealtad y ternura, eso es lo que voy  referiros, haciendo
que el asombro os obligue  enarcar las cejas y apretar los labios.
Cuando sepais la ingratitud con que correspondi  tanta bondad, no
existir una sola mujer de entre vosotras que preste oidos  las
palabras de su amante.

Los amantes,  fin de conseguir cuanto desean y sin reflexionar en que
Dios lo oye y lo v todo, no economizan promesas y juramentos, que al
poco tiempo se los lleva el aire,  mejor dicho, en cuanto logran
satisfacer la ardiente sed que les devora. Este ejemplo deber serviros
para no dar fcil crdito  los suspiros y  los ruegos que se os
dirijan. Dichosos aquellos, mis queridas amigas, que pueden
escarmentar en cabeza ajena! Guardaos sobre todo de esos adoradores de
semblante afeminado y juvenil, porque sus deseos nacen y se extinguen
rpidamente como fuego de paja.

As como el cazador que persigue  la liebre, arrostrando los ardores
del Sol  los rigores del frio, y pasando alternativamente del llano 
la montaa, la desprecia en cuanto la v muerta, y emprende de nuevo la
persecucion de cualquiera otra pieza que huye ante l, as tambien esos
jvenes, os aman y os reverencian con cuanta solicitud es de rigor en
quien galantea asiduamente, mientras os mostrais con ellos duras 
inflexibles; mas no bien logran alcanzar el premio de la victoria, se
apresuran  convertiros de seoras en esclavas, se alejan de vosotras y
dirigen  otro objeto su veleidoso amor.

No os aconsejo por esto que renuncieis al amor, en lo que harais mal;
sin ningun amante seriais como la vid que no tiene un palo  una planta
donde apoyarse. Lo que s os encargo es que huyais de la juventud
voluble  inconstante, y admitais los frutos maduros y agradables, pero
sin que tampoco lo sean demasiado.

Ya dije anteriormente, que entre los cautivos habian encontrado  una
hija del rey de Frisia, que Bireno destinaba para unirla  su hermano;
pero,  decir verdad, codicioso aquel de disfrutar sus gracias y
belleza, la guardaba para s como manjar muy delicado, creyendo que
seria una deferencia insensata quitrselo l de la boca, para cederlo 
otro. Aun no pasaba la jven de los catorce aos, y era bella y fresca
cual la rosa recien abierta y vivificada por los dulces rayos del Sol de
primavera. No fu amor lo que por ella sinti Bireno, sino una pasion
tan abrasadora, que su fuego solo podia compararse en rapidez y
vehemencia al que consume instantneamente la yesca,  al que, prendido
por mano traidora y envidiosa, devora las mieses. Como estas se abras
inmediatamente; como estas ardi hasta la mdula de sus huesos, apenas
vi  la afligida doncella vertiendo amargas lgrimas sobre el cadver
de su padre. Y as como el agua fria detiene en el acto la ebullicion de
la que est puesta al fuego, del mismo modo se extingui en l la llama
que le abrasaba por Olimpia, vencida por la que habia encendido en su
pecho la hija de Cimosco.

No tan solo estaba ya saciado de su antigua y fiel amante, sino que le
causaba tal aburrimiento, que su presencia le molestaba por estimularle
cada vez ms el deseo de poseer al nuevo objeto de su pasion, hasta el
punto de temer por su vida si llegaba  dilatarse la realizacion de sus
aspiraciones: sin embargo, procur refrenar su pasion mientras no
llegara el dia fijado para su objeto, y fingi no solo amar, sino adorar
 Olimpia, y apetecer nicamente cuanto ella deseaba. Si acariciaba  la
hija del rey de Frisia (y  pesar suyo no podia dejar de acariciarla ms
de lo regular), no eran mal interpretados sus halagos, antes bien se
atribuian  compasion y bondad; pues el acto de consolar al afligido,
agobiado por los reveses de la Fortuna, jams fu censurable, y s digno
de alabanza, sobre todo tratndose de una nia inocente.

Oh gran Dios! Cun  menudo se ven ofuscados los juicios humanos por
densas tinieblas! Las impas y profanas acciones de Bireno llegaron 
reputarse como santas y piadosas!

Por fin, empuaron los remos los marineros, y alejndose de aquellas
costas, dirigieron gozosos las naves hcia Zelanda al travs de
numerosos canales, llevando al Duque y su comitiva. Ya habian perdido
de vista las playas de Holanda, y dirigdose  la izquierda, hcia las
costas Escocia, para no tocar en las de Frisia, cuando se vieron
sorprendidos por un viento impetuoso, que durante tres dias les hizo
andar errantes por aquellos mares. Cerca del anochecer del tercer dia
llegaron  una isla inculta y desierta, y se refugiaron en una pequea
ensenada. Olimpia salt en tierra, acompaada del infiel Bireno, con
quien cen alegremente aquella noche, sin abrigar la menor sospecha:
levantse despues una tienda en un sitio agradable, y descansaron ambos
en ella, mientras que sus compaeros volvieron  bordo de los buques
para entregarse  su vez al reposo.

El cansancio que ocasiona la navegacion, y el temor que durante algunos
dias la habia mantenido en el insomnio; la satisfaccion de encontrarse
segura en aquella costa, ljos del rumor de los bosques, y sin que la
molestara ningun pensamiento ni cuidado alguno, puesto que estaba al
lado de su amante, fueron causa de que Olimpia se entregara  un sueo
tan profundo, cual no pueden tenerlo los osos  los lirones.

El falso amante,  quien tenian desvelado sus incuos pensamientos, as
que la vi dormida, levantse silenciosamente, hizo un lio de sus
vestidos, sin tomarse el tiempo necesario para ponrselos, sali de la
tienda, y cual si le hubiesen nacido alas, vol  donde estaban sus
compaeros,  quienes despert: orden en seguida que se desplegaran las
velas, y sin que se oyera una palabra, se hicieron  la mar, alejndose
de aquella playa.

Pronto la perdieron de vista, y con ella  la desdichada Olimpia, que
continu durmiendo hasta que la aurora esparci sobre la tierra el
fresco roco desde las doradas ruedas de su carro, y se oy  los
alciones lamentarse de su antiguo infortunio, revoloteando sobre las
aguas.[41] Medio dormida extendi la hermosa jven su brazo para abrazar
 Bireno, pero en vano:  nadie encontr; retirlo y lo extendi de
nuevo, siempre infructuosamente: busc con ambas manos, sin tropezar con
nada, y disipado por el temor su sueo, abri los ojos, mir y no vi 
nadie; y no pudiendo permanecer ms tiempo en el lecho, salt de l y
sali precipitadamente de la tienda. Corri hcia el mar, hirindose el
rostro; y convencida ya de su desgracia, messe los cabellos, se golpe
el pecho, recorri con sus miradas el espacio auxiliada por la luz de la
luna, por si podia distinguir algo que no fuera la playa; pero tan solo
la playa divis. Llam  voces  Bireno, y  este nombre respondieron
los antros, ms piadosos que l.

     [41] Alcione, era hija de Eolo y esposa de Ceix rey de Tesalia.
     Inconsolable por la prdida de su esposo, muerto durante una
     navegacion, se arroj al mar, y Jpiter la trasform, juntamente
     con aquel, en el pjaro de su nombre.

En un extremo de la playa elevbase un peasco, cuya base habian
socavado las olas con sus continuos embates, convirtindolo en una
especie de arco; dicho peasco estaba encorvado y pendiente sobre el
mar. Olimpia trep presurosa hasta la cima, merced al vigor que le
prestara su desesperacion, y vi huir  lo ljos las veleras naves de su
cruel seor. Las vi,  crey verlas; porque aun no habia bastante
claridad, y ante tan terrible espectculo, temblorosa y ms blanca y
yerta que la nieve, se dej caer sobre la roca. Luego que le fu posible
levantarse extendi sus manos en direccion de las naves fugitivas, y
llam diferentes veces con desgarradores gritos  su desalmado consorte.
Cuando su voz se debilitaba, la sustituia el llanto  las palmadas,
interrumpiendo sus seales con estas y parecidas exclamaciones:--Adonde
huyes, cruel, con tanta velocidad! Tu buque no lleva la carga que debe!
Haz que me lleve  m, pues poco le estorbar mi cuerpo, cuando conduce
mi alma!--Y continuaba haciendo seas con los brazos  con los vestidos
para que regresara el buque.

Los vientos, que se llevaban por alta mar los bajeles del ingrato jven,
llevbanse tambien las splicas, las quejas, el llanto y los gritos de
la infeliz Olimpia, que por tres veces distintas intent precipitarse en
las olas desde lo alto de la roca, hasta que al fin baj de ella, y
volvi  la tienda donde habia pasado la noche.

Tendida en el lecho, con el rostro vuelto hcia abajo, le decia entre
lgrimas:

--Anoche acojiste dos cuerpos. Por qu al despertar no ramos tambien
dos? Prfido Bireno! Ah! Maldito mil veces el dia en que fu
engendrada! Qu debo hacer? Qu va  ser de m, sola y abandonada?
Quin me prestar ayuda y consuelo?... No veo aqu persona alguna; no
distingo el menor vestigio que revele la presencia de un ser humano.
Tampoco descubro ningun bajel en que embarcarme y buscar mi
salvacion!...  Morir sin duda de hambre! No habr nadie que cierre mis
ojos, ni quin me d sepultura, como no la encuentre en el vientre de
las fieras que vagan por esas selvas. Ya creo ver salir de esos bosques
los osos, los leones, los tigres y dems animales feroces,  quienes la
naturaleza ha provisto de colmillos agudos y aceradas garras para
destrozar  sus vctimas! Pero qu fiera habr tan cruel que me d una
muerte peor que la que t me destinas, feroz Bireno? A ellas les
pareceria bastante una sola, mientras que t me haces sufrir mil
muertes. Aun suponiendo que algun navegante arribe  estas playas y me
reciba por compasion  bordo de su buque, salvndome de los osos, los
lobos y leones, del hambre, y de otros gneros de muerte  cual ms
horribles, podr por ventura conducirme  Holanda, cuyos puertos y
fortalezas estn custodiados por t? Me llevar  mi pas natal, cuando
te has apoderado de l por medio de la traicion? T me has arrebatado
mis dominios, bajo falaces apariencias de amor y alianza, y para
usurparlos mejor, te apresuraste  ponerlos bajo la vigilancia de tus
soldados. Volver  Flandes, donde vend los restos de mi fortuna, los
nicos medios de existencia con que contaba, para socorrerte y sacarte
de tu prision? Desdichada de m! A donde me encaminar? Lo ignoro.
Debo acaso ir  Frisia, en cuyo trono pude sentarme, si no lo hubiera
despreciado por t, lo cual ha sido causa de que pierda mi padre, mis
hermanos, y todo cuanto me era querido en el mundo? No quisiera echarte
en cara, ingrato, todo cuanto he hecho por t, ni creo necesario
recordrtelo, pues tan bien como yo lo sabes: sin embargo, h aqu la
recompensa que te he merecido!.. Oh! Dios mio! No permitas que caiga
en poder de algun corsario que me venda luego como esclava! Antes de que
tal suceda, venga un lobo, un oso, un leon, un tigre  cualquier otra
fiera, que con sus garras me destroce, me devore con sus dientes, y
muerta me conduzca arrastrando  su caverna.

Y as diciendo, arrancbase Olimpia sus hermosos cabellos de oro. Corri
de nuevo hcia la playa, volvi de un lado  otro la cabeza repetidas
veces, ondeando su cabellera  merced del viento: parecia fuera de s, y
como si se hubiese apoderado de su cuerpo, no uno, sino una docena de
espritus malignos, semejante  veces en su desesperacion  Hcuba al
contemplar el cadver de Polidoro. Detvose por ltimo sobre una roca
mirando fijamente al mar, tan inmvil que parecia una esttua de
piedra.

Pero dejmosla lamentarse hasta que volvamos  ocuparnos de ella, y
tratemos de Rugiero que continuaba cabalgando por la playa, rendido y
abrumado por el intenso calor del mediodia. El Sol heria con sus rayos
aquellas lomas, que refractaban vivamente su ardor: hervia la arena
blanca y fina de aquella costa, y  las armas del guerrero les faltaba
poco para caldearse completamente. Mientras que la sed y las molestias
del camino por la playa arenosa y solitaria le hacian desagradable y
enojosa compaa, lleg  una torre antigua, edificada  la orilla del
mar, donde estaban tres damas de la corte de Alcina,  quienes conoci
por sus vestidos y ademanes. Tendidas sobre tapices de Alejandra,
disfrutaban  la sombra de un delicioso fresco, rodeadas de vinos
exquisitos y de toda clase de dulces y manjares delicados. Cerca de la
playa y mecida por las olas, tenian dispuesta una barquilla, esperando
que hinchase la vela alguna brisa, de la que entonces no se sentia el
ms ligero soplo.

Apenas vieron  Rugiero caminando trabajosamente por la movediza arena,
atento solo  su viaje, con la sed retratada en los labios y lleno de
sudor el abatido semblante, le llamaron dicindole que interrumpiera por
un momento su marcha, y no se negara  restaurar sus fuerzas
quebrantadas, disfrutando por algun tiempo aquella grata sombra. Una de
ellas se acerc al caballo para tener el estribo; otra di mayor pbulo
 su sed, presentndole una copa de cristal llena de vino espumoso; pero
Rugiero no quiso aceptar nada, conociendo que el menor retraso en su
marcha daria  Alcina tiempo de alcanzarle, cuando la encantadora iba en
pos de l, y estaba ya muy cerca. No se inflaman con tanta rapidez el
salitre y el azufre ms puro al contacto del fuego, ni es tan grande la

     [Ilustracin: Una de ellas se acerc al caballo para tener el
     estribo.

     (Canto X.)]

furia del mar cuando se v impelido por un negro turbion descendido del
cielo, como la tercera de aquellas damas ardi en ira y furor, al ver
que Rugiero seguia impvido su camino sin hacer ningun caso de ellas 
pesar de su belleza.

--T no eres corts ni caballero, exclam con desaforados gritos; esas
armas que llevas las has robado, y probablemente habrs adquirido del
mismo modo ese caballo: tan verdad es lo que digo, como que deberias ser
castigado con una muerte infame, descuartizado, quemado vivo  empalado,
por villano, ladron, orgulloso  ingrato.

Otras muchas injurias y denuestos le prodig la arrogante dama,  pesar
de que Rugiero no se dign contestarle, por estar persuadido de que no
podia reportarle ninguna utilidad semejante disputa. Embarcse la jven
con sus hermanas en la barquilla que estaba dispuesta para su servicio,
y  fuerza de remo siguieron al paladin, que continuaba costeando la
playa.

En tanto que las tres doncellas dirigian  Rugiero desde la barca todo
gnero de amenazas, maldiciones  injurias, y cuantas frases insultantes
pudieran excitar su clera, lleg el guerrero al estrecho por donde se
pasaba  los estados de la ms benigna hada; y vi  un barquero
anciano, que al divisarle desat su barca de la orilla opuesta, como si
estuviera ya avisado y preparado de antemano, esperando la llegada de
Rugiero. El barquero se dirigi  l, manifestando su alegra por
transportarle  mejores playas: si el rostro es el espejo del corazon,
aquel anciano reunia  una gran benignidad una discrecion no menor.

Salt Rugiero en la barca, dando  Dios fervientes gracias por haberle
salvado, y empez  surcar las aguas departiendo amigablemente con aquel
marinero prudente y dotado de singular experiencia. Daba este mil
plcemes al guerrero por haber sabido sustraerse tan  tiempo al poder
de Alcina, antes de que le hubiera hecho apurar, como  tantos otros, la
copa de sus filtros encantados, as como tambien aprobaba su
determinacion de refugiarse en el pas de Logistila, donde seria testigo
de las costumbres ms santas, donde admiraria la belleza eterna y la
gracia infinita que nutren y alimentan el corazon sin producir jams la
saciedad.

--La presencia de Logistila, continuaba diciendo el anciano, difundir
de pronto en tu alma el mayor asombro y reverencia; y conforme vayas
acostumbrndote poco  poco  su elevado trato y modesto continente,
tendrs en poca estima cualquier otro bien que para t exista en la
Tierra. Su amor es diametralmente opuesto  todos los dems: mientras
que los otros tienen oprimido continuamente el corazon entre el temor y
la esperanza, el suyo inspira un solo deseo, el de contemplarla, con lo
cual quedan todos satisfechos por completo. Ella te proporcionar goces
ms gratos que los que ofrecen las msicas, las danzas, los perfumes,
los baos y los manjares: sus pensamientos, que parten de una base ms
perfecta, tienen ms elevacion que la que alcanzan los milanos al
remontarse por los aires: ella te ensear, por ltimo, cmo puede
llegar  participar un ser mortal de la gloria de los bienaventurados.

As iba diciendo el barquero, mientras bogaba hcia la orilla opuesta,
bastante apartada todavia, cuando descubri en alta mar un gran nmero
de bajeles que iban en su demanda: en ellos venia la ofendida Alcina con
todos los guerreros que habia logrado reunir, decidida  perder la
existencia y sus estados,   rescatar el objeto de su pasion: tan
extrema determinacion se la habia inspirado Amor, no menos que el dolor
causado por la injuria recibida. Jams habia sentido, por nada ni por
nadie, tan vivos deseos de vengarse como entonces: as es que corriendo
presurosa tras su venganza, hacia que los remos golpeasen las aguas con
tal fuerza y rapidez que la espuma salpicaba ambas orillas: el estrpito
que producian retumbaba en el mar y en las costas, llenando adems con
sus ecos el espacio.

--Descubre el escudo, Rugiero, exclam el anciano: descbrelo
inmediatamente: es indispensable; de lo contrario, sers muerto 
aprisionado con vergenza tuya.

Y no contento con esta advertencia, cogi por s mismo el escudo, y
levantando la tela que lo cubria, dej escapar aquella luz
deslumbradora. El encantado resplandor que hiri vivamente los ojos de
sus adversarios, les ofendi de tal modo que quedaron como ciegos,
cayendo sin conocimientos unos por la popa, y otros por la proa.

Un viga colocado sobre una roca de los dominios de Logistila, al
divisar la escuadra de su enemiga, di por medio de una campana la seal
de alarma: no tard en acudir presuroso el ejrcito de aquella hada, y 
los pocos momentos se oy semejante al de la tempestad el estruendo de
la artilleria, que disparaba contra los perseguidores de Rugiero, el
cual socorrido por todas partes, consigui poner en salvo su libertad y
su vida.

En esto llegaron  la playa cuatro damas, enviadas apresuradamente por
Logistila: la valerosa Andrnica, la prudente Fronesia, la honestsima
Dicila, y la casta Sofrosina, que di entonces mayores muestras de
solicitud que sus compaeras.

Inmediatamente despues empez  salir del castillo el ejrcito de la
virtuosa hada, que no tenia rival en el mundo, y embarcndose en una
flota, compuesta de un crecido nmero de grandes bajeles, anclados en
una ensenada tranquila que formaba la playa al pi de la fortaleza, y
dispuestos dia y noche  combatir al primer aviso,  la primera
campanada, se extendi por el mar en forma de batalla.

Terrible fu el combate que se sigui as por mar como por tierra;
terrible y fatal para Alcina que perdi en aquel dia los estados
usurpados  su hermana. Cuntas batallas han tenido un resultado
totalmente distinto del que se esperaba antes de trabarlas! Esto fu lo
que le sucedi  Alcina; pues no solo no consigui apoderarse nuevamente
de su amante, segun se prometia, sino que de todos sus bajeles, tan
numerosos que apenas cabian en el mar, solo pudo salvar de las llamas
una dbil barquilla, en la cual huy triste y desesperada.

Con la fuga de Alcina acab de consumarse la total destruccion de la
armada, y sus soldados cayeron muertos en la pelea  fueron reducidos 
prision; pero este cruel revs no afligia tanto  la maga como la
prdida de su Rugiero, por quien suspiraba dia y noche amargamente,
derramando copiosas lgrimas. En su desesperacion se lamentaba con
frecuencia de no poder darse la muerte; porque una hada no puede morir
mientras el Sol siga su curso natural y no varien las revoluciones del
cielo y de los astros. Si as no fuese, el dolor de Alcina era bastante
 conmover  Cloto[42] para que cortara el hilo de sus dias, y hubiera
puesto trmino  su suplicio valindose del acero, como Dido[43],  cual
la soberbia reina del Nilo[44], eligiendo un veneno mortal para
arrancarse la existencia, pero desgraciadamente las hadas no siempre
pueden morir.

     [42] Cloto, una de las tres Parcas, hijas de la Noche. Era la que
     tenia la rueca  hilaba el destino de los humanos.

     [43] Princesa de Tiro y reina de Cartago despues. Para sustraerse 
     las persecuciones de Iarbas, rey de Mauritania, se arroj  una
     hoguera y en ella se di una pualada.

     [44] Cleopatra, reina de Egipto, hizo que un spid le mordiera un
     brazo, cuyo veneno le caus la muerte,  fin de no caer en poder
     del emperador Octavio vencedor de su amante Marco Antonio.

Mas volvamos  Rugiero, digno de eterna gloria, y dejemos  Alcina
entregada  su afliccion.

Luego que el paladin, saltando  tierra, consigui fijar la planta en
aquel pas seguro y hospitalario, di fervorosas gracias  Dios por no
haberle desamparado en la realizacion de su intento, y volviendo al mar
la espalda, se encamin rpidamente hcia la roca donde se asentaba el
castillo de Logistila. Jams vieron ojos mortales otra fortaleza tan
suntuosa ni tan bien defendida. Sus murallas eran de una piedra mucho
ms preciosa que el diamante  el rub; de una piedra completamente
desconocida entre nosotros; para formarse idea de ella seria preciso ir
 verla hasta aquel pas; pues no creo que se encuentre otra semejante
en parte alguna, como no sea en el Cielo. Lo que la hace mucho ms
notable y de ms valor que cualquiera otra piedra preciosa, es que al
contemplarse en ella, el hombre v retratado lo que pasa hasta en el
fondo de su corazon: contempla sus vicios y sus virtudes tan claras y
patentes, que no vuelve jams  hacer caso de la adulacion ni de las
censuras inmerecidas: mirndose en aquel brillante espejo, aprende el
hombre  conocerse  s mismo y adquiere una exquisita prudencia. El
resplandor que aquellas piedras despedian, comparable solo al del Sol,
alumbraba de tal modo con sus fulgurantes destellos, que quien poseyera
una sola, podria, siempre que le viniera en mientes, convertir la noche
en dia,  pesar del mismo Febo. No solo las murallas eran dignas de
admiracion: el arte y la materia de que se compone aquel castillo
compiten hasta tal punto, que seria difcil juzgar  cual de ambos debia
darse la preferencia.

Sobre arcos tan elevados que no parecia sino que sostuvieran los mismos
cielos, se ostentaban tan extensos y bellsimos jardines, que hubiera
sido difcil formarlos semejantes en la llanura. Por entre las luminosas
almenas asomaban sus verdes ramas mil arbustos odorferos, cargados,
tanto en verano como en invierno, de pintadas flores y frutas sazonadas.
Solamente en aquellos jardines crecen rboles tan fecundos, y solo en
ellos se ven rosas, violetas, lirios, amarantos  jazmines tan
magnficos. En otras partes las flores suelen nacer, vivir,  inclinar
su corola marchita en un mismo dia, dejando hurfano de hojas su tallo 
la menor variacion atmosfrica; pero all era perptua la belleza de las
flores: no porque la benigna naturaleza les conceda una temperatura 
propsito, sino porque Logistila, con su cuidado y sus talentos, las
hacia vivir en una primavera eterna, sin el auxilio de ninguna cosa
sobrenatural, lo cual parecia  todos increible.

Logistila se mostr muy complacida de la llegada  sus dominios de un
caballero tan gentil, y dispuso que fuera muy agasajado, y que todos se
esmeraran en honrarle y obsequiarle. Rugiero vi con satisfaccion 
Astolfo que hacia bastante tiempo se encontraba all; y en pocos dias
fueron llegando sucesivamente todos los caballeros  quienes Melisa
habia devuelto su primitiva forma.

Despues de haber descansado algunos dias, se acerc Rugiero  la
prudente Hada con el duque Astolfo, que anhelaba tanto como aquel
guerrero regresar  Occidente. Melisa tom la palabra por ambos, y
suplic humildemente  la Hada, que con sus consejos, favor y auxilio,
lograsen volver al pas de que procedian. Logistila contest que
pensaria en ello, y que dentro de dos dias les concederia lo que
deseaban. Reflexion despues en los medios de que se valdria para
auxiliar  Rugiero y al Duque, y resolvi que el caballo alado fuese el
primero en regresar  las costas de Aquitania; pero antes quiso que se
le hiciera un freno  propsito para dirigirle. Ense  Rugiero de qu
modo ha de valerse para hacerle subir  bajar, segun su deseo, y cmo ha
de manejar las riendas para que vuele describiendo crculos, para que
hienda los aires en lnea recta  para que permanezca fijo sostenido en
las alas. A los pocos ensayos, logr el paladin dominar por completo 
su corcel, guindole por los aires con la misma facilidad y destreza con
que solia cabalgar en su anterior caballo por el terreno llano.

Cuando Rugiero lo tuvo todo dispuesto para el viaje, se despidi de la
Hada benfica, y sali de sus estados llevando grabado en su corazon el
permanente y carioso recuerdo de sus bondades.

Continuar hablando de Rugiero que emprendi su marcha en ocasion muy
oportuna, y despues referir cmo el guerrero ingls consigui reunirse
 Carlomagno y sus aliados tras un viaje mucho ms largo y penoso.

Al partir Rugiero, no sigui el mismo camino por donde  pesar suyo le
habia conducido el Hipogrifo, siempre por encima de los mares y sin ver
apenas la tierra: en disposicion ahora de dirigirle  su albedro, quiso
regresar  su pas por distinta via, como los reyes Magos hicieron al
volver al suyo por no encontrarse con Herodes. Al ir hcia aquella isla
donde estaban las dos hadas en contnua guerra, habia atravesado la
Espaa, y fu  parar  la India Oriental directamente cruzando los
mares. A la vuelta quiso ver otras regiones distintas de aquellas en
donde Eolo impele  los vientos, y terminar el crculo empezado, para
dar, lo mismo que el Sol, la vuelta al mundo entero.

Ofrecironse  su vista el Catay, y Mangiana sobre el gran Quinsa:
pas volando sobre el monte Imas; dej  la izquierda la Sericania, y
declinando siempre desde la Escitia hiperbrea hasta las costas de
Hircania, lleg al pas de los Srmatas; y cuando se encontr en los
confines de Europa y Asia, vi la Rusia, la Prusia y la Pomerania.

Aunque el nico deseo de Rugiero fuese el de ver cuanto antes  su
querida Bradamante, no pudo, sin embargo, privarse del placer que le
causaba ir dando la vuelta al mundo, y sigui visitando las comarcas de
Polonia, Hungria, Germania y todas las dems de aquella triste tierra
boreal hasta que por fin lleg  Inglaterra, ltimo confin, por aquella
parte, del mundo conocido. No vayais  figuraros, Seor, que durante
este largo trayecto estuviera siempre volando: cada noche procuraba
encontrar un albergue buscando una posada donde descansar cmodamente.
Invirti muchos dias y aun meses en su viaje, por lo mismo que se
complacia en visitar nuevas tierras y nuevos mares, hasta, que llegando
 Lndres una maana, oblig  su palafren  descender  la orilla del
Tmesis.

En las praderas que rodeaban aquella ciudad vi una inmensa multitud de
infantes y ginetes armados, que desfilaban en apiados escuadrones, y al
toque de cornetas y atabales, por delante del buen Reinaldo, honor y
prez de los paladines; el cual, si recordais lo que de l he referido,
habia pasado  aquellos reinos por mandato de Carlomagno en demanda de
auxilios de toda clase.

Rugiero lleg precisamente en el momento en que se pasaba revista  tan
lucido ejrcito, y desmontando del Hipogrifo, pregunt la causa de aquel
aparato militar  un caballero, que se apresur con gran cortesa 
satisfacer su curiosidad, dicindole que las tropas agrupadas all bajo
tantas y tan distintas banderas procedian de Escocia, Irlanda,
Inglaterra y dems islas adyacentes; y que en cuanto terminase aquella
revista, se dirigirian hcia la costa, donde los esperaban ya los buques
que debian surcar el Ocano, para acudir en socorro de los franceses,
reducidos al ltimo extremo, y que solo de ellos esperaban su salvacion.

--Pero  fin de que quedes bien enterado, voy  designarte uno por uno
todos esos escuadrones.

Ves aquella gran bandera en que estn unidas las flores de ls  los
leopardos? Pues es la ensea del jefe de todas esas tropas reunidas, en
pos de la cual han de seguir los dems estandartes. El nombre de dicho
jefe, famoso en estos paises, es el de Leonelo, flor y nata de los
guerreros, maestro en el arte de la guerra, sobrino del Rey y duque de
Lancaster.

La bandera que sigue inmediatamente al estandarte real, aquella que
hace el viento ondear hcia el monte y ostenta tres alas blancas en
campo verde, es la de Ricardo, conde de Warwick. Del duque de Glocester
es aquella otra que tiene dos astas de ciervo sobre medio crneo. El
duque de Clarence lleva por blason una antorcha: el de York un rbol.
Mira all un estandarte que por divisa tiene una lanza rota en tres
pedazos; es la del duque de Norfolk: el rayo es la del buen conde de
Kent, como aquel grifo lo es del conde de Pembroke: el duque de Sufolk
lleva por ensea una balanza: aquellas dos serpientes unidas por un yugo
son la del conde de Essex, y la guirlanda en campo azul la del de
Northumberland. El conde de Arundel lleva en su estandarte una pequea
embarcacion sumergindose en el mar; y aquellos tres son los del marqus
de Barclay, del conde de la Mark y del de Richmond; el primero lleva un
monte hendido en campo blanco; el segundo una palma, y el tercero un
pino baado por las olas. Las banderas de los condes de Dorset y de
Southampton tienen, la de aquel un carro y la de este una corona.

Raimundo, conde de Devonshire, ostenta en su estandarte aquel milano
que protege el nido con sus alas; la bandera amarilla y negra es del
conde de Vigorre; la del conde de Derby tiene por blason un perro; la
del de Oxford un oso; el rico prelado de Bath sostiene una cruz
deslumbradora, y el duque Arimon de Sommerset ostenta en su estandarte
una silla rota sobre fondo oscuro.

Ascienden  cuarenta y dos mil los hombres de armas y los arqueros 
caballo; los soldados de  pi alcanzarn de seguro  doble nmero.

Repara en aquellas banderas; una gris, otra verde, otra amarilla y otra
negra listada de azul: son las de Godofredo, Enrique, German y Odoardo,
capitanes de otras tantas mesnadas: el primero es duque de Buckingham;
conde de Salisbury el segundo; el tercero seor de Burgenia, y Odoardo,
conde de Croisbury. Todas esas tropas, que estn formadas hcia Levante,
son las de Inglaterra. Vulvete ahora hcia Occidente, y fjate en
aquellos treinta mil escoceses, que vienen  las rdenes de Zerbino,
hijo de su rey.

H all el estandarte real del rey de Escocia, que ostenta un leon
armado con una espada de plata, teniendo un unicornio  cada lado: junto
 l acampa el prncipe Zerbino, que es el ms valiente y gallardo de
cuantos le rodean: la naturaleza se esmer en hacerle perfecto, y rompi
luego el molde, para que aquel guerrero fuera sin par. No existe quien
reuna tanta virtud, tanta gracia, ni tal valor como el prncipe de
Escocia, que tiene adems el ttulo de duque de Ross.

El conde de Athol lleva una barra de oro en su estandarte: la otra
bandera es del duque de Marr, que tiene por blason un leopardo: aquella
que est engalanada de varios colores y de numerosas avecillas es la del
gallardo Alcabrun, que  pesar de ser el primer magnate de su selvtico
pas, no tiene el ttulo de duque, ni de conde, ni de marqus siquiera.
Aquella bandera en que se v un guila mirando fijamente al Sol es del
duque de Stratford: el conde Lurcano, seor de Angus, tiene por blason
un toro entre dos perros de presa; el duque de Albania ostenta en el
suyo los colores azul y blanco, y el conde de Buckan un buitre
destrozado por un dragon verde.

Aquella bandera negra y blanca es del fuerte Arman, seor de Forbess; y
la que est  su izquierda con una antorcha en campo verde es del conde
de Erelia. Contempla ahora  los guerreros de Hibernia cerca de la
llanura: forman dos escuadrones, mandado el primero por el conde de
Kildare y el otro compuesto de aguerridos montaeses, por el de Desmond.
La ensea del primero tiene un pino inflamado; la del segundo, una banda
roja en campo blanco.

No socorren  Carlomagno nicamente la Inglaterra, la Escocia y la
Irlanda, sino que se apresuran  enviar sus guerreros con este objeto
Suecia, Noruega, la isla de Thul[45] y hasta la remota Islandia, y
finalmente todas las naciones septentrionales, enemigas naturales de la
paz. Diez y seis mil guerreros,  pocos menos, salidos de sus cavernas 
de sus selvas, con el rostro, el pecho, la espalda, los brazos y las
piernas cubiertas de vello como las fieras, rodean aquella bandera
enteramente blanca, formando en su derredor un bosque de lanzas. Morat,
su jefe, es el que la lleva, dispuesto  empaparla en sangre mora.

     [45] Isla que los antiguos tenian por la ms septentrional
     conocida, y que hoy se cree fuera el grupo de las Faroes.

Mientras Rugiero estaba entretenido en contemplar las variadas enseas
de aquel lucido ejrcito, que se disponia  acudir en socorro de
Francia, y preguntaba los nombres de los seores bretones, hablando con
su interlocutor acerca de lo que presenciaba, fueron aproximndose
varios curiosos  contemplar estupefactos su extrao y maravilloso
corcel, nico en el mundo, y en breve formaron en torno suyo un apiado
grupo. Para aumentar su sorpresa y admiracion, y  fin de reirse de su
asombro, mont Rugiero en el Hipogrifo, le afloj las riendas, y
tocndole lijeramente con las puntas de los acicates, le hizo remontarse
velozmente por los aires, dejando  los circunstantes atnitos y mudos
de estupor.

Desde all, y despues de atravesar la Inglaterra de un extremo  otro,
dirigise Rugiero  Irlanda,  aquella Hibernia fabulosa, donde
construy un santo anciano la cueva, dotada de tan singular virtud que
el hombre queda en ella purificado de sus peores faltas[46]. Despues
encamin su volador corcel  la Bretaa menor, y al pasar sobre el mar
mir hcia abajo, y vi Anglica atada  una de las peas de la isla del
Llanto, que as se llamaba aquella isla habitada por una gente tan
feroz, cruel  inhumana, que, segun he dicho en otro canto, iba
continuamente merodeando por diferentes costas,  fin de apoderarse de
las mujeres ms hermosas, para convertirlas despues en nefando alimento
de un mnstruo marino.

     [46] Caverna conocida con el nombre de _Purgatorio de San
     Patricio_, construida en un monasterio de Ultonia, y en la que se
     hallan representadas las penas del Infierno. La tradicion y la f
     de los irlandeses le atribuyen la propiedad de redimir los pecados
      los que la visitan.

Anglica habia sido encadenada aquella misma maana en la playa donde
solia acudir la desmesurada orca marina que se alimentaba de tan
aborrecible manjar. Ya he dicho antes cmo fu aprisionada por los que
la encontraron dormida al lado del viejo encantador, que valindose de
sus artes mgicas, la habia atraido al sitio que se propusiera: los
feroces ebudios no tuvieron reparo en exponerla en la costa, como cebo
de la fiera, completamente desnuda, y tal cual la habia formado la
naturaleza, y sin tener siquiera un velo con que ocultar las blancas
azucenas y las encendidas rosas esparcidas por sus delicados miembros,
que no podian marchitar los calores del verano ni los hielos del
invierno.

Rugiero habria podido creer que era una esttua hecha de alabastro  de
reluciente mrmol, y colocada en aquel peasco por un capricho artstico
de algun inspirado escultor, si no hubiese visto claramente cmo rodaban
las lgrimas por las frescas y sonrosadas mejillas, hasta rociar con
ellas los torneados pechos, y cmo ondeaba  merced del viento la dorada
cabellera. Al fijar sus ojos en los bellos ojos de Anglica, acordse
Rugiero de su Bradamante; el amor y la compasion agitaron  un tiempo su
pecho de tal modo, que  duras penas pudo contener el llanto, y
moderando el vuelo de su corcel, acercse  la jven y le dijo
dulcemente:

--Oh hermosa doncella, digna tan solo de la cadena con que Amor
esclaviza  los amantes,  inmerecedora de la triste suerte  que te veo
reducida! Quin ha sido el hombre despiadado, que lleno de cruel
envidia, ha podido imprimir la huella de tan atroces ligaduras en el
terso marfil de esas lindas manos?

Al oir tales palabras, sinti la jven que encendia su rostro el calor
de la vergenza, viendo que estaban expuestas  las miradas de todos
aquellas partes de su cuerpo que, aunque reunan todas las perfecciones,
no puede menos de ocultarlas el pudor. Hubirase cubierto el rostro con
las manos, si no las hubiese tenido atadas  la roca; pero lo cubri con
su llanto, nica cosa que no le habian podido arrebatar, y procur
tenerlo inclinado. Conteniendo los sollozos, empez  contestar 
Rugiero con voz dbil y fatigosa; mas no pudo seguir adelante, porque
expir la palabra en sus labios al oir un gran rumor que del mar
procedia.

Apareci en seguida el desmesurado mnstruo, medio sumergido en las
olas, y as como el bajel impelido por los vientos acude velozmente 
refugiarse en el puerto, con igual rapidez se dirigi la horrible fiera
 apoderarse del cebo que se le tenia dispuesto; la distancia que le
separaba de Anglica era muy corta, y la jven, medio muerta de espanto,
no tenia ya esperanza alguna de salvacion, cuando Rugiero, que llevaba
empuada la lanza, se adelant empezando  descargar furiosos golpes con
ella sobre la orca.

No puedo comparar  aquel enorme cetceo sino con una gran masa que gire
en todas direcciones; pues lo nico que tenia de animal era la cabeza,
con sus ojos y sus colmillos de fuera, semejantes  los de un jabal.
Rugiero procuraba herirle de frente, entre los ojos; pero embotbanse
los golpes de su lanza, como si los hubiera dirigido contra el hierro 
la piedra. Al ver que fu vana la primera acometida, retrocedi  fin de
tomar ms impulso para la segunda; y la orca, que observ la sombra de
las grandes alas del hipogrifo corriendo sobre las ondas, abandon la
presa segura que tenia en la orilla por correr furibunda tras la dudosa,
volvindose y revolvindose contra aquel fantasma, mientras que Rugiero
procuraba caer sobre ella descargndole nuevos golpes.

As como suele descender desde la region de los aires el guila, que,
atraida por la serpiente que ha visto deslizarse entre la yerba, 
tenderse al Sol sobre una pelada roca, para limpiar y alisar sus doradas
escamas, no la acomete de frente  fin de evitar su ponzoosa mordedura,
sino que la ataca por la espalda, agitando las alas con objeto de
impedir que el reptil se vuelva y la ataque  su vez, del mismo modo
acometi Rugiero  la orca con espada y lanza dirigiendo sus golpes, no
al sitio donde podian servirle de defensa sus terribles colmillos, sino
entre las orejas, sobre la espalda  hcia la cola. Si la fiera se
volvia, cambiaba l de direccion, y tan pronto descendia como volvia 
elevarse; pero se fatigaba en vano, porque no conseguia atravesar
aquella piel ms dura que la roca.

Podia compararse aquel combate  los ataques que contra el mastin dirige
la mosca atrevida durante el polvoroso Agosto,  en los meses anterior y
siguiente, aquel lleno de espigas y este de mosto: pcale en los ojos, y
en el hocico; da mil vueltas en torno suyo y no se separa un momento de
l, mientras que el perro da continuos mordiscos al aire, hasta que
alcanzando uno  su enemiga basta para hacerle pagar cara su audacia.

La orca golpeaba con tal violencia las olas que hacia saltar el agua
hasta el cielo; as es que el paladin no sabia si estaba batindose en
el aire,  si su corcel se habia metido en el mar. Ms de una vez dese
encontrarse en la playa; porque de durar mucho aquella lucha, temia que
de nada le sirvieran las alas mojadas del Hipogrifo, encontrndose por
consiguiente sin auxilio y sin poder valerse de la ms insignificante
barquilla. Ofrecise entonces  su imaginacion un nuevo y ms seguro
medio de vencer con otras armas  la horrenda fiera, deslumbrndola con
el resplandor del escudo encantado. Vol hcia la orilla, y para no
comprometer el xito, se dirigi  la jven que continuaba atada  la
roca, y le coloc en el dedo el anillo que destruia todos los encantos;
aquel anillo que Bradamante habia arrebatado  Brunel para salvar 
Rugiero, y que le habia enviado  la India por conducto de Melisa para
arrancarle del poder de la prfida Alcina. Melisa, como he dicho antes,
hizo uso de aquel talisman en favor de muchos, y despues se lo devolvi
 Rugiero, que no volvi  desprenderse de l.

En aquella ocasion se lo confi  Anglica por temor de que privara al
escudo de su esplendoroso fulgor, y para que al mismo tiempo sirviera de
defensa  aquellos bellos ojos, que ya le habian aprisionado en sus
redes. El enorme cetceo se acercaba en tanto  la orilla, oprimiendo
con su cuerpo un inmenso espacio de mar. Preparse Rugiero, y cuando le
vi cerca, levant el velo, uniendo un nuevo Sol al que ya brillaba en
el cielo. La encantada luz, dando de lleno en los ojos de la fiera,
produjo el efecto acostumbrado. Como la carpa  la trucha flotan por el
rio cuyas aguas ha emponzoado con cal el pescador, as se vi flotar el
mnstruo con el vientre hcia arriba  merced de las olas. Rugiero
procur entonces herirle por todas partes, pero no pudo conseguir su
intento.

Anglica empez  rogarle que cesara en sus intiles esfuerzos,
dicindole entre copioso llanto:

--Vuelve, por Dios, Seor: destame antes que la orca vuelva en s;
llvame contigo, y sumrgeme en lo profundo del mar antes que dejarme de
nuevo expuesta  la voracidad de ese mnstruo.

Rugiero, conmovido por estas splicas, desat  la jven y la apart de
la orilla. Prepar su corcel, que afirmando las patas en la arena, tom
impulso, se lanz por los aires y atraves velozmente el espacio,
llevando sobre sus lomos al caballero y  la jven. As se vi privada
la orca de un manjar harto suave y delicado para ella. Durante aquel
viaje areo, volvase Rugiero con frecuencia y cubria de besos el pecho
y los vivaces ojos de su compaera.

El paladin abandon el propsito que tuvo al principio dar la vuelta 
Espaa,  hizo que su corcel descendiera en la costa cercana, donde
forma un prolongado cabo la Bretaa menor.

Habia en aquella costa un bosque de pobladas encinas, en el cual
anidaban multitud de ruiseores: en el centro se descubria un pequeo
prado con una fuente en medio, y  uno y otro lado se elevaban colinas
solitarias. All fu donde el ardoroso caballero detuvo su atrevida
marcha y baj  la pradera, haciendo que su corcel plegara las alas.
Apenas apeado del caballo, se prepar  dar asaltos ms dulces; pero le
incomodaba el arns, y tuvo que quitrselo por ser un obstculo para sus
deseos. En su precipitacion, no acertada  despojarse de las armas:
mientras procuraba desatar un nudo, sin saber cmo hacia dos. Jams le
habia costado tanto trabajo quitarse la armadura! Pero este canto se va
alargando demasiado, y quiz, Seor, esteis ya cansado de escucharme.
Aplazar, pues, la conclusion de esta historia para ocasion ms
oportuna.




CANTO XI.

     Anglica huye de Rugiero, valindose del anillo misterioso que
     aquel le habia confiado.--Rugiero presencia despues la lucha de un
     gigante con Bradamante,  quien se lleva aquel, perseguido por
     Rugiero.--Orlando llega  la isla de Ebuda, d muerte al mnstruo
     marino y salva  Olimpia, que se casa despues con Oberto, rey de
     Irlanda.


Sucede muchas veces que un dbil freno es bastante para detener en su
veloz carrera al corcel ms brioso; pero es en cambio muy raro que el
freno de la razon logre contener los mpetus de la lujuria, cuando el
inmediato goce la incita; del mismo modo que el oso no se aparta
fcilmente de una colmena, como haya llegado  olfatear la miel  haya
probado una sola gota de ella.

Qu razon podria, pues, contener al buen Rugiero para apartarle del
intento de gozar de la hermosura de Anglica,  quien tenia en su poder,
completamente desnuda en un bosque tranquilo y solitario? Habase
olvidado enteramente de su Bradamante, cuya imgen solia estar siempre
fija en su memoria;  si acaso conservaba algun ligero recuerdo de ella,
no impedia que se tuviera por necio si no se aprovechaba de la ocasion
que la suerte le ofrecia para disfrutar de los encantos de Anglica,
ante los cuales no habria podido menos de olvidar su continencia el
mismo Xenocrates[47].

     [47] Filsofo griego, discpulo de Platon, clebre por sus
     virtudes, su desinters y sobre todo por su continencia.

Rugiero habia arrojado ljos de s la lanza y el escudo, y se quitaba
con verdadera impaciencia todas las piezas de su armadura: en aquel
momento baj Anglica los ojos, contemplando avergonzada la desnudez de
su cuerpo; y sus miradas se fijaron en el precioso anillo que llevaba en
el dedo, el mismo que Brunel le habia arrebatado en Albraca, y que
llevaba en su primer viaje  Francia, cuando acompa  su hermano
armado con la lanza que entonces poseia el paladin Astolfo. Con l habia
destruido el encanto de Malagigo en la caverna de Merlin; con l logr
romper una maana las cadenas con que Dragontina tenia aprisionados 
Orlando y sus compaeros, y con l sali invisible de la torre donde la
tenia encerrada un viejo infame. Pero  qu he de recordar todos estos
pormenores que conocis tan bien como yo? Brunel, por complacer al rey
Agramante, la fu siguiendo en sus largos viajes, hasta que consigui
arrebatarle aquel talisman: desde entonces se mostr la Fortuna
enteramente adversa  Anglica, hasta que consigui desposeerla de su
reino.

Al ver de nuevo aquella joya en su dedo, fu tal su contento y su
estupor, que dudando de si todo aquello era un sueo, apenas podia dar
crdito  sus ojos y  sus manos. Sacse el anillo del dedo, y poco 
poco se lo meti en la boca, desapareciendo sbitamente de la vista de
Rugiero, como se oculta el Sol tras densa nube.

El paladin dirigi sus miradas en derredor, y daba vueltas como un loco
buscando  la jven: acordse bien pronto del anillo, y qued confuso y
estupefacto, prorumpiendo despues en blasfemias contra su imprevision, y
acusando de ingrata y desleal  la doncella, que tan indignamente
recompensaba el auxilio que le habia dado.

--Ah, ingrata hermosura! exclamaba: es este el galardon que yo
merecia? Por qu prefieres robarme ese anillo  aceptarlo como un
regalo de mis manos? No solo te hubiera entregado ese talisman, sino
tambien mi escudo, mi caballo, y hasta mi persona, para que hicieras de
ella el uso que tuvieras por conveniente con tal de que no me ocultaras
tu hermoso rostro. Bien s, cruel, que me ests oyendo, y sin embargo no
me respondes....

Y as diciendo, no cesaba de dar vueltas en derredor de la fuente con
los brazos extendidos, como si estuviera ciego. Ah! Cuntas veces
abrazaba el aire con la esperanza de estrechar entre sus brazos  la
doncella!

Anglica se habia alejado ya bastante, y no ces de andar hasta que
lleg  una cueva muy ancha y profunda que encontr al pi de un monte.
En ella estaba descansando un viejo pastor, que guardaba un numeroso
ganado de yeguas, las cuales iban paciendo por el valle las frescas
yerbas que brotaban  orillas de los arroyuelos. A uno y otro lado de la
cueva habia frondosas alamedas, donde se guarecia la yeguada de los
ardores del Sol del medio dia. Anglica permaneci all durante todo el
dia, continuando invisible; y cuando al caer la tarde juzg que habia
restaurado suficientemente las fuerzas de su cuerpo y de su espritu,
envolvise en unos paos rojos, bien diferentes  las lujosas y
elegantes vestiduras verdes, amarillas, violadas, azules y purpreas que
habia siempre llevado. Tan humilde ropaje, no podia, sin embargo,
privarla de su encantador aspecto y noble continente. Cesen en sus
alabanzas cuantos ensalzan  Filis, Nerea, Amarilis   la ligera
Galatea: Ttiro y Melibeo se verian obligados  confesar que ninguna de
ellas era comparable por su belleza  Anglica.

La doncella eligi entre todas aquellas yeguas la que mejor le pareci,
y alejndose de aquel sitio, sinti renacer el deseo de regresar al
Oriente.

Rugiero en tanto continuaba buscando asdua  intilmente  la
fugitiva, y cuando por ltimo se convenci de su error, y de que ni
estaba all ya ni le oia, se dirigi hcia el sitio donde habia dejado
al Hipogrifo; mas con gran sorpresa suya se encontr con que se habia
arrancado el freno  iba volando por los aires en toda su libertad.
Grande fu el disgusto que le ocasion la prdida de su caballo, y mucho
ms coincidiendo con la decepcion que Anglica le habia hecho sufrir;
pero su mayor sentimiento consistia en la falta del precioso anillo, no
tanto por la virtud que poseia, como por haber sido regalo de
Bradamante.

Pesaroso en alto grado, volvi  vestirse sus armas, y se coloc el
escudo  la espalda; alejse del mar, y atravesando la playa, se dirigi
 un anchuroso valle, en el cual habia un bosque sombro, dividido por
un sendero trillado y de una gran longitud. No anduvo mucho, cuando oy
un gran estrpito  su derecha y hcia el sitio en que ms espesa era la
selva. Aquel estruendo era producido por el choque de las armas:
apresur el paso, saltando matorrales, y descubri en un pequeo claro
del bosque dos individuos que se batian encarnizadamente. Animados por
un feroz deseo de no s qu venganza, no se daban tregua ni descanso.
Uno de ellos era un gigante de aspecto horrendo; el otro un caballero
atrevido y leal, que valindose del escudo y de la lanza, y saltando ac
y all, procuraba esquivar los furibundos golpes de la maza que el
gigante empuaba con las dos manos. Cerca de l yacia su caballo muerto.

Rugiero se detuvo, y permaneci mudo espectador de aquella lucha: en su
mente dirigi fervientes votos al Cielo por que venciera el caballero;
ms se abstuvo de acudir en su defensa, y continu apartado hasta ver el
resultado del combate.

De pronto levant el gigante la maza con ambas manos, y dejla caer con
toda su fuerza sobre el yelmo de su adversario  quien derrib tan
tremendo golpe; y apenas el vencedor le vi en el suelo, se apresur 
desatarle el casco para darle muerte, cuya circunstancia permiti 
Rugiero distinguir las facciones del vencido. Atnito el paladin,
conoci en aquel rostro el de su dulce y bella Bradamante,  la que se
preparaba  cortar la cabeza el impo gigante: fuera de s, se lanz 
l con la espada desnuda retndole  singular batalla; mas su
adversario, despreciando el desafo, cogi  la doncella desmayada entre
sus brazos, la coloc sobre sus hombros y alejse con ella, del mismo
modo que huye el lobo llevndose un tierno corderito,  el guila
arrebatando entre sus encorvadas garras una paloma  cualquier otra
avecilla.

Comprendiendo Rugiero lo necesario que era su auxilio en aquella
ocasion, ech  correr tras el gigante con cuanta velocidad le era
posible; pero aquel movia sus desmesuradas piernas con tal rapidez, que
el enamorado paladin apenas podia seguirle con la vista. Corriendo el
uno y persiguiendo el otro, penetraron en un sendero oscuro y sombro,
que iba dilatndose  cada paso, hasta que salieron  una gran pradera.

Los dejaremos all para volver  Orlando, que acababa de arrojar en las
profundidades del mar el arma terrible del rey Cimosco,  fin de que no
pudiera caer en manos de nadie. De poco le sirvi, porque el impo
enemigo de la naturaleza humana, que fu el inventor de aquel rayo, 
imitacion del que, descendiendo del cielo, rompe las nubes, hizo que lo
encontrara un mgico en tiempo de nuestros abuelos  poco antes, para
ocasionar  los mortales un tormento mayor del que les causara cuando
enga  Eva con la manzana. Aquella mquina infernal estuvo sepultada

     [Ilustracin: Rugiero corre  salvar  Bradamante, creyndola
     vencida por un gigante.

     (Canto XI.)]

bajo ms de cien brazas de agua por espacio de muchos aos, hasta que
fu extraida del mar por medio de sortilegios: primeramente fu conocida
de los alemanes, que haciendo con ella diferentes ensayos, ayudados por
el Demonio que aguzaba sus ingenios en nuestro dao, dieron por fin con
el uso  que estaba destinada. La Francia, la Italia, y sucesivamente
todas las naciones aprendieron despues ciencia tan cruel: unos fundieron
el bronce, y al salir del horno ardiente, lo modelaron en forma hueca:
otros horadaron el hierro, y forjaron armas de todas dimensiones, ms 
menos pesadas,  las que cada autor, segun su capricho, di los nombres
de bombardas  arcabuces, caones sencillos  caones dobles, sacres,
falconetes  culebrinas, cuyos tiros atraviesan el hierro, rompen el
mrmol y brense camino por donde se les dirige. Confia, pues,  la
frgua, msero soldado, cuantas armas llevas, inclusa la espada, y
chate al hombro un mosquete  un arcabuz, porque sin ellos no
alcanzars ningun buen resultado.

Oh invencion horrible y criminal! Cmo pudiste hallar cabida en el
corazon del hombre? T has destruido la gloria militar; t has
arrebatado su honor  la carrera de las armas; por t se ven reducidos 
tal extremo el valor y la virtud, que con frecuencia aparece el malvado
preferido y antepuesto al bueno: por t no son ya una ventaja en las
batallas la audacia y la gallarda. T has sido y sers causa de la
sangrienta muerte de tantos seores y tantos caballeros antes de que
concluya esta guerra, origen del llanto de todo el mundo, y de Italia
especialmente. Por esto he dicho, y estoy seguro de no equivocarme, que
el inventor de tan abominable artificio fu el ms cruel y el ms
perverso de cuantos hayan inventado artificios crueles y perversos, y
creer que Dios, en justa y eterna venganza de tal infamia, encerrar
su alma maldita en el profundo abismo, junto  la del maldito Judas.

Pero sigamos al paladin Orlando,  quien aguijonea cada vez ms el deseo
de llegar  la isla de Ebuda, donde las mujeres ms hermosas, son
entregadas  la voracidad de un mnstruo marino.

Cuanta ms prisa tenia el caballero, tanta menos parecia tener el
viento, y ora soplara por la izquierda, ora por la derecha,  bien por
la popa, era siempre tan flojo que la nave iba navegando con suma
lentitud:  veces reinaba una desesperadora calma chicha, y otras
agitbanse las olas con tal violencia que obligaban al bajel 
retroceder   ir dando bordadas, como si Dios, en sus altos juicios,
hubiera dispuesto que Orlando no llegara  la isla antes que el rey de
Hibernia,  fin de que ms fcilmente sucediera lo que tendreis ocasion
de oir tras breves pginas.

--Aproxmate  la isla, dijo Orlando al piloto: qudate en la costa y
dame la lancha; pues intento ir al escollo sin compaa alguna. Me
llevar el cable ms grueso, y el ancla ms grande que haya en el buque;
pronto vers el uso que pretendo hacer de ellos, si llego  encontrarme
frente  frente con aquel mnstruo.

Hizo botar al agua el esquife, al que se trasbord con todo lo necesario
para su proyecto: dej en el buque todas sus armas, excepto la espada, y
bog completamente solo en demanda del escollo, dirigiendo los remos
hcia el pecho, y vuelto de espaldas al sitio donde queria desembarcar,
del mismo modo que el cangrejo suele salir  la orilla desde el fondo
del mar. Era la hora en que la bella Aurora habia extendido sus dorados
cabellos ante la presencia del Sol, aun medio oculto,  despecho del
enojo del celoso Titon.

Cuando lleg como  un tiro de piedra del desnudo escollo parecile oir
 intervalos lastimosos quejidos, que llegaban  sus oidos bastante
debilitados por la distancia. Volvise enteramente hcia la izquierda, y
fijando sus ojos en la rompiente de las olas, vi una mujer desnuda,
atada  un tronco, y cuyos pis baaban las aguas. Como se encontraba
aun algo distante, y como aquella mujer tenia la cabeza inclinada, no
pudo distinguir sus facciones. Empez entonces  remar con ms fuerza, 
iba avanzando con el deseo de cerciorarse de quien ser pudiera, cuando
de pronto oy un terrible mugido que procedia del mar, haciendo retumbar
con su eco las cavernas y las selvas. Levantronse las olas, y apareci
en seguida el mnstruo, bajo cuya masa enorme casi desaparecia el agua.

Cual negra nube que, llevando en su seno la lluvia y la tempestad,
desciende sobre un oscuro valle, rodendolo todo de tinieblas ms densas
que las de la misma noche y ocultando la luz del dia, as se adelant la
horrenda fiera, cubriendo con su cuerpo tanto espacio de mar, que podia
decirse que lo abarcaba todo. Estremecironse las ondas, mientras que
Orlando, recogido en s mismo, la contempl con mirada serena y altiva,
sin perder el color ni sentir miedo en su corazon; y como aquel que est
firmemente decidido  llevar  cabo un propsito, se adelant
rpidamente, colocando el esquife entre la orca y la jven,  fin de que
su cuerpo la sirviera de antemural y tambien para poder atacar  aquella
con ms seguridad. Dejando su espada tranquila en la vaina, empu el
ncora que estaba atada al cable y esper con gran serenidad al terrible
mnstruo. En cuanto la orca se hubo aproximado y vi tan cerca de s 
Orlando en la lancha, abri para devorarle su inmensa boca, por la cual
cabria con facilidad un hombre  caballo. Aprovechando aquella ocasion,
precipitse Orlando entre las fauces del mnstruo marino con su cable,
con su ncora, y aun creo que con su lancha,  hincle los dos picos de
la segunda en la lengua y en el paladar de suerte que le imposibilit
por completo el movimiento de las desmesuradas mandbulas, del mismo
modo que los mineros colocan barras de hierro para sostener las paredes
de las galeras que van abriendo,  fin de preservarse de los
hundimientos de estas mientras atienden desprevenidos  su trabajo. Los
dos extremos del ncora estaban tan separados entre s que para llegar
al superior habria tenido el guerrero que dar un salto.

Una vez puesto aquel puntal, y seguro ya de que la fiera no podia cerrar
la boca, desnud Orlando la espada y empez  dar tajos y reveses 
diestro y siniestro por aquel oscuro antro. Del mismo modo que pelean
los sitiados cuando el enemigo ha llegado  penetrar en la fortaleza, se
defendia la orca como podia del paladin que tenia en su garganta.
Vencida por el dolor, unas veces saltaba fuera del agua descubriendo sus
lomos escamosos; otras se hundia entre las olas removiendo la arena con
su voluminoso vientre y hacindola salir  la superficie. Orlando, al
verse expuesto  perecer ahogado por las frecuentes inmersiones del
cetceo, sali nadando de la boca de este y dejando en ella bien clavada
el ncora, pero sin soltar el cable que la sujetaba, lleg  nado hasta
el escollo: una vez en terreno firme, fu tirando del cable y atrayendo
hcia s el ncora que continuaba clavndose cada vez ms en las fauces
del mnstruo, el cual se vi obligado  obedecer al impulso de Orlando y
 ceder  aquella fuerza superior  otra cualquiera; fuerza que con una
sola sacudida era capaz de levantar ms peso que con diez un
cabrestante.

La orca, arrastrada  pesar suyo por el poderoso brazo

     [Ilustracin: Orlando fu tirando del cable y atrayendo al
     mnstruo.

     (Canto XI.)]

del paladin fuera de su antigua y vital mansion, se debatia con
violencia y revolcbase continuamente sin poder romper la cuerda que la
sujetaba, lo mismo que el toro, al sentirse sujeto por el lazo, salta
ac y acull, da mil vueltas, se tiende y se vuelve  levantar, sin
conseguir desembarazarse de las ligaduras que le oprimen. De su boca
salian torrentes de sangre en tanta abundancia, que bien podia aplicarse
el nombre de Rojo  aquel mar, cuyas olas continuaba sacudiendo en
trminos de descubrir ms de una vez su arenoso fondo,  de elevar
montaas de agua hasta los mismos cielos, ocultando la luz del claro
Sol; y todo esto producia un estrpito tal, que retemblaban los montes,
las selvas y hasta las playas ms lejanas.

El viejo Proteo sali de su gruta al oir semejante estruendo, y apareci
en la superficie del mar; y al ver  Orlando entrar y salir de la orca y
arrastrarla hcia la orilla, huy por el anchuroso Ocano, abandonando
sus diseminados rebaos. El mismo Neptuno, sorprendido por tal rumor y
tan extraa confusion, hizo uncir  su carro  sus delfines, y no par
hasta llegar  las costas de Etiopa, mientras que Ino, acongojada,
llevando  Melicertes en sus brazos[48], las Nereidas con los cabellos
en desrden, los Glaucos, los Tritones y dems divinidades marinas
corrian atolondrados de uno  otro lado, no sabiendo donde refugiarse.

     [48] Melicertes, hijo de Atamas y de Ino. Huyendo con su madre del
     furor de su padre, que creia ver en ellos una leona con su
     cachorro, se arrojaron al mar, quedando convertidos en dos
     divinidades marinas.

Orlando sac por fin  la playa al horrendo pescado del cual no tuvo que
ocuparse ms; porque debilitado por sus esfuerzos y sus heridas, habia
muerto antes de llegar.

Muchos habitantes de la isla habian acudido presurosos  presenciar tan
singular combate; mas ofuscados por una preocupacion fantica,
consideraron tan santa accion como un sacrilegio, por creer que con ella
se habia cometido una nueva falta contra Proteo. Temerosos, por lo
tanto, de haber excitado otra vez su clera, y de que volvieran 
acometerles las fieras marinas, renovando la antigua guerra con todos
los inmensos perjuicios que les habia ocasionado, determinaron suplicar
humildemente  la ofendida deidad marina que les perdonara, antes que
sobreviniesen ms funestas consecuencias; pero arrojando primeramente al
mar al impo Orlando  fin de aplacar el furor de Proteo con este
sacrificio. De los nimos de todos los isleos se apoder el deseo de
realizar tan funesto proyecto con la misma rapidez que se comunica el
fuego de una en otra antorcha iluminando en breve toda una comarca.

Armados presurosamente de hondas, arcos, lanzas y espadas, bajaron  la
playa, y acometieron  Orlando, rodendole de mil modos y atacndole por
todos lados. Qued sorprendido el Paladin al ver tan bestial insulto y
tan negra ingratitud; pues cuando esperaba alcanzar eterna gloria  el
debido agradecimiento por haber dado muerte al mnstruo, su recompensa
consistia en injurias y atentados contra su vida; pero as como el oso,
 quien los rusos  los lituanios ensean por las calles como un
entretenido espectculo, no hace caso alguno de los importunos ladridos
de los gozquecillos,  los que ni siquiera se digna mirar, de igual
suerte vi el paladin sin temor  toda aquella turba vil que podia
derribar con solo un soplo; y bien lo di  conocer mantenindoles  una
respetable distancia, apenas se volvi contra ellos empuando su
Durindana.

Los insensatos isleos habian creido que Orlando no podria hacerles
frente no llevando puesta la coraza, ni embrazado el escudo, ni ninguna
otra arma defensiva; pero ignoraban que su piel, desde los pis  la
cabeza, era ms dura que el diamante. Lo que sus adversarios no pudieron
hacer con el Paladin, hizo este con aquellos: de solo diez cuchilladas
(y no serian muchas ms) tendi  sus pis treinta enemigos, cuya
leccion bast para ponerlos en cobarde fuga.

Apenas libre de ellos, dirigise  desatar  la jven, cuando resonaron
en la playa nuevos gritos y nuevo tumulto. Mientras los brbaros estaban
entretenidos, contemplando en esta parte de la costa la lucha de Orlando
con la orca, habian desembarcado sin dificultad en diferentes puntos de
ella los irlandeses, que, depuesta toda piedad, hicieron por todas
partes horribles estragos en aquel pueblo, y ya fuese por justicia  por
crueldad, no respetaron edad ni sexo. Ninguna  poca resistencia
opusieron los isleos, bien por haberse visto cogidos de improviso, 
bien porque en aquella isla, de corta extension, habia pocos habitantes,
y aun estos pocos, sin ningun valor. Los invasores saquearon la ciudad,
incendiaron las casas, pasaron  cuchillo  las personas, derribaron las
murallas, y no dejaron en toda la isla un solo ser viviente.

Haciendo caso omiso de aquel estruendo, gritera y matanza, acudi
Orlando  la doncella destinada  satisfacer la voracidad de la orca
marina. Al fijar en ella sus miradas crey conocerla; aproximse ms y
se afirm en su creencia: le pareci que era Olimpia, y efectivamente
era la misma, que habia visto su constancia tal mal recompensada.
Desdichada Olimpia! Como si no fuera bastante para su lacerado corazon
el desengao que le diera Amor, la Fortuna cruel la entreg el mismo dia
en manos de unos corsarios, que la llevaron  la isla de Ebuda. La
infeliz jven habia conocido  Orlando en cuanto se encamin hcia el
escollo donde estaba atada; pero como se hallaba completamente desnuda,
tenia la cabeza baja, sin atreverse  hablar ni  levantar hcia l la
vista.

Preguntle Orlando por qu fatalidad la encontraba en aquella isla de
tal suerte, cuando l la habia dejado en compaa de su esposo, tan
contenta y satisfecha como era posible.

--Ay de m! le contest: no s si deba daros de nuevo las gracias por
haberme librado entonces de la muerte,  si manifestarme pesarosa,
porque hoy, merced  vos, no hayan tenido un trmino mis desgracias.
Debo indudablemente estaros agradecida por haberme evitado un gnero de
muerte tan cruel, como lo hubiera sido tener por tumba las entraas de
aquella fiera; pero no puedo agradeceros el encontrarme ahora con vida,
pues solo con mi existencia concluirn mis miserias. Oh! arrancdmela
por vuestra mano, y en mi ltimo suspiro ir envuelta mi gratitud hcia
tanta bondad.

Despues continu refirindole entre copioso llanto cmo su esposo la
habia burlado, dejndola dormida en una isla, donde unos corsarios se
apoderaron de ella. Mientras estaba hablando, procuraba Olimpia dar  su
cuerpo la actitud con que se suele pintar  esculpir  Diana sorprendida
por Acteon en el bao, volvindose de lado y ocultando su pecho y mil
bellezas,  pesar de dejar expuestas  las miradas de todos la espalda y
los costados.

Orlando esperaba con ansiedad que entrara su bajel en el puerto,  fin
de cubrir  Olimpia con algunas ropas. Mientras permanecia en una
afanosa espectacion, lleg Oberto, rey de Hibernia, que acababa de saber
que el mnstruo marino estaba tendido en la playa; que un caballero
habia tenido el valor y audacia de clavarle en la boca un ncora
pesada, y que con ella lo habia arrastrado hasta la orilla del mismo
modo que se suele varar las naves. Oberto, para cerciorarse de si era
cierto cuanto se le habia referido, acudi  aquel sitio, en tanto que
su gente completaba por todas partes la destruccion de Ebuda.

Aun cuando Orlando estaba empapado en agua, sucio, y cubierto de la
sangre que llev consigo al salir de la boca de la orca, en la que habia
entrado enteramente, el rey de Hibernia le conoci en seguida, tanto ms
cuanto que, apenas tuvo noticia de tal heroicidad, se le fij en la
mente la idea de que Orlando, y nadie ms, era capaz de haberla llevado
 cabo. Le conocia, porque habia sido educado en Francia, de donde sali
el ao anterior para ceirse la corona que heredara por muerte de su
padre, y all habia visto y hablado al Conde infinitas veces. Alzndose
al momento la visera de su casco, corri  abrazar y festejar al
paladin, que le estrech entre sus brazos con no menores muestras de
alegra. Despues de haberse dado repetidas veces las mayores muestras de
afecto y cordial amistad, refiri Orlando  Oberto la traicion de que
habia sido vctima Olimpia, as como el nombre del traidor, ms obligado
que otro alguno  guardarle fidelidad. Dile minuciosa cuenta de las
muchas pruebas con que ella habia demostrado su amor  Bireno, as como
las prdidas en familia y bienes que por l habia sufrido hasta llegar 
ofrecer su vida por la de tan prfido amante, aadiendo por ltimo que
l habia sido testigo de muchas de aquellas acciones de las que podia
salir garante.

Mientras Orlando hablaba, los ojos hermosos y serenos de la jven
estaban llenos de lgrimas. El bello rostro de la princesa se asemejaba
entonces al cielo tal como le vemos en algunos dias de primavera, cuando
cae una lluvia pasajera, al mismo tiempo que el Sol atraviesa con sus
rayos el nebuloso velo; y as como los ruiseores entonan en aquella
estacion sus dulces trinos, saltando de rama en rama, del mismo modo
Amor humedecia en las lgrimas de la jven las plumas de sus alas,
regocijndose con el claro fulgor de sus hermosos ojos, en cuyo fuego
forjaba sus dardos, templndolos despues en el cristalino raudal que se
deslizaba entre las rosas blancas y encarnadas de sus mejillas: despues
de templadas sus flechas, las dispar contra el galan Oberto,  quien no
pudieron defender su escudo, ni su coraza, ni su cota de mallas; pues
mientras estaba arrobado contemplando los ojos y los cabellos de la
desdichada Olimpia, se sinti el corazon herido, sin saber cmo.

Los atractivos de Olimpia eran de los ms raros, pues no solo formaban
un conjunto encantador los ojos, la frente, los cabellos, las mejillas,
la boca, la nariz, los hombros y la garganta, sino que los dems
miembros, velados hasta entonces por el traje  las miradas profanas,
eran tan admirables, que podian muy bien anteponerse  cuantos hubiera
en el mundo. Sus redondos pechos, que vencian en blancura al ampo de la
nieve y eran ms tersos que el marfil, parecian de leche recien
exprimida de los juncos: ambos estaban separados por un surco pequeo
semejante  los floridos valles que se forman entre dos colinas, cuando
en la estacion amena empieza el Sol  derretir las nieves que habia
acumulado el invierno. Sus costados, sus torneadas caderas, sus
alabastrinos muslos y el resto de su cuerpo ms terso y brillante que un
espejo, parecian hechos  torno por el mismo Fidias[49]  por otra mano
ms diestra, si es posible. Habr de describir las perfecciones que
encerraban las dems partes que ella procuraba ocultar en vano? Bsteme
decir, que desde los pis  la cabeza era toda ella el tipo de la
belleza ms acabada. Si el pastor Frigio la hubiese visto en los valles
de Ida, seguramente Venus no hubiera alcanzado el premio de la belleza,
 pesar de ser ella superior  las otras dos Diosas, y probablemente
Paris no habria violado la hospitalidad en Esparta, sino que hubiera
dicho  Elena:--Qudate con Menelao; pues yo no quiero ms beldad que
esta.--Y si Olimpia hubiese estado en Crotona, cuando Zeuxis tuvo que
esculpir la esttua que debia colocarse en el templo de Juno, reuniendo
las doncellas ms hermosas de la Grecia para copiar aquello que cada una
de ellas tuviera ms perfecto,  fin de que saliera su obra perfecta
tambien, con Olimpia sola hubiera tenido bastante por estar reunidas en
ella todas las bellezas.

     [49] El mejor estatuario de la antigedad, natural de Atica.

Estoy seguro de que Bireno no vi jams aquel cuerpo desnudo; pues de
otra suerte, no habria tenido la crueldad de abandonar  la jven en la
isla desierta. Por eso no me maravilla que Oberto, abrasado por el fuego
del amor, fuese impotente para ocultarle, procurando consolarla con gran
solicitud y hacindole concebir la esperanza de que de tanto infortunio
naceria para ella la dicha. Prometile acompaarla  Holanda, y no parar
hasta restablecerla en el trono, y haber tomado una cruel y memorable
venganza del perjuro y traidor Bireno, aunque para ello tuviera que
emplear todas las fuerzas de Irlanda, asegurndole por ltimo que
pondria inmediatamente por obra este propsito.

En tanto, hacia buscar por todas partes trajes y ropas de mujer, si bien
no habia necesidad de alejarse de la isla para encontrarlos, porque
todos los dias se recogian en ella las vestiduras de las doncellas
entregadas al mnstruo marino. Fcilmente encontr Oberto trajes de mil
distintas hechuras,  hizo vestir con uno de ellos  Olimpia, aunque
sintiendo no poder proporcionarle uno tan bueno como hubiera deseado:
verdad es que ni las ricas telas de oro y seda que tejen los
industriosos florentinos, ni el vestido ms minuciosamente recamado 
fuerza de tiempo, paciencia y estudio, aunque saliera de las manos de
Minerva  del Dios de Lemnos, le hubieran parecido decorosos ni dignos
de cubrir los miembros de la princesa, cuyos atractivos recordaba
incesantemente.

Orlando se manifest muy contento de aquel naciente amor por muchos
motivos; pues adems de estar persuadido de que el rey de Irlanda no
dejaria por mucho tiempo impune la traicion de Bireno, se veia libre por
esta causa de aquel grave y enojoso compromiso, cuando l habia acudido
 la isla de Ebuda para socorrer  su amada si es que se encontraba en
ella, y no para favorecer  Olimpia. Le constaba ya que Anglica no
estaba all, pero no podia cerciorarse tan fcilmente de si habia
estado; porque habian perecido todos los habitantes de la isla sin
quedar uno solo con vida.

Al dia siguiente zarparon de aquel puerto, habindose embarcado todos
juntos en direccion  Irlanda, en donde quiso tocar el Paladin para
regresar  Francia. No consinti en detenerse un dia entero en Irlanda 
pesar de los ruegos insistentes de sus amigos. Amor, que le impelia tras
su amada, le prohibia permanecer all ms tiempo. Antes de partir,
recomend al Rey que cuidara de Olimpia, y que cumpliera las promesas
que habia hecho  la princesa, aunque bien es verdad que no habia
necesidad de ello, pues cumpli su palabra con ms exactitud de lo que
se acostumbra.

Y en efecto, en breves dias reuni Oberto su ejrcito; y aliado con los
reyes de Inglaterra y de Escocia, restituy  Olimpia la Holanda, se
apoder de la Frisia, sublev la Zelanda contra Bireno, y no termin la
guerra hasta que le di la muerte: castigo harto dbil para la magnitud
de su delito! Oberto se cas con Olimpia,  quien convirti de simple
condesa en una reina poderosa.

Pero volvamos al Paladin que navegaba  toda vela por el ancho mar,
caminando sin cesar noche y dia. Pronto lleg al mismo puerto de Francia
de donde habia zarpado, y montando otra vez en su Brida-de-oro, dej en
breve tras de s los vientos y las saladas ondas. Creo firmemente que en
el resto de aquel invierno ejecutaria Orlando cosas dignas de tenerse en
cuenta; pero estuvieron rodeadas de tal misterio que no es culpa mia si
no las refiero ahora. Orlando estaba siempre ms pronto  llevar  cabo
cualquier accion laudable y meritoria, que  publicarlas despues, y
ninguno de sus hechos llego  conocerse sino cuando habian tenido
testigos presenciales. Pas el resto del invierno tan callado, que no se
supo nada de l  ciencia cierta; pero cuando el Sol ilumin la Tierra
desde el discreto animal que llev  Friso, y el cfiro con su soplo
dulce y templado trajo de nuevo la risuea primavera, reaparecieron las
admirables hazaas de Orlando al mismo tiempo que las flores y las
yerbas. De llano en monte, y de campia en costa, iba vagando agobiado
por la fatiga y por el dolor, cuando al penetrar en un bosque hiri sus
oidos un estridente grito, un prolongado lamento: aguij su corcel,
empu la espada y se encamin velozmente hcia el sitio de donde salian
aquellos lamentos: pero diferir para otro momento la continuacion de mi
historia, si quereis seguir escuchndome.




CANTO XII

     Persigue Orlando irritado  un caballero que arrebata  la fuerza 
     su dama y llega  un palacio construido por Atlante de Carena con
     el objeto de atraer  l  Rugiero.--Llega este despues; pero
     habiendo Orlando descubierto de nuevo  Anglica, marcha en pos de
     ella, combate con Ferrags, lleva  cabo una accion herica contra
     los paganos, y encuentra despues  Isabel.


Al separarse Ceres da la madre Idea[50], regres apresuradamente  los
valles solitarios que se encuentran en la falda del monte Etna, bajo
cuyo peso gime el gigante Encelado[51] herido por el rayo; y no
encontrando  su hija donde la habia dejado[52], se mes desesperada los
cabellos, se hiri los ojos, y se golpe el rostro y el pecho; arranc
despues dos pinos, y los encendi en el fuego de Vulcano[53], dndoles
la propiedad de que no pudieran apagarse nunca. En seguida, cogiendo una
de aquellas antorchas en cada mano, subi  su carro tirado por dos
serpientes; recorri en busca de su hija las selvas, las campias, los
montes, las llanuras, los valles, los rios, las lagunas, los torrentes,
la tierra y el mar, y despues de hacer intiles pesquisas sobre la
Tierra, baj  las profundidades del Trtaro.

     [50] Sobrenombre de Rea  Cibeles, madre de los dioses,  quien se
     aplic esto por ser particularmente venerada un el monte Ida, de
     Frigia.

     [51] Gigante temible, hijo del Trtaro y la Tierra, y uno de los
     que hicieron la guerra  los dioses del Olimpo. Jpiter, victorioso
     de l, le agobi con el enorme peso del Etna.

     [52] Habiendo dejado Ceres  su hija Proserpina cogiendo flores en
     un valle prximo al Etna, aprovech esta ocasion el dios de los
     Infiernos, Pluton, para apoderarse de la doncella y colocarla en el
     trono de su horrible reino.

     [53] El fuego que vomita el volcan del monte Etna, bajo el cual
     suponian los antiguos que tenia Vulcano sus fraguas.

Si Orlando hubiera tenido el mismo poder que la diosa de Eleusis[54],
como era su deseo, con tal de encontrar  Anglica no habria dejado de
recorrer las selvas, los campos, las lagunas, los rios, los valles, los
montes, las llanuras, la tierra y el mar, el cielo, y hasta la region
del eterno olvido; pero como no disponia del carro y de los dragones de
Ceres, la iba buscando del mejor modo que le era posible.

     [54] Nombre de una ciudad de la Grecia antigua, clebre por el
     culto que en ella se daba  Ceres y por el magnfico templo
     dedicado  esta diosa.

Despues de haber visitado toda la Francia, se preparaba  recorrer la
Italia, la Alemania, las dos Castillas, y  atravesar el mar de Espaa,
para pasar  la Libia. Mientras iba madurando este proyecto, hiri sus
oidos el eco de una voz doliente; apret el paso, y vi  alguna
distancia un caballero galopando sobre un corcel de gran alzada, y
llevando en brazos  una tristsima doncella echada sobre el arzon
delantero de la silla. La jven lloraba y procuraba desasirse dando
muestras de un dolor intenso, y llamando en su socorro al valeroso
prncipe de Anglante, el cual, al reparar en la doncella, crey conocer
 Anglica  quien dia y noche iba buscando por el interior y los
confines de la Francia. No puedo asegurar que fuese ella, pero s que se
parecia  aquella Anglica gentil,  quien amaba Orlando tan
tiernamente. Al ver este que de tal modo le arrebataban su idolatrada
amante, tan afligida y triste, lleno de clera y de furor, ret con
estentrea voz  su raptor, y prorumpi en amenazas contra l, lanzando
 rienda suelta en su seguimiento  Brida-de-oro. Pero aquel infame ni
se dign contestarle, ni detenerse: atento nicamente  su admirable
presa, corria por entre aquella espesura con tanta celeridad, que
hubiera dejado atrs al viento. Huia el uno velozmente; volaba el otro
en pos de l, y la profunda selva resonaba con sus gritos.

Llegaron, sin cesar en su vertiginosa carrera,  un extenso prado en
medio del cual se elevaba un palacio grande y suntuoso, construido con
diferentes clases de mrmoles, adornados de prolijas esculturas. El
raptor atraves corriendo la puerta de oro de aquel palacio sin
abandonar un momento  la doncella; poco despues lleg Brida-de-oro con
su dueo enojado y furibundo. Cuando entr en el palacio, mir Orlando
en torno suyo, y no vi ya al caballero ni  la jven. Salt ms bien
que se ape de su corcel,  internndose en el palacio, pas como un
rayo por todas sus habitaciones, corriendo de una en otra, sin dejar de
reconocer todas las cmaras, hasta las ms reducidas y apartadas.
Despues de haber recorrido en vano todos los sitios ms recnditos de la
planta baja, subi al primer piso, y en l perdi el mismo tiempo y
trabajo que habia perdido en el inferior.

Vi diferentes lechos en que brillaban el oro y la seda: el pavimento y
las paredes desaparecian bajo espesos tapices y alfombras; pero sin
fijarse en aquellas magnificencias, continuaba el Paladin corriendo de
arriba  abajo y de abajo  arriba repetidas veces, sin conseguir
alegrar sus ojos con la vista de Anglica, ni encontrar al ladron que le
habia arrebatado tan adorada imgen. Mientras dirigia intilmente sus
pasos por todas partes, lleno de inquietud, y entregado  mil
pensamientos, vi  Ferrags,  Brandimarte, al rey Gradasso, al rey
Sacripante y otros muchos caballeros, que como l recorrian todos los
departamentos del palacio, y como l se afanaban intilmente,
maldiciendo sin cesar al malvado  invisible seor de aquella mansion.
Todos ellos iban en su busca: todos le acriminaban por haberles robado
algo: los unos se quejaban de la falta del caballo, que aquel les habia
arrebatado; los otros se enfurecian por la prdida de su amada; por las
diferentes cosas, varios; y mientras tanto no sabian alejarse de aquella
especie de jaula, donde muchos de ellos, vctimas de tales engaos,
contaban semanas y meses enteros de permanencia.

Despues de haber recorrido cuatro  seis veces todo aquel misterioso
palacio, se dijo Orlando  s mismo:--Si permanezco aqu, gastar el
tiempo y el trabajo intilmente, pues el ladron puede muy bien haber
escapado con Anglica por alguna otra salida y encontrarse ya muy ljos
de este sitio.--Ocupada con este pensamiento su imaginacion, sali  la
pradera que circuia todo el palacio. Mientras daba la vuelta en torno de
aquella morada campestre y tenia fijas las miradas en el suelo para
descubrir si  uno  otro lado aparecian las seales de un nuevo camino,
oy que le llamaban desde una ventana; levant los ojos, y le pareci
oir aquella voz divina y distinguir aquel admirable rostro que habia
ocasionado un cambio tan radical en su vida y sus costumbres. Se le
figur oir  Anglica, que entre splicas y llanto le decia:--Favor,
socorro! Te recomiendo mi honor ms que mi alma, ms que mi vida. Seria
posible que ese bandido me lo arrebatara en presencia de mi amado
Orlando? Oh! Antes que dejarme entregada  tan inhumana suerte,
arrncame la vida con tus propias manos!

Estas palabras obligaron  Orlando  renovar una y otra vez sus
pesquisas por todas las estancias del palacio, mitigando una dulce
esperanza la fatiga y el cansancio que empezaba ya  sentir. Cada vez
que se detenia, creia escuchar una voz semejante  la de Anglica que
imploraba su auxilio. Acudia presuroso hcia el sitio de donde le
parecia que habia salido, y entonces resonaba en otra parte,
obligndole  ir de un lado para otro, y siempre en vano.

Pero creo oportuno volver  Rugiero,  quien dej en el momento en que
acababa de atravesar un sendero oscuro siguiendo al gigante y  su dama,
hasta que al salir del bosque se encontr en una pradera dilatada.
Continuando su persecucion, lleg, si no estoy equivocado, al mismo
sitio donde Orlando habia llegado poco antes: el gigante traspuso la
puerta del palacio, y tras l Rugiero, tenaz en perseguirle. Apenas puso
el pi en el umbral, mir el patio y las galeras, y no vi ya al
gigante ni  la dama: pase intilmente sus miradas en todas
direcciones, subi y baj en vano por todas aquellas cmaras, sin
encontrar lo que deseaba, ni poder imaginar cmo habian desaparecido tan
rpidamente la doncella y su raptor. Despues de haber recorrido cuatro 
cinco veces las galeras, las cmaras y los salones de aquel edificio,
tanto los inferiores como los superiores, volvi de nuevo  sus
pesquisas, y no las abandon sino cuando hubo registrado hasta debajo de
las escaleras. Abrigando la esperanza de que los fugitivos estarian en
las selvas vecinas, alejse del palacio; pero atraido por una voz que le
llamaba, como la otra llam  Orlando, volvi de nuevo  reconocer el
edificio.

La misma voz, la misma persona que Orlando habia tomado por Anglica,
ofrecise  la vista y  la imaginacion de Rugiero como la dama de
Dordoa, la soberana de su albedro. Si aquella voz, si aquella persona
se dirigia  Gradasso  alguno de los que iban errantes por el palacio,
todos creian ver y oir en ella al objeto de sus ms fervientes deseos.
Atlante de Carena habia imaginado este nuevo  inslito encantamiento
para ocupar la imaginacion de Rugiero en aquel trabajo, en aquella dulce
pena, y sustraerle por este medio  su funesto destino, que le condenaba
 morir en la flor de su juventud. El encantador esperaba conseguir as
lo que no habia logrado valindose primeramente del castillo de acero, y
de Alcina despues. Atlante atrajo  aquella morada, no solo  Rugiero,
sino tambien  cuantos guerreros tenian en Francia fama de esforzados, 
fin de que su protegido no pereciera  sus manos; y mientras les
obligaba  permanecer en el palacio, reunia en este tal abundancia de
provisiones y manjares esquisitos que las damas y los caballeros
encontraban cuanto podian apetecer.

Pero volvamos  Anglica que, teniendo en su poder el admirable anillo,
merced al cual se hacia invisible  destruia todos los encantos, y
despues de haber encontrado en la cueva vveres, vestidos, caballos y
cuanto necesitaba, se disponia  regresar  la India y  su hermoso
reino. Sin duda alguna hubiera deseado tener por compaeros  Orlando 
Sacripante, no porque amara al uno ms que al otro, pues siempre se
habia mostrado con ellos desdeosa, sino porque, obligada  atravesar
por tantas ciudades y castillos para pasar  Levante, le era
indispensable un compaero y un guia, y ninguno le habria inspirado
tanta confianza como ellos. Fu buscando tanto al uno como al otro
durante largo tiempo, sin encontrar huella ni indicio alguno que le
revelara su presencia, unas veces por las ciudades, otras por las
aldeas, algunas por los bosques, y muchas por diferentes sitios. La
Fortuna la encamin por ltimo hcia el punto donde estaban Orlando,
Ferrags y Sacripante con Rugiero, Gradasso y otros muchos,  quienes
Atlante habia hecho caer en sus redes.

Entr Anglica en el palacio, sin que el mago la pudiera ver porque
llevaba el anillo en la boca; y registrndolo todo, encontr  Orlando y
 Sacripante, que continuaban buscndola intilmente por aquel recinto.
Vi tambien cmo Atlante, suplantando su imgen, engaaba y entretenia 
los dos guerreros. En seguida, empez  pensar  cual de ellos deberia
confiarse, y se mostraba indecisa; pues no sabia cul seria preferible,
si el Conde Orlando  el Rey de los orgullosos circasianos. Orlando
podria salvarla con ms valor de cualquier peligro, es cierto; pero de
elegirle por guia y compaero, quedaria bajo su dependencia, por no
saber de qu medio valerse despues para apartarle de su lado y hacerle
regresar  Francia, cuando ya no le necesitase. En cambio, le seria
posible deshacerse del circasiano, cuando as le conviniera, aunque l
la hubiese llevado hasta el cielo. Esta sola razon la determin 
escogerle por compaero, y  fingir con l celo y lealtad.

Quitse el anillo de la boca, descorriendo as el velo que cubria su
presencia  los ojos de Sacripante. Crey, sin embargo, dejarse ver de
l solamente; pero la sorprendieron tambien Orlando y Ferrags, que no
habian cesado de buscar por dentro y fuera del palacio  su amada, al
dolo de su corazon,  Anglica. Corrieron presurosos y simultneamente
hcia la doncella; pues entonces ya no se lo estorbaba ningun
encantamiento, por haberse colocado Anglica el anillo en el dedo, con
lo que hizo intiles todos los designios de Atlante. Dos de aquellos
guerreros tenian puesta la coraza y calado el yelmo: desde que entraron
en aquel edificio no se habian quitado la armadura ni de dia ni de
noche; y acostumbrados  su peso, la llevaban con la misma facilidad y
el mismo desembarazo que cualquier otra vestidura. Ferrags, que era el
tercero, estaba tambien armado, solo que no llevaba ni queria llevar
almete, hasta que consiguiera apoderarse de aquel que Orlando quit al
hermano del rey Trojano, segun juramento que hizo cuando busc
intilmente en el rio el casco de Argala; y si bien es verdad que en
aquel palacio estuvo algun tiempo en contacto con Orlando, no pudo
retarle, porque mientras en l permanecieron no les era dable conocerse.
Tan encantada estaba aquella mansion, que los caballeros que en ella
penetraban no podian conocerse unos  otros, ni dejar, tanto de dia como
de noche, la espada, la coraza  el escudo; mientras sus caballos, con
la silla puesta y el freno colgado del arzon, descansaban cerca de la
puerta del palacio, en una cuadra constantemente provista de cebada y
paja.

Atlante no supo ni pudo impedir que los tres guerreros saltaran sobre
sus corceles para correr tras las sonrosadas mejillas, los blondos
cabellos y los hermosos ojos negros de la doncella, que huia castigando
 su yegua, porque no era de su agrado la compaa de los tres amantes,
 quienes quiz habria aceptado por defensores separadamente. En cuanto
los alej del palacio lo suficiente para no temer que el encantador
malvado pusiese por obra contra ellos alguno de sus infames sortilegios,
encerr tras de sus labios rojos el anillo que le habia evitado ms de
un disgusto, y desapareci de repente de su vista, dejndolos entregados
 la mayor perplejidad. Aunque el primer propsito de Anglica habia
sido el de elejir  Orlando  Sacripante para que la acompaaran al
reino de Galafron, en las apartadas regiones de Oriente, mud
repentinamente de propsito y determin pasarse sin ninguno de los dos,
pensando que su anillo bastaba para sustituirlos, sin necesidad de
quedar obligada  cualquiera de ellos.

Los burlados caballeros dirigieron presurosos sus miradas hcia todos
los lados del bosque, como el perro cuando pierde la pista de la zorra 
la liebre  quien daba caza, y que se lanza de improviso en cualquier
madriguera, en un barranco  en un espeso matorral. Entre tanto
Anglica se reia de ellos, y examinaba sin ser vista todas sus acciones.
Un solo camino atravesaba el bosque: los caballeros supusieron que la
doncella habia desaparecido de su vista por l, nico cuya direccion
podia haber seguido: corri Orlando, siguile Ferrags, y Sacripante se
lanz tras ellos con no menor velocidad: Anglica refren  su corcel y
los sigui tranquilamente. Cuando llegaron  un sitio en que todos los
senderos se perdian en la espesura, empezaron los caballeros  examinar
el terreno  fin de ver si descubrian alguna huella de la fugitiva; pero
Ferrags, el ms arrogante de cuantos mortales pudieran ceir corona, se
volvi con insolente ademan hcia los otros dos, gritndoles:

--A qu venis? Retroceded  dirigos por otro camino, si no quereis
hallar aqu la muerte; porque no estoy dispuesto  sufrir compaia,
cuando se trata de amar  de buscar  mi dama.

Al oir estas palabras, Orlando exclam dirigindose al Circasiano:

--Qu ms podria decir ese villano, si en nosotros viera  las
prostitutas ms viles y tmidas que hayan empuado jams la rueca y el
huso?

Vuelto luego hcia Ferrags, aadi:

--Hombre soez; si la consideracion de que no llevas yelmo no me
detuviera, pronto te haria conocer si has dicho bien  mal en cuanto has
dicho.

El Espaol contest:

--Por qu te preocupa lo que  m me tiene sin cuidado? Yo solo soy
bastante para hacer con vosotros dos cuanto he dicho, sin casco y tal
como me encuentro.

--Hzme el obsequio, dijo Orlando dirigindose al Rey de Circasia, de
prestar  ese tu yelmo hasta que le cure de esa insensata mana: jams
he visto otra semejante  la suya.

El Rey respondi:

--No seria yo ms loco si accediera  tu deseo? Prstale el tuyo, si en
ello no hallas inconveniente, y vers cmo soy tan capaz como t de
castigar  un insensato.

--Vosotros sois los imbciles! exclam Ferrags: si yo quisiera llevar
un casco, ya hubirais perdido los que llevais, pues habria sabido
arrancroslos  la fuerza. Mas, ya que es forzoso decroslo, sabed que
un voto me obliga  ir sin l, y sin l ir hasta que logre apoderarme
del que cubre la cabeza del paladin Orlando.

--Es decir, contest el Conde sonrindose, que tienes la pretension de
poder hacer sin casco con Orlando lo que l hizo en Aspromonte con el
hijo de Agolante? Pues yo creo que, si te llegaras  encontrar con
Orlando frente  frente, temblarias de pis  cabeza; y no solo no
desearias su yelmo, sino que le rendirias en el acto todas cuantas armas
llevas.

El altanero Espaol respondi:

--Ms de una vez he luchado ya con Orlando, ponindole en tan grave
aprieto, que me habria sido fcil apoderarme de todas sus armas, cuanto
ms del almete. Y si no lo hice fu porque aun no habia formado la
intencion que hoy abrigo en mi pecho: en fin, no lo hice, porque no
quise; mas hoy espero que podr conseguirlo sin trabajo alguno.

Orlando no pudo sufrir con paciencia aquellas fanfarronadas, y grit:

--Cochino embustero, cundo y en dnde has podido ms que yo con las
armas en la mano? Ese paladin,  cuya costa te alabas, y  quien creias
ljos de t, est en tu presencia; soy yo. Ahora, pues, mira si puedes
arrebatarme este yelmo,  si soy capaz de arrancarte todas tus armas.
No quiero tampoco llevarte la ms mnima ventaja.

Y as diciendo, desatse el yelmo, lo colg en las ramas de una haya, y
desenvain inmediatamente  Durindana. Ferrags no se manifest
atemorizado por ello; desnud su acero, y se puso en disposicion de
amparar con l y con el escudo su cabeza descubierta.

Empezaron en seguida la pelea, buscndose mtuamente y revolviendo sus
caballos: los aceros de ambos se dirigian con preferencia  penetrar por
entre las junturas de las corazas y por la parte ms dbil de su
armadura. En todo el mundo no existian otros dos guerreros ms dignos de
medir sus armas: iguales en vigor y en audacia, ni el uno ni el otro
conseguian herirse.

Ya creo haberos dicho, Seor, que Ferrags tenia todo su cuerpo
encantado, y que era invulnerable, excepto en aquella parte por donde
recibe el nio su primer alimento cuando aun est encerrado en el
claustro materno; por esta causa llev el Sarraceno resguardado
contnuamente aquel sitio vulnerable con siete planchas de un excelente
temple, hasta el mismo dia en que cubri su faz la ttrica losa del
sepulcro. El prncipe de Anglante era tambien invulnerable, y solo podia
ser herido en las plantas de los pis; por eso las preserv de todos los
golpes con estudio y arte. Si la fama no miente, sus cuerpos eran ms
duros que el diamante; y si en sus diferentes empresas iban ambos
cubiertos con su armadura, ms bien era por adorno que por necesidad.

Aquel combate espantoso, que horrorizaba  la vista, iba hacindose cada
vez ms reido y cruel. Ferrags no daba golpe en vago, ya hiciera de
punta  de filo: los de Orlando rompian, rajaban,  hacian volar en
pedazos las diferentes piezas de la armadura de su enemigo, mientras
que Anglica, siempre invisible, era el nico testigo de tan terrible
espectculo. El rey de Circasia, presumiendo que la jven no debia de
estar muy distante, aprovech la oportunidad que aquel combate le
proporcionaba, y se encamin por el sendero que supuso habria seguido la
doncella cuando desapareci de su vista; de suerte que la hija de
Galafron fu la nica persona que presenci la lucha de los dos
campeones. Despues de haberla estado contemplando durante algun tiempo,
 pesar del horror y espanto que causaba, y cuando le pareci tan
peligrosa para uno como para otro adversario, quiso variar la escena; y
 este fin, ide apoderarse del yelmo, para observar no ms lo que
harian los dos guerreros cuando advirtieran su desaparicion; pues estaba
decidida  no conservarle por mucho tiempo en su poder: su intencion era
la de drselo al Conde; pero queria divertirse un rato  su costa.

Descolg, pues, el yelmo, lo coloc en su regazo y continu mirando un
breve rato  los dos guerreros: en seguida se alej sin decirles una
palabra; y habia recorrido ya una gran distancia sin que ninguno de los
dos notase la desaparicion del objeto disputado, tanta era la ira que 
uno y otro cegaba, cuando Ferrags, que fu el primero en advertirlo, se
apart de Orlando y dijo:

--Cmo nos ha tratado de incautos y necios ese caballero que estaba con
nosotros! A qu premio aspirar ahora el vencedor, si nos ha robado el
yelmo?

Retrocedi Orlando; dirigi sus miradas  la rama, y al verla sin el
yelmo, su furor no conoci lmites. Convino con Ferrags en que se lo
habria llevado el caballero que antes estaba con ellos; y volviendo la
brida  hincando el acicate en su corcel, sali en su persecucion; tras
l sigui Ferrags, y cuando llegaron  un sitio donde se veian las
huellas recientes del Circasiano y de la doncella, dirigise el Conde
por la izquierda hcia un valle, por donde se habia encaminado
Sacripante, mientras que el Sarraceno continu por un sendero prximo 
un monte, en el que se habia internado Anglica.

La jven habia llegado en tanto  una fuente, situada en un paraje
umbroso y agradable, que invitaba  todo transeunte  gozar de su
frescura, y de la que nadie se separaba sin humedecer en ella sus
labios. Anglica se detuvo  la orilla de las cristalinas ondas,
pensando que all nadie la sorprenderia, y sin creer que pudiera
sucederle contratiempo alguno, merced al sagrado anillo que la protegia.
Apenas lleg, coloc el casco en un arbusto junto  las verdes orillas
del arroyuelo, y despues busc el sitio ms  propsito donde pastara su
yegua.

El caballero espaol lleg  aquella fuente, siguiendo las huellas de
Anglica; la cual, no bien le hubo divisado, cuando desapareci de su
vista, y se alej con su yegua, sin cuidarse en su precipitada huida de
recoger el yelmo, que habia caido sobre la yerba. Apenas el infiel
descubri  su amada, corri hcia ella lleno de alegra; pero la jven
desapareci, como he dicho, de su vista, con la misma prontitud con que
se desvanece un ensueo fantstico. Ferrags se puso  buscarla por
todas partes, maldiciendo  Mahoma,  Trevigante y  todos los profetas
y maestros de su religion. Volvi desesperanzado hcia la fuente, donde
yacia entre la yerba el yelmo del Conde. Conocilo, apenas fij en l la
vista,  causa de una inscripcion que tenia grabada en la orla, y en la
que decia dnde lo habia ganado Orlando, el modo cmo se apoder de l,
la poca de la victoria y el nombre de su anterior dueo. No dud un
momento el pagano en cubrirse con l la cabeza y el cuello; pues 
pesar del sentimiento que le causaba la brusca desaparicion de la jven,
semejante en lo rpido  la de las fantasmas nocturnas, apresurse 
aprovechar aquella ocasion, que ponia tan codiciada prenda en sus manos.

Despues de haber enlazado cuidadosamente todas las hebillas del yelmo,
ocurrisele, para que su satisfaccion fuera completa, alcanzar 
Anglica, que aparecia y desaparecia de su vista con la velocidad del
relmpago. Recorri en su busca toda la floresta; y cuando hubo perdido
la esperanza de encontrar sus huellas, march  unirse con los
sarracenos acampados bajo los muros de Paris, consolndose de no haber
podido realizar por completo sus deseos con estar en posesion del almete
de Orlando, y haber cumplido su juramento. El Conde busc por espacio de
mucho tiempo  Ferrags, luego que tuvo noticia de lo sucedido; mas no
pudo recobrar aquel yelmo hasta el dia en que, hallando al Sarraceno
entre dos puentes, se lo quit arrancndole al mismo tiempo la
existencia.

Anglica, sola y siempre invisible, continuaba su marcha, con turbado
rostro, porque sentia haber olvidado en su precipitacion el yelmo de
Orlando cerca de la fuente.

--Por meterme  hacer lo que no debia, iba diciendo entre s, he dejado
al Conde sin su yelmo: no era esta en verdad la primera recompensa que
debia yo ofrecerle por los muchos servicios  que le estoy obligada.
Pero si me apoder de l, bien sabe Dios que fu con buena intencion,
aunque el resultado sea tan contrario como desgraciado: mi nico
pensamiento consistia en suspender aquella lucha, y no en que aquel
arrogante espaol realizara por mi mediacion sus deseos.

En estos y semejantes trminos iba lamentndose de haber privado 
Orlando de su yelmo. Contrariada y pesarosa tom el camino que le
pareci mejor para dirijirse  Oriente, ocultndose  dejndose ver que
las gentes, segun que le parecia  no oportuno. Despues de haber
recorrido muchos paises, lleg  un bosque, donde encontr  un jven
incuamente herido en el pecho y tendido entre los cadveres de dos
compaeros suyos. Pero no puedo continuar hablndoos ms tiempo de
Anglica; porque antes he de referir otras muchas cosas, as como
tampoco pienso ocuparme de Ferrags ni de Sacripante por algun tiempo.
El prncipe de Anglante es el que llama toda mi atencion, y ser preciso
que os cuente con preferencia  lo dems, los muchos trabajos, penas y
fatigas que soport para conseguir sus deseos, que no pudo ver
realizados nunca.

Al llegar  la primera ciudad que hall  su paso, cubrise con un casco
nuevo, sin cuidarse de si estaba bien  mal templado, pues lo que l
procuraba era no ser conocido: por lo dems, tanto le importaba aquel
casco como otro cualquiera, tranquilo con su cualidad de invulnerable.
Oculto, pues,  todas las miradas, continu sus pesquisas tanto de dia
como de noche, y arrostrando impvido las lluvias  los ardores del Sol.
Pasando un dia cerca de Paris, hcia la hora en que Febo sacaba del mar
sus caballos de rociadas crines y la Aurora alfombraba el cielo con
flores rojas y amarillas;  esa hora en que las estrellas cesan en sus
danzas y se ponen el velo para marcharse, di Orlando una prueba
brillante de su valor. Encontrse frente  frente de dos escuadrones de
sarracenos:  la cabeza de uno de ellos iba Manilardo, el moro de
blancos cabellos, rey de Noricia, guerrero audaz y gallardo en otro
tiempo, y  la sazon mejor para los consejos que para las batallas: el
otro iba agrupado en torno del estandarte del rey de Tremecen que
pasaba entre los africanos por un perfecto caballero, y cuyo nombre era
el de Alzirdo.

Aquellos soldados, como todos los dems del ejrcito pagano, habian
establecido sus cuarteles de invierno, unos al pi de las murallas de
las ciudades, otros ms ljos, pero todos en rededor de las poblaciones
y los castillos; porque habiendo intentado ms de una vez el rey
Agramante asaltar  Paris, aunque en vano, se decidi por ltimo 
asediarlo estrechamente, ya que de otro modo no podia apoderarse de l,
y  este fin renuni un nmero considerable de tropas: adems de las que
habian seguido sus banderas y de las que pasaron desde Espaa  las
rdenes del rey Marsilio, tenia asalariada una multitud de aventureros
franceses, con cuyas fuerzas reunidas habia sometido todo el pas
comprendido entre Paris y el rio de Arls con parte de la Gascua,
excepto algunas fortalezas.

Apenas empezaron los ondulantes arroyos  convertir el hielo en
templadas y cristalinas corrientes, y  revestirse los rboles de nuevas
hojas, reuni el rey Agramante  todos cuantos seguian su misma suerte,
para organizar su ejrcito de modo que pudiera realizar desde luego sus
propsitos. Los reyes de Tremecen y de Noricia marchaban con este objeto
 fin de llegar  tiempo al punto de reunion, donde se admitian toda
clase de tropas, fuesen buenas  malas. Orlando top, segun he dicho,
con las fuerzas de aquellos reyes, mientras iba en busca de su amada,
segun su costumbre.

Cuando Alzirdo divis  aquel conde, cuyo valor no tenia igual en el
mundo, con tal aspecto y tan altiva frente que parecia superior al mismo
Dios de la guerra, qued sorprendido de su talante, mirada audaz y fiero
continente, y vi en l un guerrero capaz de las acciones ms hericas,
por cuya razon entr en deseos de medir con l sus armas. Jven y
arrogante, Alzirdo era tenido por hombre de mucha fuerza y de gran
corazon. Preparse  la lucha y lanz su caballo contra Orlando: mejor
hubiera hecho en continuar  la cabeza de sus soldados; porque en el
terrible choque, el prncipe de Anglante le atraves el corazon,
derribndole del caballo, el cual, no teniendo quien le sujetase, huy 
todo escape poseido de un gran terror. Al ver salir  torrentes la
sangre del vencido sarraceno, despidieron sus soldados un grito
horrsono y terrible, que llen todo el espacio, y se precipitaron en el
mayor desrden contra el Conde, descargndole muchos de ellos tajos y
estocadas, mientras los ms lanzaban un diluvio de dardos contra la flor
y nata de los paladines. Aquel tropel de brbaros rodeaba al Conde,
gritando: A l! A l! y produciendo un estruendo semejante al que
ocasiona una muchedumbre de javales, cuando van corriendo despavoridos
por los montes  los campos, al ver que un lobo salido de su guarida 
un oso descendido de las montaas se ha apoderado de cualquier javato,
que se lamenta con estridentes gruidos de haber caido entre las garras
de la fiera.

Mil lanzas, mil espadas y saetas caian sobre el escudo  la coraza: unos
descargaban sus mazas sobre la espalda del guerrero; otros le amenazaban
por un costado; otros por delante. Pero Orlando, en cuyo corazon no
hallaba cabida el temor, despreciaba  aquella turba vil y todas sus
armas, como el lobo, encerrado de noche en un redil, desprecia  los
corderos por numerosos que sean. Su mano empuaba desnudo el
centelleante acero que habia hecho morder el polvo  tantos sarracenos:
quin seria, pues, capaz de contar el nmero de sus vctimas? La sangre
ya enrojecia el camino, que apenas podia contener los cadveres en l
amontonados: donde caia la fatal Durindana eran tan intiles las rodelas
y los almetes como los petos rellenos de algodon  los innumerables
pliegues de los turbantes; por el aire no volaban solamente los ayes y
los lamentos, sino los brazos, las cabezas y dems miembros de los
sarracenos. La muerte iba por aquel campo estampando sus huellas, bajo
mil horribles formas, en los semblantes de los heridos, y diciendo entre
s alegremente:--En manos de Orlando, vale Durindana por cien guadaas
mias.

Sucedanse sin interrupcion los golpes del Paladin, hasta que empezaron
 huir aquellos mismos adversarios que, al verle solo, le habian
acometido tan presurosos, creyendo sin duda que iban  tragrselo. No
habia quien, por librarse del peligro, esperase al amigo, y procurara
huir juntamente con l: unos escapaban  pi por un lado; otros
aguijaban  sus caballos por otro, y nadie reparaba, con tal de
salvarse, en si era buena  mala la direccion que seguia. En torno de
ellos vagaba el honor, llevando en la mano el espejo que refleja hasta
la ms imperceptible arruga del alma; pero nadie se detuvo 
contemplarse en l, excepto un anciano  quien la edad habia secado la
sangre, mas no el valor. El rey de Noricia, que era este anciano,
consider la muerte preferible  una fuga ignominiosa, y enristrando la
lanza contra el Paladin francs, la hizo pedazos en el centro del escudo
del terrible Conde,  quien ni siquiera conmovi en la silla. Este, que
continuaba blandiendo su espada, tir al pasar una cuchillada 
Manilardo,  quien ayud la suerte; pues al venirle encima el crudo
acero, se lade en manos de Orlando, y no pudo herirle de filo, si bien
le derrib del caballo. Qued el Rey moro aturdido del golpe; su
contrario no se volvi siquiera para mirarle, y continu en su tarea de
tajar, romper, hender y derribar cuanto se oponia  su paso: todos
creian tenerle encima; sobrecogidos de espanto, no quedaba uno solo de
toda aquella tropa que no cayera,  huyera  se echara boca abajo, como
huye al travs de las extensas regiones del aire una bandada de
estorninos perseguidos por el audaz esparavan, hasta que por ltimo la
vencedora espada del guerrero dej el campo libro de todo enemigo vivo.

Aunque Orlando conocia perfectamente todo el pas, vacilaba con respecto
al camino que debia tomar.

No sabia si haria bien en dirijirse  la derecha   la izquierda, y su
pensamiento estaba en desacuerdo con la ruta que habia de seguir,
temeroso de decidirse por un camino distinto del que le era necesario
emprender para encontrar  Anglica. Mientras tanto iba marchando  la
ventura por campos  selvas como un insensato, hasta que al fin lleg al
anochecer al pi de un monte:  lo ljos vi brillar una luz, que salia
por entre la hendidura de una roca, hcia la que se aproxim para ver si
Anglica se habia guarecido all. A la manera que se busca una temerosa
liebre por los bosquecillos de enebros  por los rastrojos en campo
raso, atravesando zanjas y tortuosos senderos, registrando todas las
matas y todos los zarzales por si acaso se hubiera ocultado entre ellos,
del mismo modo iba el Conde buscando con gran pena por todos los sitios
adonde le encaminaba su esperanza. Acelerando el paso hcia aquel
resplandor, lleg  un claro del bosque, en medio del cual habia un
angosto respiradero, que servia de entrada  una extensa gruta: algunas
zarzas y espinos que se veian  la entrada formaban una especie de muro
espeso, merced al cual los moradores de la gruta podian sustraerse  las
miradas del que  ella se dirigiese con intenciones hostiles. Imposible
fuera encontrarla de dia; pero de noche, aquella luz revelaba su
situacion.

     [Ilustracin: En medio de la cueva, vi Orlando una doncella de
     agradable rostro, acompaada de una vieja.

     (Canto XII.)]

Orlando estuvo un momento pensando lo que debia ser aquello: decidido
despues  averiguarlo, apese de Brida-de-oro, le at  un rbol, se
acerc con gran cautela  la entrada de la cueva, y separando la maleza
penetr en ella sin anunciarse. Una serie de numerosos escalones
conducia al fondo de la gruta, donde no parecia sino que las personas
estuvieran enterradas en vida. Era la tal caverna de una extension
considerable: estaba cortada  pico y abovedada, y  pesar de su
profundidad no carecia enteramente de la luz del dia; pues aunque pasaba
muy poca por la entrada, la recibia con bastante intensidad por un gran
agujero abierto  la derecha de la roca. En medio de la cueva, y al lado
de un hogar, se veia  una doncella de agradable rostro que apenas
habria cumplido los quince aos. Bastle al Conde una sola mirada para
apreciar su belleza, que convertia aquel sitio salvaje en un paraiso, 
pesar de que sus ojos estaban preados de lgrimas, seales manifiestas
de algun profundo dolor. Acompabala una vieja con la que sostenia una
gran disputa, cosa bastante frecuente entre mujeres; pero apenas lleg
el Conde al fondo de la gruta, cesaron sus cuestiones.

Orlando las salud con la cortesa que todo caballero est obligado 
usar con las damas, y ellas se pusieron inmediatamente en pi,
devolvindole no menos afectuosamente su saludo, si bien es verdad que
se alarmaron algun tanto al oir de improviso aquella voz desconocida, y
al ver entrar en aquel recinto un hombre completamente armado y de
terrible aspecto. Orlando les pregunt en seguida quin era el ser tan
descorts, injusto, brbaro y atroz, capaz de tener sepultado en aquella
gruta un rostro tan bello y encantador. La jven contest  aquella
pregunta con voz fatigosa  interrumpida por frvidos sollozos, que
hacian salir entrecortados, entre perlas y corales, sus suaves acentos:
abundantes lgrimas surcaban las azucenas y rosas de su rostro,  iban 
perderse en su seno. Mas dignaos, Seor, escuchar el resto de esta
historia en el canto siguiente, que ya es tiempo de terminar este.




CANTO XIII.

     Orlando escucha la narracion de las desventuras de la doncella 
     quien Zerbino amaba.--Da muerte  la turba vil y perversa que la
     tenia sepultada en aquella cueva.--Bradamante, apesadumbrada por la
     suerte de Rugiero, penetra en el palacio donde Atlante tenia
     reunidos tantos caballeros.--Agramante pone en movimiento su
     ejrcito.


Cun venturosos fueron los caballeros de los tiempos antiguos, que
encontraban en los valles, en las grutas y en los bosques, guaridas tan
solo de serpientes, osos y leones, lo que hoy apenas se v en los
palacios ms suntuosos: damas que, en la primavera de su vida, fuesen
dignas del ttulo de hermosas!

He dicho ms arriba que Orlando encontr en la gruta  una doncella, y
que le pregunt quin la habia conducido all. Prosiguiendo, pues, mi
narracion, os referir cmo ella di al Conde cuenta de sus desventuras,
en los trminos ms breves que pudo emplear, y con acento dulce y
suavsimo, interrumpido frecuentemente por los sollozos.

--Aunque estoy completamente segura, le dijo, de que mis palabras me han
de costar caras, porque esa vieja no tardar en participar esta
entrevista al que me tiene aqu encerrada, estoy, sin embargo,
dispuesta  decrtelo todo, as me cueste la vida. Y qu mayor dicha
puedo esperar de l, sino que cualquier dia me haga morir?

Me llamo Isabel, y fu hija del infortunado rey de Galicia: he hecho
bien en decir fu, pues ya no soy hija suya, sino del dolor, de la
angustia y de la tristeza, por culpa del Amor, de cuya perfidia me
lamento en particular: el cruel nos halaga dulcemente al principio, y
mientras tanto trama en secreto engaos y traiciones. En otro tiempo
vivia yo feliz y contenta con mi suerte, jven, amable, rica, honrada y
bella: hoy me encuentro pobre y despreciada; hoy soy infeliz; hoy, en
fin, no puede haber suerte ms desgraciada que la mia. Mas deseo que
sepas el orgen del mal que me atormenta; pues aunque no me prestes
generosa ayuda, creo que no ha de pesarte escucharlo.

Hace cosa de un ao que mi padre mand publicar que daria un torneo en
Bayona, y el anuncio de estas justas atrajo  una multitud de caballeros
de diferentes paises. De todos cuantos concurrieron, solo me pareci
digno de elogio Zerbino, hijo del rey de Escocia, ya fuese porque Amor
me lo hiciera ver as,  porque el verdadero mrito se manifiesta por s
solo. Al presenciar los admirables hechos de armas que llev  cabo en
la liza, qued presa en las redes de su amor, si bien no pude advertirlo
hasta que ya no era duea de m misma: no obstante mi debilidad, me
tranquilizaba y aun me halagaba la idea de no haber entregado mi corazon
 un hombre indigno, sino al ms acreedor de l y al ms gallardo que
existe en el mundo. Zerbino superaba efectivamente en gentileza y valor
 todos los dems caballeros, y me di pruebas, en las cuales creo
firmemente, de que su pasion no era menos ardiente que la mia.
Encontramos quien protegiera nuestros amores, y de este modo, aun
cuando no nos veiamos, nuestras almas estaban continuamente unidas.

Terminadas las fiestas, mi Zerbino regres  Escocia. Si sabes lo que
es amor, podrs comprender cun afligida qued: su recuerdo estaba
grabado en mi mente dia y noche, y me constaba que en torno  su corazon
se posaba una llama no menos molesta que la mia; por cuya causa, y por
no poder moderar sus deseos, pens en los medios de llevarme  su lado.
Zerbino es cristiano, yo mahometana, y esa desigualdad de creencias le
impidi pedir  mi padre mi mano, por cuya razon determin robarme. En
los confines de mi hermosa patria, que se extiende entre verdes campos
por la orilla del mar, poseia yo un bello jardin, situado en las costas,
y desde el que se descubrian los collados que lo rodeaban y todo el mar:
aquel sitio le pareci el ms favorablemente dispuesto para efectuar lo
que impedia nuestra distinta religion, y me particip de antemano el
plan que habia ideado para asegurar nuestra felicidad. Cerca de Santa
Marta tenia oculta una galera tripulada por gente armada, al mando de
Odorico de Vizcaya, hombre experto en los combates terrestres y navales.

No pudiendo llevar  cabo por s mismo el rapto meditado, porque su
anciano padre le habia confiado el mando de las tropas que debian
socorrer al apurado rey de Francia, envi en su lugar  Odorico  quien
eligi como el ms fiel y decidido amigo entre todos los amigos
decididos y fieles con que contaba; y as debia ser, suponiendo que los
beneficios tengan siempre el poder de estrechar la amistad. Habamos
convenido de antemano en que este vendria  robarme en un buque armado
convenientemente, as que trascurriera el tiempo prefijado. En cuanto
lleg el anhelado dia, me traslad  aquel jardin, y Odorico, seguido
de una tropa de marineros armados, desembarc en un rio prximo  la
ciudad y se dirigi silenciosamente adonde yo me encontraba. Me
trasladaron en seguida  la galera preparada, antes de que se difundiera
por la ciudad la menor sospecha de mi evasion. Algunos de mis criados, 
quienes sorprendieron desnudos y desarmados, pudieron huir; otros fueron
degollados, y otros hechos prisioneros y llevados conmigo. De este modo
abandon mi patria, tan llena de alegra como no podrs figurarte,
esperando disfrutar en breve del amor de mi Zerbino.

Apenas nos encontramos  la altura de Mongia, cuando nos asalt por la
izquierda una horrorosa tempestad que oscureci el cielo, hasta entonces
sereno; alborotse el mar, y sus encrespadas olas subian hasta las
nubes. El duro Noroeste, que nos desviaba de nuestro rumbo, iba
creciendo de hora en hora y cada vez con ms fuerza, en trminos de
hacer totalmente intiles todas las maniobras. De nada nos servia
amainar las velas, picar los palos, ni aligerar el buque:  pesar de
nuestros esfuerzos, el huracan nos arrastraba hcia unos escollos
prximos  la Rochela, y  no ser por el auxilio del Todopoderoso,
seguramente nos hubiramos estrellado contra la costa; porque el
desapiadado viento nos empujaba con ms velocidad que la que lleva una
flecha al ser despedida del arco.

Ante la inminencia del peligro, el vizcaino recurri  un medio que con
frecuencia suele salir fallido: hizo arrojar un bote al agua, al que
salt con presteza llevndome consigo: despues de l, salt otro, y
otro, y lo hubiera hecho tambien toda la tripulacion  no ser por la
resistencia de los primeros, que espada en mano rechazaron  los dems y
cortaron el cable. En breve nos alejamos del buque, y llegamos
felizmente  tierra todos cuantos nos habamos refugiado en el bote: no
tuvieron igual suerte los que en la galera habian quedado; todos se
hundieron en el mar con ella, sin que pudiera salvarse el menor objeto.
Con las manos extendidas hcia el cielo, d fervorosas gracias  la
bondad infinita del Eterno por haberme arrancado al furor del mar,
permitindome volver  ver  mi Zerbino.

Mis joyas, mis vestidos, todo cuanto poseia desapareci en el mar con
el bajel: pero mientras me quedara la esperanza de reunirme  mi amante,
me importaba muy poco todo lo dems. La playa donde logramos arribar no
ofrecia seal alguna de sendero, ni en cuanto alcanzaba la vista se veia
un solo albergue por miserable que fuese: solo se descubria una montaa,
cuya umbrosa cima azotaban continuamente los vientos, mientras que las
olas se estrellaban en su base. All fu donde el amor tirano y cruel,
que jams ha cumplido lealmente una promesa, y que est siempre
acechando una ocasion para estorbar y oponerse  nuestros propsitos ms
razonables, convirti del modo ms lamentable mi consuelo en dolor, mi
bien en mal: aquel amigo, en quien Zerbino depositara toda su confianza,
olvidando su promesa, ardi por m en deseos impuros.

Ya fuese porque no se hubiera atrevido  revelarme su pasion durante el
viaje,  porque la favorable ocasion que le proporcionaba la soledad de
aquel sitio despertase en l un amor criminal, es lo cierto que Odorico
se prepar  satisfacer en l sin demora su deshonesto apetito; pero
antes procur desembarazarse de uno de los dos que se habian salvado con
nosotros en el bote. Era este un escocs llamado Almonio, que se
mostraba muy adicto  Zerbino, el cual le recomend  Odorico como
hombre decidido y valiente. Para alejarle de nuestro lado, le dijo este
que era una imprudencia digna de censura obligarme  ir  pi hasta la
Rochela, y le rog en consecuencia que se adelantara  reconocer el
pas,  fin de proporcionarme una cabalgadura. Almonio, que nada
recelaba, ech  andar inmediatamente hcia la ciudad que nos ocultaba
el bosque, y apenas distaba seis millas. En cuanto al segundo compaero,
determin Odorico confiarle sus perversos designios, ya por no saber
cmo quitrselo de encima,  ya tambien porque tuviera en l una gran
confianza. Aquel hombre llambase Corebo de Bilbao, y habia pasado su
infancia con el traidor, viviendo ambos bajo un mismo techo. Odorico no
vi inconveniente alguno en comunicarle su infame pensamiento, esperando
que sacrificaria el honor en aras del placer de su amigo; pero Corebo,
que era honrado y noble, no pudo escucharle sin indignacion; le
apostrof de traidor, y le ech en cara su felona de palabra y de obra.
Excitados ambos por la clera que ardia en sus corazones, sacaron 
relucir las espadas, y poseida yo del mayor espanto al ver los
preparativos del combate, emprend la fuga al travs de la oscura selva.

Odorico, ms diestro en el manejo de las armas que su adversario, logr
tal ventaja sobre l  los pocos golpes, que le dej por muerto, y en
seguida se lanz en mi seguimiento. Amor, sin duda, le prest sus alas
para alcanzarme, y le ense tambien las frases ms halageas y
suplicantes para inducirme  amarle y complacerle; pero todo fu en
vano, porque estaba firmemente decidida  morir antes que satisfacer sus
deseos. Tras de las splicas vinieron las amenazas, y al ver que de nada
le servian unas ni otras, recurri descaradamente  la violencia: en
vano fu que  mi vez le suplicara que tuviese en cuenta la confianza
que en l deposit Zerbino, y la que yo misma le habia prestado al
entregarme en sus manos, pues no consegu ablandarle ni disuadirle.
Viendo entonces que eran estriles mis reconvenciones y mis ruegos, y
sin esperanzas de auxilio alguno contra un hombre lascivo y brutal que
se abalanzaba sobre m como hambriento oso, me defend como pude con las
manos, con los pis y hasta con los dientes y las uas, y le arranqu
las barbas y ara la piel, lanzando gritos desesperados que llegaban
hasta las estrellas.

No s si fu por casualidad,  porque mis lamentos se debian oir  una
legua de distancia,  porque los habitantes de aquel pas acostumbren 
recorrer las costas cuando tienen noticia de algun naufragio; pero el
caso fu que apareci una multitud de hombres por aquel monte, desde el
que descendieron al mar, dirigindose despues hcia nosotros. Aquella
turba lleg  tiempo para libertarme del desleal Odorico; su auxilio
fu, sin embargo, para m lo mismo que salir de Scila para precipitarme
en Caribdis,  como dice el vulgo, huir del fuego para caer en las
brasas: verdad es que no fu tan desgraciada, ni sus intentos tan
salvajes, que llegaran aquellos hombres  ultrajar mi persona; pero este
respeto no fu hijo de su humanidad ni de otra cualidad generosa, sino
de su propsito de conservarme, como me conservan, casta y pura, para
venderme con mayor ventaja. Ocho meses han trascurrido desde que me
tienen aqu sepultada en vida: he perdido ya toda esperanza de ver  mi
Zerbino; pues segun tengo entendido por algunas frases que he podido
sorprender, me han prometido  dado en venta  un mercader que debe
llevarme  Oriente para presentarme al Soldan.

Tal fu la narracion de la gentil doncella: los sollozos y los suspiros
interrumpian frecuentemente su voz angelical capaz de enternecer  los
tigres y  las serpientes. Mientras continuaba renovando su dolor, 
aliviaba quiz sus penas con el consuelo de hacer  otro partcipe de
ellas, entraron en la cueva veinte hombres armados de venablos y de
hoces. Su jefe, hombre de aspecto desalmado, tenia un solo ojo, cuya
mirada era sombra y dura; el otro lo habia perdido de un solo golpe que
le parti adems la nariz y la mandbula. Al reparar en aquel caballero,
tranquilamente sentado junto  la jven, exclam volvindose hcia sus
camaradas:

--Ah teneis un nuevo pjaro,  quien sin haber tendido ningun lazo,
encuentro preso en mis redes.

Despues dijo al Conde:

--Jams he visto hombre ms oportuno ni tan  propsito como t: ignoro
si has adivinado,  si lo sabes por habrtelo dicho alguien, que yo
ardia en deseos de poseer unas armas tan magnficas y un trage tan
airoso como el tuyo, y precisamente has llegado  tiempo de satisfacer
mi necesidad.

Orlando se puso en pi, y contest  aquel jayan, sonriendo amargamente:

--Dispuesto estoy  venderte mis armas; pero mediante un trato que no
suele tener cuenta  ningun mercader.

Y cogiendo rpidamente un tizon encendido, de los que ardian en el fuego
que junto  l estaba, le hiri con l por casualidad en el sitio en que
la nariz se une  las cejas. El tizon le abras los prpados de ambos
ojos; pero caus mayor dao en el izquierdo, pues se lo revent
privndole as del nico sitio por donde podia ver la luz: adems, aquel
golpe tan fiero, no solo le dej sin vista, sino que le hizo ir 
reunirse con los espritus  quienes Quiron y sus compaeros obligan 
estar sumergidos en la pez hirviendo[55].

     [55] Dante, en su _Divina comedia_, coloca al centauro Quiron en
     uno de los crculos del Infierno, donde l y los dems centauros
     cuidan de que los condenados no salgan fuera de la pez hirviendo.

En medio de la cueva habia una mesa enorme, de dos palmos de espesor,
sobre un pi macizo y tosco, y en derredor de la cual solia colocarse el
bandido con todos sus compaeros. Con la misma agilidad con que suele
jugar  la barra el airoso espaol, arroj Orlando aquella pesada mesa
sobre la agrupada canalla. Unos quedaron con el pecho  con el vientre
aplastado; otros con la cabeza, los brazos  las piernas rotas; estos
exhalaron el ltimo aliento; aquellos salieron estropeados para toda su
vida, y algunos, por fin, menos heridos, procuraron buscar su salvacion
en la fuga. No de otra suerte, un enorme peasco lanzado sobre un monton
de serpientes que estn enroscadas al dulce calor de un sol de
primavera, aplasta lomos, magulla cabezas y destroza escamas, resultando
una multitud de sierpes ms pequeas segun que el golpe ha dividido el
cuerpo de algunas  muchas de ellas; y mientras las unas mueren 
pierden la cola, otras no pueden mover la parte anterior de su cuerpo y
agitan y retuercen convulsivamente la posterior, y otras, cuya suerte es
ms propicia, se deslizan entre la yerba, y van serpenteando en busca de
un refugio. El estrago que caus la mesa fu terrible; pero no es de
extraar, si se atiende  que fu arrojada por el valeroso Orlando.

Los que se libraron del golpe  no salieron muy maltratados de l (y
Turpin afirma que fueron siete), confiaron  los pis su salvacion; pero
el paladin les cerr la salida, y apoderndose de ellos sin dificultad,
fules atando slidamente las manos con una cuerda  propsito para el
caso, que encontr en aquella morada selvtica. Obligles despues 
salir de la cueva, y les llev al pi de un serbal corpulento, cuyas
ramas aguz con su espada: en seguida les enganch en ellas para que
sirvieran de pasto  los cuervos. No tuvo necesidad de sujetar su cabeza
con cadenas; las agudas ramas del rbol, en las que Orlando los fu
empalando uno  uno por la barba, bastaron para purgar al mundo de
aquella vil canalla.

La vieja, amiga y compaera de tales malandrines, apenas los vi
muertos, huy llorando y mesndose los cabellos por selvas y bosques
inextricables. Despues de andar por caminos speros y escabrosos con
tardo paso, paralizado muchas veces por el temor, lleg  la orilla de
un rio, donde encontr  un guerrero, del que me ocupar ms adelante.

Volver  Isabel, que suplicaba  Orlando no la dejase sola,
ofrecindose  seguirle por todas partes.

Orlando se esforz en consolarla con la mayor amabilidad; y apenas
emprendi la blanca Aurora su acostumbrado camino, adornada con sus
velos de prpura y sus guirnaldas de rosas, se alej de aquel sitio con
Isabel. Anduvieron por espacio de muchos dias sin hallar cosa digna de
particular mencion, hasta que toparon con un caballero  quien llevaban
cautivo. Ms tarde os dir quin era; ahora me aparta de ellos una
doncella de quien os ser grato que os hable: me refiero  la hija de
Amon,  quien dej entregada  sus amorosas penas.

Esperando intilmente el regreso de su Rugiero, estaba la hermosa jven
en Marsella, dando qu hacer casi diariamente  las huestes musulmanas,
que hacian frecuentes incursiones por el Languedoc y la Provenza,
talando montes y llanos; pero ella les tenia  raya, portndose cual
diestro guerrero y experimentado caudillo. Cuando vi que habia
transcurrido mucho ms tiempo del fijado para la vuelta de su Rugiero,
temi por l y agitaron su corazon mil crueles presentimientos. Un dia
en que, segun su costumbre, estaba lamentndose en secreto, se le
present aquella que llev en el anillo el remedio para curar el corazon
herido por Alcina. Al verla aparecer sin su amante despues de haber
pasado tanto tiempo, qued plida, llena de angustia, y tan temblorosa
que apenas podia sostenerse. La buena Maga se adelant hcia ella
sonriendo, y cuando adivin la causa de su turbacion, procur
tranquilizarla revistiendo su semblante de esa risuea apariencia que
suele tener el mensajero de buenas noticias.

--Hermosa jven, le dijo, no tengas el ms mnimo temor por tu Rugiero,
que est vivo y sano, y adorndote como siempre: sin embargo, se v
privado de su libertad, porque tu enemigo le tiene otra vez en su poder.
Fuerza ser, pues, que montes  caballo y me sigas inmediatamente si
deseas salvarle; yo te abrir un camino para que restituyas la libertad
 tu Rugiero.

Y continu refirindole el nuevo ardid mgico que Atlante habia urdido
contra l, y le dijo que con el auxilio de su imgen,  la que al
parecer llevaba cautiva un perverso gigante, le habia atraido al palacio
encantado, donde desapareci la vision. Aadi Melisa que con semejante
engao, detenia Atlante  cuantas damas y caballeros llegaban all,
mostrndoles el objeto de su pasion  sus deseos: que cada cual, al
mirar al encantador, creia ver en l  su dama,  su escudero,  su
camarada   su amigo, y en fin, objetos distintos, segun que lo eran
tambien sus deseos; resultando de aqu que se cansaban todos en intiles
pesquisas y en correr tras aquellas imgenes, que se desvanecan al
aproximarse, excitando de tal modo su anhelo y su esperanza, que no
podian apartarse de tan singular morada.

--Cuando te halles cerca de aquella mansion encantada, prosigui
Melisa, saldr el nigromante  tu encuentro bajo la forma de tu Rugiero:
valindose de sus malas artes, te har ver  tu amante vencido por un
guerrero de fuerza superior  la suya,  fin de que, volando t en su
auxilio, vayas  reunirte con los dems caballeros, cuya suerte
sufrirs. Ahora bien, para que no caigas en los lazos donde han caido
tantos otros, ten mucho cuidado de no dar crdito alguno al que veas con
el aspecto y semblante de Rugiero pidiendo socorro: por el contrario,
as que le veas delante de t, arrncale su indigna vida, sin que te
detenga el temor de matar  Rugiero, pues tan solo matars al que es
causa de todos tus pesares. Bien conozco que te parecer duro dar la
muerte  cualquiera que parezca tu amante; pero no ds crdito  tu
vista extraviada por los maleficios que te ocultarn la verdad. Antes de
que yo te conduzca al bosque, forma una resolucion inmutable; de lo
contrario, si consientes en que viva el mgico, perders  Rugiero para
siempre.

Decidida la animosa jven  arrancar la existencia  Atlante, cogi sus
armas y se dispuso  seguir  Melisa, de cuya abnegacion y fidelidad
estaba persuadida. La encantadora le sirvi de guia por los bosques y
por los terrenos cultivados, que atravesaban rpidamente y  grandes
jornadas, procurando hacerle menos fastidioso el camino con el atractivo
de sus sabrosas plticas. Entre todos los asuntos de su conversacion,
era el principal el recuerdo de que su union con Rugiero debia producir
excelentes prncipes y gloriosos semidioses. Como Melisa conocia
perfectamente todos los secretos del Destino, le era fcil predecir
cuanto debia suceder en el transcurso de los siglos.

--Oh querida y prudente guia! dijo  la Maga la nclita doncella: ya
que me has dado  conocer con muchos aos de anticipacion toda mi
excelente progenie varonil, hblame de alguna dama de mi raza, si es que
ha de existir alguna que pueda figurar entre las bellas y virtuosas.

La complaciente Melisa respondi:

--De t veo salir madres de emperadores y grandes reyes, seoras
honestsimas, slidas columnas de casas ilustres y de esclarecidos
dominios, cuyo lustre sustentarn  aumentarn. Las damas de tu linaje
no sern menos dignas de renombre y fama por su piedad, su valor, su
prudencia, y su honestidad incomparable que los caballeros por sus
hechos de armas. Si tuviese que ocuparme en particular de cada una de
tus descendientes digna de honrosa memoria, me faltaria el tiempo, pues
no deberia pasar en silencio  ninguna de ellas; pero,  fin de
satisfacer tu deseo, elegir algunas entre otras mil. Por qu no me
hiciste presente esto mismo en la cueva, y habrias podido contemplar
tambien sus imgenes?

De tu preclara estirpe saldr la protectora y amiga de las letras y de
las bellas artes,  quien no s si llamar apuesta y bella,  ms bien
prudente y honesta. Esta ser la liberal y magnnima Isabel[56], cuyo
renombre prestar eterna fama  la ciudad situada  orillas del Mincio,
que lleva el nombre de la madre de Ocno[57]: En ella sostendr una
honrosa y esplndida competencia con su dignsimo esposo, para ver quin
de los dos apreciar y amar ms la virtud y quin ser ms corts y
benigno. Si el uno aduce en su favor que  orillas del Taro[58] y en
sus estados consigue librar  Italia del yugo francs, la otra alegar
que  Penlope la hizo su castidad tan clebre como su esposo Ulises.
Muchas y muy grandes cosas s con respecto  esta dama, por habrmelas
anunciado Merlin durante el tiempo que pas en la cueva ljos del mundo;
pero me detengo aqu porque si llego  desplegar las velas por tan
anchuroso mar, mi travesa ser mayor que la de Tifis[59]. Concluyo,
pues, manifestndote, que en Isabel estarn reunidos todos los dones que
proporciona el cielo  la virtud.

     [56] Hija de Hrcules, duque de Ferrara, y hermana de Alfonso 
     Hiplito; fu mujer animosa, honestsima y digna de todo encomio.
     Casse con Francisco Gonzaga, seor de Mantua, el cual puesto  la
     cabeza de los venecianos, en auxilio de los genoveses contra Crlos
     VIII de Francia, derrot  los franceses.

     [57] Ocno fu hijo del Tiber y de la profetisa Manto, que di su
     nombre  la ciudad de Mantua.

     [58] Rio de Italia que nace en los Apeninos cerca de Gnova,
     atraviesa el Ducado de Parma y desagua en el P.

     [59] Piloto del buque en que fueron los Argonautas  la conquista
     del Vellocino de oro.

Con ella estar su hermana Beatriz[60],  quien cuadra admirablemente
este nombre, porque no solo disfrutar mientras viva la felicidad que se
encuentra en la Tierra, sino que su benfica influencia se extender
sobre su esposo, el ms rico y dichoso de todos los prncipes; pero en
cuanto ella abandone esta terrenal morada, caer aquel en la desgracia
ms profunda. Mientras viva Beatriz, el Moro y Sforza, y las culebras de
los Visconti, sern invencibles desde las nieves polares hasta las
orillas del mar Rojo, y desde el Indo hasta los montes que baa el mar
de Francia; pero en cuanto muera aquella princesa, su esposo y el reino
de los insubres caern en la esclavitud con grave perjuicio para toda la
Italia: con ella, desaparecer tambien la suprema sabidura.

     [60] Mujer de Luis Sforza, duque de Milan, llamado el _Moro_, el
     cual, despues de muerto Galeazzo su hermano, bajo pretexto de
     dirigir  Juan Galeazzo, sobrino suyo y heredero de aquel Estado,
     la gobern continuamente, hasta que por fallecimiento de su
     sobrino, le colocaron en posesion definitiva del ducado los seores
     de Milan. Beatriz fu dama de gran pompa: hizo gala de una
     arrogancia impropia en una dama, y procur continuamente
     inmiscuirse en los asuntos de Estado, repartiendo empleos y hasta
     disponiendo de la justicia. Muri en 1476, y poco despues su marido
     perdi sus estados.

Otras muchas princesas de igual nombre nacern bastantes aos antes:
una de ellas ceir sus sagrados cabellos con la esplndida corona de la
Panonia[61]: otra, cuando haya dejado la pesada carga de la vida, ser
colocada en Ausonia entre el nmero de los santos, y se le ofrecern
inciensos  imgenes votivas. Callar las dems; pues como he dicho, mi
relato seria demasiado largo, si bien es verdad que cada una de ellas
mereceria inspirar la herica trompa de la Fama. Nada dir de las
Blancas, ni de las Lucrecias y Constanzas, y otras y otras que sern
madres de los prncipes ms ilustres de Italia, y renovarn el esplendor
de las principales familias reinantes. Ninguna raza ser ms fecunda que
la tuya en mujeres clebres, no solo por las virtudes de las hijas, sino
por la extraordinaria honestidad de las esposas[62].

     [61] Nombre antiguo de la Hungria.

     [62] El gran lunar que empaa el poema de Ariosto es la adulacion 
     la casa de Este, que le arrastra hasta el punto de citar las
     _Lucrecias._

Y  fin de que con respecto  este punto sepas algo de lo que me dijo
Merlin, sin duda con el objeto de que te repitiera sus palabras,
continuar hablndote con buena voluntad de tu descendencia.

Me ocupar primeramente de Ricarda[63], digno modelo de entereza y
honestidad: jven aun, quedar viuda, y expuesta  los rigores de la
fortuna, como con frecuencia acontece  los buenos. Ver  sus hijos,
nios todavia, desposeidos de los estados de su padre, y vagando por
tierras extraas en manos de sus adversarios; pero al fin tendrn sus
desgracias una digna recompensa.

     [63] Ricarda, hija del marqus de Salazzo y mujer de Nicols de
     Este. Viendo que Leonelo y Borso se habian apoderado del gobierno
     de Ferrara, envi sus hijos  diferentes estados en busca de mejor
     suerte. La primera sobrellev animosamente todo gnero de
     privaciones y contrariedades, hasta que repuesto en el trono ducal
     su hijo Hrcules, volvi  ocupar su antiguo rango.

No olvidar  la ilustre reina, de la preclara alcurnia de Aragon[64],
de cuya prudencia y recato no nos ofrecen modelo ms acabado los
historiadores griegos y latinos: tampoco habr otra ms favorecida por
la bondad divina, que la elegir para ser madre de tan hermosos
descendientes como Alfonso, Hiplito  Isabel. Leonor se llamar esta
princesa, que se ha de ingertar en tu rbol afortunado. Y qu te dir
de la segunda nuera, prxima sucesora de aquella, de Lucrecia
Borgia[65]? Su belleza, su virtud, su fama honesta y su fortuna crecern
como la flor naciente en un terreno feraz. Lo que el estao es respecto
 la plata, el cobre al oro, la silvestre adormidera  la rosa, el
plido sauce al laurel siempre verde, y el vidrio pintado  la piedra
preciosa, tales sern comparadas con Lucrecia,  quien venero antes de
nacer, cuantas mujeres hayan adquirido hasta ahora nombrada por su
singular belleza, su gran prudencia  por otra circunstancia no menos
laudable. Sin embargo, sobre todos los elogios que se le prodigarn
durante su vida y aun despues de muerta, descollar el de haber dotado 
Hrcules y sus dems hijos de rgias costumbres, y haberles trasmitido
los nobles sentimientos que los harn tan ilustres en el sacerdocio como
en las armas, porque el perfume de la virtud no se desvanece de repente,
aun cuando se traslade  un nuevo vaso, sea malo  bueno.

     [64] Encontrndose el duque Hrcules desterrado en la corte de
     Aragon, alcanz por su valor y virtudes la mano de Leonor, hija del
     infante D. Fernando, do la que tuvo tres hijos.

     [65] Lucrecia Borgia, hija del papa Alejandro VI, que la tuvo antes
     de su exaltacion al Pontificado, cas con Juan Sforza, seor de
     Psaro. Abandonada por este, cas segunda vez con D. Luis de
     Aragon, hijo natural del rey D. Alfonso, y por muerte de este con
     Alfonso I, duque de Ferrara.

Tampoco pasar en silencio  Renata de Francia[66], nuera de Lucrecia
 hija de Luis XII y de la gloria eterna de la Bretaa. En ella, veo
reunidas todas las perfecciones que se hayan admirado en mujer alguna
desde que el fuego calienta, moja el agua, y gira el cielo en derredor
de sus ejes.

     [66] Despues que Luis XII de Francia empu las riendas del
     gobierno, y cuando repudi  Juana, hija de Luis XI, su primera
     mujer, se cas con Ana de Bretaa, para reunir  su corona los
     estados de esta. De Luis y Ana, naci Renata, que fu nuera de
     Lucrecia Borgia, por haberse casado con Hrcules II, hijo de
     Lucrecia, y heredero del ducado de Ferrara.

Mucho tiempo necesitaria para hablarte de Alda de Sajonia, de la
Condesa de Celano, de Blanca Maria de Catalua, de la hija del rey de
Sicilia, de la hermosa Lippa de Bolonia y de otras muchas; pues si fuera
hacindome cargo de las alabanzas que cada una de por s merece seria
como entrar en un mar sin lmites.

Despues de haber dicho Melisa los nombres de la mayor parte de las
mujeres de la posteridad de Bradamante, con gran contento de esta, le
repiti una y muchas veces los medios de que se habia valido el
nigromante para atraer  Rugiero al palacio. Detvose Melisa cuando
estuvo cerca de aquel edificio, por no creer oportuno seguir adelante y
evitar que la viera aquel astuto viejo, y dej sola  la doncella, no
sin recomendarle una vez ms el cumplimiento de cuantos consejos le
habia dado. Apenas habia andado Bradamante como unas dos millas por un
sendero desierto, cuando vi  un caballero exactamente igual  su
Rugiero,  quien estrechaban tan fuertemente dos gigantes de cruel
aspecto, que estaban  punto de quitarle la vida. Al ver la doncella en
tal peligro al que, segun todos los indicios debia ser Rugiere, sinti
convertida su confianza en sospecha, y olvid de pronto todos sus buenos
propsitos. Supuso que Melisa tendria alguna prevencion  odio contra
Rugiero  causa de cualquier injuria  de infundados enojos, y que
procuraba por medio de un ardid grosero hacerle perecer por mano de su
amada.

La doncella decia entre s:--Por ventura, no ser ese mi Rugiero, 
quien siempre veo con el corazon y ahora con mis propios ojos? Si ahora
no le veo  no le conozco bien, qu podr ver  conocer en adelante?
Por qu he dar ms crdito  lo que otros creen que  lo que me ofrece
mi vista? A falta de mis ojos, mi corazon me dira si Rugiero est ljos
 cerca de m.

Mientras raciocinaba de esta suerte, oy una voz idntica  la de su
amante que pedia socorro, y vi  aquel caballero huir velozmente sobre
un caballo al que desgarraba los hijares, y tras l  sus dos feroces
enemigos, que se lanzaron  toda brida en su persecucion. No pudiendo
contenerse la doncella, sigui sus huellas; lleg al palacio encantado,
y apenas atraves el umbral de la puerta, se hizo partcipe del funesto
error de todos. Busc  Rugiero por todas partes, arriba, abajo, dentro,
fuera, y hasta en los sitios ms recnditos, sin cesar dia y noche.
Vana tarea! Tan poderoso era el encanto, que aun cuando Bradamante y
Rugiero se veian y hablaban  todas horas, no se conocian el uno al
otro.

Pero dejemos  la varonil doncella, y no os pese que quede sometida 
aquel encantamiento; pues cuando sea tiempo de que se libre de l, har
de modo que salgan los dos amantes. As como la variacion de manjares
excita el apetito, del mismo modo creo que mi historia se har menos
pesada para los que la oigan, cuanta ms variedad se encuentre en ella.
Veme obligado adems  servirme de muchos hilos para terminar la gran
tela que estoy tejiendo: dignaos, pues, escuchar cmo los moros,
saliendo de sus tiendas, tomaron las armas y se formaron en presencia
del rey Agramante, que amenazando airado  las lises de oro, quiso que
su ejrcito se reuniera para pasarle nuevamente revista,  fin de
conocer cul era el verdadero nmero de sus soldados. Adems de los
ginetes y peones que en gran cantidad echaba de menos, faltaban varios
excelentes capitanes de Espaa, de frica y de Etiopa, vindose sus
tropas obligadas  vagar errantes sin un jefe que las guiase. Otro de
los motivos que tuvo Agramante para pasar esta revista, fu el de
proveer de jefes  aquellos escuadrones, y comunicarles las rdenes
necesarias. A fin de cubrir los huecos que en sus filas habian
ocasionado las batallas y las escaramuzas, hizo llamar  cuantos
guerreros se habian alistado en Espaa y en frica, los cuales,
respondiendo  su llamamiento, acudieron pronto  ponerse  las rdenes
de sus jefes respectivos. Con vuestro premiso, Seor, dejar para otro
canto los detalles de esta revista.




CANTO XIV.

     En la revista pasada al ejrcito mahometano, Agramante echa de
     menos los dos escuadrones que habian sido destruidos por
     Orlando.--Mandricardo, lleno de envidia y de asombro, va en busca
     del guerrero.--Amores de Mandricardo y Doralicia.--Reinaldo, guiado
     por un ngel, llega  Pars, cuando ya los moros lo estaban
     asaltando.


En los sangrientos combates y frecuentes asaltos acaecidos durante la
guerra de Francia contra Espaa y frica, habian perecido ya
innumerables guerreros, cuyos cadveres quedaron abandonados  la
voracidad de los lobos, de los cuervos y de las guilas rapantes; y si
bien los franceses llevaban hasta entonces la peor parte, por haber
perdido casi todo el pas, los sarracenos tenian en cambio motivos
poderosos de afliccion por los muchos prncipes y esclarecidos campeones
de su ejrcito, que habian sucumbido bajo el hierro enemigo, costndoles
sus victorias tanta sangre, que el dolor anubl su regocijo.

Oh invicto Alfonso! Si las cosas modernas pueden compararse  las
antiguas, same permitido decir que el gran triunfo, cuya gloria es
fuerza atribuir  vuestro heroismo, y del que Rvena deber de
lamentarse eternamente, se asemeja en gran manera  los conseguidos por
los moros[67]. Me refiero  la memorable batalla en que, al ver  los
picardos, los morinos[68] y  los ejrcitos Normando y Aquitano
abandonando el campo, os lanzsteis en medio del grueso de las tropas
espaolas, vencedoras ya, seguido de aquellos jvenes gallardos, que
merecieron aquel dia por su varonil esfuerzo que el Rey les honrara con
la espada y la espuelas doradas, armndoles caballeros. Ayudado por tan
animosos jvenes que, como vos, despreciaron el peligro, destrusteis
las ricas bellotas de oro y el estandarte amarillo y rojo, por lo cual 
nadie ms que  vos se debe el lauro inmortal de haber impedido que se
marchitasen  deshojaran las lises de Francia. Otra corona no menos
inmortal cie vuestra frente por haber conservado  Roma su Fabricio,
aquel gran Colonna,[69]  quien proporcionsteis un auxilio, que os
honra ms que si el solo esfuerzo de vuestro brazo hubiera destruido los
aguerridos soldados, cuyos huesos alfombran hoy el campo de Rvena, y
todos cuantos guerreros de Aragon, de Castilla y de Navarra abandonaron
sus banderas al ver la inutilidad de sus lanzas y sus espadas. Y sin
embargo, aquel triunfo fu ms glorioso que digno de regocijo; porque
contrabalance vuestra alegra el pesar ocasionado por la muerte del
Capitan francs, del jefe del ejrcito, y por la de tantos prncipes
ilustres como habian atravesado las heladas cimas de los Alpes para
volar en defensa de sus reinos y de sus aliados. Nuestra salvacion y
nuestra vida se debe  aquella victoria, por haber impedido que el
irritado Jpiter fulminara sobre nuestras cabezas los rayos de su
clera; mas en cambio, no nos es posible gozar de ella ni demostrar
nuestro regocijo, al escuchar los ayes y lamentos de tantas viudas como
han quedado en Francia, cubiertas de luto  inundadas en llanto. Es
preciso, pues, que Luis[70] se apresure  enviar nuevos capitanes  sus
tropas,  fin de restituir su honor  las doradas flores de ls, y
castigar las manos rapaces y sacrilegas que han violado monjas, madres,
esposas,  hijas; que han profanado los monasterios de frailes blancos,
negros y grises, y han arrojado por el suelo al Seor sacramentado para
apoderarse de los vasos sagrados. Oh desventurada Rvena! Cunto mejor
hubieras hecho en no oponer resistencia alguna al vencedor! Por qu no
te miraste en el espejo de Brescia, en vez de serlo t para Arimino y
Faenza[71]? Rey Luis, envia sin tardanza al buen Trivulcio, para que
ensee  los suyos ms continencia, y los recuerde cuntos han perecido
en Italia por tan brbaros excesos.

     [67] Alusion  la batalla de Rvena, dada el 11 de Abril de 1512
     entre las tropas espaolas y sus auxiliares, mandadas por el virey
     de Npoles D. Pedro Cardona y el conde D. Pedro Navarro, por una
     parte, y por la otra, las francesas mandadas por Gaston de Foix,
     duque de Nemours. El campo qued por los franceses; pero el triunfo
     les cost caro, porque muri su jefe al dar una carga contra los
     espaoles que se retiraban en buen rden.

     [68] Antiguo nombre de los habitantes del Artois y de Flandes.

     [69] Fabricio Colonna, jefe de las fuerzas papales en la batalla de
     Rvena,  quien hizo prisionero Alfonso de Ferrara durante el
     combate, conservndole la vida y devolvindole poco despues la
     libertad  pesar de las protestas de los franceses, aliados de
     Alfonso.

     [70] Luis XII, rey de Francia.

     [71] Los franceses, despues de haberse apoderado de Rvena,
     saquearon completamente la ciudad, y pasaron  cuchillo  sus
     habitantes sin excepcion alguna. Ya antes habia sufrido Brescia
     iguales daos por parte de los venecianos. A consecuencia de esto,
     los de Rimini, Faenza, Imola y Forli se apresuraron  abrir al
     ejrcito francs las puertas de sus ciudades.

As como es necesario que el rey de Francia provea ahora de jefes  su
ejrcito, del mismo modo Marsilio y Agramante, deseando reorganizar
cuanto antes los suyos, determinaron pasarles revista, no bien la
conclusion del invierno permiti  los soldados salir de sus tiendas, 
fin de conocer sus necesidades, y dar guias y jefes  los escuadrones
que carecieran de ellos. Primeramente Marsilio, y Agramante despues,
hicieron desfilar por delante de ellos  sus soldados, compaa por
compaa.

A la cabeza de todos iban los catalanes bajo el estandarte de Dorifebo:
seguian despues los navarros, cuyo rey Folvirante habia muerto  manos
de Reinaldo; el rey espaol les di por capitan  Isolier. A las rdenes
de Balugante iban los de Leon; los de los Algarbes,  las de Grandonio.
Falsiron, hermano de Marsilio, conducia los castellanos. En pos del
estandarte de Madaraso seguian los que salieron de Mlaga y Sevilla, y
cuantos habian dejado las amenas praderas que riega el Betis desde el
mar de Cdiz hasta la frtil Crdoba. Estordilano, Tesira y Baricondo
presentaron sus gentes uno tras otro; el primero las de Granada, el
segundo las de Lisboa, y las de Mallorca el tercero. Tesira sucedi en
la corona de Portugal  su pariente Larbin, que habia muerto. En pos de
estos seguian los gallegos, al mando de Serpentino, que sustituy 
Maricoldo, su antiguo jefe.

El audaz Malatista conducia  los de Toledo y Calatrava, mandados en
otro tiempo por Sinagon, y  todos cuantos se baan en el Guadiana 
beben sus aguas. Formando un escuadron,  cuyo frente iba Bianzardin,
desfilaron los de Astorga, Salamanca, Plasencia, Avila, Palencia y
Zamora. Los zaragozanos y dems caballeros de la corte de Marsilio iban
 las rdenes de Ferrags: todos ellos eran valientes y estaban
perfectamente armados. Vease entre ellos  Malgarino, Balinverno,
Malzariso y Morgante,  quienes una misma suerte habia obligado 
refugiarse en pas extranjero: desposeidos de sus estados respectivos.
Marsilio los habia acogido en su corte. Con ellos se hallaban tambien
Follicon de Almeria, hijo bastardo de Marsilio, Doriconte, Bavarte,
Largalifa, Analardo, Arquidante conde de Sagunto, Lamirante, el gallardo
Languiran, Malagur, de astuta y rpida imaginacion, y otros y otros,
cuyos hechos de armas os har ver cuando llegue el caso.

Cuando el ejrcito de Espaa acab de desfilar en buen rden por delante
del rey Agramante, se adelant con sus batallones el rey de Oran, hombre
de gigantesca estatura. Los que siguieron despues lamentaban la muerte
de Martasin, inmolado por Bradamante, y su amor propio no podia sufrir
que una mujer se envaneciera de haber vencido al rey de los
garamantas[72]. Sigui el tercer escuadron de Marmonda, que habia dejado
muerto en Gascua  su capitan Argosto. Tanto este, como los que le
precedian y seguian inmediatamente, necesitaban nuevos jefes, y aun
cuando Agramante carecia de ellos, no tard en habilitarlos, nombrando
para este cargo  Buraldo, Ormida y Arganio, y sigui de esta suerte
eligiendo tantos jefes cuantos eran indispensables. Confi  Arganio el
mando de los guerreros de Libicana, que lloraban la muerte del negro
Dudrinaso. Los de la Tingitania obedecian  Brunel, que marchaba
cabizbajo y mohino, porque habia caido en desgracia de Agramante desde
que Bradamante le arrebat el anillo en la selva prxima al peasco
donde estaba el castillo de Atlante: y  no ser por Isolier, hermano de
Ferrags, que lo encontr atado  un rbol, y refiri al Rey la verdad
de lo sucedido, hubiera muerto ahorcado. Agramante, accediendo  las
reiteradas splicas de muchos de sus guerreros, le perdon la vida
cuando ya tenia el lazo echado al cuello, y se lo hizo quitar,
previnindole, no obstante, que  la primera falta le haria empalar: por
consiguiente, Brunel tenia fundado motivo para ir con la cabeza
inclinada y el rostro macilento.

     [72] Pueblo indgena del frica, que habitaba el pas de Zab y una
     parte del Sahara.

Seguia en pos Farurante, y tras l los infantes y ginetes de Mauritania.
Venia luego con las gentes de Constantina, Libanio, el nuevo rey, 
quien Agramante habia dado la corona y el dorado cetro que fu de
Pinadoro. Al frente de las tropas de Hesperia iba Soridano, y al de las
de Ceuta Dorilon; con los nasamones, Puliano, y el rey Agricalte con los
de Amonia. Malabuferso guiaba los de Fez; Finadurro el escuadron de los
soldados de Marruecos y Canarias, y Balastro el de los que fueron del
rey Tardoco. Marchaban despues dos batallones, uno de Mulga y otro de
Arzilla; este tenia su jefe, pero el otro carecia de l. Agramante se lo
design inmediatamente, nombrando al efecto  Corineo, su fiel amigo.
Del mismo modo hizo  Caico rey de la gente de Almanzilla, que obedecia
antes  Tanfirion, y  Rimedonte de la de Getulia.

Aparecieron en seguida Balinfronte con los soldados de Cozca; los de
Bolga, que en reemplazo de su rey Mirabaldo, tenian  Clarindo, y
despues Baliverzo, el mayor merodeador de los campos de batalla. No creo
que en todo el campamento se desplegara una bandera en torno de la cual
se agrupasen tan esforzados guerreros como los que despues siguieron,
ni que tuvieran por jefe un Sarraceno ms prudente que su rey Sobrino.
Los de Bellamarina,  quienes solia dirigir Gualcioto, iban entonces 
las rdenes de Rodomonte, rey de Argel y de Sarza, que habia aumentado
su ejrcito con nuevos ginetes y peones. Mientras el Sol estuvo nebuloso
bajo el gran Centauro, el Capricornio, habia pasado al frica por
encargo de Agramante, y hacia tres dias que estaba de vuelta. En todas
las regiones del frica no se conocia un moro ms valeroso ni ms audaz
que Rodomonte,  quien temian ms, y con justo motivo, los parisienses
sitiados, que  Marsilio,  Agramante y  todos cuantos guerreros
pasaron  Francia en pos de ellos: la religion de Jesucristo no tenia
tampoco enemigo ms irreconciliable que l.

Sigui Prusion, rey de la Alvaraquia; y despues el rey de Zumara,
Dardinelo. No s si algun buho  corneja,  otra ave de mal agero les
llegaria  predecir desde los tejados  los rboles la suerte funesta
que les esperaba; pues el destino habia fijado la misma hora del
siguiente dia para que ambos prncipes murieran en la batalla que se
di. Ya no faltaban por desfilar ms que las tropas de los reyes de
Tremecen y de Norizia; pero ni se veian sus banderas, ni se tenia
noticia de ellas. Agramante no sabia que pensar de semejante demora,
cuando trajeron  su presencia un escudero del rey de Tremecen, que le
anunci la derrota de Alzirdo y Manilardo con la mayor parte de los
suyos.

--Seor, aadi el escudero, el guerrero valeroso que ha hecho sucumbir
 los nuestros, seria capaz tambien de destrozar tu ejrcito entero,
como no huyera con la prontitud que yo; gracias  mi lijereza he podido
salvarme, aunque con trabajo. Con la misma facilidad que un lobo se
precipita entre un rebao de cabras  carneros, derriba l infantes y
ginetes.

Pocos dias antes habia llegado al campamento del rey de frica un
caballero,  quien desde Occidente  Oriente no habia quien igualara en
valor y esfuerzo. El rey Agramante le dispensaba grandes honores por ser
hijo y sucesor del rey Agrican de Tartaria: era su nombre el del feroz
Mandricardo.

Sus maravillosas hazaas le habian conquistado un renombre que llenaba
el mundo entero; pero su principal celebridad, su mayor gloria procedia
de haberse apoderado en el castillo de la hada de Soria de la brillante
coraza que mil aos antes habia llevado el troyano Hctor. Para
adquirirlas arrostr los azares de una aventura extraordinaria y
prodigiosa, cuyo solo relato causa pavor.

Encontrndose presente cuando el escudero di cuenta de la herica
accion de Orlando, alz su frente orgullosa y se prepar inmediatamente
 ir en busca de aquel guerrero. Ocult, no obstante, su intento, bien
fuese por desdear toda compaa,  por temor de que otro se le
anticipara en tal empresa, si llegaba  traslucirse su pensamiento.
Pregunt al escudero el color de la sobrevesta de tan bravo campeon, y
aquel le respondi:

--Es enteramente negra, lo propio que su escudo, y su yelmo no tiene
cimera.

--As era en efecto, pues Orlando no llevaba empresa alguna, porque
quiso que en su exterior apareciera el luto que reinaba en su corazon.

Marsilio habia regalado  Mandricardo un corcel bayo con manchas
castaas y crin y cabos negros: era hijo de una yegua de Frigia y un
caballo espaol. Sobre l salt Mandricardo armado de pis  cabeza, y
se alej  galope por el campo, jurando en su interior no volver al
campamento hasta haber encontrado al campeon de la negra armadura. En el
camino vi muchos de los soldados que habian huido de la espada terrible
de Orlando, llorando unos por el hijo, y otros por el hermano que habia
perecido  su vista: en sus semblantes se veia aun retratado el cobarde
terror que los dominara: el espanto les obligaba todavia  marchar
plidos, mudos y como fuera de s. No anduvo mucho el sarraceno sin que
se ofreciera  sus miradas un espectculo inhumano y cruel, pero
testimonio de las maravillosas hazaas que habian referido al rey
africano. Mandricardo se par  contemplar aquellos cadveres, llegando
hasta moverlos y medir sus heridas con la mano: en aquel momento sinti
una inconcebible envidia hcia el caballero, cuyo esforzado brazo habia
causado tantas vctimas. Como lobo  mastin que habiendo encontrado
demasiado tarde un buey muerto abandonado por los campesinos, y no
pudiendo satisfacer su voracidad con los cuernos, los huesos  las
pezuas, nica cosa que han dejado los perros  las aves de rapia, se
queda contemplando con sentimiento el testuz donde no puede hincar el
diente, lo mismo hizo el infiel en aquella llanura, prorumpiendo despues
en blasfemias, hijas de su envidia, por haber llegado tarde  tan
esplndido banquete.

Durante aquel dia y la mitad del siguiente continu incierto su camino
en seguimiento del caballero negro, por quien preguntaba  todo
transeunte. Lleg por fin  una pradera,  la que daban sombra rboles
corpulentos, rodeada por un rio caudaloso, que apenas dejaba espacio por
donde pudiera llegarse hasta ella. Un sitio semejante se encuentra en
Ocricoli, rodeado por las sinuosas ondas del Tiber. Aquel estrecho paso
estaba defendido por muchos caballeros armados. El pagano les pregunt
quin y con qu objeto les habia reunido all en tan gran nmero: el que
parecia jefe, obligado sin duda por el gallardo talante de Mandricardo,
y sorprendido por los ricos arneses de su corcel, recamados de oro y
pedrera, lo que daba  entender que el ginete seria un personaje
notable, le contest:

--Nuestro Rey nos ha hecho venir desde Granada para acompaar  su hija,
 quien ha desposado con el rey de Sarza, aunque la fama no ha propalado
todavia esta noticia. A la hora en que la cigarra suspende su canto, que
ahora nos molesta, conduciremos  la Princesa al campamento espaol:
entretanto est descansando.

Mandricardo, acostumbrado  menospreciar cuanto existia en el mundo,
quiso probar, por distraerse, si aquella gente defendia bien  mal  la
princesa confiada  su custodia; por lo cual exclam:

--Esa dama, si la fama no miente, debe de ser bella; y como me agradaria
saber si es cierto, condceme en seguida  su presencia,  haz que venga
aqu: porque necesito estar pronto en otra parte.

--Preciso es que seas un loco rematado, le contest el granadino. Pero
no pudo continuar, porque el trtaro se lanz sobre l lanza en ristre y
le pas de parte  parte; la coraza no pudo contener la violencia del
golpe, y el desgraciado cay en tierra herido mortalmente. El hijo de
Agrican volvi  enristrar la lanza, y preparse  atacar  los
restantes. No llevaba espada ni maza; porque cuando se apoder de las
armas de Hctor, vi que faltaba la primera; por lo cual jur, y no en
vano, que su mano no empuara espada alguna hasta conseguir arrancar 
Orlando su Durindana, que era la de Hctor, y que Almonte habia tenido
antes en gran estima.

Grande fu la audacia del Trtaro, que no temi luchar solo contra
aquellos guerreros, gritndoles:--Quin pretender estorbarme el
paso?--Y lanza en ristre se precipit sobre ellos. A su vez enristraron
la suya algunos: otros desnudaron las espadas, y todos le acometieron
simultneamente. Mandricardo mat una porcion de ellos, antes de que se
rompiera su lanza: cuando la vi partida, aferr con ambas manos el
trozo mayor que le quedaba,  hizo con l tal carnicera, que jams se
ha podido ver lucha tan sangrienta. Lo mismo que Sanson destroz  los
filisteos con una quijada que encontr al acaso, el sarraceno hacia
pedazos los escudos, hendia los yelmos, y de un solo golpe aplastaba al
caballo y al caballero. Aquellos desgraciados corrian  porfia hcia la
muerte: cuando uno caia, otro le reemplazaba inmediatamente; pues no les
causaba horror perder la existencia, aunque s el ignominioso modo cmo
Mandricardo se las arrancaba, y no podian soportar que su vida estuviera
 merced de un pedazo de asta rota,  cuyos furibundos golpes iban unos
tras otros cayendo, cual si fuesen ranas  culebras. Cuando una triste
experiencia les hizo conocer que la muerte era mala de todos modos, y al
ver que las dos terceras partes de sus compaeros yacian en el suelo sin
vida, se decidieron los restantes  emprender la fuga. El sarraceno
cruel, que los consideraba ya como cosa propia, no pudo sufrir que
escapara vivo uno solo de entre aquella turba amedrentada; y as como en
una laguna seca desaparece pronto la estridente caa,  los rastrojos en
un campo, cuando el cauto labrador, auxiliado por el viento, les prende
fuego, y se extiende la llama por todas partes, corriendo chispeante de
surco en surco, as tambien aquellos soldados iban cediendo cada vez ms
ante la inflamada clera de Mandricardo.

     [Ilustracin: Mandricardo aferr con ambas manos el tronco de lanza
     que le quedaba.

     (Canto XIV.)]

Cuando este vi el paso tan mal defendido, sin tener ya quien lo
custodiara, adelantse por el camino que le marcaba la yerba recien
hollada, y atraido por los gemidos que oia, con el objeto de cerciorarse
por s mismo de si la belleza de la princesa de Granada era digna de su
fama; y saltando por entre los cadveres, pas al sitio en que el rio
presentaba una de sus sinuosidades. En medio del verde prado estaba
Doralicia (que tal era el nombre de la doncella), sentada al pi de un
aoso fresno y llorando amargamente: sus lgrimas se deslizaban hasta su
turgente seno, como se suceden las aguas de un riachuelo al brotar de un
manantial: su rostro expresaba  la vez el dolor que le causaba la
muerte de sus compaeros, y el temor que le asaltaba por su propia
suerte. Apenas vi acercarse  aquel guerrero empapado en sangre y con
aspecto feroz y sombro, sinti redoblar su espanto, y empez  lanzar
agudos gritos, que hendian los aires, aterrada por s misma y por los
que la rodeaban, pues adems de los guerreros, cuidaban de la Princesa
algunos ancianos de avanzada edad, y muchas damas y doncellas, las ms
hermosas del reino de Granada.

Al contemplar el Trtaro aquel hechicero rostro que no tenia igual en
toda Espaa, y que hasta inundado en llanto podia tender las
inextricables redes de Amor, (qu no seria cuando resplandeciera con
dulce sonrisa?) no sabia si estaba en la Tierra  en el paraiso; lo
nico que consigui con su victoria, fu quedar cautivo, sin saber cmo,
de su misma prisionera. No consinti, sin embargo, en renunciar al
premio de su triunfo,  pesar de que las lgrimas de Doralicia
demostraban cuanto era posible el dolor y el luto de su corazon.
Mandricardo se propuso convertir aquel llanto en placer inefable, y se
prepar  llevarla consigo; hzola montar en un palafren blanco, y
prosigui con ella su camino, habiendo antes despedido benignamente 
los ancianos,  las damas y doncellas, y  cuantas personas habian
venido desde Granada con la Princesa, dicindoles:

--Perded cuidado, conmigo solo ir bien acompaada: yo ser su guia, su
protector, y sabr atender  todas sus necesidades. Adis, amigos.

No pudiendo oponerle la menor resistencia, se alejaron aquellos
desgraciados, llorando y suspirando, y diciendo entre s:--Cun
profundo ser el dolor de su padre cuando llegue  su noticia este
suceso! Cunta ira, cunta pena sentir su esposo, y cun horrible ser
su venganza! Ah! Por qu no habria de llegar en ocasion tan critica,
para hacer que ese guerrero devolviera la ilustre hija del rey
Estordilano, antes de que la lleve ljos de nosotros?

Satisfecho el Trtaro con la magnfica conquista que le habian
proporcionado su fortuna y su denuedo, parecia tener menos prisa que
antes en buscar al caballero de la negra vestidura. Entonces corria;
ahora iba tranquila y lentamente preocupado tan solo con el deseo de
hallar un sitio  propsito donde apagar su amorosa llama. Esforzbase
en consolar  Doralicia, cuyo rostro estaba baado en llanto; ideaba mil
cosas para distraerla, y le decia:

--H largo tiempo que la fama de vuestra belleza me inspir una viva
pasion hcia vos: solo por contemplar ese divino rostro, y no por el
deseo de ver la Francia  la Espaa, he abandonado mi patria, mi trono y
todo el fausto que me rodeaba, y que otros desean tan vivamente. Si el
amor debe ser correspondido, es evidente que merezco el vuestro, pues
vivo adorndoos: si preferis el brillo de la cuna, qu estirpe
encontrareis ms elevada que la mia? Hijo soy del poderoso Agrican. Si
os halagan las riquezas, quin posee ms vastos dominios que yo, cuando
solo  Dios cedo en podero? Si sois sensible al valor, creo haber dado
hoy pruebas de que merezco ser amado por mi denuedo.

Estas palabras y otras muchas que el amor inspiraba  Mandricardo, iban
derramando un blsamo consolador en el corazon de la doncella, afligida
aun por el espanto. Poco  poco ces el miedo y con l el dolor que le
habia lacerado el alma, y empez  escuchar con ms paciencia y mayor
agrado las frases de su nuevo amante. Mostrse despues en sus benignas
respuestas mucho ms afable y corts, y por ltimo permiti que
Mandricardo contemplara su rostro, cuyas miradas imploraban compasion:
entonces el pagano, traspasado de nuevo por los dardos del Amor,
adquiri no ya la esperanza, sino la certidumbre de que la jven
llegaria  acceder  sus deseos.

Contento y alegre con aquella compaia, que tanto le satisfacia y
deleitaba, vi llegar la hora en que el ocaso del Sol y la frescura de
la noche invitan  todos los seres animados al reposo, y empez 
cabalgar con mayor velocidad, hasta que oy los sonidos de los
caramillos y zampoas, y divis algunas columnas de humo que se elevaban
por encima de varias granjas y cabaas. Aquellas moradas, ms cmodas
que suntuosas, estaban habitadas por pastores, uno de los cuales ofreci
la suya al caballero y  la doncella con tan corteses modales y tan
solcita bondad, que quedaron en extremo satisfechos de l. No solo se
encuentran hombres afables y galantes en las ciudades y castillos, sino
tambien en las cabaas y en los ms humildes tugurios.

Lo que sucedi entre Doralicia y el hijo de Agrican luego que la noche
hubo tendido su manto, no podr referirlo con toda exactitud; as es que
lo dejar al buen juicio del lector. Pero puede suponerse que rein
entre ellos la mayor intimidad, por cuanto al dia siguiente ambos
aparentaban estar muy contentos, y Doralicia di las gracias al pastor
por su cordial hospitalidad. Desde all fueron vagando de comarca en
comarca, hasta que se encontraron  la orilla de un placentero rio,
cuyas aguas se deslizaban hcia el mar tan silenciosamente, que no se
sabia si estaban estancadas  si circulaban en libertad; eran adems tan
limpias y cristalinas, que se veia distintamente su fondo. All
encontraron dos caballeros y una doncella.

Pero mi elevada fantasia, que no me permite seguir siempre el mismo
camino, me aleja de all, y me arrastra hcia el campamento de los
moros, cuyos gritos eran capaces de ensordecer  la Francia entera. El
ejrcito musulman estaba preparado en derredor de la tienda desde donde
el hijo del rey Trojano desafiaba al santo Imperio, mientras que el
audaz Rodomonte se jactaba de incendiar  Pars y de arrasar la sagrada
Roma. Habia llegado  noticia de Agramante que los ingleses acababan de
cruzar el mar, por lo cual llam  su presencia  Marsilio, al anciano
rey del Algarbe y  otros varios capitanes. Resolvieron por unanimidad
que se preparara al momento el ejrcito entero para dar  Pars un
asalto decisivo; pues la menor dilacion daria lugar  la llegada de tan
considerables refuerzos, que les impedirian totalmente la toma la
ciudad.

Los sarracenos habian reunido de antemano al pi de las murallas
innumerables escalas, vigas, tablones y grandes cestos de mimbres, para
emplearlos en diferentes usos: estaban tambien provistos de puentes y
lanchas, y por ltimo, Agramante habia ya designado las tropas que
debian dar el asalto en primera y segunda fila,  cuyo frente se
proponia acometer en persona la ciudad.

La vspera del combate, hizo el Emperador celebrar misas y diferentes
ceremonias religiosas dentro de Pars por los sacerdotes, y los frailes
de todas las rdenes,  cuyas ceremonias asistieron los sitiados, que
confesaron y comulgaron, como si al dia siguiente debieran perecer
todos. Carlomagno, rodeado de sus magnates y paladines, de los prncipes
y de los prelados, asisti  las prcticas religiosas en la iglesia
mayor, con una devocion de que di excelente ejemplo  sus sbditos. Con
las manos juntas y los ojos elevados, al cielo decia:

--Seor, aunque yo sea incuo  impo, no permita tu bondad que padezca
tu pueblo en desagravio de mis faltas! Si es tu voluntad aplicarle
justas penas, como se merecen nuestros errores, aleja por lo menos el
castigo de nuestras cabezas  fin de que no lo recibamos por mano de tus
enemigos; pues si  nosotros, que somos tus amigos, nos fuera imposible
derrotarlos, insultarian tu poder esos paganos, diciendo que no existe,
puesto que ha dejado morir  tus defensores, De no castigar  un solo
culpable, se alzarn contra t otros ciento por todo el mundo, hasta el
extremo de que la falsa ley de Babel conseguir sofocar y humillar tu
religion. Proteje  este pueblo, que es el mismo que ha lanzado de tu
santo sepulcro  sus viles profanadores, y que tantas veces ha defendido
 la santa Iglesia y sus pontfices. Bien s que nuestros mritos no
corresponden ni con mucho  lo que te es debido, y que no debemos
esperar perdon de t, si consideramos nuestra desarreglada vida; pero si
nos concedes el maravilloso don de tu gracia, quedarn purificados
nuestros corazones y entraremos en razon; y como todos recordamos tu
piedad, no desesperamos de tu auxilio.

As decia el devoto Emperador, con corazon humilde y contrito. Dispuso
adems otras rogativas religiosas, y pronunci votos que la inminencia
del peligro y su mismo esplendor hacian necesarios. Tan fervientes
splicas no fueron estriles, porque su ngel tutelar recogi sus
ruegos, y desplegando las alas, los llev  los pis del Salvador del
mundo. En aquel momento, diferentes mensajeros celestiales eran
portadores de otras infinitas splicas para el Eterno, las cuales habian
escuchado aquellas almas bienaventuradas con la piedad retratada en sus
angelicales semblantes, y todos juntos contemplaron  su sempiterno
Amante, y le patentizaron su deseo unnime de que acogiera benigno las
justas plegarias del pueblo cristiano, que acudia  l en demanda de
socorro. La Bondad inefable,  quien jams acudi en vano un corazon
verdaderamente cristiano, levant sus piadosos ojos  hizo una sea al
arcngel San Miguel para que se aproximara.--V, le dijo, al encuentro
del ejrcito cristiano que ha desembarcado en las costas de Picardia, y
condcele al pi de los muros de Pars, sin que lo adviertan sus
contrarios: busca primeramente al Silencio, y dle de mi parte que te
ayude en esta empresa: l sabr demasiado lo que tiene que hacer para
realizar mis designios. Desempeada esta comision, vuela presuroso hcia
donde tiene la Discordia su asiento: dle que coja su yesca y su
eslabon; que prenda fuego en el campo de los moros y que siembre tanta
cizaa y tantas rencillas entre sus guerreros ms valerosos que vuelvan
pronto sus armas unos contra otros, y se hieran, se arranquen la vida 
se carguen de cadenas,  bien abandonen despechados el campamento hasta
conseguir que el Rey africano se vea privado de su apoyo.

El arcngel bendito emprendi inmediatamente su vuelo, sin replicar una
sola palabra. Por do quiera que Miguel extendia sus alas, se disipaban
las nubes, y aparecia el cielo en toda su lucidez: ceale en torno un
crculo luminoso, brillante como el oro, y de un resplandor semejante al
que producen de noche los relmpagos. El mensajero celestial iba
pensando, durante su viaje, en el sitio donde deberia posarse para
encontrar sin prdida de tiempo al enemigo de la palabra,  quien debia
transmitir primero la rden del Seor. Fu recorriendo los lugares ms
frecuentados por l, hasta que por ltimo presumi que lo hallaria en
alguna iglesia  monasterio de monjes en reclusion perptua, donde
estaba prohibida toda conversacion y donde la palabra _Silencio_ se veia
escrita en el coro, en los dormitorios, en el refectorio, y por fin, en
todas las celdas. Creyendo encontrarlo all, agit con mayor viveza sus
doradas alas; y al ver aquellos lugares consagrados aun  la Paz, la
Quietud y la Caridad supuso haber acertado. Pronto conoci su error, as
que lleg al claustro, pues no encontr al Silencio; pregunt por l, y
le dijeron que all solo existia de nombre. Tampoco hall Piedad, ni
Quietud, ni Humildad, ni Caridad, ni Paz: es indudable que habian
residido en el claustro, pero fu en otro tiempo, y de l las habian
arrojado la Gula, la Avaricia, la Ira, la Soberbia, la Envidia, la
Crueldad, y la Pereza. Admirado el Angel de tanta novedad, examin
atentamente aquella turba vil, y descubri entre ella  la Discordia, 
quien, segun la rden del Eterno, debia buscar despues que al Silencio.
Habia pensado dirigirse al Averno, por creer que estuviera entre los
condenados, y la fu  encontrar quin lo creyera! en aquel nuevo
infierno, entre misas y ceremonias religiosas.

Miguel no podia creer que fuera la Discordia aquella  quien solo
esperaba hallar despues de un largo viaje; pero cesaron sus dudas cuando
la conoci por sus vestidos cenicientos de rayas desiguales  infinitas,
cuyos girones ocultaban  mostraban su desnudez,  medida que andaba 
eran agitados por el viento. Sus enmaraados cabellos eran rojos,
plateados, negros y grises: unos estaban trenzados, otros atados y
recogidos por una cinta; caanle por la espalda muchos y por el pecho
algunos. Tenia las manos y el pecho llenos de citaciones, de libelos, de
exmenes, de espedientes jurdicos, de glosas, de consultas, de relatos
y de otros documentos de curia que en las ciudades ponen en peligro la
hacienda del pobre. Por todos lados estaba rodeada de escribanos,
procuradores y abogados.

Llamla Miguel, y le orden que fuera  colocarse entre los sarracenos
ms valientes, y buscara un pretexto para obligarles  combatir entre s
con memorable estrago. Pidile despues nuevas del Silencio, persuadido
de que ella las sabria fcilmente, puesto que iba por todas partes
atizando sus incendios La Discordia respondi:

--No tengo presente haberle visto en ningun sitio: he oido hablar de l
muchas veces, y aun recomendarle por su astucia; pero el Fraude, uno de
mis compaeros que alguna vez ha ido con l, podr, segun creo,
indicarte su morada.

Y seal  uno con el dedo, diciendo:--Aquel es.

Su rostro era afable, honesto su traje; sus miradas humildes, sus
movimientos mesurados, y su modo de hablar tan benigno y tan modesto,
que parecia al del arcngel Gabriel cuando dijo: _Ave Maria_. Todo lo
dems era en l hediondo y deforme; pero ocultaba tan depravadas
imperfecciones bajo un hbito largo y ancho, que tambien escondia un
pual pendiente siempre de su cuello. El ngel le pregunt por el camino
que debia seguir para encontrar al Silencio.

--En otro tiempo, contest el Fraude, solia habitar nicamente entre las
virtudes, con Benito y con los discpulos de Elas en los monasterios
que acababan de ser fundados. Mucha parte de su vida la pas en las
escuelas, en tiempo de Pitgoras y de Architas[73]; pero al desaparecer
aquellos filsofos y aquellos santos, que solian llevarle por el camino
recto, abandon sus antiguas y excelentes costumbres, para reunirse con
los malvados. Empez  ir de noche con los amantes; despues con los
ladrones, y hoy es el protector de todo delito. Habita mucho tiempo con
la Traicion, y hasta le he visto con el Homicidio: acostumbra 
refugiarse en algun subterrneo cavernoso en compaia de los monederos
falsos; y en fin, muda con tanta frecuencia de compaeros y de
albergues, que serias muy afortunado si le encontraras. Abrigo, sin
embargo, la esperanza de que le hallars, si procuras ir  media noche 
la mansion del Sueo; indudablemente dars con l, pues en ella duerme.

     [73] Clebres filsofos de la antigedad, griego el primero y
     tarentino el otro, Pitgoras prevenia  todos sus discpulos nuevos
     que estuvieran cinco aos sin hablar antes de empezar el estudio de
     la filosofia.

Aunque el Fraude tiene la costumbre de engaar siempre, era no obstante
su lenguaje tan parecido al de la verdad, que el Angel le di crdito, y
sin ms tardanza se march volando del monasterio; si bien procur
moderar el movimiento de sus alas  fin de llegar con oportunidad al
trmino de su viaje, para encontrar al Silencio en la morada del Sueo,
cuya situacion conocia.

Existe en Arabia un valle ameno y pequeo, ljos de toda ciudad y
pueblo, formado por dos montaas y cubierto de abetos seculares y hayas
frondosas. En vano intenta el Sol hacer penetrar en l la luz del dia;
pues sus rayos no han podido atravesar jams aquella espesa enramada,
bajo la cual hay una cueva espaciosa abierta en la roca, cuya entrada
est oculta por la hiedra trepadora, que la rodea enteramente con sus
tortuosas vueltas. En aquel albergue es donde reposa el grave Sueo: 
su lado se v el Ocio corpulento y obeso, y la Pereza tendida en el
suelo, por no poder andar ni casi estar en pi. El desmemoriado Olvido
permanece  la puerta; no conoce, ni deja entrar  nadie; ni escucha, ni
transmite mensaje alguno, y por fin, no recuerda ningun nombre. En torno
de aquella mansion vaga el Silencio: su calzado es de fieltro, y oscuro
el manto; y  cuantos encuentra hace seas con la mano desde ljos para
que no se aproximen. El Angel se le acerc muy despacio, y le dijo al
oido:

--Dios ha dispuesto que conduzcas  Pars  Reinaldo con los soldados
que lleva  sus rdenes para auxiliar  su rey; pero quiere que su
marcha sea tan silenciosa, que los sarracenos no puedan oir el menor
ruido; y esto ha de ser de tal modo, que antes que la Fama encuentre un
resquicio por donde ir  avisarles, se vean atacados por aquellos.

El Silencio inclin la cabeza por toda contestacion, dando  entender
que as lo haria, y emprendi obediente la marcha en seguimiento del
Arcngel. Del primer vuelo llegaron  Picardia: Miguel excit el ardor
de aquel ejrcito animoso, y le hizo andar el largo camino con tal
velocidad, que un solo dia le bast para llegar  Pars, sin que ninguno
conociera que aquella rpida marcha era efecto de un milagro. El
Silencio vagaba constantemente en torno de aquel ejrcito, al que ocult
tras una niebla profunda, que dando paso  la luz del dia, era
impenetrable  los sonidos de los clarines y de las trompetas. Pas
despues al campo de los infieles, y llev consigo un no s qu, que los
hizo sordos y ciegos.

Mientras se aproximaba Reinaldo con una precipitacion que solo era
debida  su celestial conductor, y con un silencio tan grande, que desde
el campo sarraceno no se percibia una sola palabra, el rey Agramante
habia llevado su infanteria  los arrabales de Pars y  la orilla de
los fosos que defendian las murallas, para intentar aquel dia un
esfuerzo supremo. El que pudiera contar los soldados que dirigi el rey
Agramante contra Carlomagno en aquella ocasion, seria capaz de contar
tambien todas las plantas que crecen en las frondosas espaldas del
poblado Apenino, as como las olas que baan el pi del africano Atlas
cuando el mar est enfurecido, y todos los ojos con que el cielo examina
 media noche las furtivas acciones de los amantes. Oianse sin cesar los
frecuentes y terrorficos sonidos de las campanas, tocando  rebato:
todos los templos se llenaron de una multitud que oraba y levantaba las
manos al cielo. Si los tesoros fueran tan gratos  los ojos de Dios como
lo son  los de los insensatos mortales, aquel dia hubiera obtenido cada
santo una imgen de oro en la Tierra. Los ancianos se lamentaban de
haber vivido demasiado para presenciar entonces semejantes calamidades,
y envidiaban  las imgenes de piedra que permanecian en su pedestal
tantos y tantos aos. Pero los jvenes valientes y vigorosos, que no
paraban mientes en la inminencia del peligro, corrian presurosos hcia
las murallas, despreciando las advertencias de las personas de edad
madura.

En los muros estaban ya los barones, los paladines, los reyes, los
duques, los marqueses, los condes, los caballeros, los soldados de
Francia y los extranjeros, prontos  morir por su Dios y por su honor, y
pidiendo incesantemente al Emperador, en su deseo de caer sobre los
sarracenos, que mandase bajar los puentes levadizos. Carlomagno se
felicitaba al ver su animoso entusiasmo; pero no consinti en dejarlos
salir, y fu distribuyndolos en los sitios ms  propsito para cortar
el paso  los brbaros, aumentando  disminuyendo su nmero, segun que
el estado de las fortificaciones as lo reclamaba; encomendando  los
unos el cuidado de dirigir los fuegos, y encargando  los otros el
manejo de las mquinas de guerra y su colocacion en donde hubiera
necesidad: en una palabra, no se daba un momento de reposo, atendiendo 
todo y organizando la defensa de la ciudad.

Pars est situado en una gran llanura, en el centro,  mejor dicho, en
el corazon de Francia; atraviesa sus muros un rio que pasa por el
interior y vuelve  salir en direccion opuesta; pero antes forma una
isla que proteje la parte principal de la ciudad: las otras dos (porque
aquella poblacion est dividida en tres partes) se hallan defendidas en
el interior por el rio, y en el exterior por los fosos. Este recinto,
cuya circunferencia es de muchas millas, puede ser atacado por
diferentes puntos  la vez; pero como Agramante no queria fraccionar su
ejrcito, se decidi  dar el asalto por uno solo, y se retir  la otra
parte del rio, hcia Poniente, porque  su retaguardia todos los
castillos y ciudades le estaban sometidos hasta la frontera de Espaa.

En todo el terreno circundado por las murallas habia hecho Crlos gran
acopio de municiones, y construido diques, contrafosos y casamatas:
habia colocado enormes cadenas en la entrada y en la salida del rio, y
emple su mayor cuidado en fortificar convenientemente los puntos que en
su concepto eran ms dbiles y estaban ms amenazados. El hijo de Pepino
previ con la perspicacia de Argos el lado por donde Agramante debia
intentar el asalto: as es que supo estorbar cuantos proyectos habia
formado el sarraceno.

Marsilio aprest en la llanura su ejrcito, en el que se veia 
Ferrags, Isolier, Serpentino, Grandonio, Falsironte, Balugante, y
cuantos jefes habian venido de Espaa. A la izquierda, y colocados en
la orilla del Sena, estaban Sobrino, Pulian, Dardinel de Almonte y el
rey de Oran, cuya gigantesca estatura media seis brazas desde el pi 
la frente, Pero por qu he de ser ms lento en manejar la pluma, que
aquellos guerreros en esgrimir sus armas? Ya el rey de Sarza, lleno de
clera y despecho, gritaba y se enfurecia, porque tardaba tanto la seal
del combate.

As como las importunas moscas se lanzan en los calurosos dias del esto
sobre las vasijas de leche de los pastores  sobre los suculentos restos
de un banquete, produciendo con sus alas un ronco y montono zumbido, 
como una bandada de estorninos se precipita sobre los dorados racimos de
las uvas ya maduras, del mismo modo se lanzaron los moros al terrible
asalto, llenando de gritos atronadores el espacio. Los cristianos,
armados de lanzas, espadas, hachas, piedras y materias combustibles,
defendian su ciudad desde las murallas con herica resolucion,
despreciando el orgullo de los sarracenos. Donde caia un guerrero,
ocupaba otro inmediatamente su lugar: nadie habia tan cobarde que
retrocediera.

Por fin, abrumados por los golpes y por las heridas, se vieron los
sitiadores obligados  volver  los fosos: los sitiados, no solo
empleaban contra ellos el acero, sino tambien enormes peas, almenas
enteras, trozos de murallas arrancados con sumo trabajo, los techos de
las torres y pedazos de cornisas. Abrasaban adems con inmensas
cantidades de agua hirviendo  los sarracenos, los cuales no podian
resistir semejante lluvia que, entrando por las viseras de los cascos,
los cegaba completamente. Si aquel diluvio les causaba casi ms dao que
el hierro, cunto no les causaria una nube de cal viva, cunto no
deberian aterrarles las vasijas inflamadas, llenas de aceite, azufre,
pez y trementina? Tampoco permanecieron ociosos los aros de fuego,
circuidos de una cabellera de llamas; pues arrojados desde diversos
sitios, ceian  los sarracenos con dolorosas guirnaldas.

Entre tanto, el rey de Sarza habia lanzado al asalto una nueva division,
acompaado de Buraldo, rey de los garamatas, y de Ormida, rey de
Marmonda. A su lado marchaban tambien Clarindo y Soridan, as como los
reyes de Ceuta, de Marruecos y de Cosca, todos ellos impacientes por dar
 conocer su valor. Rodomonte de Sarza ostentaba en su bandera,
completamente roja, un leon terrible con la boca abierta, permitiendo
que una jven le colocara en ella un freno. El leon era la emblema de
Rodomonte, y la jven que lo enfrenaba era la imgen de Doralicia, hija
de Estordilan, rey de Granada. Ya he referido cmo y en qu sitio se
habia apoderado de ella Mandricardo: Rodomonte amaba  aquella jven ms
que  su vida y ms que  su corona, y por hacerse agradable  sus ojos
se esforzaba en dar pruebas de valor y cortesa: pero aun no habia
llegado  su noticia que su amada se hallaba en poder de otro; pues si
lo hubiera sabido, habria hecho en el momento mismo lo que hizo aquel
dia combatiendo contra los cristianos.

Apoyronse  un tiempo mil escalas contra las murallas, sobre cada uno
de sus peldaos subieron al instante dos guerreros: los segundos
empujaban  los primeros, y eran  su vez empujados por los terceros: 
unos les sostenia su propio valor,  los otros el temor, y todos se
veian obligados  demostrar igual denuedo; pues si llegaba alguno 
detenerse un momento, caia herido  muerto  manos de Rodomonte, del
cruel rey de Argel. As es que todos se esforzaban en escalar las
murallas, sufriendo una verdadera lluvia de fuego y de piedras: todos
procuraban, sin embargo, encontrar un sitio por donde el escalamiento
fuera ms fcil y menos peligroso: Rodomonte era el nico que se
desdeaba de seguir el camino ms seguro, y mientras que los dems
dirigian sus ruegos al cielo en tan apurado trance, l prorumpi en
terribles imprecaciones y blasfemias. Estaba armado de una fuerte 
impenetrable coraza, hecha de la piel escamosa de un dragon, con la cual
habia ya defendido su pecho uno de sus ascendientes, aquel impo que
edific la torre de Babel, creyendo arrojar  Dios de su celestial
morada y arrebatarle el gobierno de los astros. Su yelmo, su escudo y su
espada, fabricados exprofeso, eran del mismo temple y resistencia.

No menos indomable, soberbio y furibundo que Nemrod, Rodomonte habria
sido capaz de subir al mismo cielo aun en medio de las tinieblas de la
noche, si en el mundo existiera un camino que condujese  l. Sin
detenerse  examinar si el muro estaba entero  abierta la brecha, ni si
era profundo el foso, lo atraves corriendo, metindose hasta el cuello
en el agua y el lodo. Lleno de fango, empapado en el agua, y arrostrando
el fuego, las piedras, y los proyectiles disparados por los arcos y
ballestas, corria como entre los pantanosos caaverales de nuestra
Mallea, suele correr el javal, que se abre ancho paso con el pecho, las
pezuas y los colmillos; y resguardndose con el escudo, no solo
despreciaba las murallas, sino tambien al cielo. Apenas puso el pi
fuera del agua, lanzse  una gran plataforma apoyada en la muralla en
que estaban situados los guerreros franceses. Entonces se vi al
terrible sarraceno haciendo volar pedazos de crneo de mayor dimetro
que los cerquillos de los frailes, derribando brazos y cabezas, y
vertiendo arroyos de sangre que desde las murallas iban  parar  los
fosos. Arroj el escudo ljos de s, empu con ambas manos su terrible
acero, y se precipit sobre el duque Arnolfo que habia venido desde
aquellos paises donde el Rhin desemboca en el mar. El desgraciado se
defendi menos de lo que resiste el azufre  la accion del fuego, y cay
en tierra con la cabeza hendida hasta el cuello. De un solo revs
arranc la vida  Anselmo,  Oldrado,  Espinelocio y  Prando: los dos
primeros de Flandes, y los otros dos de Normandia. La espada de
Rodomonte aprovechaba sus golpes de un modo terrible  causa de lo
reducido de aquel sitio en donde estaban apiados multitud de guerreros.
En seguida hendi desde la frente al pecho y al vientre  Orghetto de
Maguncia.

Arroj despues  los fosos desde lo alto de una almena  Andropono y 
Moschino; el primero consagrado al sacerdocio, y tan adorador del vino
el segundo que de un solo trago vaciaba el vaso de mayor capacidad: huia
cuanto es posible del agua como si fuera el veneno ms activo  la
sangre de una vbora: entonces pereci all, teniendo el sentimiento de
morir en el agua. Dividi el sarraceno de arriba  abajo al provenzal
Luis, y atraves de parte  parte  Arnaldo de Tolosa. A Oberto,
Claudio, Hugo y Dionisio, les hizo exhalar el ltimo aliento envuelto en
su sangre, y con ellos  Gualtiero, Satalon, Odo y Ambaldo, los cuatro
de Pars, y asimismo  otros muchos, cuyos nombres y patria no s cmo
apuntar brevemente.

Los moros, siguiendo presurosos  Rodomonte, fijaron sus escalas, y
alcanzaron la muralla en ms de un punto, mientras que los parisienses
dejaban de hacerles frente, al ver que su primera defensa de nada les
servia ya; porque sabian que al enemigo le quedaba aun mucho que hacer,
aunque estuviera en posesion de los muros; pues entre estos y la segunda
lnea de defensa habia un foso de una profundidad espantosa. Mientras
que los primeros defensores continuaban disparando de abajo  arriba
con valerosa tenacidad, habian llegado tropas de refresco, que colocadas
en el elevado parapeto interior, ofendian sobremanera con sus lanzas y
sus saetas  la gran masa de sitiadores, cuyo nmero hubiera disminuido
considerablemente,  no haberlos sostenido el hijo del rey Ulieno. Este
iba animando  los unos, motejando  los otros por su inercia, y
hacindoles avanzar  pesar suyo;  cuantos veia dispuestos  emprender
la fuga, partia de una sola cuchillada la cabeza  el pecho; cogia 
muchos de los fugitivos por los cabellos, por el cuello  por los
brazos, y arrojndoles al foso iba formando en l tan gran monton, que
era estrecho para contenerlos  todos.

Mientras aquel tropel de brbaros escalaba las murallas,  se
precipitaba en el terrible foso, y procuraba desde all apoderarse del
segundo parapeto, el rey de Sarza, como si todos sus miembros estuvieran
provistos de alas, di un salto  pesar del peso de su cuerpo y del de
su armadura, y se lanz al otro lado del foso, cuya anchura no seria
menor de treinta pis. Rodomonte la atraves con la velocidad de un
galgo y al caer no produjo ms ruido que si tuviera sus pis cubiertos
de fieltro. Empez entonces  despedazar  cuantos se le oponian, como
si las armas de sus contrarios fueran de blando estao  de piel, y no
de hierro: tanta era su fuerza, y tal el temple de su espada!

Mientras tanto los cristianos, para engaar al enemigo, habian llenado
el foso de ramas secas y faginas cubiertas completamente de pez. Nadie
podia verlas, por ms que estuviera el foso lleno de ellas hasta los
bordes. Habian acumulado tambien en l muchos barriles, unos con
salitre, otros con aceite, con azufre,  con materias parecidas.
Preparados los sitiados para castigar la loca audacia de los sarracenos
que se disponian  escalar el segundo parapeto, as que oyeron la seal
convenida, hicieron que estallase un horrible incendio en diferentes
puntos  la vez; y reunindose todas aquellas llamas hasta formar una
sola, extendironse de una  otra orilla, y se elevaron tanto, que
habrian podido secar el hmedo seno de la Luna. Una niebla negra y densa
que oscureci la luz del Sol y ocult  todas las miradas el sereno azul
del cielo, extendise sobre las cabezas de sitiados y sitiadores,
mientras que por el espacio circulaba un estruendo incesante, muy
parecido al fragor de un espantoso trueno: el terrible rugido de las
llamas homicidas concordaba de un modo extrao con el spero concento,
con la horrsona armona de los lamentos, gritos y aullidos exhalados
por los infelices que perecian en el foso, vctimas de la temeridad y de
la insensata audacia de su jefe.... No puedo, Seor, no puedo prolongar
ms este canto; que estoy ya ronco, y necesito descansar algunos
momentos.




CANTO XV.

     Combate del ejrcito moro contra el cristiano al pi de los muros
     de Pars.--Despdese Astolfo de Logistila; aprisiona al feroz
     Caligorante, y corta despues la cabeza  Orrilo, con quien habian
     combatido en vano Grifon y Aquilante.--Encuentra luego 
     Sansoneta--Grifon recibe malas noticias referentes  su amada.


Siempre ha sido laudable la victoria, ya dependa de la suerte  de la
pericia: pero es preciso confesar que un triunfo alcanzado  costa de
mucha sangre redunda en descrdito del jefe vencedor, mientras que
adquiere eterna gloria y se hace digno de los mayores honores el que
consigue derrotar al enemigo sin dao de los suyos. Vuestra victoria,
Seor, fu merecedora de perptua fama, pues conseguisteis amansar de
tal modo al Leon[74], tan temido en los mares, y dueo de las dos
orillas del P, desde Francolino hasta su desembocadura, que aunque oiga
sus rugidos, no me infundirn pavor mientras os vea. Entonces supisteis
demostrar cmo debe vencerse, pues no solo dsteis muerte al enemigo,
sino que tambien nos salvsteis.

     [74] El Leon de Venecia.

Esto es lo que no supo hacer el pagano, cuya audacia se convirti en su
dao; pues precipit  los suyos en el foso, donde perecieron todos
abrasados por aquel incendio voraz y repentino que  ninguno respet. La
inmensa zanja habria sido pequea para contenerlos  todos, si el fuego
no hubiese ido reduciendo los cuerpos hasta convertirlos en leves
pavesas  fin de que cupieran en aquel sitio. Once mil veintiocho
sarracenos se encontraron carbonizados en el incandescente hornillo, al
cual habian descendido mal de su grado, obligados por las rdenes de su
imprudente jefe. En medio de tan brillante llama se apag su existencia;
pero Rodomonte, causa principal de su dao, pudo librarse de tamao
martirio. Atraves de un admirable salto el ancho foso, cayendo en medio
de los enemigos; si hubiese descendido  el con sus soldados, aquel
seria el fin de todas sus hazaas. Volvi despues los ojos  aquella
sima infernal y cuando vi que el fuego lo dominaba todo, y llegaron 
sus oidos los gritos y lamentos de los sarracenos, prorumpi en
espantosas blasfemias contra el cielo.

El rey Agramante atacaba entre tanto furiosamente una de las puertas de
la ciudad, creyendo que, mientras los sitiados estaban ocupados en
rechazar la agresion de Rodomonte en el sitio donde habia perecido ya
tanta gente, aquella puerta estaria desprovista de defensores  no
tendria los suficientes para hacer frente  los suyos. Con l iban
Bambirago, rey de Arcilla; el vicioso Baliverzo; Corineo de Mulga;
Prusion, rico monarca de las islas Afortunadas[75]; Malabuferso, rey de
Fez, en cuyo pas reina un esto perptuo, y otros varios guerreros,
expertos en las batallas y muy bien armados, y aun algunos cobardes que
no se consideraban seguros ni aun estando resguardados por mil escudos.

     [75] Antiguo nombre de las islas Canarias.

El monarca sarraceno hall todo lo contrario de lo que esperaba; porque
aquella puerta estaba defendida por el mismo jefe del Imperio en
persona, por Carlomagno y por muchos de sus paladines,  cuyo lado
combatian el rey Salomon, el dans Ogiero, los dos Guidos y los dos
Angelinos, el duque de Baviera, Ganelon, Berlingiero, Avolio, Avino y
Oton, as como una inmensa multitud de soldados de inferior categoria
compuesta de franceses, alemanes y lombardos, que ardian en deseos de
distinguirse en presencia de su seor con alguna accion herica. Ms
adelante os referir sus proezas; porque ahora me veo precisado 
ocuparme de un duque poderoso, que me llama y me hace seas desde ljos,
rogndome que no lo deje en el tintero.

Tiempo es ya de volver adonde dej al venturoso Astolfo de Inglaterra,
que afligido por el prolongado destierro en que se habia visto
sepultado, ardia en deseos de regresar  su pas; deseos avivados por
las esperanzas que le habia hecho concebir la vencedora de Alcina, la
cual se ocupaba en mandarle  su tierra por el camino ms cmodo y
seguro. Logistila aparej con este objeto la mejor galera de cuantas
surcaran los mares, y siempre recelosa de que Alcina entorpeciera aquel
viaje, quiso que Andrnica y Sofrosina le acompaaran con una fuerte
armada hasta dejarle en salvo en el mar de Arabia  en el golfo Prsico.
Aconsejle que fuera dando la vuelta por las costas de la Escitia, de la
India y del reino de los nabateos[76], y regresara por tan largo
trayecto al mar de Persia y de Eritrea[77], evitando no solo los mares
boreales, agitados sin cesar por las tempestades, sino tambien las
regiones que estn privadas de la luz del sol por espacio de algunos
meses del ao.

     [76] Region de la Arabia Pelrea que se extendia por las costas del
     mar Rojo.

     [77] Nombre bajo el cual los antiguos conocian al mar Rojo y al
     golfo Prsico.

Cuando Logistila lo tuvo todo dispuesto, di permiso  Astolfo para que
emprendiera el viaje, no sin haberle instruido y enseado muchas cosas
que fuera prolijo enumerar; y  fin de impedir que por arte mgica
cayera en algun sitio de donde no le fuese posible salir, le regal como
recuerdo suyo un libro bello y til, encarecindole que lo Ilevara
siempre consigo. Aquel librito contenia instrucciones y advertencias
para preservarse de toda clase de sortilegios, y por medio de seales
particulares y de un ndice podia encontrarse en l cuanto se buscara
relativamente  encantamientos. Hzole adems otro presente, superior 
todos los que han podido ofrecerse los mortales: una trompa, cuyo
horrible sonido haca huir  cuantos lo escuchaban. Los sonidos
formidables de aquella trompa  cuerno de caza, lo repito, ponian en
fuga  todo el que los oia, sin que de ello pudiera eximirse ni aun el
hombre de corazon ms animoso. El estrpito que produce el huracan, el
trueno  un terremoto no era comparable al horrsono estruendo de
aquel.

El excelente caballero ingls despidise de la hada despues de haberle
expresado diferentes veces su gratitud, y dejando el puerto y la
tranquila playa, hizo rumbo hcia las ricas y populosas ciudades de la
India embalsamada, impulsado por un viento propicio y bonancible. A la
derecha y  la izquierda fu descubriendo infinidad de islas, hasta que
lleg  la vista de la tierra de Toms[78], en donde el piloto hizo
variar el rumbo ms al Norte. La hermosa escuadra sigui atravesando el
pilago, pas casi rozando con las costas del Quersoneso de Oro[79] y
despues de contemplar aquellas ricas comarcas en que, el Ganges blanquea
las aguas del mar con su espumosa corriente,  Trapobana[80] y
Coringo[81], lleg al mar que est oprimido entre dos playas[82].
Habiendo recorrido luego un largo trecho, los navegantes alcanzaron la
altura de Cochin[83], y salieron fuera de los lmites de la India.

     [78] La tierra de Meliapour  San Tom, en la India, donde padeci
     martirio el apstol Santo Toms.

     [79] Nombre antiguo de la pennsula de Malacca,  ms bien, de la
     India transgangtica.

     [80] Antiguo nombre de la isla de Ceilan.

     [81] Puerto de la costa de Coromandel.

     [82] El golfo de Bengala.

     [83] Ciudad del Indostan ingls, capital de la provincia del mismo
     nombre.

Mientras navegaba el Duque con tan segura y fiel escolta, quiso saber, y
al efecto dirigi algunas preguntas  Andrnica, si algun bajel
procedente de los paises que deben su nombre al ocaso del Sol[84], solia
aparecer en los mares de Oriente, bien navegara  remo  bien  vela, y
si podia irse directamente por mar desde la India hasta Francia 
Inglaterra.

     [84] Los paises occidentales.

--Sin duda sabrs, respondi Andrnica, que el mar rodea  la Tierra por
todas partes, y que las olas van unas en pos de otras, tanto bajo las
zonas glaciales, como bajo las trridas; pero como las regiones de la
Etiopa se extienden mucho hcia el Sur, ocupando un inmenso espacio de
mar, han creido algunos que aquellas eran el lmite del imperio de
Neptuno. Esta es la razon de que ni una sola nave de Levante dirija su
rumbo hcia nuestro Ocano ndico, y de que tampoco exista en Europa
marino alguno que intente arribar  nuestras comarcas. Por adelantarse
tanto en el mar la tierra meridional de frica, se ven todos precisados
 retroceder en su derrotero, creyendo, al verla tan prolongada, que
llega  unirse con el hemisferio opuesto. Pero,  travs de los aos,
veo nuevos Argonautas y nuevos Tifis, que saliendo de la extremidad del
Occidente, se abrirn paso por caminos desconocidos hasta ahora[85].

     [85] Ntese que el Autor hace hablar  Andrnica en los tiempos de
     Carlomagno; es decir, muchos siglos antes de las expediciones
     martimas  la India.

Veo  unos dar la vuelta al rededor del frica, y costear las playas
habitadas por individuos de raza negra hasta haber traspuesto el signo
desde el que vuelve el Sol  nuestros paises, cuando sale del
Capricornio, y encontrando por ltimo el fin del inmenso promontorio que
parece dividir en dos este mar nico, recorrer todas las costas y las
vecinas islas de la India, de la Arabia y de la Persia[86].

     [86] Alusion al descubrimiento del camino de la India, doblando el
     cabo de Buena Esperanza, realizado por los portugueses al mando de
     Vasco de Gama.

Veo  otros dejar  derecha  izquierda las dos costas formadas por
obra de Hrcules,  imitando, el curso circular del Sol, encontrar
nuevas tierras y nuevo mundo[87]. Veo la santa Cruz y la ensea imperial
plantada en sus verdes orillas; veo  los unos custodiando los
combatidos bajeles:  los otros, escogidos para la conquista de aquellos
paises; veo  diez derrotando  mil, y los reinos de la India Occidental
sujetos  la corona de Aragon, y veo en resmen  los capitanes de
Carlos V vencedores en todas partes.

     [87] Alusion al descubrimiento de Amrica por Colon y los
     espaoles, que salieron de Palos, pequeo puerto situado en la
     costa de la provincia de Huelva. El Autor supone equivocadamente
     que la expedicion pas por el estrecho de Gibraltar, obra de
     Hrcules, segun la fbula.

Es la voluntad de Dios que este camino haya permanecido oculto para los
antiguos; que contine todavia ignorado durante mucho tiempo, y que siga
desconocido hasta que haya pasado la sexta y la sptima edad de la
Tierra. El Eterno revelar su existencia  los hombres, cuando llegue la
poca en que tendr  bien colocar el cetro del mundo en manos del
emperador ms justo y sbio que haya existido  exista desde Augusto.

Veo nacer en la orilla izquierda del Rhin, de sangre austriaca y
aragonesa, un prncipe[88], cuyo valor no podr compararse con ningun
otro del que se haya hablado  escrito. Veo  Astrea colocada por l en
su perdido asiento,  mejor dicho, vuelta  la vida; y veo  las
virtudes, desterradas tambien por los humanos, cuando arrojaron del
mundo  aquella diosa, volver merced  l de su ostracismo. La Bondad
divina le conceder por estos merecimientos, no solo la corona del
grande imperio que poseyeron Augusto, Trajano, Marco Antonio y Severo,
sino tan vastos dominios, que el Sol no se pondr en ellos. El poder
celestial tiene adems dispuesto, que mientras reine este emperador haya
un solo pastor y un solo rebao. Para que tengan ms fcil cumplimiento
los decretos eternamente escritos en el Cielo, la divina Providencia le
rodear de capitanes invictos en mar y tierra.

     [88] El emperador Carlos V, hijo de Felipe de Austria y de D.
     Juana la Loca, hija de los reyes Catlicos. Naci en Gante, ciudad
     de Flandes, prxima al Rhin.

Veo  Hernan Corts, que someter  su dominio nuevas ciudades y
reinos tan remotos que son completamente desconocidos para los
habitantes de la India. Veo  Prspero Colonna[89], as como  un
marqus de Pescara[90], y tras ellos  un jven marqus del Vasto[91],
que escarmentarn en Italia  las lises de oro: veo  este ltimo
dispuesto  superar en heroismo  los otros dos para arrebatarles la
palma del triunfo, semejante  un brioso corcel que, saliendo el ltimo
de la barrera, alcanza y adelanta  los que le preceden. Veo en Alfonso
(que tal es su nombre) tanto valor y tanta lealtad, que  la escasa edad
de veintiseis aos, alcanzar del Emperador el mando de su ejrcito, al
que llevar de triunfo en triunfo hasta someter el universo entero al
poder de su seor.

     [89] Prspero Colonna, descendiente de la antigua familia romana
     del mismo nombre, esforzado y prudente capitan, que adquiri
     reputacion de gran general en la guerra que Crlos VIII de Francia
     emprendi contra Npoles en 1494, ayud  Gonzalo de Crdoba y gan
      los franceses en 1522 la victoria de la Bicoca.

     [90] Francisco Dvalo, marqus de Pescara, sucesor del anterior en
     el mando de las tropas espaolas que combatian en Italia, y
     guerrero no menos animoso.

     [91] Alfonso Dvalo, marqus de Vasto, sucesor tambien del anterior
     en el mismo grado de dignidad. Estos tres jefes pelearon siempre en
     favor de Crlos I de Espaa contra los ejrcitos franceses.

Del mismo modo que con tales guerreros ir Crlos V aumentando por
tierra la herencia de sus padres, as tambien saldr victorioso en
cuantos combates tengan lugar en los mares que limitan por un lado las
costas de Europa y las de frica por otro, luego que consiga atraer  su
servicio  Andrs Doria, aquel Doria que limpiar el mar de corsarios.
Aunque el gran Pompeyo venci y extermin en otro tiempo  los piratas,
su gloria es incomparable  la que Doria adquirir; porque aquellos no
podian considerarse iguales al reino ms poderoso que ha existido,
mientras el invicto marino purgar los mares con sus solas fuerzas y su
pericia, de tal modo, que bastar pronunciar su nombre para que se
estremezcan de pavor todas las costas desde Calpe al Nilo. Fiado en la
lealtad de este capitan, y acompaado por l, entrar Crlos en Italia,
cuyas puertas le sern abiertas, y ceir la corona del Imperio. Veo 
Doria rehusar la merecida recompensa de tantas hazaas, cedindola  su
patria, cuya libertad alcanzar merced  sus ruegos, obrando as de un
modo muy diferente  otros, que en igual posicion hubieran deseado
esclavizarla en provecho propio[92]. Esta piedad, este patriotismo es
ms digno de gloria que la que obtuvo Csar por sus victorias en
Francia, Espaa, Inglaterra, frica  Tesalia. La fama que por sus
empresas adquirieron el grande Octavio y su competidor Antonio, no podr
compararse tampoco con la del bravo marino; pues aquellos la mancillaron
por haber maniatado con las cadenas de la esclavitud  su propio pas.
Baldon eterno  los que convierten  su patria de libre en esclava!
Donde quiera que resuene el nombre de Andrs Doria, debern inclinar
humillados y avergonzados la cabeza! Veo  Crlos colmndole de
beneficios, y no satisfecho con que disfrute al par de sus conciudadanos
la recompensa de sus acciones, le donar la rica tierra de la Apulia,
donde antes se habrn engrandecido los Normandos. No limitar Crlos su
generosidad  este capitan, sino que la har extensiva con mano liberal
 cuantos hayan prodigado su sangre en su servicio, y veo ms complacida
su alma dando una ciudad  una comarca entera  un sbdito leal,  
cualesquiera otros que se hagan dignos de sus mercedes, que conquistando
nuevos reinos y nuevos imperios.

     [92] En la guerra que se suscit entre Crlos I de Espaa y
     Francisco I de Francia, de cuya guerra fu principal teatro la
     Italia, el clebre marino genovs Andrs Doria abraz el partido de
     los franceses, y sirvi heroicamente al rey Francisco; pero
     habiendo notado que era objeto de los celos de los ministros
     franceses, y que el monarca diferia la ratificacion de las promesas
     hechas en favor de Gnova, le abandon, abraz el partido de Crlos
     V estipulando con l la restauracion de la libertad de su patria,
     expuls  los franceses de Gnova y cambi la forma de su gobierno,
     haciendo decretar que los duxes serian elegidos por dos aos y no
     perptuamente. En cuanto  l, rehus esta dignidad, y continu
     sirviendo al Emperador, que le hizo muchas donaciones.

De esta suerte iba Andrnica revelando  Astolfo las victorias que,
transcurrido un gran nmero de aos, proporcionaran  Crlos V sus
capitanes, en tanto que su compaera cuidaba de contener  alentar los
vientos orientales, haciendo que les fueran propicios, y aumentndolos 
disminuyndolos  su voluntad. Habian dado vista mientras tanto al
anchuroso mar de Persia, y de all  pocos dias llegaron  aquel golfo
que debe su nombre  los antiguos magos: una vez en l, pusieron las
proas en direccion de la costa, y entraron en un puerto, donde Astolfo,
 cubierto de Alcina y de su odio, se apresur  desembarcar,
emprendiendo en seguida su camino por tierra.

Atraves campias y bosques, montes y llanuras, en los que se vi ms de
una vez atacado por ladrones, que le asaltaron lo mismo en campo raso
que en la espesura de las selvas; interceptaron tambien su camino los
leones, las venenosas serpientes y otras muchas fieras; pero en cuanto
aproximaba  sus labios la bocina, unos y otros huian despavoridos en
todas direcciones. Pas por la Arabia llamada Feliz, rica en mirra y
oloroso incienso; pas que ha elegido el fnix por asilo, con
preferencia  cuantos existen en toda la extension de la Tierra, y lleg
 orillas de aquel mar, cuyas aguas vengaron  los israelitas,
sepultando en su seno por voluntad del Cielo  Faraon con todo su
ejrcito. Sigui durante algun tiempo la corriente del rio Trajano,
cabalgando en aquel corcel que no tenia igual en el mundo, y cuya
ligereza era tan extremada, que ni dejaba impresas sus huellas en la
arena, ni llegaba  doblar la yerba  desflorar la nieve; corcel que
seria capaz de correr por el mar sin mojarse los cascos; que, en su
impetuosa carrera, superaba en velocidad al viento, al rayo y  las
flechas. Aquel caballo, que en otro tiempo habia pertenecido  Argala,
fu engendrado por el viento y por las llamas, y no tenia necesidad de
heno ni de cebada; pues le bastaba para alimentarse el aire puro, y su
nombre era el de Rabican.

Continuando su camino, lleg el Duque  la confluencia de aquel rio con
el Nilo, y antes de encontrarse en la desembocadura de este ltimo,
divis una embarcacion que avanzaba rpidamente hcia l. En la popa iba
un ermitao, cuya blanca barba le caia hasta la mitad del pecho: este
anciano invit al paladin  entrar en el bajel, gritndole desde ljos:

--Hijo mio: si no te es odiosa la vida, si no quieres perecer hoy mismo,
apresrate  pasar  esta otra orilla, porque el camino que sigues te
conduce directamente  la muerte. Apenas llegues  andar seis millas
ms, encontrars la sangrienta morada de un gigante horrible, cuya
estatura excede en ocho pis  la de cualquier mortal. Todo caballero 
viandante que con l tropiece, debe perder la esperanza de salir vivo de
entre sus manos; porque el malvado extrangula  unos, desuella  otros,
descuartiza  muchos y hasta se traga  ms de uno vivo. Para
proporcionarse tan repugnante placer, hace uso de una red
maravillosamente tejida, que tiende cerca de su caverna, ocultndola con
tal destreza entre la trillada arena, que es imposible que la vea nadie
sin tener prvia noticia de ella: tan sutil es, y tan perfectamente la
coloca el gigante! Asustados los viajeros por los gritos de este, caen
impremeditadamente en la red, y entonces, lanzando estrepitosas
carcajadas, los arrastra, envueltos en ella, hasta su guarida, sin
atender  su calidad, pues para l es lo mismo la dama que el
caballero, un personaje de importancia que un hombre insignificante.
Despues devora sus carnes, chupa la sangre y los sesos, y esparce los
huesos por el campo, conservando las pieles para colocarlas como
vistosos trofeos en derredor de su ttrica mansion. Decdete, pues, hijo
mio,  seguir esta otra via, que te conducir hasta el mar con toda
seguridad.

--Mucho agradezco tu consejo, padre, repuso el impvido caballero; pero
ante el peligro no vacil nunca mi honor, al que tengo en ms que  mi
propia existencia. En vano es que me excites  variar de camino, cuando
por el contrario pienso dirigirme en busca de esa terrible cueva. No hay
duda de que huyendo podr salvarme; pero quedar deshonrado, y prefiero
la muerte antes que conservar la vida  tal costa. Yendo al encuentro
del gigante, lo peor que podr sucederme es sucumbir donde tantos otros
han sucumbido; pero si Dios presta ayuda  mi brazo y consigo salir
ileso, dando muerte al mnstruo, este camino ofrecer en adelante
completa seguridad, de suerte que el beneficio ser mayor que el dao.
No hay, pues, que titubear entre la muerte de un solo hombre y la futura
salvacion de muchos.

--V en paz, hijo mio, y que Dios envie en tu ayuda desde las etreas
regiones al arcngel San Miguel.

As dijo el sencillo anacoreta, bendiciendo  Astolfo, el cual sigui
adelante por la orilla del Nilo, confiando ms en el sonido de su trompa
que en su espada.

Entre el profundo rio y las lagunas por l formadas habia en la arenosa
orilla un angosto sendero, que terminaba en la solitaria mansion, ajena
 todo trato humanitario. En torno de esta se veian los crneos y los
esqueletos de los desgraciados  quienes su mala suerte hasta all
llevara; y cada abertura, cada grieta de la cueva ostentaba pendientes
tan sangrientos despojos.

Cual en las poblaciones  en los castillos de los Alpes suele el cazador
fijar las estiradas pieles, las horrendas garras y las cabezas enormes
de los osos  quienes ha dado muerte, como prueba de los peligros que ha
corrido; as fijaba el gigante los miembros de los que le habian opuesto
mayor resistencia: los restos de los dems estaban esparcidos por do
quiera, y todas las zanjas llenas de sangre humana.

Caligorante, que tal era el nombre del desapiadado mnstruo que adornaba
con restos humanos su vivienda, como suelen otros adornar las suyas con
brocados, vigilaba contnuamente en su puerta. Al divisar desde ljos al
Duque, apenas pudo contener su gozo, pues dos meses hacia ya  iba 
entrar en el tercero, que no aparecia por all caballero alguno.
Dirigise presuroso hcia la laguna, que era oscura y cubierta de
espesos caaverales, con la intencion de ocultarse en ella, dejar pasar
al paladin y atacarle por la espalda, esperando adems que cayera en las
redes que habia ocultado bajo la arena, como ya habian caido tantos
otros. En cuanto Astolfo vi al gigante, detuvo  su corcel, temeroso de
caer en el lazo de que le habia hablado el buen anciano: apel en
seguida  su trompa, cuyo sonido produjo el efecto acostumbrado, de modo
que sobrecogido el gigante de pavor y asombro, huy en direccion  su
morada. Continu Astolfo tocando con ms fuerza, atento siempre  ver si
descubria la red: Caligorante corri con mayor velocidad, sin reparar
siquiera por donde huia; pues habiendo perdido el nimo, perdi tambien
el instinto, y su terror fu tal, que dirigi sus pasos
involuntariamente hcia donde estaba oculta la red, en la que cay al
fin quedando completamente envuelto y tendido en el suelo.

El paladin, al ver caido al gigante, y considerndose por lo tanto
seguro, corri hcia l presuroso; y apendose del caballo y desnudando
el acero, se dispuso  vengar la deplorable muerte de mil y mil
desventurados; pero detvose considerando que la muerte de un hombre
indefenso y atado podia tenerse por villania ms bien que por valor, y
al ver al gigante con los brazos, los pis, y el cuello sujetos,
desisti de su intento.

Aquellas redes, obra de Vulcano, eran de sutil acero; mas estaban hechas
con tal arte, que en vano se intentaria desprender su ms pequea malla:
eran las mismas que en otro tiempo sujetaron  Venus y  Marte[93]. El
celoso Vulcano las habia fabricado con el objeto de sorprender  ambos
amantes mientras estaban entregados  los placeres del amor; despues
Mercurio las rob  su constructor para coger con ellas  la bella
Cloris,  Cloris que va por el aire en pos de la Aurora cuando aparece
el Sol, esparciendo las rosas, violetas y azucenas que lleva en su
recogida vestidura. Mercurio acech con tanto cuidado  esta Ninfa, que
al fin consigui un dia prenderla con su red en el aire, cerca del sitio
donde desemboca en el mar el gran rio de Etiopa[94].

     [93] Vulcano casse  pesar de su fealdad con Venus; pero como esta
     diosa le hiciese frecuentes infidelidades, se veng de ella
     encerrndola en una red, as como  Marte su amante,  quienes
     sorprendi juntos un dia, y los expuso de esta suerte  la burla de
     los otros dioses.

     [94] El Nilo.

Esta red fu conservada durante muchos siglos en Canope[95], en el
templo de Anubis[96]. Tres mil aos despues, Caligorante quem la
ciudad, saque el templo y se apoder de ella. Posteriormente la coloc
 pocos pasos de su morada, tan bien oculta bajo la arena, que todos
cuantos eran perseguidos por el gigante iban irremisiblemente  caer en
ella, y apenas la tocaban, cuando se veian sujetos por el cuello, por
los pis y por los brazos.

     [95] Antigua ciudad del Bajo Egipto, llamado hoy Abukir.

     [96] Dios de los infiernos entre los egipcios,  quien
     representaban con el cuerpo de hombre y la cabeza de perro.

Astolfo cogi una de las cadenas de que estaba formada la red y at las
manos de aquel infame  la espalda, rodendole adems los brazos y el
pecho de modo que no pudiera desprenderse de ella; en seguida le sac de
entre los otros lazos y le permiti levantarse, lo cual hizo el gigante
ms dcil y sumiso que un nio. El Duque determin llevarle consigo, 
ir ensendole por los pueblos, ciudades y castillos. No quiso dejar
all la red, por considerarla una obra de arte incomparablemente bella,
y oblig  cargar con ella  Caligorante,  quien llevaba atado tras de
s cual victorioso trofeo. Hizo que cargara asimismo con su escudo y con
su yelmo, y continu la marcha, causando una viva alegra  los
habitantes de los pueblos por donde transitaba, que veian al fin libre
aquel camino.

Astolfo anduvo  tan buen paso, que en breve descubri los sepulcros de
Memfis, aquellas pirmides que hacen famosa  esta ciudad; pas tambien
por la populosa ciudad del Cairo, cuyos habitantes acudieron presurosos
 ver al desmesurado gigante.--Cmo es posible, decian, que un
caballero tan pequeo haya logrado maniatar  un hombre tan
gigantesco!--Astolfo apenas podia andar un paso, porque se lo impedia
la muchedumbre agolpada en su derredor, que le admiraba y reverenciaba
por el mucho valor que en l suponia.

El Cairo no era entonces tan grande como ahora, segun se dice; pues
actualmente no bastan sus diez y ocho mil calles  contener su numerosa
poblacion, y  pesar de tener las casas tres pisos, un nmero
considerable de sus habitantes duerme  la intemperie. El Soldan habita
un castillo de una magnificencia y una riqueza sorprendente; quince mil
de sus guardias, todos cristianos renegados, viven bajo un mismo techo
con sus mujeres, sus familias y sus caballos.

Astolfo deseando ver la desembocadura del Nilo, as como sus diferentes
deltas, pas  Damieta,  pesar de haber oido decir que el que  tanto
se atrevia se exponia  quedar muerto  aprisionado; porque  la orilla
del rio y cerca de dicha desembocadura, vivia en una torre un ladron,
terror de los campesinos y de los viandantes, el cual extendia sus
correrias hasta el Cairo, robando  cuantos encontraba. Nadie podia
resistirle, y segun contaba la fama, en vano se procuraba arrancarle la
vida; pues su cuerpo habia recibido ms de cien mil heridas que no
pudieron ocasionarle la muerte.

Con el objeto de ver si conseguia que la Parca cortara el hilo de su
vida se dirigi Astolfo en busca de Orrilo, que este era el nombre del
ladron, y lleg  Damieta: desde all pas  la desembocadura del Nilo,
y vi en su orilla la elevada torre donde se albergaba aquel sr
encantado, hijo de un duende y de una hada. Encontr  Orrilo en el
momento en que estaba combatiendo con dos guerreros,  quienes acosaba
de tal modo,  pesar de ser l solo contra los dos, que apenas podian
parar sus golpes, no obstante que su fama de valientes y esforzados
resonaba por el mundo. Dichos guerreros eran los dos hijos de Olivero,
Grifon el Blanco y Aquilante el Negro. El Nigromante habia sabido  la
verdad trabar el combate con notoria ventaja, porque llevaba consigo una
fiera que solo habita en aquellas comarcas; fiera que vive en la tierra
y en el agua, y que se alimenta de los cuerpos de los incautos
viandantes  infelices marinos  quienes su mala estrella encamina por
aquellas playas.

La fiera yacia sobre la arena de la costa, muerta por los dos hermanos;
mas tan poco le importaba  Orrilo su prdida como los golpes que ambos
le dirigian furiosamente. Varias veces le arrancaron diferentes miembros
 cuchilladas sin conseguir matarle, pues no bien caian sus brazos  sus
piernas por el suelo, cuando los recogia y los pegaba otra vez en su
sitio cual si fuesen de cera. Grifon lo hendi de un tajo la cabeza
hasta los dientes; otro tajo de Aquilante le dividi basta el pecho; mas
Orrilo se reia siempre de sus golpes, mientras los caballeros so
enfurecian al ver que sus esfuerzos eran intiles. El que haya visto
caer desde cierta altura el cuerpo que los alquimistas llaman mercurio,
y hayan observado cmo se fracciona y vuelve  unirse, comprender, si
recuerda este caso, cuanto digo con respecto  Orrilo. Si le cortaban la
cabeza, se bajaba, la buscaba  tientas hasta que la encontraba, la
cogia por los cabellos  por la nariz, y la soldaba al cuello, ignoro
por qu medios. Una de las veces que lograron separarle la cabeza del
cuerpo, Grifon la cogi precipitadamente, extendi su brazo y la arroj
al rio; pero de poco le sirvi, porque Orrilo se sumergi en l, nadando
como un pez, y al poco rato sali  la orilla con la cabeza colocada en
su lugar.

Dos hermosas damas, engalanadas modestamente, la una vestida de blanco y
la otra de negro, estaban contemplando el horrible combate de que habian
sido causa. Eran las dos hadas benignas que habian criado  los hijos de
Olivero, cuando, tiernos nios aun, los rescataron de las crueles garras
de dos aves enormes, que los habian robado  su madre Gismunda, y se los
llevaban ljos de su patria. Pero

     [Ilustracin: Combate entre Orrilo y los hermanos Grifon el blanco
     y Aquilante el Negro.

     (Canto XV.)]

no quiero pecar de difuso; pues nadie ignora ya esta historia,  pesar
de que el autor, confundiendo el nombre de su padre, tom, no s cmo,
uno por otro. Continuar, pues, refiriendo el combate que los dos
jvenes emprendieron  ruegos de las dos damas.

La luz del dia, que brillaba aun en las islas Afortunadas[97], habia
desaparecido ya de aquellas costas; y las sombras de la noche, mal
disipadas por la dbil  incierta claridad de la Luna, impedian
distinguir los objetos, cuando regres Orrilo  su torre, por haber
dispuesto las dos hermanas que se suspendiese la lucha hasta que el
nuevo Sol apareciera por el horizonte.

     [97] Por estar ms al Occidente que la desambocadura del Nilo.

Astolfo, que habia conocido desde luego  Grifon y  Aquilante por sus
empresas y por sus terribles golpes, se apresur  saludarlos
afablemente. Viendo los dos hermanos que aquel que traia, maniatado al
gigante era el caballero del Leopardo, con cuyo nombre se le conocia en
la corte de Inglaterra, le recibieron con no menores muestras de afecto.
Las damas condujeron  un palacio prximo  los caballeros para que
disfrutaran de algun reposo; salieron al camino  recibirlos hermosas
doncellas y pajes con antorchas. Los guerreros confiaron sus caballos 
algunos palafreneros; quitronse despues las armas, y pasaron  un lindo
jardin, donde, junto  una fuente lmpida y amena, encontraron dispuesta
una cena excelente.

Ataron al gigante con otra cadena mucho ms gruesa al tronco de una
aosa encina, capaz de resistir cualquiera de sus vigorosas sacudidas, y
encargaron su custodia  diez soldados,  fin de que no pudiera romper
sus ligaduras durante la noche y acometerles cuando estuvieran
descuidados y tranquilos.

Sentados despues ante una suntuosa mesa, abundantemente provista,
pusironse  disfrutar de aquella cena, cuyo mayor atractivo no
consisti en la variedad y excelencia de los manjares, sino en las
animadas conversaciones con que sazonaron el banquete, hablando
principalmente de Orrilo y de la milagrosa facultad que poseia, y que
parecia un sueo, de recoger y reunir  su cuerpo los brazos, las
piernas  la cabeza separados de l, para volver  la lucha ms fuerte y
terrible que antes.

Astolfo habia leido ya en su libro, que enseaba el modo de destruir los
encantos, que no se podria quitar la vida  Orrilo mientras tuviese en
la cabeza un cabello especial; pero que una vez descubierto y arrancado
ste, seria fcil darle la muerte inmediatamente. Esto era lo que decia
el libro; pero callaba, sin embargo, el modo de distinguir aquel cabello
entre la espesa melena del ladron. Astolfo se envanecia ya de su
triunfo, como si en efecto lo hubiese alcanzado, esperando que  los
pocos golpes conseguiria arrancar al Nigromante el cabello, y el alma al
mismo tiempo. Sin embargo, deseaba cargar solo con todo el peso de
aquella empresa, y al efecto prometi  los dos hermanos que mataria 
Orrilo, cuando ellos tuvieran  bien que midiera con l sus armas.
Aquilante y Grifon le cedieron voluntariamente el puesto, convencidos
ntimamente de que se cansaria en vano.

Apenas despunt en el Cielo la nueva aurora, cuando Orrilo baj desde su
amurallada mansion  la llanura. Trabse inmediatamente la lucha entre
el Duque y l, empuando el uno la espada y el otro la maza. Astolfo
multiplicaba sus golpes, esperando que alguno de ellos lograria hacer
salir el alma del cuerpo del bandido, y ora de un tajo le derribaba el
puo con la maza, ora uno  otro brazo, ora le atravesaba la coraza y
el pecho, desmembrndole sucesivamente de esta suerte; pero Orrilo
recogia siempre del suelo sus esparcidos miembros y se los colocaba de
nuevo, quedando tan sano como antes: aunque el paladin le hubiese
dividido en cien pedazos, lo volveria  ver ntegro en un momento. Al
cabo de mil mandobles acertlo uno que le separ el casco y la cabeza de
los hombros: apese del caballo, y con no menor velocidad que Orrilo, se
apoder de su sangrienta cabeza, volvi  montar de un salto, y se la
llev corriendo  escape contra el curso del Nilo,  fin de que su
decapitado adversario no pudiese recobrarla.

Aquel necio, que no pudo observar tal accion, empez  buscar su cabera
por el suelo; pero no bien conoci por la rpida carrera del caballo de
Astolfo; que se la llevaba este por la selva, acudi inmediatamente  su
caballo, salt en l, y vol en persecucion del paladin, queriendo
gritar: Espera, vuelve, vuelve; pero no pude, porque aquel le
arrebataba la boca. Consolse con que aun le quedaban las piernas, y
sigui tras de su adversario  rienda suelta; mas el veloz Rabican, que
corria de un modo asombroso, le dej en breve muy atrs.

Astolfo iba en tanto examinando  toda prisa aquella cabeza desde la
nuca hasta las cejas  fin de dar con el cabello fatal que proporcionaba
 Orrilo la inmortalidad. Entre tantos y tan innumerables cabellos no
habia uno solo que se distinguiera de los dems por lo grueso  por lo
encrespado: as es que el Duque no sabia cul arrancar para dar la
muerte al infame bandido.--Mejor ser, dijo al fin, arrancarlos
todos.--Y como careciera de tijeras  de navaja de afeitar, apel  su
espada que cortaba como una de estas; y cogiendo la cabeza por la nariz,
la despoj en un momento de su cabellera. De esto modo logr cortar el
cabello especial, y al punto se contrajo el rostro, adquiri una
espantosa palidez, torci los ojos, y aparecieron en l evidentes
seales de que se le escapaba la vida: al propio tiempo, el tronco que
le perseguia, cay de la silla, y qued sin movimiento.

Astolfo volvi adonde estaban las damas y los caballeros, llevando en la
mano la cabeza de Orrilo, en la que se veian impresas las seales de la
muerte, y les mostr el cuerpo del bandido que yacia en tierra  larga
distancia. No s si los dos guerreros lo contemplaron de buen grado, por
ms que as lo demostraran; quiz sintieron en el pecho el aguijon de la
envidia por una victoria que ellos no habian podido conseguir. Tampoco
creo que  las damas les agradase mucho el resultado de aquel combate;
pues deseando apartar  los dos hermanos de la dolorosa suerte que al
parecer les esperaba pronto en Francia, habian hecho lo posible por
ponerlos en lucha con Orrilo,  fin de tenerlos entretenidos el tiempo
necesario para que se desvanecieran las tristes influencias de su
destino.

En cuanto el gobernador de Damieta estuvo seguro de la muerte de Orrilo,
solt una paloma que llevaba una carta atada debajo de una de sus alas.
Aquella paloma dirigi al Cairo su vuelo; tras esta solt otra y otra,
segun era costumbre en aquel pas, de suerte que en pocas horas circul
por todo el Egipto la noticia de la muerte del bandido.

Una vez terminada aquella empresa, se dedic el Duque  consolar  los
dos nobles jvenes, y  excitarles, aunque de ello no tenian necesidad
porque no era otro su deseo,  que defendieran la Santa Iglesia y la
justa causa del Imperio romano, y dejando de buscar aventuras por
Oriente, fuesen  adquirir mayor gloria entre los suyos. Esto hicieron
Grifon y Aquilante, despidindose cada uno de su hada respectiva, las
cuales no supieron oponerse  tal designio por ms que les fuera
doloroso. Astolfo emprendi con ellos la marcha hcia la derecha por
haber determinado visitar y reverenciar los Santos Lugares en que Dios
vivi en carne mortal, antes de regresar  Francia. Fcilmente hubieran
podido dirigirse hcia la izquierda, que les ofrecia un camino ms
agradable y llano por no tener que separarse nunca de la costa; pero
prefirieron el spero y horrible de la derecha, que les permitia llegar
 la gran ciudad de Palestina en seis jornadas menos que por el otro.
Como por el camino emprendido habian de carecer de todo, excepto de agua
y de yerba, hicieron las provisiones necesarias para el viaje antes de
ponerse en marcha, y cargaron los fardos en los hombros de Caligorante,
que sin gran trabajo hubiera podido llevar en ellos una torre.

Cuando llegaron al trmino de aquel camino escabroso y salvaje, vieron
desde la cumbre de una montaa la santa tierra, donde el sublime Amor
lav con su propia sangre nuestras faltas. A las puertas de la ciudad
encontraron un jven gallardo que los conocia, llamado Sansoneto de
Meca, el cual,  pesar de hallarse en la flor de su juventud, era muy
prudente, famoso por su caballerosidad y por su bondad inagotable y
respetado de todos: Orlando le habia convertido  nuestra f,
bautizndole por su propia mano. A la sazon se estaba ocupando en
levantar una fortaleza para oponerse y contrarestar las incursiones del
Califa de Egipto,  intentaba adems circunvalar el monte Calvario con
una muralla de dos millas de longitud. Acogi  los caballeros con
rostro en que se veia claramente retratada su afable solicitud; los
condujo al interior de la ciudad, y les di franca y corts hospitalidad
en el mismo real palacio, donde vivia en su calidad de gobernador de
aquella tierra por el emperador Carlomagno.

El duque Astolfo regal  Sansoneto aquel desmesurado gigante, cuya
robustez era tal, que podia llevar por s solo ms peso que diez
acmilas. Adems del gigante, le di tambien la red con que lo habia
aprisionado. Sansoneto regal en cambio al Duque un rico y vistoso
tahal, y un par de espuelas cuyas hebillas y rodajas eran de oro, y
que, segun opinion general, habian pertenecido al caballero que libr
del dragon  la doncella[98]. Sansoneto habia adquirido dichas espuelas
en Jaffa, cuando se apoder de esta ciudad juntamente con otras muchas
preseas.

     [98] San Jorje.

Despues de haber obtenido la absolucion de sus culpas en un monasterio
cuyos monjes vivian en olor de santidad, visitaron los caballeros todos
los templos que recordaban los misterios de la pasion de Cristo, lugares
que hoy, para eterna vergenza y baldon de los cristianos, estn en
poder de los impos sarracenos. Mientras tanto la Europa se desgarra en
contnuas guerras, llevando sus armas  todas partes, menos donde
debiera.

Interin se recreaba su alma en la contemplacion de las ceremonias
religiosas y dems piadosas prcticas, un peregrino griego, conocido de
Grifon, trajo  este noticias graves y funestas, muy distintas de su
primer designio y prolongados deseos; noticias que derramaron tanta
amargura en su corazon, que abandon la oracion y las penitencias. Por
desgracia suya, amaba el caballero  una mujer llamada Origila, que
habria alcanzado entre otras mil la palma de la dulzura y la belleza;
pero de un carcter tan prfido y desleal que no seria posible encontrar
otra semejante, aunque se registrasen todas las ciudades y aldeas, la
tierra firme y los ms remotos archipilagos. Grifon la habia dejado en
la ciudad de Constantino, aquejada de una fiebre violenta, y en el
momento en que esperaba volver  verla  su regreso ms bella que nunca,
y gozar de sus encantos, supo el desgraciado que habia huido  Antioqua
en compaia de un nuevo amante, por no creer oportuno resignarse 
dormir sola, cuando se hallaba en la fuerza de su juventud. Desde el
punto mismo en que lleg tan fatal nueva  sus oidos, no cesaba Grifon
de suspirar dia y noche, hacindosele insoportable cuanto agradaba y
complacia  los dems; como podr conocer todo el que haya sufrido los
pesares del amor, si sus acerados dardos son de fino temple. Lo que ms
aumentaba su martirio era que se avergonzaba de confesar el mal que
padecia. Su hermano Aquilante, ms juicioso que l, le habia reprendido
ya mil veces por tan vergonzoso amor, y procurado arrancrselo del
corazon, estando persuadido de que aquella mujer era la ms perversa de
cuantas mujeres infames existian; pero Grifon procuraba disculpar
siempre  su amada, aun cuando la mayor parte de las veces hablaba
contra su propia conviccion.

El desventurado amante resolvi alejarse sin decir una palabra  su
hermano, pasar  Antioqua para apoderarse de la que era duea de su
corazon, y buscar al mismo tiempo al que le habia burlado,  fin de
tomar de l una venganza ruidosa.--En el canto siguiente referir cmo
puso por obra su determinacion y lo dems que aconteci.




CANTO XVI.

     Grifon encuentra al fin cerca de Damasco al vil Martan con la
     prfida Origila.--Los ejrcitos cristiano y sarraceno continuan su
     lucha encarnizada, y si fuera de Pars sufren los moros grandes
     perdidas, Rodomonte causa dentro de la ciudad tantos incendios y
     tanto estrago que no se sabe donde es mayor el mal que origina.


Muchas y muy graves son las penas que causa el amor; y como, por mi
desgracia, he padecido la mayor parte de ellas, que han redundado
siempre en dao mio, puedo hablar de este asunto  ciencia cierta. Por
esta razon, si digo,  si he dicho otras veces, lo mismo de viva voz que
por escrito, que un mal es leve, y otro acerbo y cruel, podeis dar
entero crdito  mi sincera opinion. He dicho, y no cesar de repetirlo
mientras me quede un soplo de vida, que el que se encuentra prendido en
las redes de un amor digno, aunque su amada se le muestre desdeosa, y
completamente adversa  su ferviente pasion, aunque Amor le niegue hasta
la ms pequea merced, y haya gastado en vano el tiempo y el trabajo, no
debe lamentarse de los tormentos que sufre, por ms que languidezca y
muera, con tal que haya entregado su corazon  una mujer merecedora de
poseerlo. En cambio debe lamentarse amargamente aquel que se ha
convertido en esclavo de unos ojos hermosos y una magnfica cabellera,
tras los cuales se oculte un corazon perverso, esquivo  toda pureza y
abrigo de toda maldad; pues cuanto ms se esfuerza el desgraciado
vctima de tal pasion, en desprenderse de ella, tanto ms penetra en su
corazon el amoroso dardo que, como el ciervo herido, lleva por todas

     [Ilustracin: Grifon encuentra  Origila.

     (Canto XVI.)]

partes: avergnzase de s mismo y de su amor, y ni se atreve 
confesarlo ni consigue curarse de l.

En tan triste caso se hallaba el jven Grifon, que conocia su error y no
podia enmendarlo: convencido estaba de cun vilmente cifraba todo su
amor en la incua y desleal Origila, y sin embargo, su razon quedaba
vencida por su insensato deseo, y el albedro cedia ante su loco
apetito: por culpable y prfida que fuese su amada, no podia menos de
volar  su lado.

Reanudando, pues, mi interrumpida historia, dir que Grifon sali
secretamente de la ciudad, sin atreverse  decir una palabra de su
marcha  su hermano, que tantas veces le habia echado en cara su
debilidad. Tom  la izquierda el camino ms llano y transitable que
conducia  Rama[99], y en seis dias lleg  Damasco de Siria, de donde
sali para Antioqua. Cerca de Damasco encontr al caballero  quien
Origila habia entregado su corazon: por sus perversas costumbres eran
tan adecuados el uno para la otra como la flor para su tallo; pues la
inconstancia, la perfidia y la traicion dominaban del mismo modo en
ambos, encubriendo los dos tan grandes defectos bajo una mscara de
cortesa y afabilidad fatal para cuantos encontraban. Aquel caballero
venia montado en un arrogante corcel, soberbiamente enjaezado: en su
compaia iba la prfida Origila engalanada con un magnfico vestido
azul, festonado de oro; seguanle dos pages llevando el yelmo y el
escudo, y acudia con tanta pompa  tomar parte en las justas que en
Damasco se preparaban.

     [99] Ciudad de Palestina, entre Sumaria y Jerusalen: llamada
     antiguamente Arimathea.

El rey de Damasco habia hecho anunciar por aquellos dias una esplndida
fiesta, con cuyo motivo acudian  dicha ciudad muchos caballeros tan
magnificamente equipados como les era posible. En cuanto la deshonesta
Origila vi venir  Grifon, temi sus ultrajes y su venganza, por
conocer demasiado que su nuevo amante no tenia fuerza ni valor
suficiente para medir sus armas con las de aquel. Mas apelando  su
procaz audacia y osada,  pesar del temblor que le causaba el espanto,
compuso el rostro y esforz la voz de modo que no di indicios de su
temor, y ejecutando un proyecto fraguado con su cmplice, ech  correr,
fingiendo una alegra extraordinaria, hcia Grifon, le enlaz con sus
brazos y le tuvo un gran rato estrechado contra su pecho: despues,
acompaando  sus vehementes caricias la suavidad de sus palabras, le
dijo llorando:

--Es este, seor mio, el premio que merecia la que tanto te adora? Has
podido dejarme abandonada un ao entero y cerca de otro, y aun no
manifiestas sentimiento alguno? Si me hubiera quedado aguardando tu
regreso, no s si habria conseguido ver un dia tan feliz como este!
Cuando esperaba que volvieses  buscarme desde Nicosia,  cuya corte
fuiste, dejndome consumida por una fiebre violenta que me puso  las
puertas de la muerte, supe que habias pasado  Siria, cuya noticia me
caus tan profundo dolor, que, no sabiendo cmo acudir  tu lado, estuve
 punto de atravesarme el corazon con mi propia mano. Pero la Fortuna,
ms cuidadosa de m que t, me ha concedido ahora un doble don:
primeramente el de enviarme  mi hermano, con el que he venido hasta
aqu sin temor por mi honra; y despues el de permitir que halle  mi
amante,  t,  quien quiero ms que todo cuanto en el mundo existe; y
por cierto que te he encontrado  tiempo, pues de haber tardado un poco
ms, habria perecido, seor mio, llorando tu ausencia.

Y aquella sagaz mujer, cuyas acciones encerraban ms astucia que las de
la zorra, prosigui querellndose con tanta destreza, que hizo recaer
toda la culpa en Grifon: le persuadi de que el que la acompaaba no
solo era su hermano, sino que por sus cuidados parecia ms bien un
padre; y por fin, supo tejer aquella trama de tal modo, que sus palabras
parecerian ms verdicas que las de San Juan,  San Lucas.

Grifon no solo no se atrevi  echar en cara su perfidia  aquella mujer
ms incua que bella; no tan solo no tom una pronta venganza del
adltero que la acompaaba, sino que se consider harto feliz con
disculparse y con evitar las reconvenciones de Origila; y prodig mil
atenciones  su rival como si fuese su verdadero cuado. Dirigise con
ellos hcia Damasco y en el camino le manifestaron que el opulento rey
de Siria iba  celebrar unas fiestas esplndidas en su corte,  las que
serian admitidos los guerreros de todos los paises y de todas las
religiones, los cuales podrian permanecer con entera seguridad dentro 
fuera de la ciudad todo el tiempo que durasen las fiestas.

Pero como no pretendo continuar con tanto inters la historia de la
prfida Origila, que contaba sus dias por las traiciones hechas  sus
amantes, volver ms gustoso  ocuparme de aquellos doscientos mil
combatientes, y de las llamas continuamente atizadas que llenaban de
horror y espanto  los habitantes de Pars.

Suspend la narracion de aquel combate en el momento en que Agramante
acababa de atacar una de las puertas de la ciudad, que suponia sin
defensa. Sin embargo, ninguna ofrecia mayor resistencia; porque la
custodiaba Carlomagno en persona, y con l los ms valientes caudillos,
tales como los dos Guidos, los dos Angelinos, Angeliero, Avino, Avolio,
Berlingiero y Oton. Los combatientes de una y otra parte anhelaban
singularizarse  la vista de Crlos y de Agramante, y buscaban afanosos
la ocasion de adquirir ms gloria y merecer ms recompensas, cumpliendo
valerosamente con su deber. Sin embargo, las pruebas de heroismo que
dieron los moros redundaron en su propio dao; porque fu tan grande el
nmero de los muertos, que los vivos no pudieron menos de reconocer todo
lo temerario de su empresa. Desde las murallas caia una espesa granizada
de saetas sobre los enemigos: los gritos y los alaridos que lanzaban
ambos ejrcitos llegaban hasta el cielo con pavoroso estruendo: mas
dejar por un momento de hablar de Crlos y de Agramante, para tratar
del Marte africano, del terrible Rodomonte, que iba recorriendo el
interior de la ciudad.

No s si recordais, Seor, que este sarraceno, confiado en su valor,
habia dejado  sus soldados devorados por las llamas entre la muralla y
el primer reducto: jams se ha presenciado espectculo tan horroroso!
Dije tambien que, atravesando de un salto el foso que rodeaba  la
ciudad, consigui entrar en ella. Cuando los ancianos y dems habitantes
poco aptos para el manejo de las armas, que estaban cerca del sitio de
la lucha procurando con ansiedad saber el giro que tomaba, conocieron al
atroz sarraceno por sus armas extraas y por su escamosa coraza,
prorumpieron en atronadores lamentos y en confusos ayes, elevando al
cielo sus temblorosas manos. Los que pudieron huir  tiempo, buscaron un
refugio en sus casas  en los templos; pero la fulminante espada que el
infiel giraba con violencia en torno suyo  pocos concedi esta
salvacion; pues alcanzando  la mayor parte de ellos, hizo volar por el
aire brazos, piernas, cabezas  otros miembros:  los que no partia por
la mitad del cuerpo, los hendia de arriba  abajo de una sola
cuchillada, y de tantos como hiri, mat  persigui, no hubo uno solo
que se atreviese  resistirle. Lo mismo que hace el tigre con los
dbiles corderos que encuentra en los campos de la Hircania[100]   las
orillas del Ganges,  el lobo con las cabras y las ovejas que pastan las
yerbas del monte que sepulta  Tifeo[101], hacia el cruel pagano con
aquellas que no llamar legiones ni falanges, sino turbas de populacho
vil, digno de la muerte antes de nacer. Entre todos cuantos hizo morder
el polvo, no consigui herir  uno solo frente  frente.

     [100] Region del Asia, que se extendia  lo largo de la costa S. E.
     del mar Caspio y hoy corresponde al Daghestan.

     [101] El monte Etna, del que se ha hablado ya en otra nota.

El terrible Rodomonte recorri aquella calle populosa y larga, que va al
puente de S. Miguel, esgrimiendo sin cesar su sangrienta espada, que ni
distinguia al siervo del seor, ni se apiadaba ms del justo que del
perverso: de nada le servia al sacerdote su carcter religioso; ni su
inocencia al nio; los hermosos ojos  las frescas mejillas de la
doncella no encontraban merced en su animosa saa, como tampoco los
nevados cabellos del anciano; y dando tantas pruebas de valor como de
crueldad, no distinguia sexo, edad ni condicion en sus vctimas. En su
insaciable sed de sangre humana, aquel impo rey, el ms cruel de los
impos, no tuvo bastante con la derramada, sino que desahogando tambien
su ira en los edificios, empez  incendiar las casas y los profanados
templos. La mayor parte de las casas eran de madera en aquel tiempo,
segun las crnicas, y esto puede creerse fcilmente, considerando que
aun en el dia de cada diez casas hay tan solo cuatro construidas de
piedra  ladrillo en Pars. El odio del sarraceno no parecia tampoco
satisfecho aun cuando lo viera todo consumido por el fuego, y donde
alcanzaba su mano arrancaba con una sola sacudida los techos  las
paredes de aquellas dbiles moradas. Podeis creer, seor, que la mayor
bombarda que hayan visto en Padua no produce tantos estragos en los
edificios como el Rey de Argel con el solo esfuerzo de sus manos.

Si Agramante hubiese atacado la ciudad por fuera con el mismo vigor con
que el maldito Rodomonte la recorria por dentro llevndolo todo  sangre
y fuego, Pars se hubiera perdido irremisiblemente; pero Agramante no
pudo conseguirlo por habrselo impedido el paladin que llegaba de
Inglaterra al frente de las tropas inglesas y escocesas, conducido por
el Arcngel y el Silencio. Dios permiti, que en el momento en que
Rodomonte saltaba dentro de la ciudad, causando tantos estragos, llegara
al pi de los muros Reinaldo, flor y nata de la casa de Claramonte, y
con l sus soldados. Habia echado un puente sobre el rio  tres leguas
ms all de Paris, y di un gran rodeo hcia la izquierda,  fin de que
el rio no le sirviese de obstculo para atacar  los brbaros. Envi de
vanguardia seis mil arqueros de  pi, reunidos bajo la altiva bandera
de Odoardo, y ms de dos mil ginetes armados  la lijera,  las rdenes
del gallardo Ariman,  hizo que se dirigieran por el camino que va desde
las costas de Picardia hasta las puertas de San Martin y San Dionisio y
entraran en la capital para auxiliarla con toda rapidez. Hizo tambien
que fueran por el mismo camino tras ellos los carros y dems bagages,
mientras l, con el resto del ejrcito, daba un rodeo ms largo. Iban
provistos de barcas, pontones y otros artificios necesarios para
atravesar el Sena, que no podia vadearse, y despues que lo hubo pasado
todo el ejrcito y se cortaron los puentes, form Reinaldo sus tropas en
batalla bajo sus respectivas banderas. Pero antes reuni en torno suyo 
los barones y capitanes, y colocndose sobre una eminencia desde la
cual podia ser visto y oido de todos, les dirigi esta arenga:

--Bien podeis, seores, elevar desde el fondo de vuestros corazones las
ms fervientes gracias al Cielo que os ha conducido hasta aqu  fin de
que,  costa de insignificantes fatigas, alcanceis una gloria superior 
la de las dems naciones. Dos prncipes os debern su salvacion si
logran hacer que se levante el cerco puesto  esa ciudad: el uno es
vuestro rey,  quien estais obligados  salvar de la esclavitud y la
muerte; el otro, el emperador ms justamente loado y ms grande que se
haya sentado en el trono. Con ellos libertareis adems  otros muchos
reyes, duques, marqueses, seores y caballeros de diferentes paises.

Salvando una ciudad, no solo os debern un eterno agradecimiento los
parisienses, que se encuentran abatidos, temerosos y desconsolados, ms
que por sus propios duelos, por los de sus mujeres  hijos, que corren
igual peligro que ellos, y por las santas vrgenes  quienes el sagrado
de sus celdas no podria librar de ser profanadas; salvndola, repito, no
solo os debern perptua gratitud los habitantes de Paris, sino tambien
todos los paises inmediatos. Al hablar as no me refiero solo  los
pueblos vecinos; sino que como todas las naciones de la Cristiandad
tienen ahora en el recinto de esa ciudad  muchos de sus guerreros, al
conseguir vosotros la victoria, conseguireis tambien su libertad, de
modo que os quedarn obligados otros muchos estados adems de la
Francia.

Si los antiguos ceian con una corona la frente del que salvaba la vida
de un ciudadano, de qu recompensa no sereis dignos al salvar tan
inmensa multitud? Pero si tan santa obra no puede llevarse  cabo por
alguna punible envidia  por una cobarda no menos punible, estad
ciertos de que una vez perdidas aquellas murallas, no habr ya
seguridad para la Italia, ni para la Alemania, ni para cuantas naciones
adoran  Aquel que por nosotros expir en la cruz. No creais tampoco que
vuestro pas est tan apartado ni tan defendido por el mar, que pueda
librarse de los ataques de los moros; pues si estos han salido otras
veces de Gibraltar y del estrecho de Hrcules para saquear vuestras
costas, qu no harn si llegan  apoderarse de la Francia?

Aun cuando  nadie reportase el menor honor ni la menor utilidad esta
empresa, deber nuestro es socorrernos mtuamente, puesto que militamos
en una misma iglesia: y por fin, desechad todo temor, y toda ocasion de
querellas, hasta que hagamos cejar  los enemigos, gente  mi parecer
sin experiencia de la guerra, sin vigor, sin corazon y hasta sin armas.

Con tales  mejores razonamientos, pronunciados con voz clara y
enrgica, consigui Reinaldo excitar el belicoso ardor de los barones
britnicos y de sus aguerridas huestes; lo que fu, como dice el
proverbio, clavar la espuela al corcel en medio de su rpida carrera.
Terminada la arenga, hizo que los diversos batallones empezaran poco 
poco su movimiento, agrupados en torno de sus respectivas banderas.
Dividi las tropas en tres cuerpos, y les di rden de avanzar sin
producir el ms leve rumor. Concedi  Zerbino el honor de ser el
primero en atacar  los Brbaros, y este paladin se dirigi contra ellos
siguiendo la orilla del Sena: orden luego  los irlandeses que fueran
atravesando los campos, dando ms largo rodeo; y por ltimo, coloc en
el centro  los infantes y ginetes de Inglaterra al mando del duque de
Lancaster.

Una vez designado  cada cuerpo su camino, cabalg el paladin por la
orilla, y se adelant al duque Zerbino y al cuerpo de ejrcito que
mandaba, hasta llegar  encontrarse con el rey de Oran, el rey Sobrino y
otros guerreros musulmanes que custodiaban por aquel lado el campo, 
una media milla de distancia de los moros espaoles. El ejrcito
cristiano que habia llegado hasta all escoltado por guias tan fieles
como lo eran el Arcngel y el Silencio, no pudo ya guardarlo por ms
tiempo; y al descubrir  los enemigos, prorumpi en gritos acompaados
del agudo sonido de las trompetas, produciendo un clamor que, llegando
hasta el cielo, hel de espanto el corazon de los infieles.

Reinaldo lanz su caballo al combate adelantndose  todos, y
enristrando su lanza, dej tras de s  ms de un tiro de flecha  los
escoceses, por no poder dominar ya su impaciencia, y cual torbellino
precursor de una horrible tempestad, se precipit ljos de los suyos con
su veloz Bayardo. Al aparecer el Paladin de Francia, dieron los moros
evidentes seales del temor que les infundia, vindose temblar las
lanzas en sus manos, los pis en los estribos y los cuerpos en los
arzones. El rey Puliano fu el nico cuyo semblante permaneci sereno,
porque no conoci  Reinaldo; y no creyendo hallar en l tan sria
resistencia, sali  su encuentro, enristr la lanza, afirmse bien
sobre los estribos, hinc ambos acicates en los hijares del caballo y le
solt las riendas. El hijo de Amon,  ms bien de Marte, acept con su
valor acostumbrado aquel reto, y pronto demostr por sus hechos la
justicia de su renombre y la destreza y serenidad con que peleaba. A un
tiempo mismo dirigieron uno y otro sus lanzas contra sus cabezas, pero
el efecto fu distinto, porque el cristiano sigui inclume adelante y
el infiel qued muerto. Para demostrar el valor son necesarias seales
ms evidentes que la de poner con gallarda la lanza en ristre; pero
este no es tampoco bastante si no le acompaa la fortuna, pues sin ella
de poco sirve las ms de las veces el valor.

Recogi el Paladin su lanza, y arremeti brioso contra el Rey de Oran,
hombre de gigantesca estatura, pero de corazon pequeo. Preparse 
darle uno de esos golpes que merecen ser contados en el nmero de los
memorables; mas la lanza clavse en el escudo: bien es verdad que no
pudo dirigirla ms arriba, por no permitrselo la colosal estatura del
sarraceno. Sin embargo, el broquel,  pesar de estar forrado
exteriormente de acero y de palma en su interior, no pudo resguardar el
cuerpo del infiel, cuya alma mezquina escapse por una ancha herida
abierta en su vientre. El corcel, agobiado por su pesada carga, debi
dar gracias interiormente  Reinaldo, que con aquel golpe le evit
mayores fatigas.

Rota la lanza, Reinaldo revolvi su caballo con tanta presteza cual si
tuviese alas, y cay impetuosamente sobre sus enemigos, en el sitio en
que ms apiados estaban y mayor era su nmero. Desnud  Fusberta, y
empez  esgrimirla con tal vigor, que las armas de sus contrarios
volaban hechas pedazos como si fuesen de frgil vidrio. El acero mejor
templado no podia resistir sus tajos, que penetraban siempre en la carne
por l defendida. La tajante espada apenas encontraba cotas  armas
defensivas que la embotaran, al paso que atravesaba todas las rodelas,
ya estuviesen revestidas de cuero  de madera, as como los acolchados
coseletes,  los turbantes ms retorcidos. No es extrao, pues, que
Reinaldo hiriera, derribara  hiciera pedazos  cuantos se ponian al
alcance de su acero, pues que de este no podian defenderse los moros
mejor que la yerba de la guadaa  las espigas de la tempestad.

Destrozado estaba ya el primer frente del enemigo cuando lleg Zerbino
con la vanguardia del ejrcito cristiano. El Prncipe escocs se
adelant  sus soldados con la lanza enristrada, mientras estos
avanzaban bajo sus banderas con no menor decision; hubiraseles tomado
por leones  lobos prontos  devorar manadas de cabras  de carneros.
Cuando estuvieron cerca, aguijaron simultneamente  sus caballos y
atravesaron con la velocidad del rayo la escasa distancia que les
separaba del enemigo. Trabse entonces una lucha particular, pues los
escoceses herian sin ser heridos, y los paganos caian sin resistencia,
como si solo se encontrasen all para ser degollados. Cada infiel
parecia ms frio que el hielo; cada escocs ms ardoroso que la llama; y
sobrecogidos aquellos por la irresistible fogosidad de los cristianos,
creian ver en cada uno de sus contrarios un nuevo Reinaldo.

Al observar Sobrino la mortandad de los suyos, vol con sus escuadrones
 socorrerlos, sin esperar las rdenes del jefe del ejrcito: sus
guerreros eran, como l, africanos ms valientes y mejor armados que los
ya derrotados, aun cuando no valian mucho ms que estos. Dardinel
tambien hizo avanzar sus tropas, poco aguerridas y peor armadas, si bien
l ostentaba un yelmo brillante,  iba cubierto con una coraza y cota de
malla. Tras l sigui Isolier, cuyos soldados eran, segun creo, ms
animosos.

El buen Trason, duque de Marra, que asistia con entusiasmo  aquella
batalla, di la voz de ataque  sus ginetes, apenas oy y vi avanzar 
las cohortes navarras mandadas por Isolier, exhortndoles  que fuesen
en su compaia en busca de eterna fama. El nuevo Duque de Albania,
Ariodante, imitando  Trason, puso en movimiento sus escuadrones.

El retumbante sonido de los clarines, de los tmpanos y de otros
instrumentos blicos, unido al incesante rumor producido por los arcos,
las hondas, las mquinas de guerra, las ruedas y el fragor de las armas,
y sobre todo, los gritos tumultuosos, ayes y lamentos de los
combatientes, que rimbombaban hasta el cielo, producian un estrpito
tal, que solo era comparable al de las cataratas del Nilo, cuando las
aguas al despearse atruenan y ensordecen las comarcas circunvecinas. La
espesa lluvia de saetas que se lanzaban de uno  otro campo llegaba 
oscurecer la luz del Sol. El aliento de los combatientes, el vapor
desprendido del sudor de hombres y caballos y los torbellinos de polvo
que levantaban, cubrian el aire de una densa niebla: tan pronto avanzaba
un ejrcito y retrocedia el otro, como recobraba este el terreno
perdido, obligando  aquel  batirse en retirada, y ms de una vez
sucedia que el vencedor caia muerto sobre el cadver mismo del vencido.
Donde un escuadron se detenia rendido de cansancio, le reemplazaba al
momento otro que venia de refresco; el nmero de guerreros aumentaba
progresivamente por una y otra parte, reforzndose ambas
alternativamente con nuevos infantes  ginetes: la tierra, hollada por
las innumerables pisadas de los combatientes, estaba tinta en sangre; la
yerba habia perdido su matiz verde, vindose convertido en rojo, y donde
antes se ostentaban ufanas las flores de color azul  amarillo, yacian
ahora en confuso monton los hacinados cadveres de hombres y caballos.

Zerbino daba sealadas muestras de un valor superior  su juventud; y
llevado de su fogosidad, mataba, heria  destruia  los enemigos que
llovian en su derredor. Ariodante se seal tambien con admirables
hazaas al frente de sus nuevos sbditos, y llen de terror y asombro 
los moros de Navarra y de Castilla. Quelindo y Mosco, hijos bastardos
del difunto Calabrun, rey de Aragon, y Calamidor de Barcelona, clebre
por su arrojo, se habian lanzado fuera de sus filas; y creyendo alcanzar
gloria y corona,  un tiempo mismo se precipitaron sobre Zerbino con
intencion de matarle, hirindole el caballo en un costado. Cay muerto
el noble animal traspasado por tres lanzas; pero el esforzado Zerbino se
puso inmediatamente en pi, revolvindose furioso contra sus
acometedores para vengar la muerte de su caballo; y dirigindose primero
al inexperto Mosco,  quien tenia ms cerca, y que se envanecia con la
esperanza de cogerle prisionero, le tir una estocada que, atravesndole
un costado, le hizo saltar de la silla plido y yerto. Cuando Quelindo
vi la desgraciada suerte de su hermano, arremeti lleno de furor 
Zerbino proponindose derribarle; mas este se abalanz  l, y asiendo
su caballo de la brida, le hizo caer en tierra, de la que no volvi 
levantarse, y le puso en estado de no comer mas paja ni cebada, pues
descarg una cuchillada tan violenta, que mat con ella  un tiempo
mismo al caballo y al ginete. Aterrado Calamidor por los crueles efectos
del acero del Prncipe escocs, volvi la brida para huir  toda prisa;
pero Zerbino le tir un descomunal fendiente, dicindole: Espera,
traidor, espera. No lleg  herir el acero donde se propuso el
Prncipe, pero el golpe no perdi todo su efecto; pues alcanzando  la
grupa del caballo enemigo, lo desjarret hacindole caer. El mahometano
consigui salir de entre su derribado corcel,  intent huir  pi; mas
no pudo conseguirlo, porque llegando en aquel momento el duque Trason,
le pas por encima y le aplast con el peso de su caballo.

Ariodante y Lurcanio corrieron  interponerse entre Zerbino y la
multitud de enemigos que le rodeaba, as como otros muchos nobles y
caballeros que ayudaron al Escocs  montar de nuevo  caballo.
Ariodante no cesaba de esgrimir su acero, cuyos temibles efectos
sintieron Artlico y Margano, y mucho ms Etearco y Casimiro. Los dos
primeros tuvieron que retirarse heridos; pero los otros dos quedaron
tendidos en el campo. Por su parte Lurcanio daba pruebas de su fuerte
brazo, hiriendo, derribando  dispersando  los enemigos.

No creais, Seor, que en el resto de la llanura fuese la pelea menos
encarnizada que  orillas del rio, ni que el cuerpo de ejrcito que iba
al mando del buen duque de Lancaster permaneciera ocioso  retaguardia.
Este atac  los moros de Espaa, y por una y otra parte desplegaron
igual valor los respectivos jefes, infantes y ginetes. Iban en las
primeras filas Oldrado, duque de Glocester, y Fieramonte, duque de
Yorck, y con ellos Ricardo, conde de Warvik y el audaz Enrique, duque de
Clarence. Frente  ellos tenian  Malatista, rey de Almera, Folicon, de
Granada, y Baricondo, de Mallorca, con todas sus tropas. Por algun
tiempo estuvo indecisa la victoria, pues no se notaba ventaja apreciable
en unos ni otros. Cristianos y sarracenos atacaban  retrocedian,
asemejndose  las espigas impelidas por los vientos de Mayo,   las
agitadas olas junto  la playa, que vienen y van incesantemente. Cuando
se cans la suerte de jugar con ambos ejrcitos, abandon de pronto 
los sarracenos. A un tiempo mismo el duque de Glocester arranc de la
silla  Malatista; Fieramonte hiri en un hombro  Folicon y le derrib,
cayendo uno y otro infiel prisioneros en poder de los ingleses; y
Baricondo qued sin vida  manos del duque de Clarence.

Estas prdidas aterraron tanto  los paganos  infundieron  los
cristianos tal ardor, que aquellos no hacian ya ms que batirse en
retirada, desordenarse y emprender la fuga, mientras estos avanzaban
contnuamente, ganaban poco  poco terreno y hostigaban y perseguian 
los moros; y  no ser por la llegada de nuevos refuerzos, los sarracenos
hubieran perdido por aquel lado la batalla. Pero Ferrags, que no se
habia separado hasta entonces del lado del rey Marsilio, cuando vi su
ensea fugitiva y medio exterminado su ejrcito, espole  su corcel y
lo lanz en lo ms rcio de la pelea, llegando en el momento en que caia
en tierra Olimpio de la Sierra con la cabeza hendida por una cuchillada.
Era este un jovencillo, que con las dulces endechas que solia cantar al
armonioso son de una ctara, era capaz era ablandar cualquier corazon,
aun cuando fuese ms duro que una pea. Dichoso l si hubiera sabido
contentarse con tal arte, y hubiese arrojado ljos de s el escudo, el
arco, la aljaba, la lanza y la cimitarra, que le hicieron perecer en
Francia en la flor de su edad! Cuando Ferrags, que le amaba
cariosamente, le vi caer, sinti un dolor tan profundo cual no se lo
caus la muerte de otros mil y mil que habian perecido antes, y
arremeti con tal furor al que lo inmolara, que de un solo tajo le
dividi el yelmo, la frente, el rostro y el pecho, tendindole muerto 
sus pis. No par aqu, sino que esgrimiendo su acero, lleno de
vengativa saa, empez  romper cascos y corazas,  cortar brazos y
cabezas y  causar por do quiera un grande estrago, logrando contener
por aquel lado la derrota de sus huestes, y reanimar el valor de los
musulmanes, que huian aterrados, rotos y destrozados sin rden ni
concierto.

El rey Agramante, deseoso de matar gente y de singularizar su valor,
acudi tambien  tomar parte en aquella pelea, seguido de Baliverso,
Farurante, Prusion, Soridano y Bambirago, as como de una muchedumbre de
infieles tan innumerable, que con su sangre llegaria  formarse un
lago, siendo ms difcil contarlos que enumerar las hojas arrancadas de
los rboles por los vientos del otoo. Habiendo retirado Agramante del
asalto un gran nmero de infantes y ginetes, orden que fueran  las
rdenes del Rey de Fez  dar la vuelta hasta colocarse  retaguardia del
campamento, para defenderlo del ataque con que le amenazaban los
irlandeses, cuyos escuadrones avanzaban precipitadamente, despues de dar
largos rodeos, con la intencion de apoderarse de las tiendas de campaa
de los sarracenos. El Rey de Fez cumpli aquella rden sobre la marcha,
conociendo que cualquier demora podia serles funesta.

Entre tanto reuni Agramante el resto de su ejrcito; lo dividi en dos
partes, y mand que una de ellas corriera  la llanura, donde se habia
trabado la batalla: l, con la otra, se dirigi hacia la orilla del rio,
por creer que era all ms necesaria su presencia, pues se habia
presentado un mensajero del rey Sobrino pidiendo refuerzos hcia aquel
lado. Agramante llevaba consigo, formando un solo cuerpo, ms de la
mitad de su ejrcito; y asustados los escoceses al oir el confuso rumor
que producian conforme iban acercndose, se sobrecogieron de tal modo,
que perdiendo todo sentimiento de honor, empezaron  cejar y 
desbandarse. Zerbino, Lurcanio y Ariodante quedaron solos haciendo
frente  los enemigos,  indudablemente habria perecido el primero, que
estaba desmontado, si no acudiese oportunamente Reinaldo en su socorro.
Hasta entonces habia estado el Paladin combatiendo en otra parte, y
poniendo en vergonzosa fuga ms de cien banderas; pero avisado del gran
peligro que corria Zerbino,  quien sus tropas habian abandonado  pi
entre la gente mahometana, volvi riendas y se lanz al encuentro de los
escoceses que huian desatentados.

--A dnde vais? les grit detenindose. Por qu os veo cometer una
bajeza tan afrentosa, como es la de abandonar el campo  tan vil
canalla? Son esos los trofeos con que pretendeis adornar vuestras
iglesias? Oh! Qu gloria, qu fama alcanzareis, abandonando al hijo de
vuestro Rey  pi y solo!

Dichas estas palabras, se apoder de una lanza que tenia uno de sus
escuderos y viendo cerca  Prusion, rey de los alvaraches, cay furioso
sobre el, y de un bote le arranc de la silla, dejndole sin vida: en
seguida derrib muertos  Agricalte y Bambirago; hiri gravemente 
Soridano, y le hubiera arrancado la existencia como  los otros,  no
habrsele hecho pedazos la lanza. Rota esta, sac  relucir  Fusberta,
y tir una estocada  Serpentin, el de la Estrella, cuyas armas estaban
encantadas; pero no pudieron impedir que cayese del caballo sin sentido
ante la violencia del golpe. De este modo fu haciendo en torno del jefe
de los escocesas ancha plaza, de suerte que este pudo montar libremente
en uno de los caballos que por all vagaban sin ginete; y  tiempo
cabalg, pues si hubiese tardado un poco ms, no lo habria conseguido,
porque simultneamente llegaron Agramante, Dardinelo, Sobrino y el rey
Balastro; pero Zerbino, que habia montado en ocasion oportuna, empez 
repartir mandobles  diestro y siniestro, enviando  los mas osados al
Infierno para que diesen noticias del modo de vivir de los mortales.

El buen Reinaldo, que se dedicaba con preferencia  luchar con los
enemigos que ms dao hacian en las filas de los cristianos, dirigi sus
golpes contra el rey Agramante, que le parecia demasiado audaz y
valiente, pues l solo causaba ms estrago que mil moros juntos; y
precipitndose sobre l con su Bayardo, de un solo revs le ech  rodar
con su caballo.

Mientras fuera de la ciudad combatian los dos ejrcitos con tanta
crueldad, odio, rabia y furor, Rodomonte continuaba dentro de Pars
causando numerosas vctimas,  incendiando casas, palacios y templos.
Ocupado Crlos en combatir en otra parte, no podia ver ni sospechar
siquiera las crueldades del sarraceno: estaba dando entrada en la ciudad
 Odoardo y Arimano con sus huestes britnicas, cuando se le present un
escudero, tan plido, tembloroso y desalentado, que apenas podia
articular una palabra:

--Ay de m, Seor, ay de m! exclam muchas veces antes de dar
principio  su relato: ha llegado el dia en que el romano Imperio caer
sepultado entre sus ruinas. Cristo ha abandonado hoy  su pueblo! hoy ha
caido el Demonio desde el cielo, para no dejar un habitante en esta
ciudad Satans, el mismo Satans, porque no puede ser otro, est
destruyendo y convirtiendo en ruinas esta ciudad infeliz! Vulvete, y
mira la densa humareda que despiden esas llamas devoradoras; escucha los
lamentos que hasta el cielo llegan, y sirvan de f  lo que dice tu
siervo. Un hombre solo es el que destruyo  sangre y fuego este hermoso
pas, y su solo aspecto basta para que todo el mundo huya
precipitadamente.

Al tener noticia de tamaas calamidades, quedse Crlos como el que oye
el tumulto y las campanas tocando  rebato antes de ver el fuego, que es
el nico en ignorar, cuando precisamente  l es  quien ms de cerca le
toca y ms directamente le perjudica; y conociendo el monarca
inmediatamente toda la extension del dao, dirigi sus ms valientes
guerreros hcia donde oia ms estrpito y ms lamentos. Hizo que le
siguiera una gran parte de sus paladines y sus mejores soldados, y llev
su ensea hasta la plaza, en donde Rodomonte se encontraba. El
Emperador pudo ver entonces las horribles huellas de la crueldad del
sarraceno, y el suelo sembrado de miembros humanos. Pero basta ya; el
que desee escuchar el fin de esta interesante historia, tmese la
molestia de volver otra vez.




CANTO XVII.

     Carlomagno se dirige con sus guerreros  contener 
     Rodomonte.--Grifon se presenta en el torneo dispuesto por Norandino
     y lleva  cabo sealadas proezas.--Martan esquiva el combate y
     demuestra su extraordinaria cobarda; despues, para avergonzar 
     Grifon, le roba las armas, y presentndose al Rey cubierto con
     ellas, es muy honrado por l.--Grifon, tenido por Martan, sufre los
     denuestos del pueblo.


Cuando nuestros pecados han traspasado los lmites de perdon, el Supremo
Hacedor, demostrndonos que su justicia es igual  su piedad, permite
que ocupen los tronos de la tierra tiranos feroces, mnstruos humanos, 
quienes concede la fuerza y el ingenio necesarios para oprimir
terriblemente  sus pueblos. Por esta razon envi al mundo  Mario y
Sila,  los dos Nerones[102], al furibundo Cayo[103],  Domiciano y al
ltimo Antonino[104]: por esto sac de entre la hez del populacho 
Maximino[105], exaltndole al solio imperial; hizo nacer en Tebas 
Creonte[106]; entreg al pueblo agilino en manos de Mezencio, que reg
con sangre humana los campos de su pas[107], y en tiempos menos remotos
consinti que los lombardos, los hunos y los godos saqueasen la Italia
entera. Y qu dir de Atila? qu del incuo Eccelino de Romano[108]?
qu de otros ciento,  quienes Dios envia, cansado de vernos siempre
por el camino del mal, para oprimirnos y castigarnos? Pero, sin
necesidad de evocar los recuerdos de los tiempos antiguos, ejemplos
harto patentes tenemos en el nuestro de los efectos de la clera divina,
cuando nos ha dado,  nosotros, rebaos intiles y malnacidos, famlicos
lobos por guardianes, los cuales, como si su vientre no bastara 
contener tanto alimento  s no tuvieran el hambre necesaria, llaman
para devorarnos  otros lobos ultramontanos ms hambrientos que
ellos[109]. Los huesos que yacen insepultos  las orillas del Trasimeno,
en Cannas y en Trebbia[110] son pocos en comparacion de los que hoy
sirven de abono  los campos por donde pasa el Adda, el Mella, el Ronco
y el Tarro. Dios, pues, consiente que seamos castigados por pueblos
mucho peores quizs que nosotros,  causa de nuestros multiplicados 
infinitos crmenes, y de nuestros errores oprobiosos. Tiempo llegar,
sin embargo, en que  nuestra vez vayamos  saquear sus costas, si por
ventura somos mejores, y cuando sus pecados lleguen  un punto tal que
exciten el enojo do la Bondad eterna.

     [102] Tiberio Neron, segundo emperador Romano y Domicio Enobarbo
     Neron, quinto emperador, ambos tan crueles como es proverbial.

     [103] Cayo Calgula, tercer emperador romano, clebre tambien por
     su ferocidad y sus extravagancias.

     [104] Otros dos emperadores romanos, notables por su crueldad. El
     segundo fu el clebre Eliogbalo,  quien los soldados, al
     exaltarle al trono imperial, saludaron con el nombre de Antonino en
     memoria de su abuelo Antonino Caracalla. Su ferocidad fu causa de
     que el Senado promulgase una ley  fin de que en adelante no
     llevase ningun emperador dicho nombre, y por eso dice el poeta que
     Eliogbalo fu el ltimo Antonino.

     [105] Emperador romano, que en un principio fu pastor de Tracia;
     hombre avaro y cruel, y furibundo perseguidor de los cristianos.

     [106] Rey de Tebas, cuyo pas gobern tirnicamente. Uno de los
     principales rasgos de su crueldad consisti en que habiendo
     sepultado Antgona,  pesar de su formal prohibicion, el cadver de
     su hermano Polinice, Creon mand enterrarla viva.

     [107] Mezencio, rey de los Agilinos, pueblo de Toscana, fu tan
     feroz que mandaba atar los cuerpos de los muertos en estado de
     putrefaccion con los de los vivos, uniendo boca con boca, mano con
     mano y as de los dems miembros, y de esta suerte hacia morir 
     los que incurrian en su desagrado.

     [108] De este guerrero desalmado nos hemos ocupado ya en una nota
     del canto III.

     [109] Alusion  los suizos, franceses y alemanes llamados  Italia
     por el papa Julio II.

     [110] A orillas del lago Trasimeno en Italia fu vencido el consul
     romano Flaminio por el general cartagins Annibal muriendo en la
     batalla 15,000 romanos y cayendo otros tantos prisioneros. Cerca
     del pueblo de Cannas, en la Apulia, volvi Annibal  derrotar  los
     romanos, mandados por Varron y Paulo Emilio, causndolos una
     mortalidad espantosa; y por fin, junto al rio Trebbia, cerca de
     Gnova, los derrot tambien en trminos que de 40 mil hombres
     apenas pudieron salvarse diez mil.

Los excesos de los cristianos debian haber turbado entonces la serena
Frente de Dios, cuando hizo pesar su venganza sobre aquellas comarcas,
por donde el Turco y el Moro llevaban la vergenza, la violacion, la
rapia y la matanza; pero los males que causaba el feroz Rodomonte eran
los mayores de todos.

Dije que Crlos, avisado de los estragos ocasionados por el sarraceno,
se dirigia  la plaza en su busca. A su paso encontr numerosos
cadveres de sus sbditos, los palacios incendiados, derruidos los
templos, y asolada gran parte de la ciudad: jams habia presenciado tan
desastroso espectculo.

--Adnde hus, exclam, espantadas turbas? No hay uno solo de entre
vosotros que haga frente  la desgracia? Qu ciudad, qu asilo os
quedar cuando tan vilmente perdais este? Es decir, que un solo hombre,
encerrado en vuestra ciudad y rodeado de murallas que imposibilitan su
fuga, lograr retirarse impunemente despues de haberos degollado 
todos!

As decia Crlos que, encendido en ira, no podia sufrir tanto baldon,
mientras llegaba delante de su alczar, donde vi al pagano esterminando
 sus gentes. Una gran parte del populacho se habia refugiado en l con
la esperanza de encontrar socorro; porque el palacio estaba provisto de
fuertes muros y de municiones suficientes para defenderle largo tiempo.

Rodomonte, brio de ira y de orgullo, dominaba solo en la gran plaza, y
despreciando al universo entero, esgrimia con una mano su formidable
espada, mientras con la otra continuaba aplicando el fuego  los
edificios: despues se dirigi al alczar real, palacio elevado y
suntuoso, y empez  descargar tremendos golpes en sus puertas. Los
sitiados hacian llover sobre l desdo las murallas pedazos de pared y
almenas enteras, y se defendian hasta morir. No reparaban en destruir
los techos del edificio, y del mismo modo arrojaban piedras y maderas,
que las lpidas, las columnas y los ricos artesanados tan queridos de
sus antecesores.

El rey de Argel continuaba en la puerta, cubierto con su brillante
armadura de acero: que le defendia todo el cuerpo, semejante  la
serpiente que, saliendo de la oscuridad, despues de haber mudado su
antigua piel, y envanecida por la nueva, se siente rejuvenecida y con
ms vigor que nunca, y vibrando su triple dardo y lanzando fuego por los
ojos, extermina  cuantos animales encuentra  su paso. Ni las piedras,
ni las almenas, vigas, arcos  flechas, ni cuanto caia sobre el
sarraceno era bastante  cansar su sanguinaria diestra, ni  impedir que
siguiera sacudiendo y haciendo poco  poco pedazos la gran puerta del
alczar, en la cual abri tantos boquetes que fcilmente podia ser visto
y ver  su vez  cuantos llenaban el patio principal, en cuyos
semblantes se pintaba la palidez de la muerte. Oianse resonar gritos y
lamentos femeniles bajo aquellas elevadas y espaciosas bvedas; las
mujeres desconsoladas iban corriendo de uno  otro lado del edificio,
plidas y afligidas, y despidindose de todos los aposentos y de sus
lechos nupciales, que pronto tendrian que abandonar  gentes extraas.

     [Ilustracin: Carlomagno acude con sus paladines  impedir los
     estragos que Rodomonte causa en Pars.

     (Canto XVII.)]

A tan apurado trance llegaban las cosas, cuando se present el Rey
acompaado de sus guerreros. Contempl Carlos sus robustas manos, tan
prontas otras veces  acudir donde la necesidad las llamaba, y les dijo:

--No sois vosotros aquellos que lucharon conmigo en Aspromonte contra
Agolante? Se habr debilitado tanto vuestro vigor que,  pesar de haber
dado entonces muerte  aquel rey,  Trojano,  Almonte y  cien mil
guerreros ms, temereis hoy  un solo hombre de su misma raza, y hasta
de su mismo ejrcito? Por qu he de veros ahora menos animosos de lo
que entonces lo fusteis? Mostrad vuestro heroismo  ese perro que 
tantos hombres devora. Un corazon generoso no hace caso de la muerte,
venga tarde  temprano, con tal que sea honrosa. Pero no; al veros
colocados donde estais no puedo dudar de vosotros, que siempre me habeis
dado la victoria.

Al decir estas palabras, lanz su corcel contra el sarraceno,
enristrando la lanza, y al mismo tiempo que l se precipitaron el
paladin Ogiero, Namo, Olivier, Avino, Avolio, y los inseparables Oton y
Berlingiero, y empezaron  descargar terribles golpes sobre el pecho,
los costados y la cabeza de Rodomonte.

Mas por piedad, Seor, dejemos ya nuestro relato de ira y de muerte, y
baste por ahora con lo dicho acerca de aquel sarraceno no menos valiente
que cruel; que ya es tiempo de volver donde dej  Grifon, llegado  las
puertas de Damasco con la prfida Origila, y con aquel que no era su
hermano, sino su adltero amante.

Es fama que una de las ms ricas, ms populosas y suntuosas ciudades de
Oriente es Damasco, distante siete jornadas de Jerusalen, y situada en
una llanura frtil y abundante, tan agradable en invierno como en
verano. Un collado prximo la priva de los primeros rayos de la
naciente aurora. Dos rios cristalinos atraviesan la ciudad y riegan una
multitud de jardines constantemente esmaltados de pintadas flores y
cubiertos de verdura. Es fama tambien que el agua de azahar abunda tanto
en aquella poblacion, que se podria dar movimiento con ella  varios
molinos; y el que va por las calles percibe su balsmico aroma que sale
de todas las casas. La calle principal estaba  la sazon colgada de
magnficos tapices de colores vistosos, y el suelo y las paredes de las
casas cubiertos de yerbas olorosas y de verdes ramas. Cada puerta, cada
ventana estaba engalanada con finsimas telas y tapices; pero mucho ms
aun con la presencia de bellas damas adornadas con preciadas joyas y
trajes soberbios. En muchos sitios, vease celebrar animados bailes en
el interior de las casas; y en las plazas pblicas el pueblo se
entretenia en correr excelentes caballos, cubiertos de ricos arneses.
Pero lo que sobre todo llamaba la atencion era la esplndida corte del
Rey de Damasco, en donde los grandes, los nobles y los vasallos
ostentaban un lujo verdaderamente oriental, deslumbrando la vista con
cuantas perlas, oro y piedras preciosas pueden producir la India y las
costas del mar Eritreo.

Grifon y sus compaeros iban examinndolo todo  su placer, cuando les
sali al encuentro un caballero, que les invit  apearse de los
caballos, ofrecindoles hospitalidad en su palacio: con aquella finura y
cortesa proverbiales en Oriente, les provey de todo lo necesario, hizo
que les preparran un bao y despues les present con agradable
solicitud una suntuosa cena. Djoles que Norandino, rey de Damasco y de
toda la Siria, habia invitado  los hijos del pas y  los extranjeros
que estuviesen armados caballeros para las justas que debian celebrarse
en la plaza en la maana del siguiente dia, y que si ellos tenian el
valor que su talante demostraba, podrian dar pruebas de l sin necesidad
de ir ms adelante.

Aun cuando Grifon no habia ido all con este objeto, acept, sin
embargo, la invitacion; porque era de parecer que no estaba de ms hacer
gala del valor siempre que se presentare ocasion para ello. En
consecuencia, pregunt  su husped el motivo de aquellas fiestas, y si
eran una solemnidad anual,  bien un pretexto por medio del cual
quisiera el Rey experimentar el valor de sus paladines. El caballero
respondi:

--Esta es la primera fiesta que celebramos, y que deber repetirse cada
cuatro lunas. El Rey la ha instituido en memoria de que en tal dia
consigui salvar su cabeza, despues de haber permanecido cuatro meses
lleno de dolor y angustia y con la muerte ante sus ojos. Mas para daros
 conocer todos los pormenores de esta historia, os dir que nuestro
rey, llamado Norandino, ha vivido por espacio de muchos aos prendado de
la donosura y sin par belleza de la hija del rey de Chipre, y que
habiendo alcanzado por ltimo su mano, regresaba directamente  Siria
con su esposa y con muchas damas y caballeros. Apenas nos pusimos  toda
vela fuera del puerto, y vogbamos por el borrascoso Carpatiano[111],
cuando nos asalt una tempestad tan cruel, que atemoriz hasta al mismo
piloto,  pesar de ser un antiguo y experto marino. Durante tres dias y
tres noches anduvimos errando  merced de las amenazadoras olas, hasta
que al fin conseguimos desembarcar, rendidos de cansancio y empapados en
agua, en una playa rodeada de praderas extensas y verdes collados.
Levantamos al momento nuestras tiendas, y colocamos alegres anchos
toldos entre los rboles: se encendieron hogueras, se prepar la comida,
y se extendieron los manteles.

     [111] Mar as llamado del nombre de la isla Carpathos  Scarpante,
     situada en el Mediterrneo, entre las de Rodas y Creta.

El Rey habia ido entro tanto  recorrer los valles cercanos, y los
sitios ms recnditos del bosque, seguido de dos criados que llevaban su
arco y sus flechas, con objeto de ver si encontraba cabras monteses,
gamos  ciervos. Mientras esperbamos, disfrutando con placer del
anhelado reposo, que regresara nuestro Rey de la caza, vimos  un
mnstruo terrible, al Ogro, que venia por la orilla del mar corriendo
hcia nosotros. Dios haga, Seor, que vuestros ojos no contemplen nunca
el horroroso semblante del Ogro! Ms vale tener noticia de l por lo que
diga la fama, que caer en sus manos al verle. No puedo comparar  nada
su corpulencia, segun lo desmesuradamente grueso que es: en lugar de
ojos, tiene bajo la frente dos huesos salientes del color del hongo.
Venia, como digo, hacia nosotros por la orilla del mar, y no parecia
sino que se adelantase un montecillo: enseaba dos colmillos semejantes
 los del javal; su nariz era larga y el pecho sucio, velludo y
repugnante. Avanzaba corriendo con la nariz levantada  guisa de
perdiguero cuando olfatea la caza, y apenas le vimos, huimos todos
precipitadamente, y con el rostro desencajado, hcia donde nos encamin
el temor. De nada nos servia verle ciego; porque, olfateando no ms,
hacia al parecer lo que es imposible que hagan otros, provistos de vista
y olfato; y tanto era as, que se necesitarian alas para huir de l.
Corriamos en todas direcciones, pero nuestros esfuerzos eran intiles,
pues l aventajaba en velocidad al viento. De cuarenta personas, apenas
pudieron salvarse diez, refugindose  nado  bordo del buque: apoderse
de las restantes, y colocse unas cuantas debajo del brazo, formando una
especie de haz con ellas; llense con otras el seno, y meti el resto
en un enorme zurron, que llevaba pendiente de los hombros,  la manera
de los pastores.

El mnstruo ciego nos llev despues  su guarida, cavada en un peasco
prximo  la orilla del mar, cuyas paredes eran de un mrmol ms blanco
que l papel en que no se haya escrito nunca. Habitaba all con el una
matrona, triste al parecer y dolorida, y en su compaia estaban varias
damas y doncellas de todas edades y condiciones, unas lindas y otras
feas. Cerca de la cueva en que habitaba el Ogro, y casi en la cima del
monte, existia otra tan grande como la primera, donde encerraba sus
ganados, compuestos de innumerables reses que apacentaba l mismo, as
en verano como en invierno, cuidando de sacarlos al campo y volverlos 
encerrar, ms bien por distraccion que por necesidad. Preferia, sin
embargo, alimentarse de carne humana como lo demostr antes de llegar 
su antro; pues se comi, y aun creo que se trag vivos, tres de nuestros
ms jvenes compaeros.

Dirigise en seguida hcia la cueva del ganado, levant una gran
piedra, y nos encerr all, despues de hacer salir sus rebaos, que
condujo adonde solia apacentarlos, taendo una zampoa que llevaba
colgada al cuello.

Nuestro Seor habia vuelto entre tanto  la playa, y conoci bien
pronto su triste suerte por el silencio que en todas partes reinaba, y
por no hallar  nadie en las tiendas, en los pabellones ni debajo de los
toldos. No podia imaginar quin le habia dejado entregado de aquella
suerte al aislamiento ms completo; y lleno de temor se dirigi  la
orilla del mar, desde donde vi  sus marineros levar las anclas y
desplegar las velas. Apenas le divisaron ellos en la playa, se
apresuraron  enviarle un bote para trasladarle  bordo; pero en cuanto
Norandino tuvo noticia de las crueldades del Ogro, sin detenerse 
pensar en ms, tom el partido de ir  buscarlo donde se encontrara,
manifestndose tan desconsolado por la prdida de su Lucina, que jur
rescatarla  perecer en la demanda.

Psose, pues,  caminar siguiendo las huellas recientemente impresas en
la arena, con una precipitacion, hija de su ferviente amor, hasta que
lleg  la cueva de que os he hablado, en la cual esperbamos todos el
regreso del Ogro con el miedo mayor del mundo, creyendo, al menor rumor
que escuchbamos, que se presentaba hambriento y dispuesto  devorarnos.
La fortuna gui hasta all los pasos de Norandino, pues no encontr en
la cueva al Ogro; pero si  su mujer, que grit al verle:

--Huye, infeliz! Desgraciado de t si el Ogro te coje!

--Poco me importa, le contest el Rey, que me coja  no, que me salve 
me d la muerte: nada puede aumentar ya mi desgracia. He llegado hasta
aqu, no por haber errado el camino, sino llevado en alas del deseo de
morir junto  mi esposa.

Despues sigui pidindole noticias de los cogidos en la playa por el
Ogro, y se inform sobre todo de si habia dado muerte  su bella Lucina
 la retenia cautiva. La mujer del mnstruo le contest con mucha
humanidad, y le tranquiliz dicindole que Lucina vivia, y que no
tuviese cuidado alguno con respecto  su vida, porque el Ogro no
devoraba nunca  las mujeres.

--Una prueba de ello la tienes en m, aadi, y en todas estas damas
que me rodean; jams nos ha causado ni nos causar el Ogro el menor
dao, mientras no nos separemos de esta cueva; pero  la que intenta
huir le cuesta caro, pues desoyendo toda clase de splicas, la entierra
viva, la carga de cadenas  la expone desnuda sobre la playa  los
ardientes rayos del Sol. Cuando ha traido hoy aqu  tus compaeros, no
se ha cuidado de hacer su acostumbrada separacion entre los hombres y
las mujeres, sino que los hizo entrar todos revueltos en confuso monton.
Apenas vuelva conocer por el olfato la diferencia de sexos: las mujeres
no debern temer nada; pero los hombres sern positivamente inmolados; y
de cuatro en cuatro,  de seis en seis, servirn diariamente de pasto 
su voracidad. No se me ocurre nada que aconsejarte para que libertes 
Lucina: as pues, debes darte por satisfecho con saber que su vida no
corre peligro, y que participar de nuestra prspera  adversa fortuna;
pero vete, por Dios, vete, hijo mio, antes que el Ogro te huela y te
devore: en cuanto llega, se pone  olfatear por todas partes, y
descubriria hasta el raton ms pequeo que aqu hubiese.

El Rey contest que no se marcharia sin ver  Lucina, y que preferia
morir cuanto antes  su lado,  vivir ljos de ella. Cuando la mujer del
Ogro conoci que era en vano todo su empeo para disuadirle del
propsito que tan resueltamente habia formado, ide un nuevo medio para
ayudarle, y lo puso inmediatamente por obra. Del techo de la cueva
pendian las pieles, colgadas en distintas pocas de los cabritos, cabras
y corderos que servian de alimento al Ogro y  sus cautivas: la mujer de
este hizo que el Rey se untara de pis  cabeza con la grasa de un gran
macho cabrio hasta que su olor hiciera desaparecer el del cuerpo humano,
y cuando le pareci que Norandino despedia aquella fetidez que notamos
siempre en dichos animales, cogi la piel del mismo y le envolvi con
ella pues era bastante grande para el objeto. Una vez cubierto con tan
extrao disfraz, le hizo andar  cuatro pis y le condujo  la cueva
cerrada por una piedra enorme donde, privada de libertad, yacia su bella
esposa.

Consinti Norandino en todo; colocse cerca de la abertura con la
esperanza de poderse mezclar entre el rebao, y estuvo aguardando con
ansiedad hasta la caida de la tarde. Al anochecer oy los acordes de la
zampoa con que el terrible pastor, yendo en pos de su rebao, le
ordenaba que abandonase la hmeda yerba para regresar  la cueva. Ya
podeis pensar cul seria su espanto al notar la aproximacion del Ogro, y
mucho ms cuando vi, lleno de horror, su feroz aspecto al llegar  la
boca de la cueva; pero el amor pudo ms que el miedo, por lo cual fcil
os ser comprender si el cario de Norandino era fingido  sincero.
Adelantse el Ogro, levant la piedra y dej espedita la entrada, por la
que pas el Rey confundido entre las cabras y las ovejas.

Cuando tuvo encerrado su rebao, baj el Ogro adonde estbamos,
cuidando antes de cerrar la entrada. Fu olfatendonos  todos, y por
fin cogi dos de mis compaeros, con cuyas carnes crudas quiso regalarse
para cenar. El solo recuerdo de aquellas espantosas quijadas hiela la
sangre en mis venas y me inunda de sudor el rostro. Apenas se march el
Ogro, arroj el Rey la piel que le encubria, y abraz  su esposa; pero
esta, en lugar de entregarse  la alegra, se desesper al ver  su
esposo, precisamente en el sitio donde le esperaba una muerte cierta,
sin que esto pudiera servir para salvarle  ella la vida.

--Ah! seor, le dijo: en medio de mi triste suerte, me consolaba la
idea de que no estabas con nosotros cuando el Ogro nos trajo hoy aqu;
pues aun cuando me era acerbo y duro el encontrarme al borde del
sepulcro, tan solo habria tenido que llorar mi futura desgracia; pero
ahora lamentar tu muerte ms que la mia, ya seas sacrificado antes 
despues que yo.

Y continu mostrando ms afliccion por la suerte de Norandino que por
la suya propia.

El Rey le contest:

--La esperanza que abrigo de salvarte, as como  todos nuestros
compaeros, me ha hecho venir hasta aqu: si no consigo realizar este
propsito, venga en buen hora la muerte; pues que sin t, sol de mi
vida, me es imposible vivir. Podre marcharme del mismo modo que he
venido; pero bajo la condicion de que todos habeis de seguirme, si no
teneis reparo, como no lo he tenido yo, en despedir el olor de un animal
inmundo.

Nos explic entonces el ardid que le habia enseado la mujer del Ogro
para engaar el olfato del mnstruo, aconsejndonos que nos cubriramos
con pieles, por si se le ocurria palparnos al salir de la cueva.
Persuadidos de la excelencia de semejante estratagema, degollamos todos
los machos cabros que encontramos, prefiriendo los ms viejos y los ms
ftidos del rebao. Nos untamos el cuerpo con aquella grasa abundante
que tienen en rededor de los intestinos y nos cubrimos con sus pieles.

Sali entre tanto el dia de su ureo palacio, y apenas apareci el
primer rayo del Sol, dirigise el pastor  la cueva, llamando  sus
rebaos al pasto acostumbrado por medio de los sonidos de su instrumento
pastoril. Tenia las manos extendidas hcia la boca de la cueva,  fin de
que no nos escapsemos entre el rebao; nos cogia al atravesarla, y
cuando se aseguraba de que lo que tocaba era pelo  lana, nos dejaba
pasar. Hombres y mujeres salimos por camino tan raro, revestidos de
nuestras estiradas pieles; y el Ogro no detuvo  nadie hasta que se
present Lucina, temblando de miedo. Bien fuese porque dndole asco
aquella grasa, no quiso untarse como nosotros,  porque sus movimientos
fueran ms pausados y suaves que los del animal  quien debia imitar, 
tambien porque cuando el Ogro la toc dejara escapar un grito de pavor,
 porque se le destrenzaran los cabellos; ya fuese en fin por otra causa
que ignoro, el caso es que el mnstruo la conoci.

Estbamos todos tan ocupados en nuestra propia salvacion, que en
ninguna otra cosa reparbamos; sin embargo, yo me volv al oir el grito
lanzado por Lucina, y v al Ogro quitndole la piel, y repelindola al
interior de la cueva. Seguimos, no obstante, caminando encorvados bajo
nuestro disfraz, y fumos mezclados con el rebao  una pradera amena,
situada entre verdes collados, adonde nos condujo el pastor. Estuvimos
all esperando hasta que el narigudo Ogro se hubo echado  dormir  la
sombra de una espesa enramada, y entonces huimos unos hcia el mar y
otros hcia las montaas. Solo Norandino se opuso  seguirnos; pues
llevado de la extremada pasion que sentia por su esposa, se empe en
volver  la gruta entre el ganado, ms resuelto que nunca  morir  
rescatar  su fiel compaera. Cuando vi al salir del encierro, que
quedaba ella sola en su cautividad, estuvo  punto de arrojarse
espontneamente en la boca del Ogro, enloquecido por su desesperacion, y
se dirigi  l con tal intento, faltando muy poco para verse triturado
por los colmillos del mnstruo; pero le contuvo la esperanza, aunque
lijera, de sacarla de nuevo de aquella hrrida mansion.

Cuando el Ogro volvi por la noche  la cueva con sus ganados, y
advirti nuestra fuga que le privaba de su apetitosa cena, llam 
Lucina, causa de aquel perjuicio, y la conden  permanecer encadenada 
la intemperie sobre la cima de aquel peasco. Norandino era testigo de
los padecimientos de su amante esposa y se desesperaba por no poder
proporcionarle la libertad aun  costa de su vida. El infeliz amante
tenia ocasion de presenciar por maana y tarde la afliccion y el llanto
de Lucina, cada vez que, mezclado entre las cabras, iba al campo 
regresaba  la gruta; y ella le suplicaba siempre con seas que no
continuara por ms tiempo all, donde su vida estaba en un continuo
peligro, sin que pudiera prestarle el menor auxilio. La mujer del Ogro
suplicaba tambien al Rey que se escapara, pero intilmente, porque l
continuaba negndose con insistente tenacidad  marcharse sin su esposa,
creciendo su constancia ms y ms.

Permaneci sumido en tanta abyeccion, incitado por el amor y la piedad,
durante largos dias, hasta el momento en que llegaron  aquella roca el
rey Gradaso y el hijo de Agrican, los cuales hicieron tanto con su
audacia, que pusieron en libertad  la bella Lucina, si bien les ayud
la suerte ms que su ingenio; y la llevaron corriendo hcia el mar;
donde la entregaron  su padre, que all la esperaba. Esta humanitaria
cuanto arriesgada empresa se efectu en las primeras horas de la maana,
mientras Norandino estaba todavia encerrado en la cueva con el ganado.
Pero en cuanto se alz del todo el velo que ocultaba el dia, y la mujer
del Ogro le anunci la feliz evasion de su esposa y el modo cmo esta se
habia llevado  cabo, di  Dios fervorosas gracias, y concibi la
esperanza de recobrarla, ya que estaba libre de tan miserable suerte,
con la ayuda de su espada, de sus ruegos y de sus tesoros. Lleno de
alegra sigui con el rebao hasta la pradera, y esper  que el
mnstruo se tendiera sobre la yerba para entregarse al sueo; despues
huy caminando dia y noche, y cuando estuvo seguro de que el Ogro no
podria darle alcance, se embarc en Satalia[112] y har unos tres meses
que ha llegado  Siria.

     [112] Satalieh  Adalia, ciudad de la Turqua asitica (Anatolia),
      66 leguas de Esmirna.

El Rey ha hecho buscar  la hermosa Lucina por Rodas, por Chipre, por
todas las ciudades y castillos de frica, de Turqua y de Egipto, y
hasta antes de ayer no ha podido tener la menor noticia de ella. Por
fin, su suegro le ha hecho saber que acaba de llegar con ella, sana y
salva,  Nicosia, despues de haber sufrido por espacio de muchos dias
continuas tempestades. En celebridad y contento por tan buena noticia,
prepara nuestro Rey esta esplndida fiesta, y quiere que cada cuatro
lunas se haga otra igual, por serle agradable conmemorar los cuatro
meses que pas bajo la piel de un macho cabrio entre los rebaos del
Ogro, de cuyo miserable gnero de vida se vi libre en tal dia como el
de maana.

He sido testigo ocular de la mayor parte de cuanto os he referido: el
resto lo s por quien lo ha presenciado todo; en una palabra, por el
mismo Rey, que calendas  idus permaneci all, hasta que recobr su
alegra. Si alguno niega estos pormenores, podreis decirle que est mal
informado.

En tales trminos narr aquel caballero  Grifon el fundado motivo de
aquella fiesta.

Embebidos con tal relato pasaron gran parte de la noche, y todos
convinieron en que el Rey habia dado grandes pruebas de un amor inmenso
y de una piedad sin lmites. Cuando se levantaron de la mesa, pasaron 
descansar en cmodos y mullidos lechos, hasta que al despuntar la
aurora, serena y radiante, interrumpieron su sueo los gritos de
alegra del pueblo.

Los sonidos de los clarines y atabales que recorrian las calles,
convocaban  los habitantes  la plaza principal de la ciudad. Luego que
Grifon oy el ruido producido en la calle por los caballos, los carros y
los mil discordantes gritos, se visti aquella magnfica armadura, tan
perfecta como no se hallaria fcilmente otra, pues la Hada blanca la
templ por s misma, hacindola impenetrable y encantada. El vil
caballero de Antioqua armse tambien y acudi al lado de Grifon. El
husped les habia ya preparado fuertes lanzas provistas de gruesas
astas,  hizo que los acompaaran algunos de sus ms prximos parientes,
saliendo l tambien con ellos, rodeado de numerosos escuderos de  pi y
de  caballo.

Llegaron  la plaza y se mantuvieron apartados, cuidndose menos de
lucir su gallarda en el terreno de la liza, que de contemplar cmo iban
acudiendo uno  uno, dos  dos, tres  tres, los marciales campeones,
prontos  tomar parte en las justas. Los unos indicaban en sus empresas
por medio de colores artsticamente combinados, la alegra  el
quebranto que les hacian sentir sus amadas; los otros anunciaban sus
triunfos  sus reveses amorosos en los emblemas de los cascos  de los
escudos. En aquel tiempo acostumbraban los sirios armarse  semejanza de
los guerreros de Occidente, cuyo uso habian adquirido probablemente de
su frecuente roce con los franceses, que entonces poseian los sagrados
lugares que Dios omnipotente habit en carne mortal, y que hoy los
cristianos, tan orgullosos como desgraciados, dejan en poder de los
perros infieles, para su eterno baldon. En lugar de enristrar nuestras
lanzas en defensa y acrecentamiento de la Santa F, las volvemos contra
nosotros mismos, destruyendo  los ya escasos creyentes verdaderos. Oh
espaoles, franceses, alemanes y suizos! encaminad vuestro valor y
vuestros esfuerzos  ms dignas conquistas, porque cuanto aqu buscais,
pertenece ya  Cristo. Si los unos quereis ser llamados Catlicos, y
Cristiansimos los otros, por qu matais  los hijos de Jesucristo?
Por qu les despojais de sus bienes? Por qu no reconquistais 
Jerusalen, que os ha sido arrebatada por los renegados? Por qu
consentis que el aborrecido turco sea dueo de Constantinopla y de la
mejor parte del mundo?--No tienes, oh Espaa, prxima  t esa frica,
que te ha ofendido mucho ms que esta Italia? Y por asolar este pas
desgraciado, abandonas tu primera al par que hermosa empresa!--Y t,
embriagada Italia, sentina de todos los vicios, t duermes tranquila,
sin avengonzarte de ser alternativamente la esclava de aquellas naciones
de quienes fuiste en otro tiempo seora!--Oh Suizos! Si el temor de
morir de hambre en vuestras madrigueras os lanza sobre la Lombardia, y
buscais entre nosotros quien os d pan  quien ponga trmino  vuestra
miseria quitndoos la vida, cerca teneis las riquezas de los turcos;
arrojadles de Europa,  por lo menos de Grecia, y as podreis salir de
vuestro continuo ayuno  morir ms gloriosamente en aquellos paises.--Lo
que os digo  vosotros, se lo repito  vuestros vecinos los alemanes:
all estn las riquezas que Constantino sac de Roma, llevndose las
mejores y regalando las restantes. No se bailan tan distantes, como
querais emprender el camino, el Pactolo[113] y el Hermus[114], de donde
se extrae el oro; la Migdonia[115] y la Lidia[116], y aquellas comarcas
deliciosas tan celebradas en la Historia.--Y t, gran Leon[117],  quien
hace inclinar la frente el grave peso de las llaves del cielo, no dejes
que la Italia contine entregada  su pesado sueo, ya que la tienes
cojida por los cabellos. T eres Pastor, y Dios te ha confiado el
bculo, dndote al mismo tiempo un nombre temible, para que rujas, y
para que, extendiendo los brazos, protejas  tus rebaos de los ataques
de los lobos.

     [113] Riachuelo de Lidia, llamado en el dia rio de Sart  Bagoulet,
     que arrastraba mucho oro. Segun la fbula, poseia esta propiedad
     desde que Midas se habia baado en l.

     [114] Rio de Eolia, en el Asia menor. Hoy se llama Sarabal: desagua
     cerca de Esmirna.

     [115] Provincia de la alta Asia, entre el Chaboras y el Tigris, que
     form parte de la antigua Mesopotamia.

     [116] Parte occidental del Asia Menor  Anatolia.

     [117] El Papa Leon X.

Pero  dnde he ido  parar en alas de mi fantasia, que, pasando de una
cosa  otra, me encuentro tan distante del camino que venia siguiendo?
No creo, sin embargo, haberlo perdido hasta el punto de no saber
encontrarlo. Decia que en Siria acostumbraban armarse como los
franceses, y que la plaza principal de Damasco resplandecia con el
brillo de los cascos y corazas. Las hermosas damas echaban desde los
balcones flores encarnadas y amarillas sobre los campeones, mientras que
al sonido de los clarines lucian estos su destreza, haciendo caracolear
y encabritarse  sus corceles. Cada cual, fuese buen  mal ginete,
procuraba llamar la atencion, y espoleaba  castigaba  su caballo; unos
merecian vtores y aplausos; y otros excitaban las risas y la rechifla
de los espectadores. El premio del torneo consistia en una armadura que
habian regalado al Rey pocos dias antes, la cual se encontr casualmente
en el camino un mercader, cuando regresaba de Armenia. El Rey aadi 
dicha armadura una sobrevesta de un tejido finsimo, adornndola con
tantas perlas, oro y piedras preciosas que su valor era inmenso. Si el
Rey hubiese conocido la calidad de aquella armadura, la habria preferido
 todas las que poseia, y  pesar de su generosidad y cortesa, no la
hubiera ofrecido como premio al vencedor. Como seria prolijo referir
quin la habia despreciado hasta el punto de dejarla abandonada en un
camino  merced del primero que pasara, lo diferir para ocasion ms
oportuna, y me ocupar de Grifon.

Cuando lleg este  la plaza, ya se habian roto ms de dos lanzas y
cambiado algunos tajos y estocadas. Ocho caballeros de los ms adictos
al Rey, que les distinguia con su aprecio, jvenes, diestros en el
manejo de las armas, y todos ellos jefes  descendientes de familias
ilustres, eran los mantenedores del torneo: como tales se hallaban
dispuestos  combatir durante aquel dia, uno  uno, contra todo el que
se presentase, primeramente con lanza y despues con espada y maza, hasta
que al Rey le pluguiera suspender la lucha. Gran destrozo se hacia de
corazas; pues all lidiaban por diversion los caballeros cual si fueran
enemigos capitales, en la nica diferencia de que el Rey podia
separarlos cuando quisiese.

El caballero de Antioqua, el cobarde Martan, hombre sin f, entr
audazmente en la liza como si la sola compaa de Grifon le hiciera
partcipe de su valor, y quedse  un lado esperando que terminase un
empeado combate trabado entre dos caballeros. El seor de Seleucia, uno
de los ocho mantenedores, estaba entonces peleando con Ombruno, y le di
en el rostro tan violenta estocada, que le mat en el acto con gran
pesar de los circunstantes, que le apreciaban por su caballerosidad y
por su cortesa, en que no le igualaba ningun guerrero de aquel pas. Al
ver Martan aquel espectculo, tuvo miedo de que  l pudiera sucederle
otro tanto; y volviendo  su cobarda acostumbrada, empez  buscar un
pretexto para huir. Grifon, que estaba  su lado y le miraba
atentamente, le hizo algunas observaciones, y en vista de su ineficacia,
le oblig  salir contra otro mantenedor que habia avanzado hasta el
medio de la plaza, como sale el perro persiguiendo al lobo; que
corriendo tras l diez  veinte pasos, se detiene y contempla ladrando
cmo rechina su enemigo los amenazadores colmillos y el fuego sombro
que arde en sus ojos; pero sin tener en cuenta que se hallaba un
presencia de tantos prncipes, de gente tan escogida y de tantas damas,
evit el tmido Martan el encuentro de su adversario, y volvi riendas
hcia la izquierda. Hubiera podido echar la culpa  su caballo, que  no
dudarlo, cargaria tranquilamente con ella; pero cuando empu la espada,
di tales muestras de terror y vacilacion, que ni el mismo Demstenes
hubiera podido defenderle. Sus armas parecian de papel y no de metal;
esquivaba cada golpe temiendo verse herido; por ltimo, abandon el
combate, huyendo vergonzosamente en medio de las burlonas carcajadas del
pueblo. Las palmadas, los gritos y los silbidos del populacho le
persiguieron mientras corria precipitadamente hcia su alojamiento,
huyendo como lobo acosado por los perros.

Quedse all Grifon, que, lleno de vergenza, se consideraba deshonrado
por la cobarda y vilipendio de su compaero: hubiera preferido verse
rodeado de llamas  encontrarse en aquel sitio. La afrenta de Martan
abrasaba su corazon, y le salia al rostro, como si la hubiese l
recibido, suponiendo que el pueblo le comparaba  aquel: creia por lo
tanto indispensable que resplandeciera su valor en todo su brillo, ya
que el ms insignificante error  la menor debilidad se exagerarian
desmesuradamente en contra suya,  consecuencia de la mala impresion
que pesaba en el nimo de todos. Apoy, pues, la lanza en el muslo,
confiado en la seguridad con que manejaba las armas; lanz su caballo 
toda brida y la enristr  la mitad de la carrera, cayendo
impetuosamente sobre el baron de Sidonia,  quien derrib del primer
bote. Todos se pusieron en pi asombrados, pues esperaban precisamente
lo contrario.

Recogi Grifon su lanza, que no se habia roto con aquel golpe, y la hizo
pedazos contra el escudo del Seor de Laodicea,  quien hizo caer de
espaldas sobre la grupa del caballo; pero que despues de haber oscilado
tres  cuatro veces, consigui erguirse, empu la espada, revolvi el
caballo, y se lanz sobre Grifon. Sorprendido este al ver  su contrario
montado todavia, y que el encuentro anterior no habia bastado para
derribarle, dijo entre s:--Lo que no pudo la lanza lo har la espada
con cinco  seis golpes.--Y descarg sobre la cabeza de su adversario
tal cuchillada que parecia caida de las nubes, y tras de aquella otra y
otra, hasta que logr aturdirle y arrancarle de la silla.

Entre los mantenedores estaban dos hermanos de Apamea, llamados Tirso y
Corimbo, que siempre habian salido vencedores en los torneos; pero ambos
cayeron entonces bajo los golpes del hijo de Olivero. El uno fu al
suelo del primer bote; el otro cedi  la espada de Grifon. Los
espectadores estaban ya unnimes en concederle el premio de la victoria,
cuando entr en la liza Salinterno, caballerizo mayor y mariscal de la
corte, primer ministro del Rey y adems guerrero esforzado. Juzgando
vergonzoso que un campeon extranjero consiguiese el galardon ofrecido,
cogi una lanza, sali al encuentro de Grifon, y le ret con altaneras
amenazas; pero nuestro hroe, por toda contestacion eligi una lanza de
entre otras diez que le presentaron, y  fin de no errar el golpe, la
dirigi contra el escudo de su contendiente, y atravesndole este, la
coraza y el pecho, hizo que penetrara el agudo hierro entre costilla y
costilla, subiendo ms de un palmo por la espalda. Aplaudi su caida la
multitud porque para todos, excepto para el Rey, se habia hecho odioso
Salinterno  causa de su avaricia.

Despues de estos, Grifon hizo medir el suelo  Ermofilo y Carmondo,
ambos de Damasco: el primero era general de los ejrcitos reales; el
segundo gran almirante de la Siria: el uno fu lanzado de la silla al
primer encuentro, y el otro cay debajo de su corcel, que no pudo
sostener la impetuosa arremetida del valiente Grifon. Quedaba todavia el
Seor de Seleucia, el mejor guerrero de los ocho mantenedores,  cuyo
arrogante aspecto iba unida la excelencia de sus armas y la bondad de su
palafren. Uno y otro procuraron herirse en la visera del almete; pero el
golpe de Grifon fu dirigido con ms violencia que el del pagano, 
quien hizo perder el estribo izquierdo. Ambos arrojaron los trozos de
las lanzas y se atacaron con nuevo ardor espada en mano. Grifon fu el
primero en asestar con la suya  su adversario un golpe, capaz de partir
un yunque, haciendo volar en pedazos el escudo de hierro y hueso que
aquel habia elegido entre otros mil; y  no haberle resguardado su fina
y bien templada armadura, probablemente le habria atravesado el muslo.
Casi al mismo tiempo descarg el Seor de Seleucia una cuchillada sobre
el casco de Grifon con tal violencia, que gracias  estar encantado,
como sus dems armas, no sali abierto  roto. El pagano perdia el
tiempo intilmente, porque,  pesar de su vigoroso brazo, no conseguia
atravesar aquella dursima armadura, mientras Grifon iba agujereando por
muchas partes la del infiel, pues no daba golpe en vago. Todos los
circunstantes conocian la ventaja que el guerrero cristiano llevaba
sobre el seor de Seleucia, por lo cual estaban convencidos de que si el
Rey, haciendo uso de su derecho, no los separaba, moriria el segundo 
manos del primero. Norandino orden, pues,  su guardia que entrase en
el palenque  impedir que continuase tan encarnizada pelea: hzose as,
y el pblico aplaudi la acertada disposicion del monarca.

Los ocho mantenedores, que estaban dispuestos pocos momentos antes 
medir sus armas con todos los campeones del mundo, y que, sin embargo,
no habian podido resistir  uno solo, fueron saliendo del palenque uno 
uno, despues de haber cumplido tan mal con su cometido. Los guerreros
que habian acudido  tomar parte en la liza se retiraron tambien al ver
que ya no tenian con quien pelear, por haber hecho Grifon solo lo que
todos ellos debian hacer contra los ocho. As es que aquella fiesta dur
tan poco que concluy en menos de una hora; pero Norandino, deseoso de
continuarla y aun prolongarla hasta la tarde, sali de su palco,  hizo
despejar el palenque; dividi luego en dos secciones su numerosa
comitiva, segun el rango y las proezas de los caballeros que la
componian, y di principio  una justa nueva.

Grifon habia vuelto entre tanto  su morada, lleno de clera y saa, ms
avergonzado de la afrenta que le hiciera sufrir Martan, que satisfecho
del lauro alcanzado con su victoria. El villano Martan, secundado del
mejor modo posible por la astuta y engaosa Origila, tenia ya preparadas
mil ingeniosas mentiras para disculpar el oprobio que le rodeaba. Diera
el jven  no crdito  su palabra, es el caso que admiti discretamente
aquellas disculpas; pero dispuso por su bien que inmediatamente saliesen
de la ciudad con gran sigilo, temiendo que el populacho no pudiera
permanecer tranquilo si llegaba  ver  Martan. En su consecuencia,
echaron  andar por calles tortuosas y solitarias, y traspusieron en
breve las puertas de la ciudad.

Apenas habian andado dos millas, cuando Grifon se detuvo en una posada,
bien fuese porque l  su caballo estuviesen fatigados,  porque le
rindiera el sueo. Quitse el yelmo y todas sus dems armas; hizo que
despojasen  su caballo de la silla y de la brida, y despues se encerr
solo en un cuarto, acostndose enteramente desnudo. Apenas reclin la
cabeza en la almohada, cuando se cerraron sus ojos, y le sorprendi el
sueo tan profundamente como nunca pueden haber dormido los tejones ni
los lirones.

Martan y Origila, retirados  un jardin contiguo, urdieron la trama ms
original que caber pueda en cabeza humana. Determin el primero
apoderarse del corcel y de las armas y vestiduras que se habia quitado
Grifon, y regresar  Damasco para presentarse  Norandino; fingiendo ser
el caballero que habia dado tantas pruebas de valor en las justas. Al
proyecto sigui la ejecucion, y ponindose la armadura, la sobrevesta,
la cimera, el escudo y todas las prendas de Grifon, mont en su caballo
mas blanco que la leche. Poco despues se present en la plaza, donde aun
se hallaba reunido el pueblo, seguido de Origila y de varios escuderos,
y lleg en el momento en que concluian los simulacros  espada y lanza.
El Rey habia ordenado que se buscara al caballero de las blancas plumas,
de blancas vestiduras y caballo blanco, deseoso de saber el nombre del
vencedor. Aquel infame, que cual el asno de la fbula disfrazado con la
piel del leon, se ocultaba bajo un arns que no era el suyo, no bien
supo, como esperaba, que llamaban al vencedor, se present  Norandino,
suplantando  Grifon. El bondadoso Rey se levant apenas le vi ante s,
le bes, le estrech entre sus brazos, y lo coloc  su lado: no
parecindole suficientes sus alabanzas particulares, y queriendo que su
valor llegase  noticia de todos, le hizo proclamar, al sonido de los
clarines, como el vencedor del torneo de aquel dia. El nombre indigno de
Martan, pronunciado en alta voz, recorri velozmente todos los mbitos
de la plaza. Norandino quiso que fuera cabalgando  su lado en el
trnsito al palacio, y le agasaj tanto y de tan diferentes modos, que
tal vez hubiera prodigado menos honores al mismo Hrcules   Marte.
Designle un magnfico y suntuoso aposento en su regio alczar, y al
mismo tiempo hizo prodigar grandes honores  Origila,  cuyo servicio
puso los ms nobles caballeros y donceles de su servidumbre.

Mas tiempo es ya de que volvamos al confiado Grifon, que ljos de
sospechar el menor engao por parte de sus compaeros ni de otro
cualquiera, se habia dormido, y no despert hasta la tarde. As que se
hubo levantado y conoci que el Sol iba  terminar su carrera, pas
presuroso de su cuarto al en que habia dejado  su falso cuado con la
artera Origila; pero como no los encontrara en l y observara que no
estaban all sus ropas ni sus armas, concibi algunas sospechas, que se
confirmaron al ver las de Martan en vez de sus vestiduras. Interrogado
el husped por Grifon, le manifest que hacia ya rato que el caballero
de las blancas armas habia regresado  la ciudad en compaa de la dama
y de sus escuderos. Poco  poco fu cayendo el velo que Amor habia
corrido hasta aquel dia sobre sus ojos, y se convenci, con gran dolor,
de que Martan era, no el hermano de Origila, sino su adltero amante.
Entonces empez  lamentarse, aunque en vano, de su insensatez, y de
que, habiendo sabido la verdad por boca del peregrino, fu tan necio
que di crdito  las palabras de la que tantas veces le habia engaado.

Cuando habia podido vengarse, no supo aprovechar la oportunidad: pero 
la sazon se decidi  castigar  su fugitivo rival, aun cuando para ello
se vi obligado, por su mal,  hacer uso de las armas y del caballo de
aquel infame. Mejor hubiera hecho en marchar desnudo que en vestirse la
indigna coraza, embrazar el abominable escudo y poner en el yelmo la
ensea escarnecida de Martan; pero el rabioso deseo que sentia de
perseguir  la meretriz y  su cmplice, no le di lugar  reflexionar.

Lleg  las puertas de Damasco cuando apenas quedaba una hora de dia. No
ljos de la puerta hcia la que se adelantaba Grifon, elevbase  la
izquierda un esplndido castillo, ms adornado, bello y cmodo que
fuerte y  propsito para la guerra. El Rey, los seores y los
principales caballeros de la Siria, en compaa de hermosas y elevadas
damas, celebraban en aquella agradable morada un suntuoso y placentero
festin. Los balcones de la estancia donde este tenia efecto dominaban
las murallas, y desde ellos se descubrian extensas campias y los
diferentes caminos que conducian  la ciudad; por lo cual, tanto el Rey
como toda la corte vieron  Grifon por desgracia suya, cuando lleg
cerca de la puerta, cubierto con aquellas armas vilipendiadas y
escarnecidas; y tomndole todos por el cobarde caballero  quien estas
pertenecian, prorrumpieron en burlonas carcajadas.

Martan estaba sentado  la derecha del Rey, distincion que el monarca le
concedi en prueba de su aprecio, y  su lado su digna querida.
Norandino les pregunt con semblante risueo el nombre de aquel cobarde,
tan poco celoso de su honra, que se atrevia  presentarse con tal
altivez, despues de haber dado tristes y vergonzosas pruebas de su
falta de valor.

--No puedo explicarme, aadi el monarca, cmo siendo vos un guerrero
tan digno y esclarecido, tengais por compaero al hombre mas villano de
todo el Oriente. Lo habeis traido acaso para que brille ms vuestro
valor al compararlo con el suyo? Os juro, sin embargo, por los eternos
Dioses, que si no fuera por consideracion  vos, le castigaria tan
ignominiosamente como suelo castigar  los que se le parecen, y le haria
conservar un recuerdo indeleble de lo mucho que aborrezco  los
cobardes; pero sepa que si se va impune, debe agradecerlo  vos y solo 
vos, en cuya compaa ha venido.

Martan, que siempre fu el receptculo de todos los vicios, le contest:

--Alto y esclarecido Seor; no podr deciros quin sea ese caballero, 
quien encontr casualmente en el camino de Antioqua. Por su talante me
pareci digno de mi compaa, pues no habia tenido noticia ni
presenciado hasta ahora ms hazaa suya que la proeza, bien triste por
cierto, que ha llevado hoy  cabo; la cual me desagrad tanto, que me
falt poco para castigar su extraordinaria bajeza, ponindole en estado
de no volver  manejar lanza ni espada; y si algo me contuvo, fu tan
solo el respeto al sitio en que me hallaba y el que debia  Vuestra
Majestad. Pero como no pretendo que le sirva de mrito la circunstancia
de haber sido mi compaero por uno  dos dias, con la que me considero
deshonrado, confieso que me pesaria eternamente verle partir ileso de
entre nosotros, con mengua de la noble profesion de las armas: as es
que la mayor satisfaccion que podreis darme ser la de mandarle colgar
de una almena, en vez de dejarle marchar libremente, cuyo castigo digno
y saludable servir de escarmiento y ejemplo  los cobardes como l.

Origila se apresur  apoyar sin ningun gnero de vacilacion las
palabras de Martan; pero el Rey contest:

--En mi concepto, no es su conducta tan punible, que merezca por ella
perder la vida. As, pues, en castigo de su grave falta, solo quiero
proporcionar una nueva diversion al pueblo.

Y llamando  uno de sus caballeros, le mand ejecutar lo que habia
resuelto.

El caballero comisionado escogi algunos soldados, y se dirigi con
ellos  la puerta de la ciudad, donde los apost sigilosamente esperando
la llegada de Grifon; y apenas se present este, cuando se echaron sobre
l tan de improviso, que le cogieron  mansalva entre los dos puentes, y
con befa y escarnio le encerraron en un oscuro calabozo, en el que pas
toda la noche.

Apenas el Sol habia desplegado su dorada cabellera fuera del seno de la
antigua madre, y empezaba  expulsar las sombras de las playas y 
iluminar las cumbres de los montes, cuando temeroso Martan de que el
audaz Grifon hiciese oir la verdad y recaer la culpa en quien la tenia,
pidi licencia al Rey para alejarse, y emprendi su marcha, dando por
pretexto razonable la repugnancia  presenciar el castigo preparado. El
bondadoso Norandino le habia dado ricos presentes adems del premio del
torneo, y especialmente un escrito en que se le concedian los mayores
honores y privilegios. Dejmosle marchar; que yo os prometo que no
tardar en alcanzar la recompensa de sus infamias.

Grifon fu sacado  la vergenza hasta la plaza, cuando ms llena estaba
de gente. Despues de quitarle el yelmo y la coraza, le habian vestido
para mayor ignominia un justillo ridculo; y como si le condujeran  la
picota, le colocaron en una gran carreta, arrastrada con paso lento por
dos vacas hambrientas y estenuadas. En derredor de tan innoble carro se
amontonaban hediondas viejas y descaradas prostitutas, que dirigian
alternativamente su marcha, prodigando  Grifon las ms mordaces
injurias. Mayor era el aprieto en que le ponian los muchachos; porque,
adems de dirigirle espresiones denigrantes, le habrian muerto 
pedradas, si algunas personas ms sensatas no lo hubiesen impedido. Las
armas que fueron causa de su mal, por haber dado lugar  que se le
equivocara con Martan, iban atadas  la zaga de la carreta, y
arrastrando por el suelo, sufrian por el lodo el suplicio merecido.

Detvose la carreta delante de una especie de tribunal, donde oy Grifon
la ignominiosa sentencia que se le aplicaba por culpas ajenas, y despues
que le fu leida en particular, la public un pregonero con desaforados
gritos. Desde all le fueron exponiendo  la curiosidad del pueblo
delante de todos los templos, de los edificios pblicos y de las
principales casas, donde no qued epteto denigrante, vergonzoso y soez
que no se le dirigiese. Por ltimo, las turbas le condujeron fuera de la
ciudad, creyendo que sus dicterios y sus rechiflas bastarian para que no
tuviera ganas de volver jams  ella; pero mal conocian con quien tenian
que habrselas, porque as que le desligaron los pis y se vi en
libertad entrambas manos, se apoder Grifon del escudo y de la espada
que iban arrastrando por el suelo, y como aquel grosero populacho estaba
completamente desarmado... Pero aplazar lo que sigui para el otro
canto; pues ya es tiempo, Seor, de terminar este.




CANTO XVIII.

     Grifon venga su afrenta.--El Rey de Argel va en busca de
     Mandricardo.--Crlos vuelve  combatir y vence.---Martan es
     castigado por su cobarda.--Marfisa vence  las gentes de
     Norandino: despues pasa  Francia con Grifon y otros guerreros;
     durante su navegacion sobreviene una tempestad.--Cloridano y el
     leal y apuesto Medoro encuentran el cadver de su rey Dardinelo.


Magnnimo seor: con razon sobrada he alabado y alabo todas vuestras
acciones; si bien mi estilo spero, rudo y poco  propsito les arrebata
gran parte de su gloria. Entre todas las virtudes que os adornan hay,
sin embargo, una, que aplaudo en particular con el corazon y con los
labios: esta consiste en que si  todos prestais benvola atencion
escuchando sus palabras, ninguno puede engaaros fcilmente. Con
frecuencia os he oido alegar una y ms escusas en defensa de una persona
ausente  quien se haya vituperado en vuestra presencia,  os he visto
suspender el juicio que sobre ella deberiais haber formado hasta que
pudiera sincerarse por s misma. Por eso antes de pronunciar vuestro
fallo habeis querido ver frente  frente al acusado, escuchar las
razones que alega en su defensa, y hasta aplazar por meses y aos la
sentencia antes que dictarla con perjuicio de otros.

Si Norandino obrara con igual mesura, no habria tratado  Grifon como lo
hizo; por lo cual, mientras vuestra prudencia esquisita os ha grangeado
una fama tan justa como imperecedera, l denigr extraordinariamente la
suya. La impremeditacion de Norandino fu causa de la matanza que se
sigui  la afrenta hecha  Grifon; pues este guerrero, en menos de diez
tajos y otras tantas estocadas que descarg lleno de clera, derrib
treinta vctimas en derredor del carro. Asustado el populacho empez 
dispersarse, huyendo por los caminos. Muchos de los fugitivos procuraron
penetrar en la ciudad, cayendo en su precipitacion unos sobre otros.
Grifon, sin prorumpir en una amenaza, sin decir una sola palabra,
acuchillaba  las turbas inermes, y olvidando toda compasion, tomaba una
venganza sangrienta de su insulto.

Una parte de los que consiguieron llegar  la puerta, merced  la
celeridad de sus piernas, levantaron de improviso el puente levadizo,
ms atentos  su propia seguridad que  la de todos; los restantes,
plidos y llorosos, continuaron huyendo sin atreverse siquiera  volver
atrs el rostro, haciendo resonar por todas partes sus lamentos, y
produciendo un ruido y un tumulto espantosos. En el momento en que
alzaron el puente, alcanz Grifon  dos de los que por su desgracia
quedaron fuera de l: al uno le estrell contra una dura piedra la
cabeza, cuyos sesos se desparramaron por el campo; cogi al otro por la
cintura, y lo arroj por encima de los muros al interior de la ciudad.
Cuando los habitantes de Damasco vieron aquel hombre que caia del cielo,
sintieron circular por sus huesos el frio de la muerte, por creer que el
terrible Grifon habia atravesado de un salto las murallas. Un asalto que
hubiese dado  Damasco el Soldan de Egipto no produciria seguramente
mayor confusion. El choque de las armas, las corridas de las personas,
los gritos penetrantes y los sonidos mezclados de clarines y atabales
llenaban el espacio y repercutian hasta en los cielos. Pero me parece
conveniente dejar para otra ocasion el trmino de esta aventura, y
pasar  ocuparme del buen rey Crlos,  quien dej acometiendo 
Rodomonte, que exterminaba  sus gentes.

Dije que el Rey iba acompaado del gran Dans, Namo, Olivero, Avino,
Avolio, Oton y Berlingiero. Ocho botes de lanza, dirigidos por estos
ocho guerreros con toda su fuerza, se embotaron en la escamosa coraza
que defendia el pecho del cruel mahometano: Rodomonte se irgui
rpidamente despues de haber sostenido aquel choque, capaz de arrancar
un monte de su base, cual se eleva un buque cuando el nauta le va
orzando lentamente ante la impetuosidad del viento. Formando un crculo
en torno del arrogante sarraceno estaban Guido, Raniero, Ricardo,
Salamon, el traidor Ganelon, el leal Turpin, Angioliero, Angiolino,
Hugo, Ivan, Marco y Mateo del llano de San Miguel, los ocho de que antes
hice mencion, y Arimano y Odoardo de Inglaterra, que habian entrado en
la ciudad poco antes. No se estremecen tanto los elevados muros de la
slida fortaleza fundada sobre los peascos de los Alpes, cuando la
furia del Boreas  del Garbino[118] arranca los fresnos y los abetos de
las montaas, como se estremeci de clera y de orgullo el Sarraceno,
brio de furor y sediento de sangre: tan rpidas como el rayo y la saeta
fueron su ira y su venganza.

     [118] Boreas, viento frio y seco, del Norte.--Garbino, viento del
     Mediterrneo, conocido vulgarmente con el nombre de _leveche_.

Descarg una cuchillada sobre el que tenia ms cerca, que fu el
desgraciado Hugo de Dordoa, y lo derrib con la cabeza hendida hasta
los dientes,  pesar del buen temple de su yelmo. A su vez recibi
Rodomonte un diluvio de golpes en todo el cuerpo, pero producian el
mismo efecto que el que produce una aguja en un yunque: tan
impenetrables eran las escamas de su coraza. En breve quedaron
desamparados todos los reductos y la ciudad entera; porque los soldados
se dirigieron en tropel  la plaza, donde era ms necesario su esfuerzo
para acudir en auxilio de Crlos. Aquellos hombres que poco antes huian
despavoridos, corrian ahora por todas las calles hcia la plaza; pues la
presencia del Rey les infundia tal nimo, que cada cual sentia renacer
su valor, y empuaba con nuevo ardor las armas.

Cuando en algunas ocasiones, por ofrecer una diversion al pueblo, suele
encerrarse un indmito toro en la reforzada jaula de una leona
acostumbrada  reir, los cachorros de esta, al ver agitarse al toro con
la cabeza erguida y mugiendo, y asustados por las prolongadas astas, se
recogen  un lado tmidos y confusos; pero si su fiera madre se lanza
sobre su adversario y le clava en las orejas los afilados dientes,
quieren  su vez hacer correr la sangre y acuden atrevidos en socorro de
la leona, mordiendo al toro, unos en el lomo, y otros en el vientre.
Imitando  los cachorros de la leona, empezaron  descargar los
parisienses sobre el pagano una verdadera y espesa lluvia de
proyectiles, dirigidos desde las azoteas, desde las ventanas y aun desde
ms cerca. Apenas cabian en la plaza los infantes y ginetes que en ella
se aglomeraron; las turbas que acudian por todas partes parecian
enjambres de abejas; y eran tan numerosas, que aun cuando, por estar
desarmadas y casi desnudas, seria ms fcil acuchillarlas que tronchar
una col, no habria podido Rodomonte exterminarlas en veinte dias aunque
formaran un solo grupo.

El pagano empezaba  arrepentirse de su temeridad, por no saber cmo
salir de aquel apuro. A pesar de que enrojecia el suelo la sangre de ms
de mil enemigos, no se notaba disminucion en estos; abrumbale el
cansancio y respiraba ya difcilmente; por lo cual comprendi al fin,
que si no se apresuraba  escapar mientras conservaba algun vigor y
permanecia ileso, podria sucederle muy bien que cuando quisiera huir ya
no le fuese posible. Dirigi en su derredor horribles miradas, y observ
que por todas partes tenia cerrada la salida; pero se decidi  abrirse
camino por entre los cadveres de sus adversarios; y esgrimiendo con
furia su tajante espada, acometi aquel impo  la hueste britnica, que
acababa de llegar al mando de Odoardo y Arimano. El que haya visto la
terrible dispersion que causa el embravecido toro, acosado en la plaza
por los perros, y estimulado  herido todo el dia por la apiada
muchedumbre que se agita en torno de las barreras, cuando rompiendo la
valla, acomete furioso  la aterrada turba, y engancha  unos y otros
con sus cuernos, puede pensar que el aspecto del cruel africano cuando
acometi  sus enemigos, fu semejante al de la fiera,  ms terrible.
Cort de travs por medio del cuerpo  quince  veinte; hizo volar las
cabezas de otros tantos, sin emplear para cada uno ms que un solo
golpe, bien  mal dirigido: no parecia sino que estuviese podando vides
 ramas de rboles. Por ltimo, dejando  su paso cabezas hendidas,
brazos cortados, y hombros piernas y otros miembros esparcidos por el
suelo, consigui abrirse un camino para escapar.

Su retirada, empero, no podia calificarse de fuga; pues conservando su
valor, y sin dar la menor muestra de espanto, se puso  considerar cul
seria el camino ms seguro para salir de la ciudad. Lleg al fin al
sitio por donde el Sena se desliza junto  la isla interior y sale de la
poblacion por debajo de las murallas. Cual generoso leon que, perseguido
al travs de los bosques nmidas  masilios, se muestra arrogante y
valeroso en su fuga, y se interna en la selva pausado y amenazador, as
Rodomonte, siempre altivo, animoso siempre, atraves por entre un bosque
terrible de lanzas, espadas y venablos, y con lento y seguro paso,
aproximse al rio y se tir  l. Era tanto, sin embargo, lo que le
excitaba su saa, que  pesar de encontrarse fuera del alcance de sus
enemigos, volvi varias veces  atacarlos y  teir en sangre su espada,
haciendo morder el polvo  un centenar de ellos; pero al fin la razon
venci  la clera; suspendi aquella carnicera cuyo olor llegaba hasta
el cielo; y se arroj al agua, librndose as de tanto peligro, y
nadando completamente armado, como si estuviese provisto de aletas.

Oh frica! Por ms que te envanezcas de haber sido cuna de Anteo y de
Anibal, no ha visto en tu seno la luz ningun guerrero que  Rodomonte
pueda compararse! Apenas lleg  la orilla opuesta, se arrepinti de
dejar  sus espaldas aquella ciudad, que recorriera en toda su
extension, sin incendiarla  destruirla por completo; y sentase tan
inflamado por la soberbia y la ira, que estuvo  punto de penetrar
nuevamente en su recinto, y por largo rato la contempl gimiendo y
suspirando, sin poder decidirse  abandonarla hasta arrasarla
enteramente; pero, en medio de su insensato furor, vi venir por la
orilla del rio  quien logr extinguir el odio y paralizar la ira.
Pronto os dir quin era este, pero antes he de tratar de otro asunto.

Debo ocuparme de la altanera Discordia,  quien el arcngel Miguel habia
dado el encargo de suscitar querellas y combates entre los guerreros ms
valientes que rodeaban  Agramante. La Discordia se separ de los
frailes aquella misma tarde, despues de haber recomendado al Fraude que
ocupara su puesto en el convento, y que procurara mantener vivos el
desrden y la desunion entre los monges hasta su regreso. Considerando
que la compaa de la Soberbia seria de mucha utilidad para su empresa,
le dijo que la siguiera, pues como habitaban juntas en el mismo
monasterio, no tuvo que andar mucho para buscarla. La Soberbia consinti
en ello, pero no se alej sin dejar quien la sustituyese en el convento;
y como supuso que su ausencia duraria pocos dias, eligi  la Hipocresia
por su lugarteniente.

Pusironse, pues, en marcha la implacable Discordia y la Soberbia, y en
el camino encontraron  los afligidos y desconsolados Celos, que, como
ellas, se dirigian al campo sarraceno, acompaados de un diminuto enano,
enviado por la bella Doralicia para que refiriera al rey de Sarza su
aventura. Cuando Doralicia cay en poder de Mandricardo, segun os he
referido en otro lugar, encarg sigilosamente al enano que fuese  dar
la noticia de su rapto  aquel rey, esperando que no llegaria  sus
oidos en vano, y que pronto daria nuevas y admirables pruebas de su
pujanza, rescatndola de las manos del ladron que de tal modo la habia
arrebatado y vengndose cruelmente de l. Los Celos encontraron al
enano, y una vez conocido el motivo de su viaje, se pusieron  caminar 
su lado, suponiendo que tendrian que intervenir para algo en aquella
cuestion. Muy grato le fu  la Discordia su encuentro con los Celos;
pero mucho ms cuando supo la causa de su ida al campo mahometano; pues
su auxilio le podria servir de mucho para el logro de sus planes.
Teniendo ya un excelente medio para enemistar al hijo del rey Agrican
con Rodomonte, solo le faltaba encontrar otro para desunir  los dems
jefes.

Encaminronse con el enano al sitio donde la garra del terrible pagano
se habia clavado en Pars, y llegaron  la orilla del rio en el momento
en que Rodomonte salia de l  nado. En cuanto conoci el sarraceno al
mensajero de su amada, domin su clera, seren su frente y se sinti
inflamado de nuevo valor, esperando oir alguna noticia agradable; pues
estaba muy ljos de sospechar el ultraje que se le habia inferido.
Adelantse al encuentro del enano y le pregunt alegremente:

--Qu nuevas me traes de nuestra Doralicia? Dnde te envia?

El enano respondi:

--No puede llamarse tuya ni mia la dama que de otro es sierva. Ayer
encontramos en el camino  un caballero, que nos la arrebat y se la
llev consigo.

Apenas profiri el enano estas palabras, se adelantaron los Celos, frios
cual la serpiente, y se abrazaron al infiel. El enano continu su
narracion, y refiri cmo un solo caballero se habia apoderado de la
doncella, exterminando  cuantos la custodiaban. La Discordia cogi
entonces el pedernal y el eslabon, sac algunas chispas, y aplicando la
yesca encendida  la Soberbia, produjo en un momento un fuego abrasador,
con el que incendi de tal modo el corazon de Rodomonte, que estuvo 
punto de consumirle. El sarraceno rugi de clera, y con rostro
descompuesto y horrible prorumpi en amenazas contra el cielo y los
elementos. Como la tigre que al descender desde la montaa  su vacia
guarida, empieza  registrarla por todas partes, y comprendiendo al fin
que le han sido arrebatados sus hijuelos, se siente acometida de tal
furor, tanta rabia y frenes tan grande, que no la detienen los montes,
los rios, ni las tinieblas de la noche, y ni el cansancio, ni el granizo
son bastantes  refrenar el odio que la lleva en pos del cazador, as
tambien Rodomonte, poseido de frentica ira, se volvi hcia el enano, y
dicindole: Sgueme, ech  andar sin aadir una sola palabra y sin
esperar  proporcionarse un corcel  un carro. Caminaba con ms
velocidad que el lagarto cuando atraviesa un camino abrasado por los
rayos del Sol. Como carecia, de caballo, se propuso apoderarse del
primero que encontrara, de quien quiera que fuese. No bien hubo
adivinado la Discordia este pensamiento, cuando mir sonrindose  la
Soberbia, y le dijo que queria ir  buscar un corcel que fuese causa de
nuevas querellas y nuevas contiendas para el sarraceno, as como
despejar todo el camino,  fin de que no se presentara en l ms caballo
que el que ella designara; pues ya habia calculado dnde encontrarlo.
Pero dejemos  Rodomonte y volvamos  Crlos.

Despues de la retirada del sarraceno, consigui Carlomagno dominar el
incendio que por todas partes le rodeaba, y en seguida reorganiz sus
soldados, colocando guardias en los sitios que ofrecian ms dbil
resistencia. Lanz los restantes sobre los sarracenos, decidido 
terminar de una vez la pelea, y dispuso una salida simultnea por todas
las puertas, desde la de San German hasta la de San Vctor, con rden de
dirigirse todos al fronte de la puerta de San Marcelo, donde habia una
extensa llanura, y de que estas distintas divisiones se esperasen unas 
otras, hasta formar un solo cuerpo. En seguida, animando con la voz 
sus guerreros y excitndoles  que dieran pruebas tales de su bravura,
que se conservara eterno recuerdo de ellas, hizo que los diferentes
escuadrones emprendieran la marcha, dando la seal del ataque.

Entre tanto, el rey Agramante habia vuelto  montar  caballo, no
obstante los esfuerzos de los cristianos para impedirlo, y trab un
terrible y descomunal combate con el amante de Isabel. Lurcanio, por su
parte, cambiaba furiosos golpes con el rey Sobrino; y Reinaldo acometia
intrpidamente  un escuadron entero, al que arrollaba, destrozaba y
ponia en fuga, ayudado por la fortuna tanto como por su valor. En tal
estado se hallaba la batalla, cuando el Emperador atac la retaguardia
de los moros por el sitio en que ondeaba la ensea del rey Marsilio, en
torno de la cual se hallaba reunido lo ms escogido de los guerreros
espaoles. Con la infanteria en el centro, y en los flancos la
caballeria, di Crlos la seal de ataque  sus animosos soldados,
acompaado de un horrsono estruendo de clarines y tambores que hasta el
cielo retumbaba. Las huestes sarracenas empezaron  batirse en retirada,
y hubieran emprendido la huida destrozadas, diseminadas y deshechas,
para no volver  reunirse ms, si no se hubiesen presentado el rey
Grandonio y Falsiron, que ms de una vez se habian visto en mayores
apuros, acompaados de Balugante, del feroz Serpentin y de Ferrags, que
decia  sus soldados con voz estentrea:

--Valerosos guerreros, compaeros, hermanos mios: manteneos firmes, y
los enemigos vertern toda su sangre, como no faltemos  nuestro deber.
Pensad en la gloria, en el botin inmenso que la fortuna nos depara hoy,
si somos vencedores! Pensad tambien en la vergenza y en la desgracia
que nos afligir eternamente si salimos vencidos!

Diciendo esto, cogi una lanza enorme y cay sobre Berlingiero, que se
estaba batiendo con Argalifa, y ya le habia hecho pedazos el casco:
derrible en tierra, y desnudando la espada, hizo caer otros ocho en su
derredor. Cada uno de sus golpes arrojaba de la silla por lo menos  un
enemigo. En otra parte, Reinaldo hacia tal matanza de paganos, que me
seria imposible calcular su nmero: donde l se hallaba, no lograban
rehacerse sus contrarios, que le hacian ancha plaza. Zerbino y Lurcanio
peleaban con iguales brios, distinguindose de modo que su nombre
circulaba de boca en boca por el campo de batalla: este habia muerto de
una estocada  Balastro, jefe de las tropas de Alzerbe, mandadas poco
tiempo antes por Tardoco; aquel habia hendido el yelmo de Finaduro, que
iba al frente de los soldados de Zamor, Saffi y Marruecos. Pero podr
decrseme: no existia, por ventura, entre los africanos un solo
caballero que supiera manejar la lanza  la espada? Paciencia, que 
ninguno privar de la gloria que haya adquirido.

No dejar sepultado en el olvido al rey de Zumara, el noble Dardinelo,
hijo de Almonte, que derrib con su lanza  Huberto de Milford, Claudio
del Bosco, Elio y Dulfin del Monte, y con la espada  Anselmo de
Strattford y  Raimundo y Pinamonte de Lndres, y eso que eran de los
ms vigorosos. Dos de ellos quedaron sin sentido, uno herido y muertos
los cuatro restantes. Mas,  pesar del brillante valor de que daba
pruebas, no pudo conseguir que sus soldados resistieran al mpetu de los
nuestros, menos numerosos en verdad, pero tambien ms valientes, ms
expertos en el manejo de las armas y mucho mejor disciplinados y
equipados: as es que los moros de Zumara, de Ceuta, de Marruecos y de
Canarias emprendieron la fuga, y en especial los de Alzerbe,  quienes
se opuso el noble jven, procurando reanimarlos, ya con sus ruegos, ya
con palabras duras.

--Ahora veremos si Almonte mereci que respetrais su memoria, les dijo;
ahora ver tambien si sois capaces de abandonarme  m,  su hijo, en
medio de tan gran peligro. Deteneos; os lo ruego en nombre de mi juvenil
edad, en la que habeis fundado toda vuestra esperanza. Preferireis
acaso morir sin defenderos, y que no vuelva ni uno solo de nosotros al
frica? Si no permanecemos estrechamente unidos, todos los caminos se
nos cerrarn; porque al regresar separados, tropezaremos con las
montaas, que cual elevados muros nos rodean, y con el proceloso mar,
que es un foso demasiado ancho. Mucho mejor es perecer aqu, que
entregarse  merced de esos perros. Por Dios, amigos mios, conservad
vuestro nimo; porque cualquiera otra determinacion es intil, y debeis
adems considerar que nuestros enemigos no tienen ms alma, ms vida, ni
ms brazos que nosotros.

Diciendo estas palabras, el vigoroso jven acometi al conde de Athol y
le di la muerte.

El recuerdo de Almonte reanim de tal modo el valor del ejrcito
africano, antes fugitivo, que juzg mejor defenderse  todo trance, que
volver las espaldas. Guillermo de Burnick sobresalia entre todos los
guerreros ingleses de toda la altura de su cabeza: le atac Dardinelo y
se la cort de un solo tajo, igualando as su estatura  la de los
otros. Despues hizo lo mismo con Aramon de Cornouailles, cuyo hermano
corri  prestarle auxilio; pero Dardinelo le hendi desde los hombros
hasta donde termina el estmago: en seguida atraves el vientre  Bogio
de Vergalle, dispensndole con esto de cumplir la promesa que  su
esposa habia hecho de regresar  su lado vencedor al cabo de seis meses.
El gallardo Dardinelo divis no muy ljos  Lurcanio, que habia tendido
 sus pis  Dorquin con la garganta atravesada, y  Gardo con la cabeza
hendida hasta los dientes, y acababa de inmolar  Alteo, que quiso huir,
pero lo hizo con demasiada lentitud, pues alcanzndole el guerrero
escocs, le asest un golpe en la nuca que le caus la muerte. Al ver el
africano tendido  Alteo,  quien amaba tanto como  si propio, cogi
una lanza y corri  vengarle, ofreciendo  Mahoma (dado caso de que le
pudiera oir), que si lograba vencer  Lurcanio, colgaria como ofrenda
su armadura en la mezquita del falso profeta. Atravesando como un
relmpago el espacio que del cristiano le separaba, le di en un costado
tan violento bote de lanza, que le pas de parte  parte, mandando  sus
soldados que le despojaran de sus armas.

Juzgo intil describir el dolor que sinti Ariodante por la prdida de
su hermano, as como manifestar los deseos que tuvo de enviar por su
propia mano el alma de Dardinelo  los infiernos. Pero la apiada
multitud de moros y cristianos no le dej el paso franco. Anhelaba una
pronta venganza, y para satisfacerla procuraba abrirse un camino
sangriento con la espada. En su furor arrollaba, aterrorizaba, ponia en
fuga, heria  exterminaba  cuantos salian  su encuentro  le hacian
frente. Dardinelo, conociendo los deseos de Ariodante, se esforzaba por
su parte en allanarle el camino para realizarlos, aunque en vano, porque
tambien se lo impedia la muchedumbre que tenia delante y que
esterilizaba todos sus esfuerzos. Si el uno causaba una espantosa
mortandad en los moros, el otro le imitaba, haciendo exhalar el ltimo
aliento  un sinnmero de escoceses, de ingleses y franceses. La Fortuna
intercept de tal modo su camino, que no lograron encontrarse frente 
frente en todo el dia: reservaba  Dardinelo un adversario ms famoso,
pues el hombre rara vez, consigue burlar su estrella. Reinaldo se
dirigia hcia aquel lado,  fin de que la aglomeracion de los guerreros
no sirviese de defensa  la vida de uno de sus enemigos. Reinaldo se
acercaba, guiado por la Fortuna, que queria proporcionarle la gloria, de
arrancar la existencia  Dardinelo.

Pero baste por ahora con lo dicho acerca de las nclitas proezas que se
llevaban  cabo en Occidente. Tiempo es ya de volver  Grifon,  quien
dej lleno de ira y despecho, haciendo huir  aquella despavorida
multitud con un miedo cual nunca lo hablan conocido los fugitivos.
Admirado Norandino de aquel tumulto, corri  informarse por s mismo de
la causa que lo motivaba, seguido de ms de mil guerreros armados. Al
ver el Rey huir  todo el pueblo, se adelant con sus tropas hcia la
puerta,  hizo que la abrieran inmediatamente. Habiendo ahuyentado
Grifon entre tanto  aquella turba soez y cobarde, se cubri de nuevo
con la despreciada armadura de Martan, presumiendo que tendria necesidad
de emplearla en su defensa; y retirndose  un templo prximo, rodeado
de slidas paredes y de un foso profundo, se hizo fuerte  la cabeza de
un puente que le daba acceso,  fin de que sus enemigos no pudieran
cogerle en medio. Sali de pronto por la puerta de la ciudad un numeroso
escuadron de soldados, prorumpiendo en gritos y amenazas, que ni le
hicieron variar de posicion, ni sentir el menor espanto. Cuando aquella
hueste estuvo cerca de l, sali  su encuentro hasta la mitad del
camino, y despues de haber hecho en ella una espantosa carnicera
empuando la espada con ambas manos, se refugi en el estrecho
puentecillo, y desde all continu teniendo  raya  sus agresores, ya
acometiendo  su vez, ya retirndose, pero dejando siempre sangrientas
huellas de su paso. Caian sin cesar infantes y ginetes al impulso de sus
descomunales cuchilladas;  pesar de lo cual, aquella lucha iba
hacindose cada vez ms encarnizada y peligrosa; porque el pueblo entero
acudia contra l, en trminos de que Grifon temi al fin sucumbir,
agobiado por la multitud que le estrechaba de cerca, y adems por estar
herido en el hombro y en el muslo izquierdo y sentir que le iba faltando
el aliento. Pero la Virtud, protectora de los valientes, le hizo
encontrar gracia para con Norandino; mientras este rey acudia 
informarse de la causa del tumulto, tuvo ocasion de ver  tantos
vasallos suyos muertos  cubiertos de heridas, que parecian hechas por
la mano de Hctor[119], como testimonio fehaciente de la injusticia con
que poco antes habia infligido un castigo afrentoso  un caballero
intachable. Cuando poco despues se aproxim  Grifon, y pudo contemplar
de cerca al guerrero que estaba exterminando  sus gentes y tenia ante
s un horrible monton de cadveres, cuya sangre enrojecia el agua de
aquel foso, crey ver al mismo Horacio defendiendo el puente contra la
Toscana entera[120].

     [119] El ms hbil y valiente de los capitanes troyanos, hijo de
     Pramo, rey de Troya. Su valor fu causa de que le dieran el nombre
     de Hctor, que significa _ncora_, por que se le consideraba como
     el apoyo y ncora de los troyanos.

     [120] Horacio Cocles, hroe de los primeros tiempos de Roma:
     defendi solo contra todo el ejrcito de Porsenna la entrada del
     puente Sublicio, mientras sus compaeros lo cortaban detrs de l;
     luego que fu destruido, se arroj al rio armado, lo atraves 
     nado y entr en Roma sano y salvo.

Anhelando salvar la vida de tan esforzado campeon, y reparar su anterior
injusticia, que no podia menos de redundar en su descrdito, hizo que se
retiraran sus gentes, lo que en honor de la verdad, no le cost gran
trabajo, y elevando la mano desnuda y sin armas, ademan usado
antiguamente en seal de tregua  de paz, grit  Grifon:

--Confieso que estoy arrepentido y que me pesa en el alma la falta que
he cometido contigo; pero mi poca reflexion por una parte, y por otra,
las instigaciones de algunas personas, me han obligado  incurrir en tan
grave error. He hecho sufrir al caballero ms digno del mundo lo que
creia dirigido al ms villano; y aun cuando el honor que te dispenso al
hablarte de este modo iguala y disminuye,  mejor aun, supera  la
injuria y  la afrenta que se te ha hecho hoy por ignorancia, estoy
dispuesto  darte la mayor satisfaccion que me sugiera mi mente  que
sea digna de mi poder, y ojal pudiera consistir en oro, en castillos 
en ciudades. Pdeme, si as te parece, la mitad de mis estados: pronto
estoy  cedrtelos; pues tu preclaro valor no solo te hace merecedor de
este donativo, sino tambien dueo de mi corazon: y en prueba de ello, h
aqu mi mano; estrchala, en seal de f y amistad eterna.

As diciendo, se ape del caballo y tendi  Grifon su diestra.

El jven guerrero, conmovido ante la bondad de Norandino, que se
adelantaba hcia l con los brazos abiertos, olvid su saa, arroj la
espada, y le abraz humildemente las rodillas. Observando el Monarca que
de las dos heridas de Grifon brotaba copiosa sangre, mand
inmediatamente que la restaaran, y despues le hizo llevar  la ciudad,
alojndole en su real palacio, donde pas algunos dias sin poderse
armar, curndose de sus heridas.

Pero dejmosle en Damasco, y acudamos  Palestina al encuentro de su
hermano Aquilante y de Astolfo. Desde que Grifon se alej de los santos
muros de Jerusalen, no cesaron los dos caballeros de buscarle por todos
los sitios de aquella ciudad dignos de veneracion, recorriendo tambien
todos los alrededores, sin que uno ni otro consiguieran averiguar su
paradero. Iban perdiendo ya la esperanza de lograr su objeto, cuando
tropezaron casualmente con el peregrino griego de que en otro lugar he
hablado, el cual, conversando con ellos, les manifest que Origila habia
emprendido el camino de Antioqua de Siria en compaa de un nuevo
amante, hijo de aquella ciudad, del que se habia prendado
repentinamente. Aquilante le pregunt si habia participado tal noticia 
Grifon; y oida la contestacion afirmativa del peregrino, dedujeron desde
luego la causa de la ausencia de aquel; la cual no podia ser otra sino
el deseo de ir  Antioqua en busca de Origila con intencion de
arrancarla de las manos de su rival y tomar de l grande y memorable
venganza.

Aquilante no podia tolerar que su hermano hubiese acometido semejante
aventura sin ir en su compaa: as es que apercibi sus armas, y march
en su seguimiento, rogando antes  Astolfo que demorase su regreso 
Francia y al hogar paterno hasta que l volviese de Antioqua.
Parecindole ms rpido y mejor el viaje por mar, baj hasta Jaffa,
donde se embarc. Tuvo durante la navegacion un viento del Mediodia tan
fuerte y al mismo tiempo tan favorable  sus deseos, que al dia
siguiente divis las costas de Sour[121] y las de Sakfet, unas tras
otras; pas despues por Beyruth y Dgebileh, dejando  su izquierda la
isla de Chipre, y dirigi la proa hcia el golfo de Layax, costeando las
playas de Tortosa de Trpoli y Lizza. El piloto hizo virar la nave,
airosa y veloz, en direccion del Oriente, y encamin su rumbo en demanda
del Oronte[122], por cuya embocadura entr bien pronto. Una vez all,
Aquilante hizo echar el puente, salt en tierra, y montado en su brioso
corcel, march por la orilla del rio hasta llegar  las puertas de
Antioqua.

     [121] Nombre actual de la antigua Tiro.

     [122] Rio de Siria, llamado hoy Aas, que sale del Lbano, pasa por
     Antioqua y desemboca en el Mediterrneo.

En aquella ciudad procur adquirir los informes necesarios con respecto
 Martan, y supo que se habia ido con Origila  Damasco, donde debia
celebrarse un gran torneo por rden del Rey. Le aguijoneaba de tal modo
el deseo de ir en pos de Martan, persuadido como estaba de que su
hermano le habria seguido, que en el mismo dia sali de Antioqua, si
bien no crey oportuno volver de nuevo  embarcarse. Dirigise pues por
el camino de Lidda y Larisa, dejando  sus espaldas  la rica y populosa
Alepo. El Supremo Hacedor, para mostrar que en este mundo no deja sin
recompensa  las buenos ni sin castigo  los malos, hizo que Aquilante
encontrase  Martan  una legua escasa de Manuga. Martan hacia llevar
delante de s, con grande aparato, los premios alcanzados en el torneo.

A primera vista crey Aquilante que aquel infame era su hermano,
engaado por las armas y por las vestiduras ms blancas que la nieve
intacta de que iba engalanado Martan: lanz una exclamacion de alegra,
 iba  hablarle, cuando conociendo su error, expir la palabra en sus
labios y oscurecise su semblante. Inmediatamente le asalt la sospecha
de que Grifon podria haber muerto  manos de Martan, vctima de algun
engao tramado por Origila, y le grit:

--Dime, t, que debes de ser un ladron y un traidor, como lo demuestra
tu semblante; dnde has adquirido esas armas? dnde has montado en el
excelente corcel de mi hermano? Dime si Grifon ha muerto  vive, y como
es que le has privado de sus armas y de su caballo.

Cuando Origila oy los acentos de aquella voz furiosa, volvi
rpidamente las riendas  su palafren para huir; pero Aquilante fu ms
veloz que ella y la oblig  volver de buen  mal grado. Martan,
sobrecogido de improviso por las amenazas terribles del caballero, se
puso lvido, empez  temblar como la hoja en el rbol y no supo qu
decir ni qu hacer. Aquilante continu en sus insultos y amenazas,
llegando hasta ponerle la espada en la garganta, y jurando degollar 
ambos si no le revelaban toda la verdad de lo acaecido. Martan, en mal
hora llegado  aquel sitio, balbuce algunas palabras, y buscando en su
imaginacion algun pretexto que disminuyera su falta, contest por fin:

--Has de saber, Seor, que esta dama es hermana mia, y como yo, hija de
padres honrados y virtuosos, si bien Grifon la ha obligado vivir
deshonestamente con l para vergenza y oprobio de mi hermana. Yo, que
no podia soportar tal infamia, pero que tampoco me sentia con nimo
suficiente para arrebatarla  la fuerza  tan bravo caballero, determin
valerme para conseguirlo de la astucia y del disimulo. Concert con mi
hermana, cuyo deseo ms vivo era el de volver  su vida honrada, el modo
de llevar  cabo mi proyecto, y un dia, mientras Grifon dormia
tranquilamente, se alej cautelosamente de su lado. Para impedirle que
la siguiera y desconcertara nuestros planes, nos apoderamos de su corcel
y de sus armas, y hemos llegado aqu en el estado en que nos ves.

Hubiera podido Martan envanecerse por su superchera,  la que
fcilmente diera crdito Aquilante, mucho ms cuando era verosmil lo
del robo de las armas, caballo y dems prendas pertenecientes  Grifon;
pero quiso llevarla demasiado ljos, aadiendo  ella una insolente
mentira, como era la de suponer hermana suya  Origila, y esto fu lo
que le vendi; porque como Aquilante habia sabido en Antioqua por
muchos conductos que aquella era su concubina, conoci el ardid, y
exclam lleno de clera:--Mientes, ladron.--Y en seguida le descarg un
puetazo tan terrible en el rostro, que le oblig  tragarse dos
dientes. Sin detenerse  ms, ni darle otras explicaciones, le asi los
brazos y se los at  la espalda con una cuerda, haciendo otro tanto con
Origila,  pesar de todos sus ruego y protestas. Aquilante los hizo
caminar luego ante si, cruzando ciudades y castillos, sin abandonarles
un momento hasta que llegaron  Damasco, propuesto como estaba 
llevarlos, hacindoles sufrir toda clase de humillaciones, hasta el fin
del mundo, si necesario fuese, nterin no encontrase  su hermano, 
cuya merced deseaba entregarlos.

Acompaado de ambos cmplices, de sus escuderos y de sus palafrenes,
entr Aquilante en Damasco, y apenas puso en la ciudad los pis oy el
nombre de Grifon circulando de boca en boca en medio de alabanzas
universales. Los grandes, los pequeos, todos los habitantes, en fin, de
Damasco le conocian ya, y sabian que l era el que di tantas pruebas de
su valor en el torneo, y que un compaero suyo le habia arrebatado el
premio de la jornada con una audacia increible. Apenas entr Martan en
la ciudad, fu conocido, y sealndole los transeuntes con el dedo,
empezaron  decir:

--No es ese el vil cobarde que se apropia las hazaas de otro, y ha
hecho recaer su infamia y su oprobio en un caballero valiente, aunque no
tan astuto como l?--No es esa la ingrata mujer que vende  los buenos
y ayuda  los perversos?

--Son tal para cual, decian otros; parecen nacidos el uno para el otro.

Empezaron  llenarles de improperios, y  correr tras ellos furiosos,
gritando:--Que los empalen; que los quemen vivos; que los
descuarticen.--El populacho, ansioso de verlos, corria, se empujaba y
salia  su encuentro por las calles y plazas. Pronto lleg  oidos del
Rey esta noticia, que le caus al parecer tanto regocijo como si hubiese
conquistado otro reino. Sin esperar  que se reuniese su escolta, sali
presuroso y tal como se encontraba al encuentro de Aquilante, que habia
conseguido vengar  su hermano: le dispens una acogida tan cordial como
honrosa, le ofreci un asiento  su mesa y alojamiento en su palacio, y
habiendo mandado encerrar  los dos presos en una torre, le acompa 
la cmara en que aun se hallaba Grifon retenido en el lecho por sus
heridas. Ruborizse este as que vi  su hermano, por suponer que debia
ya tener noticia de su aventura, y despues que Aquilante se hubo burlado
un poco  sus expensas, determinaron imponer un justo castigo  aquellos
dos culpables que habian caido en manos de sus adversarios. Aquilante y
el rey querian hacerles sufrir mil distintas penas; pero Grifon
intercedi por ambos, no atrevindose  hablar en favor de Origila sola,
y emple toda su elocuencia para alcanzar su perdon, logrando que
Norandino consintiera en que Martan no muriese, si bien deberia ser
azotado pblicamente por mano del verdugo. Al siguiente dia le hicieron
recorrer todas las calles de la ciudad, sujeto con ligaduras que no eran
por cierto de flores ni hojas, y le azotaron ignominiosamente. En cuanto
 Origila, dispusieron que continuase cautiva hasta el regreso de la
bella Lucina,  cuyo recto juicio pensaban someter el castigo que
deberia inflijrsele. Aquilante permaneci en el palacio, sumamente
agasajado, esperando que su hermano se restableciese y pudiera soportar
el peso de las armas.

El rey Norandino,  quien sirvi de prudente leccion el error en que
habia incurrido, continuaba pesaroso y triste sin poder perdonarse el
haber prodigado tantos ultrajes  un caballero, digno, por el contrario,
de honra y de estimacion: as es que dia y noche estaba su pensamiento
ocupado en arbitrar el medio de darle la ms brillante reparacion.
Considerando que, pues los habitantes de Damasco habian sido testigos de
la afrenta del guerrero, era justo que lo fuesen tambien de su
rehabilitacion, y que esta habia de ser tan gloriosa y tan cumplida cual
 un gran rey convenia, determin restituirle pblicamente el premio
que un traidor con tanta falacia le arrebatara; y en su consecuencia
hizo anunciar por todos sus estados que de all  un mes se celebraria
otro torneo. Los preparativos que para l se hicieron fueron acompaados
de una pompa verdaderamente rgia: la Fama, extendiendo sus voladoras
alas, llev en breve la noticia por toda la Siria, por Fenicia, por
Palestina, y llegando  oidos de Astolfo y del Virey de aquella region,
los indujo  tomar parte en las justas. La historia ha calificado
siempre  Sansoneto de guerrero valiente y cumplido caballero. Segun he
dicho en otro lugar, Orlando fu su padrino, y Carlomagno le confi el
gobierno de la Tierra Santa. Astolfo y l hicieron sus preparativos de
viaje, y se dirigieron  la ciudad de Damasco, donde se disponian
fiestas tan famosas cual repetia incesantemente la fama.

Cabalgando iban por aquellas comarcas,  jornadas cortas, y con lento
paso,  fin de conservar todas sus fuerzas y vigor para el dia del
torneo, cuando toparon en la encrucijada de dos caminos con una persona
que por su traje y ademanes parecia un hombre, aun cuando era una mujer
de maravillosa intrepidez en los combates. Aquella doncella llambase
Marfisa; su valor era tan asombroso que, espada en mano, habia hecho
sudar muchas veces al Seor de Brava y al de Montalban; y se ocupaba en
ir de ac para all, armada dia y noche, buscando por montes y llanos
caballeros andantes con quienes medir sus armas para adquirir un
glorioso renombre. En cuanto divis  Astolfo y Sansoneto que hcia ella
se dirigian completamente armados, y pudo apreciar su marcial
continente, su elevada estatura y vigorosos miembros, crey habrselas
con dos guerreros esforzados; y ya habia lanzado su caballo  golpe,
dispuesta  desafiarlos y deseosa de manifestar su intrepidez, cuando
fijando

     [Ilustracin: Astolfo, acompaado de Sansoneto, encuentra  Marfisa
     en el camino de Damasco.

     (Canto XVIII.)]

en ellos sus miradas con ms detencion, conoci al duque Astolfo.
Record en seguida las atenciones que con ella tuvo el caballero durante
su estancia en el Catay, y le llam por su nombre, quitse las manoplas,
se alz la visera del yelmo, y  pesar de su altivez, no vacil en
correr  l con los brazos abiertos. Astolfo, por su parte, la estrech
entre los suyos con grande afecto y deferencia. Dirigironse luego
mtuas preguntas acerca del objeto de su viaje; y respondiendo primero
el Duque, le manifest que iba  Damasco para asistir al torneo  que
habia invitado el rey de Siria  todos cuantos campeones quisieran
ostentar sus brillantes proezas. Marfisa, pronta siempre  dar muestras
de las suyas, contest en seguida:--Quiero ir con vosotros  ese
torneo.--Astolfo y Sansoneto se mostraron sumamente gozosos por tener
tal compaera, y prosiguiendo su interrumpido viaje, llegaron  Damasco
la vspera del dia de la fiesta, hospedndose en un arrabal de la
ciudad, donde se entregaron al descanso con ms tranquilidad y ms  sus
anchas que si se hubiesen apeado en el mismo palacio real.

Durmieron reposadamente hasta la hora en que la Aurora abandona el lecho
de su anciano esposo, y cuando el nuevo Sol, brillante y claro, empez 
esparcir por la tierra sus refulgentes rayos, la hermosa doncella y los
dos guerreros requirieron sus armas, despues de haber enviado  la
ciudad varios escuderos, que  su regreso les informaron de cmo el rey
Norandino se hallaba ya en la plaza dispuesta para tan brbaros juegos,
viendo romper lanzas. Sin ms demora se dirigieron  la ciudad, y
siguiendo por la calle mayor llegaron al terreno de la liza, donde ya
habia una multitud de apuestos caballeros, que esperaban ansiosos la
seal del combate.

El premio que aquel dia estaba destinado para el vencedor consistia en
una espada y una maza de armas, ricamente guarnecidas, y adems un
corcel tan arrogante cual convenia  la munificencia de un rey como
Norandino.

Intimamente persuadido el Monarca de que Grifon el Blanco ganaria el
segundo premio lo mismo que gan el primero, as como de que alcanzaria
la gloria de las dos jornadas, y deseoso de darle todo cuanto debe
poseer un hombre de su valia, aadi la espada, la maza y un magnfico
caballo  la armadura que en el pasado torneo debia haberse adjudicado 
Grifon, como vencedor de todos sus adversarios, y que habia usurpado
Martan suplantando con sus ficciones al jven paladin. El Rey hizo
colgar delante de su palco aquella soberbia armadura; puso pendiente de
ella la bien guarnecida espada, y colg la maza del arzon del caballo, 
fin de que su protegido se llevase uno y otro premio. Desgraciadamente
para el propsito de Norandino, aquella magnnima guerrera que habia
acudido  la liza en compaa de Astolfo y del buen Sansoneto impidi
que se realizasen sus deseos. Apenas vi Marfisa la armadura de que he
hablado, la conoci inmediatamente, porque le habia pertenecido y la
tenia en tanta estima como se suele tener el ms preciado objeto, por
ms que la dejara abandonada en medio de un camino en cierta ocasion que
le estorbaba para perseguir  Brunel,  aquel impo digno de la horca,
que le habia robado su espada. Aun cuando no espero que se presente otra
oportunidad para referir este incidente, considero, sin embargo, intil
ocuparme de l. Contentaos, pues, con saber de qu modo encontr Marfisa
su armadura.

Habeis de saber tambien que en cuanto la conoci por ciertas seales
particulares, determin no dejar transcurrir un solo dia sin
recuperarla; y decidida  no renunciar  su posesion por nada del mundo,
 importndole poco los medios de que en aquella ocasion deberia valerse
para lograr su objeto, acercse rpidamente al trofeo, extendi la mano,
y sin ms rodeos se apoder de la armadura, siendo causa su misma
precipitacion de que varias de sus piezas rodaran por el suelo.

Sumamente irritado el Monarca por aquella accion atrevida, con una sola
mirada concit contra Marfisa toda la ira del pueblo, que dispuesto 
castigar tamaa injuria, empu las armas para vengar  su rey, dando al
olvido el dao que poco tiempo antes le causara una ofensa inferida  un
caballero andante. Ni el nio que al presentarse la primavera juguetea
alegremente entre las flores de variados matices, ni la jven hermosa y
engalanada que asiste  bailes y  conciertos, se hallan tan  gusto ni
disfrutan mayor placer que el que sinti la esforzada Marfisa al verse
rodeada de lanzas y espadas amenazadoras; al encontrarse donde se
derramara sangre y se diera la muerte, y al escuchar el estrpito de las
armas y de los caballos. Clavando los acicates  su corcel, cay lanza
en ristre sobre el insensato tropel de sus acometedores, atravesando 
unos el pecho, el cuello  los otros, y derribando  muchos con su
irresistible empuje: desenvain despues la espada, y alcanzando ora 
este, ora  aquel, cortaba cabezas y brazos, hendia crneos y traspasaba
costados.

El atrevido Astolfo y el fuerte Sansoneto, que se habian cubierto con
sus armas al mismo tiempo que la jven, aun cuando no habian acudido
all para combatir, y s para asistir  un torneo, al ver trabada tan
desigual pelea, calronse las viseras, enristraron sus lanzas contra
aquella canalla, y haciendo despues uso del desnudo acero, empezaron 
abrirse ancho camino. Los caballeros de diversas naciones que se habian
reunido all para tomar parte en la fiesta, se quedaron indecisos y
estupefactos al observar el furor con que se esgrimian las armas, y al
ver convertidos en llanto los juegos: la mayor parte de ellos ignoraba
el motivo de la clera del pueblo, as como la injuria que al Rey se
habia hecho. Por ltimo, algunos se pusieron al lado de las turbas, y no
tardaron en arrepentirse de ello; otros, cuidndose poco, en su calidad
de extranjeros, de lo que pudiera acontecer en la ciudad, decidieron
ausentarse, y otros, ms avisados, esperaron inmviles el resultado del
combate, pero con las bridas en la mano. Grifon y Aquilante fueron de
los que se asociaron al pueblo para vengar el robo de la armadura.

Al ver los dos hermanos  Norandino con los ojos encendidos y
chispeantes de clera, y advertidos por muchos de los circunstantes de
la causa que habia originado aquel tumulto, consideraron, en especial
Grifon, que aquel ultraje les tocaba tan de cerca como al mismo Rey; y
cogiendo apresuradamente sus lanzas, corrieron furiosos al combate.
Astolfo, que prestaba su auxilio  la parte contraria, iba delante de
sus compaeros, espoleando  su lijero Rabican, y blandiendo su
encantada lanza de oro cuyo choque nadie podia resistir. Hiri con ella
 Grifon, dejndole tendido en el suelo, y en seguida encontr 
Aquilante; le toc apenas con la lanza en el borde del escudo, y le
derrib de espaldas en la arena. Los caballeros de ms prez y ms
esfuerzo saltaban de las sillas  impulsos de Sansoneto: el pueblo
empezaba ya  buscar las salidas de la plaza para escapar, mientras que
al Rey le ahogaba la ira y el despecho. En tanto Marfisa, cubierta con
sus armas, y llevndose adems las que constituian el premio del torneo,
se retiraba tranquila  su alojamiento, despues de haber puesto en fuga
 sus adversarios. Astolfo y Sansoneto apresurronse  seguirla: los
tres juntos se dirigieron  la puerta de la ciudad, sin que nadie se
atreviese  molestarles y se detuvieron en el rastrillo. Aquilante y
Grifon, pesarosos y avergonzados por haber caido al primer encuentro,
tenian la cabeza inclinada y no se atrevian  presentarse delante de
Norandino; pero algun tanto repuestos de su turbacion, volvieron 
montar  caballo, y salieron  escape en persecucion de sus enemigos.
Tras ellos fu el Rey con muchos de sus sbditos, dispuestos  morir 
vengarse, mientras el insensato populacho gritaba:--A ellos!  ellos!
aunque sin acercarse demasiado, y esperando el resultado de aquel nuevo
ataque.

Grifon alcanz  los tres compaeros en el momento en que se
posesionaban del puente. Apenas lleg, cuando crey conocer  Astolfo
que llevaba las mismas divisas, el mismo caballo y la misma armadura con
que le vi el dia en que di muerte al terrible Orrilo. No habia
reparado en l durante la lucha empeada en la plaza; mas conocindole
entonces, le salud, y le pregunt despues quines eran sus compaeros,
y por qu habian derribado en la arena el premio del torneo con tan poco
miramiento hcia el Monarca. El duque de Inglaterra di  Grifon las
noticias que le pedia con respecto  sus compaeros; mas, en cuanto 
las armas, causa del reciente combate, le manifest que positivamente no
sabia nada, y que Sansoneto y l se habian puesto en favor de Marfisa,
por haber venido en su compaa.

Mientras el Paladin estaba hablando con Grifon, lleg Aquilante, le
conoci tan luego como le oy hablar con su hermano, y renunci  sus
deseos de venganza. Entre tanto iban acercndose muchos de los
caballeros de Norandino, si bien se mantenian  cierta distancia, tanto
por no atreverse  avanzar ms, cuanto porque, al verlos conferenciando,
no quisieron interrumpirles, esperando el resultado de su pltica. Al
oir uno de ellos que estaba all Marfisa, cuya fama de valor era
universal, volvi el caballo y fu  aconsejar  Norandino que, si no
queria ver muertos  todos sus sbditos, dispusiera lo necesario, antes
de que tal sucediera, para arrancarlos de las manos de Tisifona[123] y
de la muerte, porque la misma Marfisa en persona era la que se habia
apoderado de la armadura.

     [123] Una de las Furias, que como Alecton y Megera, sus compaeras,
     tenia el derecho de castigar las faltas de los hombres en la Tierra
     y en el Infierno.

Al escuchar Norandino aquel nombre tan temido en todo el Oriente, y ante
el cual hasta los ms valientes sentian erizrseles los cabellos de
espanto por mas que Marfisa residiese con frecuencia  bastante
distancia de aquel pas, fu de la misma opinion que el caballero que le
habia llevado la noticia, y se apresur  llamar y reunir en torno suyo
 todos sus guerreros, cuya clera se habia trocado en temor.

En el nterin los hijos de Olivero, Sansoneto y el hijo de Oton
suplicaron con tan vivas instancias  Marfisa que pusiera trmino  tan
crueles discordias; que al fin alcanzaron su asentimiento. Adelantndose
con semblante altivo hcia el Rey, le dijo la guerrera:

--Ignoro, Seor, con qu derecho pretendes dar como premio al vencedor
del torneo una armadura que no te pertenece, pues es exclusivamente mia,
aunque un dia me v obligada  abandonarla en medio del camino de
Armenia para perseguir  pi  un ladron que me habia inferido una grave
ofensa. Mi divisa, si es que la conoces, puede atestiguar la verdad de
mis palabras.

Y le mostr grabada en la coraza aquella divisa, que consistia en una
corona dividida en tres pedazos.

--Es cierto, repuso Norandino, que hace pocos dias me entreg esa
armadura un mercader armenio; pero si me la hubieseis pedido, os la
habria cedido sin dificultad, fuese  no vuestra; porque  pesar de
habrsela regalado ya  Grifon, tengo en l tal confianza, que estoy
seguro de que me habria devuelto ese presente, con tal de facilitarme
tan justa restitucion. Por lo dems, no es necesario alegar que tiene
vuestra divisa para atestiguar que os pertenece; bstame con vuestra
palabra,  la que doy ms crdito que  cualquier otro testimonio;
aparte de que esa armadura debe pasar tambien  vuestras manos como
digna recompensa del sublime valor que habeis demostrado. Recibidla,
pues, y olvidemos esta querella: Grifon tendr otro galardon ms
esplndido.

Este guerrero, que deseaba ms dejar al Rey tranquilo y satisfecho, que
adquirir la disputada armadura, contest:

--Mi mayor recompensa consistir en saber que contino siendo agradable
 vuestros ojos.

Sin embargo, decidida Marfisa  que su desinters corriera parejas con
su valor, y deseando adquirir para s toda la gloria, se empe en ceder
 Grifon con gentil gallarda la armadura en cuestion, y por ltimo la
admiti como regalo del jven.

Volvieron entonces  la ciudad en paz y buena armona,  consecuencia de
lo cual redoblronse los festejos. Continu el interrumpido torneo, cuyo
premio alcanz Sansoneto, porque ni Astolfo, ni los dos hermanos, ni
Marfisa, la ms esforzada de los cuatro, quisieron tomar parte en l, 
fin de procurar, como buenos amigos y compaeros, que Sansoneto saliese
vencedor. Despues de haber pasado ocho  diez dias en el palacio de
Norandino, disfrutando de las fiestas y placeres con que este los
agasaj, se despidieron de l, anhelando regresar  su querida Francia,
de la que no podian vivir tanto tiempo ausentes. Marfisa, que deseaba
hacer aquel viaje, para medir sus armas con los paladines franceses y
conocer por si misma si sus hazaas correspondian  lo que la Fama iba
pregonando, march en su compaa. Sansoneto dej encomendado  otro
caballero el gobierno de Jerusalen, y los cinco, formando un escogido
grupo de guerreros, que difcilmente encontraria competidores en el
mundo, se despidieron, como he dicho, de Norandino, y se encaminaron 
Trpoli con objeto de embarcarse.

En aquel puerto encontraron una carraca[124] cargada de mercaderas con
destino  Occidente, y ajustaron su pasaje y el de sus caballos con el
viejo capitan del buque, que era natural de Luna[125]. El tiempo, que no
podia ser ms sereno y bonancible, les presagiaba una prspera
navegacion. Zarparon, en breve,  hinchando un viento favorable las
velas, alejronse pronto de la costa. Hicieron su primera escala en la
isla consagrada  la Diosa de los amores, cuyos habitantes acogen
benignamente  los forasteros, pero sus aires acortan la vida y hasta
destemplan el hierro. La causa de esto consiste en un pantano: y en
verdad que la naturaleza no debia haber cometido con Famagusta la falta
de acercarla  la maligna Constanza[126], cuando tan benigno es el clima
del resto de la isla de Chipre. El pestfero olor que despide el pantano
no permiti que la embarcacion estuviese anclada mucho tiempo en sus
inmediaciones. Aprovechando por esta razon un Levante favorable,
despleg todas sus velas y costeando las playas de Chipre, fonde en
Pafos, apresurndose los navegantes  saltar en sus vistosas orillas,
unos para descargar mercancias y otros para recorrer aquel pas del amor
y los placeres.

     [124] Embarcacion antigua, grande y pesada.

     [125] Puerto de Toscana, llamado hoy Lunegiano.

     [126] Dos puertos de mar en la isla de la Chipre, antes famosos y
     hoy medio arruinados.

A seis  siete millas del mar, el terreno va elevndose paulatinamente
hasta la cumbre de un collado ameno. Los mirtos, los cedros, los
naranjos, los laureles y otros mil rboles aromticos cubren la campia.
El srpol, la mejorana, las rosas, los lirios y el azafran exhalan tan
suaves perfumes desde aquel embalsamado terreno, que se perciben desde
ljos en el mar cuando soplan los vientos de tierra. Un arroyo fecundo,
formado por un claro manantial, va regando toda aquella playa, cuyo
conjunto es tal, que desde luego se conoce que aquel sitio tan ameno y
delicioso pertenece  la hermosa Venus: las mujeres y las doncellas son
all ms agradables  incitantes que en cualquier otro pas del mundo, y
la Diosa las inflama con su fuego  todas ellas, jvenes  viejas, de
tal modo, que se abrasan de amor hasta el fin de su vida.

Los viajeros oyeron referir all la aventura del Ogro y de Lucina, de
que ya habian tenido conocimiento en Siria, y supieron adems que en
Nicosia estaba haciendo la Princesa los preparativos necesarios para ir
 reunirse con su esposo.

Estando ya listo el patron, y soplando un viento favorable, lev anclas,
vir hcia Poniente y despleg todas las velas. Pronto se encontraron en
alta mar, empujados por un mistral bonancible; pero de improviso el
Poniente, que habia estado adormecido mientras el Sol brill en el
horizonte, empez  soplar con violencia, luego que se hizo de noche, y
agit furiosamente la nave. Estall por ltimo la tempestad, acompaada
de tantos relmpagos y truenos, que no parecia sino que se desgarraba el
firmamento y ardia por todas partes. Las nubes cubrieron todo el espacio
con un tenebroso velo que ocultaba la luna y las estrellas: el mar por
abajo, el cielo por arriba, y el viento por todas partes, despedian
horrsonos bramidos; una tormenta deshecha de lluvia y espeso granizo
acosaba  los navegantes, mientras la noche, haciendo cada vez ms
profundas sus tinieblas, se extendia sobre las formidables y furiosas
olas. Preparronse los marineros  echar mano de todos los recursos del
arte en que son tan celebrados; y al paso que uno iba por todas partes
haciendo resonar su silbato, con cuyos agudos sonidos ordenaba la
maniobra, otros preparaban el ncora de reserva; estos tendian los
cables  arriaban las vergas, aquellos se afianzaban al timon, algunos
reforzaban los mstiles, y los dems cuidaban de tener despejada la
cubierta.

El furioso temporal fu en aumento durante toda aquella noche caliginosa
y ms lbrega que el Infierno. Creyendo el piloto que en alta mar serian
menos impetuosas las olas, procuraba alejarse cada vez ms de la costa,
oponiendo siempre la proa  los embates de aquellas y  la furia del
viento, esperando que al rayar el alba cesaria la fortuna de
perseguirlos  se mostraria ms humana. Pero ljos de calmarse la
tempestad, creci su violencia con el dia, si puede darse este nombre 
aquella sucesion de horas cuya claridad era tan dbil, que apenas
disipaba las tinieblas. Perdida toda esperanza, y abrigando ya algun
temor, se abandon el abatido marino  merced de las olas; volvi la
popa del buque en direccion del viento y se decidi  correr aquella
tempestad, cuidando antes de amainar las velas.

Mientras la veleidosa Fortuna se burlaba en el mar de los trabajados
navegantes, no por eso dejaba en reposo  los que, en tierra firme,
peleaban en Francia, donde continuaban su combate sangriento los
sarracenos y los ingleses, y donde Reinaldo seguia acometiendo y
arrollando los escuadrones enemigos, cuyas banderas pisoteaba. Ya dije
que habia lanzado su Bayardo sobre el gallardo Dardinelo. Al ver
Reinaldo el blason que el hijo de Almonte ostentaba orgulloso en su
escudo, juzg que el que lo llevaba deberia ser un guerrero distinguido
con el que no podria desdearse de medir sus armas. Se ratific en esta
opinion cuando estuvo ms cerca de l y contempl los cadveres
amontonados en su derredor, por cuya causa dijo:--Fuerza ser cortar de
raiz esa mala yerba, antes de que crezca y produzca mayores males.

Por donde quiera que iba el Paladin, todos se apartaban abrindole ancho
paso; pues el cristiano sabia despejar el terreno tan bien como su
enemigo, con aquella fulminante espada, de todos temida. Cuando Reinaldo
vi que entre l y el msero Dardinelo no quedaba ya nadie, y que sus
soldados no se atrevian  seguirle, le grit:

--Jven, el que te leg ese escudo te di una herencia fatal. Voy 
probar, si eres capaz de hacerme frente, cmo defiendes esos cuarteles
rojos y blancos; pues si tu brazo es ahora dbil para resguardarte de
m, mucho ms lo seria si combatieras con Orlando.

Dardinelo respondi:

--En breve te persuadirs de que si llevo este blason es porque s
defenderlo, y porque estoy seguro de aumentar con mis acciones el brillo
del escudo que hered de mi padre. Aun cuando me ves tan jven, no creas
por eso que soy capaz de huir  de entregarte el escudo: antes que
apoderarte de l, me has de arrancar la vida; pero, en Dios confio que
suceder lo contrario. En fin, sea cual fuere mi suerte, nadie podr
censurarme por haberme hecho indigno de mis progenitores.

Y as diciendo acometi al caballero de Montalban espada en mano.

Un sudor frio hel la sangre que en derredor del corazon tenian los
africanos, cuando vieron  Reinaldo lanzarse sobre su seor con una
furia semejante  la del leon que se arroja en el prado sobre un novillo
que aun no ha sentido los deseos del amor. El Sarraceno fu el primero
en descargar un golpe, pero en vano intent abrir el yelmo de Mambrino.
Sonrise Reinaldo y exclam:

--Vas  ver cmo se encontrar las venas mejor que t.

A un tiempo mismo clav los acicates en su corcel y le tir de las
riendas, dirigiendo tan certera estocada contra Dardinelo, que,
entrndole el acero por el pecho, le sali la punta por la espalda. Al
sacar la espada, escapse el alma del Sarraceno mezclada con su sangre
por aquella ancha herida, y el cuerpo del infortunado cay frio y
desangrado del caballo.

Cual purprea flor que, tronchada por la reja del arado, languidece y
muere,  como la amapola que demasiado cargada de roco inclina en el
huerto la corola, as sali de esta vida Dardinelo, desapareciendo todo
color de su rostro: con su muerte desvanecise tambien el valor y la
audacia de los suyos; y as como las aguas,  veces contenidas 
encerradas por medio de algun artificio, suelen desbordarse con gran
estrpito, cuando les falta este apoyo, del mismo modo los africanos,
que estaban hasta cierto punto contenidos mientras su Dardinelo les
infundia algun valor, empezaron  huir en todas direcciones, apenas le
vieron caer exnime del caballo.

Reinaldo no se opuso  la huida de los que en ella fiaban su salvacion,
procurando que los imitaran los que pretendian resistirse aun.
Ariodante, que estuvo al lado de Reinaldo la mayor parte del dia, no
dejaba en pi un solo enemigo al alcance de su mano. Lionelo y Zerbino,
por su parte, continuaban su obra de exterminio, con un ardor siempre
creciente; y hasta el mismo Carlomagno y Olivero, Turpin, Guido, Salomon
y Ogiero cumplieron con su deber en aquella jornada, tan fatal para los
moros, que estuvieron  punto de perecer todos en ella. Pero el prudente
rey de Espaa hizo tocar retirada, y se alej con los restos de su
ejrcito: juzgando ms conveniente declararse vencido que perder vida y
hacienda, prefiri retirarse y salvar algunos batallones,  prolongar la
resistencia y ser causa de su completo exterminio. Hizo, pues,
retroceder sus banderas hcia el campamento moro, que estaba defendido
por fosos y trincheras, siguindole Estordilano, el rey de Andalucia, y
un numeroso escuadron de portugueses; y envi  decir al rey de Berbera
que se retirase del mejor modo posible, aadindole que si conseguia
salvar la persona y las posiciones ocupadas, deberia darse por muy
satisfecho.

Este monarca,  quien jams habia mostrado la Fortuna un rostro tan
cruel y adverso, y que estaba casi completamente derrotado, iba
perdiendo la esperanza de volver  ver  Biserta[127]; por lo cual se
tuvo por muy dichoso al saber que Marsilio habia puesto en seguridad una
parte de sus tropas. Empez, pues,  batirse en retirada haciendo que
retrocedieran sus banderas, y reuniendo sus escasos soldados.

     [127] Puerto del estado de Tnez, en otro tiempo uno de los mejores
     del frica.

Pero la mayor parte de estos se hicieron sordos al ruido de los clarines
y tambores y dems instrumentos blicos; y poseidos de un terror pnico,
cedieron  la cobarda y se precipitaron en el Sena, donde quedaron
ahogados muchos de ellos. El rey Agramante, Sobrino y sus capitanes ms
valientes se esforzaban en aminorar la derrota, corriendo y fatigndose
de una en otra parte, para conseguir que los fugitivos regresaran en
rden  sus trincheras; pero ni el Rey, ni Sobrino, ni capitan alguno
pudieron lograr,  pesar de sus afanes, de sus ruegos, y amenazas, que
se retiraran en pos de las banderas, no ya todos, sino ni la tercera
parte siquiera de los que huian. Lo menos perecieron  huyeron dos por
cada uno de los que quedaron, y aun estos no muy sanos; pues el que no
estaba herido en el pecho, lo estaba en la espalda, y todos molidos y
asendereados.

Perseguidos los sarracenos con tenacidad hasta sus mismas trincheras, no
habrian estado seguros tampoco en ellas,  pesar de las medidas que
tomaban para resistirse, pues Carlomagno sabia asir la ocasion por su
nico cabello, si no hubiese venido  suspender el combate la noche
tenebrosa, enviada quizs ms pronto que de ordinario por el Sumo
Hacedor, apiadado de sus criaturas. La sangre inundaba la campia, y
corriendo como un gran rio, cubria todos los caminos. Contronse hasta
ochenta mil hombres pasados  cuchillo aquel dia. Los campesinos y los
lobos salieron durante la noche de sus grutas  despojarlos los unos y 
devorarlos los otros.

El Emperador no volvi  entrar en la ciudad, sino que acamp fuera de
sus muros, asediando  los enemigos en sus tiendas, y disponiendo que
por todas partes se encendieran hogueras. Los paganos, por su parte,
abrieron nuevos fosos, levantaron nuevas trincheras y bastiones; los
jefes estuvieron constantemente vigilando el campo y recorriendo todos
los puestos para impedir que se durmieran los centinelas, y ni uno solo
abandon las armas en toda la noche. En el campamento de los
intranquilos sarracenos no dejaron de verterse lgrimas, y de exhalarse
suspiros y lamentos durante la noche, pero tan ahogados y contenidos
cuanto era posible. Los unos lloraban por la prdida de sus parientes 
amigos; los otros por el dolor que les causaban sus heridas  por las
incomodidades que padecian, y todos en general por temer una suerte
mucho ms funesta.

Entre los moros habia dos jvenes, de oscuro linaje, nacidos en
Tolemaida, cuya historia es digna de ser escrita, por haber ofrecido un
ejemplo raro de verdadero amor. Llambanse Cloridano y Medoro, y lo
mismo en la prspera que en la adversa fortuna habian profesado un
afecto sin lmites  Dardinelo, en cuya compaa pasaron  Francia.
Cloridano, que habia sido toda su vida cazador, reunia  su robustez una
notable agilidad. Medoro, que apenas acababa de salir de la pubertad,
conservaba todavia el cutis fresco, blanco y sonrosado: entre todos los
moros que habian acudido  aquella empresa no se conocia uno de rostro
ms bello y agradable: tenia los ojos negros, los cabellos blondos y
ensortijados, y parecia, en suma, un ngel descendido del celeste coro.
Ambos estaban de centinela en las trincheras, as como otros muchos,
vigilando por la seguridad del campamento,  la hora en que la Noche, 
la mitad de su carrera contemplaba al cielo con ojos soolientos. Medoro
no sabia hablar ms que de su seor, del desgraciado Dardinelo de
Almonte, lamentndose amargamente de que hubiese quedado tendido en el
campo sin vida y sin gloria. Vuelto hcia su compaero, le decia:

--Ay! Cloridano, no puedo expresarte el dolor que siento al pensar que
mi seor ha quedado tendido en la llanura, para servir probablemente de
pasto  los lobos y  los cuervos. Al recordar su benevolencia y su
humanidad para conmigo, me parece que aun cuando vertiera toda mi
sangre por l y por su fama, pagaria escasamente la inmensa deuda de mi
gratitud. As es que, no pudiendo resignarme  que permanezca insepulto
en medio del campo, voy  salir  buscarlo, y tal vez Dios permitir que
llegue sin ser descubierto hasta el sitio en que acampa ahora el rey
Carlos. Qudate t aqu; pues si en el cielo est escrito que he de
morir, podrs as dar cuenta de mi muerte; y ya que la Fortuna se oponga
 tan humanitaria obra, se har por lo menos justicia  mi buen corazon.

Estupefacto se qued Cloridano al ver tanto nimo, tanto amor y lealtad
tanta en un nio, y como sentia por l un grande afecto, procur
disuadirle de semejante propsito; pero fueron intiles todos sus
esfuerzos, porque un dolor tan verdadero como el de Medoro no se
consuela ni distrae fcilmente, y el jven estaba firmemente resuelto 
morir   dar sepultura al cadver de su seor. Viendo que nada podia
conmoverle ni obligarle  ceder, le respondi Cloridano:

--Siendo as, tambien ir yo; tambien yo quiero participar de tan
laudable accion, y como t deseo una muerte gloriosa. Qu cosa podria
serme ya agradable en este mundo, si me quedara sin t, Medoro mio?
Prefiero mil veces morir contigo peleando  perecer de desconsuelo, si
me privasen de t.

Tomada esta resolucion, esperaron su relevo, y en seguida se pusieron en
marcha. Saltando fosos y estacadas, llegaron en breve al campo de los
cristianos, que estaban sin recelo alguno, durmiendo tranquilamente, con
las hogueras apagadas, por no inspirarles ya temor los sarracenos, y
muchos de ellos tendidos entre las armas y los bagajes, llenos de vino
desde el estmago hasta los ojos. Cloridano se detuvo un momento
exclamando:

--Nunca se deben desperdiciar las ocasiones. Medoro, no te parece muy
oportuna la que se nos presenta para degollar  los que han asesinado 
nuestro seor? V  escuchar y  vigilar cuidadosamente los alrededores
por si alguien viniese  sorprendernos: entre tanto, te prometo abrirte
con mi espada ancho camino por medio de nuestros enemigos.

Apenas acab de pronunciar estas palabras, entr en la tienda donde
dormia el docto Alfeo, mdico, mgico y sbio astrlogo, que habia
llegado el ao anterior  la corte de Carlomagno: sirvile de poco su
ciencia astrolgica,  mas bien, le enga completamente en esta
ocasion; pues habindose predicho  s mismo que terminaria sus dias al
lado de su esposa despues de una avanzada ancianidad, expir al filo de
la espada del cauteloso sarraceno, que le atraves con ella la garganta,
 inmol despues otros cuatro guerreros al lado del adivino, sin darles
tiempo de pronunciar una palabra: Turpin no hace mencion de sus nombres,
ni la marcha de los siglos ha dejado la menor noticia de ellos. Tras
estos, di muerte  Palidon de Moncalieri, que dormia tranquilo entre
dos caballos; despues se dirigi adonde el misero Grilo yacia con la
cabeza apoyada en un tonel, despues de haberlo vaciado y de haberse
tendido esperando disfrutar en santa paz de un sueo plcido y
tranquilo. El atrevido sarraceno le cort la cabeza, y por la misma
herida empezaron  salir chorros de sangre y de vino, de cuyo lquido
tenia ms de un cubo en el cuerpo: soaba que estaba bebiendo todavia,
cuando Cloridano interrumpi su sueo de un modo tan trgico. Despues
hizo exhalar el ltimo aliento de dos solos golpes  Andropono, griego,
y  Conrado, aleman, que habian estado tomando el fresco una parte de la
noche, entretenidos con el jarro y los dados. Cun desgraciados fueron
en no continuar disfrutando de los mismos entretenimientos hasta que el
Sol hubiese vadeado el Indo! Pero el destino seria impotente con el
hombre si cada cual conociera el porvenir.

El cruel Pagano continuaba degollando sin piedad  nuestras gentes
dormidas, haciendo en ellas una espantosa carnicera, semejante  un
furioso leon estenuado y hambriento, que al encontrarse en un establo,
mata, extrangula, devora y destroza  las indefensas reses que estn
enteramente  su merced. Medoro aun no habia hecho uso de su espada por
desdearse de emplearla contra la innoble plebe; pero habiendo entrado
donde el duque de Albret dormia en brazos de su dama, tan estrechamente
enlazados el uno y la otra que ni el aire podria pasar entre ellos, les
cort la cabeza  cercen. Oh dulce muerte! oh suerte feliz! Sus almas
debieron volar al asiento que les estaba reservado; tan ntimamente
unidas como lo estaban sus cuerpos. Inmediatamente despues mat 
Malindo y  su hermano Ardarico, hijos del conde de Flandes: Crlos los
habia armado caballeros, y aadido las lises  sus blasones, al verlos
volver aquel dia vencedores y con los aceros teidos de sangre,
prometiendo adems cederles algunas tierras en la Frisia, como lo habria
cumplido  no estorbarlo Medoro.

Entrambos sarracenos habian ido avanzando hasta tocar  las tiendas de
los paladines, levantadas en torno de la del Emperador, la cual estaba
constantemente vigilada por alguno de aquellos. Al llegar all,
suspendieron los dos moros la matanza, y retrocedieron, por juzgar
imposible que todos ellos se hubiesen entregado al sueo. Aun cuando
pudieron retirarse cargados con un rico botin, pensaron ms en su propia
salvacion, de la que podrian darse por muy satisfechos. Cloridano se
encamin, seguido de Medoro, por donde suponia que el paso era ms fcil
 seguro, y llegaron por fin al campo de batalla, donde el pobre y el
rico, el prncipe y el vasallo, y los hombres y los corceles hacinados
en confuso monton, yacian en un lago de sangre entre los restos de
espadas, lanzas, escudos y ballestas. Aquella horrible mezcla de
cadveres, que cubria la llanura en toda su extension, hubiera hecho
intiles las pesquisas de los dos compaeros hasta la llegada del dia,
si la Luna, accediendo  las splicas de Medoro, no hubiese esparcido su
tnue claridad, apartando las nubes que la interceptaban. Medoro habia
fijado devotamente sus ojos en el cielo, exclamando:

--Oh santa Diosa,  quien con tanta justicia dieron nuestros
antepasados el nombre de Triforme[128]! T, que en el Cielo, en la
Tierra y en el Infierno ostentas tu belleza bajo mltiples formas; t,
que vas por las selvas siguiendo, cual cazadora, las huellas de las
fieras y de los mnstruos, indcame dnde yace confundido entre tantos
cadveres el cuerpo de mi Rey, que durante su vida imit tus santas
virtudes!

     [128] Los paganos dieron este nombre  la Luna, porque suponian que
     Hcate, hijo de Jpiter y Latona, representaba tres papeles
     diferentes, el de Luna en el cielo, Diana en la tierra y Proserpina
     en el infierno, y algunos la pintaban con tres cuerpos reunidos y
     una sola cabeza, pero con tres caras.

Ya fuese obra de la casualidad,  efecto de la santa lealtad de Medoro,
la Luna abrise paso  travs de las nubes, apenas termin el jven
sarraceno su plegaria, y apareci tan bella y radiante como el dia en
que despojada de todo velo se arroj en brazos de Endimion[129]. Su luz
le permiti ver distintamente  Pars, el campamento cristiano, el
sarraceno, el monte y la llanura, y ms all las colinas de los Mrtires
y de Montlery. Los rayos de la Luna se reflejaron con todo su esplendor
en el sitio en que yacia muerto el hijo de Almonte. Medoro, con el
rostro baado en llanto, se adelant hcia su querido seor,  quien
conoci por los colores rojo y blanco de su escudo, y reg la faz de
Dardinelo con sus amargas lgrimas, que cual dos rios brotaban de sus
ojos, con tan dulce actitud, con lamentos tan tiernos, que los vientos
se hubieran detenido para escucharlos; y aun cuando los exhalaba en voz
baja y apenas perceptible, no era tanto por temor de perder la vida, si
llegasen  oirle, pues ms bien era para l una odiosa carga de la que
deseaba verse libre, cuanto por recelo de que le impidiesen llevar 
cabo el deber piadoso que all le habia conducido. Medoro y Cloridano
colocaron sobre sus hombros el inanimado cuerpo de Dardinelo,
participando ambos de su peso, y se alejaron tan precipitadamente como
se lo permiti la preciosa carga que llevaban.

     [129] Pastor fabuloso de Caria, de una gran belleza,  quien
     Jpiter conden  un sueo eterno por haber osado atentar al honor
     de Juno. La Luna,  Diana, concibi por l una ardiente pasion
     mientras dormia, y le transport  una gruta del monte Latmos,
     donde iba con frecuencia  visitarle.

Acercbase ya el seor de la luz alejando del Cielo  las estrellas y de
la Tierra  las sombras, cuando Zerbino, cuyo ardiente valor alejaba el
sueo de sus prpados siempre que era necesario, regresaba al campamento
al amanecer, despues de haber estado persiguiendo  los moros toda la
noche. Los caballeros que le acompaaban divisaron desde ljos  los dos
infieles, y se lanzaron en tropel hcia ellos, esperando alcanzar honra
y provecho.

--Hermano, dijo Cloridano, forzoso nos ser abandonar nuestra carga y
emprender la fuga; pues no seria muy prudente que dos vivos se perdieran
por salvar un muerto.

Y al decir estas palabras solt su parte de carga, creyendo que Medoro
imitaria su ejemplo; pero el contristado jven, que profesaba  su seor
mayor cario que Cloridano, lo acomod del todo sobre sus hombros,
mientras su compaero se alejaba precipitadamente como si Medoro fuera 
su lado  detrs de l: si hubiera podido sospechar que lo abandonaba
de tal suerte, habria arrostrado por defenderle no una, sino mil
muertes.

Los caballeros, decididos  apoderarse de los fugitivos   matarlos si
no se rendian, fueron esparcindose por la llanura, y ocupando todas las
salidas por donde aquellos pudiesen escapar: el mismo Zerbino, sin
separarse mucho de ellos, se mostraba ms solcito y ardoroso que
ninguno en la persecucion, porque al ver la actitud sospechosa de los
dos amigos, no dud que pertenecieran al ejrcito enemigo. En aquel
tiempo existia cerca de all una selva antigua, poblada de espesas
plantas y de arbustos y cubierta de inextricables senderos, que formaban
una especie de laberinto, hollados tan solo por la planta de las fieras.
Los dos paganos abrigaban la esperanza de penetrar en ella,  fin de
guarecerse y ocultarse entre el enmaraado ramaje; pero el que escuche
con agrado mi canto, queda invitado para oir ms adelante su
continuacion.




CANTO XIX.

     Anglica prodiga sus cuidados  Medoro herido, y despues de curado,
     se desposa con l, partiendo ambos para el Cathay.--Marfisa y sus
     tres compaeros llegan  Layax despues de muchos trabajos.--Guido
     el salvaje, reducido  la esclavitud por las impas mujeres que en
     aquella costa dominaban, combate con Marfisa, ofrecindole despues
     hospitalidad en su palacio, juntamente con sus compaeros.


El hombre  quien sonrie continuamente la fortuna no puede saber nunca
si es verdaderamente amado, porque cuantos le rodean, ya sean amigos
falsos  leales, le demuestran el mismo afecto. Pero si su posicion se
cambia de prspera en adversa, entonces huyo de l la turba aduladora,
quedando nicamente  su lado el que le ama tan de corazon, que la
muerte del objeto amado no es bastante para desvanecer su cario. Si
pudiera verse el corazon humano como se v el rostro, muchos de los que
en la corte son atendidos y reverenciados, y oprimen y escarnecen con su
poder  los dems, verian ocupado su puesto por los que gimen en la
desgracia; el humilde no tardaria en alcanzar las mayores dignidades, al
paso que el soberbio quedaria confundido entre la escoria del pueblo.

Pero volvamos  Medoro, al sbdito leal y agradecido, que profes un
especial cario  su seor, as en vida como en muerte.

El infeliz jven iba buscando el medio de salvarse por los intrincados
senderos de aquel bosque; pero agobiado bajo el peso del cadver de
Dardinelo, no acertaba  encontrar un refugio; y como, por otra parte,
le era completamente desconocido el terreno, se extraviaba con
facilidad, y cuanto ms caminaba, ms se perdia entre la maleza y las
zarzas. Cloridano se encontraba ljos de l y en seguridad, pues
hallndose ms desembarazado, consigui llegar  un sitio desde donde no
percibia el rumor que producian sus perseguidores: repar entonces en
que Medoro no le seguia, y sintiendo que con l habia dejado tambien el
corazon, exclam poseido de la mayor angustia:

--Ay de m! Cmo he podido ser tan negligente,  perder la razon hasta
el extremo de encontrarme aqu, Medoro mio, sin tenerte  mi lado y sin
saber cmo ni dnde te he dejado?

As diciendo, volvi  internarse en los tortuosos senderos de aquella
selva inextricable, y  desandar el camino andado, corriendo  ciencia
cierta en pos de la muerte. Percibi otra vez el rumor de las pisadas de
los caballos, y los gritos amenazadores de los enemigos; conoci luego
la voz de Medoro, y por fin le vi solo,  pi y rodeado de numerosos
ginetes. Lo menos eran cien guerreros  caballo los que le tenian
cercado: Zerbino los mandaba, y orden que le prendieran: el infeliz
daba vueltas de ac para all, procurando defenderse cuanto le era
posible, y buscando un refugio detrs de las encinas, de los olmos, de
las hayas  de los fresnos, sin abandonar un momento su preciosa carga.
Por ltimo, coloc sobre la yerba el cuerpo de su seor, conociendo que
no le era posible continuar de aquel modo, y prosigui defendindolo,
semejante  la osa que al verse atacada por el cazador en su peascosa
guarida, cobija con su cuerpo  sus hijuelos, estremecindose  la vez
de amor y de rabia, y dudando qu partido tomar; pues mientras su ira y
sus feroces instintos la invitan  servirse de sus garras y 
ensangrentar sus labios, su cario maternal la detiene y la obliga 
continuar contemplando  sus cachorros con ternura.

Cloridano, que no sabia cmo auxiliar  su amigo, pero que estaba
dispuesto  morir  su lado, si bien decidido  exterminar el mayor
nmero de contrarios que le fuera posible antes de exhalar el ltimo
aliento, coloc en el arco uno de sus agudos venablos, y desde su oculto
retiro, hizo tan buen uso de l, que atraves  un escocs el cerebro,
derribndole sin vida del caballo. A un mismo tiempo se volvieron todos
hcia el sitio de donde habia salido la flecha homicida, y en el acto
dispar el sarraceno otra saeta, matando  un segundo escocs, el cual,
mientras preguntaba  sus compaeros quin habia herido al primero,
gritando y gesticulando, fu alcanzado por el nuevo dardo, que le
atraves la garganta, cortndole el uso de la palabra. Zerbino no pudo
soportar con paciencia la muerte simultnea de los suyos, y se dirigi
furioso  Medoro, diciendo: Tu muerte nos vengar.--Cogi al jven por
sus rubios cabellos y le atrajo violentamente hcia s; pero al fijar la
vista en aquel hermoso rostro, se apiad de l y no le mat. El jven le
dijo entonces con ademan suplicante:

--Caballero, por tu Dios te ruego que no seas cruel, y me concedas el
favor de sepultar el cuerpo de mi Rey. No deseo merecer de t otra
compasion, ni creas tampoco que me importe la vida, pues no deseo
existir ms tiempo del necesario para enterrar el cadver de mi seor.
Despues, si ests poseido del furor del Tebano Creonte, podrs, si as
te place, despedazar mis miembros y esparcirlos para que sirvan de pasto
 las fieras y  las aves de rapia; pero antes, permteme que sepulte
al hijo de Almonte.

As dijo Medoro, con dulce voz y con palabras capaces de conmover  un
monte: Zerbino empezaba ya  sentir hcia el jven sarraceno un grande
afecto y una compasion infinita; cuando un guerrero brbaro, sin respeto
alguno  su prncipe, clav su impa lanza en el pecho del desgraciado y
suplicante Medoro. Disgustado qued Zerbino por aquella accion tan cruel
como insensata, y mucho ms al ver que la violencia del golpe derrib en
tierra al sarraceno, plido y sin sentido, por lo cual juzg que habia
muerto instantneamente. La irritacion y el dolor de Zerbino fueron
tales, que exclamando: No quedars sin venganza, arremeti lleno de
saa al autor de aquella triste hazaa; pero este esquiv el cuerpo, y
desapareci de su presencia con la velocidad del relmpago.

Apenas vi Cloridano que su Medoro caia en tierra, sali del bosque,
para combatir  pecho descubierto; arroj ljos de s el arco, y ciego
de ira, se lanz espada en mano contra sus enemigos, ms bien por
encontrar la muerte, que con la esperanza de vengarse de un modo que 
su clera igualara. No tard en enrojecer el suelo con su sangre; vi
prximo su fin, y apenas sinti que le abandonaban las fuerzas, se dej
caer al lado de su Medoro. Los escoceses se alejaron entonces del
bosque, siguiendo  su despechado prncipe, y dejando  los dos moros,
sin vida el uno, y casi muerto el otro.

El infeliz Medoro estuvo mucho rato arrojando tan copioso raudal de
sangre por su herida, que hubiese muerto indudablemente  no haber
recibido un auxilio oportuno. Tropez casualmente con l una doncella,
cubierta de humildes y pastoriles vestiduras, pero de regio talante, de
rostro bello, de distinguidos modales y continente honesto. Como hace
mucho tiempo que no me he ocupado de ella, apenas os ser posible
conocerla: era, si acaso no lo sabeis, Anglica, la altiva hija del gran
Can del Cathay. Cuando recobr el anillo que Brunel le habia arrebatado,
creci tanto su orgullo y su arrogancia, que parecia desafiar al mundo
entero; viajaba sola, desdendose de aceptar la compaa de todo
caballero, por famoso que fuese, y avergonzndose al recordar que habia
admitido como amantes  Sacripante y  Orlando. Lo que sobre todo
aumentaba su enojo era el recuerdo de haber querido bien  Reinaldo,
juzgando que se habia envilecido demasiado al fijar sus ojos en un
caballero tan distante de su alcurnia. Pero irritado el Amor por tan
desmesurada arrogancia, no quiso tolerarla por ms tiempo, y oculto
donde yacia Medoro, esper  la jven con la flecha preparada en el
arco.

Cuando Anglica vi  aquel jovencillo herido, cuya vida se iba
extinguiendo por momentos, y que se lamentaba menos de su suerte que de
dejar insepulto el cuerpo de su rey, sinti que se abria paso en su
corazon por vias desconocidas hasta entonces una piedad inslita,
apoderndose de ella una dulce compasion, que se aument al escuchar el
relato que de sus cuitas le hizo Medoro. Procur entonces recordar los
secretos de la ciruja que aprendiera en la India; pues, segun parece,
este es un estudio noble, digno y encomiado en aquellas regiones, donde
sin revolver libros ni papeles se trasmite de padres  hijos; y se
dispuso  procurar su curacion, valindose al efecto de los jugos de
algunas yerbas. Record haber visto en una pradera inmediata una planta
saludable, quizs el dctamo  la panacea,  otra cuyo nombre ignoro,
pero de efecto tan seguro, que restaa la sangre y hace desaparecer el
dolor y la inflamacion de las heridas: corri  cogerla, y volvi
presurosa al lado de Medoro. En el camino encontr  un pastor, que
venia  caballo por el bosque buscando una ternera, que hacia dos dias
se habia alejado del rebao y vagaba sola por aquellos contornos.
Anglica le condujo al sitio en que Medoro iba perdiendo las fuerzas con
la sangre que manaba de su pecho, en la que habia empapado el suelo de
tal modo, que estaba prximo  perder la vida.

La doncella se ape de su palafren,  hizo que el pastor se apeara
asimismo del suyo: machac despues la yerba entre dos piedras, la cogi
en seguida y exprimi su jugo en el hueco de su mano; lo aplic  la
herida, y frot adems con l el pecho, el vientre y las piernas del
moribundo, siendo tan eficaz el remedio, que ces la sangre de brotar.
Medoro recobr algun tanto el vigor perdido, y al poco rato le fu
posible subir sobre el caballo del pastor. Sin embargo, el jven
sarraceno no consinti en apartarse de aquel sitio sin dejar sepultado
el cuerpo de su seor: hizo, pues, que le enterraran y  Cloridano con
l, y entonces ya no opuso resistencia  marcharse adonde le quisieron
conducir. En breve llegaron  la humilde morada del complaciente pastor,
donde Anglica, llevada de su piedad, continu al lado del herido, sin
querer separarse de l hasta su curacion completa: tan grande era su
naciente afecto, y tanta la compasion que sinti hcia el jven cuando
le vi tendido en el suelo y casi muerto! Conforme fu apreciando poco 
poco las gracias y la belleza de Medoro, sinti su corazon minado por la
lima sorda de su pasion, hasta que por ltimo se abras en amoroso
fuego.

El pastor habitaba con su mujer y sus hijos una cabaa bastante buena y
agradable, de nueva y reciente construccion y situada en el bosque entre
dos colinas. All fu donde la doncella,  fuerza de cuidados, logr
curar en breve la herida de Medoro; pero sintiendo  su vez y en menos
tiempo los crueles efectos de una herida mucho mayor y ms profunda, que
habia abierto en su corazon el dardo invisible, disparado por el nio
alado desde los hermosos ojos y blondos cabellos de Medoro. Consumala
un ardor siempre creciente; pero olvidando su propio padecimiento, solo
se ocupaba en atender solicita al mismo que era causa de su quebranto. A
medida que la herida del sarraceno se iba cerrando, se abria y empeoraba
la de Anglica: san por fin el jven, al paso que  ella la iba
extenuando la fiebre con su temblor, ya helado, ya sofocante. De dia en
dia recobraba Medoro su marchita belleza, y de dia en dia iban
desvanecindose los sonrosados colores de la doncella, como suele
desvanecerse la nieve del invierno ante los templados rayos del sol de
primavera. Forzoso le era, pues, tomar una pronta determinacion, si no
queria que la hiciesen perecer sus fogosos deseos; y por lo mismo
comprendi que no debia esperar ms  que otro le ofreciese lo que
anhelaba ansiosa; y olvidando las leyes del pudor, pidi  Medoro, con
voz resuelta y atrevida mirada, que aplicase el remedio necesario  un
mal que l mismo le habia causado sin saberlo.

Oh conde Orlando! Oh rey de Circasia! De qu os sirve vuestro nclito
valor? Cul es la recompensa de vuestra gloria y renombre? Qu
galardon adquirs por vuestros servicios? Decidme si obtuvisteis alguna
vez el ms insignificante favor en premio de cuanto por ella habeis
sufrido. Oh rey Agrican! Si pudieras volver  la vida, cul no seria
tu humillacion al presenciar la conducta de Anglica, t, para quien
ella fu siempre desdeosa, rechazndote cruel  inhumanamente! Oh
Ferrags! Oh numerosos adalides que no nombro, y que llevsteis  cabo
mil inclitas proezas por aquella ingrata, con cunta desesperacion no la
contemplariais ahora en brazos de su amante!

Anglica dej cojer  Medoro aquella flor que nadie habia tocado hasta
entonces, porque nadie habia sido tan afortunado que pudiese hollar tan
maravilloso jardin. Sin embargo, para cohonestar hasta cierto punto
aquella union, se celebr con ceremonias santas el matrimonio, bajo los
auspicios del amor, y siendo prnuba la mujer del pastor. Celebrronse
las bodas bajo aquel rstico techo con la mayor solemnidad que fu
posible, y por espacio de un mes se entregaron ambos amantes  los
tranquilos deleites de su pasion. Anglica no podia estar un momento
separada de su Medoro; no se cansaba de acariciarle; y  pesar de verse
continuamente en sus brazos, sus deseos y sus voluptuosos impulsos
renacian sin cesar. Ya permaneciera en la cabaa, ya saliera fuera de
ella, tenia dia y noche  su lado al hermoso

     [Ilustracin: Anglica no se cansaba de contemplar al jven Medoro.

     (Canto XIX.)]

jven; por maana y tarde iban buscando un retiro agradable junto  las
orillas de los rios,  por las verdes praderas,  bien, para librarse de
los ardores del sol del medio dia, se refugiaban en una cueva, tan grata
y cmoda quizs como la que sorprendi los secretos de Eneas y Dido,
cuando iban huyendo del agua[130]. En los momentos en que les permitian
alguna tregua sus expansiones amorosas, se entretenian en grabar sus
nombres con una aguja  un cuchillo en el tronco de algun rbol, cuyo
ramaje prestara amena sombra  un manantial   un arroyuelo; en las
rocas cuya dureza no era tanta que lo impidiese; en las paredes de la
cabaa y en mil distintos sitios; de suerte que por todas partes se
encontraban los nombres de Anglica y Medoro escritos y entrelazados de
diferentes maneras.

     [130] Habiendo llegado Eneas  Cartago despues de la destruccion de
     Troya, presentse  Dido, reina de aquel pas, la cual se enamor
     de l, y deseosa de ofrecerle distracciones, le invit  una
     caceria. Sorprendidos en ella por una copiosa lluvia, que oblig 
     huir  sus compaeros en todas direcciones, Eneas y Dido se
     refugiaron en una cueva, y encontrndose solos en ella, se
     entregaron sin reserva  su amor, que fu despues causa del
     suicidio de Dido, al verse abandonada por Eneas.

Cuando Anglica se apercibi de que su residencia en la cabaa del
pastor iba prolongndose demasiado, se dispuso  regresar  la India
para ceir  Medoro la brillante corona del Cathay. La jven llevaba en
el brazo haca mucho tiempo un brazalete de oro, enriquecido de piedras
preciosas, como recuerdo y testimonio del afecto que le profesaba el
conde Orlando. Aquel brazalete se lo habia dado Morgana  Zeliante, 
quien tenia cautivo en un lago; y este, cuando volvi  los brazos de su
padre Monodante, merced al arrojo y al valor de Orlando, se lo regal 
su libertador, el cual, enamorado ya de Anglica, lo acept con la
intencion de ofrecrselo  su amada. La jven estimaba aquel brazalete
como pudiera estimar el ms preciado objeto, pero no por amor al
paladin, sino por el incomparable valor y esmerado trabajo de la joya.
Consigui conservarlo en la isla del llanto, aunque no sabr deciros por
qu medio, cuando los ebudos crueles  inhospitalarios la expusieron
enteramente desnuda  la voracidad de un mnstruo marino. No teniendo,
pues, otra cosa que ofrecer al buen pastor y  su mujer en pago de la
hospitalidad y de los servicios que les habian ofrecido con tanta
solicitud desde el dia en que se refugiaron en la cabaa, sacse el
brazalete del brazo, y se lo entreg, rogndoles que lo admitiesen en
obsequio suyo, y acto contnuo se dirigieron hcia los montes que
separan la Francia y la Espaa.

Pensaban esperar algunos dias en Valencia  Barcelona  que saliese
algun buque con rumbo al Oriente. Al llegar  la cumbre de aquellas
elevadas montaas, descubrieron ms all de Gerona el dilatado mar, cuya
playa fueron costeando hcia la izquierda siguiendo el frecuentado
camino de Barcelona. Pero antes de llegar  esta ciudad, vieron tendido
en la playa  un hombre, con el rostro, el pecho y la espalda tan scios
y tan llenos de lodo  inmundicia que parecia un cerdo; el cual, apenas
divis  los dos jvenes, se precipit sobre ellos como se precipita un
perro sobre personas desconocidas, causndoles un susto y una afrenta
inesperada.

Mas vuelvo  ocuparme de Marfisa, de Astolfo, de Aquilante, de Grifon y
de los dems navegantes que, en presencia de la muerte, rendidos y
extenuados de cansancio, no podian contrarestar los embates del mar
embravecido. La tormenta, cada vez ms soberbia y arrogante, continuaba
amenazndoles con sus furores; y  pesar de que su saa duraba ya tres
dias, no daba seal ni indicio de aplacarse. Las monstruosas olas y los
vientos desencadenados habian destrozado el castillo de popa y las
gavias; lo que el vendabal dejaba en pi, era cortado y arrojado al mar
por los mismos marineros. Mientras unos, inclinados sobre la carta
marina, marcaban el rumbo que seguian  la escasa luz de una pequea
linterna, otros permanecian en la bodega, examinndolo todo atentamente,
alumbrados por una antorcha, y otros en la popa  en la proa cuidaban
del reloj de arena, consultndolo cada media hora para saber el tiempo
trascurrido y la rapidez de la marcha del buque. Por ltimo, cada cual,
provisto de su correspondiente carta marina, pas sobre cubierta  fin
de dar su parecer en el consejo  que los habia convocado el capitan.
Uno de ellos sostenia que se encontraban prximos  las sirtes de
Limiso[131], segun lo que de sus clculos deducia; otro, que estaban
cerca de los agudos peascos de la costa de Trpoli, donde el mar
estrella frecuentemente  los buques; y alguno aseguraba que se hallaban
perdidos en las aguas de Satalia, terror de los marineros. Cada cual
apoyaba su opinion con diferentes razones, pero todos sentian la misma
inquietud  igual temor.

     [131] Puerto de mar de la isla de Chipre, donde existen bancos de
     arena y piedras peligrosas para los navegantes.

Al tercer dia, el viento les atac con ms furia, y el mar se mostr ms
airado: el primero desgaj y se llev el trinquete; una monstruosa
oleada del segundo arrebat el timon y el timonel. Hubiera sido preciso
un corazon ms fuerte que el mrmol y ms duro que el acero para
resistir al temor; y hasta la misma Marfisa, tan valiente en todas
ocasiones, no pudo menos de confesar que aquel dia tuvo miedo. Por de
contado que no faltaron promesas de ir en peregrinacion al monte Sina,
 Santiago de Galicia,  Chipre,  Roma, al Santo Sepulcro,  la Vrgen
de Ettino y otros sitios clebres, si salian con bien de tan apurado
trance. El bajel continuaba entre tanto siendo juguete de las olas, las
cuales lo elevaban  veces hasta las nubes: el piloto habia hecho picar
el artimon para oponer menos blanco  los embates del viento, y
juntamente con los cajones, los fardos de ricas mercaderas y cuantos
objetos de algun peso existian  bordo, lo arroj  merced de las olas.
En seguida se pusieron unos  manejar la bomba,  fin de extraer de la
nave el agua que iba haciendo, y devolvian al mar lo que del mar habia
salido, al paso que otros se ocupaban en la bodega en reparar las
averas causadas por las olas en el casco del buque.

Cuatro dias permanecieron entregados  tantos trabajos y  tan mortal
angustia, sin que supieran adonde volver los ojos para hallar un
refugio; pero en el momento en que parecia que el mar iba  triunfar de
sus esfuerzos por poco que hubiese continuado en su insistente furor,
abrieron sus corazones  la esperanza al ver el deseado fuego de San
Telmo, que apareci sobre la obra muerta de proa, por no quedar ya
entenas ni masteleros. Todos los navegantes cayeron de rodillas ante los
resplandores de aquellas bellas luces y pidieron al cielo con ojos
hmedos y tembloroso acento que se calmase el mar y tornara la bonanza.
La tempestad, tan pertinaz hasta entonces, no sigui adelante; el
mistral ya no les molest en la travesa; pero el Sud-Oeste, cual tirano
del mar, lanzaba por su negra boca tan impetuosos resoplidos que las
olas se sucedian con rapidez increible unas  otras, semejantes  un
devastador torrente,  impelian al buque con la velocidad del halcon que
hiende los aires, con gran espanto del piloto que temia verse arrastrado
hasta el fin del mundo, destrozado  sumergido en el abismo. El experto
marino arbitr, sin embargo, un pronto remedio, y dispuso que se
amarraran  la popa cables gruesos y slidos de los cuales se colgaron
las anclas, procurando de este modo disminuir en sus dos terceras partes
la marcha de la nave. Esta maniobra, unida al auxilio del que hizo
descender  la proa el fuego de San Telmo, produjo el efecto deseado y
salv al buque, prximo  zozobrar, haciendo que se deslizara por alta
mar con mayor seguridad.

Poco despues se encontraron en el golfo de Layas, en la costa de Siria,
 la vista de una gran ciudad, y tan cerca de la playa, que se
distinguian perfectamente los dos castillos situados  la entrada del
puerto. Mas en cuanto el piloto conoci el sitio en que se encontraba,
qued aterrado, porque all no se atrevia  echar las anclas, ni le era
posible huir ni permanecer al pairo. Y en efecto, cmo conseguirlo con
un bajel que habia perdido los mstiles, las gavias, las vergas, y cuyo
casco estaba medio destrozado por los redoblados y furiosos golpes de
mar que habia sufrido? Desembarcar en aquella costa era lo mismo que
suicidarse  condenarse  un perptuo cautiverio; porque todos cuantos
habian saltado en ella por equivocacion  conducidos por su adversa
fortuna, habian perdido la vida  la libertad. Tampoco era conveniente
malgastar el tiempo en vacilaciones; porque se exponian  que los
habitantes de aquel pas saliesen con sus buques armados en corso 
atacar una nave, no ya incapaz de resistirse, sino hasta de navegar.

Mientras el piloto luchaba en tan penosa indecision, aproximse  l el
duque Astolfo, y le pregunt la causa de ella, as como la de no haber
entrado ya en el puerto. Contestle el marino que toda aquella costa
estaba habitaba por mugeres homicidas, cuya costumbre, observada durante
largos aos, era la de esclavizar  dar la muerte  todo el que saltaba
en tierra. Aadi que nicamente se libraba de tan triste suerte el que
fuese capaz de vencer cuerpo  cuerpo  diez guerreros, y de satisfacer
por la noche el apetito carnal de otras tantas doncellas: si el que
salia bien de la primera prueba, no podia cumplir con la segunda,
perecia irrevocablemente, y sus compaeros se veian obligados  cultivar
los campos   custodiar ganados. El que consiguiera salir triunfante de
una y otra prueba, lograba la libertad de sus compaeros; mas no as la
suya, pues habia de tomar por esposas  diez mujeres, elegidas segun sus
deseos.

Astolfo no pudo contener la risa al oir una costumbre tan rara.
Acercronse despues Sansoneto, Marfisa, Aquilante y su hermano, y el
piloto les refiri del mismo modo la causa que le tenia apartado del
puerto. Prefiero mil veces, les dijo, sepultarme entre las olas, 
gemir bajo el yugo de la esclavitud.

Los marineros y dems navegantes fueron del parecer del piloto; pero
Marfisa y sus compaeros opinaron de distinto modo, por creer que
estarian ms seguros en la tierra que en el mar; afirmando que les
importaba menos verse rodeados de cien mil espadas, que exponerse  ser
de nuevo juguete de las embravecidas olas; pues contra estas de nada les
servian sus armas, al paso que, mientras pudieran manejarlas, su valor
arrostraria impvido los peligros de aquel pas  de cualquier otro del
mundo. Deseaban, pues, los guerreros saltar en tierra, y especialmente
el Duque ingls, por estar persuadido de que apenas dejase oir los
sonidos de su trompa, dispersaria  sus agresores. Una parte de los
navegantes aprobaba este proyecto; le censuraba la otra, ocasionndose
las disputas consiguientes  esta diferencia de opiniones, cuando por
ltimo, los primeros, que eran los ms numerosos, obligaron al piloto 
tomar tierra mal de su grado.

En cuanto vieron desde la ciudad  nuestros navegantes adelantarse en
demanda del puerto, prepararon una galera provista de mucha chusma y de
marineros expertos, la cual se dirigi al encuentro de la triste nave en
que se agitaban tan opuestos pareceres; y amarrando  su elevada popa la
proa de aquella, la sacaron fuera del impo mar. Entraron en el puerto 
remolque, y  fuerza de remos ms bien que  favor de las velas, porque
el viento se las habia arrebatado durante la tempestad pasada. Entre
tanto, los caballeros se vistieron su armadura, cieron su fiel espada y
procuraron reanimar con sus palabras consoladoras el abatido espritu
del piloto y dems compaeros de viaje.

El puerto, que era semicircular, tenia ms de cuatro millas de
circunferencia; su entrada unos seiscientos pasos de anchura, y en cada
uno de los extremos de la media luna que formaba se elevaban dos
fortalezas. Estaba al abrigo de todos los vientos, excepto al Mediodia,
y la ciudad se levantaba en anfiteatro por la pendiente de una colina.

No bien fonde en dicho puerto aquella embarcacion, de cuyo arribo se
tenia ya noticia por toda la comarca, cuando se presentaron en l seis
mil mujeres en hbitos guerreros y empuando sus arcos, al mismo tiempo
que para impedir toda evasion, se cerraba la entrada del puerto con
naves y cadenas, colocadas de una  una otra fortaleza, las cuales
estaban constantemente preparadas para uso semejante. Una de aquellas
mujeres, que por su edad podria compararse  la Sibila de Cumas[132]  
la madre de Hctor[133], llam al piloto, y le pregunt si querian
dejarse quitar la vida,  si preferian inclinar su cabeza bajo el yugo
de la servidumbre, siguiendo la costumbre establecida. Forzoso les era,
pues, elejir entre la esclavitud  la muerte.

     [132] La Sibila de Cumas, una de las diez que se conocieron, fu en
     su juventud amada de Apolo. Deseando este Dios conceder una gracia
      su amada, le dijo un dia que le pidiese lo que quisiera; y ella,
     cogiendo un puado de arena, le pidi vivir tantos aos cuantos
     eran los granos de arena que tenia en la mano, lo cual le fu
     otorgado; pero habindose olvidado de pedir que no desapareciera su
     juventud, transformse de tal modo con el tiempo, que abandonada
     del cuerpo, no qued de ella ms que la voz.

     [133] Esta fu Hcuba, segunda mujer de Pramo, rey de Troya.
     Despues de la destruccion de su patria, pas  Tracia para ver  su
     rey Polimnestor,  quien Pramo habia confiado uno de su hijos, y
     sabiendo que habia mandado asesinarlo, se veng del rey sacndole
     los ojos ayudada por algunos troyanos. Los tracios les persiguieron
      pedradas, y Hcuba, fuera de s, corri tras aquellas piedras
     mordindolas, y de improviso se hall transformada en perra; quiso
     abrir la boca para quejarse, pero dej oir furiosos aullidos, que
     resonaron durante mucho tiempo por los campos de la Tracia.

--Sin embargo, aadi, si hay entre vosotros algun hombre tan animoso y
fuerte, que se atreva  combatir contra diez de los nuestros y consiga
vencerlos, y est dispuesto adems  servir de esposo por la noche 
diez doncellas, le reconoceremos por nuestro prncipe, y vosotros
podreis marcharos enteramente libres  permanecer aqu, segun vuestra
voluntad; pero advirtiendoos, que el que quiera quedarse y ser libre, ha
de desposarse con diez mujeres. Mas si el campeon que elijais para
luchar con nuestros diez guerreros llega  ser vencido  sale mal de la
segunda prueba, vosotros quedareis esclavizados y l perecer.

Donde la vieja esperaba hallar temor, encontr, por el contrario,
animosos brios; pues cada uno de los caballeros se creia con fuerzas
para salir airoso de una y otra prueba. Marfisa deseaba como los dems
tomar parte en la empresa, pues si bien estaba persuadida de que no
podria cumplir con la segunda condicion, esperaba suplir con su espada
lo que la naturaleza no le permitia. Puestos, pues, de acuerdo nuestros
caballeros, encargaron al patron que contestara, que entre ellos no
faltaban guerreros capaces de arrostrar en la plaza y en el lecho los
peligros de las condiciones impuestas.

Aproximse el buque  tierra, le amarraron con slidos cables, y echaron
el puente, por el que desembarcaron los caballeros provistos de sus
armas y llevando sus corceles del diestro. En seguida atravesaron la
ciudad en medio de una multitud de doncellas de aspecto altanero, que se
entretenian en cabalgar por las calles con los vestidos recogidos, y en
manejar las armas por las plazas como guerreros. Por respeto  la
antigua costumbre de que he hablado, tenian prohibido los hombres de
aquel pas calzar espuelas, ceir espada, ni usar arma alguna, excepto
los diez designados para sostener el combate. Todos los dems estaban
dedicados  manejar la lanzadera, la rueca, el huso, la aguja y el
peine, cubiertos con trajes mujeriles, que les llegaban hasta los pis y
les daban un aspecto muelle y afeminado. Algunos arrastraban una cadena,
como seal de su profesion de labriegos  pastores. Los varones
escaseaban tanto en tan singular comarca, que seguramente no podrian
reunirse en todas sus ciudades y villas cien hombres por cada mil
mujeres.

Los caballeros convinieron en que la suerte decidiera cul de ellos
habia de luchar con los diez campeones en la plaza y con las diez
doncellas en diferente palenque por la salvacion comun, habiendo
resuelto de antemano que no entrara en suerte Marfisa, persuadidos de
que tropezaria con una dificultad insuperable en la prueba de la noche,
para la que la hacia inhbil su sexo; pero la jven guerrera no quiso
consentir en ello, y precisamente fu la designada por la suerte.
Marfisa les dijo entonces:

--Os ofrezco perecer en la demanda antes que por m os veais sumidos en
la esclavitud: por esta espada os juro (y mostr el acero que llevaba
ceido al costado), que sabr deshacer todos los obstculos, del mismo
modo que Alejandro deshizo el nudo gordiano. Estoy resuelta  lograr que
en lo sucesivo, y hasta el fin de los siglos, ningun extranjero tenga
que lamentarse de haber llegado  este pas.

As dijo, y no pudiendo sus compaeros oponerse  la decision de la
suerte, entregaron su libertad y su salvacion en manos de la guerrera,
que armada de pis  cabeza, se present en el terreno del combate.

En la parte ms elevada de la poblacion existia una plaza circular,
rodeada de asientos de piedra, y exclusivamente destinada  esta clase
de combates,  los torneos,  las luchas y dems regocijos pblicos, y
cerrada por cuatro puertas de bronce. Una multitud considerable de
mujeres armadas se coloc en aquellas graderas, despues de lo cual
hicieron entrar  Marfisa. La jven se present montada en un arrogante
caballo tordo rodado, de cabeza pequea y fogosa mirada, de paso seguro
y soberbio, y de magnfica estampa. El rey Norandino lo habia elegido en
Damasco como el ms hermoso y gallardo de entre otros mil que tenia para
su uso, y se lo habia regalado  Marfisa.

Entr esta en el palenque por la puerta del Sur, en el momento en que el
Sol llegaba  la mitad de su carrera: pocos momentos despues resonaron
por todos los mbitos de la plaza los ecos agudos de los clarines, y vi
que por la puerta del Norte penetraban en ella sus diez contrarios. El
guerrero que venia al frente valia al parecer ms que los otros nueve
reunidos. Presentse en el palenque cabalgando sobre un gran corcel, ms
negro que el cuervo de plumaje ms oscuro, excepto la frente y la pata
trasera izquierda, en las que se veian algunas manchas blancas. El
color de la armadura del caballo, tan negra como el caballero, parecia
indicar que as como el blanco estaba en mucha menos proporcion que el
oscuro, del mismo modo su sonrisa habia desaparecido bajo el ttrico
llanto.

En cuanto se oy la seal del combate, nueve de los guerreros bajaron
simultneamente sus lanzas; mas el caballero del negro color no quiso
prevalerse de semejante ventaja sobre un solo adversario, y se hizo  un
lado como si no tuviese intencion de pelear. Deseoso indudablemente de
observar las leyes de la cortesa ms que de obedecer las del pas,
permaneci inmvil presenciando el resultado de tan desigual contienda.

El caballo de Marfisa, cuyo paso era suave y mesurado, arranc entonces
como un rayo contra los nueve combatientes; y la jven enristr en medio
de la carrera su lanza, la cual era tan pesada, que apenas habrian
podido sostenerla cuatro hombres. Al salir de la embarcacion la habia
elegido como la ms slida de entre otras muchas entenas. El aspecto de
la guerrera fu en aquel momento tan terrible, que al contemplarla
palidecieron mil semblantes y latieron violentamente mil corazones. Al
primero que alcanz le agujere el pecho como si lo hubiera tenido
desnudo, despues de atravesarle la coraza, la cota de malla y un grueso
escudo chapeado de hierro, vindose salir la lanza por la espalda ms de
un codo: tan grande fu la violencia del golpe. Sin detenerse  ms, le
dej rodar por el suelo, y se lanz  toda brida sobre los otros. Al
segundo y al tercero les di tan soberbio bote de lanza, que ambos
exhalaron el ltimo aliento, por haberles partido la columna vertebral,
arrancando  uno de ellos de la silla: tan terrible fu aquel choque y
tan amontonados venian sobre ella sus contrarios. Solamente las balas
de caon pueden abrir los escuadrones como Marfisa abri el grupo que
formaban los nueve combatientes. Varias lanzas se rompieron en la coraza
de la jven; pero permaneci ante sus golpes tan inmvil como las
paredes de un trinquete ante las pelotas lanzadas por los jugadores.

Su coraza, enrojecida por encanto en el fuego del Infierno y templada en
el agua del Averno, era tan dura, que nada podian contra ella los ms
fuertes embates. Al llegar al estremo opuesto del palenque, detuvo
Marfisa un momento su caballo, volvi riendas y lo lanz nueva y
rpidamente contra sus restantes adversarios, que aterrados, se
apartaron de ella en desrden. No obstante, los persigui, los acuchill
 su sabor y enrojeci con su sangre hasta la empuadura de la espada:
derrible  uno la cabeza, un brazo  otro, y  un tercero le di tan
tremenda cuchillada, que fu rodando por el suelo el pecho con la cabeza
y los brazos, mientras las piernas y el vientre quedaron  caballo.
Quiero decir, que lo dividi por medio del cuerpo, hcia donde se reunen
las costillas y las caderas, dejndole con la mitad no ms de su figura,
semejante  esos exvotos de plata  de cera que las gentes de paises
lejanos  prximos suelen colgar ante las imgenes divinas, para
manifestarles su agradecimiento y cumplir la promesa que hicieran si les
salian bien sus piadosas demandas. Alcanz despues en medio de la plaza
 uno de los guerreros enemigos que iba huyendo, y le separ de tal modo
la cabeza del tronco, que no hubo mdico que pudiera volvrsela  unir.
En fin, los nueve campeones, uno tras otro, rodaron  los pis de
Marfisa, muertos los unos y tan mal heridos los otros, que perdieron
todo su vigor, quedando segura la doncella de que no podian levantarse
ms del suelo para continuar la lucha.

Habia permanecido inmvil hasta entonces en un extremo de la plaza el
caballero que mandaba  los nueve combatientes vencidos, por considerar
como una accion indigna  incua acometer  uno solo con tanta ventaja.
Pero en cuanto vi que aquel campeon habia dado tan rpida cuenta de sus
compaeros, se adelant para probar que la generosidad y no el temor le
habia tenido alejado de la lucha. Hizo con la mano una sea de que
deseaba pronunciar algunas palabras antes de trabar el combate, y no
pudiendo presumir que bajo aquellas actitudes varoniles se ocultase una
doncella, dijo  Marfisa:

--Caballero, debes estar cansado despues de haber vencido  tantos
adversarios; y seria en mi descortesia, si pretendiera fatigarte ms de
lo que lo ests. Te concedo, pues, que descanses hasta el nuevo dia, y
entonces volvers al palenque; pues no seria honroso para m aceptar la
lucha contigo, cuando tan trabajado y rendido debes estar, segun
presumo.

--No es nuevo para m el manejo de las armas, ni acostumbro  ceder tan
pronto al cansancio, contest Marfisa; y en prueba de ello, pronto
conocers,  pesar tuyo, la verdad de estas palabras. Agradezco, como se
merece, tu corts ofrecimiento, pero todavia no tengo necesidad de
descansar; y adems, es aun tan temprano, que seria vergonzoso
entregarse al ocio durante las horas de dia que nos quedan.

El caballero respondi:

--Ojal pudiera satisfacer tan completamente los deseos que oprimen mi
corazon, como quedarn los tuyos satisfechos! pero guarda, no sea que el
dia de hoy te parezca ms corto de lo que crees.

As diciendo, hizo que les trajeran dos gruesas lanzas,  ms bien, dos
pesadas entenas; se las present  Marfisa para que escogiese una, y
tom despues la que ella habia dejado. Preparronse ambos, esperando
solo la seal del ataque para acometerse. La tierra, el mar y el aire
resonaron con el estrpito de sus armas, apenas se oy el primer toque
de los clarines. Los espectadores, con la mirada fija, inmviles los
labios y la respiracion contenida, estaban tan atentos contemplando cul
de los dos campeones su llevaria la palma de la victoria, que no se oia
el menor rumor en la plaza.

Marfisa enristr la lanza, procurando arrancar de la silla al primer
bote  su contrario, de modo que no pudiera levantarse ms; el caballero
negro, por su parte, tendia lo mismo que la jven  derribarla sin vida.
Las lanzas volaron hechas astillas, cual si no fueran de gruesa y dura
encina y s de sauce seco y delgado; el choque fu tan violento para los
corceles, que doblaron  un mismo tiempo los corvejones, como si el filo
de una hoz les hubiera cortado todos los nervios, y ambos cayeron
simultneamente, pero los ginetes salieron rpidamente de entre los
arzones. En el trascurso de su vida aventurera, Marfisa habia derribado
 mil caballeros al primer encuentro, sin haberse visto nunca lanzada de
la silla; pero esta vez lo fu, como habeis oido, y al considerar su
caida, se qued, no atemorizada, sino  punto de volverse loca de furor.
En cuanto al caballero negro, no se sorprendi menos de su propia caida,
pues no solia saltar de la silla tan fcilmente.

No bien tocaron la tierra con sus cuerpos, cuando se les vi nuevamente
en pi, dispuestos  renovar la lucha. Empezaron  descargarse con el
mayor furor tajos y reveses que paraban con el escudo, con sus mismos
aceros,  esquivaban dando saltos. Los golpes que se dirigian, ora se
dieran en vago, ora sobre seguro, resonaban en el aire y su eco atronaba
el espacio. Sus yelmos, sus corazas, sus escudos dieron  conocer que
eran ms fuertes que un yunque: si el brazo de la doncella era pesado,
no podia calificarse de leve el del caballero; tan igual era su
destreza, que cada cual recibia el mismo nmero de golpes que descargaba
sobre su adversario. Quien deseara hallar dos corazones igualmente
audaces, fieros y valientes, no debia buscarlos en otra parte, ni pedir
tampoco ms destreza ni mayor bizarra, pues ambos tenian cuanta es
posible reunir en una persona.

Las mujeres, que presenciaban hacia largo tiempo aquel contnuo
martilleo de los aceros, sin observar en los dos campeones el menor
indicio de debilidad ni de cansancio, los proclamaban ya como los dos
mejores guerreros de cuantos hubiera en todo el mbito que circundan los
mares, y suponian que si en sus cuerpos no hubiese ms que vigor y
fortaleza, tan continuado trabajo deberia ya haberlos hecho perecer.
Marfisa decia entre s:--Ha sido una dicha para m que este caballero
permaneciera inmvil durante el combate que he sostenido con sus
compaeros, pues de otra suerte, habria corrido peligro mi vida; porque
cmo me hubiera podido defender entonces, si ahora apenas puedo hacer
frente sus ataques?--As decia Marfisa, pero mientras tanto no estaba
su espada ociosa.--Suerte he tenido, decia el guerrero negro, en no
haber dejado descansar  mi adversario; pues  pesar de lo fatigado que
debe haberle dejado su combate anterior, apenas puedo defenderme de sus
golpes. Si hubiramos esperado hasta el nuevo dia para que recobrara su
vigor, qu seria de m? Puedo considerarme como el ms feliz de los
hombres con que haya rehusado mi oferta.

Prolongse la pelea hasta la noche, sin que se conociese la menor
ventaja por una  otra parte: imposibilitados por la falta de luz de
poder parar los golpes que mtuamente se dirigian, suspendi la lucha el
corts caballero, diciendo  la guerrera:

--Puesto que las tinieblas importunas han venido  sorprendernos y los
dos conservamos todas nuestras ventajas, me parece mejor que prolongues
tu vida, por lo menos hasta que despunte la nueva aurora. No me es dable
concederte que aadas  tus dias ms que el corto espacio de una noche.
Sin embargo, te ruego que no hagas recaer sobre mi la culpa de que tu
existencia sea tan limitada: chasela ms bien  la inhumana ley del
sexo femenino, que domina en estas comarcas. Bien sabe Aquel que lo v
todo cunto me duele tu suerte y la de tus compaeros. En prueba de
ello, acepta la hospitalidad que  todos os ofrezco en mi morada; en la
inteligencia de que en ninguna otra podreis estar con tanta seguridad,
porque la turba mujeril,  cuyos maridos has dado muerte en este mismo
sitio, conspira ya contra t. Cada uno de los que has inmolado estaba
casado con diez mujeres: puedes por lo mismo considerar que noventa
viudas desean vengar el dao que de t han recibido. As es que, si te
niegas  aceptar mi ofrecimiento, esta noche te espera una muerte
terrible.

Marfisa contest:

--Acepto de buen grado tu hospitalidad, por abrigar el convencimiento de
que tu lealtad y nobleza de corazon sern tan perfectas como tu bizarra
y denuedo: mas no deplores el tener que darme la muerte; antes al
contrario, tiembla por t mismo. No creo haberte dado motivo para
suponer que soy un adversario indigno de t; y tanto es as, que dejo
enteramente  tu arbitrio la continuacion  la suspension de la lucha,
lo mismo que el proseguirla de dia  de noche, y cmo, cundo y dnde
quieras.

Por ltimo, resolvieron suspender la pelea hasta el momento en que
saliera del Ganges el nuevo albor matutino, quedando indeciso cul de
los dos guerreros era mejor. El generoso caballero se dirigi 
Aquilante,  Grifon y  sus dems compaeros para rogarles que se
dignasen admitir la hospitalidad que les ofrecia durante la noche.
Aceptronla sin desconfianza alguna, y desde el palenque pasaron todos
alumbrados por el resplandor de blancas antorchas, al palacio del
guerrero, en el que encontraron una multitud de estancias ricamente
alhajadas. Estupefactos quedaron los dos combatientes al mirarse
mtuamente en cuanto se quitaron los yelmos: Marfisa se sorprendi al
encontrarse con un jven que no parecia tener ms de diez y ocho aos,
juzgando imposible tanto valor en edad tan temprana; el otro no qued
menos sorprendido al conocer por la rubia cabellera de la jven el sexo
de su adversario. Preguntronse mtuamente sus nombres, cuyas preguntas
satisfacieron ambos; pero en el canto siguiente os dir, si venis 
escucharme, el del caballero.




CANTO XX.

     Guido y los dems guerreros se evaden de aquella triste region,
     despues que Astolfo ha puesto en fuga  todos sus habitantes
     valindose de su trompa.--Astolfo incendia despues todo el pas, y
     se aleja enteramente solo, dando la vuelta al mundo.--Marfisa
     derriba en Francia  Zerbino, obligndole  encargarse de
     Gabrina.--El prncipe escocs sabe por Gabrina lo acaecido 
     Isabel.


Las mujeres de la antigedad han hecho cosas admirables, as en las
armas como en las letras, y sus obras bellas y gloriosas han esparcido
una radiante luz por el mundo. Harpalice[134] y Camila[135] son famosas
por su valor y su pericia militar; Safo[136] y Corina[137] se ilustraron
por su talento y su genio, y sus nombres no desaparecern en la noche de
los tiempos. Las mujeres han llegado  la perfeccion en cualquier arte 
que se han dedicado con asiduidad, como puede atestiguarlo todo el que
tenga las ms ligeras nociones de Historia. Si el mundo ha permanecido
algun tiempo sin ver brillar la fama de alguna mujer no ha de durar
siempre el mal influjo;  ms bien, preciso ser acusar de esta falta 
la envidia   la ignorancia de los escritores.

     [134] Hija de Harpalico, rey de los amineos en la Tracia. Desde muy
     nia la acostumbr su padre al manejo de las armas y ella le ayud
     en la guerra que sostuvo contra Neoptolemo, hijo de Aquiles, 
     quien hizo huir.

     [135] Hija de Metabo, rey de los Volsgos: ocupada desde su infancia
     en los ejercicios de la caza y de la guerra, se hizo clebre por su
     lijereza en la carrera y su habilidad en manejar el arco.

     [136] La ms clebre poetisa griega, natural de Mitilene, en la
     isla de Lesbos. Sus contemporneos la llamaron la _Dcima Musa_,
     levantaron templos en honor de su memoria y acuaron moneda con su
     busto. Invent un gnero de versos.

     [137] Poetisa de Tanagro, en Beocia, llamada la _Musa lrica_. Fu
     rival de Pndaro, y le gan cinco veces la palma en los juegos de
     la Grecia.

Estoy firmemente persuadido de que las mujeres de nuestro siglo se
distinguen igualmente con mritos brillantsimos, y no tan solo dignos
de que el papel y la pluma perpeten su memoria, sino tambien de que su
fama resuene en los futuros siglos para que la maledicencia de muchas
lenguas viperinas quede eternamente sepultada entre su infamia, y
aparezcan los triunfos de aquellas tan esplendentes que nada tengan que
envidiar  los de Marfisa.

Volviendo, pues,  esta guerrera, dir que ofreci al corts caballero
darle noticias de su vida, luego que l por su parte le manifestara su
condicion. Deseaba, sin embargo, con tanta impaciencia conocer el nombre
del jven guerrero, que pronunci primeramente el suyo para darle
ejemplo, dicindole:--Yo soy Marfisa. Y bast aquel nombre, famoso y
conocido en todo el mundo para saber lo dems.

El caballero negro tuvo necesidad de mayor proemio para dar cuenta de su
vida, y expresse en estos trminos:

--Creo que cada uno de vosotros tendr presente el nombre de mi estirpe;
pues no solo Francia, Espaa y las naciones vecinas, sino tambien la
India, la Etiopa y el helado Ponto conocen el esclarecido nombre de
Claramonte, de cuyo linaje sali el caballero que mat  Almonte, y el
que inmol  Clariel y al rey Mambrino, destruyendo su reino. De esta
sangre, pues, nac yo en la region donde el Ister[138] se arroja por
ocho  diez bocas en el Ponto Euxino[139],  la cual habia llegado poco
antes el duque Amon y enamorndose de mi madre. Por ahora hace un ao
que la dej desconsolada para ir  Francia  reunirme con mi familia;
pero no me fu posible terminar el viaje, por haberme arrojado  esta
costa una furiosa tempestad, y hace diez meses que estoy detenido en
ella, contando los dias y las horas que pasan. Me llamo Guido el
Salvaje, y hasta ahora he llevado  cabo pocas hazaas, por lo cual es
desconocido mi nombre: aqu d muerte  Argilon de Melibea con los diez
guerreros que le acompaaban: sal despues vencedor de la segunda
prueba, y hoy soy esposo de diez mujeres elegidas  mi gusto, por lo
cual podreis considerar que mi eleccion recay en las ms bellas y ms
donosas de esta comarca. Mi dominio alcanza  todas las dems por
habrseme confiado el gobierno y el cetro de este estado, como lo
confiarn  cualquier otro  quien sonra la fortuna, permitindole que
venza  diez campeones.

     [138] Antiguo nombre del rio Danubio.

     [139] Antiguo nombre del mar Negro.

Los caballeros preguntaron  Guido la causa de que hubiese tan pocos
varones en aquel territorio, y si estaban sujetos  sus mujeres as como
estas lo estn  sus maridos en todos los paises del mundo. Guido les
respondi:

--Desde que permanezco en este pas he tenido ocasion de oir muchas
veces el motivo de semejante particularidad, y puesto que deseais
saberlo, os lo referir tal y como ha llegado  mi noticia.

Cuando los Griegos regresaron de Troya, despues de veinte aos de
ausencia, por haber durado diez el asedio de aquella ciudad y
permanecido otros diez  merced de las olas, detenidos en el mar por
vientos contrarios, se encontraron con que sus mujeres, no pudiendo
soportar los tormentos de la ausencia y para preservarse en sus lechos
del frio de las noches, habian elegido amantes jvenes que mitigaran su
pena. Los Griegos hallaron en sus moradas una multitud de hijos agenos;
mas, convencidos de que era imposible observar tan prolongada
abstinencia, perdonaron de comun acuerdo  sus mujeres, si bien
decidieron arrojar de sus moradas  los hijos adulterinos, negndose 
que continuaran viviendo  sus expensas. En su consecuencia, cumplise
con ellos lo acordado, si bien las madres procuraron ocultar y seguir
manteniendo  un gran nmero de sus hijos. Los que habian llegado  la
edad de la pubertad se ausentaron, por grupos, pasando  diferentes
paises: otros abrazaron la carrera de las armas; muchos cultivaron las
ciencias y las artes; bastantes la tierra; algunos buscaron su fortuna
en la corte, y varios, por ltimo, se dedicaron  guardar ganados.

Entre los que se ausentaron, iba un jovencillo de unos diez y ocho
aos, hijo de la cruel Clitemnestra[140], fresco y lozano cual un lirio
 como la rosa recien arrancada de su tallo. Unido  otros cien jvenes
de su misma edad, los ms esforzados de toda la Grecia, arm un bajel y
dedicse  piratear por los mares y las costas. En aquel tiempo, los
cretenses habian arrojado del reino al cruel Idomeneo[141], y para
afianzar su nuevo gobierno, reunian armas y levantaban tropas para
defenderse. Aprovechando aquella oportunidad, admitieron  su servicio 
Falanto (que as se llamaba el jven), y le confiaron  l y  sus dems
compaeros la custodia de la ciudad de Dictima. Era esta la ms rica y
ms agradable de las cien placenteras ciudades de la Creta, tanto por la
hermosura, y voluptuosidad de sus mujeres, cuanto por sus incesantes
juegos y fiestas; y siguiendo sus habitantes su proverbial costumbre de
agasajar en extremo  los forasteros, acogieron tan cordialmente 
aquellos jvenes, que no falt ms sino que los hicieran dueos de sus
mismos hogares.

     [140] Mujer de Agamenon, rey de Argos. Mientras este prncipe
     estuvo en el sitio de Troya, se entreg  criminales amores con
     Egisto, y ambos amantes asesinaron  Agamenon al regresar de su
     expedicion, cuando salia del bao. Orestes, hijo de Agamenon, los
     castig.

     [141] Rey de Creta. Asisti al sitio de Troya, donde se distingui
     por su valor. Sorprendido al regresar  su patria por una furiosa
     tempestad, ofreci  los dioses, para aplacarla, sacrificarles el
     primero que se presentase  su vista al tocar el suelo ptrio.
     Desgraciadamente, el primero que se present fu su hijo, 
     Idomeneo, cumpliendo su promesa, le atraves con su espada; pero
     sus sbditos, indignados por semejante sacrificio, le obligaron 
     salir de sus estados.

Los compaeros que Falanto habia elegido eran todos jvenes, como he
dicho, y gallardos; as es que desde el primer momento se apoderaron de
los corazones de las bellas cretenses; y como adems de su gallarda,
eran sumamente afables, enamorados y vigorosos, se hicieron en pocos
dias tan bien vistos  los ojos de las mujeres de aquel pas, que no
tardaron estas en preferirlos  todas las cosas del mundo. Una vez
terminada la guerra que habia motivado el llamamiento de Falanto y sus
compaeros  Creta, y suspendido el sueldo que por tal concepto
reciban, pensaron en abandonar un pas que ya no les proporcionaba los
medios necesarios para vivir; pero las jvenes cretenses, al saberlo,
dieron mayores muestras de sentimiento, y derramaron ms lgrimas que si
hubieran visto perecer  sus padres. Todas ellas suplicaron
encarecidamente  sus jvenes amantes que no se apartasen de su lado;
mas perdiendo la esperanza de lograrlo, resolvieron seguirlos, y
abandonaron por ellos  sus padres, hermanos  hijos, no sin llevarse
las joyas, el dinero y los objetos de ms valor que existian en su hogar
domstico; pues tan sigilosamente llevaron  cabo su fuga, que no hubo
uno solo que la descubriese. Fu tan propicio el viento y tan 
propsito la hora que Falanto eligi para la partida, que ya se
encontraban  muchas millas del puerto cuando los cretenses echaron de
ver su dao. La suerte proporcion despues  la comitiva de Falanto
esta costa, desierta entonces, en la que se establecieron, disfrutando
tranquilamente del fruto de su robo.

Durante diez dias fu para ellos esta playa una mansion llena de
delicias; pero como suele suceder que muchas veces la abundancia produce
el hasto en el corazon de los jvenes, convinieron unnimemente Falanto
y sus compaeros en abandonar  sus mujeres y librarse de este modo de
ellas; porque no hay carga tan pesada como la mujer cuando llega 
sernos importuna. Tan ganosos de botin y de rapias como parcos en sus
gastos, vieron que para mantener tantas concubinas necesitaban algo ms
que lanzas y ballestas; por lo cual, abandonando aqu  aquellas
desdichadas, se marcharon cargados con sus tesoros hcia las costas de
la Pulla, donde be oido decir que edificaron la ciudad de Tarento[142].

     [142] Durante la guerra que Esparta sostuvo con Mesenia y que dur
     diez aos, nacieron algunos hijos del comercio ilegitimo de las
     mujeres de Esparta con los jvenes,  quienes se permitia abandonar
     momentneamente el campo para suplir la ausencia de los maridos 
     impedir que pereciese el Estado por falta de ciudadanos.
     Despreciados por sus compatriotas, fueron declarados ilegtimos 
     inhbiles para heredar; conspiraron con los ilotas; pero se
     descubri la conspiracion y tuvieron que abandonar  Esparta:
     entonces fueron  establecerse, capitaneados por Falanto, en la
     costa oriental de Italia, donde fundaron  Tarento.

Las cretenses, vindose vendidas por sus amantes, en quienes tenian
depositada toda su confianza, permanecieron por algunos dias tan
poseidas de estupor que parecian inmviles esttuas colocadas en la
orilla del mar. Convencidas despues de que sus lgrimas y sus lamentos
de nada podian servirles, empezaron  pensar y  buscar un medio para
sustraerse  tamaa desgracia: cada una de ellas proponia su parecer, y
mientras unas opinaban que debian regresar  Creta y someterse al
arbitrio de sus severos padres y ofendidos esposos, antes que perecer de
hambre y de miseria en estas playas desiertas y en estos bosques
salvajes, otras sostenian que era preferible morir sepultadas en el mar,
 adoptar tan cruel partido, y que consideraban menos malo vagar
errantes cual meretrices, mendigas  esclavas, que ir por s mismas 
buscar el castigo, de que las habian hecho merecedoras sus culpables
acciones. Tales  parecidos eran los dictmenes  cual ms duro y penoso
de aquellas infelices, cuando se levant Orontea, cuyo orgen se
remontaba al rey Minos, y era la ms jven, bella y prudente de todas
sus compaeras, y tambien la que menos faltas habia cometido.
Perdidamente enamorada de Falanto, le habia sacrificado su virginidad, y
abandonado por l el hogar paterno. Dejando ver en su rostro y en sus
palabras la ira de que estaba inflamado su corazon magnnimo, rebati
los encontrados pareceres de sus amigas, y esplan el suyo, que hizo
prevalecer.

No crey conveniente abandonar un pas ostensiblemente frtil, de cielo
puro y clima sano; una comarca por la que circulaban lmpidos
arroyuelos, donde existian selvas umbrosas y extensas llanuras; una
costa en la que habia puertos y bahas, que por su desgracia se verian
precisados  frecuentar los navegantes extranjeros, dedicados 
transportar los diferentes productos de frica y de Egipto. Su parecer
fu, pues, el de establecerse aqu y tomar cruel venganza del sexo viril
que tan prfidamente las habia ofendido; y propuso que todo bajel,
obligado por los vientos  refugiarse en alguno de los puertos de estas
playas, fuese saqueado, incendiado y degollados los tripulantes por
todas ellas, sin que se perdonase la vida  uno solo.

Tal fu la opinion de Orontea, y tal la que prevaleci: hzose la ley
en estos trminos, y se puso inmediatamente en prctica.

En cuanto el estado de la atmsfera presagiaba una tempestad, corrian 
la playa las mujeres armadas y guiadas por la implacable Orontea, que
propuso aquella ley, y  quien ellas eligieron por su reina; apresaban
las embarcaciones arrojadas por la tempestad sobre estas costas, las
entregaban  las llamas, y no dejaban con vida un solo hombre que
pudiese llevar  cualquiera parte la noticia de sus estragos.
Transcurrieron de este modo algunos aos, viviendo siempre solas, y sin
mitigar su odio hcia el otro sexo. Pero al fin conocieron que labrarian
su propio dao, si no mudaban de conducta; porque careciendo de
posteridad, en breve se verian imposibilitadas de cumplir con su ley, la
cual terminaria juntamente con su infecundo reino, cuando su propsito
era el de que rigiese eternamente. Dulcificando, pues, algun tanto su
rigor, eligieron por espacio de cuatro aos los diez mejores y ms
gallardos caballeros de cuantos arribaron  estas playas, prefiriendo
los ms  propsito para sostener el amoroso combate que buscaban
aquellas cien mujeres. Eran, en efecto ciento, por lo cual  cada decena
correspondia un marido.

Sin embargo, antes que consiguieran encontrar hombres bastante fuertes
para resistir tal prueba, tuvieron que degollar  muchos. Al fin
hallaron los diez que necesitaban  quienes hicieron partcipes de su
lecho y del gobierno del pas, obligndoles  jurar de antemano que
siempre que llegaran  estas playas otros hombres, habrian de apoderarse
de ellos y pasarlos  cuchillo sin conmiseracion alguna. Pronto tuvieron
hijos, y empezaron  temer que llegara un dia en que el nmero de los
varones fuera tan considerable, que no pudieran sujetarles y cayera al
fin en manos de los hombres la direccion de sus asuntos, de que tan
orgullosas se mostraban: decidieron, pues, antes de que sus hijos
saliesen de la infancia, tomar una determinacion que las pusiera 
cubierto de sus futuras rebeldas. Con el propsito de que el sexo
masculino no llegara  subyugarlas, instituyeron una horrible ley, que
previene que toda madre solo pueda conservar un hijo varon, debiendo
ahogar  los dems, cambiarlos fuera del reino por hembras  venderlos.
Por esta causa los envian  diferentes paises, y  los que se los
llevan, les encargan que traigan mujeres si consiguen hallarlas  cambio
de los hijos, y si no, que por lo menos no regresen con las manos
vacas. Ninguno se libraria de la muerte si pudieran pasar sin su
auxilio, y mantener por s solas su descendencia. Esta es la nica
piedad, la sola clemencia que por tan incua ley conceden  los suyos
con preferencia  los extraos,  quienes siguen condenando con igual
crueldad que antes, si bien dicha ley fu reformada, disponiendo que no
fuesen las mujeres reunidas en confuso tropel quienes degollasen  los
navegantes, como antes lo efectuaban. Cuando cogian  diez, veinte  ms
hombres de una vez, los encarcelaban y cada dia se sacrificaba uno de
ellos elegido por la suerte en el horrendo templo que Orontea habia
erigido y consagrado  la Venganza. Uno de los diez varones, designado
tambien por la suerte, se encargaba de sepultar el cuchillo homicida en
las entraas de la vctima.

Muchos aos despues vino  parar  estas playas homicidas un
jovencillo, de la estirpe del herico Alcides, dotado de gran valor y
llamado Elbano. Como no abrigaba desconfianza alguna al desembarcar, se
apoderaron las mujeres de l con la mayor facilidad, y le pusieron en un
calabozo estrecho vigilado por una fuerte guardia, destinndole con
otros varios al cruento sacrificio. Aquel jovencillo era de rostro bello
y placentero; tenia un aspecto tan seductor y una voz tan dulce y
persuasiva, que un spid se hubiera detenido  escucharle. No tardaron
en hablar de l, como de la cosa ms rara del mundo,  Alejandra, hija
de Orontea: esta vivia todavia, aunque cargada de aos: todas sus
antiguas compaeras habian muerto; pero las habian sustituido otras,
educadas ms varonilmente que sus madres, y habase aumentado de tal
manera su nmero, que ya no contaban siquiera con una lima por cada diez
fraguas[143], pues los diez caballeros continuaban dando  los
extranjeros un recibimiento muy cruel. Alejandra, deseosa de ver al
jovencillo que tanto le ponderaron, pidi permiso  su madre para
satisfacer este deseo, y vi y oy  Elbano; pero cuando quiso separarse
de l, sinti que su corazon se quedaba con el cautivo, y tan ligado 
l que, sin saber cmo, se encontr presa en su mismo calabozo. Elbano
le dijo:

     [143] Es decir, que ya no tenian un marido por cada diez mujeres,
     pues habiendo aumentado tanto el nmero de estas, tocaban aquellos
      ms de diez cada uno.

--Hermosa doncella: si en este pas no fuese completamente desconocida
la compasion que reina en todos cuantos el benigno Sol alumbra con sus
rayos, me atreveria  suplicaros, en nombre de vuestra singular belleza
que se apodera fcilmente de las almas, que me hiciseis merced de la
vida para consagrarla en adelante  vuestro esclusivo servicio. Pero
como aqu no existe la menor nocion de humanidad, contra toda razon y
conveniencia, me abstendr de pedir un favor semejante; pues harto s
que mis ruegos serian intiles: lo que s deseo es encontrar la muerte
con las armas en la mano, cual cumple  un caballero, y no como un
criminal condenado por la justicia  como la vctima irracional en un
sacrificio.

La gentil Alejandra, cuyos ojos estaban hmedos por las lgrimas que
le causaba su compasion hacia el jven, le respondi:

--Aun cuando este pas es el ms perverso y cruel de cuantos han
existido, no concedo que sus mujeres sean otras tantas Medeas, como
quieres suponer; y aun admitiendo que lo fuesen, yo soy una excepcion de
esa regla. Si hasta aqu han sido mis costumbres tan brbaras y crueles
como las de todas mis compaeras, es porque nunca habia encontrado un
mortal que inclinase mi corazon  la piedad. Hoy, sin embargo, tendria
la ferocidad de una tigre y el corazon ms duro que el diamante, si no
hubiesen ablandado su dureza tu hermosura, tu gentileza y tu valor.
Ojal no fuese tan irrevocable la ley instituida en esta nacin contra
los extranjeros! Pronto me verias rescatar tu vida, aun  costa de mi
propia existencia. Pero no tengo la inmensa suerte de poder ayudarte en
lo ms mnimo, y creo muy difcil obtener el favor que me pides,  pesar
de ser insignificante. Sin embargo, har cuanto est de mi parte para
conseguirlo, y para proporcionarte antes de morir esa satisfaccion;
aunque mucho me temo que, prolongando tu existencia, prolongues tambien
tus tormentos.

Elbano replic:

--Aun cuando me fuese preciso combatir contra diez caballeros armados,
es tal el vigor que en m siento, que tengo esperanza de salvar mi vida,
despues de haberlos exterminado  todos.

Alejandra exhal un profundo suspiro por toda contestacion, y se separ
del jven, llevndose al partir clavadas en el corazon mil saetas, de
cuyas heridas no podia curarse. Acudi  su madre, y le suplic que no
dejara morir  aquel caballero si llegaba  mostrarse tan valeroso y
fuerte que hiciera perecer  diez adversarios. La reina Orontea reuni
al instante su consejo, y pronunci estas palabras:

--Nos es de conveniencia suma confiar la custodia de nuestros puertos y
costas al mejor de los caballeros que caigan en nuestras manos; mas para
saber  quien deberemos admitir y  quien desechar, es necesario que le
sometamos  una prueba,  fin de no consentir, con perjuicio nuestro,
que reine el vil, y perezca el valiente. Os propongo, pues, y deseo que
vuestro parecer sea el mio, que en lo sucesivo todo caballero  quien la
suerte arroje sobre nuestras playas, antes de ser inmolado en el templo,
y si le acomoda el pacto, pueda combatir con diez guerreros: dado caso
de que logre vencerlos  todos, le confiaremos entonces el cuidado del
puerto y le concederemos que salve  sus compaeros. Me expreso de este
modo, porque tenemos ahora un prisionero, que, segun parece, pretende
vencer  diez campeones, y en caso de valer l solo por todos los otros
juntos, es dignsimo, por Dios, de que se le atienda; de lo contrario,
si le ciega un desmesurado orgullo, recibir el castigo merecido.

Orontea di aqu fin  su discurso, y entonces una de las ms ancianas
tom la palabra para contestarle, diciendo:

--La razon principal que nos indujo  admitir  los hombres en nuestro
consorcio, no consisti en que tuvisemos necesidad de su ayuda para
defender este reino, puesto que nuestra inteligencia y nuestro valor
eran ms que suficientes para ello. Ojal nos bastramos as nosotras
mismas para impedir que se extinguiese nuestra descendencia! Pero ya que
esto no nos era posible sin su auxilio, consentimos en recibir algunos
hombres, si bien en corto nmero, con el fin de que nunca pudiera haber
ms de uno para diez mujeres, y les fuera imposible subyugarnos: por lo
tanto, nuestro objeto fu no ms que el de tener hijos; nunca el de
buscar quien nos defendiera: para lo primero necesitamos sus brios; en
cuanto  lo segundo, ms vale que sean intiles  perezosos. Por
consiguiente, la idea de admitir entre nosotras  un hombre tan fuerte
cual suponen, es enteramente contraria  nuestro principal propsito;
porque si uno solo es capaz de dar muerte  diez hombres,  cuntas
mujeres no dominar? Si los diez hombres que hoy existen aqu fueran tan
esforzados, desde el primer dia se habrian apoderado del reino. El
designio de facilitar armas  los que pueden ms que nosotras, no es por
cierto el mejor camino para dominarlos. Debes considerar, adems, que si
la Fortuna acude en auxilio de tu recomendado hasta el extremo de que
consiga dar muerte  los diez, te ensordecern los lamentos de cien
mujeres que quedarn viudas por tan ftil pretexto. En resmen, si ese
jven desea hacer gala de su valor, debe proponer otros medios ms
aceptables; pero de ningun modo convertirse en homicida de diez hombres:
y en ltimo caso, podria perdonrsele, si fuera  propsito para hacer
con cien mujeres lo que hoy hacen otros con diez.

Tal fu el parecer de la cruel Artemia (que as se llamaba la anciana);
y si Elbano se libr de verse hecho pedazos ante el altar de la
inexorable diosa, no fu por cierto porque Artemia no se esforzara en
conseguirlo: mas la madre Orontea, que deseaba complacer  su hija,
adujo tantas y tales razones en pr de su opinion, y emple tanta
elocuencia, que la asamblea aprob por ltimo su plan. La belleza de
Elbano, superior  la de cuantos caballeros existian entonces, ejerci
tal influjo en el corazon de las jvenes, ms numerosas que las ancianas
en aquel consejo, que prevaleci su parecer sobre el de estas; las
cuales pedian, como Artemia, la inmediata ejecucion de la ley antigua; y
poco falt para que dicha ley dejara de aplicarse aquella nica vez por
favorecer  Elbano. Resolvieron, por ltimo, perdonarle; pero despues
que triunfara de diez campeones, y pudiese sostener diferente combate,
no ya con cien mujeres, sino con otras diez.

Sacronle de la crcel al dia siguiente; le dieron armas y caballo  su
eleccion, y luch solo contra diez guerreros, que cayeron uno tras otro
bajo sus golpes. Al hacerse de noche, fu sometido  prueba con diez
doncellas, teniendo tan buen xito en su segunda empresa que las dej 
todas enteramente satisfechas. Estas brillantes victorias le hicieron
merecedor de la gracia de Orontea, la cual le admiti por yerno, y le
entreg  Alejandra, y las otras nueve jvenes con quienes habia llevado
 cabo su prueba nocturna. Orontea le eligi despues por sucesor suyo,
juntamente con Alejandra,  quien esta tierra debe su nombre, bajo la
condicion de que haria observar por l y por sus herederos la ley que
rige desde entonces, y la cual previene que todo extranjero  quien su
desventurada estrella haga poner el pi en estas costas, escoja, entre
ofrecerse  la muerte  combatir solo contra diez guerreros, y si de dia
logra salir vencedor de estos, debe probar su esfuerzo durante la noche
con igual nmero de doncellas: en el caso de que la Fortuna sea con l
tan complaciente que le permita triunfar de esta nueva prueba, ha de ser
nombrado prncipe y guia del ejrcito femenino, pudiendo renovar  su
capricho los diez mantenedores de tal costumbre, continuando de este
modo hasta que llegue otro que sea ms fuerte y logre arrancarle la
vida.

Unos dos mil aos hace que existe tan impa costumbre, y trascurren
pocos dias sin que algun infeliz peregrino sea sacrificado en el templo.
Si hay algunos que, como Elbano, y como ahora mismo sucede, admitan la
lucha con los diez guerreros, pierden generalmente la vida en el primer
combate, y de cada mil, apenas sale uno con felicidad del segundo.
Algunos, sin embargo, han salido vencedores de uno y otro; pero en tan
corto nmero que pueden contarse con los dedos. Argilon fu uno de
ellos, pero no disfrut largo tiempo de su victoria; porque habindome
arrojado una tempestad  este pas, le sepult en el sueo eterno. Ah!
por qu no perec aquel mismo dia con l, en lugar de verme obligado 
vivir esclavo y sumido en tanta afrenta! Los placeres del amor, las
risas, los juegos, tan gratos  mi edad, los trajes, las joyas, las
preeminencias sobre sus conciudadanos, no son nada para el hombre
privado de su libertad: y sobre todo, la idea de no poder ausentarme
jams de estos sitios es para m la esclavitud ms penosa  intolerable.
Al ver cmo se va ajando la flor de mi juventud en medio de la ociosidad
y la molicie y dedicado  tan vil tarea, mi corazon vive en perptua
angustia, y esta incesante pena extingue en mi alma todos los goces. La
fama de mi estirpe extiende sus alas por el mundo entero, remontndose
hasta el cielo; y mientras tanto, yo, que podria participar de ella, si
lograra reunirme con mis hermanos, me hallo en situacion tan miserable.
No parece sino que el destino haya querido burlarse de m, reservndome
para una profesion tan vergonzosa, y reducindome  la condicion de un
caballo ciego, cojo  con otro defecto,  quien arrojan de la parada por
ser ya intil para la guerra  para ms provechoso destino. Ah! pues
que solo muriendo conseguir verme libre de tan abyecta servidumbre,
venga la muerte cuanto antes  poner trmino  mi desesperacion.

Al llegar aqu, Guido di fin  sus palabras, maldiciendo el dia en que
su triunfo sobre diez guerreros y diez doncellas le proporcion el
cetro de aquel reino. Astolfo estuvo escuchndole atentamente, aunque
algo apartado de Guido para examinarle con toda detencion; y despues que
hubo adquirido la certeza de que aquel jven era hijo del duque Amon, su
pariente, le dijo:

--Yo soy tu primo Astolfo, prncipe de Inglaterra.

Estrechle en seguida contra su corazon, y le bes con gran cario y
deferencia, no sin derramar alguna lgrima.

--Mi querido pariente, aadi, no necesitaba en verdad tu madre colgar
de tu cuello seal alguna para dar  conocer que tu raza es la nuestra;
pues el valor que demuestras con tu acero es la mejor prueba de tu
orgen.

Guido, que en cualquier otra ocasion habria tenido el ms vivo placer al
encontrar un pariente tan cercano, le acogi entonces con rostro
macilento, porque su vista le causaba un verdadero pesar. Y no era
extrao: si l vivia, sabia que Astolfo quedaria esclavo, desde el dia
siguiente sin ir ms ljos; si Astolfo recobraba su libertad, era prueba
de que l perderia la vida, por lo cual el bien del uno redundaba en
dao del otro. Pesbale tambien que de su victoria resultase un
cautiverio eterno para los dems caballeros, as como el considerar que
con su muerte no lograria evitar el mismo cautiverio; porque si con ella
conseguia sacarles del primer aprieto, tropezarian en el segundo, ya que
Marfisa, estaba imposibilitada de salir victoriosa en su combate con las
doncellas; resultando de aqu que ella pereceria indudablemente, y ellos
ceirian la cadena del esclavo.

Marfisa y sus compaeros sentian  su vez la mayor compasion y el ms
tierno afecto hcia Guido, tan jven, tan corts y tan generoso, y casi
se desdeaban de salvarse  costa de su muerte, en especial la primera,
que estaba decidida  morir con l, en el caso de que no les fuera
posible adoptar otra resolucion. As, pues, dirigindose  Guido, le
dijo:

--Ven con nosotros, y salgamos de aqu  viva fuerza.

--Ah! repuso Guido: tanto si me vences como si quedas vencida, debes
perder toda esperanza de escaparte.

Marfisa aadi:

--Jams ha dudado mi corazon de poner fin  cosa alguna que haya
empezado, ni de hallar camino ms seguro que el que yo misma me he
abierto con mi espada. Habiendo conocido hoy tu gran valor, me siento
capaz, tenindote  mi lado, de acometer la empresa ms arriesgada.
Cuando la turba mujeril se halle maana colocada en las gradas del
palenque, deberemos acometerla por todas partes y degollarla, ora
emprenda la fuga, ora se defienda, dejando sus cuerpos expuestos  la
voracidad de los lobos y buitres de este pas, y entregando la ciudad 
las llamas.

Guido replic:

--Dispuesto estoy  seguirte, y  morir  tu lado, si es preciso; pero
no esperemos salir con vida de tamaa empresa, aunque  lo menos
moriremos vengados. El palenque est generalmente ocupado por diez mil
mujeres, y otras tantas se quedan custodiando el puerto, las murallas y
las fortalezas, por lo cual no veo el medio de escapar de entre sus
manos.

--Aunque su nmero fuese mayor, repuso Marfisa, que el de los soldados
que acompaaron  Jerjes[144], y que el de los espritus rebeldes
arrojados en otro tiempo del cielo para su eterno baldon, pronta estoy 
exterminarlas como t vengas conmigo,  por lo menos no te unas  ellas.

     [144] Jerjes, rey de Persia, pas  conquistar la Grecia al frente
     de un ejrcito de 5,283,220 hombres, segun Herodoto.

--Solo un medio existe, aadi Guido, del que podamos echar mano para
salvarnos; y este medio, que se me ha ocurrido ahora, es el siguiente:
Como solo las mujeres tienen el derecho de aproximarse  las naves 
salir del puerto, pienso recurrir  la fidelidad de una de mis esposas,
cuyo amor he puesto muchas veces  prueba y en ocasiones ms apuradas
que la presente. Desea tanto como yo salir de este pas horroroso, con
tal de venir conmigo, esperando de este modo librarse de sus nueve
rivales, y que ella sola poseer mi cario. A favor de la noche le ser
fcil armar una fusta  una saeta que vuestros marineros encontrarn
lista para navegar. Reunidos luego en un grupo compacto todos cuantos
caballeros, mercaderes y marineros se albergan en este palacio, y
guiados por m, nos dirigiremos al puerto, arrollando, si hay necesidad,
cuantos obstculos se opongan  nuestra marcha; y de esta suerte confio
en sacaros de la cruel ciudad, merced al esfuerzo de todos.

--Obra como te parezca, respondi Marfisa: en cuanto  m, estoy segura
de salir de aqu. Me es ms fcil degollar por mi mano  cuantas mujeres
se guarecen tras estas murallas, que huir  dar el menor indicio de
temor; quiero, por lo tanto, salir en pleno dia, y valerme para ello del
solo esfuerzo de mi brazo: cualquier otro medio me parece vergonzoso. S
muy bien que, si conocieran mi sexo, obtendria de las mujeres de esta
tierra honor y prez, me acogerian con jbilo y tal vez seria de las
primeras en el gobierno del reino; pero habiendo llegado hasta aqu en
vuestra compaa, debo arrostrar los mismos peligros que vosotros, y no
soy tan infame que os dejara sumidos en la esclavitud, marchndome yo
libremente.

Con estas y otras palabras demostr Marfisa, que si consentia en
refrenar su audacia no atacando con memorable valor  la turba
femenina, era porque la contenia la consideracion del peligro  que
exponia  sus compaeros,  quienes fcilmente podria perjudicar su
mismo atrevimiento, y por esta razon dej  Guido que adoptara el
partido que ms conveniente creyese. Aquella misma noche particip este
su proyecto  Aleria, que as se llamaba la ms fiel de sus mujeres, y
no tuvo necesidad de rogarle mucho, porque la encontr dispuesta 
ayudarle. Aleria eligi una nave, la hizo armar, embarc en ella sus
objetos ms preciosos bajo el pretexto de que, al despuntar el dia,
debia recorrer las costas con algunas compaeras. Antes de esto, habia
hecho conducir al palacio espadas, lanzas, corazas y escudos, para armar
con ellos  los mercaderes y marineros que estaban desarmados. Mientras
unos se entregaban al descanso, otros permanecian en vela, participando
alternativamente del reposo y la vigilancia y mirando  cada momento,
sin abandonar un instante las armas, si aparecian por Oriente los
primeros albores del dia.

El Sol no habia levantado todavia el velo denso y oscuro extendido por
la noche sobre la dura superficie de la Tierra, y la prole de
Licaon[145] apenas habia vuelto su arado por los surcos del cielo,
cuando las mujeres, ansiando presenciar el fin de la lucha, se
apresuraron  llenar las gradas del palenque, semejantes  las abejas
que se agitan al rededor de la colmena, preparndose  poblar una nueva
habitacion as que vuelve el buen tiempo. El estrpito de los tambores,
de las trompas y los clarines llen pronto con sus ecos la tierra y el
cielo, llamando  Guido para que se presentara  terminar el combate
interrumpido. Aquilante, Grifon, Astolfo, Marfisa, Guido, Sansoneto y
todos sus compaeros estaban ya cubiertos con sus armaduras, unos  pi
y otros  caballo.

     [145] Licaon, rey de Arcadia, fu trasformado en lobo por haber
     querido asesinar  Jpiter que bajo la forma de un simple mortal
     habia ido  pedirle hospitalidad. Calisto, hija de Licaon, al ver
     la transformacion de su padre, pas al servicio de Diana, y
     enamorado Jpiter de ella se revisti de la apariencia de esta
     diosa y la sedujo. Conocida su falta por Diana, la arroj de su
     lado y Juno, celosa de ella, la convirti en osa, despues de haber
     dado  luz un hijo llamado Arcas. Cuando este lleg  la mayor
     edad, persigui un dia, cazando,  su madre, la cual se refugi en
     el templo de Jpiter; siguila hasta all su hijo, y enfurecidos
     los habitantes por tal sacrilegio, se preparaban  matar  los dos,
     cuando el padre de los dioses los traslad al cielo, donde formaron
     las constelaciones de la osa mayor y menor.--Quiere significar el
     poeta que estas constelaciones apenas habian terminado su rbita, 
     causa de la rotacion de la Tierra que daba paso al nuevo dia,
     cuando las mujeres, etc.

Para trasladarse desde el palacio al mar, era indispensable atravesar la
plaza por no haber otro camino, ni largo ni corto. As lo anunci Guido
 sus compaeros, exhortndoles  que se prepararan  combatir como
buenos; despues de lo cual emprendi la marcha silenciosamente y se
present en la plaza, rodeado de ms de cien hombres. Recomendndoles
entonces que apretaran el paso, se dirigia  la otra puerta para salir
de su recinto, cuando las innumerables mujeres que ocupaban la plaza,
armadas completamente y dispuestas siempre  combatir, conocieron su
intento, al verle  la cabeza de tantos varones, y  un tiempo mismo
empuaron todas sus arcos y se precipitaron hcia la segunda puerta para
cerrarle el paso. Guido y los dems caballeros, y sobre todos Marfisa,
no tardaron en empezar el ataque, haciendo prodigios de valor para
forzar la salida; pero era tal la lluvia de dardos que desde todas
partes cay sobre ellos, hiriendo y matando  algunos, que comenzaron 
desconfiar del triunfo. El caballo de Sansoneto, as como el de Marfisa,
cayeron atravesados por las flechas; y  no ser por el buen temple de
sus corazas, los fugitivos hubieran corrido un gran peligro.

Astolfo dijo entonces para s:--La ocasion es magnfica para utilizar
mi trompa; y puesto que, segun observo, los aceros no nos sirven de
nada, voy  ver si consigo abrirnos paso con ella.--Y acercndose la
trompa  los labios, como solia hacerlo en los trances ms apurados,
empez  despedir aquellos sonidos horribles,  cuyos aterradores ecos
parecia que se estremeciera la tierra y el mundo entero. El pnico que
se apoder de las innumerables mujeres all reunidas fu tan grande,
que, buscando la huida, se precipitaban de arriba  abajo de las
graderas, se derribaban unas  otras, y poseidas del mayor espanto y
confusion, abandonaron enteramente la defensa de la puerta. As como los
habitantes de una casa, sorprendidos de improviso por el incendio que ha
ido creciendo poco  poco en tanto que estaban entregados al sueo, al
verse rodeados de llamas por todas partes, se arrojan por las ventanas 
tejados, con grave peligro de su vida, buscando afanosos su salvacion,
del mismo modo huian todas de aquellos sonidos espantosos, arriesgando
la vida para conseguirlo. Corrian aterradas en todas direcciones,
procurando tan solo alejarse; aglomerbanse  millares delante de cada
puerta, y oprimindose unas  otras, se interceptaban ellas mismas la
salida: caian hacinadas  montones, pereciendo muchas aplastadas por el
peso de las otras: algunas se precipitaban desde los palcos y ventanas,
quedando unas muertas, otras con la cabeza  los brazos rotos y la mayor
parte de ellas lisiadas. Llegaban hasta el cielo los gritos y los
lamentos, mezclados con el estrpito que producian las carreras y tan
extraordinaria confusion. Cada vez que la trompa despedia uno de sus
sonidos, aumentaba la veloz huida de la aterrorizada muchedumbre. Si ois
decir que aquella turba vil, perdida su anterior audacia, diera muestras
de la cobarda que se habia apoderado de su corazon, no lo extraeis,
porque la liebre es tmida por naturaleza. Pero qu direis del

     [Ilustracin: Y acercndose la trompa  los labios, empez 
     despedir aquellos sonidos horribles.....

     (Canto XX.)]

nimo esforzado de Marfisa, de Guido el Salvaje, de los dos jvenes
hijos de Olivero, que hasta entonces tanto lustre dieran  su estirpe?
Apenas hacia un momento que lo mismo les importaba lidiar con uno que
con cien mil; y sin embargo, huian tambien acobardados, cual temerosos
conejos  palomas sobresaltados por un ruido cercano.

La fuerza que estaba encantada en aquella trompa, lo mismo hacia sentir
su poder  amigos que  adversarios. Sansoneto, Guido y los dos hermanos
corrian tras la espantada Marfisa; y  pesar de su vertiginosa carrera,
no podian verse libres de aquellos ecos atronadores. Astolfo continuaba
recorriendo toda la ciudad, dando cada vez mayores resoplidos en su
instrumento mgico. Muchas de las fugitivas se dirigieron al mar; otras
escalaron los montes y otras buscaron un refugio en el fondo de los
bosques. Algunas hubo que, sin detenerse ni volver atrs la cabeza,
estuvieron corriendo por espacio de diez dias. Varias de ellas, no
pudiendo contener el impulso de su huida, se precipitaron en el mar, de
donde no volvieron  salir con vida. Las plazas, las calles, las casas y
los templos se vieron en un momento tan despejados, que la ciudad qued
casi desierta.

Marfisa, el buen Guido, los dos hermanos y Sansoneto, plidos y
temblorosos, huian hcia el mar, y en pos de ellos los mercaderes y los
marineros: encontraron all  Aleria, que tenia ya preparada la nave, y
embarcndose todos precipitadamente, desplegaron las velas y azotaron
las olas con los remos.

Astolfo habia recorrido en tanto por dentro y fuera toda la ciudad,
desde la playa hasta las colinas que la dominaban dejando todas las
calles enteramente limpias de habitantes: todas las mujeres seguian
huyendo  ocultndose de l: muchas hubo  quienes su cobarda les hizo
arrojarse en sitios oscuros  inmundos, y otras muchas, no sabiendo
donde guarecerse, se habian echado  nado en el mar, pereciendo
ahogadas. El Duque regres de su excursion en busca de sus compaeros 
quienes creia encontrar en el muelle: tendi sus miradas en todas
direcciones, y no vi  ninguno de ellos en toda aquella playa desierta:
levant, por ltimo, la vista, y divis entonces  lo ljos la nave en
que se alejaban  toda vela, por lo cual se vi obligado  seguir otro
camino. Podemos dejarle marchar, sin que nos d el menor cuidado verle
emprender solo tan largo viaje  travs del pas de los infieles y de
otros ms brbaros, por donde nadie puede fijar tranquilamente la
planta; pues no habr peligro alguno del que no triunfe merced  su
trompa, que tan buenos resultados acababa de darle. Cuidmonos ahora de
sus compaeros que huian por el mar, temblando todavia de pavor. A
fuerza de remo y velas, pusieron en breve una larga distancia entre
ellos y aquella costa cruel; y cuando dejaron de percibir los horrsonos
ecos de la trompa, sintironse tan heridos por el punzante aguijon de la
vergenza, que sus rostros se tieron de un encendido rubor; no se
atrevian  mirarse mtuamente, y todos permanecian tristes, humillados,
silenciosos y con la cabeza inclinada.

El piloto, atento  su derrotero, pas por Chipre y Rodas; y atravesando
luego el mar Egeo, vi desaparecer sucesivamente ms de cien islas y el
peligroso promontorio de Malea;  impulsado siempre por un viento
constante y favorable, dej tras si la pennsula griega de Morea, di
despues la vuelta  la isla de Sicilia, y entrando en el mar Tirreno,
fu costeando el ameno litoral de Italia, hasta que fonde en Luna,
donde habia dejado  su familia, dando las gracias ms fervientes al
Seor por haberle concedido una navegacion tan prspera. En Luna
encontraron los caballeros un bajel que se hacia  la vela para Francia;
embarcronse en l aquel mismo dia, y en breve llegaron  Marsella.

Bradamante,  quien estaba confiado el gobierno del pas, se hallaba
ausente  la sazon; de lo contrario, hubiera decidido  los guerreros 
pasar algunos dias en su compaa. Saltaron en tierra, y sin esperar 
ms, se despidi Marfisa de sus cuatro compaeros y de la esposa de
Guido, y sigui su camino  la ventura, diciendo que no era digno de
caballeros marchar tantos reunidos; que los gamos, los ciervos, los
estorninos, las palomas y todo animal cobarde son los que van juntos en
grandes bandadas, pero que el audaz halcon y el guila altanera, los
osos, los tigres y los leones, que no confian para defenderse en el
auxilio ajeno ni temen  nadie, van siempre solos.

Ninguno de los otros fu de esta misma opinion; por lo cual, se alej
sola Marfisa, atravesando bosques y caminos desconocidos. Grifon el
blanco y Aquilante el negro, tomaron con los otros dos la ruta ms
frecuentada, y llegaron al dia siguiente  un castillo donde recibieron
una galante acogida. Este recibimiento, sin embargo, fu halageo en la
apariencia, y no tardaron en conocer la traicion que tras l se
ocultaba; porque el Seor del castillo, que, fingiendo la mayor
cortesa, les di asilo en su morada, cuando lleg la noche los hizo
prender en sus lechos, mientras dormian seguros y confiados, y no quiso
soltarlos sino despues que les arranc el juramento de observar una
costumbre infame.

Pero antes de ocuparme de dicho juramento, quiero, Seor, ir en pos de
la belicosa doncella. Marfisa pas el Durance, el Rdano y el Saona, y
lleg  la falda de una spera montaa. All vi venir por la mrgen de
un torrente  una mujer vestida de negro, que parecia estar rendida de
cansancio, y sobre todo afligida y melanclica. Era esta aquella vieja
que servia  los bandidos de la caverna, adonde la justicia divina envi
al conde Orlando para darles la muerte. Temerosa la vieja de morir por
las razones que dir ms adelante, andaba hacia muchos dias por senderos
oscuros y extraviados, huyendo de encontrar quien la conociera. El traje
y las armas de Marfisa le hicieron suponer que era un caballero
extranjero, por lo cual no huy como solia siempre que topaba con algun
guerrero del pas: antes al contrario se detuvo en la parte vadeable del
torrente, y esper  la jven con tranquilidad y confianza; y luego que
la vi cerca, le sali al encuentro saludndola y le rog que la pasara
 la orilla opuesta  la grupa de su caballo.

Marfisa, complaciente por naturaleza, la condujo al otro lado, y aun
sigui llevndola  la grupa de su caballo por algun tiempo  travs de
un terreno pantanoso, hasta dejarla en otro ms firme. No bien habian
salido al camino, cuando se encontraron con un caballero, montado en un
caballo ricamente enjaezado y cubierto con una brillante armadura y una
magnfica sobrevesta, el cual se dirigia hcia el torrente en compaa
de una dama y de un solo escudero. La dama era bastante hermosa, pero de
semblante adusto y altanero, de una orgullosa arrogancia, y digna, en
una palabra, del caballero que la acompaaba. ste era Pinabel, aquel
conde de Maguncia, que pocos meses antes arrojara  Bradamante en la
cueva de Merlin. Aquellos suspiros, aquellos frecuentes sollozos,
aquellas lgrimas que anublaban contnuamente su vista, eran por la
prdida de la dama con quien iba ahora, y que entonces estaba en poder
del Nigromante. Mas despues que desapareci de la cima del peasco el
castillo encantado de Atlante, y cada cual pudo seguir el camino que
mejor cuadrase  sus deseos, gracias al valor de Bradamante, aquella
dama, dispuesta siempre  satisfacer, con demasiada facilidad, los
deseos de Pinabel, fu  buscarle, y  la sazon viajaban juntos de
castillo en castillo.

Como la dama de Pinabel era burlona al par que importuna, apenas vi 
la vieja compaera de Marfisa, no pudo contener su lengua, y empez 
motejarla con befas y sonrisas insultantes. La arrogante Marfisa, poco
acostumbrada  soportar ultrajes en su presencia, respondi colrica 
la dama que aquella vieja era ms hermosa que ella, como estaba
dispuesta  probrselo  su caballero, bajo la condicion de que habia de
ceder  la anciana sus vestidos y su palafren, en el caso de que
derribara al campeon que la acompaaba.

Conoci Pinabel que cometeria una vergonzosa accion si no hacia caso de
este reto, por lo cual requiri,  pesar suyo, sus armas; embraz el
escudo, enristr la lanza, tom distancia, y se precipit furioso sobre
la guerrera. Marfisa, por su parte, hizo lo mismo, y di tan tremendo
bote  Pinabel en la visera de su casco, que le derrib en tierra sin
sentido, transcurriendo muy bien una hora antes de que pudiese levantar
la cabeza.

Marfisa, vencedora en aquel combate, oblig  la dama  desnudarse de su
traje y de todas sus galas,  hizo que la vieja se quitara  su vez el
suyo; despues de lo cual quiso que se vistiera con las suntuosas ropas
de la dama, y que montara en el palafren de esta. Emprendi en seguida
tranquilamente su camino con la anciana, que estaba tanto ms repugnante
cuanto mejor engalanada.

Tres dias viajaron de este modo sin que les sucediera cosa alguna digna
de mencion, cuando al llegar el cuarto divisaron  un caballero que
venia hacia ellas, solo y  rienda suelta. Por si desearais conocerle,
os dir que era Zerbino, hijo del rey de Escocia, modelo de valor y de
gentileza, que iba poseido de la ira y del dolor ms vivos, por no haber
podido vengarse de un guerrero que le habia impedido llevar  cabo un
acto de magnanimidad. En vano corri Zerbino por la selva en persecucion
del que le habia ultrajado; porque este supo huir tan  tiempo,
consigui tomarle tanta ventaja, y facilitaron de tal modo su fuga lo
intrincado de un bosque y lo denso de una niebla que habia interceptado
los primeros rayos del sol, que consigui escapar inclume de las manos
de Zerbino, hasta que se disiparon la ira y el furor de este prncipe.

El escocs,  pesar de ir aun enfurecido, no pudo contener la risa al
ver  aquella vieja, cuyas vestiduras, propias de la juventud, se
avenian mal con su semblante vetusto y horrible. Acercse  Marfisa y le
dijo:

--Guerrero, has dado una prueba de prudencia al acompaar  una
jovencita como esa; pues no debes abrigar el menor recelo de encontrar
quien te la envidie.

La vieja deberia tener,  juzgar por su arrugado pellejo, ms aos que
la Sibila, y adornada de aquel modo parecia una mona disfrazada para
excitar la risa: pero entonces, abrasada por el furor y por la ira que
chispeaba en sus ojos, se puso aun mucho ms horrible; porque el insulto
mayor que puede dirigirse  una mujer es llamarla vieja  fea.

Marfisa,  quien divertia aquella escena, fingi indignarse, y respondi
 Zerbino:

--Vive Dios, que mi dama es ms bella que t corts; y como creo que tus
palabras no dicen lo que siente tu corazon, estoy seguro de que finges
no conocer su belleza por disculpar tan solo tu extremada cobarda.
Qu caballero seria capaz de no procurar apoderarse de una jven tan
bella como esta, si la encontrara abandonada en un bosque?

--A f mia, dijo Zerbino, que est muy bien en tus manos, y seria
lstima que alguien te la arrebatara: por lo que  m hace, puedes estar
completamente seguro de que no ser tan indiscreto que intente privarte
de semejante tesoro. Si deseas ajustar conmigo otras cuentas, dispuesto
estoy  darte  conocer lo que valgo; pero no soy tan mentecato que vaya
 romper una sola lanza en honor de tu compaera. Hermosa  fea,
gurdatela: no ser yo por cierto quien perturbe vuestra amistad. Tan
digno me pareceis el uno del otro, que juraria que tu valor corre
parejas con su hermosura.

Marfisa le replic:

--Es preciso que mal de tu grado pruebes  arrebatarme mi dama. No puedo
consentir en que hayas contemplado un rostro tan encantador sin intentar
siquiera poseerlo.

Zerbino respondi:

--No veo la necesidad de arrostrar el menor peligro por alcanzar una
victoria, que ser beneficiosa para el vencido y perjudicial para el
vencedor.

--Si no te parece bueno este partido, te propondr otro que no debes
rechazar, contest Marfisa  Zerbino. Si me vences, conservar esta dama
en mi poder; pero si soy yo el vencedor, la admitirs por fuerza.
Veamos, pues, quin de los dos se quedar sin ella. Pero te advierto
que, si pierdes, habrs de acompaarla siempre y por donde mejor le
convenga.

--Consiento en ello, exclam Zerbino.

Y revolvi sin vacilar su corcel para tomar la distancia conveniente.
Afirmse en los estribos, se asegur en la silla, y para no errar el
golpe, diriji una tremenda lanzada contra el escudo de la doncella,
pero no pareci sino que habia metal. La guerrera por su parte le
embisti de tal modo, chocado con un monte de que alcanzndole en el
yelmo, le arroj aturdido del caballo.

Aquella caida, la nica que recibiera Zerbino en toda su vida, cuando l
habia derribado  millares de guerreros, le caus el ms profundo pesar,
considerndola como una afrenta que no conseguiria borrar jams.

Por largo tiempo permaneci tendido, inmvil y silencioso; mas al
recordar su promesa de servir perptuamente de caballero  la horrible
vieja, sinti aumentar su desesperacion. Dirigindose  l su vencedora,
le dijo riendo desde el caballo:

--Te presento esta dama; cuanto ms bella y agradable me parece, ms
satisfecho estoy de que sea tuya. S, pues, su campeon en lugar mio;
pero cuida de que no se lleve el viento lo pactado, y de no olvidar que
has de ser su guia y defensor por donde quiera que le convenga ir, segun
has prometido.

Sin esperar respuesta, dirigi su corcel hcia un bosque, en el que se
intern rpidamente.

Zerbino, que no dudaba que su vencedor fuese un caballero, pidi
noticias de l  la vieja, la cual no le ocult la verdad; verdad
amarga, que produjo mayor ira y angustia mayor en el vencido.

--El golpe que te ha arrancado de la silla, le dijo la vieja, ha sido
dirigido por la mano de una doncella, cuyo valor la hace digna de usar
el escudo y la lanza, armas propias de los caballeros. Acaba de llegar
del centro del Oriente para probar su valor contra los paladines de
Francia.

Zerbino, al escuchar estas palabras, sinti aumentarse su vergenza de
tal modo, que no solo le ti de un vivo carmin el rostro, sino que
falt poco para que comunicara su encendido color  todas las piezas de
su armadura. Mont  caballo, dirigindose  s mismo los ms duros
reproches por no haber sabido sostenerse bien en la silla, mientras que
la vieja gozaba con su afliccion, procurando estimularla y aumentarla en
cuanto le era posible con el recuerdo de su juramento; y Zerbino, que se
veia obligado  cumplirlo, baj la cabeza, como el corcel rendido de
cansancio, que siente la punta del acicate en sus hijares y el freno en
la boca.

--Ah, Fortuna maldita! decia Zerbino suspirando: qu mudanza ha sido
esta? Despues de haberme arrebatado la bella entre las bellas, te
parece digna de ocupar su lugar la repugnante mujer que has puesto en
mis manos? Mucho ms preferible era para m lamentar la completa prdida
de mi amada, que verme obligado  aceptar un cambio tan desigual. Por t
ha servido de alimento  los peces y  las aves marinas la que,
sumergida y hecha pedazos contra los agudos escollos del mar, no tuvo ni
tendr jams rival en perfecciones y hermosura; y sin embargo, has
prolongado por diez  veinte aos ms de los que debias, y solo por
aumentar la intensidad de mis tormentos, la existencia de esta vieja,
que ha tanto tiempo debiera estar sirviendo de pasto  los gusanos.

As se lamentaba Zerbino, quien por sus palabras y semblante parecia tan
pesaroso de aquella nueva y odiosa conquista, como de la prdida de su
dama. Aun cuando la vieja jams habia visto al prncipe escocs, no
obstante, por lo que le oia decir, adivin que era el caballero de quien
le hablara tanto Isabel de Galicia. Si teneis presente lo que os he
referido, recordareis que dicha vieja habia salido de la cueva donde
Isabel, la amada de Zerbino, permaneci muchos dias cautiva. La jven le
habia manifestado distintas veces cmo huy de su pas natal, y cmo se
salv en las playas de la Rochela, despues del naufragio de la nave que
la conducia; y tan frecuentemente le hizo el retrato de Zerbino, y tanto
le habia detallado sus facciones, que al escuchar la vieja los lamentos
del prncipe de Escocia, y sobre todo al contemplar con ms detenimiento
su rostro, conoci ser l el caballero cuya ausencia costara tantas
lgrimas  Isabel durante su estancia en la caverna; la cual se
lamentaba ms de no verle, que de estar  la merced de los malhechores.
Por las frases que Zerbino dej escapar en medio de su duelo y
afliccion, comprendi la vieja que estaba en la equivocada creencia de
que Isabel habia perecido en el fondo del mar; pero, aun cuando le
constaba lo contrario, no quiso proporcionarle esta alegra, y se
dispuso  referirle con marcada perversidad lo que le fuera
desagradable, callndose lo que podria mitigar su pena.

--Escucha, le dijo, t, cuyo orgullo se complace en cubrirme de
escarnio: si supieses lo que s acerca de la que lloras por muerta, me
llenarias de caricias; pero, antes que revelrtelo, consentiria en que
me dieras muerte,  me hicieras mil pedazos,  no ser que te vuelvas ms
complaciente para conmigo, en cuyo caso tal vez te descubriria este
secreto.

As como el mastin que se abalanza furioso sobre un ladron, se aquieta
prontamente en cuanto le presentan un pedazo de pan  de carne,  otra
cosa que produzca el mismo efecto, as tambien se apacigu de improviso
Zerbino, deseoso de saber el resto de lo que la vieja le habia indicado
con respecto  su llorada dama; y volvindose  ella con rostro ms
agradable, le suplic y le rog por Dios y por los hombres que no le
ocultara cuanto supiera, fuese bueno  malo.

--No esperes oir cosas que te complazcan, dijo la vieja con su cruel
pertinacia: Isabel no ha muerto, como te figuras; pero la vida que
arrastra es tan desdichada, que le hace envidiar  los muertos. Durante
los pocos dias que hace que no la has visto, ha caido en manos de ms de
veinte bandidos; por lo cual, si algun dia llegas  recobrarla, no debes
tener la esperanza de coger la flor tan codiciada por t.

Ah, vieja maldita, y cmo adornas tus embustes! Harto sabias que
faltabas  la verdad; pues aunque Isabel habia caido en poder de veinte,
ninguno de ellos atent contra su honor.

Zerbino pregunt  la anciana dnde y cundo habia visto  Isabel, pero
no pudo saberlo; porque la vieja obstinada no quiso aadir una sola
palabra  las ya dichas. El Prncipe recurri primeramente  las
splicas; le amenaz despues con cortarle el pescuezo; pero tan intiles
fueron sus ruegos como sus amenazas, porque no pudo hacer hablar  la
horrible bruja. Guard por ltimo silencio, persuadido de que nada
conseguiria con sus esfuerzos; aun cuando lo que habia oido despert en
l unos celos tan ardientes, que el corazon no hallaba asiento en el
pecho: por recobrar  Isabel se habria lanzado en medio de las llamas;
pero ligado por la promesa hecha  Marfisa, no le era dado andar ms que
por donde la vieja quisiera llevarlo.

Continuaron, pues, su camino por un sendero estrecho y solitario, segun
la voluntad de la vieja, y siempre silenciosos y sin mirarse al rostro,
treparon por los montes y bajaron  los valles. Mas, en cuanto el
hermoso sol volvi las espaldas al medio dia, fu interrumpido su
inalterable silencio por un caballero que en el camino encontraron. En
el canto siguiente referir lo que aconteci.




CANTO XXI.

     Zerbino combate para defender  Gabrina, que parece tener el
     corazon de vbora, y es derribado el Holands por causa de la vieja
     odiada y perversa.--El herido, tendido en el verde prado, refiere 
     Zerbino la grave ofensa que de Gabrina recibiera, por cuya razon se
     aumenta el odio y el rencor que hcia ella siente el prncipe
     escocs.--Corre despues  donde oye gritos y estrpito de armas.


No creo que una cuerda retorcida pueda amarrar ms fuertemente un fardo,
ni un clavo unir dos tablas con ms solidez de la que liga la f con su
tenaz  indisoluble nudo  un alma noble y generosa. Los antiguos
representaban  la F cubierta de pis  cabeza con un velo blanco, cuya
pureza no alteraba la ms pequea mancha ni el lunar ms leve. La
palabra empeada no debe dejarse jams sin cumplimiento y ya se haya
dado  un solo individuo,   ms de mil, as en una selva como en una
gruta, y lo mismo ljos de todo lugar habitado, que ante los tribunales,
en presencia de numerosos testigos, por medio de actas y escrituras, 
sin que la haya seguido ningun juramento ni conste en documento alguno,
basta que se haya empeado una vez para observarla sin escusa ni
pretexto.

Zerbino, fiel  su palabra en todas ocasiones, cumpli lealmente la que
diera  Marfisa, apartndose de su camino para seguir  la vieja, cuya
compaa era para l ms desagradable que una enfermedad  la misma
muerte; pero pudo ms su compromiso que el deseo de librarse de ella. Ya
he dicho antes que le pesaba tanto verse encargado de la custodia de la
vieja, que la ira le sofocaba, y caminaba silencioso. Taciturnos y sin
proferir una sola palabra seguian ambos su viaje, cuando, segun he
dicho tambien, fu interrumpido tan continuado silencio,  la caida de
la tarde, por un caballero andante que se les present en medio del
camino.

Luego que la vieja conoci  dicho caballero, llamado Hermnides de
Holanda, cuyo escudo negro estaba atravesado por una banda roja, depuso
su orgullo, dulcific la aspereza de su semblante y se acogi al amparo
de Zerbino, recordndole la promesa hecha  Marfisa, y dicindole que el
guerrero que hcia ellos se adelantaba era enemigo suyo y de todos sus
parientes; que habia dado la muerte  su padre y  su nico hermano, y
que probablemente desearia exterminar del mismo modo  toda su raza.

--Nada temas, le contest Zerbino, mientras te halles bajo mi
proteccion.

En cuanto el caballero pudo conocer el rostro de la vieja,  quien tanto
odiaba, dijo  Zerbino con voz arrogante y amenazadora:

--Preprate  luchar conmigo,  renuncia  defender  esa vieja, para
que encuentre en mis manos el castigo merecido. Si te decides  combatir
por ella, indudablemente perecers, como perece todo aquel que proteje
una causa injusta.

Zerbino le respondi cortesmente, que su propsito de matar  una mujer
era vergonzoso, censurable,  indigno de un caballero, aadiendo que si
se empeaba en combatir, estaba dispuesto  ello, pero rogndole al
propio tiempo que reflexionara en que un caballero tan gentil como
parecia serlo, no debia mancharse con la sangre de una mujer.

Como las palabras del escocs fueron intiles, se hizo necesario apelar
 los hechos. Tomaron ambos el terreno conveniente, y se precipitaron 
toda brida uno contra otro. Los cohetes disparados en dias de regocijos
pblicos no surcan los aires con tanta velocidad, como volaron 
encontrarse los corceles de ambos caballeros. Hermnides de Holanda baj
su lanza con objeto de atravesar el costado de Zerbino; pero rompise
aquella, causando muy poco dao  su adversario. En cambio, el golpe del
prncipe de Escocia no fu tan mal dirigido ni tan leve, pues rompiendo
el escudo de su contrincante, le atraves de parte  parte el hombro,
arrojndole maltrecho por la pradera. Movido Zerbino  compasion, por
creer que habia muerto  Hermnides, se ape con presteza del caballo, y
fu  alzarle la visera del almete. El vencido, cual si despertara de un
sueo, fij en Zerbino sus miradas, contemplndole silencioso algunos
momentos, y despues le dijo:

--No siento haber sido derrotado por t, que  juzgar por tu rostro,
debes de ser la flor de los caballeros andantes: lo que me desespera es
contemplarme vencido por causa de una mujer villana, de quien no s cmo
eres campeon, por avenirse mal con tu bizarra. Cuando conozcas el
motivo que me conduce  vengarme de ella, te arrepentirs siempre que lo
recuerdes de haberme puesto en este estado por defenderla. Si tengo en
mi pecho el aliento necesario para decrtelo (y dudo que as sea), te
har ver que esa mujer infame ha llevado siempre su perversidad hasta el
ltimo estremo.

Tenia yo un hermano que se ausent, jven aun, de Holanda nuestra
patria, y pas al servicio de Heraclio, emperador entonces de los
griegos. Contrajo all una estrecha y fraternal amistad con un gentil
magnate de la corte, que poseia en los confines de la Servia un castillo
rodeado de murallas y situado en una comarca deliciosa. El caballero

     [Ilustracin: Zerbino le atraves el hombro de parte  parte.

     (Canto XXI.)]

de quien hablo llamse Argeo; era esposo de esta prfida mujer, y
desgraciadamente la am hasta el extremo de dar por ella al olvido el
sentimiento de su propia dignidad; pero esa infame, ms voluble que la
hoja caida del rbol en otoo y empujada en todas direcciones por el
viento, olvid pronto el cario que durante algun tiempo habia sentido
por su marido, y fij todos sus conatos y todos sus deseos en conseguir
el amor de mi hermano. Mas no opone tanta resistencia  los embates de
las olas el Acrocerauno[146] de infamado nombre, ni se muestra tan
vigoroso contra Boreas el pino que ha renovado ms de cien veces su
cabellera y cuyas raices tienen tanta profundidad cuanta es la altura de
la montaa en que est plantado, como resistencia opuso mi hermano  los
ruegos de esa mujer, nido de todos los vicios ms viles y repugnantes.

     [146] Cadena de montaas del Epiro, llamada hoy della Chimera 
     Khimarioli.

Aconteci un dia, como suele suceder  todo caballero audaz que anda en
busca de contiendas y las encuentra con frecuencia, que mi hermano fu
herido en una de sus aventuras, muy cerca del castillo de su amigo.
Acostumbrado  detenerse en l, lo mismo cuando iba solo, que cuando le
acompaaba Argeo, se propuso permanecer en dicho castillo hasta la
curacion de su herida. Mientras mi hermano estaba aun atendiendo  su
restablecimiento, sucedi que Argeo tuvo que ausentarse por cierto
asunto,  inmediatamente esa desvergonzada se decidi  renovar sus
instancias amorosas, y lo hizo segun su costumbre; pero aquel,  fuer de
amigo leal, no quiso tolerar por ms tiempo tan criminal insistencia, y
 fin de que no se le tildara en lo ms mnimo de traidor, eligi entre
las desgracias que preveia la que le pareci menos mala. Resolvi, pues,
romper los lazos amistosos que  Argeo le unian, y huir tan ljos que
no volviese  tener noticias suyas la perversa mujer. Aun cuando se le
hiciera muy duro obrar as, lo consider ms leal que doblegarse  los
criminales deseos, tantas veces expresados,  dar cuenta de la conducta
de su mujer  Argeo, que la queria ms que  su propia vida.

A pesar de que aun no estaban curadas sus heridas, vistise sus armas y
se ausent del castillo, con el firme propsito de no volver  poner los
pis en aquel pas. Mas de poco le sirvi su noble accion; porque la
suerte se le manifest contraria, privndole de toda defensa. Al
regresar Argeo  su morada, encontr  su mujer derramando lgrimas,
suelto el cabello y con el rostro encendido; y al verla en aquel estado,
le pregunt el motivo de su afliccion. Antes de contestar ella, dej que
Argeo renovara ms de una vez sus preguntas, por estar meditando sin
duda el modo de vengarse del que la habia abandonado; hasta que al fin,
auxiliada por su movible imaginacion, y cambiando su amor en odio,
exclam:

--Ah! seor: para qu te he de ocultar la falta que he cometido
durante tu ausencia? Aun cuando pudiera ocultarla  los ojos de todo el
mundo, no me seria posible acallar mi propia conciencia. El alma que
deplora su pecado inmundo, siente un suplicio tan cruel, que sus efectos
son mucho ms dolorosos que los del mayor castigo corporal que pudiera
infligrseme por mi culpa, si tal nombre debe darse  lo que se hace
sucumbiendo  la violencia. Pero sea lo que quiera, debes tener
conocimiento de ella, y despues haz salir con tu espada mi alma pura 
inmaculada de su inmunda corteza, y priva para siempre  mis ojos de la
luz del sol,  fin de no verme obligada, despues de tanta afrenta, 
tenerlos constantemente bajos, y de que no me causen vergenza las
miradas de los hombres. Tu amigo ha mancillado mi honor; ha violado 
la fuerza este cuerpo, y temeroso de que yo te lo participara, se ha
ausentado sin despedirse siquiera.

Con tan mentidas palabras excit el odio de su marido contra el
compaero  quien dispensara hasta entonces una sincera y viva amistad.
Argeo les di entero crdito, y sin detenerse  ms, apercibi sus armas
y corri  vengarse. Conocedor del pas, alcanz en breve  mi hermano,
que dbil aun y demacrado, caminaba lentamente, sin abrigar la menor
sospecha: en cuanto se puso  su lado, le oblig  retirarse  un sitio
extraviado, donde quiso tomar inmediata venganza de la supuesta ofensa,
y  pesar de las razones y protestas de mi hermano, empese Argeo en
combatir con l. Lleno estaba el uno de salud y vigor, y enfurecido por
su reciente clera; enfermo el otro, y contenido por su amistad no
debilitada: el combate era por lo tanto muy desigual, y mi hermano
resisti muy poco  los golpes de su compaero, convertido en su
reciente enemigo. Result que Filandro (este era el nombre del infeliz
jven de quien te hablo), no pudiendo soportar la fatiga de la lucha,
tuvo que ceder y entregarse.

--No permita Dios, dijo Argeo, que mi justo furor al par que tu infamia
me conduzcan al extremo de manchar mis manos en la sangre de un hombre 
quien tanto am y en cuya amistad confiaba; y aun cuando hayas dado tan
mal pago  mi cario, quiero demostrar  los ojos de todo el mundo, que
tanto en mi odio, como en mi amistad, soy ms noble y ms grande que t,
vengando mi afrenta sin necesidad de darte la muerte.

As diciendo, hizo colocar sobre el caballo una especie de parihuela
formada con ramas de rboles, y lo llev casi muerto al castillo,
encerrndole en una torre, donde conden al inocente  una prision
perptua en castigo de su supuesta falta. Verdad es que nada ech de
menos all, excepto la libertad; porque podia mandar y pedir cuanto
quisiera, y todos se apresuraban  obedecerle.

Esa infame mujer, atormentada incesantemente por su idea constante, iba
casi todos los dias  visitarle en su prision, de cuyas llaves disponia;
y penetraba en ella cuando se le antojaba, para poner  prueba la
lealtad de mi hermano con mayor audacia que antes.

--De qu te sirve esa lealtad, calificada en todas partes de perfidia?
le decia. Qu triunfos tan elevados y gloriosos; qu soberbios despojos
y qu botin tan pinge; qu premio, en fin, alcanzas con ella, cuando
todos te motejan de traidor? Qu utilidad, qu honra no reportarias
ahora si me hubieses concedido lo que te pedia! En cambio, ahora recoges
el gran fruto de tu obstinado rigor, vindote encerrado en una prision,
de la que no esperes salir, como no dulcifiques antes tu dureza. Pero si
me complaces, yo me arreglar de suerte que recobres la libertad y la
fama.

--No, contest Filandro: no esperes jams que mi firme lealtad pueda
dejar de ser lo que es; y aun cuando contra toda justicia y razon
encuentro hoy tan cruel recompensa, y el mundo haya formado un mal
concepto de m, basta con que mi inocencia resplandezca claramente ante
Aquel que lo v todo y puede consolarme con su eterna gracia. Si Argeo
no est satisfecho con tenerme preso, puede arrancarme esta vida
enojosa, y quiz el cielo no me negar el premio de una buena accion,
tan mal agradecida en la Tierra. Tal vez el que hoy se crea ofendido por
m, cuando mi alma se haya librado de mi cuerpo, conocer la injusticia
que conmigo habr cometido, y derramar lgrimas por su fiel amigo
muerto.

Varias veces intent esa mujer desenfrenada ablandar  Filandro, pero
siempre intilmente. Sus insensatos deseos, cada vez ms irritados por
los obstculos que se les oponian iban buscando en el fondo de su
corazon sus antiguos y perversos instintos para utilizarlos de una vez.
Form mil distintos proyectos antes de fijarse en alguno de ellos. Seis
meses transcurrieron sin que pusiera los pis en la prision de mi
hermano, por lo cual el msero Filandro esperaba y creia que ya no
sentia por l afecto alguno. Pero la Fortuna, propicia siempre  los
malvados, proporcion  esta infame la ocasion de poner fin por un medio
deplorable  su apetito tan ciego como irracional.

Mucho tiempo hacia que su marido estaba enemistado con un magnate
llamado Morando el hermoso, el cual acostumbraba hacer, en ausencia de
Argeo, algunas incursiones por las tierras de este, llegando muchas
veces hasta el castillo; pero nunca se atrevia  acercarse  ms de diez
millas cuando sabia que estaba en l su dueo. Para poderlo atraer  sus
manos, propal Argeo la noticia de que iba  marchar  Jerusalen 
cumplir un voto. La hizo circular por todas partes, y se alej el dia
prefijado con bastante publicidad para que todos lo vieran, aun cuando
nadie sospechaba sus verdaderas intenciones,  excepcion de su mujer, de
quien nicamente se fiaba. Al oscurecer volvi al castillo, donde pas
aquella noche y las siguientes, saliendo de l al primer albor matutino,
disfrazado y sin ser visto de nadie. Mantenase oculto vagando por las
inmediaciones de su castillo, para ver si el crdulo Morando volvia 
sus acostumbradas incursiones. Permanecia todo el dia en el bosque, y
cuando veia que el Sol se ocultaba tras el horizonte martimo, regresaba
 su morada, donde su infiel consorte le recibia por una puerta secreta.
Creia, pues, todo el mundo que Argeo estaba  muchas leguas de sus
dominios; y esa incua mujer, juzgando la ocasion oportuna, fu  ver 
mi hermano con nuevos y perversos designios. Derramando un raudal de
lgrimas fingidas, que desde los ojos iban  caer sobre su seno, le
dijo:

--Dnde podr encontrar la proteccion necesaria para que mi honor no
sea del todo mancillado? Cmo salvar tambien el de mi marido? Ah! Si
l estuviese aqu, no temeria nada. Ya conoces  Morando, el cual,
mientras Argeo se halla ausente, no teme  Dios ni  los hombres. Pues
bien: ora valindose de ruegos, ora de amenazas, emplea los mayores
esfuerzos para obligarme  sucumbir  sus deseos; y de tal modo procura
seducir  mis gentes que no s si al verme sola podr resistirle.
Constndole que mi esposo est muy ljos de aqu, y que no volver en
mucho tiempo, ha tenido la audacia de penetrar en mis tierras sin
pretestar la menor excusa. Oh! si por fortuna estuviese mi esposo  mi
lado, no solo no se atreveria  intentar semejante paso, sino que ni
siquiera se consideraria seguro  tres millas de nuestras murallas.

Hoy mismo me ha pedido, con cnica franqueza, lo que muchos meses h
venia buscando: de tal modo me ha expresado sus deseos, que he temido
por mi honor y mi decoro; y  no haberle contestado con dulzura,
fingiendo que accederia  sus designios, se habria apoderado  la fuerza
de lo que hoy cree obtener voluntariamente. As, pues, he prometido
dejarle satisfecho, aunque sin intencion de cumplir mi promesa; porque
un convenio hecho  la fuerza es nulo: mi propsito fu entonces el de
impedir que llevase  cabo lo que se preparaba  conseguir por medio de
la violencia. Ahora bien: solo t puedes librarme de l; de lo contrario
quedar mancillado mi honor, al mismo tiempo que el de Argeo, al que,
segun me has dicho, tienes en tanto  en ms que el tuyo propio. Si te
niegas  prestarme este servicio, me asistir el derecho de decir que es
mentida la lealtad de que te envaneces; que solo por crueldad has
despreciado mis splicas y mis lgrimas, y que la resistencia que hasta
ahora has opuesto  mi pasion no ha sido motivada en manera alguna por
tu amistad hcia Argeo. Y sin embargo, nuestro amor podia haber quedado
oculto entre ambos, al paso que mi infamia no dejar de hacerse
pblica.

--No eran necesarios tantos prembulos, contest Filandro, para
excitarme  defender la honra de Argeo; porque siempre estoy dispuesto 
ello. Dime pronto lo que debo hacer; pues me he propuesto ser siempre lo
mismo que hasta aqu he sido; y aun cuando tan sin razon sufro un
inmerecido castigo, no he pensado siquiera en culpar  tu esposo, por
quien estoy dispuesto  arrostrar la muerte, aunque debiera luchar
contra el mundo entero y hasta contra mi destino.

Esa mujer impa respondi:

--Quiero que arranques la existencia al hombre que procura nuestra
deshonra. No temas que esta accion te acarree mal alguno; porque te
proporcionar los medios ms seguros para llevarla  cabo. Debe volver 
este castillo hcia la tercera hora de la noche, favorecido por las
tinieblas; le har una seal en que hemos convenido, y le introducir en
mi estancia de modo que no sea observado. Mientras tanto t debes
esperar en ella, oculto en la sombra, hasta que lo ponga en tus manos,
despues que se haya desnudado de sus armas y de casi toda su ropa.

De esta suerte prepar el lazo en que debia caer su marido, esa mujer,
 mejor dicho, esa furia infernal, tan traidora como cruel. As que
lleg aquella desastrosa noche, sac  mi hermano de la torre,
proveyndole de armas, y le condujo  su habitacion, donde se ocult
esperando la llegada del desdichado amigo. Sucedi tal como estaba
previsto; pues raras veces se frustran los designios de los malvados.
Persuadido Filandro de que castigaba  Morando, descarg un golpe fatal
sobre el excelente Argeo, de cuyo golpe le hendi el crneo y el cuello,
tanto ms fcilmente, cuanto que el yelmo no resguardaba su cabeza.
Argeo exhal su postrer suspiro sin hacer el menor movimiento,
pereciendo  manos del amigo que ni por ensueo podia suponer que
llegaria  encontrarse en semejante trance; y caso raro! creyendo velar
por su honor, hizo con l lo peor que puede hacerse con el enemigo ms
encarnizado.

Apenas cay Argeo, desconocido aun de mi hermano, apresurse este 
devolver la espada  Gabrina, que tal es el nombre de esa mujer, nacida
tan solo para vender  todo el que caiga en sus manos. Gabrina, que
hasta entonces le habia ocultado la verdad, quiso que Filandro
contemplara, con la luz en la mano, la vctima de quien era homicida, y
le mostr el cadver de su compaero Argeo. Amenazle en seguida, si no
consentia en realizar su prolongado y amoroso deseo, con divulgar el
crmen de que era culpable sin poder alegar nada en su favor; aadiendo
que le haria morir afrentosamente como traidor y asesino, recordndole,
por ltimo, que si bien le constaba que no tenia apego  la vida, debia
mirar por su fama.

Filandro permaneci algunos momentos lleno de temor y de afliccion,
luego que se persuadi de su error: su primer impulso, dictado por la
clera que le poseia, fu el de matar  Gabrina, y aun dud si era la
mejor determinacion que podia adoptar; y  no haber acudido en su
auxilio la razon, hacindole reflexionar que se encontraba en una morada
hostil, la hubiera despedazado con los dientes  falta de otras armas.
As como un bajel sorprendido en alta mar por dos vientos encontrados,
que tan pronto le empujan velozmente hcia delante, como le hacen
retroceder al punto de partida, y le obligan  virar contnuamente de
popa y de proa, se deja al fin arrastrar por el ms fuerte, as
Filandro, despues de muchas vacilaciones, eligi el menos malo de los
dos partidos que se le proponian. La razon le hizo ver el gran peligro
que corria de encontrar, no tan solo la muerte, sino un fin infame 
ignominioso, como llegara  divulgarse l homicidio por el castillo, y
se estremeci ante esta consideracion. Voluntariamente  no, era preciso
que apurara hasta las heces aquel amargusimo cliz, y por ltimo, pudo
ms el temor que la obstinacion en su corazon lacerado.

El temor de un suplicio afrentoso le oblig  prometer  Gabrina que
cumpliria todos sus mandatos, si se alejaban seguros de aquel sitio. As
fu como alcanz esa infame el fruto de sus deseos, despues de lo cual
abandonaron aquella comarca. De este modo regres Filandro  nuestro
lado, dejando en Grecia un nombre deshonrado y envilecido, y llevando
eternamente grabada en su corazon la imgen de su compaero,  quien
habia inmolado tan neciamente, para obtener, bien  pesar suyo, la
conquista incua de una Progne cruel, de una Medea. Si no le hubiera
contenido el duro freno de su f y sus juramentos, habria exterminado 
Gabrina; pero, en cambio, le tuvo tanto odio como es posible.

Desde aquel acontecimiento no se le vi nunca sonreir; todas sus
conversaciones estaban impregnadas de la mayor tristeza; continuamente
exhalaba profundos suspiros, y lleg  ser cual otro Orestes despues de
dar muerte  su madre y al sagrado Egisto, cuando se ensaaron con l
las Furias vengadoras[147]. Aquel dolor profundo y continuado min su
naturaleza de tal modo, que por ltimo cay enfermo en el lecho.
Conociendo entonces esa meretriz lo poco grata que era su presencia para
mi hermano, troc la intensa llama de su amor en odio, en ira ardiente 
inextinguible; tan furibunda entonces contra Filandro como en otro
tiempo lo fu esa malvada contra Argeo, form el proyecto de deshacerse
del segundo marido, lo mismo que se habia deshecho del primero, y llam
 un mdico  propsito para semejante obra, hombre vil y fraudulento,
ms hbil para matar con venenos que para curar  sus enfermos con
tisanas, prometindole una recompensa superior  la que l le pidiera,
la cual le seria entregada en cuanto la librara de la presencia de su
seor por medio de algun brevaje emponzoado.

     [147] Orestes, hijo de Agamenon y Clitemnestra, pas su juventud en
     Fcida despues del asesinato de su padre por su madre y Egisto, y
     all contrajo con Plades la amistad que  ambos hizo tan clebres.
     Veng la muerte de su padre con la de los dos culpables; pero
     perseguido por las Furias, le acompaaron por todas partes los
     remordimientos y la demencia.

El indigno viejo presentse en la estancia de mi hermano, donde  la
sazon me hallaba yo con otras muchas personas, ensendonos el tsigo
que llevaba en la mano, y dicindonos que era una pocion tan excelente,
que en breve haria recobrar al enfermo su perdida robustez; pero
meditando Gabrina un nuevo crmen, antes de que el enfermo gustase aquel
lquido, ya fuese por quitar de en medio  su cmplice  por no darle lo
que le habia prometido, asi la mano del mdico en el momento en que
aproximaba  los labios de mi hermano la taza que contenia el tsigo, y
le dijo:

--No lleves  mal que vele por la existencia del hombre  quien tanto
he amado. Quiero estar segura de que no le das ninguna bebida nociva, ni
ningun jugo envenenado, y por esta razon me opondr  que le suministres
ese brevaje, si t no lo pruebas antes.

Considera, seor, cul seria la turbacion del viejo al escuchar estas
palabras. Bien fuese porque lo crtico de aquella circunstancia le
impidiese tomar de pronto una resolucion salvadora,  bien por desterrar
toda sospecha, el caso es que se decidi  beber una parte del contenido
de la taza; y el enfermo, en vista de tal seguridad, tom el resto, que
le present el mismo mdico. Cual gavilan, que teniendo aprisionada
entre sus corvas garras una tmida perdiz con la que espera saciar su
apetito, se v sorprendido por un perro que hasta entonces ha sido su
compaero fiel, el cual le arrebata vidamente su presa, as se qued el
mdico que, creyendo ya tocar el precio de su prfida accion, se
encontr, donde esperaba ayuda, con una amarga decepcion.

Oye ahora un rasgo de incomprensible audacia, y ojal suceda otro tanto
 cualquier hombre dominado por la avaricia.

Una vez terminada su triste mision, ech  andar el viejo con nimo de
regresar  su casa, y tomar alguna medicina que neutralizase los crueles
efectos del veneno; pero Gabrina se opuso, diciendo que no consentiria
en que se alejara hasta que se conociera la virtud del brevaje propinado
al enfermo. De nada le sirvieron al mdico sus ruegos ni sus
ofrecimientos para disuadirla de su tenaz oposicion; y desesperado al
sentir prxima una muerte que no podia evitar, revel  los
circunstantes aquel complot infernal, sin que esa lograra paliar, como
intent, su declaracion. De este modo hizo el buen mdico consigo mismo
lo que tantas veces habia hecho con los otros, y su alma sigui  la de
mi hermano, separada pocos momentos antes de su cuerpo.

En cuanto nosotros oimos la verdad de los labios del viejo, nos
precipitamos sobre esa fiera abominable, mucho ms cruel que cuantas se
albergan en las selvas, y la encerramos en un sitio tenebroso, para
condenarla  la hoguera que tenia tan merecida.

Hasta aqu llegaba Hermnides de su relato, y se proponia referir cmo
se escap Gabrina de su prision, cuando, agravndose los dolores de su
herida, volvi  caer plido sobre la yerba. Dos escuderos que le
acompaaban hicieron unas parihuelas con ramas gruesas, y Hermnides
mand que le transportaran en ellas, porque de otro modo le era
imposible continuar su camino. Zerbino manifest  aquel caballero todo
el sentimiento que le causaba el triste estado en que le habia puesto,
aadiendo que, fiel observador de las reglas de caballeria, no habia
tenido ms remedio que defender  la mujer confiada  su custodia; pues
de otra suerte habria dado lugar  que se pusiera en duda su lealtad;
porque cuando la recibi bajo su amparo, prometi salvarla de cuantos
atentaran contra ella. Asegurle despues que, si en alguna cosa podia
serle til, estaria pronto  acudir  su llamamiento. El caballero le
respondi que solo deseaba recordarle la conveniencia de deshacerse de
Gabrina, antes que llegara  tramar contra l alguna maquinacion de que
despues se lamentara y arrepintiese aunque en vano. Gabrina permaneci
siempre con los ojos bajos, porque no es fcil contradecir la verdad.

Zerbino se alej en seguida con la vieja, continuando su forzosa marcha,
y maldicindola todo el dia en su interior por haber sido causa de la
desgracia del caballero de Holanda. Si antes le era desagradable y
enojosa aquella mujer, ahora que le habia hecho conocer sus malas artes
el que estaba perfectamente enterado de ellas, le inspir tanta
aversion, que no podia mirarla con tranquilidad. Gabrina,  quien no
pasaba desapercibido el profundo odio que Zerbino la tenia, no quiso
cederle en sus sentimientos rencorosos, y triplic su mala voluntad
hcia l: su corazon estaba henchido de veneno, por ms que en su rostro
apareciera lo contrario.

Iban, pues, caminando por el centro de un bosque secular, en la paz y
concordia que dejo dicho, cuando, en el momento en que el Sol se dirigia
hcia la noche, oyeron gritos y estrepitosos choques de armas, indicios
seguros de que se habia empeado un combate, no muy ljos de ellos, 
juzgar por la proximidad del ruido. Deseoso Zerbino de averiguar la
causa, se adelant precipitadamente en direccion de aquel rumor, y le
sigui Gabrina no menos presurosa. En el otro canto me ocupar de lo que
sucedi.




CANTO XXII.

     Astolfo llega al palacio encantado de Atlante, destruye el
     encantamiento y hace desaparecer el palacio.--Bradamante consigue
     encontrar  su Rugiero, el cual derriba  cuatro adversarios en
     ocasion en que acudia  librar de las llamas  un caballero
     andante: los cuatro vencidos le disputaban el paso por rden de
     Pinabel,  quien Bradamante quita la vida.


Afables damas, adoradas por vuestros amantes, vosotras las que sabeis
contentaros con un solo amor, aun cuando por este modo de pensar os
halleis en minora con respecto  las de vuestro sexo, no os ofendais de
lo que haya podido decir antes contra Gabrina, arrastrado por mi
indignacion, ni de lo que aun pudiera ocurrrseme, censurando su ndole
perversa. Como Gabrina era una mujer infame, no he podido menos de
hacerlo constar as, cumpliendo con la obligacion de decir siempre la
verdad, que me ha impuesto l que ejerce un dominio absoluto sobre m.
Al obrar de este modo, no creo oscurecer la fama de cuantas estn
dotadas de un corazon virtuoso.

El oprobio del traidor que vendi  su Maestro por treinta dineros, no
alcanz  Pedro ni  Juan; y la fama de Hipermnestra no es menos ilustre
por ms que fuese hermana de tantas mujeres indignas[148].

     [148] Hipermnestra fu una de las cincuenta hijas de Danao, que
     salv  su esposo Linceo,  pesar de la rden de su padre, que
     habia mandado  todas sus hijas matar  sus maridos la primera
     noche de sus bodas. Danao cit  Hipermnestra  juicio para
     castigarla por su desobediencia; pero el pueblo la declar
     inocente. Sus hermanas fueron precipitadas por Jpiter en el
     Infierno, y condenadas  llenar eternamente un tonel agujereado.

Por una sola  quien me atrevo  censurar en mis versos por exigirlo
as la verdad de la historia, ofrezco en cambio celebrar  otras ciento,
haciendo que su virtud resplandezca ms que el Sol.

Pero volviendo  tomar el hilo de mi narracion, que muchos suelen
escuchar con placer, por lo cual les estoy agradecido, y me esfuerzo en
amenizarla con la variedad posible, recordar que el caballero de
Escocia acababa de oir un gran ruido de armas. Sigui un sendero angosto
entre dos cerros, y  los pocos pasos lleg  un valle rodeado de
montaas, en cuyo fondo encontr el cadver de un caballero. Ya os dir
su nombre; mas antes quiero volver las espaldas  la Francia y pasar 
Levante en busca del paladin Astolfo que habia emprendido el camino de
Occidente.

Le dej en la ciudad cruel de donde habia expulsado con la ayuda de su
trompa  la chusma mujeril, salvndose de un gran peligro, y poniendo en
fuga  sus mismos compaeros que se alejaron vergonzosamente  bordo de
una nave. Seguir, pues, ocupndome de l, y os dir que al salir de
aquel pas, tom el camino de Armenia. Al cabo de pocos dias lleg  la
Anatolia, y se dirigi despues  Bursa, desde donde continu su viaje
por mar, hasta que desembarc en la Tracia. Sigui luego las orillas del
Danubio, recorri la Hungria, y como si su corcel tuviese alas, en menos
de veinte dias atraves la Moravia, la Bohemia, la Franconia, y se
encontr en el Rhin. Pasando despues por el bosque de las Ardenas, lleg
 Aquisgran, luego al Brabante, y por ltimo se embarc en Flandes. El
viento que soplaba hcia Tramontana impeli de tal suerte las velas
sobre la proa, que al mediodia di vista  Inglaterra, en cuyas playas
salt al poco rato. Mont  caballo y le espole de tal suerte, que
lleg aquella misma tarde  Lndres.

All tuvo noticia de que el anciano Oton se encontraba en Paris muchos
meses hacia, y que la mayor parte de sus barones habia seguido
posteriormente sus huellas. En su consecuencia, Astolfo determin
trasladarse  Paris cuanto antes, y embarcndose en el Tmesis, sali
pronto  alta mar,  hizo dirigir la proa en demanda de Calais. Un
vientecillo que al principio empujaba suavemente al buque, hacindole
deslizarse rpido sobre la superficie de las aguas, fu creciendo poco 
poco, y adquiriendo por momentos tal fuerza, que el piloto, temeroso de
estrellarse en la costa tuvo que virar en redondo y dejarse llevar por
su impulso, aun cuando siguiera opuesto rumbo. Navegando tan pronto  la
derecha como  la izquierda, y entregados totalmente  la ventura,
consiguieron al fin anclar cerca de Ruan.

Luego que Astolfo puso el pi en la anhelada tierra, hizo ensillar 
Rabican, cubrise con su armadura, se ci la espada, y emprendi el
camino llevando consigo aquella trompa, cuyo auxilio era ms eficaz que
el de mil hombres. Atraves un bosque y lleg al pi de una colina de
donde brotaba un manantial claro y apacible,  la hora en que los
ganados dejan de pacer, para preservarse de los ardores del Sol en el
aprisco  en la hondonada de un monte. Sofocado Astolfo por el calor y
especialmente por una sed abrasadora, se quit el casco, at su corcel 
uno de aquellos espesos rboles, y se prepar  satisfacer su sed en las
frescas ondas del manantial. Aun no habia humedecido en el agua sus
labios, cuando un campesino que estaba oculto all cerca, sali
repentinamente de entre un matorral, salt sobre el caballo y huy con
l.

Astolfo oy el ruido, alarg la cabeza, y apenas conoci el dao que le
ocasionaban, se apart del manantial, olvidando su sed, y ech  correr
tras el ladron con toda la rapidez que le permitian sus piernas. El
campesino no se alejaba  escape tendido, pues de esta suerte habria
desaparecido en breve de la vista de Astolfo, sino que aflojando 
tirando de la brida, marchaba tan pronto al trote como al galope.
Despues de dar muchas vueltas, salieron del bosque, y se encontraron
ambos en el sitio en que tantos otros caballeros estaban detenidos en
una verdadera prision sin hallarse por eso cautivos. El campesino se
refugi en el palacio con aquel corcel, cuya rapidez igualaba  la del
viento, en tanto que Astolfo, embarazado con su escudo, su casco y su
armadura, le seguia  larga distancia. Al fin lleg  aquel suntuoso
edificio; pero all perdi de vista  su caballo y al raptor. En vano
mir por todas partes y recorri presuroso las salas, las cmaras y las
galeras: su trabajo fu completamente intil; pues no consigui
descubrir al prfido villano, ni presumir donde habria ocultado 
Rabican, aquel corcel de rapidez incomparable, y durante el resto del
dia continu infructuosamente sus pesquisas arriba, abajo, dentro y
fuera.

Confuso, y sobre todo, rendido de dar tantas vueltas, sospech al fin
que aquel sitio estaba encantado; y acordndose del libro que le habia
regalado Logistila en la India,  fin de poder burlar con su auxilio
todos los encantamientos, y del que no se separaba un momento, recurri
 su ndice, y vi pronto la pgina en que habia de encontrar el medio
de destruir aquel nuevo maleficio. Dicho libro se ocupaba minuciosamente
de la descripcion del palacio encantado, as como de los medios que
deberian emplearse para dejar confundido al Mgico, y librar  todos los
cautivos. Bajo el umbral de la puerta estaba encerrado un espritu,
autor de todos aquellos engaos y prestigios; una vez levantada la
piedra que le cubria, l mismo haria que el palacio se desvaneciera como
humo.

Deseoso el paladin de llevar  cabo tan gloriosa empresa, no tard ms
tiempo que el necesario para bajar el brazo, en probar si aquel mrmol
pesaba mucho; pero en cuanto el anciano Atlante vi al Duque prximo 
destruir su obra, apel  nuevos sortilegios, temeroso de lo que podia
suceder; y por medio de sus artes diablicas, hizo aparecer  Astolfo
bajo distinta forma de la que tenia. Unos le tomaron por un gigante;
otros por un campesino, y muchos creyeron ver en l un caballero de
torva faz: todos, en fin, le contemplaron bajo el mismo aspecto de que
se revestia el Mgico en el bosque; as es que para recobrar lo que
Atlante les habia arrebatado  cada cual, acometieron simultneamente al
paladin.

Rugiero, Gradaso, Iroldo, Bradamante, Brandiamarte, Prasildo y otros
muchos guerreros, vctimas de este nuevo encanto, se precipitaron con
furor sobre el Duque, dispuestos  hacerle pedazos; pero en tan apurado
trance, acordse de su trompa, con la que les oblig  mitigar su
clera: si no hubiese apelado  sus horribles sonidos, era segura su
muerte. Pero en cuanto se llev  la boca aquella bocina, y despidi sus
tremebundos sones, empezaron todos los caballeros  escaparse cual
palomas dispersadas por el tiro del cazador. El mismo Nigromante, plido
y aterrado, huy de su morada tembloroso, y no par hasta que dej de
percibir aquellos espantosos ecos. Al mismo tiempo que huia el guardian
con todos sus prisioneros, salieron de las cuadras muchos caballos, no
bastando para sujetarlos las cuerdas  que estaban atados, y siguieron 
sus dueos por distintos caminos. En el palacio no qued un solo ser
viviente, y hasta el mismo Rabican habria huido con los dems, si
Astolfo no le cogiera de las riendas al atravesar la puerta.

En cuanto el Duque ingls se libr del Mgico, levant la pesada piedra
del umbral, y encontr debajo de ella algunas imgenes y otras cosas que
me abstengo de referir. A fin de destruir aquellos encantos mgicos,
hizo pedazos todo cuanto encontr, conforme  las prescripciones del
libro, y de improviso desapareci el palacio convertido en humo y en
vapores. All encontr el caballo de Rugiero atado con una cadena de
oro; me refiero  aquel caballo que le diera el Mgico para enviarle 
la isla de Alcina: Logistila le hizo un freno  propsito para dirigir
su carrera cuando volvi  Francia, recorriendo todo el lado derecho de
la Tierra, al pasar  Inglaterra desde la India. No s si recordareis
que el Hipogrifo dej aquel freno atado  un rbol, el dia en que la
hija de Galafron desapareci enteramente desnuda de la vista de Rugiero,
recompensando tan mal su oportuno auxilio. Con gran asombro de cuantos
lo vieron por los aires, fu el volador corcel  reunirse con su antiguo
amo, y permaneci  su lado hasta el dia en que el Duque destruy todos
los encantos.

Astolfo no podia haber hallado una cosa que le fuese ms agradable; pues
el Hipogrifo le venia perfectamente para recorrer  medida de su deseo
la parte de mar y tierra que le era aun desconocida, y para dar la
vuelta  todo el mundo en pocos dias. No ignoraba el modo de dirigir su
marcha, porque habia tenido ocasion de estudiarla en la India, el dia en
que Melisa le libr del poder de la malvada Alcina, que le tenia
convertido en mirto. Entonces vi y observ atentamente cmo cedia la
cabeza arrogante del corcel al freno de Logistila, y oy las
instrucciones que esta benigna hada di  Rugiero para guiarle por todas
partes segun su voluntad. Decidido, pues,  quedarse con el Hipogrifo,
le coloc su silla, que estaba cerca, y le hizo un freno  propsito,
reuniendo diferentes piezas de otros muchos que habian quedado atados en
aquel sitio, pertenecientes  los caballos fugitivos. Dispuesto ya 
remontarse sobre tan maravilloso palafren, acordse de su Rabican, y el
temor de abandonarle le detuvo y con razon; pues tan excelente caballo
era digno de estima, tanto porque no habia otro igual para el combate,
cuanto porque le habia traido desde el ltimo rincon de la India hasta
el extremo de la Francia. Largo tiempo permaneci irresoluto, y por
ltimo determin ofrecerlo como un valioso presente  algun amigo, antes
que abandonarlo en medio del camino  merced del primero que llegara.
Pas todo el dia mirando si veia aparecer por el bosque algun cazador 
campesino, que le siguiese  cualquiera ciudad llevando del diestro 
Rabican, y estuvo esperando sin resultado hasta el amanecer del
siguiente, cuando al despuntar la nueva aurora y  la indecisa luz del
crepsculo, le pareci divisar un caballo que se adelantaba por el
bosque.

Mas, para deciros lo que sucedi, necesito antes ir  reunirme con
Rugiero y Bradamante.

En cuanto cesaron de oirse los sonidos de la trompa, y la gentil pareja
se hall  bastante distancia de aquel sitio, Rugiero mir en torno
suyo, y vi lo que hasta entonces le habia ocultado Atlante; el cual,
valido de sus sortilegios, impidi que ambos amantes pudieran conocerse.

Rugiero contempl  Bradamante, y esta le examin  su vez, asombrada y
sin poder explicarse cmo habia ofuscado sus sentidos una ilusion
extraa por espacio de tantos dias. Rugiero abraz  su hermosa dama,
que se puso ms encarnada que una rosa, y apresurse  coger en sus
labios las primeras flores de su inefable amor. Ambos felices amantes
volvieron  repetir una y mil veces sus caricias y susabrazos,
sintiendo tan inmensa alegra, que apenas la podian contener sus
corazones. Oh! Cmo maldijeron entonces los infames encantos, que no
les habian permitido conocerse mientras vagaban por el palacio
encantado, hacindoles perder adems tan placenteros dias!

Bradamante, dispuesta  otorgar  su amante todos los favores que son
lcitos  una doncella pudorosa, y  fin de sustraerlo de las tinieblas
en que vivia, sin que por ello se resintieran su honestidad y su decoro,
manifest  Rugiero que, si no queria que se negara con dureza y
esquivez  concederle el trmino de sus amorosos deseos, era
indispensable que la pidiera  su padre Amon; pero bautizndose antes.
Rugiero, que por amor de Bradamante no tan solo abrazaria el
cristianismo, en cuya religion vivieron sus padres y todos su ilustres
antecesores, sino que estaba pronto  darle la vida, como llegara 
pedrsela, le contest:--Por merecer tu cario pondria mi cabeza, no
bajo el agua, sino entre las llamas.

Rugiero se puso en marcha para recibir el bautismo y unirse despues 
Bradamante, la cual le gui  Valleumbroso, monasterio suntuoso y rico,
clebre por la religiosidad de sus monjes y por su hospitalidad. Al
salir del bosque encontraron  una dama, cuyo semblante revelaba el
mayor desconsuelo: Rugiero, siempre humano y siempre corts para con
todos, pero mucho ms para con las mujeres, apenas vi las lgrimas que
surcaban el delicado rostro de aquella dama, sinti una gran compasion y
dese conocer la causa de su pesar; por lo cual, acercndose  ella, le
pregunt, despues de saludarla cortesmente, el motivo de tener el rostro
baado en llanto. Levant la dama hcia l sus ojos preados de
lgrimas, y con voz llena de dulzura, le dijo:

--Gentil caballero, las lgrimas que ves rodar por mis mejillas son
producidas por la compasion que me inspira un doncel  quien hoy mismo
van  dar muerte en un castillo cerca de aqu. Enamorado ese jven de
una doncella tan hermosa como amable, hija de Marsilio, rey de Espaa,
solia pasar  su lado todas las noches, sin dar que sospechar  la
familia, envuelto en un velo blanco, disfrazado con un traje de mujer, y
fingiendo la voz y los ademanes de tal. Pero como no puede haber secreto
que permanezca constantemente oculto, no falt quien le observara,
revelndolo en seguida  dos amigos suyos, y estos  otros, hasta que,
lleg  noticia del Rey: antes de ayer se present un comisionado de
Marsilio, que sorprendiendo  ambos amantes en el lecho, les ha
encerrado en el castillo en distintos calabozos; y estoy segura de que
no transcurrir el dia de hoy sin que perezca el jven lastimosamente.
He huido por no presenciar el espectculo cruel y horroroso de verle
perecer en una hoguera, pues nada podr causarme dolor tan vivo como el
suplicio de ese jven: de hoy en adelante todos mis placeres se
convertirn en afliccion al recuerdo de la espantosa llama en que han de
arder sus bellos y delicados miembros.

Bradamante escuch atenta este relato, el cual la conmovi tanto, que no
parecia sino que el jven condenado  muerte fuese uno de sus hermanos;
y en verdad que su temor no carecia de fundamento, como veremos despues.
Volvindose  Rugiero, le dijo:

--Soy de opinion que apercibamos nuestras armas en auxilio de ese
cautivo.

Y dirigindose  la afligida dama, aadi:

--Como logremos hallarnos dentro de los muros de ese castillo antes que
hayan dado la muerte al desdichado jven, puedes estar segura de que
sabremos salvarle.

Siguiendo Rugiero los generosos impulsos del corazon bondadoso de su
dama,  imitando su noble desinters, ardi en deseos de volar en
socorro del jven, y dijo  la dama, de cuyos ojos continuaban brotando
abundantes lgrimas:

--A qu aguardas? No es este el momento de llorar, sino de socorrer:
dirgenos pronto adonde se halla tu protegido,  quien prometemos sacar
de entre millares de lanzas  espadas, con tal que nos conduzcas
inmediatamente  su lado. Aligera, pues, el paso ms de lo que te sea
posible, no vaya  suceder que por tardar nuestro socorro, lleguemos
cuando ya le hayan abrasado las llamas.

Las arrogantes palabras y el aspecto imponente de ambos amantes,
atrevidos hasta lo sumo, hicieron renacer en el corazon de la dama su
muerta esperanza, pero como temia menos la distancia  que se encontraba
el castillo, que los impedimentos que podian hallar en el camino
haciendo intiles sus esfuerzos, permaneci algunos instantes indecisa.
Por fin les dijo:

--Si tomsemos el camino ms llano y que ms directamente conduce al
castillo, sin duda llegaramos antes de que la hoguera estuviese
encendida: pero estamos obligados  caminar por senderos tan tortuosos y
speros que alargarn nuestro viaje ms de un dia, y temo que al llegar
 su trmino encontremos muerto al jven.

--Y por qu no hemos de ir por el camino ms corto? pregunt Rugiero.

La dama respondi:

--Porque  la mitad de l se encuentra un castillo de los condes de
Poitiers, en que Pinabel, hijo del conde de Altaripa, y el ms perverso
de los hombres, ha establecido, aun no hace tres dias, una costumbre
incua y vergonzosa para las damas y caballeros andantes. Por all no
pasa una sola dama ni un caballero, que no se vean obligados  someterse
 los mayores ultrages. Tanto las unas como los otros han de perder sus
corceles; dejando adems, los guerreros las armas, y las damas sus
vestiduras. No enristran lanza ni la han enristrado en Francia hace
muchos aos mejores caballeros que los cuatro que han jurado  Pinabel
ser mantenedores de esta ley infame en su castillo. Os esplicar el
origen de esta costumbre, que segun he dicho solo hace tres dias que
est en uso, y juzgareis si fu  no recta la causa que oblig  los
caballeros  prestar del juramento.

Pinabel tiene una dama tan incua, tan infame, cual no existe otra. Un
dia que iba con l no s por donde, encontr un caballero que le caus
una gran afrenta. Habindose ella burlado de una vieja que iba montada 
la grupa del caballo de aquel campeon, empese un combate; y Pinabel,
que estaba dotado de poca fuerza, pero de mucho orgullo, sali vencido:
el vencedor quiso sin duda asegurarse de si la dama cojeaba  no, por lo
cual la oblig  bajarse de su palafren, la dej  pi,  hizo que la
vieja se vistiera con su suntuoso traje. La dama, llena de despecho y de
la ms ardiente sed de venganza, se reuni  Pinabel, que siempre est
dispuesto  secundar cualquiera maldad, y como no pudiera apartar de su
imaginacion el escarnio recibido, ni tener hora de reposo, dijo  su
amante que el nico modo de verla de nuevo risuea y placentera,
consistia en desmontar  mil caballeros y mil damas, quitndoles  los
unos las armas y sus vestidos  las otras.

Aquel mismo dia hizo la casualidad que llegaran al castillo de Pinabel
cuatro esforzados caballeros, los cuales habian venido hasta all desde
comarcas remotsimas: su valor es tal, que en nuestros dias no existen
otros ms intrpidos ni diestros en el manejo de las armas: llmanse
Aquilante, Grifon, Sansoneto, y el ms jven Guido el salvaje. Pinabel
dispensles en su castillo una corts acogida, y mientras estaban
entregados al sueo por la noche, los sorprendi en el lecho, los
aprision, y no consinti en restituirles la libertad hasta que le
juraron permanecer all durante un ao y un mes (tal fu el tiempo que
les prefij); que despojarian de sus armas  cuantos caballeros andantes
apareciesen por aquellos contornos, y que harian otro tanto con los
vestidos de las damas que fuesen en su compaa, quitndoles asimismo
los caballos. Obligados por la violencia, no tuvieron ms remedio que
prestar aquel juramento, bien  pesar suyo. Hasta hoy nadie ha podido
luchar con ellos sin quedar vencido, y han llegado ya infinitos
caballeros que han tenido que marcharse  pi y sin armas. Tienen
establecido entre ellos el pacto de que el designado por la suerte sea
el primero en salir del castillo, y en combatir solo; pero si d con un
contrario tan vigoroso que, permaneciendo en la silla, le derribe del
caballo, los otros tres estn obligados  acometer  un tiempo al
vencedor hasta triunfar  sucumbir. Si cada uno de dichos caballeros es
ya tan temible de por s, calcula lo que sern todos juntos.

La importancia de nuestra empresa, es tal que no permite la menor
demora, y mucho menos que perdais el tiempo, exponindoos  los azares
de una lucha; y aun suponiendo que salirais de ella victoriosos, como
lo hace esperar vuestro aguerrido talante, como no es cuestion que pueda
resolverse en una hora, temo mucho que aquel jven perezca entre las
llamas, si no acudimos en su auxilio en todo el dia de hoy.

Rugiero contest:

--Dejemos eso por ahora, y hagamos lo que debe esperarse de nosotros: el
Supremo Hacedor  la fortuna cuidarn entre tanto de ese jven.
Decididos  combatir con los cuatro caballeros, podrs juzgar, al ver el
resultado de la lucha, si somos bastante fuertes para auxiliar al que ha
sido condenado  las llamas por una falta tan leve como nos has
manifestado.

Sin aadir una sola palabra, les gui la dama por el camino ms corto.
Poco ms de tres millas anduvieron, cuando se encontraron en el puente y
en la puerta donde se perdian las armas y los vestidos, y se corria
peligro de perder tambien la vida. Son dos voces la campana del
castillo, anunciando su presencia: abrise la puerta, y sali presuroso
al encuentro de los recien llegados un viejo montado en un rocin,
gritndoles:

--Esperad, esperad: no sigis adelante, que aqu hay que pagar derechos,
y si no sabeis la costumbre establecida, pronto os la dir.

Y empez  referirles la ley que hacia observar Pinabel, exhortndoles
despues  que se conformaran con ella.

--Hijos mios, les dijo, haced que esa dama se desnude de sus vestidos, y
vosotros abandonad aqu vuestras armas y caballos: no os expongais 
luchar con esos cuatro guerreros invencibles. Por do quiera encontrareis
vestidos, armas y caballos; pero nada podr devolveros la vida una vez
perdida.

--Basta, contest Rugiero, no prosigas; estoy perfectamente informado de
todo, y he venido  probar por m mismo si esos caballeros son en efecto
tan valientes como se me ha asegurado. No estoy dispuesto  poner 
merced de nadie, ni vestidos, ni armas, ni caballos, mientras solo se
trate de arrogantes amenazas; y abrigo la seguridad de que mi compaero
tampoco ceder los suyos  las palabras. Pero, por Dios, haz que vengan
pronto  medirse con nosotros los que pretenden arrebatarnos nuestras
armas y caballos; porque necesitamos atravesar esa montaa, y estamos
perdiendo un tiempo precioso.

El viejo respondi:

--Por el puente se acerca quien viene  satisfacer tus deseos.

Y era verdad; pues por l se adelantaba un caballero que llevaba una
sobrevesta roja salpicada de flores blancas.

Bradamante suplic encarecidamente  Rugiero, que por galantera le
cediera el honor de arrojar de la silla al caballero; mas no pudo
conseguirlo, y le fu preciso resignarse  la voluntad de su amante.
Rugiero quiso llevar  cabo por s solo aquella empresa, y que
Bradamante permaneciera como mera espectadora del combate.

Rugiero pregunt al viejo el nombre del primer campeon que salia contra
l.

--Es Sansoneto, contest el anciano; le conozco por las flores blancas y
el rojo color de su vestido.

Ambos adversarios, sin dirigirse la palabra ni demorar un solo momento
el combate, se pusieron simultneamente en movimiento, y se acometieron
con la lanza en ristre, excitando la ardorosa carrera de sus corceles.
Mientras tanto Pinabel habia salido de la fortaleza, acompaado de
algunos infantes, dispuestos siempre  apoderarse de las armas de los
vencidos, y  auxiliar  los caballeros que caian de la silla. Venian 
encontrarse los dos atrevidos contendientes, apoyando en el ristre sus
enormes lanzones de roble verde, de dos palmos de circunferencia, y
cuyos hierros tenian igual longitud. Sansoneto habia hecho cortar en el
bosque inmediato diez  doce astas semejantes  aquellas, destinndolas
 tal objeto; y eran tan fuertes que ni escudos, ni corazas diamantinas,
podrian resistir su choque. Cuando se aprestaron al combate, hizo dar
una de dichas astas  Rugiero, reservndose l la otra.

Con tales lanzas, capaces de hendir un yunque (tan bien templados tenian
sus hierros), se alcanzaron  la mitad de su carrera, dndose un bote
descomunal en sus respectivos escudos. El de Rugiero, que tanto habia
hecho sudar  los demonios cuando lo forjaron,  pesar de estar
desnudos, no se resinti en lo ms mnimo del golpe; me refiero  aquel
escudo que fabric Atlante, y de cuya fuerza ya os he hablado otras
veces: os he dicho que era tal la fuerza con que heria la vista su
encantado resplandor, que al descubrirlo, abrasaba los ojos y derribaba
 los hombres privados de sentido. Por esta razon lo llevaba Rugiero
siempre cubierto con un velo que solo levantaba en los ms apurados
trances. Debe creerse adems que fuese impenetrable, puesto que resisti
el bote de la lanza de Sansoneto.

El escudo de este, forjado por artfices menos hbiles, no pudo soportar
el terrible golpe de su adversario: como si le hubiera herido un rayo,
di paso al hierro de la lanza y se abri por el medio; di paso al
hierro, que tropez al atravesar el escudo con el brazo mal defendido
por l, y Sansoneto qued herido, y  su pesar fu arrojado de la silla,
siendo el primero de los cuatro mantenedores de aquella costumbre
punible que sali vencido en el combate en lugar de apoderarse de los
despojos de sus adversarios. Bueno es que llore alguna vez el que
siempre rie, y que la fortuna no se muestre siempre propicia  los
deseos de los venturosos. El viga del castillo, haciendo con la campana
una nueva seal, avis  los dems caballeros que saliesen  su vez 
combatir.

Mientras tanto se habia aproximado Pinabel  Bradamante para saber quien
era el caballero que con tan singular valor acababa de derribar  uno de
sus campeones. La justicia divina, indudablemente dispuesta 
proporcionarle una recompensa digna de sus merecimientos, permiti que
fuese aquel dia montado en el mismo corcel que algun tiempo antes
arrebatara  Bradamante. Precisamente hacia ocho meses por entonces que
encontrndose el de Maguncia con la guerrera en un camino, la habia
arrojado, segun recordareis, en la tumba de Merlin, cuando la libr de
la muerte una rama que cay con ella no menos que su buena suerte; y
persuadido Pinabel de que habia quedado sepultada en la cueva, se llev
su caballo.

Bradamante conoci al punto su corcel, gracias al cual conoci tambien
al incuo Conde; y al oir su voz y al fijarse con ms detenimiento en su
rostro, dijo entre s:--Este es sin duda el traidor que intent
arrancarme vida y fama; sus pecados le han traido seguramente  recibir
el castigo de sus crmenes.--Amenazar  Pinabel, desenvainar la espada
y embestirle, todo fu obra de un momento; pero antes procur cortarle
la retirada para que no pudiera refugiarse en el castillo.

Semejante  la zorra que halla interceptado el paso de su madriguera,
Pinabel perdi la esperanza de salvarse; y no atrevindose  hacer
frente  la guerrera, huyo  ocultarse en la selva prxima, dando
desaforados gritos. Plido, consternado y fiando su salvacion en la
huida, clavaba los acicates en los hijares de su corcel, mientras la
animosa doncella de Dordoa le seguia de cerca, descargndole furiosos
golpes con su espada, sin abandonarle un punto. El estrpito que
producia el choque de las armas y el rumor de las pisadas de los
caballos resonaba en todos los mbitos del bosque; pero los habitantes
del castillo no observaron nada de esto, por tener fija toda su atencion
en Rugiero.

Los otros tres caballeros habian pasado entre tanto desde el castillo al
lugar del combate, acompaados de la mujer indigna, promovedora de tan
innoble costumbre: cada uno de los tres iba con el rubor de la vergenza
en el rostro y lleno de luto el corazon, por verse obligados  acometer
juntos  un solo adversario, deseando encontrar la muerte antes que
conservar la vida  costa de su honra. La cruel meretriz por quien se
habia establecido y observado aquella costumbre incua, les iba
recordando su pacto y el juramento que de vengarla le hicieran.

--Si mi lanza es suficiente para derribarle, decia Guido el Salvaje,
por qu pretendes que me ayuden mis dos amigos? Si acaso le engaara,
consiento gustoso en que me corten la cabeza.

Otro tanto decian Aquilante y Grifon; cada uno de ellos deseaba luchar
solo con su contendiente, prefiriendo morir  quedar prisioneros, 
tener que acometerle todos juntos.

La dama de Pinabel les contest con resolucion:

--A qu vienen tantas palabras intiles? Yo os he traido aqu para que
despojeis  ese guerrero de sus armas y no para formar leyes nuevas y
nuevos pactos. Pudisteis hacerme esas observaciones cuando os tenia
encarcelados; pero ahora ya es tarde: estais obligados  cumplir lo
ofrecido, y no  desperdiciar el tiempo con frases vanas y engaosas.

Rugiero, por su parte, les gritaba:

--Mirad mis armas! Mirad mi caballo, cuya silla y arneses son
enteramente nuevos! Contemplad tambien el traje de esta dama: si deseais
apoderaros de todo, qu os detiene?

Excitados los tres mantenedores por las palabras de la duea del
castillo, as como por las provocaciones y las burlas de Rugiero,
vironse forzados  acometerle juntos, aunque llevando el rostro
encendido de vergenza. Adelantronse  Guido los dos descendientes del
noble marqus de Borgoa, porque el caballo de aquel, menos gil, qued
atrs, si bien  corta distancia. Rugiero les arremeti con la misma
lanza con que habia derribado  Sansoneto, y cubierto con el escudo que
solia usar Atlante en los montes Pirineos: con aquel escudo encantado
cuyo brillo ningun mortal podia sostener y al que apelaba Rugiero en
ltimo recurso. El guerrero solo se habia servido de l en tres
ocasiones, bien apuradas por cierto: las dos primeras, cuando procur
huir de la mansion de la molicie, para pasar  la morada de la
honestidad; la tercera cuando oblig  la orca  devorar las olas
espumosas en vez de saciarse con las delicadas carnes de las hermosa
Anglica desnuda, que tan mal pago di despues  su libertador. Excepto
en estas tres ocasiones, Rugiero lo habia tenido cubierto siempre con un
velo, que podia levantar fcilmente en cuanto necesitase de su auxilio.

Resguardado con l, segun os he dicho, acudia al combate tan animoso,
que le inspiraban menos temor sus tres adversarios que si hubiesen sido
dbiles criaturas. La lanza de Rugiero fu  chocar en la extremidad
superior del escudo de Grifon,  la altura del almete: Grifon estuvo
tambalendose algunos momentos, hasta que por ltimo cay, yendo  parar
ljos de su caballo. La lanza del hermano de Aquilante habia dado
tambien en el escudo de su adversario, pero como dirigi el bote de
soslayo, al tropezar con su superficie tersa y bruida, se desliz por
ella la punta de la lanza y produjo un efecto contrario: desgarrse el
velo que encubria el fulgor espantoso y encantado,  cuyo resplandor
era forzoso que todos cayesen deslumbrados irremisiblemente.

Aquilante, que acometi  Rugiero al mismo tiempo que su hermano,
arranc el resto del velo y convirti al escudo en un rayo: su claridad
repentina hiri los ojos de los dos hermanos y tambien los de Guido, que
tras ellos venia. Todos cayeron sin sentido; porque el escudo no solo
les priv de la vista, sino tambien del conocimiento.

Ignorante aun Rugiero del resultado de la lucha, volvi su caballo; y al
volverlo desenvain su cortadora espada; pero no vi  nadie que le
hiciera frente, porque todos yacian en el suelo. Los caballeros, los
soldados que habian salido del castillo, los caballos y hasta las damas
parecian hallarse en brazos de la muerte. Al principio qued
sorprendido; pero luego observ que pendia de su brazo izquierdo, hecho
girones, el velo con que solia ocultar la luz que tal efecto produjera.
Asaltado de un repentino pensamiento, empez  buscar con la vista  su
adorada guerrera y sus miradas se fijaron en el sitio donde la habia
dejado al empezar la primera lucha: no vindola all, supuso que se
habria marchado  impedir que pereciera aquel jven, temerosa sin duda
de que fuese arrojado  las llamas, mientras l estaba entretenido en su
combate con los cuatro campeones.

Entre las personas que estaban desmayadas distingui  la dama que all
le habia guiado; la recogi del suelo, adormecida cual estaba, la coloc
en el arzon delantero de la silla y ech  andar cabizbajo, cubriendo el
escudo encantado con un manto que llevaba la dama, la cual recobr los
sentidos en cuanto desapareci el nocivo resplandor. Rugiero continuaba
su marcha, rojo de vergenza y sin atreverse  levantar los ojos,
temiendo que le echaran en cara una victoria tan poco gloriosa.

--Cmo podria yo enmendar, decia entre s, una falta que me cubre de
tanto oprobio? En adelante todos dirn que he conseguido mis triunfos
por medio de encantos, y no por mi valor.

Mientras iba entregado  tales pensamientos, tropez con lo que buscaba:
en medio del camino vi una cisterna profunda, donde solian abrevarse
los ganados despues del pasto, en las calorosas horas del esto. Rugiere
exclam:

--Oh, escudo maldito! Yo sabr evitar que vuelvas  deshonrarme. No te
conservar un momento ms; y permita el Cielo que la vergenza que me
has ocasionado sea la ltima que haya de tener en el mundo.

As diciendo, salt del caballo; cogi una piedra de gran peso, la at
al escudo, y precipit una y otro en el fondo de la cisterna,
exclamando:

--Permanece ah sepultado, y quede contigo eternamente oculto mi
oprobio.

El pozo era profundo y estaba lleno do agua hasta los bordes; la piedra
y el escudo eran pesados: as es que no pararon hasta llegar al fondo,
quedando ocultos por el agua que volvi  unirse tras ellos. La Fama no
pudo callar aquella accion generosa y digna de renombre, y divulgla en
breve: su trompeta sonora difundi la noticia por Francia, Espaa y los
paises comarcanos. Apenas circul de boca en boca esta aventura por
todas partes, acudieron muchos guerreros, as de las ms prximas como
de las ms apartadas regiones, en busca del escudo; pero no pudieron dar
con el bosque donde se hallaba el pozo guardador del sagrado escudo;
porque la Fama que public la accion de Rugiero, no quiso revelar nunca
la situacion del pas ni de la cisterna.

Tan pronto como se hubo alejado Rugiero del sitio que fu testigo de su
poco costosa victoria, dejando  los cuatro grandes campeones de Pinabel
tendidos cual muecos de paja, al llevarse al escudo, se llev tambien
la luz que entorpecia los sentidos, y cuantos yacian como muertos, se
levantaron llenos de asombro. Durante todo aquel dia no supieron
ocuparse ms que de tan maravilloso suceso, haciendo cada cual sus
consideraciones con respecto  aquella luz terrible: hablando estaban de
este acontecimiento, cuando lleg  sus oidos la noticia de la muerte de
Pinabel, aunque sin saber quien fuese el matador.

Durante el combate, la atrevida Bradamante habia alcanzado  Pinabel en
un paso estrecho, y le habia sepultado cien veces su acero en el pecho y
los costados. Luego que purg  la Tierra de aquel hombre prfido y
daino, volvi la espalda al bosque testigo de su venganza, llevndose
el corcel que el infame le arrebatara en otra ocasion. Quiso regresar al
sitio donde habia dejado  Rugiero; mas no supo hallar el camino, y
aunque recorri montes y valles, buscndole por toda la comarca, su
contraria suerte no le permiti que hallase la ruta ms conveniente para
reunirse  su Rugiero. Los que encuentren agradable esta historia quedan
invitados para oir su continuacion en el canto siguiente.




CANTO XXIII.

     Astolfo se remonta  los aires.--Prenden  Zerbino, acusndole de
     haber dado muerte  Pinabel: Orlando le pone en
     libertad.--Rodomonte cabalga en Frontino, que ha arrebatado 
     Hipalca.--El paladin Orlando combate con Mandricardo; y despues,
     teniendo noticia de los amores de Anglica cae en la locura ms
     furiosa que se ha conocido.


Todos debemos auxiliar  nuestro prjimo, porque las buenas acciones
raras veces quedan sin recompensa; y aun cuando no la obtengan, por lo
menos su prctica no puede causar la muerte, ni perjuicio, ni ignominia.
En cambio, el que ocasiona algun dao  otro, encuentra tarde  temprano
el castigo merecido, pagando una deuda que nunca se olvida. Dice el
proverbio que, si las montaas estn fijas, los hombres vuelven 
encontrarse. Ved cul fu la suerte de Pinabel por haberse portado
incuamente: encontr la pena  que le habia hecho acreedor su ndole
perversa, y Dios, que las ms de las veces no permite que padezca
injustamente un inocente, salv  Bradamante, as como salvar  todo
aquel cuya conciencia est limpia de toda felona. Crey Pinabel que
habia dejado muerta y sepultada en la cueva  la doncella, no esperando
volverla  ver y mucho menos llegar  perder la vida  sus manos. De
nada le sirvi encontrarse en el castillo de su padre; en el castillo de
Altaripa, situado entre escarpadas montaas y prximo al pas de
Poitiers. Poseia esta fortaleza el viejo conde Anselmo, de quien naci
el malvado Pinabel, que para librarse de las manos de Claramonte, tuvo
que apelar al auxilio de sus amigos.

Al pi de un monte se veng  su placer Bradamante de aquel traidor,
arrancndole la indigna vida, sin que Pinabel supiera hacer otra cosa
ms que gritar y pedir perdon, en vez de defenderse como un caballero.
Despues de haber dado muerte al fementido conde, que en otra ocasion
procur asesinarla, quiso volver al sitio en que habia dejado  Rugiero;
mas no se lo permiti su adversa suerte, la cual hizo que se extraviara
por un sendero, que la llev  la parte ms espesa, ms solitaria y ms
sombra del bosque, en el momento en que las tinieblas sustituian  la
luz del Sol. No sabiendo la guerrera donde albergarse durante la noche,
se detuvo en aquel sitio, tendindose sobre la naciente yerba, cobijada
por las ramas de los rboles; y ora durmiese esperando la llegada del
dia, ora contemplase  Saturno, Jpiter, Venus, Marte y dems planetas
errantes, no se apart un momento de su imaginacion la imgen de su
adorado Rugiero. Exhalando frecuentes suspiros, que salian de lo ms
profundo de su corazon, se lamentaba, arrepentida y pesarosa, de que
hubiera podido en ella la ira ms que el amor.

--La clera, decia, ha hecho que me separara de mi amante: si  lo menos
hubiese reparado en el camino que seguia, sabria ahora volver por donde
he venido, despues de haber llevado  cabo mi venganza. Oh, cun ciega
y falta de memoria he sido!

Estas y otras palabras estuvo pronunciando en voz alta durante la noche,
adems de otras muchas que no salieron del fondo de su corazon, mientras
que el viento de sus suspiros y el copioso raudal de sus lgrimas
formaban una verdadera tormenta de dolor. Por fin, despues de una
prolongada espectativa, apareci por Oriente la deseada aurora; entonces
la jven mont en su caballo, que iba paciendo por el bosque, y
emprendi la marcha, en direccion opuesta  la del Sol.

No anduvo mucho, cuando se hall  la salida del bosque, y  corta
distancia del sitio donde habia estado el palacio en que el encantador
malvado la entretuvo durante tantos dias con sus ficciones. All
encontr  Astolfo, que se habia detenido  arreglar una brida para el
Hipogrifo, y estaba perplejo por no saber  quien confiar su Rabican.
Por una feliz casualidad, el paladin no llevaba entonces puesto su
casco: as es que, en cuanto Bradamante sali de la selva, conoci  su
primo. Saludle desde ljos, corri  l con suma alegra, le abraz
luego que estuvo cerca, y le dijo su nombre, alzndose la visera para
hacerle ver claramente que era en efecto su prima.

No podria Astolfo encontrar una persona  quien con ms confianza
encomendara su Rabican, que la hija del Duque de Dordoa, seguro como
estaba de que lo cuidaria perfectamente y se lo devolveria  su regreso,
por lo cual crey que Dios se la habia enviado; y si siempre veia con
gusto  Bradamante, con mucho mayor placer la vi entonces por la
necesidad que de sus servicios tenia. Despues de abrazarse
fraternalmente dos  tres veces, y de dirigirse con gran solicitud
mtuas preguntas sobre su vida, Astolfo dijo entre s:--Si he de
recorrer el reino de las aves, debo aprovechar sin demora la ocasion que
se me presenta.--Y confiando  la doncella sus intentos, le mostr su
volador corcel.

No se sorprendi Bradamante al ver desplegar las alas  aquel caballo,
pues en otra ocasion le vi venir contra ella dirigido por Atlante, y
ms tarde le contempl fijamente, con perjuicio de su vista, el dia en
que se llev  Rugiero al travs de caminos extraos  inusitados.
Astolfo dijo  su prima que deseaba confiarle su Rabican, tan veloz en
la carrera, que si echaba  correr al disparar un arco, en breve dejaba
tras s  la saeta: asimismo queria entregarla sus armas, con encargo de
que las llevara  Montalban y las guardara all hasta su regreso; pues
en aquella ocasion no tenia necesidad de ellas. Como intentaba viajar 
travs de los aires, deseaba aligerar su peso cuanto le fuera posible.
Conserv la espada y la trompa, aun cuando con esta sola tenia bastante
para librarse de cualquier riesgo, y entreg tambien  Bradamante la
lanza que llev el hijo de Galafron; aquella lanza que hacia saltar de
la silla  cuantos guerreros alcanzaba.

Elevse en seguida Astolfo sobre el caballo volador, hacindole al
principio remontarse poco  poco; pero despues apresur su vuelo de tal
modo, que Bradamante lo perdi de vista en un momento, del mismo modo
que el piloto saca  su bajel lentamente de entre los escollos
peligrosos, y as que deja atrs el puerto y la costa, desplega todas
sus velas y aventaja en velocidad al viento.

Una vez alejado el Duque, quedse Bradamante indecisa y pensativa, por
no saber cmo arreglarse para llevar  Montalban la armadura y el corcel
de su pariente; pues en aquel momento su corazon estaba vivamente
estimulado por el deseo ardiente de volver  ver  su Rugiero,  quien
pensaba encontrar en Valleumbroso, dado caso que no le hallara antes.
Mientras permanecia irresoluta, vi  un labriego que casualmente
llegaba por aquel camino, al cual hizo recoger y colocar como pudo la
armadura de Astolfo sobre Rahican, y despues le confi los dos caballos,
montando en el uno y llevando al otro del diestro. Bradamante tenia dos
caballos antes de encargarse del de su primo: el suyo y el que habia
recobrado de Pinabel.

Se decidi  emprender el camino de Valleumbroso, esperando encontrar
all  su Rugiero; mas como ignoraba cul era el mejor  ms corto,
temia extraviarse. El campesino, por su parte, no tenia conocimiento del
pas: por ltimo, ech  andar  la ventura, siguiendo la via que le
pareci ms directa al monasterio. Anduvo errante por uno y otro
sendero, sin encontrar una sola persona de quien adquirir informes, y
hcia la hora de nona[149] sali del bosque, descubriendo  corta
distancia un castillo que coronaba la cima de una colina. Fijse en l,
y le pareci que era el de Montalban; y en efecto, aquel era el castillo
en que  la sazon habitaban la madre y algun hermano de Bradamante.

     [149] Una de las horas en que los Romanos dividian el dia, y
     equivale al tiempo de las tres de la tarde.

No bien hubo conocido el sitio en que se encontraba, cuando se sinti
poseida de una tristeza profunda. Por poco que se detuviera all, se
exponia  ser descubierta y  que la obligaran  permanecer en la casa
paterna; de esta permanencia forzada resultaria que su amoroso fuego la
abrasase hasta el punto de hacerla perecer, pues ya no le seria posible
reunirse  su Rugiero, ni llevar  cabo en Valleumbroso su cristiano
proyecto. Despues de haber estado algunos momentos indecisa, resolvise
 volver la espalda  Montalban y ech  andar hacia la abada, cuyo
camino, una vez puesta all, le era ya conocido. Pero su buena  mala
fortuna quiso que antes de salir del valle, se encontrara con Alardo,
uno de sus hermanos, sin tener tiempo de ocultarse de l. Alardo venia
de preparar alojamientos por aquella comarca para los infantes y
ginetes, que  instancia de Carlomagno habia reunido en los paises
circunvecinos. Ambos hermanos se hicieron mil cariosas demostraciones
de afecto, y despues se encaminaron  Montalban, hablando de diferentes
cosas.

Entr la hermosa doncella en el castillo, donde Beatriz la habia
esperado durante mucho tiempo, vertiendo tan continuas como infructuosas
lgrimas, despues de haberla hecho buscar por toda la Francia. Los besos
y los abrazos de su madre y sus hermanos le parecieron muy frios
comparados con los apasionados de Rugiero, que quedaron impresos para
siempre en su alma. En vista de que ya no le era posible ir 
Valleumbroso, determin enviar otra persona en su nombre  fin de que
avisara inmediatamente  Rugiero la causa que la impedia efectuarlo por
si misma, y rogarle (como si fuese necesario) que recibiese el bautismo
por su amor, y acudiese despues  realizar lo proyectado entre ambos
hasta que los uniera el sagrado lazo del matrimonio. Determin adems
enviarle por el mismo mensajero aquel caballo que apreciaba tanto, y con
sobrado motivo, porque ni en todo el reino de los sarracenos, ni en el
de los francos, podria encontrarse un corcel ms hermoso ni ms
gallardo, si se excepta nicamente  Brida-de-oro y Bayardo. El dia en
que Rugiero mont con demasiada audacia en el Hipogrifo y atraves sobre
l los aires, abandon  Frontino (que as se llamaba su caballo) y
Bradamante, hacindose cargo de l, lo envi  Montalban, donde lo
cuidaron perfectamente sin que nadie cabalgara en l desde entonces,
como no fuese por poco tiempo, y aun as sin fatigarlo demasiado; de
suerte que Frontino se hallaba ms lucido y vigoroso que nunca.

Ayudada Bradamante por todas sus doncellas y servidoras, se apresur 
bordar con minucioso esmer una cubierta de seda blanca y gris recamada
de finsimo oro; adorn con ella la silla y la brida del magnfico
palafren, y en seguida llam aparte  la hija de su nodriza Callitrefia,
confidente discreta de todos sus secretos. Habale hablado ya mil veces
de su profundo amor hcia Rugiero, encomiando hasta la exageracion la
belleza, el valor y la gallarda de su amante. Llamla, pues, y le dijo:

--No podria elejir un mensajero ms fiel, ms prudente ni mejor que t
para lo que necesito, Hipalca mia.

Hipalca se llamaba la doncella,  la cual explic donde tenia que ir y
todo cuanto deberia manifestar en nombre suyo  su amante, encargndole
sobre todo que la disculpara por no haber ido al monasterio, y que
echara la culpa no al olvido de su promesa, sino  la suerte que puede
ms que nosotros. La hizo montar en un caballo; le entreg la rica brida
de Frontino y le recomend que si por el camino tropezaba con algun
hombre tan insensato  tan villano que quisiese arrebatarle aquel
corcel, no tenia que pronunciar ms que una sola palabra para hacerle
entrar en razon; pues no conocia  ningun caballero tan atrevido que no
temblara al oir el nombre de Rugiero. Otras muchas cosas le encarg que
tratara con l en su representacion; y cuando Hipalca estuvo
perfectamente instruida de todo, se puso en camino sin detenerse  ms.

Pronto se alej la doncella de Bradamante atravesando caminos, campias
y selvas oscuras; y llevaba andadas ya ms de diez millas sin que nadie
la hubiese molestado en su camino ni siquiera le preguntase adonde iba;
cuando hcia la mitad del dia, y al ir  subir una montaa por un
sendero angosto y escabroso, se encontr con Rodomonte que seguia,  pi
y armado,  un pequeo enano. El moro fij en ella su mirada orgullosa,
y prorumpi en blasfemias contra los dioses, porque no habia hallado en
poder de un caballero aquel corcel tan hermoso y tan ricamente
enjaezado. Habia jurado apoderarse  toda costa del primer caballo que
encontrase, y aquel era precisamente el primero y el ms hermoso y ms
 propsito para l que hallar pudiera; y aun cuando juzgaba una
villania arrebatrselo  una mujer, sin embargo, sus mismos deseos de
poseerlo le tenian indeciso. Lo miraba, lo contemplaba, y decia con
frecuencia:

--Pero por qu no ir sobre l su dueo?

--Oh! Si l estuviese aqu, respondi Hipalca, pronto te haria mudar de
opinion. El que acostumbra montarlo vale mucho ms que t; no hay en el
mundo un guerrero que pueda comparrsele.

--Quin es, pregunt el moro, ese caballero que tan en poco tiene la
fama de los dems?

--Es Rugiero, contest la doncella.

Rodomonte replic:

--Siendo as, no tengo inconveniente en apoderarme de ese corcel, puesto
que se lo arrebato  un campeon tan esforzado como Rugiero; y si es
cierto, como dices, que es tan fuerte y superior  cualquier otro
guerrero, no solo le devolver su caballo, sino tambien los arneses y
hasta el precio que quiera exigirme por el tiempo que de ellos me
aproveche. Pero has de decirle que yo soy Rodomonte, y que si desea
conocer el esfuerzo de mi brazo, le costar poco trabajo encontrarme;
pues por do quiera que voy me da siempre  conocer el resplandor que me
rodea; el rayo no deja mayores huellas de su paso de las que dejo yo en
cuantas partes fijo mi planta.

Al decir esto, arregl las riendas doradas de Frontino, salt sobre l,
y ascendi por la montaa sin hacer caso de Hipalca, que se qued
asombrada, triste y llorosa; y entregndose al dolor ms profundo,
prorumpi en amenazas y dicterios contra Rodomonte.

En otra parte se refiere lo que despues acaeci; pues Turpin que es
quien relata esta historia, se detiene al llegar aqu y vuelve  aquel
pas en que poco antes fu muerto el de Maguncia.

Apenas se habia alejado de aquel sitio con la mayor premura la hija de
Amon, cuando Zerbino lleg por otro sendero, acompaado siempre de la
vieja falaz, y vi en el valle tendido  un caballero, que le era
completamente desconocido. Zerbino, llevado de su natural bondadoso y
compasivo, no pudo menos de apiadarse de semejante desgracia. Pinabel
yacia en tierra inanimado, derramando torrentes de sangre por sus
heridas que debian de ser tantas en nmero, como si cien espadas se
hubiesen dirigido contra su pecho para darle la muerte. Apresurse el
caballero escocs  seguir las huellas recientemente impresas en la
arena, para ver si podia descubrir al homicida, diciendo  Gabrina que
le esperase all, pues no tardaria en volver.

La vieja se aproxim al cadver, examinndolo escrupulosamente, con
intencion de apoderarse de cuantas prendas le gustaran: como entre sus
muchos defectos, tenia el de ser tan avara cuanto puede serlo una mujer,
le dolia que aquel muerto estuviese intilmente adornado con sus ricas
preseas; y si hubiese podido arbitrar un medio  realizar la esperanza
de llevarse ocultamente su hurto, le habria arrebatado la magnfica
sobrevesta y con ella las soberbias armas; pero juzgndolo difcil se
content con despojarle de lo que podia esconder fcilmente, abandonando
el resto con harto dolor de su corazon. Le arrebat, pues, entre otras
cosas, un hermoso cinturon, que ocult entre sus dos faldas, cindoselo
en derredor del cuerpo.

Poco despues lleg Zerbino, que habia perdido las huellas de Bradamante,
porque el sendero se dividia en otros muchos ascendentes  descendentes;
y como se aproximaba la noche, no le pareci conveniente dejarse
sorprender por las tinieblas en medio de aquellas rocas; as es que se
reuni con la impa vieja para buscar un albergue. A unas dos millas de
distancia vieron un gran castillo que era el de Altaripa, donde se
detuvieron para pasar la noche, que se remontaba  grandes pasos hcia
el cielo. Poco tiempo hacia que se encontraban en el castillo, cuando
hiri sus oidos un triste lamento, y vieron que todos los habitantes de
aquella mansion derramaban lgrimas cual si  todos les hubiese
alcanzado una misma desgracia. Zerbino pregunt la causa de semejante
afliccion, y le contestaron que el conde Anselmo acababa de recibir la
noticia de que el cadver de su hijo Pinabel yacia en un angosto sendero
situado entre dos colinas. Para evitar Zerbino que recayesen en l las
sospechas, fingi el mayor asombro y baj los ojos, pensando, sin
embargo, en que el cadver que hall en medio del camino era
indudablemente el de Pinabel.

No tard mucho en llegar la fnebre comitiva, alumbrada por teas y
hachones;  su aspecto redoblaron los gemidos y los lamentos, y brotaron
ms copiosas las lgrimas de los ojos de los circunstantes, en especial
de los del desgraciado padre, cuyo rostro revelaba la desesperacion de
que estaba poseido. Mientras se preparaban solemnes y magnficas
exequias, con la pompa que prescribia la usanza antigua, y que los
siglos van haciendo desaparecer, hizo publicar el Seor del castillo un
edicto, que di tregua  la afliccion de sus vasallos, prometiendo una
rica recompensa al que descubriera al matador de su hijo. Aquel bando
circul rpidamente de boca en boca hasta que lleg  los oidos de la
malvada vieja, cuya crueldad superaba  la de las tigres y las osas; y
en seguida resolvi perder  Zerbino, ya fuese por el odio que sentia
hcia l, ya por el orgullo de probar que era el nico ser en cuyo
corazon no existia el menor tomo de humanidad,  quiz por ganar el
premio ofrecido: lo cierto es que se present al aflijido padre y
despues de un exordio revestido de alguna verosimilitud, le dijo que
Zerbino era el matador de su hijo, y le mostr el rico cinturon que se
ocultara entre las ropas. El conde Anselmo lo conoci en el acto, y en
virtud de aquella prueba y de la delacion de la infame vieja, no pudo
poner en duda su veracidad. Levant las manos al cielo derramando
lgrimas, como para darle las gracias de que su hijo no quedara sin
venganza. Hizo armar precipitadamente  todos sus vasallos, disponiendo
que cercaran el castillo, y mientras tanto, Zerbino, que estaba muy
ajeno de pensar en lo que le esperaba, y no podia suponer que el conde
Anselmo le infiriese ofensa alguna, dormia tranquilo y confiado: aquella
noche misma fu sorprendido en el lecho, encadenado, y sepultado en un
seguro calabozo.

Aun no habia dejado ver el Sol sus resplandores, cuando estuvo todo
preparado para el suplicio de Zerbino, que debia ser descuartizado vivo
en el mismo sitio en que se cometi la muerte que se le imputaba: tal
fu la rden del Seor del castillo, y tal la que acataron todos sin
permitirse la menor observacion. En cuanto la bella Aurora matiz el
trasparente cielo con sus tintas blancas, sonrosadas y amarillas, todo
el pueblo, gritando: Muera! Muera! acudi  castigar  Zerbino por
su supuesto delito. El insensato populacho le acompa fuera del
castillo, sin rden ni concierto, unos  caballo y otros  pi: entre
ellos caminaba Zerbino, con la cabeza baja, maniatado y montado en un
mal caballo.

Mas Dios, que acude con frecuencia en auxilio de los inocentes, y nunca
abandona al que confia en su bondad, le proporcion un defensor, el ms
 propsito para que su existencia no corriera el menor peligro. Este
fu Orlando, que lleg en la ocasion ms oportuna para salvar  Zerbino.
Orlando vi en la llanura aquella multitud, que arrastraba  la muerte
al afligido caballero. Con l iba la doncella que encontr escondida en
una gruta; la princesa Isabel, hija del rey de Galicia, que habia caido
en manos de unos bandidos, despues de haber visto su nave destrozada por
las turbulentas olas de un mar proceloso; aquella que tenia ms dentro
de su corazon  Zerbino, que el alma que la alentaba. Orlando no se
separ un punto de ella despues de haberla sacado de la caverna.

Cuando la jven observ la muchedumbre que cruzaba por la llanura,
pregunt  Orlando cul era su objeto.--Lo ignoro contest el Paladin,
y dejndola en la montaa, baj al llano con la mayor presteza: mir 
Zerbino, y al primer golpe de vista conoci que era un caballero
ilustre. Aproximndose  l, le pregunt la causa de ir encadenado y el
sitio adonde le conducian. Levant la cabeza el doliente caballero, y
dando oidos  las palabras del recien llegado, le dijo toda la verdad
con tan ingnuas frases que el Conde le consider digno de su
proteccion, por estar seguro de que quien as se expresaba era inocente,
y perecia vctima de una sinrazon. Afirmse ms en esta creencia cuando
supo que el conde de Altaripa era quien habia ordenado aquel suplicio;
pues no podia esperarse otra cosa de un hombre tan prfido. Inflamle
asimismo el odio inveterado y hereditario que separaba  las dos
familias de Maguncia y de Claramonte, odio que ocasion tantos daos,
tantos ultrajes y tantas muertes.

--Desatad  ese caballero, canalla, grit el Conde  los soldados;
desatadle,  pereceis todos  mis manos.

--Quin es ese que descarga tan descomunales tajos? respondi uno que
quiso echarla de valiente. Por ventura cree que somos de cera  de
paja, y l de fuego?

Y se lanz contra el Paladin de Francia, que enristr  su vez la lanza,
cayendo sobre su adversario. La armadura brillante que aquel soldado
habia usurpado la noche anterior  Zerbino, y que llevaba puesta, no le
resguard del terrible choque del Paladin: el hierro de la lanza de este
tropez en el lado derecho de la visera del yelmo, y aun cuando no lo
traspas merced  su fino temple fu tan violenta la sacudida que el
soldado cay sin vida con la columna vertebral rota. Sin detener un
momento su carrera ni sacar del ristre la lanza, Orlando atraves con
ella el pecho de otro soldado; la dej clavada en l, y desenvainando
rpidamente  Durindana, embisti  aquella multitud compacta, hendiendo
 unos la cabeza, separndosela del cuello  otros, y traspasando 
muchos la garganta; de suerte que en un instante tendi  sus pis 
puso en fuga  ms de ciento. En breve di muerte  ms de la tercera
parte de aquellos desdichados; y arrollando  los restantes, taj,
hendi, hiri, atraves  hizo pedazos  cuantos se pusieron  su
alcance. Para huir ms velozmente, arrojaban los escudos, los cascos,
los venablos y las picas que les embarazaban; los unos corrian por el
camino, los otros  travs de los campos; estos se ocultaban en los
bosques; aquellos en la profundidad de las cavernas. Orlando, dejando
aparte toda piedad, no quiso que aquel dia quedase uno solo con vida. De
ciento veinte  que ascendian (segun la cuenta que hizo Turpin),
murieron ochenta por lo menos.

Orlando se acerc por ltimo  Zerbino, cuyo corazon saltaba
violentamente en el pecho. Es imposible reproducir en verso la alegra
de que se sinti poseido al ver volver  Orlando. De buena gana se
habria echado  sus plantas para manifestarte su gratitud; pero no le
fu posible por impedrselo las ligaduras que al caballo le sujetaban.
Mientras el Paladin, despues de haberle desatado, le ayudaba  cubrirse
con su armadura, de la que habia despojado al jefe de aquella abigarrada
tropa, que por su mal quiso engalanarse con ella, Zerbino fij sus
miradas en Isabel que habia permanecido hasta entonces en la cima del
collado, y  la sazon se iba acercando  los dos caballeros una vez
terminada la lucha. Cuando Zerbino vi tan cerca de s  la doncella 
quien tanto amaba,  la hermosa jven que creia sepultada en el fondo
del mar, por haber dado crdito  una noticia falsa, y  la que habia
llorado tanto, sinti que se le helaba la sangre en el corazon, cual si
se le hubiera introducido un pedazo de hielo en el pecho, y empez 
temblar con todos sus miembros; pero casi instantneamente le pas aquel
frio, y en su lugar se abras en la ms ardiente y amorosa llama. El
respeto debido al seor de Anglante le impidi volar frentico 
abrazarla, pensando, y aun teniendo por indudable, que Orlando fuese
amante de la doncella. Su alegra fu por lo tanto asaz pasajera; volvi
 sentir una nueva y ms terrible pesadumbre, pues la noticia de la
muerte de su amada le afliji mucho menos que el verla en poder de otro.
Aumentaba su desesperacion el pensar que pertenecia  un caballero 
quien debia tanto; porque pretender arrebatrsela seria una accion vil
al mismo tiempo que una empresa algo difcil. A nadie consentiria que se
alejara con una presa tan codiciada, sin oponer la mayor resistencia;
pero tratndose del Conde, su deber le exigia que no titubease en
manifestarle su gratitud aun  costa de la mayor humillacion.

Taciturnos y melanclicos llegaron  una fuente, junto  la cual se
apearon de los caballos y se detuvieron algun tanto; quitse el yelmo el
fatigado Conde, obligando  Zerbino  que hiciese lo mismo. Al ver
Isabel el rostro de su amante, el exceso de su repentino gozo cubri de
pronto el suyo de una palidez mortal; despues se rehizo, y recobr sus
colores como recobra la flor sus brillantes matices al primer rayo del
Sol que la baa despues de una copiosa lluvia. Sin detenerse  ms ni
tener en cuenta el respeto debido al Conde, se arroj en los brazos de
Zerbino, inundando el llanto sus mejillas y su seno, y sin poder
pronunciar una palabra, porque la emocion embargaba su voz. Al
presenciar Orlando aquellas demostraciones de afecto, no necesit ms
para comprender que aquel caballero era Zerbino.

Luego que Isabel pudo proferir algunas palabras,  pesar de que el
llanto seguia humedeciendo sus mejillas, se apresur  encomiar la
esquisita delicadeza con que la habia tratado el Paladin de Francia,
Zerbino, para quien el amor de la doncella pesaba tanto como su propia
vida en la balanza de su destino, se arroj  los pis del Conde,
expresndole su inmensa gratitud por haberle dado dos veces y casi  un
mismo tiempo la existencia. Las acciones de gracias y los mtuos
ofrecimientos hubieran durado largo rato si no los interrumpiera cierto
rumor que lleg hasta ellos producido por el agitado movimiento del
ramaje. Como estaban descubiertos, se calaron con presteza los yelmos y
apercibieron los caballos; y apenas se habian colocado en la silla,
cuando vieron aparecer  un caballero y una dama.

Era el guerrero aquel Mandricardo que se habia puesto tenazmente en
persecucion de Orlando para vengar  Alzirdo y Manilardo,  quienes
derrot con gran valor el Paladin. Sus pesquisas fueron, sin embargo,
menos activas, desde que, con el solo auxilio de un trozo de lanza, se
habia apoderado de Doralicia, arrancndola de manos de un centenar de
guerreros cubiertos de hierro. Mandricardo ignoraba que el caballero 
quien perseguia fuese el seor de Anglante; pero suponia fundadamente
que debia ser algun ilustre caballero andante. Fijronse sus miradas con
mayor atencion en Orlando que en Zerbino, y despues de haberle examinado
de pis  cabeza, y comparado las seas que le habian dado con las del
guerrero que en su presencia tenia, exclam:

--T eres el hombre que voy buscando: diez dias ha que sigo cuidadoso
tus huellas, estimulado por la noticia de tus proezas que circul por el
campamento sarraceno, cuando  costa de mucho trabajo lleg all uno
solo de los mil soldados que enviaste  las regiones infernales, y
refiri el estrago que causaste en las tropas de los reyes de Noricia y
de Tremecen. Apenas lleg tal suceso  mis oidos, me apresur 
seguirte, no solo por conocerte, sino tambien para medirme contigo: como
adquir minuciosos informes con respecto  tus armas y persona, estoy
seguro de que eres el que busco, aun cuando estos indicios no son en
manera alguna necesarios; pues por ms que te ocultaras de m entre cien
guerreros, fcilmente te conoceria por ese aspecto altivo y arrogante
que te distingue.

--No puede menos de asegurarse, respondi Orlando, que eres un caballero
de alta prez; porque tan magnnimos deseos no creo que se alberguen en
corazones humildes. Si solo por verme has llegado hasta aqu, quiero que
me contemples lo mismo por dentro que por fuera; y  fin de que
satisfagas cumplidamente ese anhelo, me quitar el yelmo. Pero, as que
hayas contemplado bien mi rostro, debes esperar la satisfaccion del
segundo deseo; la del que te ha escitado  venir en mi seguimiento, 
fin de que conozcas si mi valor corresponde  ese porte guerrero que
tanto encareces.

--Ea, pues, exclam el Pagano: ya estoy satisfecho con respecto al
primer punto; pasemos inmediatamente al segundo.

El Conde examin atentamente al infiel de pis  cabeza; mir sus
costados y el arzon de la silla, y no vi espada alguna pendiente de
aquellos, ni maza de armas de este. Esta circunstancia hizo que le
preguntara de qu armas pensaba valerse en el caso probable de que se le
rompiese la lanza. Mandricardo respondi:

--No te inquietes por eso: me ha bastado mi lanza para vencer  otros
muchos caballeros; adems, he jurado no ceir espada hasta que arrebate
al Conde su Durindana, y voy buscndole por todas partes  fin de
ajustar con l esta y otras cuentas. Y si es que saberlo quieres, te
dir que hice este juramento cuando cubr mi cabeza con este yelmo, el
cual, as como cuantas armas llevo, perteneci  Hctor, muerto hace ms
de mil aos. Solo me falta la espada de aquel hroe; no sabr decirte
cmo fu robada, pero s que la posee el Paladin, segun me parece, y de
aqu procede toda esta audacia de que se envanece. Oh! si consigo
encontrarle, no tardar en obligarle  restituirme un acero tan mal
adquirido. Otro motivo me induce tambien  buscarle; el de vengar al
famoso Agrican, mi padre,  quien Orlando mat traidoramente: bien es
verdad, que de otro modo no hubiera triunfado de l.

El Conde no pudo ya permanecer en silencio, y grit con voz terrible:

--Mientes t, y cuantos se atrevan  decirlo! La suerte te ha deparado
al que buscas: yo soy Orlando; el vencedor leal de tu padre, y esta es
la espada que ambicionas, la cual ser tuya, si sabe arrebatrmela tu
valor. A pesar de que me pertenece por justo derecho, quiero dispensarte
la galantera de que disputemos su posesion: y como en esta disputa no
quiero que sea ms tuya que mia, la colgar de un rbol, del que la
podrs descolgar libre y tranquilamente, si acaso me das la muerte 
quedo cautivo.

As diciendo, cogi  Durindana, y la colg en un arbusto que habia en
medio del campo.

Alejronse uno de otro  medio tiro de flecha para tomar campo;
excitaron en seguida el ardor de sus corceles, abandonando enteramente
las riendas, y se embistieron con desusado mpetu, descargndose
recprocamente tan terribles golpes en la visera del almete, que las
lanzas se rompieron como si fuesen de hielo, y volaron hasta el Cielo
hechas menudas astillas. Fuerza era que las lanzas se quebraran, ya que
los caballeros no se movieron lo ms mnimo y continuaron peleando con
los trozos de aquellas inmediatos al cuento. Acostumbrados  manejar con
maestra el acero, esgrimieron aquellos troncos, semejantes  dos
aldeanos armados de garrotes, que se disputan con encarnizamiento el
agua de una acequia  los lmites de un campo.

No resistieron ms de tres  cuatro golpes los trozos de lanza que aun
conservaban, y se hicieron asimismo pedazos en medio del furor de
aquella lucha. En el colmo de su vengativa saa, ambos guerreros, al
verse sin armas, apelaron  las manos, con las cuales se daban terribles
golpes, se arrancaban los clavos de las corazas, y se destrozaban las
mallas, cual pudieran hacerlo los martillos ms pesados  las ms duras
tenazas. El Sarraceno deseaba con impaciencia encontrar una coyuntura,
para poner trmino  tan extraordinario combate sin mengua para su
fama, porque consideraba una necedad continuar de aquel modo, mucho ms
cuando los golpes que  la sazon se descargaban eran ms dolorosos para
el que los daba, que para el que los recibia. Procuraron entonces asirse
mtuamente para luchar  brazo partido: el Rey pagano se agarr
fuertemente  Orlando; lo oprimi contra su pecho,  intent hacer con
l lo que el hijo de Jove hizo con Anteo. Sacudile impetuosamente  uno
y otro lado, lo solt, lo atrajo nuevamente hcia s, y tan dominado
estaba por su ciego furor, que no se cuid de sujetar las riendas de su
caballo. Orlando, que conservaba toda su serenidad, y esperaba vencer 
su adversario, observaba atentamente sus movimientos; y aprovechndose
de aquel descuido, puso la cauta mano sobre la cabeza del caballo del
infiel y le arranc el freno.

Mientras tanto, el Sarraceno cifraba todo su conato en ahogar al paladin
 derribarle de la silla; pero el Conde resistia sus sacudidas,
oprimiendo fuertemente con las rodillas el lomo de su caballo. Fueron
tales, por ltimo, los violentos esfuerzos del pagano, que se rompieron
las cinchas, y Orlando cay en tierra sin notarlo apenas, pues seguia
con los pis en los estribos y oprimiendo la silla con las piernas: el
estrpito que produjo su caida fu muy parecido al que causaria un saco
lleno de armas, al desprenderse de una altura considerable.

El corcel de Mandricardo, al sentir libre su cabeza por no tener freno
ni rienda que la contuviera, emprendi desbocado una vertiginosa carrera
 travs de bosques y caminos, impelido sin cesar por un ciego temor y
llevando consigo  Mandricardo. Doralicia, que vi  su defensor y
compaero salir del campo y desaparecer rpidamente, no se crey segura
sin l, y sali en su seguimiento, aguijando  su palafren, mientras
que el Pagano, confuso y avergonzado, iba gritando  su corcel,
pegndole sin descanso con pis y manos, y amenazndole cual si el
animal pudiese comprender sus palabras, con lo cual excitaba ms y ms
el ardor de su carrera. El bruto, que era cobarde y asustadizo, volaba 
travs de los campos, sin reparar en los obstculos del camino; habia
andado ya tres millas, y aun hubiera seguido adelante,  no impedrselo
un foso en cuyo fondo, que no tenia por cierto plumas ni lana, fueron 
caer de espaldas caballo y caballero. Mandricardo sufri una tremenda
sacudida, pero sali ileso: all se detuvo al fin el corcel; mas,
careciendo de freno, era imposible guiarle. El Trtaro lo sujet por la
crin, y exasperado hasta el extremo, no sabia qu partido tomar.

--Ponle la brida de mi caballo, le dijo Doralicia; que como es ms
dcil, le guiar lo mismo con ella que suelto.

El Sarraceno consideraba como una descortesia aceptar el ofrecimiento de
su dama, y se resistia  admitirlo, cuando la fortuna, favorecedora de
sus deseos, le proporcion el medio de obtener lo que buscaba, enviando
all  la malvada Gabrina, que despues de haber vendido traidoramente 
Zerbino, iba huyendo como la loba que oye venir  lo ljos  los
cazadores y  los perros. Llevaba todavia puesto el traje y dems
prendas juveniles de que fu despojada la caprichosa dama de Pinabel
para vestirla  ella, y montaba asimismo el caballo de aquella jven,
uno de los ms buenos y mejor enjaezados del mundo. La vieja tropez con
el Trtaro antes de haber advertido su presencia en aquel sitio. Al ver
 aquella bruja que, engalanada con prendas propias de la juventud,
parecia un mico  un orangutan, la hija de Estordilano y Mandricardo no
pudieron contener la risa: el Sarraceno determin apoderarse de la brida
de su palafren, y despues de haber realizado su propsito, empez 
gritar,  espantarle y  hacerle huir de tal modo que ech  correr
despavorido por la selva, llevndose  la vieja, medio muerta del susto,
y atravesando  la ventura valles, montes, caminos, senderos
extraviados, fosos  inclinadas pendientes.

Mas no me intereso lo bastante por la vieja para que vaya  descuidar 
Orlando, el cual estaba ocupado en arreglar las cinchas de su caballo y
en acomodarle la silla del mejor modo posible. Volvi  montar, y
aguard algun tiempo el regreso del Sarraceno: viendo que no aparecia,
se decidi por ltimo  ir en su busca; pero fiel  sus hbitos de
cortesa, no quiso alejarse de all sin despedirse prviamente de los
dos amantes, de la manera ms afectuosa. Zerbino sinti en extremo que
se marchara; Isabel lloraba enternecida, y ambos estaban empeados en
acompaarle; pero el Conde se opuso tenazmente  ello, no obstante lo
grata que debia serle tal compaa, manifestndoles que la mayor infamia
que puede recaer sobre un guerrero es la de admitir un amigo que le
ayude y le defienda cuando va en busca de un enemigo. Les rog tan solo
que si tenian la suerte de encontrar al Sarraceno antes que l, le
dijesen que Orlando permaneceria tres dias en aquellos alrededores, pero
que despues iria  reunirse con el ejrcito de Carlomagno para defender
la ensea de las lises de oro: de este modo, si queria encontrarle,
sabria donde dirigirse. Los dos amantes le prometieron cumplir de muy
buena voluntad este encargo y todo cuanto el Paladin tuviese  bien
ordenarles.

Separronse en seguida, tomando cada cual camino opuesto; pero Orlando,
antes de alejarse, descolg la espada que pendia del rbol y se la ci:
acto contnuo, gui su caballo hcia los sitios en que  su parecer
podria dar con el Sarraceno. La desordenada  indecisa carrera que habia
seguido el de este, hizo que Orlando anduviera dos dias enteros
intilmente, sin encontrarle, ni obtener el menor indicio con respecto 
su enemigo. Lleg por fin  la orilla de un arroyo que de cristal
parecia, y fertilizaba con sus aguas un florido prado, esmaltado de los
ms preciosos colores, y adornado de innumerables y distintos rboles.
El fresco cfiro que all soplaba hacia llevadero el calor del medio dia
al sediento ganado y al desnudo pastor: as es que Orlando,  pesar de
ir cargado con la coraza, el yelmo y el escudo, no sentia la menor
molestia. Adelantse, pues, hasta el medio de la floresta para
entregarse al reposo; pero en su lugar solo encontr un asilo triste y
penoso para su corazon, siendo para l aquel dia el ms fatal 
infortunado que pueda imaginarse.

Al dirigir sus miradas en derredor, observ que muchos de los rboles
que descollaban en las umbrosas mrgenes del arroyo tenian grabadas
ciertas inscripciones: examinlas ms detenidamente, y pronto conoci
que estaban hechas por la mano de la mujer  quien amaba. Aquel era, en
efecto, uno de los sitios adonde iban con frecuencia Medoro y la hermosa
reina del Cathay desde la cabaa del pastor, que estaba prxima. Orlando
pudo leer los nombres de Anglica y Medoro, grabados en cien rboles y
entrelazados de cien diferentes maneras. Cuantas letras los componian
fueron otros tantos puales con que el Amor le traspas el corazon: no
queriendo dar crdito  sus ojos, trataba de buscar en su mente una
explicacion contraria  lo que veia, y procuraba persuadirse de que era
otra Anglica la que habia grabado su nombre en aquella corteza.

--Ah! exclam de repente.--Conozco esos caracteres, pues no en balde
los he visto y leido tantas veces; pero quiz ese Medoro es un nombre
imaginario, con el cual ha querido designarme la seora de mis
pensamientos.

Engandose  s mismo con esta opinion, tan apartada de la verdad,
conserv alguna esperanza, que procuraba alimentar  cada momento; pero
en vano, porque cuanto ms creia desvanecer sus implacables sospechas,
ms las renovaba y encendia, como el incauto pajarillo que, vindose
aprisionado en una red  sujeto en una varilla de liga, queda ms y ms
prendido en ella,  medida que agita las alas para recobrar su libertad.
Al seguir recorriendo aquellos contornos, lleg  un sitio en que el
monte formaba una especie de bveda sobre el transparente manantial. La
hiedra y la via silvestre habian adornado la entrada de aquella gruta
con sus ramas retorcidas y trepadoras: aquel era el asilo en donde los
dos amantes se refugiaron tantas veces huyendo de los abrasadores rayos
del Sol, para entregarse  sus amorosos deleites: all, ms que en
ninguna otra parte, se veian escritos profusamente sus nombres; ora con
carbon, ora con yeso, y ora grabados en la piedra con la punta de un
cuchillo.

El afligido Conde apese all de su caballo, y vi en la entrada de la
gruta algunas palabras, estampadas al parecer recientemente por la mano
de Medoro. Las delicias que habia disfrutado en aquel retiro inspiraron
al mancebo las siguientes frases escritas en verso. Creo que en su
lenguaje tenian bastante belleza potica: en nuestro idioma, su sentido
era este:

       Verde enramada, lmpida corriente,
       Gruta opaca de plcida frescura,
       Do goc con Anglica inocente,
       Hija de Galafron, la alta ventura

       Que ansiaron otros mil intilmente,
       Abrasados por ella en llama impura:
       Yo, Medoro infeliz, solo pagaros
       Puedo el bien que os deb, con encomiaros,

       Y con regar  todo fiel amante,
       Doncella y campeon de esfuerzo y brio.
       Hijo de esta region  caminante,
       Que  yerba, sombra, plantas, antro y rio

       Diga:--Benigno os sea el Sol brillante
       Y la Luna; y el coro, siempre pio,
       De ninfas haga que jams turbados
       Seais por los pastores y ganados.

Estas frases estaban escritas en rabe, idioma que el Conde poseia tan 
la perfeccion como el latin: de las muchas lenguas que conocia, aquella
le era ms familiar, habindole servido en muchas ocasiones para salvar
su vida y su fama en el campamento sarraceno; pero  la sazon no debi
envanecerse de los beneficios que hasta entonces le habia proporcionado,
pues el dao que le caus fu infinitamente mayor que todos aquellos
juntos. Tres, cuatro, seis veces ley el infeliz aquel escrito, y otras
tantas se esforz, aunque en vano, en leer lo contrario de lo que veia
estampado. Cuanto ms lo leia, ms claro y distinto hallaba su
significado, sintiendo  cada nueva lectura que la helada mano del
infortunio le oprimia el corazon en su aflijido pecho. Al fin se qued
inmvil, con los ojos y la mente fijos en la pea,  indiferente al
mismo tiempo  lo que en ella veia.

Abandonse entonces de tal modo  su dolor, que estuvo  punto de perder
la razon. Oh! no, no existe pesar alguno  este comparable! Creed al
que por desgracia lo ha experimentado! Inclin Orlando la cabeza sobre
el pecho; baj la frente, tan erguida y arrogante siempre, y su
afliccion le domin hasta tal extremo, que no pudo exhalar una queja, ni
sus ojos encontraron lgrimas para llorar. Su impetuoso quebranto
permaneci reconcentrado en su pecho, por lo mismo que queria escaparse
de l bruscamente, as como el agua contenida en un recipiente de ancho
dimetro y cuello angosto, permanece en l aunque le vuelquen, porque al
acudir el lquido  la boca, lo hace con tal precipitacion y se
aglomera de tal suerte en la estrecha salida, que apenas si se escapan
trabajosamente algunas gotas.

Al cabo de algun tiempo, logr reponerse un poco, y se puso 
reflexionar cmo podria ser que aquellos versos no dijesen la verdad; y
en su consecuencia procur, crey y esper persuadirse de que alguno
habia querido valerse de un medio tan ruin para infamar el nombre de su
dama,  oprimir su corazon con la insoportable carga de los celos para
hacerle morir; suponiendo adems que una mano desconocida habia imitado
 la perfeccion la letra de Anglica. Tan infundada como frgil
esperanza consigui despertar su amortiguado espritu y reanimarle algun
tanto; y volviendo  montar en Brida-de-oro, se alej de aquel sitio en
el momento en que el Sol cedia el puesto  su nocturna hermana.

No habia andado mucho, cuando distingui las blancas espirales de humo
que salian de los techos de algunas cabaas; oy el ladrido de los
perros, el balido de los rebaos, y por fin, lleg  la puerta de una
cabaa, en la que pidi hospitalidad. Dominado por la tristeza, ech pi
 tierra, y confi su Brida-de-oro  un discreto mancebo, mientras que
otros le desarmaban, le quitaban las doradas espuelas  le limpiaban la
coraza. Aquella era precisamente la casa en que Medoro estuvo curndose
de su herida, y en la que hall una suerte inesperada.

Orlando quiso entregarse desde luego al descanso y rehus la cena que le
ofrecian: su dolor le alimentaba ms que cualquier manjar que le
presentasen. Sin embargo, cuanto ms procuraba encontrar el sosiego
apetecido, tanto mayores eran su inquietud y pesadumbre, pues sus ojos
tropezaban con el odiado escrito grabado en las paredes, en las puertas
y en las ventanas de aquella morada. Mil veces estuvo  punto de
preguntar el orgen de aquellas inscripciones, y otras tantas sell sus
labios, temeroso de aclarar, de disipar sus sospechas, prefiriendo que
continuaran envueltas en la nube de la duda, con tal de que la espantosa
realidad no aumentara su desesperacion.

De poco le sirvi, sin embargo, engaarse  s mismo; porque se le
revelaron todo sin preguntar  nadie. Vindole el pastor tan abismado en
su afliccion, y deseoso de hacer lo posible por distraerle, empez sin
ms ni ms  narrar la historia de los dos amantes; historia que referia
 todos cuantos querian escucharle y cuya narracion oyeron muchos
viajeros con inters y complacencia. Manifestle, pues, que l, cediendo
 los ruegos de Anglica, habia trasportado  su cabaa  Medoro, herido
gravemente, y que la jven le cuid la herida, logrando curarla en pocos
dias; pero que habindole Amor causado una herida mucho mayor en el
corazon, fu tan abrasador el incendio producido por una sola chispa,
que se inflam toda ella, sin encontrar medio alguno de apagar aquel
fuego: aadi que sin reparar la doncella en que era hija del monarca
ms poderoso del Oriente, se despos, obligada por el amor, con un
guerrero pobre y oscuro. El pastor complet su narracion presentando al
Conde la alhaja que le regalara Anglica al partir, como testimonio de
su gratitud por la cordial acogida que habian encontrado en su vivienda.

Esta conclusion fu para el Paladin la segur que le cort de un golpe la
cabeza, con cuyo golpe puso trmino el cruel Amor  las innumerables
heridas que en su corazon habia causado. Esforzse Orlando, no obstante,
en ocultar su dolor; pero pudo este ms que el y rompiendo los diques de
la voluntad, precipitse al fin por los ojos y la boca del desdichado,
convertido en lgrimas y sollozos. Apenas se vi solo Orlando, y sin
necesidad ya de ocultarse de nadie, di rienda suelta  su afliccion y
derram un torrente de lgrimas, que inundaron sus mejillas y su pecho:
suspiraba y gemia incesantemente, y se agitaba frentico en el lecho,
que le parecia ms duro que una pea y ms punzante que si estuviese
hecho de ortigas.

En medio de su delirante desesperacion le asalt la idea de que la cama
en que yacia era la misma donde ms de una vez habia dormido su ingrata
dama en brazos de su amante, y se apart de aquellas aborrecidas plumas,
tan precipitadamente como el aldeano se levanta de la yerba en que se
habia tendido, al ver cerca de s una culebra. El lecho, la cabaa, el
pastor se le hicieron de repente tan odiosos, que sin esperar la salida
de la luna  la aparicion del primer albor matutino, cogi sus armas,
mont en su caballo, y empez  caminar  la ventura por entre las ms
oscuras enramadas del bosque. Al verse de nuevo solo, abri otra vez las
puertas  su dolor, prorumpiendo en gritos y alaridos.

Desde entonces no cesaron un punto sus llantos ni sus gemidos, que
resonaban dia y noche por do quiera; huia de las ciudades y de todos los
sitios habitados, y permanecia de contnuo en las selvas, en cuyo duro
suelo dormia  la intemperie. Admirbase de s mismo, al ver que no se
agotaba el manantial de sus lgrimas, y al observar sus interminables
suspiros, y decia frecuentemente en medio de su llanto:

--Estas, que de mis ojos brotan en tan copioso raudal, no son lgrimas,
no: mis lgrimas no bastaron  mi dolor inmenso, y se secaron antes de
que este pudiera exhalarse del todo.

Mis fuerzas vitales son las que ahora se escapan por el camino que 
los ojos conduce, impelidas por el fuego que me abrasa: mis fuerzas
vitales son las que voy derramando, y con ellas concluirn  un tiempo
mismo mis males y mi existencia.--Estos, que atestiguan mi tormento, no
son suspiros. Los suspiros no son como ellos, pues alguna vez tienen
tregua, y yo no siento que mi pecho exhale su pena con creciente
desahogo. Amor, que abrasa mi corazon, es el que produce este viento,
mientras agita las alas en torno del incendio que le devora. Oh! cmo
es posible que un corazon permanezca en medio de las llamas sin
consumirse?--Y yo, yo no soy el que parezco! El que fu Orlando ha
muerto y yace en el sepulcro, vctima, de su ingratsima amada; tan
cruda fu la guerra que le hizo con su deslealtad! Yo no soy ms que el
alma separada del cuerpo de Orlando, que vaga errante sufriendo mil
tormentos por este infierno,  fin de que, avanzando sola con su sombra,
sirva de ejemplo  cuantos en el amor cifran su esperanza.

Toda la noche anduvo el Conde errante por el bosque, y al despuntar el
dia, su fatal destino le encamin de nuevo hcia la fuente en que Medoro
grab sus versos. Al ver su baldon inscrito en la piedra, irritse de
tal modo, que todo su ser se convirti en odio, rabia, ira y furor.
Empu la espada sin tardanza,  hizo pedazos la inscripcion y la roca,
cuyos menudos trozos volaron hasta el cielo. Desgraciada aquella gruta
y los sitios todos en que se leian los nombres de Anglica y Medoro! Los
dej de tal modo, que no volvieron  ofrecer su sombra y su frescura al
pastor ni al ganado; y aquella fuente, tan clara y pura hasta entonces,
tampoco estuvo al abrigo de su clera; pues arroj en sus cristalinas
ondas ramas, troncos, raices, piedras y tierra hasta que las enturbi
desde el fondo  la superficie, de tal suerte, que jams recobraron su
primitiva trasparencia. Por ltimo, cansado, baado en sudor, y cuando
su fatigado aliento no correspondi  su despecho,  su odio
inextinguible y ardiente ira, cay jadeante sobre la yerba, y empez 
exhalar hondos suspiros. Afligido, inmvil, con los ojos abiertos y
fijos en el cielo, sin despegar los labios, sin tomar el menor alimento
ni conciliar el sueo, permaneci en aquel sitio mientras que el sol
apareci y desapareci tres veces, y solo ces su grandsima pena cuando
le hubo privado enteramente de la razon.

Levantse al llegar el cuarto dia, y en su incesante furor, se arranc
la armadura y la cota de malla; arroj ljos de s el yelmo y el escudo,
la coraza y sus restantes armas, las cuales fu esparciendo por el
bosque. Despues se hizo girones los vestidos, dejando enteramente
desnudos el hirsuto vientre, el pecho y la espalda. As empez aquella
furiosa locura, tan terrible, que nadie tendr noticia de otra que pueda
comparrsele.

El furor, la rabia que en su pecho hervian le dejaron privado hasta del
menor destello de juicio: olvidse de conservar su espada con la cual
estoy seguro de que hubiera hecho cosas admirables; pero su vigor
inmenso no necesitaba de ella, ni de hachas, ni lanzas, como lo demostr
llevando  cabo en el acto mismo una de sus admirables proezas: de un
solo esfuerzo arranc un pino gigantesco, y luego otro y otro, como si
fuesen hinojos  yeros. Del mismo modo sigui destrozando encinas y
olmos corpulentos, hayas, fresnos y abetos. Los rboles mas seculares
caian  sus sacudidas como caen los juncos, las zarzas y las ortigas
arrancadas por mano del cazador, cuando quiere despejar el terreno para
tender sus redes. Atemorizados los pastores con tal estrpito, dejaban
sus ganados esparcidos por la floresta, y se dirigian precipitadamente
hcia aquel sitio para averiguar la causa del fracaso.

Mas he llegado ya  un punto, que si lo traspasara, tal vez os
molestaria mi narracion; por lo cual prefiero diferirla para otro canto,
antes de que llegue  fastidiaros por difusa.




CANTO XXIV.

     Zerbino traspasa  Odorico, juntamente con Gabrina, su vergonzosa
     obligacion de acompaar  esta vieja y le deja en libertad.--Muere
     Zerbino  manos de Mandricardo por defender la espada de
     Orlando.--Quejas de Isabel.--Mandricardo combate con
     Rodomonte.--Suspenden su lucha para socorrer  Agramante y su
     ejrcito, que estaban  punto de caer en poder de los cristianos.


Cuantos pongan su incauto pi sobre la liga de Amor, deben procurar
retirarlo  tiempo, antes de dejar enviscadas en ella las alas; porque
el amor, segun opinion de los sbios de todas las edades, no es en suma
ms que una locura, y aun cuando no todos lleven su insensato furor
hasta el extremo que lo llev Orlando, siempre dan algunas seales del
que les domina. Y sobre todo, hay indicio de locura ms vehemente, que
el de perderse  s mismo por querer  los dems? Si los efectos son
varios, la insensatez de que proceden es siempre la misma; es como un
gran bosque, en que forzosamente deben extraviarse cuantos en l
penetran, ya suban  bajen; ya se dirijan  un lado, ya  otro. En
resmen, y para decirlo de una vez: el que llega  una edad madura,
despues de haber dedicado toda su vida al amor, mereceria, adems de
otros castigos, que se le cargara de grillos y cadenas.

Me podrn decir, con razon quizs:--Hermano, ests dando consejos  los
dems, sin tener en cuenta tu propia flaqueza. A esto responder que lo
comprendo demasiado, pues mi mente se halla ahora en un lcido
intervalo, y que por lo mismo he resuelto recobrar mi perdida calma y
abstenerme de toda clase de devaneos, como espero conseguirlo en breve;
pero desgraciadamente no me ser fcil lograrlo tan pronto como
quisiera, porque el mal ha penetrado hasta en la mdula de los huesos.

En el canto precedente os decia, Seor, que el delirante y furioso
Orlando habia esparcido por el campo sus armas, desgarrado sus vestidos,
arrojado ljos de s su espada, y arrancando uno y otro rbol, hacia
resonar con sus gritos las cavernas y los bosques. Atraidos algunos
pastores, al escuchar tan inusitado rumor, por su mala estrella  por
algun grave pecado, se aproximaron  l, pero en cuanto vieron ms de
cerca las increibles pruebas del prodigioso vigor de aquel insensato,
volvieron las espaldas para huir, aunque sin saber adonde, como suele
suceder cuando nos sobrecoje el pnico. El loco se lanz sobre uno de
ellos, logr cojerle, y le arranc la cabeza con la misma facilidad con
que cualquiera arrancaria una manzana del rbol  una hermosa flor de su
tallo. Asi en seguida el pesado tronco por una pierna, y se sirvi de
l como de una maza para golpear  los dems pastores. Derrib  dos de
ellos sin sentido, y quiz no volverian  despertar de su sueo hasta el
dia del juicio: los restantes huyeron en todas direcciones, merced  su
lijereza y prevision; hubirales costado trabajo evitar el alcance del
loco, si este no se hubiese vuelto para acometer  sus rebaos. Los
labradores, escarmentando en cabeza ajena, abandonaron por los campos
sus arados, hoces y azadones; refugironse unos en los tejados de las
casas, y otros en los templos, por no considerarse seguros en las cimas
de los olmos  de los sauces, contemplando desde all la horrenda furia
de Orlando, que con los puos, los dientes, las uas y los pis,
magullaba, abria y hacia pedazos  los bueyes y caballos: el que
conseguia librarse de su saa, debia preciarse con razon de gil.

Podeis calcular si las aldeas cercanas resonarian en breve con el
estrpito producido por los gritos, por las trompas y las rsticas
bocinas, y ms que todo por el clamor de las campanas tocando  rebato.
A aquellos ecos, millares de aldeanos bajaron de las montaas armados
con espontones[150], arcos, venablos y hondas, y otros tantos subieron
de los valles para acometer  Orlando. Cual suele adelantarse por la
salobre orilla la ola empujada por el Austro, que al principio parece
que juguetea, y en pos de ella avanza la segunda aumentando en volmen,
y  esta sigue la tercera con ms fuerza, siendo cada vez mayor la
cantidad de agua que deja impresas sus huellas en la arena, del mismo
modo iba engrosando aquella multitud irritada, que desde lo alto de los
peascos y desde el fondo de los valles se precipitaba contra Orlando.

     [150] Especie de lanza de poco ms de dos varas de longitud con el
     remate de hierro en forma de corazon, usada en los siglos XVI y
     XVII.

El Paladin tendi  sus pis  dos grupos de diez personas cada uno que
le atacaron desordenadamente: los dems juzgaron conveniente, al ver tan
terrible ejemplo, mantenerse para mayor seguridad  cierta distancia. En
vano era que le lanzaran venablos y toda clase de proyectiles; ninguno
de estos podia hacer brotar su sangre, por ser aquel hroe
invulnerable, gracia que el Rey del cielo le concedi para que
protegiera mejor su santa F. Aquel dia estuvo Orlando  punto de morir
si la muerte hubiera tenido algun dominio sobre l: aquel dia pudo muy
bien conocer  lo que se exponia abandonando su espada, y queriendo
mostrarse tan audaz como siempre,  pesar de no ir defendido por su
armadura.

La multitud empez  retirarse, al ver la inutilidad de sus esfuerzos; y
Orlando, al hallarse solo, sigui el camino de una aldea inmediata. No
encontr en ella un solo ser viviente, porque todos sus habitantes,
viejos y jvenes, la habian evacuado por temor, abandonando al huir las
modestas provisiones, propias de su sencilla vida pastoril. Sintiendo,
en medio de su furor insano, los crueles efectos del hambre, arrojse el
Conde sobre los primeros vveres que le vinieron  la mano, devorndolos
crudos  cocidos en un momento, sin observar diferencia alguna entre el
pan y las bellotas.

Sigui vagando despues por la comarca, y cazando  los hombres lo mismo
que  las fieras; en sus correrias por los bosques se apoderaba de las
giles cabras  de los ligeros gamos; con frecuencia atacaba  los osos
y  los javales,  quienes derribaba con su brazo desnudo y desarmado;
y ms de una vez, calm su apetito insaciable con la carne y todos los
despojos de estas fieras. De esta suerte recorri la Francia en todas
direcciones, hasta que un dia lleg  un puente, bajo el cual se
deslizaba un rio ancho, profundo y caudaloso y de escarpadas orillas.
Cerca de l se levantaba una torre, desde la cual se dominaba todo aquel
pas hasta los ms lejanos horizontes. En otra parte oireis lo que all
hizo: ahora es preciso que os hable de Zerbino.

Despues de la partida de Orlando, se detuvo algun tiempo el prncipe de
Escocia, y sigui ms tarde el mismo sendero por donde se habia alejado
el Paladin, llevando su caballo al paso. No creo que anduviese ms de
dos millas, cuando vi que dos guerreros completamente armados se
adelantaban, custodiando  un caballero atado sobre un pequeo
caballejo. Tanto Zerbino, como Isabel, conocieron al prisionero en
cuanto estuvo cerca de ellos. Era Odorico de Vizcaya; aquel caballero
desleal,  quien Zerbino eligi entre todos los suyos para confiarle 
su amada, que fu lo mismo que confiar al lobo la custodia del cordero,
esperando que en aquella ocasion le daria una nueva prueba de la lealtad
con que siempre le habia servido. Precisamente entonces iba Isabel
refiriendo  Zerbino los pormenores de aquel suceso, dndole cuenta de
su salvacion en un esquife, antes de que se sumergiera la nave; de la
violencia que con ella habia usado Odorico, y de su cautiverio en la
gruta de los bandidos. Aun no habia llegado al trmino de su relato,
cuando vieron que traian cautivo  aquel malandrin. Los dos guerreros
que llevaban preso  Odorico, conocieron  su vez  Isabel y supusieron
que el caballero que la acompaaba debia de ser su amante y su seor al
mismo tiempo; de lo cual se cercioraron tan pronto como vieron pintado
en el escudo el antiguo blason de su ilustre raza, y conocieron, al
contemplar ms fijamente el rostro de Zerbino, que habian sospechado la
verdad.

Echaron pi  tierra, y se dirigieron presurosos hcia el Prncipe con
los brazos abiertos, abrazndole donde se abraza  los personajes de
estirpe real, con la cabeza descubierta  hincados de hinojos.
Contemplando Zerbino  uno y otro, conoci que eran Corebo el Vizcaino y
Almonio,  quienes habia hecho pasar  bordo del buque que mandaba
Odorico. Almonio le dijo:

--Ya que  Dios place (gracias le sean dadas) que Isabel est contigo,
comprendo, Seor mio, que nada nuevo podr decirte con respecto al
motivo de venir encadenado ese infame: supongo que mi seora, que ha
sido la ms ofendida por l, te habr narrado todo lo acontecido: debes
por lo mismo saber cmo se burl de m ese traidor alejndome con un
pretesto cualquiera, y cmo fu herido Corebo por defender  su seora.
Pero como Isabel no vi ni oy lo que sucedi despues de mi regreso, y
por lo tanto, no habr podido referrtelo, voy  manifestrtelo en pocas
palabras.

Volvia yo presuroso desde la ciudad  la playa con los primeros
caballos que logr encontrar, y trataba de descubrir el lugar en que
habian quedado mis compaeros, cuando al llegar  la orilla del mar y al
sitio en que los habia dejado, no v ms que sus huellas recientemente
impresas en la arena. Las segu y me llevaron  un espeso bosque; apenas
habia penetrado en l cuando llegaron  mis oidos gemidos lastimeros, y
hall  Corebo tendido en el suelo. Preguntle qu habia sido de la dama
y de Odorico, y quin le habia puesto en aquel estado; y en cuanto supe
lo ocurrido, me puse en seguimiento del traidor, buscndolo por todas
las revueltas del bosque, sin que  pesar de mis pesquisas, me fuera
posible encontrarlo en todo el dia. Volv al lado del herido, que habia
empapado el terreno con su sangre hasta tal punto, que de permanecer
all un poco ms, no hubiese tenido necesidad de mdicos ni lecho para
curarse, sino de una huesa y de sacerdotes y frailes para enterrarlo.
Hice que le trasladaran desde el bosque  la ciudad, y le instal en una
hostera, cuyo dueo, amigo mio, logr curarlo al poco tiempo, merced 
sus cuidados y  los de un experto cirujano. Provistos despues de armas
y caballos, Corebo y yo continuamos buscando  Odorico,  quien
encontramos por fin en la corte de Alfonso de Vizcaya, donde le obligu
 aceptar el reto que le dirig. La justicia del Rey, que me concedi
franco espacio para la lucha; la razon que me asistia, y adems de la
razon, la Fortuna que proporciona la victoria  quien mejor le parece,
me auxiliaron tanto, que el traidor pudo menos que yo, por lo cual qued
prisionero mio, y el Rey, luego que tuvo conocimiento de su crmen, me
autoriz para hacer de l cuanto me pareciese. No he querido darle la
libertad ni la muerte, sino llevarle atado por todas partes, como ves,
prefiriendo que t lo juzgaras, y decidieras si debe perecer  sufrir
otro castigo. Habiendo oido decir que estabas en el campo de Carlomagno,
hemos venido hasta aqu con el deseo de encontrarte. Doy  Dios
fervientes gracias por haberte hallado en un sitio en que no lo
esperaba! Doyle tambien gracias al ver que te ha restituido, no s cmo,
 tu Isabel, de quien no creia que volvieses  tener noticias, 
consecuencia del crmen de ese infame.

Zerbino prest atento oido  la narracion de Almonio sin interrumpirle,
y al mismo tiempo sin apartar la vista de Odorico: era menor su odio que
su sentimiento por ver tan mal recompensada su amistad. Luego que
Almonio hubo acabado su relato, Zerbino permaneci mucho tiempo
pensativo y silencioso, considerando que le habia hecho traicion de un
modo tan manifiesto el hombre que menos motivos tenia para obrar as:
lanzando por ltimo un hondo suspiro, que puso fin  su prolongada
admiracion, pregunt al prisionero si era cierto cuanto Almonio habia
referido. El infame se dej caer de rodillas en tierra, y exclam:

--Seor, cuantos en el mundo viven, pecan  yerran: el bueno solo se
diferencia del malvado en que este sale vencido en todas las guerras
que le mueven sus menores pasiones, mientras que el otro recurre  sus
armas y se defiende; mas si el enemigo es fuerte, tambien queda rendido.
Si me hubieses confiado la defensa de una de tus fortalezas, y al primer
asalto del enemigo le hubiese dejado plantar en ella su bandera sin
resistirme, seria justo que se me imprimiera en la frente el estigma de
la cobarda,  de la traicion, que es peor; pero si me hubiese visto
obligado  ceder ante la fuerza, estoy seguro de que no recaeria sobre
m vilipendio alguno, sino gloria y merecimientos. Cuanto ms poderoso
es el enemigo, tanto ms aceptable es la excusa de una derrota.--Es
cierto que deb guardar mi f del mismo modo que una fortaleza rodeada
de murallas; pero aun cuando puse todo mi conato en conservarla con el
cuidado y la inteligencia de que me dot la Providencia divina, sucumb
al fin, vencido por un asalto irresistible.

As habl Odorico, y como seria prolijo reproducir las palabras que
aadi, me limitar  deciros que continu empleando los argumentos ms
persuasivos para demostrar que cedi  una tentacion irresistible, y que
si cometi aquella falta, lo hizo vencido por un poder superior  l. Si
los ruegos han logrado alguna vez enternecer un corazon irritado; si las
palabras ms humildes y suplicantes han obtenido el resultado apetecido,
entonces debieron conseguirlo; pues Odorico hall en su mente las ms 
propsito para ablandar el corazon ms duro. Zerbino permanecia
indeciso, no sabiendo si deberia perdonar  vengar aquella injuria: la
gravedad del delito le aconsejaba que arrancara la existencia al
culpable; pero el recuerdo de la estrecha amistad que por tanto tiempo
se habian profesado, apag con el agua de la compasion la clera que en
su pecho ardia, y le indujo  perdonarle.

Mientras Zerbino estaba ocupado en reflexionar si daria la libertad, 
se llevaria cautivo al amigo desleal,  bien si se privaria de su
presencia por medio de la muerte,  le condenaria  pasar la vida entre
tormentos, lleg relinchando el corcel que asust Mandricardo con sus
gritos despues de haberle quitado la brida, llevando sobre su lomo  la
vieja por quien Zerbino habia estado  punto de perecer. Atraido el
palafren por los relinchos de los otros, se mezcl entre ellos,
arrastrando consigo  la vieja, que en vano lloraba y pedia socorro. Al
verla Zerbino, elev al cielo su mano en accion de gracias, por
mostrarse con l tan benigno que en un mismo dia entregaba  su merced
aquellos dos seres para quienes solo odio debia abrigar su corazon.
Zerbino hizo detener  la vieja hasta tanto que decidiera de su suerte:
primeramente pens cortarle la nariz y las orejas para escarmiento
ejemplar de los malvados: luego le pareci mejor exponer su cuerpo  la
voracidad de los buitres. Despues de haber vacilado entre diferentes
gneros de suplicios, se decidi por ltimo y volvindose  sus
compaeros, les dijo:

--Quiero proporcionarme la satisfaccion de perdonar la vida  ese
traidor; pues si bien no debiera quedar impune todo cuanto ha hecho, no
es tampoco merecedor de la muerte. Consiento, pues, en que viva y quede
libre; porque estoy persuadido de que cometi un crmen arrastrado por
su pasion, y debe admitirse fcilmente cualquier disculpa cuando la
falta recae en el amor. El amor ha trastornado con frecuencia cabezas
mucho ms firmes que la suya, y ha dado lugar  excesos mucho mayores
que los cometidos por ese infame que as nos ha ultrajado. Por lo tanto,
Odorico debe quedar en libertad, y si hay aqu alguno digno de castigo,
debe ser yo, que en mi ceguedad, no dud en confiarle un encargo
difcil, sin tener en cuenta que el fuego enciende  la paja fcilmente.

Despues, mirando  Odorico, aadi:

--Para castigar tu delito, quiero que por espacio de un ao seas el
acompaante de esa vieja; bien entendido que no te has de separar de
ella un solo momento: donde quiera que vayas  te encuentres, tanto de
noche como de dia, debers permanecer constantemente  su lado, y
defenderla hasta morir contra todo el que intentase ultrajarla. Quiero
adems que ests pronto  combatir con quien ella te indique, si as lo
desea, y quiero, por ltimo, que durante el transcurso de eso ao,
recorras todas las provincias de la Francia.

As dijo Zerbino; pues convencido de que la falta de Odorico merecia la
sepultura, quiso abrir  sus pis otra ms profunda de la que no pudiera
evadirse sino por una casualidad milagrosa. Gabrina habia vendido y
ultrajado  tantas damas y tantos guerreros, que yendo en su compaa
era imposible evitar contnuas querellas con los caballeros andantes. De
este modo serian castigados los dos: ella por sus antiguos crmenes, al
paso que l, saliendo injustamente en su defensa, no dejaria de
encontrar una pronta muerte. Zerbino oblig  Odorico  que le jurara
solemnemente observar tales condiciones, pactando de antemano que, si
dejaba de cumplirlas y por casualidad llegaba  encontrarle, le haria
perecer de un modo cruel, sin escuchar ms ruegos ni dar oidos  la
piedad. En seguida, orden  Corebo y Almonio que desataran al traidor:
Corebo, auxiliado por su compaero, hizo lo que le mandaba su seor,
aunque con estudiada lentitud; pues tanto uno como otro sentian que se
les escapara la venganza que deseaban.

No tard Odorico en alejarse con la vieja maldita; y aun cuando en las
obras de Turpin no se lee lo que despues hicieron ambos, he consultado
otro autor que de ellos se ocup. Este autor, cuyo nombre callar,
refiere que apenas hubieron andado una jornada, cuando, deseoso Odorico
de desembarazarse de aquel estorbo,  pesar de su pacto y de la f
jurada, ech un lazo corredizo al cuello de Gabrina, y la colg de un
olmo, donde la dej abandonada. Un ao despues, Almonio hizo  Odorico
la misma jugada; pero el autor susodicho no dice en qu sitio.

Recordando Zerbino que debia seguir las huellas de Orlando, y no
queriendo perderlas, trat de enviar noticias suyas  sus tropas, que
indudablemente estarian intranquilas por su ausencia; y  este efecto,
mand  Almonio, confindole adems otros encargos que no son del caso
referir. Tras Almonio, envi  Corebo, y qued solo con Isabel. Era tan
grande el afecto que Zerbino, as como su amada, sentian por el virtuoso
Paladin, y tantos sus deseos de saber si habia vuelto  encontrar al
Sarraceno que le hiciera caer del caballo juntamente con la silla, que
determinaron no regresar al campo cristiano hasta que transcurrieran los
tres dias fijados por Orlando para esperar al caballero que no llevaba
espada.

El prncipe de Escocia fu siguiendo los mismos caminos que recorri el
Conde, hasta que l y su amada se hallaron entre los rboles apartados
del camino, en que la ingrata Anglica traz sus amorosas inscripciones.
As estos, como el manantial y las peas tenian impresos los recientes
vestigios del furor del Paladin. Zerbino vi  lo ljos cierta cosa
reluciente; aproximse  ella y encontr la coraza del Conde: un poco
ms all tropez con el casco, pero no era aquel yelmo famoso que cubri
la cabeza del africano Almonte: oy despues relinchar un corcel, oculto
entre la espesura del bosque; levant la cabeza y vi  Brida-de-oro
paciendo tranquilamente la yerba, con el freno pendiente del arzon de la
silla: busc por la floresta  Durindana, y la encontr fuera de la
vaina; hall tambien la sobrevesta del Conde, pero hecha menudos
girones, que el desgraciado Paladin habia ido esparciendo por el suelo.

Con semblante triste contemplaron Isabel y Zerbino aquellos destrozos,
sin poder atinar con la causa de semejante desrden: bien es verdad que
podrian hacer toda clase de suposiciones, excepto la de que Orlando
estuviese privado de razon: si hubieran hallado alguna mancha de sangre,
habrian temido por su vida. Mientras estaban formando mil comentarios,
vieron venir por la orilla del riachuelo un pastorcillo plido y
descompuesto, el cual habia sido testigo desde el pico de una roca del
espantoso furor de Orlando, y presenci cmo arrojaba sus armas,
desgarraba sus vestidos, daba muerte  los pastores y hacia otras mil
locuras. Interrogado por Zerbino, le relat fielmente lo ocurrido, de lo
que el Prncipe qued tan asombrado, que apenas se atrevia  darle
crdito,  pesar de tener delante las pruebas ms fehacientes.

Sin embargo, por si fuese cierto, ech pi  tierra, y lleno de
compasion, de lgrimas y de tristeza, se puso  recojer uno por uno
aquellos restos esparcidos por el bosque, ayudado de Isabel, que se ape
asimismo de su palafren con igual objeto. Dedicados  tan piadosa
ocupacion estaban, cuando se lleg  ellos una doncella de semblante
triste, exhalando hondos suspiros. Si alguno tiene inters en saber su
nombre, la causa de su afliccion y el dolor que la angustiaba, le dir
que era Flor-de-ls, que iba buscando  su amante. Bradamante la habia
abandonado en la ciudad de Crlos, sin decirle una palabra; en dicha
ciudad le estuvo ella esperando seis  ocho meses, y viendo que no
volvia, se decidi  buscarlo por todas partes, desde el uno al otro mar
y hasta el pi de los Pirineos y de los Alpes, registrando los sitios
ms apartados de la Francia, excepto el palacio de Atlante el
encantador. Si Flor-de-ls hubiese penetrado en aquel palacio, habria
visto vagar por l  su Brandimarte con Gradasso, Rugiero, Bradamante,
Ferrags, y ms tarde con Orlando. Pero despues que Astolfo arroj de
all al Nigromante con los sonidos horribles y maravillosos de su
trompa, Brandimarte habia regresado  Paris, y Flor-de-ls lo ignoraba.

Al llegar casualmente, segun os iba diciendo, aquella hermosa doncella
junto  los dos amantes, conoci las armas del Conde, y  Brida-de-oro,
que habia quedado sin su dueo y con el freno en la silla. Vi las
seales de aquel funesto lance, y en breve tuvo conocimiento de su
causa, pues el pastor le refiri en los mismos trminos que
anteriormente el principio de la locura de Orlando.

Entre tanto Zerbino habia reunido todas las armas, y colgndolas de un
pino, form con ellas un bello trofeo: deseoso despues de impedir que se
las apropiara algun caballero del pas  transeunte escribi en el verde
tronco estas lacnicas palabras:

       _Armadura del paladin Orlando._

Como si quisiera decir: Nadie las toque, si no se siente con brios para
medirse con Orlando.

Acababa apenas de poner fin  tan laudable obra, y ya se disponia 
montar  caballo, cuando lleg el altanero Mandricardo; y al ver el pino
engalanado con las gloriosas reliquias, pregunt al Prncipe el orgen
de aquel trofeo, y Zerbino le refiri la verdad tal como la habia oido.
Gozoso el rey pagano, no perdi tiempo; acercse presuroso al pino, y
se apoder de la espada exclamando:

--Nadie puede censurarme por esta accion: tiempo ha que me pertenecia
este acero, y por lo mismo, me asiste un perfecto derecho para tomar
posesion de l donde quiera que lo encuentre. Orlando se ha fingido loco
y lo ha abandonado, sin duda por no sentirse con valor suficiente para
defenderlo; mas aun cuando oculte su cobarda bajo tan ridculo
pretexto, esa no es una razon para que yo deje de hacer uso de un
derecho legtimo.

--No la toques, grit Zerbino,  reflexiona que no te apoderars de esa
espada sin batirte conmigo. Si has adquirido del mismo modo las armas de
Hctor, bien puede decirse que las has robado, y no que han sido el
premio de tu denuedo.

Sin aadir una sola palabra, corrieron  atacarse el uno al otro, con
igual esfuerzo y valenta; y apenas habia empezado la lucha, cuando
reson el aire con el estruendo de cien golpes. Rpido como el rayo,
esquivaba Zerbino todos los golpes de Durindana, y hacia saltar ac y
all  su corcel como un gamo, buscando el terreno ms firme. Harto
necesaria le era su agilidad; pues si dejaba que le alcanzase un solo
tajo de aquel acero, habria ido bien pronto  reunirse con los
enamorados espritus que pueblan la selva de los frondosos mirtos[151].
As como el perro gil ataca al cerdo, que vaga por el campo separado de
la piara, y va dando vueltas en torno suyo, saltando y brincando,
mientras espera una ocasion para acometerle, del mismo modo Zerbino
seguia con la vista todos los movimientos del acero enemigo, y heria y
huia  un tiempo mismo, procurando atacar y defenderse de suerte que no
peligraran su vida ni su honra.

     [151] Alusion  los Campos Elseos, el jardin de los Infiernos.

Por su parte el Sarraceno, siempre que dejaba caer su espada, de lleno 
en vago, lo hacia con tal fuerza, que cada uno de sus golpes silbaba
como el viento Norte cuando sopla impetuoso durante el mes de Marzo
entre dos montaas, y azota los rboles de una frondosa selva, ora
obligndoles  inclinar sus pobladas copas, ora haciendo describir mil
crculos por el aire  sus ramas destrozadas.

Por ms que Zerbino logr esquivar y huir multitud de golpes, no pudo al
fin evitar que le alcanzara un gran fendiente, que pasando entre la
espada y el escudo, le di en el pecho. A pesar de que el peto, la malla
y la coraza eran muy dobles y de excelente temple, cedieron del mismo
modo al filo de la espada, que baj rajando cuanto encontr  su
alcance, as la armadura como el arzon y hasta el arns. Si Durindana
hubiese alcanzado al prncipe escocs ms de lleno, seguramente lo
habria hendido de arriba  abajo como una caa; pero penetr tan poco en
la carne, que solo desgarr la piel: sin embargo, la herida,  pesar de
no ser profunda, era tan larga que mediria ms de un palmo: la humeante
sangre de Zerbino ti su luciente armadura con una lista roja, que le
llegaba  los pis. Del mismo modo he visto dividir un tejido de plata
con una cinta purprea por la mano, ms blanca que el alabastro, que 
menudo me atraviesa el corazon.

De poco le vali  Zerbino su destreza, su fuerza y su audacia; pues el
rey de Tartaria le aventajaba en vigor y en el excelente temple de sus
armas. Aun cuando el golpe del Pagano fu ms terrible en la apariencia
que en sus efectos, no obstante, Isabel sinti que el corazon se le
oprimia dentro del helado pecho. Zerbino, lleno de ardimiento y de
valor, y encendido de ira y de despecho, empu su acero con ambas manos
y lo descarg con toda su fuerza

     [Ilustracin: Combate entre Zerbino y Mandricardo.

     (Canto XXIV.)]

sobro el yelmo del Trtaro. Casi qued tendido el soberbio Sarraceno
sobre el cuello de su caballo ante la violencia de aquel golpe, que le
habria dividido la cabeza en dos pedazos,  no estar encantado el yelmo.
Mandricardo no difiri su venganza, y sin pronunciar una sola palabra,
dirigi  su adversario un furioso tajo sobre el almete, esperando
hendirle hasta el pecho: Zerbino, con la vista y el pensamiento fijos en
los movimientos del Pagano, volvi rpidamente el caballo hcia la
izquierda; pero no tan  tiempo que consiguiera evitar aquel mandoble.
El acero del Sarraceno le parti el escudo, rompi y desat el brazal,
hirile el brazo, destroz el arns y se corri hasta el muslo.

En vano procuraba el prncipe de Escocia herir  su vez  Mandricardo:
sus esfuerzos no tenian el menor resultado, y apenas si dejaba impresas
las huellas de sus golpes en la armadura de su contrario. El rey de
Tartaria, por su parte, habia ya conseguido tales ventajas, que Zerbino
estaba herido en siete  ocho partes, desprovisto de escudo y medio roto
el yelmo. El Prncipe escocs perdia mucha sangre; banle faltando las
fuerzas, y sin embargo, parecia no sentirlo, porque su esforzado
corazon, inaccesible  la debilidad, valia tanto que sostenia su
vacilante cuerpo.

Entre tanto Isabel, plida de terror, corri  Doralicia, y le rog y
suplic por Dios vivo que hiciera lo posible por poner fin  tan
tremenda lucha. Doralicia, tan galante como hermosa,  incierta todavia
sobre el xito del combate, hizo de buen grado lo que Isabel le pedia, 
indujo  su amante  que terminara la contienda  la suspendiera por lo
menos. Zerbino, dando oidos asimismo  su adorada, calm su vengativa
saa, y renunci  prolongar el combate, siguiendo  Isabel por donde
quiso guiarle, sin terminar la comenzada empresa.

Flor-de-ls derramaba por su parte silenciosas lgrimas, al ver tan mal
defendida la excelente espada del desgraciado Conde; y en su iracunda
afliccion, se mesaba los cabellos. Desearia que se hubiese encargado
Brandimarte de aquella empresa; por lo cual form el propsito de
referirle lo ocurrido, en cuanto llegara  encontrarle, persuadida de
que entonces no se envaneceria Mandricardo por mucho tiempo de su
preciada conquista. Prosigui Flor-de-ls buscando  su Brandimarte dia
y noche, alejndose cada vez ms de su amante, que, como hemos dicho, se
hallaba ya de regreso en Paris. Despues de dar mil vueltas por montes y
llanuras, lleg  la orilla de un rio, donde vi y conoci al msero
Paladin; pero antes dir lo que le sucedi  Zerbino.

Al desgraciado caballero le parecia una falta tan grande el dejar
abandonada  Durindana en poder de Mandricardo, que el dolor de haberla
cometido le hacia olvidar el de sus heridas; y sin embargo, la sangre
que habia salido y continuaba saliendo de ellas, apenas le permitia
seguir  caballo. Apagado al poco tiempo su ardor al par de su clera,
aumentaron sus padecimientos tan impetuosamente, que se sinti prximo 
fallecer. Su debilidad le impedia seguir adelante, por lo cual se detuvo
junto  una fuente: al verle Isabel en aquel estado, no sabia qu hacer,
ni qu decirle para prestarle un eficaz auxilio: afligida en extremo,
contemplaba cmo su amante iba perdiendo la vida rpidamente, sin poder
evitarlo; pues aquel sitio estaba demasiado apartado de toda poblacion,
donde ir en busca de un mdico que le socorriera, bien por compasion, 
por la esperanza de una recompensa.

Isabel se limitaba, pues,  gemir y llorar en vano, y  increpar
duramente al cielo y la fortuna exclamando:

--Ay desventurada! Por qu no qued sepultada entre las olas, cuando
desplegu mis velas por el Ocano?

Zerbino,  quien afligian ms las lgrimas de Isabel que la pasion tenaz
y dura que le habia puesto  las puertas de la muerte, fij en ella sus
lnguidas miradas, y le dijo:

--Ah corazon mio! as te dignes amarme aun despues de mi muerte, como
es cierto que lo nico que amarga mis ltimos momentos, no es la idea de
perder la vida, sino la de dejarte aqu abandonada y sin guia. Ah! si
en el momento de exhalar mi ltimo suspiro, supiera que quedaba segura
tu existencia, moriria feliz, contento y sumamente dichoso, puesto que
muero en tus brazos. Pero ya que mi destino incuo y fiero quiere que te
abandone sin saber en qu manos caers, juro por esa boca, por esos ojos
y por esos cabellos, entre los que qued prendido, que bajo desesperado
 los Infiernos, y que todos sus tormentos ms crueles no lo sern tanto
como el que me causar el recuerdo de haberte dejado sin proteccion.

A estas palabras respondi la tristsima Isabel inclinando su rostro
baado en llanto, y uniendo sus labios  los de Zerbino, descoloridos y
lnguidos como la rosa que se marchita en su tallo por no haber sido
cogida oportunamente:

--No te figures, vida mia, que hars sin m tu final partida: oh! no lo
temas, corazon mio, pues estoy dispuesta  seguirte al Cielo  al
Infierno. Es preciso que nuestras almas se separen al mismo tiempo de
nuestros cuerpos, y que vuelen juntas  la eternidad. En cuanto cierres
los ojos, sucumbir bajo el peso de mi dolor,  si este no es bastante
intenso para matarme, te prometo atravesarme hoy mismo el corazon con
esa espada. Abrigo una gran esperanza de que nuestros cuerpos sern ms
felices despues de la muerte que en vida; pues quiz algun transeunte,
movido  compasion, nos sepultar reunidos en una misma tumba.

Mientras as decia, iba recogiendo en su boca los ltimos suspiros que
la muerte arrancaba  Zerbino, ansiosa de aspirar hasta su ms
imperceptible soplo. Zerbino, esforzando su dbil voz, le dijo:

--Te ruego y te suplico, dolo mio, por aquel amor de que me diste
pruebas al abandonar por m el techo paterno, y te lo ordeno tambien, si
as puedo hacerlo, que respetes tu existencia hasta que Dios tenga 
bien disponer de ella, y conserves eternamente el recuerdo de que te he
amado cuanto es posible amar en este mundo. No dejar el Seor de acudir
en tu auxilio para librarte de todo ultraje, como acudi cuando para
sacarte de la cueva envi en tu ayuda al Senador romano, y como te
socorri en el mar, y te libr de las violencias del criminal Odorico.
Si solo la muerte puede algun dia salvar tu honra, entonces elige de dos
males el menos funesto.

No creo que pudiera pronunciar estas ltimas palabras de un modo
bastante distinto para que Isabel las oyera; pues se extingui su vida,
como se extingue una buja  la luz de una lmpara privada de aceite.
Quin podria reproducir el inmenso dolor de la jven, al ver  su
amante plido, rgido y frio como el hielo, tendido en sus brazos?
Dejse caer sobre el ensangrentado cadver, y lo inund con sus copiosas
lgrimas, prorumpiendo en tales lamentos, que sus ecos se perdian  gran
distancia por el bosque y la campia: golpebase el pecho y las
mejillas; se mesaba lastimosamente sus rubios y ensortijados cabellos, y
pronunciaba sin cesar el nombre de Zerbino. Su inmenso dolor, llevado
hasta los ltimos lmites, degener en tal furor  ira tanta, que,
olvidando las ltimas rdenes de su amante, habria dirigido contra su
propio pecho el acero homicida, si no corriera hcia ella, estorbando su
criminal intento, un eremita que acostumbraba pasear con frecuencia
desde su cercano retiro hasta la fresca y cristalina fuente. Este
venerable anciano reunia  una gran bondad una prudencia natural, y era
adems caritativo en extremo, modelo de virtud y de elocuencia.

Aproximndose  la afligida jven, empez  dirigirle las frases ms
persuasivas y eficaces, exhortndola  la paciencia, y le present, como
espejo en donde debia mirarse, el nimo, y la resignacion de las mujeres
del Antiguo y Nuevo Testamento. Le hizo comprender despues, que tan solo
en Dios se hallaba la verdadera felicidad, y que todas las esperanzas
mundanales eran rpidas, frgiles y transitorias. Tan elocuentemente
habl al corazon de Isabel, que consigui por ltimo distraerla de su
resolucion cruel al par que obstinada, hacindole adems formar el
proyecto de consagrar el resto de sus dias al servicio de Dios; pero sin
olvidar por ello el profundo amor que por su amante sintiera, ni
abandonar tampoco sus restos mortales, de los que habia decidido no
separarse nunca, llevndoselos consigo  todas partes y permaneciendo
dia y noche junto  ellos.

Auxiliada por el eremita, que era robusto y fuerte,  pesar de su edad,
colocaron el cuerpo de Zerbino sobre su caballo, y vagaron muchos dias
por aquellas selvas. El prudente anciano no habia querido ofrecer  la
bella jven un asilo en su retiro solitario, fabricado en una selvtica
gruta, por temor de encontrarse enteramente solo con ella.--Es harto
peligroso, decia entre s, tener  un tiempo en la mano la paja y la
antorcha.--No findose tampoco en su edad y su prudencia hasta el punto
de intentar una prueba tan arriesgada, pens que lo mejor seria
acompaarla  Provenza, donde junto  un castillo prximo  Marsella,
existia un monasterio riqusimo, agradablemente situado, y famoso por
la religiosidad de sus moradoras. Para transportar hasta all al difunto
caballero, habia colocado su cadver en una caja, bastante larga, capaz
y embreada, que le proporcionaron en un castillo.

Anduvieron durante muchos dias por diferentes paises, eligiendo siempre
los senderos menos frecuentados,  fin de evitar el encuentro de los
muchos soldados que, por estar en guerra la Francia, circulaban por do
quiera. Desgraciadamente, llegaron  un sitio en que los cerr el paso
un caballero, dirigindoles los mayores ultrajes y los insultos ms
groseros, de lo cual me ocupar cuando sea oportuno; pues ahora debo
volver al Rey de Tartaria.

Una vez terminada la pelea del modo que he referido, psose el jven 
descansar de sus fatigas  la sombra de los rboles y  la orilla del
arroyuelo, despues de haber quitado la silla y el freno  su corcel,
dejndole que paciera libremente las tiernas yerbecillas del prado.
Apenas se habia recostado sobre el csped, cuando vi  lo ljos un
caballero que desde lo alto de una colina se dirigia  la llanura. En
cuanto Doralicia levant la vista para mirarle, le conoci, y exclam,
designndolo  Mandricardo:

--Ese es, si no me engaa la distancia, el soberbio Rodomonte. Estoy
segura de que desciende de esa colina para reir contigo: esta es, pues,
la ocasion ms oportuna de mostrar tu valor. Como le estaba prometida en
matrimonio, ha considerado mi rapto como un sangriento ultraje y viene
decidido  vengarse.

Cual un intrpido azor, que, al ver aparecer la paloma, la perdiz, la
chocha, el nade  otra ave semejante, levanta la cabeza, y se pone
erguido y arrogante, as tambien Mandricardo se apresur  enjaezar su
corcel, esperando alegre y deseoso de pelear  Rodomonte, como si ya
contase por suya la victoria, con el pi afirmado en los estribos y las
bridas en la mano. Cuando estuvieron tan prximos que podian oir
distintamente sus altaneras palabras, empez el Rey de Argel  amenazar
al Trtaro con la cabeza y con la mano, gritndole que no tardaria en
castigar la audacia con que, por un temerario capricho, habia osado
provocar  un guerrero que no dejaba impune la menor injuria.
Mandricardo respondi  tales amenazas:

--Es en vano que intentes infundirme miedo con amenazas, las cuales solo
sirven para asustar  las mujeres,  los nios   los que no saben
manejar el acero, Pero yo, para quien el mejor descanso es la pelea, las
desprecio y estoy pronto  probrtelo  pi,  caballo, con  sin armas,
y lo mismo en campo abierto, que en palenque cerrado.

Pronto pasaron de las amenazas, de los ultrajes y demostraciones de su
ira,  las estocadas y al terrible estridor de los golpes, semejantes al
viento que empieza por soplar con hlito apenas perceptible, y aumenta
gradualmente su fuerza, sacudiendo primero las copas de los fresnos y
las encinas, y levantando despues al cielo espesas nubes de polvo, hasta
que concluye por arrancar de raiz, los rboles y derribar las casas,
causando naufragios en el mar, y haciendo estallar en la tierra una
violenta tempestad que destruye los rebaos esparcidos por la floresta.
Los animosos corazones y extraordinarias fuerzas de los dos paganos, que
no tenian iguales en el mundo, hicieron que el combate fuera tan
espantoso cual debia esperarse de su natural feroz. Cada vez que
chocaban los aceros, la tierra se estremecia  su tremendo y formidable
estrpito; sus armas despedian millares de chispas que llegaban hasta
las nubes, cual si fueran infinitas lmparas de ellas pendientes.

Sin tomar aliento ni descansar un solo instante, base prolongando la
lucha terrible de ambos reyes; uno y otro buscaban el sitio ms 
propsito para atravesar la armadura  abrir la malla de su adversario,
y ni el uno ni el otro cedia  podia adelantar un paso, permaneciendo
firmes en un reducido crculo, como si estuviesen rodeados de fosos y
murallas,  les costara demasiado cada pulgada de terreno. Uno de los
infinitos golpes que el Trtaro descarg  dos manos sobre el Rey de
Argel le alcanz en la frente y le hizo ver mil relmpagos girando en su
derredor. Privado por un momento de sus fuerzas el Africano, cay de
espaldas sobre la grupa de su caballo, perdi los estribos y estuvo 
punto de medir el suelo en presencia de la mujer  quien tanto amaba.
Pero as como un excelente arco de fino acero se endereza tanto ms
impetuosamente cuantos ms esfuerzos se han hecho para encorvarlo,
causando mayor dao del que ha recibido, de igual modo se enderez el
Africano y descarg sobre su enemigo un golpe mucho ms violento, que
alcanz al hijo del Rey Agrican en el mismo sitio en que este hiriera 
Rodomonte. Merced  su casco troyano, que le resguard de aquella
cuchillada, sali Mandricardo ileso; pero tan aturdido, que estuvo mucho
tiempo sin saber si era de dia  de noche. El airado Rodomonte, sin
perder un instante, dej caer otra vez su furiosa espada sobre la cabeza
de su adversario.

Asustado el corcel del Trtaro por el silbido que despedia el acero al
hendir el aire, sirvi por su mal de auxilio  su seor; pues
encabritndose para huir de un salto, recibi en medio de la cabeza el
tajo dirigido al ginete, y como no tenia, cual su amo, el casco de
Hctor, cay muerto en tierra. Al caer el caballo, Mandricardo, vuelto
ya en s, se puso en pi instantneamente, y empez  esgrimir con
rapidez su Durindana. La rabia que hervia en su pecho  consecuencia de
la muerte de su corcel no tard en conocerse por sus incesantes y
furiosos golpes: el africano dirigi su caballo sobre l con la
intencion de derribarle; pero firme Mandricardo como el escollo
combatido por las olas, resisti la acometida y derrib al caballo de
Rodomonte. Apenas sinti este que su corcel caia, solt los estribos, se
apoy en el arzon y salt rpidamente  tierra. Igualndose de nuevo el
combate, se hizo ms terrible y desesperado; el odio, la ira, y la
soberbia cegaban cada vez ms  los dos guerreros, y la lucha iba 
continuar al parecer indefinidamente, cuando lleg  toda prisa un
mensajero que le puso trmino.

Este mensajero era uno de los muchos que habian enviado los moros por
toda la Francia para llamar  sus banderas  los capitanes y caballeros,
 fin de que los auxiliaran contra el Emperador de las lises de oro, el
cual los tenia tan estrechamente sitiados en su campamento, que de no
recibir un socorro inmediato, era segura su ruina. El mensajero conoci
 los dos reyes, no solo por sus divisas y por los colores de sus
sobrevestas, sino tambien por el modo de esgrimir las espadas y por los
terribles golpes que sus manos eran las nicas capaces de descargar. Su
cualidad de enviado del Rey no le inspir la suficiente confianza para
ponerse entre ellos, ni tampoco le pareci bastante segura la
inviolabilidad de su cargo de embajador: as es que se dirigi 
Doralicia, y le manifest que Agramante, Marsilio y Estordilano, con un
reducido nmero de guerreros, estaban asediados en su inseguro
campamento por el ejrcito cristiano, suplicndole que se lo participara
 entrambos caballeros, que procurara ponerles de acuerdo, y que les
hiciera partir sobre la marcha en auxilio del pueblo sarraceno.

Doralicia se arroj valerosamente entre ellos, dicindoles:

--En nombre de ese amor que me profesais, os ordeno que reserveis
vuestras espadas para hacer mejor uso de ellas, y acudais sin prdida de
tiempo en socorro de nuestro ejrcito sarraceno, asediado en este
momento en sus tiendas donde espera un rpido auxilio  su total ruina.

Entonces tom la palabra el mensajero, refirindoles minuciosamente lo
sucedido y el gran peligro en que se hallaban los moros, y entreg
despues al hijo de Ulieno[152] una carta del hijo del rey Trojan. A
consecuencia de estas noticias convinieron los dos guerreros en
estipular una tregua hasta el dia en que los moros lograran romper el
cerco que los estrechaba; pero bajo la condicion de que una vez
levantado dicho cerco, habian de separarse de nuevo para volver 
empezar la suspendida lucha, hasta que la suerte de las armas decidiera
 quien habria de pertenecer la doncella. Tomaron por testigo de su
juramento  la misma Doralicia, en cuyas manos lo prestaron.

     [152] Rodomonte.

Mal avenida la impaciente Discordia, as como el Orgullo, all
presentes, con aquella suspension de hostilidades, no querian consentir
ni tolerar que quedara establecido tal acuerdo; pero pudo ms que ellos
el Amor, tambien presente,  cuyo valor ninguno se iguala, y  fuerza de
flechazos, apart  la Discordia y al Orgullo. Estipulse, pues, la
tregua entre ambos caballeros, tal como plugo  la que imperaba en sus
corazones. Faltbales un caballo, pues el del Trtaro yacia tendido sin
vida, cuando apareci oportunamente Brida-de-oro, que iba pastando 
orillas del arroyo. Pero veo que he llegado al fin de este canto, por lo
cual, con vuestro permiso, har aqu punto.




FIN DEL TOMO I.




NDICE.


  TOMO I.

                                                              Pginas.

  Biografa de Ludovico Ariosto.                                     I

  CANTO     I.--Huye Anglica, mientras Reinaldo procura
                alcanzar  su caballo.--Combate entre
                Reinaldo y Ferrags.--El Rey de Circasia
                encuentra  Anglica, su amada, pero Reinaldo
                estorba la realizacion de sus planes.                1

  CANTO    II.--Un ermitao hace que Reinaldo y Sacripante
                suspendan su combate.--Reinaldo vuelve 
                Paris, y Carlomagno le envia  Inglaterra.
                --Bradamante va en busca de Rugiero, y
                encuentra  Pinabel quien intenta matarla.          17

  CANTO   III.--Bradamante encuentra  Melisa en una gruta y
                oye la historia de sus descendientes.--Melisa
                le dice cmo ha de apoderarse del anillo de
                Brunel para librar  Rugiero.                       33

  CANTO    IV.--Bradamante vence  Atlante el encantador y
                pone en libertad  Rugiero.--Cabalga este en
                el hipogrifo que le transporta  regiones
                remotas.--Llega Reinaldo  Bretaa, y acomete
                la empresa de salvar  la princesa Ginebra.         52

  CANTO     V.--Dulinda refiere  Orlando su historia y la de
                Ginebra.--Lurcanio acusa  esta princesa de
                impdica y deshonesta.--Acude Reinaldo y mata
                al duque de Albania, obligndole 
                retractarse.                                        68

  CANTO    VI.--Matrimonio de Ariodante y Ginebra.--Rugiero
                llega al reino de Alcina.--Descubre el
                guerrero las infamias de Alcina, y quiere
                huir de ella, pero se lo impide una turba de
                mnstruos.                                          88

  CANTO   VII.--Rugiero vence  la giganta Erifila, y despues
                se deja arrastrar por las seducciones de
                Alcina.--Melisa le advierte de su error, y el
                guerrero se apresura  huir de aquel pas.         106

  CANTO  VIII.--Melisa devuelve su primitiva forma  Astolfo
                y  sus dems compaeros.--Reinaldo consigue
                levantar en Inglaterra nuevos ejrcitos.
                --Anglica es ofrecida como pasto  un
                mnstruo marino.--Orlando abandona angustiado
                 Paris.                                           124

  CANTO    IX.--Refieren  Orlando la historia de Proteo y de
                la isla de Ebuda.--Orlando abraza la defensa
                de Olimpia, vence al rey Cimosco y se aleja
                de Holanda.--Bireno y Olimpia pasan  Zelanda
                para casarse.                                      144

  CANTO     X.--Bireno abandona  Olimpia en una playa
                desierta. Rugiero pasa al reino de Logistila;
                vuelve  montar en el hipogrifo; v las
                huestes de Reinaldo, y salva  Anglica 
                quien iba  devorar un mnstruo marino.            164

  CANTO    XI.--Anglica huye de Rugiero, valindose del
                anillo misterioso.--El guerrero persigue  un
                gigante que arrebataba  Bradamante.--Orlando
                da muerte  la orca de la isla de Ebuda, y
                salva  Olimpia, que se casa con el rey de
                Irlanda.                                           190

  CANTO   XII.--Atlante atrae  Orlando al palacio encantado.
                --Llega  l Rugiero.--Orlando descubre 
                Anglica; lucha con Ferrags, lleva  cabo
                una accion herica contra los paganos, y
                encuentra despues  Isabel.                        208

  CANTO  XIII.--Historia de Isabel.--Orlando la arranca del
                poder de los bandidos.--Bradamante penetra en
                el palacio encantado.--Agramante avanza con
                su ejrcito.                                       228

  CANTO   XIV.--Agramante pasa revista al ejrcito
                mahometano, y nota la falta de los dos
                escuadrones exterminados por Orlando.
                --Envidioso Mandricardo, va en busca de este
                guerrero.--Amores de Mandricardo y Doralicia.
                --Reinaldo llega  Paris, guiado por un
                ngel.                                             246

  CANTO    XV.--Batalla entre moros y cristianos.--Astolfo
                aprisiona  Caligorante, y mata  Orrilo, con
                quien habian combatido Grifon y Aquilante.
                --Encuentra despues  Sansoneto.--Grifon sabe
                la perfidia de su amada.                           274

  CANTO   XVI.--Grifon encuentra  Martan y Origila.
                --Continuacion de la batalla de Paris.
                --Estragos que Rodomonte causa en la ciudad.       298

  CANTO  XVII.--Carlomagno se dirige  contener  Rodomonte.
                --Grifon y Martan toman parte en el torneo de
                Damasco. Martan roba  Grifon sus armas, y
                recibe el premio del torneo.--Grifon, tenido
                por Martan, sufre los denuestos del pueblo.        317

  CANTO XVIII.--Grifon venga su afrenta.--Rodomonte va en
                busca de Mandricardo.--Nueva victoria de
                Carlomagno.--Marfisa vence  las gentes de
                Norandino; pasa  Francia con Grifon, y les
                sorprende una tempestad.--Cloridano y Medoro
                encuentran el cadver de Dardinelo.                347

  CANTO   XIX.--Anglica cura  Medoro herido; se casa con l
                y parten para el Catay.--Marfisa y sus tres
                compaeros llegan  Layax.--Guido el salvaje
                combate con Marfisa en la ciudad de las
                mujeres homicidas.                                 389

  CANTO    XX.--Astolfo, valindose de su trompa, pone en
                fuga  las mujeres homicidas, y Guido y los
                dems guerreros se evaden de aquel pas.
                --Marfisa vence en Francia  Zerbino, y le
                obliga  encargarse de Gabrina.--El prncipe
                escocs sabe por esta lo sucedido  Isabel.        414

  CANTO   XXI.--Lucha entre Zerbino y Hermnides de Holanda.
                --Historia de Gabrina, referida por este.          446

  CANTO  XXII.--Astolfo llega al palacio de Atlante y lo
                destruye.--Bradamante encuentra  Rugiero, el
                cual vence  cuatro caballeros mientras iba 
                salvar  otro de las llamas.--Muerte de
                Pinabel de Maguncia.                               462

  CANTO XXIII.--Orlando salva  Zerbino acusado de haber
                muerto  Pinabel.--Rodomonte arrebata 
                Hipalca el caballo Frontino.--Orlando combate
                con Mandricardo, y teniendo despues noticia
                de los amores de Anglica, se vuelve loco.         483

  CANTO  XXIV.--Zerbino obliga  Odorico  hacerse cargo de
                Gabrina.--Muere Zerbino  manos de
                Mandricardo.--Mandricardo combate con
                Rodomonte; ambos suspenden su lucha para
                socorrer al ejrcito sarraceno.                    512




PLANTILLA

PARA LA COLOCACION DE LAS LMINAS.


  TOMO I

                                                                  Pg.
  Portada.

  Retrato de Ludovico Ariosto.                                       1

  La jven hubo de sacarle de debajo del caballo.                   14

  Bradamante encuentra  Pinabel de Maguncia.                       24

  Bradamante vence y sujeta  Atlante de Carena.                    56

  Envaina el acero! le gritaron las dos damas.                    108

  El ermitao aguij  su asno al ver que Anglica se alejaba
  ms y ms.                                                       130

  Una de ellas se acerc al caballo para tener el estribo.         172

  Rugiero corre  salvar  Bradamante, creyndola vencida por
  un gigante.                                                      194

  Orlando fu tirando del cable y atrayendo al mnstruo.           198

  En medio de la cueva, vi Orlando una doncella de agradable
  rostro acompaada de una vieja.                                  227

  Mandricardo aferr con ambas manos el trozo de lanza que le
  quedaba.                                                         256

  Combate entre Orrilo y los hermanos Grifon el blanco y
  Aquilante el negro.                                              290

  Grifon encuentra  Origila.                                      299

  Carlomagno acude con sus paladines  contener los estragos
  que Rodomonte causa en Paris.                                    321

  Astolfo, acompaado de Sansoneto, encuentra  Marfisa.           368

  Anglica no se cansaba de contemplar al jven Medoro.            396

  Y acercndose la trompa  los labios, empez  despedir
  aquellos sonidos horribles.                                      434

  Zerbino le atraves el hombro de parte  parte.                  448

  Combate entre Zerbino y Mandricardo.                             527





End of Project Gutenberg's Orlando Furioso, Tomo I., by Ludovico Ariosto

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