The Project Gutenberg EBook of Alma vasca, by Jos Mara Salaverra

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Title: Alma vasca

Author: Jos Mara Salaverra

Release Date: April 19, 2020 [EBook #61874]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ALMA VASCA ***




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                              ALMA VASCA




                         ITINERARIOS ESPAOLES

                              ALMA VASCA

                                  POR

                          JOS M. SALAVERRA

                           (SEGUNDA EDICIN)

                               [Imagen]


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                               [Imagen:

                       _Elas Salaverra, pint._

                          RETRATO DEL AUTOR]




I

LA INMENSIDAD VERDE




[Imagen:

_Daro Regoyos, pint._]


Bello rincn del Cantbrico, dulce y fuerte Vasconia! Eres toda verdor y
jugosidad, y tienes la profunda seduccin que el marino de raza conoce:
nostalgia y encanto de pleno mar.

Cuando en la descampada cima del monte, sentado bajo el cielo luminoso,
veo tenderse a mis pies la muchedumbre de colinas, caadas y vallecicos,
no puedo decir propiamente que mi impresin sea entonces intelectual,
porque apenas toman parte las ideas en mi arrobo; es, mejor, una
sensacin de delicia casi exclusivamente sensual. El alma se asoma
entera a los ojos, y todo el paisaje se ha acumulado en la absorta
fijeza de los ojos!

Los ojos, poseyendo una especie de facultad divina, reflejan y absorben
el verdor del paisaje, y todo el sr queda convertido en una blanda cosa
tierna, amable, verde. Todo es verdura all abajo. Y la misma altitud
desde donde contemplo el panorama facilita a los ojos la posibilidad de
admirar las cosas como en un plano de relieve, como en un cuadro de
Navidad, como en una demostracin idlica.

Lo idlico es lo particular de la naturaleza cantbrica, desde Galicia
al Pirineo. En vano las sierras abruptas y los cerros boscosos ensayan
con frecuencia sus rasgos terribles y masculinos; siempre resalta y
vence el idilio, en su acepcin infantil y femenina.

A mis pies, a tiro de piedra, debajo del monte desierto y erial, veo el
lomo suave de un collado, con una casa blanca en el centro. Ninguno de
los elementos clsicos que componen un cuadro de gloga falta all; el
prado de terciopelo, el manzanal simtrico, el bosquecillo de castaos,
la huerta, el arroyo en la hendidura de la caada, y, finalmente, el
hilo de manso humo que brota del tejado rojizo, como una definitiva
expresin de paz buclica.

Este mismo cuadro, tal vez un poco banal por demasiado visto, acaso
excesivamente de cromo o de leccin elemental de dibujo, se repite hasta
el infinito. Collados de suave lomo, colinitas cultivadas, praderas y
casas albas, hondonadas con arroyos y bosquecillos de castaos: todo
eso, tan amable e igual siempre, forma el manto encantador del pas,
especialmente en su proximidad a la costa.

De ese paisaje est sin duda llena el alma, porque l nutri las
primeras contemplaciones de la niez. Es el _leitmotiv_ de los recuerdos
adolescentes, los ms importantes de la vida y los que en suma prestan
carcter a nuestros sentimientos. Esos cuadros de gloga, junto a la
grandeza variante del mar, impresionaron con vigor el tierno espritu, a
la edad en que las cosas se fijan como verdaderas sustancias
trascendentales.

Pero no hay un peligro en el fondo de esa naturaleza tan blanda e
idlica? Sin duda existe en ella el riesgo de lo excesivamente mimoso.
Su blandura demasiado fcil, su poco de banalidad, y algo como un abuso
de la ternura verde, guardan el mal de lo que no ofrece resistencia. Es
un paisaje demasiado accesible y nos amenaza con la tentacin del
conformismo. Invita a un epicuresmo fcil y tiene, por tanto, el
riesgo de provocar en nuestras ideas y sensaciones la voluntad negativa
de la no lucha. Es tal vez por lo que el genio cantbrico, desde Galicia
al Pirineo, cuando permanece fiel y pegado a la tierra, cae fcilmente
en la simplicidad y en la oez. Y esto explica acaso el por qu las
figuras vascongadas, que han actuado con fuerza en el mundo, nunca han
actuado en su propio pas. El vasco es un hombre de emigracin, y el
pas vasco es ante todo un almcigo de energas humanas que fructifican
en su trasplante a otros climas. El clima castellano es el que mejor
prueba al genio vasco, quiz por lo que tiene de nutrido, sobrio y denso
Castilla; por lo que tiene de compensador y complementario.

Desde la altura contemplo las colinas, los collados, y ms lejos, al
fondo, el vago azul de las severas e ingentes montaas. La inmensidad de
ese verdor tierno recin humedecido de lluvia e iluminado por un sol
risueo que no calienta, sino que acaricia; esa inmensidad de verdor
concluye por empaparme todo el sr y enternecerme...

Es tal vez una sola nota de verde; es un verde sin duda poco rico en
matices, montono en su unanimidad de prado jugoso y de bosquecillo
hmedo; pero el alma no desea ms. Es lo suficiente para descansar.
Destnese a otros paisajes la trascendencia, el vigor caliente, la
sorpresa y complicacin de los matices; el paisaje que ven mis ojos y
que empapa mi sr de recuerdos y de ternura, es como un regazo materno
en el que no buscamos la complicacin, sino un amable reposo.

Si los paisajes debemos asociarlos a la meloda, la musicalidad del
verde campo cantbrico debe expresarse con un ritmo dulce y sencillo. Se
est oyendo sonar el tamboril.




II

EL CEREMONIOSO TAMBORIL




[Imagen:

_Alberto Arrue, pint._]


A primera hora de la maana, el pueblo, bajo un toldo de inmviles y
sucias nubes, me parece perfectamente vulgar. Una plaza, unas tiendas,
unos chicos que hacen volatines temerarios entre los hierros de una
verja; un guardia civil, paseando por los soportales, descifra las
noticias cotidianas de un peridico, y aumenta con su actitud la
vulgaridad del pueblo. En un lado de la plaza, la estatua broncnea de
un ilustre evangelizador antiguo tiene toda la mediocridad deseable,
como gesto y como factura.

De pronto, porque es domingo, sale el tamboril de la villa a recorrer
las calles. Suenan las dos flautas acordes, tamborilean los dos
tamboriles unnimes, y el chato tambor repiquetea gravemente. Y tan
pronto como la msica ha sonado, el pueblo adquiere nuevo valor. Todas
las cosas se han entonado, se han estirado, se han magnificado. En la
vida hubiese credo que un tamboril tuviera tal arte milagroso!

Los tamborileros recorren la ronda, van por las calles, se ocultan a mi
mirada. Pero oigo su msica, que resuena claramente, melodiosamente, por
todo el mbito del pueblo. El pueblo se estremece a la msica de
tamboril, o creo yo que se estremece, y es lo mismo. La tonada viene por
los callejones, sube por los tejados, rodea y empapa de meloda al
pueblo entero, y finalmente se introduce en mi alma como una gran ola
sugeridora.

S; la edad antigua de mi historia personal vuelca ahora de repente sus
recuerdos. Me acuerdo de los innumerables tamboriles de la niez y de la
adolescencia. Cuando sonaba en la plaza de la ciudad, en las tardes
dominicales, entre la lluvia insistente que envolva a los bailadores:
muchachos del muelle oliendo a sardinas rancias, y chicas greudas de
parla procaz. Cuando en la fiesta del Corpus iban los tamborileros,
vestidos de frac anacrnico, a la cabeza de la procesin, y nosotros,
con el traje nuevo de verano, recogamos las espadaas que alfombraban
las calles. Cuando en los domingos primaverales bamos a las romeras, y
llenos de sol, un poco chispos por la calaverada de los vasos de sidra
varonilmente tragados, pretendamos, entre tmidos y jaques, bailar con
las chicas.

Ahora los tamborileros terminan su ronda y entran los tres en la plaza
principal. La plaza de la villa se ha llenado de nobleza y de gravedad.
Ms graves que todos, los tres tamborileros se han dado cuenta de su
alta misin y caminan ceremoniosamente, erguidos, en fila exacta, con
paso de parada, pero no al modo rtmico de los soldados, sino con la
suficiencia un poco irregular que usan los toreros al dirigirse en la
plaza hacia el palco de la presidencia.

Y los tamborileros, en fin, como buenos funcionarios municipales que
cumplen su elevada misin, se dirigen a los soportales del Ayuntamiento,
y all, entre las simples columnas de piedra, se cuadran los tres, se
yerguen ms todava y rematan con verdadero fuego la tonada, que es un
lindo aire de zortzico muy entreverado de filigranas y bordaduras.

Cmo canta, salta y juega la flauta de los tamborileros! Adems, qu
genio misterioso se inmiscuye en los pueblos vascongados, que todos los
tamborileros son giles, diestros y consumados msicos? La flauta se
somete en su boca a las mayores habilidades, y nada hay ms elstico y
vibratil, ms juguetn y ligero que esas flautas embrujadas. Su voz
pastosa, un poco femenina y sensual; su voz entre aldeana y seoril; su
voz engolada a veces, y otras veces palpitante y atiplada; esa voz posee
el secreto de sugerir quin sabe cuntas impresiones seculares.

Nadie les escucha a los tamborileros; para los vecinos de la villa, su
msica se hizo familiar y habitual, como el son de las campanas. Pero
esto no les inquieta; ellos son funcionarios que conocen la gravedad de
su funcin; saben que estn destinados a infundir, en cada tiempo
determinado de la semana, un tono de ceremonia o de uncin cvica al
pueblo, igual que el campanero est encargado de inspirar, de tiempo en
tiempo, uncin religiosa a la villa. Qu sera de los pueblos, sin
estas voces funcionarias que pueden elevar el tono de los espritus y
librarlos de permanecer demasiado al ras de la tierra!

En efecto, las flautas, con sus modulaciones inspiradas y los tamboriles
con su ronco y cortante son, han logrado entonar a las cosas. Todo en la
plaza se ha erguido, como en aire de ceremonia, y todo ha recobrado su
sentido, su expresin y su alma. Oh, milagro de la voz, de la msica,
de lo ceremonioso!... Los chicos que juegan ya no parecen vulgares, sino
promesas de ciudadanos conscientes; la estatua del evangelizador no
muestra ya su pobreza artstica, sino que el gesto de su mano, cayendo
sobre el indio que est de hinojos, tiene la sublime significacin de
aquella empresa espaola, larga de tres siglos y extensa en tres
continentes arrancados a la barbarie. Asimismo el guardia civil, que lee
su peridico anodino, recupera su sentido de guarda vigilante, de brazo
justiciero, de escudo social, smbolo de la ley, con su arma al cinto y
su tricornio legislativo a la cabeza.

Una casa antigua, de grandes balcones y alero saledizo, ostenta su
escudo de armas sobre la fachada. Otra casa, all enfrente, tiene
pintados en los muros unos cuadros al fresco, con borrosas escenas donde
un caballero de capa y espada hace reverencia a unas seoras.

Pinsase entonces en la virtud social de la ceremonia, y en cmo el
tamboril vulgar y aldeano llega a cumplir una alta funcin de
entonamiento colectivo. El tamboril ha pasado triunfante por la zona del
siglo XVIII, ha vivido seguramente en la poca de los Austrias
espaoles, y, en fin, ha recogido el zumo de las elegancias antiguas,
cuando el rigor cortesano y ceremonioso de los castillos y las ciudades
extendase a las capas inferiores del pueblo; cuando el baile y los
usos caballerescos rozaban hasta las cabaas de los labradores; cuando
los mismos labriegos empleaban la ceremonia como los propios seores.
Hoy es al revs; porque las mismas fiestas de los seores estn daadas
por el contagio de la plebe, y es la plebe la que influye hacia arriba.

Oh grave significacin de la ceremonia! Lo ceremonioso est patente en
la misma Naturaleza, porque un crepsculo otoal, una llanura rodeada de
montaas, el mar, la noche estrellada, la voz de los vientos, todo esto
no es, por ventura, ceremonioso? La ceremonia vale tanto como decir
entonacin; es cuando las almas, tocadas por un mandato ideal, se ponen
de pie...

Y los tres tamborileros, en un enftico acorde, arqueando todava ms
sus brazos derechos con los que, aparatosamente, golpean los tamboriles,
han dado fin a su tonada. El pueblo queda suspenso, callado, como
empapado de uncin cvica.




III

DIA DE FIESTA EN UN PUEBLO VASCO




[Imagen: _Valentn Zubiaurre, pint._]


La msica virgiliana del tamboril ha despejado la ltima niebla de mi
sueo, y he corrido a la ventana para admirar conjuntamente la gloria
del sol que re sobre las montaas boscosas y el inocente regocijo del
pueblo.

En la plaza bullen y brincan ya los nios. Los graves y solemnes
tamborileros marchan los tres en una exacta fila, y los dulces arpegios
de las flautas, hermanados con el redoblar de los pequeos tambores, van
llenando las calles de un aire de alborada campesina. Y las viejas casas
solariegas, avanzando sus tallados aleros, parecen conmoverse al son de
la msica tradicional.

Sobre las lomas cercanas yergue su aguda cumbre de roca el venerable
Aralar; semeja un gigante que se incorporase, hasta tocar en el cielo,
para mirar la fiesta aldeana. Al otro lado levanta sus crestas el
Aizgorri, largo y enorme como un monstruo que avanzase sobre un sendero
de selvas.

De repente, un estampido. Y el tronar de los cohetes se confabula con el
precipitado comps de las dos charangas, que irrumpen en la plaza al son
orgistico de la _Cale-gira_, y que llevan detrs, delante,
entremezclados, un montn de jvenes de ambos sexos, todos enardecidos
por el entusiasmo ertico de la carrera. Desde entonces, adis la paz
de la aldea, adis silencio y adis reposo! El pueblo vibra y tiembla
con todos los ruidos imaginables, en una verdadera embriaguez sonora.

Desde la ventana asisto a la fiesta, y veo la muchedumbre que re y
brinca en la plaza, poseda del vrtigo de la danza. En la mano tengo
abierto todava el libro confidencial: son las cartas que escribiera
Leopardi a lo largo de su miserable y melanclica vida. Y existe tal
contraste entre la filosofa desconsolada del bardo de Recanati y el
ingenuo alborozo de la multitud aldeana que bulle a mis pies, que en
cierto momento me figuro haberme transformado en una visible paradoja...
Al fin el libro se desprende de mis manos y dejo que los ojos y el alma
se sumerjan en la cndida orga de los jvenes bailadores.

Oh vida, eternamente mal interpretada! T que al espritu enfermo y
lacerado y al cuerpo decadente te presentas como un destino de dolor y
como un propsito estpido, mientras al nimo sano y juvenil eres como
la mesa henchida de un banquete!

Los tamborileros han subido al tablado que hay en el centro de la plaza,
y un cerco de guirnaldas rsticas les sirve de marco y adorno. Hacen las
flautas sus arpegios acordes, repican montonos los tamboriles, y el
tambor, por ltimo, marca su son infatigable. Las muchachas de blanca
tez y faldas ondulantes bailan en grupos de cuatro; pronto las solicitan
los mozos de giles piernas. Y entreverados los danzarines improvisan
anchos crculos que se mueven con un vaivn gracioso y largo, mientras
los pies, en un delirante temblor, bordan rpidas filigranas. El
tamborilero mayor, entretanto, enardecido tambin l por la furia
dionisaca, arranca a su flauta inverosmiles modulaciones, gritos
bruscos, brincos sonoros...

Es la hora en que el pico erecto del viejo Aralar se arrebuja en un
cendal de niebla. Cae el crepsculo, y toda la cumbre solitaria de la
sierra se ha convertido en una ampolla divina, prodigiosamente morada
bajo el tenue azul del cielo.

Entonces, cuando la penumbra comienza a cubrir el pueblo, las dos
charangas inician un pasacalle vertiginoso. Es el _Cale-gira_, especie
de ronda o marcha a travs de las calles. Los mozos se agarran de las
manos en filas imponentes, y corren bailando, gritando, riendo. Las
muchachas imitan a los mozos, y bien pronto se mezclan las dos
juventudes en una comunin de risas y brincos. Y all van mezclados, en
largas filas, por las calles adelante, perseguidos por el precipitado
son de las alegres y ruidosas charangas.

Hay un instante de exaltacin en el pueblo, de locura, de frenes, que
trae a la memoria los das helenos, tan remotos, cuando el culto de
Dyonisos transfiguraba a las personas y las suma en el vrtigo de la
ms sublime embriaguez. Pero en este caso, aqu donde las hayas y los
helechos prestan misteriosa sombra a las montaas, faltan los pmpanos y
los racimos de oro, y la sensualidad del aire abrasado. La orga pierde
en esplendor trgico y en exaltacin voluptuosa. Y todo se reduce, al
fin, a una mera _tentativa_ bquica...

Y cuando enmudecen las charangas, los jvenes quedan jadeantes, roncos
de gritar y sudorosos de tanto correr. En los rostros de las muchachas,
en cambio, se adivina la vaga sensacin de lo indescriptible y lo
inconfesable. El Amor ha pasado junto a ellas, y era el verdadero Amor
desnudo de los climas y siglos remotos, aquel Amor que Grecia hubo de
divinizar y que el Cristianismo hizo insurgente y rprobo!

Perplejas, asustadas y curiosas porque han presentido el paso del Amor
misterioso, las muchachas vuelven un poco enigmticas, mudas de miedo
de mostrar demasiado sus indecibles sensaciones... Entonces, como una
voz patriarcal y honesta, el tamboril inicia una tocata, y todo en el
pueblo recupera su sr y su sentido. Huye el Amor heleno, meridional y
pagano. El sensual Dyonisos adquiere forma nrtica. Llega de las
montaas olor a pradera fresca y a helechos. Las flautas bordan sus
tonadas melfluas y los montonos tamborinos repiquetean campesinamente.
Las muchachas se han puesto a bailar en corro, y con su danza cndida y
graciosa parece que intentaran alejar el pecado de haber visto pasar al
ardiente Dyonisos...




IV

JUNTO A LA CARRETERA




[Imagen: _Arteta. pint._]


Mi primera visita, apenas me levanto por la maana, es para la
carretera. Yo no s qu efecto atvico, o qu instinto malogrado de
vagabundo, pone en mi alma ese cario un poco extrao; lo cierto es que
me gustan las carreteras, cauces por donde van las vidas hacia fines
desconocidos. El aire de azar y de aventura, de fantasa y errabundaje
que hay en las carreteras: eso me atrae sobre todo.

Todas las carreteras me gustan; pero reservo un cario aparte para las
del pas vasco. En ellas prob de chico las primeras fuerzas de
caminante; siguiendo su lnea blanquecina ensay, obstinado soador, las
quimeras de la juventud, y por los recodos solitarios, en las hondonadas
que la semibruma de otoo hace misteriosas, ms de una vez pretendi el
alma reducir a mtrica las vagas inquietudes de la melancola.

Tal como las carreteras de los pases extensos nos producen ideas
universales, las de los pases chiquitos y muy poblados originan en
nosotros sentimientos ntimos, cordiales y familiares. Aquellas largas e
imponentes carreteras, cruzando por la soledad de las llanuras y
dirigindose de un horizonte a otro, nos parecen aptas para los viajes
trascendentales, como el de los peregrinos remotos que van a Santiago o
el de los hombres que marchan a incorporarse a una expedicin de Indias.
Las carreteras de los pases pequeos, si es verdad que reducen la
trayectoria de nuestra imaginacin, en cambio nos brindan mayor calor de
intimidad.

Asisto, pues, desde la maana al paso de los caminantes, y oigo con
especial agrado el _aid!, aidar!_ de los boyeros, que bajan con sus
carros de piedra rubia, de piedra blanda y tierna. Pasan tambin las
giles chicas de andar garboso; sus cuerpos bonitos y firmes dirase que
son elsticos sobre las blancas alpargatas. Al verlas pasar,
especialmente si es lunes, algn joven boyero asoma al portal de la
venta y lanza, rijoso y piropeante, un sbito grito: _auf!_...

Tambin me complace entrar abajo, a la taberna, y ver uno a uno a los
bebedores. Difcil ser que un boyero, tanto al bajar como al retorno,
deje de parar el carro a la puerta de la venta. Piden al vehemente vino
navarro un refuerzo de bro, y que el alcohol, como un verdadero
espritu, les aligere la amodorrada y rudimentaria fantasa. Luego,
enarbolando la aguijada, se van al paso lento de los bueyes. _Aidar,
motza!_

Esto es a la maana, en las horas razonables y pacficas; es cuando
vuelven a sus caseros las lecheras, arreando a los borriquillos de
spero pelaje, con redondos panes de seis libras a la grupa. Por la
tarde, una vez que el sol interrumpe su faena de luminaria, es cuando la
venta y la carretera adquieren un aire menos ecunime. Llega entonces el
boyero que padece una sed insatisfecha; el que ha detenido su carro ante
la venta muchas veces al da; el que todas las noches se duerme,
pobre!, un poco borracho; el que se cae en las altas horas de los
domingos, por las quebraduras de las canteras, y tiene el rostro sellado
de cicatrices. Con su gesto de buen hombre pide el ltimo vaso, y al
beberlo sonre a las venteras como agradecindoles la merced de aquel
vino vesperal, que tan deliciosamente cierra los episodios del da.

Tambin llegan los troneras del villorrio. Conocen los _couplets_ de
moda y entienden de poltica. Cmo saben comer! Sus merendolas del
domingo duran hasta media noche, salpicadas de chistes ciudadanos y de
socarroneras aldeanas. Los otros caseros escuchan, admirados de tanto
saber. Saben cantar una tonada de zarzuela y un antiguo motivo de
Vilinch, un _couplet_ de la Argentinita y un trozo de pera italiana.
Tambin saben tocar el acorden.

Qu triste suena siempre en mi odo la msica del acorden! Me parece
un rgano fracasado. Adems me recuerda todo el tedio de la vida
adolescente. En fin, ese rgano fracasado me recuerda las tardes en los
puertos lejanos; un marino, refugiado a proa, en la soledad del malecn,
tocaba sonatas de un pas septentrional, tiernas y sentimentales,
nostlgicas hasta el llanto.

En esos momentos de la noche en que la francachela rebasa y se excede un
poco, slo necesito salir a la carretera para que el milagro quede
cumplido. La sombra y el silencio vagan sobre los campos. Una tenue
penumbra, largo resto del sol, baa el cielo por la parte del mar. Luce
tal vez su fosforescencia supersticiosa un gusano de luz. Un perro
ladra distante sin saber por qu. Guian los faros. Y estando cerrada la
puerta de la venta, viene la msica del acorden cernida, decantada, y
adquiere entonces una fuerza de misterio y poesa que conmueve, que
invita a soar... en qu? No se sabe.




V

CATALI




[Imagen: _Ramn Zubiaurre, pint._]


Todas las maanas, prximo al medioda, se oye la voz fresca,
ligeramente engolada, de Catali. Se detiene unos minutos en la venta, y
es como si llegase una rfaga de feminidad trascendente, o como una
expresin de la belleza integral. Trae de la ciudad las cartas, los
encargos, y esta misin de portadora y recadista no es slo la que hace
deseable su llegada; es ella misma, por s misma, quien se hace desear.

Su voz, su risa, su aire, rompen el silencio de la carretera, y la
perturban deliciosamente. Y mientras los boyeros, con malicia cazurra,
aluden a su garbo y le insinan algn piropo, ella va y viene, toda
ruborizada, sin dejar de hablar. La misma turbacin pone en sus mejillas
un vivo color de juventud desbordante, y sus ojos, siempre reidores,
entonces brillan como dos animadas joyas.

Arri, arri!... Su caballito de ancas finas es el ms lindo del
contorno. Pero la hermosa Catali no monta en l. Para qu? A ella le
basta su fuerte, su rica juventud para bajar andando hasta la ciudad,
tan pronto alumbra el da, y subir a la hora meridiana hasta el remoto
casero que est posado, realmente como un ave blanca en una gran
pradera, al pie de una montaa.

Unas cuantas muchachas labradoras hacen cuotidianamente la jornada en
cuadrilla. Portean hatos de ropa lavada, hortalizas jugosas, cndida
leche. Y al retorno, cada borriquillo vuelve con un enorme pan moreno.
El caballito de Catali es el noble y el aristcrata de la reata; con su
paso firme y vivaz abre la marcha y va delante de los asnillos llevando
el pan ms crugiente de todos.

Arri, arri!... La cuadrilla se aleja por el camino blanco; trotan las
dciles bestias, en un respingo voluntarioso, y las mujeres recobran su
rtmico, su cimbreante paso. Todava se oye la voz de Catali. Oh qu
dulce, qu humana, qu femenina voz de perla!

Al pasar, cuando se apresura para incorporarse al grupo de sus amigas,
parece que cruzara una flor de la divinidad. Ante ella se siente la
presencia de lo perfecto. Si la imaginacin recurre a los modelos
clsicos del Arte, el recuerdo de las eximias esculturas griegas no
logra reducir el valor de esa obra carnal, viva y radiante. Plida y
como esfuerzo artificioso del intelecto nos parecera aqu, en plena
montaa, la Venus ms hermosa. Entretanto, el cuerpo de Catali vive
pleno de gracia. Bajo el vestido recatado y normal no se ve, no se
adivina nada; la forma, como lnea expresa, dirase que no existe; y sin
embargo se sabe que jams la naturaleza ha creado un cuerpo de ms
consumada humanidad.

Transpiran juventud, fuerza y alegra su cuerpo, su rostro, su boca, sus
ojos, su cabellera. No huele a nada, y se sabe que toda ella es fresca y
olorosa como una flor de monte. Se sabe que es limpia, con limpieza
ajena al bao y a los afeites; se sabe tambin que es limpia de alma y
que su imaginacin queda exenta de cualquier impureza; palabras y gestos
resbalan sobre ella sin afectarla; tiene la imaginacin, y es lo que
vale siempre, virgen.

Cuando la hermosa chica hace un carioso y no estudiado gesto de adis,
frente al mar, inundada de luz vehemente, brillante el fino peinado
semioscuro; cuando avanza gil y esbelta, llena de gracia, riente an y
exclamando una ltima frase con su tierna voz engolada, ingenuamente
pronuncio una tcita invocacin: Que nunca se apoderen de ti, bella
Catali, los lobos de las furiosas pasiones, y que un cerco de ngeles
te guarde contra la liviandad, y que la alegra de tu risa no vea jams
el otoo, y que tu cuerpo trascendente se reproduzca en flores tan
bellas y fragantes como t!...




VI

LOS REMEROS OLIMPICOS




[Imagen: _Ramn Zubiaurre, pint._]


En la finura un poco decadente con que termina el esto en el
Cantbrico, las regatas de traineras iluminan el ambiente frvolo de San
Sebastin como al paso de un vigoroso aliento varonil. Para mi gusto no
existe un juego de hombres en que resalte con ms energa la exaltacin
dionisaca del esfuerzo masculino y la casi pica voluntad del triunfo.

Qu otra clase de juego o de pugilato podr interesar hasta las
entraas a la gente vascongada, como interesa la estropada de
traineras? El ardor pugilista que vive dentro del sr vasco, el culto
por la fuerza y la destreza que siente la raza, y el mismo vicio de la
apuesta, tienen en las regatas un motivo de manifestarse con pleno
entusiasmo. El aire libre, la luz setembrina, la excitacin propia del
mar, todo ayuda a convertir esa fiesta hermosa en una reproduccin de
los mejores pugilatos olmpicos de Grecia.

La baha de la Concha se llena de una ondulante y nerviosa muchedumbre
que asalta las terrazas, los paseos, los muelles, las alturas del
Castillo y las colinas cercanas. Vienen en grupos animados los hombres
de los pueblos pescadores y los campesinos del interior. Cada cual trae
su cario; a favor de su bando, los ahorros y el jornal y el mismo
precio de la vaca sern jugados sin vacilacin. Todos confan en sus
pugilistas, porque conocen el vigor de sus brazos y el bro de sus
corazones; en ellos ponen su fe, su orgullo, su honra, y si el afn de
los miles de pechos que palpitan sobre la baha tuviese la virtud
material del soplo y del empuje fsico, cmo volaran, como saetas
milagrosas, las agudas traineras!

Pero las traineras, aunque giles y sensibles, no se mueven ms que al
empuje de los nervudos brazos. All aguardan, temblando al menor choque,
las largas barcas de fina proa. Los remeros estn en su sitio; las manos
sobre el remo, la cabeza sin boina, el pecho hinchado bajo la endeble
camisa. Y el patrn, grave y responsable, serio y firme como un
verdadero capitn de hueste, vigila a sus hombres y atiende presto a la
inminente seal del Jurado.

Ved alrededor. La baha es como un vaso policromo en que el cielo y los
hombres han aglomerado luminosidades, adornos y agitados movimientos. Un
aire jocundo, clido, hace vibrar las banderas, las sombrillas, los
humos y las jarcias. Los inquietos bateles van, vuelven, giran sin
cesar. Unos balandros esbeltos ponen la nota blanca y elegante de sus
velas en la abigarrada baha. Los vaporcitos corren humeando,
vociferando con el alarido de sus sirenas.

Vedlos ah. Son los remeros de San Sebastin. No los conozco yo tal
vez, desde la infancia ingenuamente picaresca?... Los rostros cetrinos y
angulosos me son familiares. Manu, Gabriel, Josh, Telesh, Quirico,
Torre, Pepe, Inashio, Mala Cara... De pronto ha sonado la seal. Y de
repente, en una verdadera locura, en un arranque vertiginoso y exaltado,
las dos traineras rivales han embestido de frente como dos cosas vivas,
como dos caballos de raza que dan un brinco de salida. Las trece camisas
blancas de cada trainera figuran ser trece puntos de delirio. Seor,
qu bello impulso de pugilato! Qu entusiasta aspiracin de triunfo!
Qu noble coraje, tendido en una locura de vencer! El agua se
arremolina en torno a las traineras. Un ancho margen de espuma rodea y
persigue a los veloces pugilistas. Y mientras los trece remeros se
acompasan en un ritmo tenso e igual, el patrn, de pie en la popa, hace
con una mano, dirigindose a sus hombres, un gesto casi manitico y casi
angustioso que parece decir: Ms, todava ms, muchachos; siempre ms,
por vuestra vida, por vuestro honor, por el honor de vuestras mujeres y
vuestros amigos!

Todos hemos presenciado alguna vez la lucha de esos frgiles esquifes
ingleses, elegantes, barnizados, mecnicamente dciles a la maniobra,
movidos por unos tripulantes de camisetas a rayas, que son,
frecuentemente, empleados de escritorio o seoritos que aspiran al
premio de una copa inservible. Aqu se trata de hombres de mar,
verdaderos hombres curtidos. Sus cuerpos y sus almas simples estn
cobijados en el seno de la Naturaleza, y el triunfo, como la derrota,
dejan en ellos una huella imborrable.

Para ellos es el fracaso un aplanamiento definitivo, y la victoria es un
frenes y una delirante explosin de todas las emociones masculinas.
Desde el muelle asisten las mujeres y los chicos al pugilato; desde los
bateles y los vapores lanzan los amigos sus voces de aliento. Ah, si
los sudorosos remeros flaqueasen! Las mismas esposas estn dispuestas al
ultraje, con ese vocabulario un poco demasiado realista que la gente
pescadora emplea para sus insultos, y que con frecuencia se refieren a
los puntos ms vivos de la virilidad.

No de otro modo, en los cantos de Homero, los soldados pelean largamente
bajo la muralla, mientras las mujeres gritan, lloran e insultan desde el
vano de las almenas...

Despus, cuando la regata concluye, un aplauso denso atruena los
malecones, la baha, el muelle. Las mujeres ren, desgreadas, o cantan
y bailan como posedas del frenes dionisaco. Las msicas suenan, los
cohetes rompen el aire. Ah llega la trainera vencedora, con sus hombres
manando sudor. Indecible expresin de triunfo en que los rostros
angulosos de los remeros parecen sublimarse y positivamente adquieren un
valor de episodio homrico, olmpico, estatuable!

La fuerza muscular, la hermosa apostura varonil, la alta talla, la
aptitud para la lucha y el triunfo: stas son cualidades que el
vascongado estima sobremanera; sentimiento muy lgico en una raza
hermosa y vanidosa, que conserva adems hasta hoy un primitivismo
ruralista. Los cuentos, pues, y las leyendas del gnero hercleo abundan
mucho entre los vascongados.

Los chicos nos contbamos con fruicin la epopeya del marinero vasco
que mat sobre las rodillas a un boxeador ingls. Era un marinero que
estaba en Londres, acompaado de sus amigos. De pronto vieron en una
plaza a un ingls que retaba a quien quisiera. El marinero vascongado
sali a pelear, pero ignoraba la esgrima del _box_. El ingls le
aporreaba lindamente, en las narices, en los riones y en donde quera.
Entonces el vascongado, todo furioso, atrap al ingls con las dos
manos, lo agarr del pescuezo y de los muslos y grit a sus amigos:
Ser libre el matar? Los amigos respondieron: S! Y en seguida el
marinero quebr y tronch al ingls sobre la rodilla, como quien parte
un leo.

Esta devocin franca y noble, un poco ingenua, por la fuerza sin doblez,
no excluye el culto de la astucia, de la agilidad y de la esgrima. El
juego de la pelota exige una alta tensin de los nervios, de los
sentidos, de la inteligencia, y ese juego, que ciertamente no tiene un
origen muy vascongado, ha concludo por convertirse en una esencial
caracterstica vasca. Desde nios se ensayan en las contiendas del
frontn, y all encuentra el vascongado su sitio sustancial, su pequeo
y caro mundo de capacidades y de posibilidades. Corriendo tras la
vibrante pelota, el vascongado ejercita las aptitudes de una robusta y
bella masculinidad: fuerza, resistencia, rpido salto, golpe gil,
mirada pronta, carrera veloz, voluntad de triunfo, argucia, malicia,
tozudez que slo el aniquilamiento jadeante quebranta.

Ms de una vez, cuando los barquitos de vapor no haban arrinconado a
las traineras de pesca, las barcas, en los buenos das de mar calmosa,
corran unnimes a buscar el banco de sardinas que las atalayas
divisaron. Y olvidndose de pescar, despreciando acaso el banco de
sardinas, las traineras lanzbanse en una improvisada regata, y los
cuerpos vigorosos sudaban entonces ms a gusto por el entusiasmo de la
pugna, que por el logro de la prctica pesca...

Eternamente y en diversos climas se repetir, y es fortuna que as sea,
el smbolo de la emulacin fsica que los griegos, mejor que nadie,
hubieron de ejercitar y que consagraron para siempre en la gloria de sus
luchadores olmpicos, de sus Discbolos. Los frisos helenos estn ahora
mismo aleccionndonos en la doctrina inmortal que quiere, a pesar de
todos los cambios y civilizaciones, que el hombre recupere su sentido
esencial en el contacto de la Naturaleza, y que destine su fecundo amor
al cuerpo (la hermosura divina que jams fracasa).




VII

ELOGIO DEL MAR CANTABRICO




[Imagen: _Tellaeche, pint._]


Cmo se enternece nuestro corazn cuando al cabo de una larga ausencia
volvemos a ver el mar, y sobre todo el mar de nuestra niez! No es una
emocin intelectual la que sentimos; es un golpe de ternura que
necesitamos inclurlo entre las sensaciones puramente amorosas.

Una forma de pena incomportable sera, pues, la que nos condenase a no
poder contemplar ya nunca el mar. Desterrados del mar para siempre, qu
terrible castigo! Cuando habitamos un pas interior, lo que nos consuela
es la esperanza de que volveremos a ver las olas y la llanura de agua
infinita. Y estando lejos del mar es como se le estima y quiere con ms
fuerza, como la separacin del sujeto amado nos hace ms firme y querido
su recuerdo.

Todo el que ha nacido al borde del mar es un poco marinero, o es, para
decir mejor, un marino infuso. Este elogio que se hace aqu del mar
quedar entonces explicado pronto, al declarar su autor que sus primeros
chillidos pueriles fueron sofocados por el grave zumbido de las olas.

El hijo de la costa vive en tierras interiores con la obsesin
nostlgica del mar; de repente, por un impulso irreflexivo y casi
cmico, ese marino infuso toma el camino de las afueras de la ciudad
pensando que se dirige a la escollera del puerto. Varias veces nos
ocurre que remontamos una colina de Madrid, de Pars, de Roma, en la
ilusin de que vamos a sorprender a lo lejos el ancho mar azul. Es as
que en todo pas interior o mediterrneo el hijo de la costa cree que el
mar est siempre al otro lado de cualquier elevacin del terreno.

El mar se me representa a m como una orquestacin sublime en la que
intervienen, como elementos de armona, los montes, la ciudad, los
acantilados, el cielo jocundo y el trombn de las olas espumantes.
Resulta as una sinfona majestuosa, a la que no faltan siquiera, para
ilustrar la emocin, el vuelo sentimental de los recuerdos
adolescentes.

Sube, por tanto, la idea del mar en mi imaginacin al modo de una divina
y luminosa ampolla, clara como un concepto intelectual, conmovedora como
un sentimiento nostlgico, sonante como una msica.

Desde nio se habitu mi espritu a comprender la belleza del mar en
esta forma armoniosa y lrica. Y desde nio, para siempre, la imagen
sublime se ha resellado en la lmina ideal de la mente donde se graban
las sensaciones e ideas trascendentales. He aqu la imagen:

Hora de pleamar, en el equinoccio de otoo; viento tibio del Sur; color
de azul y leche en las aguas calmas; una baha circular de lneas
clsicas; una ciudad clara y linda en anfiteatro; colinas verdes
alrededor; una vieja fortaleza al fondo, con sus bastiones severos y
agrietados; un bergatn a toda vela maniobra en el canal del puerto;
distante, como un incensario, un vapor emite su humo en el azul.

Los violines claman finamente en la terraza del casino. Tarde serena de
sol. El aire calla. El mundo se reclina como en un prurito de soar. Tal
vez all, en lo alto del castillo, un soldado ensaya con su corneta una
marcha militar. De esta manera la baha, inflada, llena toda ella por la
plenitud de la marea equinoccial, parece elevarse como el crescendo de
una sinfona en busca del gran azul, del divino y matriz azul del cielo.

Otras veces se me representa el concepto del mar en una forma menos
aliada. Entonces me veo sentado en una roca a espaldas de la ciudad y
lejos de los hombres. Desde la cresta del acantilado distingo las
sinuosidades de la costa y los promontorios lejanos. Toda la inmensidad
lquida se abre ante m, y yo siento la caricia falaz del vrtigo
invitndome a caer y a sumirme en el infinito seno.

Entonces el mar ya no es la idea acadmica, sino un modo de exaltacin
de lo libre, lo majestuoso y lo profundamente eterno. Una sensacin de
fuerza incontrastable parte de all, como cuando nos asomamos al fondo
de la mitologa helnica. Rfagas del infinito; forcejeo de ocultas
potencias; contorsiones de monstruos olmpicos; luchas de semidioses;
cantos de sirenas; alaridos de caracolas... El carro de Neptuno
despeado entre las nubes tornasoladas. Y all Polifemo que sale de su
espantable gruta a amenazar al barco dorado del ingenioso Ulises,
teniendo an el monculo chirriante de llamas y de sangre...

Inmenso y hermoso mar, oh grandioso espejo que retratas el infinito!




VIII

EL RIO DINAMICO




[Imagen: _Alberto Arrue, pint._]


El viajero que ha cruzado por la ancha y suave llanura duranguesa halla
de pronto que el paisaje idlico hace como una arbitraria inversin, y
he ah que aparece la primera escombrera de mineral; surge en el aire
una vagoneta transportadora; lanza una chimenea su feo humo; los montes
se erizan y se enredan, y son ms ariscos, ms deformes... En fin, el
ro Nervin enva al viajero sus reflejos sucios, y una gabarra llena de
escorias anuncia toda la gravedad y trascendencia del gran ro
tentacular, verdadero nervio (Nervin) de Vizcaya.

Es un corto ro, ms bien arroyo, que al baar los prados de las
tierras interiores tiene un nombre euskrico, campesino: _Ibaizabal_. Le
llaman, pues, _Ro ancho_, y la hiprbole campesina hace rer un poco.
Pero despus, reforzado con los afluentes y en la proximidad de las
mareas, el ro toma su apelativo romano, Nervin, y ese es el nombre que
le sienta bien. Nervin!

Yo lo recorro en un flujo y reflujo entusiasta, como en una marea de
emocin. Aguas arriba, aguas abajo, siempre lo encuentro hermoso,
sugestivo, fuerte, complejo, vario, capital! Me gusta correr sus
riberas, en tranva o en tren, o en automvil. Yo no conozco en Espaa
otro ro tan sugerente. Es el ro mximo de Espaa. Djese para el
Guadalquivir la gloria de las frtiles campias y el panorama de
Crdoba, con la mezquita aproximndose a las aguas cuatro veces
histricas; que el Jcar pueda reflejar la alegra de los naranjales y
de las palmas; que el Ebro robusto caiga al mar como una brecha
opulenta; sea grande el Tajo por la planicie entonada de Castilla y en
los recodos de Toledo. El Nervin es tan pequeo como un arroyo; sin
embargo, por virtud expansiva y como milagrosa de la marea, ved ese ro
parco convertirse en un hondo brazo de mar, en un puerto continuado, en
un angosto estuario que vibra y alienta con un insuperable dinamismo.
Los otros ros sern grandes, bellos, rumorosos o teatrales. El Nervin
es un ro dinmico; el ro moderno; el ro maquinista, industrial,
ejecutivo, activo, osado, vehemente, invasor, anhelante, ambicioso... He
acoplado, sin querer, los atributos del hombre actual. En efecto, el
Nervin es una persona que tiene un alma.

Es hermano de los otros ros del mundo, como el Elba y el Tmesis, que
llevan tierra adentro las flotas y el temblor de las mquinas; y Bilbao
es el hermano de las grandes urbes fluviales, Londres, Hamburgo, Bremen,
Rotterdam, Amberes.

Qu aventurero y qu enrgico este ro Nervin! Lejos, en la Edad
Media, ya las polacras y las galeras de altura, viniendo de Inglaterra o
Flandes, remontaban el curso torcido del estuario y amarraban en la
modesta villa de mercaderes, Bilbao. Pero un da, de los cerros empez a
caer mineral con una prisa desacostumbrada. Los cerros abranse en dos y
se desplomaban sobre los embarcaderos; multiplicbanse los buques, todos
cargados de hierro; y Bilbao se agrandaba, se enriqueca. Pero Bilbao no
es todo. Lo interesante es esa ciudad abigarrada e indefinible que
empieza en la iglesia de San Antn y termina en el Abra.

A lo largo del ro van sucedindose los cuadros cinematogrficamente y
caprichosamente, al arbitrio, al azar, sin norma, sin armona. Nada
menos clsico que ese ro. Est hecho de retazos, con una brbara
brutalidad americana, inglesa o ansetica. Un _chalet_ sobre un barracn
inmundo; una iglesia aristocrtica pegante a un albergue de gabarreros;
una huerta florida junto a la brecha de una mina; un hospital magnfico
frente a un astillero. Y el ro arbitrario da vueltas capciosas, como si
deseara entorpecer la obra de los hombres. Los hombres no se intimidan.
Por los recodos navegan los buques de gran tonelaje, y se roba espacio a
las montaas para erigir fbricas y almacenes. Los puentes cruzan sobre
la vena de agua. Esta vena de agua, tan somera y econmica, es
aprovechada casi con angustia.

Confuso, inarmnico, arbitrario, incorrecto, qu admirable y sugerente
el enrgico ro tentacular, dinmico! No es posible describirlo
framente; invita sin remedio al lirismo. Tiene, por tanto, este ro
yanqui, londinense o hamburgus, la sal de la cosa moderna, la sntesis
del esfuerzo mecnico, industrial y ciclpeo de nuestros das. Los otros
ros son de otra edad, de otras civilizaciones y otras literaturas; el
Nilo, el Ganges, el Tber, el mismo Sena, esos pertenecen a otros
hombres, a los tpicos antepasados. Mientras que estos ros son
nuestros, bien nuestros. De nuestro afn, de nuestra literatura.

Conmueve de veras la vista instantnea del ro, cuando lo vemos dentro
de la misma ciudad antigua, dentro de la acrpolis bilbana, soportando
un buque ventrudo, que hace la descarga a la sombra de unos rboles.

Desde el _restaurant_ de un club elegante, por la ventana entreabierta,
sorprendo el trajn de la calle, el puente populoso, y ah abajo,
prximo, un gran barco de carga, y otro all, y otros cien,
sucesivamente.

Luego, ro abajo, hay en el aire un constante rumor de fuerzas en
actividad. Martillos golpeando, sirenas vociferando, fraguas rugiendo,
los trenes que gritan y pasan veloces... Se percibe un aliento de
monstruo domesticado. Emana un olor de acero engrasado o de acero recin
laminado. Huele a acero por todas partes. Es una rfaga de accin
vibrante y entusiasta, que circula por la angosta cuenca, que nos invita
a la actividad y a la afirmacin... S! Como una fatalidad de potencia
y de vida irreparable, irresistible.

Hasta que el ro busca la claridad del Abra y all se serena, sonre,
entra mansamente en el mar.




IX

ELOGIO DE LOS CAMPANARIOS




[Imagen: _Ramn Zubiaurre, pint._]


Los pueblos son en el paisaje puntos de orientacin esttica, hacia los
cuales acude el piloto ideal que hay dentro de nuestro espritu. Un
paisaje sin pueblos en lontananza, sin el blanqui-negro de las viviendas
y los tejados, nos da la angustiosa sensacin de vaco que sentimos en
alta mar. Pero los campanarios son, principalmente, los que prestan alma
y expresin a un paisaje.

Cada pas se reserva una fisonoma diferente; la silueta distante de los
pueblos y el carcter de sus torres son las cosas que para m
contribuyen ms a esa diferenciacin. Cuando trato de representarme una
imagen de Londres, todo mi recuerdo queda ocupado con la absorbente y
exclusiva visin del Parlamento, el de las altas torres sobre el plomizo
Tmesis. Los valles de Suiza los recuerdo igualmente en forma de agudas
torres, con su afilada flecha, irguindose sobre el plano verde de los
prados o sobre un lienzo grande de nieve. As tambin la Toscana se me
representa en la memoria sembrada de aquellos giles campaniles
florentinos, encaramados como guas rsticas en la cumbre de las colinas
armoniosas.

El ms hondo prestigio del campo castellano reside en la sugericin de
los distantes pueblos, que emergen de la pura planicie y se recortan en
el fino horizonte, con el campanario abolengo que parece, como una
flecha, penetrar en el infinito azul. Sobre la grave llanura, el
castillo de la Mota de Medina ya no es un mero dato arqueolgico, sino
algo profundamente explicativo y esencial en ese majestuoso paisaje que
est, como nada, preado de historia. La misma trascendencia tiene en el
paisaje la gran torre erecta de la catedral de Segovia, cuando sobresale
del ras de los collados parecida a una persona viva y pensante que nos
observa y sigue desde lejos.

Pueblos blancos de la costa mediterrnea, presididos por el campanario
angosto y alto como un alminar! Pueblos dichosos de Andaluca, claros,
rientes sobre la tierra ocre de los opulentos labrantos, y trmulos
por el estremecimiento perezoso de las palmeras!

Si desde lejos deseo levantar en la mente la imagen de Guipzcoa, la
nostalgia toma en m formas arquitectnicas. El recuerdo, ms que la
visin de los rboles y las colinas, me trae la imagen de los pueblos,
sobre los que destaca siempre el campanario. Los pueblos tienen valor
por sus torres. Toda la vida de Hernani est para m en su recio y
culminante campanario. Usrbil sobre el collado, no es ms que una
esbelta torre barroca; y si San Sebastin posee algn sentido, es por
aquellas elegantes torres gemelas de Santa Mara, que anteriormente se
completaban con la romntica y un poco marcial torre del viejo faro de
Igueldo, corona magistral de la japonesa colina, que el turismo beocio
ha trocado en una cosa inmunda!

Todos esos pueblos de Guipzcoa se levantan en espectculo cuando los
solicito con la imaginacin. Los conozco uno por uno. Las siluetas de
sus torres me son familiares, y cada uno me trae el recuerdo de una pura
sensacin juvenil. Carreteras blancas entre los prados; olor a manzano
florido; posadas rumorosas, llenas de hombres afeitados; color ajerezado
de la sidra rezumante; el tamborreo romntico de un tamboril; y
dominndolo todo, la torre eclesistica.

Veo los campanarios, de estilo barroco casi siempre, levantar sus
cupulillas de piedra en la simetra verde de los campos. Con qu
inteligente sentido de la armona saben llenar y conclur la esttica
ruda de un valle, de una encaada, de una loma! Las torres barrocas
estn all como elementos de cultura y de universalismo, y su forma
vaticana, papal, catlica, hace que la simplicidad iletrada, como
brbara, del boscoso y hmedo paisaje, se llene de erudicin y se
ilustre verdaderamente.

A veces el alma se siente perdida en esas angosturas de un primitivismo
antihistrico; la sombra de las montaas cae y amenaza con la prdida de
todo horizonte posible; los caminos se pierden en la maleza; el agro no
tiene el sentido culto a la romana, sino que retrocede al jaral hirsuto
de las sociedades rudimentarias; el mundo, invadido por la maleza, se
achica ante nosotros. Entonces, de pronto, se abre el valle, y en el
sitio preciso levanta su cpula vaticana el campanario, restituyndonos
a la idea de la cultura y de lo universal.




X

EL VIENTO DEL SUR




[Imagen: _A. Arrue. pint._]


La primera impresin que se nota en el pas cantbrico, cuando el
viajero llega del centro de Espaa o de las llanuras interiores de
Francia, es una manera de aplanamiento fsico y moral, resultante de la
limitacin del horizonte y de la pesadez atmosfrica. Se siente como si
el cielo careciera de altura, y la atmsfera, cargada de humedad, es
una cosa densa que cae sobre uno y lo envuelve, lo empapa, lo
materializa y le presta peso y gravedad. Los primeros das en el
Cantbrico son de lucha y de gimnasia psicolgica; el organismo y el
nimo necesitan superar las condiciones naturales, hasta poder librarse
de una especie de amodorramiento y hacerse otra vez gil,
desmaterializado y apto para el ejercicio de la imaginacin.

Pero si por ventura sopla el viento del Sur, entonces el viajero no
advierte aquellas sensaciones depresivas; al contrario, se siente como
en ninguna parte ligero, gil y pronto a las fugas imaginativas... Ese
viento del Sur, que seguramente es la sal del pas cantbrico, por qu
ha sido siempre tan poco simptico a las gentes de la tierra? Por qu
lo reciben con mal humor? Es bastante motivo las neuralgias que
ocasiona en los hombres y la agravacin del histerismo que produce en
las mujeres, para que se le aborrezca? Yo prefiero elogiarlo en este
captulo, puesto que es mi viento.

Cada uno de nosotros tiene su viento, el preferido por nuestro
organismo, nuestra salud o simplemente nuestro gusto. Hay quien se
encuentra sano, feliz y atemperado cuando sopla el Noroeste; otros
disfrutan de buen nimo y apetito, y recobran la agilidad mental, cuando
reina temporal del Norte. Para mi nimo y felicidad, es el viento Sur el
favorable.

Quiero extenderme algo ms en este tema, y confesar que soy un perito,
tal vez un poco manitico, en vientos. En otra ocasin dediqu un
artculo a estudiar la influencia que tiene la meteorologa en la
literatura y en todos los afanes del espritu; habl tambin de la
relacin inmediata que existe entre el viento reinante y nuestra salud.

En ningn pas del mundo se opera tan hondo y trascendental cambio de
luz, de color, de aspecto y de alma a causa de un viento como el que se
produce en el Cantbrico con el viento del Sur. Desde Galicia hasta
Navarra, la estrecha y larga zona de valles y barrancos queda barrida,
depurada, espiritualizada por ese aliento extico que salta las alturas
de la divisoria y cae como una divina expresin triunfante de la gran
sugestin potica: el Medioda.

Es un viento extrao, sin duda. Diferente, perturbador, atrabiliario,
todo lo altera a su soplo y hace tabla rasa de los fenmenos habituales.
Procede con el mpetu imperioso de todo lo meridional; arroja las
nieblas, afina la atmsfera, destruye la pesadez y la lentitud, prolonga
el horizonte, da nuevo color a las nubes, pone un vivo azul en el cielo,
presta gracia y viveza a las colinas, obliga a las montaas a
desperezarse, intensifica el color del paisaje, atena el excesivo verde
uniforme, ablanda el mar y lo hace ms azul... Es un viento imperioso,
invasor como una ola asaltante que hiciera la conquista del pas y lo
convirtiese al rgimen meridional. El viento soso del Noroeste y el
pastoso sirimiri, el marinero y como escandinavo viento del Norte, el
penetrante y fro viento del Este, todos huyen vencidos cuando aparece
el glorioso aliento del Medioda.

Qu sera de la zona cantbrica si no existiese el viento del Sur? Ante
todo le faltara al pas lo insustituble: la imaginacin.

Si relacionamos la calidad de los vientos con el de las personas,
podremos decir, aproximadamente, que el viento del Noroeste corresponde
a ese hombre cantbrico, lo mismo asturiano, montas, vizcano como
guipuzcoano, que ofrece la apariencia algo bovina de un sr grande,
lento, linftico, propenso a engordar, de amplio apetito y de exigencias
espirituales poco pronunciadas. En cambio el viento del Sur corresponde
a ese otro temperamento cantbrico que se seala por su nerviosidad y
por su imaginacin. La parte de locura indispensable que hay en el pas,
lo debemos al viento del Sur. Si no existiera ese viento, desde Galicia
hasta Navarra no veramos ms que vacas pastando, grandes bosques,
nieblas bajas, y unos hombres gruesos, colorados, pacficos, que comen
grandes raciones de alubias con tocino.

El viento del Sur pone agilidad y ensueo en el pas; lo pone vibrante y
nervioso y hace inevitable el anhelo, cualquier forma de anhelo: el
religioso, el poltico, el literario y el artstico. Produce tambin el
fanatismo y la polmica. Inyecta ardor a la gente y es el padre de la
quimera, de la vehemencia y del entusiasmo.

El viento del Sur, como un hada benfica, nos descorre las cortinas
materiales de lo inmediato real, y de un pas sin horizontes hace una
cosa alada llena de lejanas transparencias. Es el viento perturbador,
nervioso, que transporta el Cantbrico al fondo del Medioda. Y cuando
huye, porque vuelve el sensato Noroeste, queda en las almas la
angustia potica de aquel bien perdido. Esta angustia o anhelo no es ms
que la eterna aspiracin del Norte por el Medioda glorioso. El ensueo
del pino enamorado de la palmera en la cancin de Heine; la nostalgia de
la Mignon goethiana: Conoces el pas donde florece el naranjo?...

Por mi parte, yo le debo al viento del Sur la mitad de mi vida. En sus
cielos gloriosos y en su raro encanto extico, en el prestigio inefable
de sus maanas divinas, aprend desde nio a buscar en torno y ms all
de lo posible las soluciones nunca hallables del corazn y el espritu.
Le debo el anhelo, y la nostalgia de lo remoto, y un desear lo
inexistente o soado, y un afn de marchar...

El viento del Sur pertenece sobre todo al otoo. Y el otoo, entre la
gente cantbrica, no fu nunca estimado. Es una estacin que puede
llamarse extica en el pas; estacin de los temporales y como el
portazo iracundo que cierra los felices das del esto; poca intil,
estril, verdadero crepsculo sombro del largo invierno.

Como una opinin nueva que penetra poco a poco en los espritus, la idea
de que el otoo es la mejor estacin del ao en la costa cantbrica
empieza a ser admitida por muchas gentes del pas.

Para que la reivindicacin otoal pueda haber comenzado, sin duda ha
sido preciso un aumento de sensibilidad, y diramos que de literatura,
en la regin vascongada. El otoo es un concepto ideal y se manifiesta
casi totalmente por matices de color, de ambiente y de pura psicologa;
es el tiempo propiamente subjetivo, y nada ms que por llegar a la
percepcin subjetiva demuestra el pas que empieza tambin l a madurar
con las flores de decadencia, nica zona en donde pueden esperarse los
frutos de la fina cultura.

En algunos pases ha llegado el otoo a penetrar hasta las honduras
populares, favorecido sin duda por ciertos cultivos. La via, sobre
todo, ha sido el primer elemento de prestigio otoal, y todas las
civilizaciones mediterrneas (las que rigen todava el clsico ritmo del
arte en el mundo) ponderan y exaltan la embriaguez generosa de las
vendimias. Alrededor de la vendimia cunto arte, cunta poesa,
cuntos fecundos mitos han visto la luz en el curso de las edades! El
otoo estaba ya fundido en las fiestas, en los gustos, en el alma de
otros pueblos; el otoo era ya en otros pases un rgano de arte y de
cultura. En la tierra vascongada faltaba el culto otoal, lo que quiere
decir que el espritu careca de la cuerda ms delicada. Una persona que
no vibra ante el otoo, o es inconscientemente juvenil o es
irremediablemente grosera; un pueblo que omite al otoo se halla an en
el perodo preambular de la cultura.

La estacin del ao que ama el pueblo cantbrico es la primavera,
prolongada hasta el corazn del esto. Es el tiempo de plenitud, cuando
la tierra se llena de msica, de flores, de fecundidad. Entonces las
lomas adquieren mpetus tropicales; las malezas se espesan, los zarzales
cubren los caminos, los prados se hinchan y desbordan. Todo canta y
vibra en la abundante fertilidad. Y un aliento dionisaco mueve a las
mismas personas, positivamente embriagadas por la energa de la
naturaleza. Es la poca de las fiestas patronales, de las romeras y los
bailes, del campaneo y las comilonas. En su lira titubeante, el vasco
slo ha dedicado cantos a esa estacin de plenitud; para el otoo no ha
tenido ni una cancin, ni una alusin. El otoo no exista en la
conciencia vascongada. Ha sido la excitacin nula, el tiempo extico,
la poca que no pudiendo hablar a los sentidos era imponente para herir
las cuerdas vagas, ideales, del espritu.

Ahora que el pas empieza a diferenciarse en dos zonas, la puramente
rural y la ciudadana; ahora que el pas no es todo casero como antes,
ni casi totalmente vascuence, y la ciudad, como es lgico, quiere
imponer su ley, ahora es cuando la conciencia del otoo va penetrando en
los espritus. La aptitud para comprender cunto hay de hondo en la hora
otoal, es el mejor indicio de la disponibilidad cultural de un pueblo.
La aptitud para lo subjetivo y lo inefablemente sensitivo de otoo, y
sobre todo la capacidad para sentir el latido de melancola que hay en
el otoo; esto es lo que anuncia que un pas ha salido del perodo rural
y pasa a ser candidato de la civilizacin.




XI

LOS BEBEDORES DE SIDRA




[Imagen: _Ramn Zubiaurre, pint._]


Quiero hablar un poco de los bebedores de sidra, y elogiarlos un poco
tambin hasta arrebatarles la vulgar acusacin de prosaicos,
sanchopancescos, que sobre ellos pesa. Yo he sido a mi hora bebedor de
sidra, y por lo mismo puedo hablar del espiritualismo, vago e inefable,
que alienta en el fondo de un sidrero.

No es slo, no, el gusto material y fsico de la agridulce bebida lo que
persigue el buen sidrero; debe contarse adems una especie de confuso
sentimiento de la bella naturaleza cantbrica, cuyo fecundo pantesmo
primaveral sabe comprender el sidrero de un modo acaso infuso, pero
ciertamente eficaz. Grato es beber en dosis pantagrulicas; pero tal vez
sea ms grato todava unirse los camaradas en grupos de buena amistad,
dentro del amplio paisaje conmovedor, y al fin, al crepsculo, cuando se
haya bebido algo demasiado, cantar una tierna tonada de _zorzico_.

Esta inmersin amable en el seno de la naturaleza es en pocos pases tan
gustosa como en la tierra cantbrica; tierra de idilio y de gloga donde
el padre Virgilio se encontrara feliz; pas de verdes colinas
placenteras, suaves como una tentacin a toda renuncia, y de selvticos
montes que convidan a errar en caminatas sin objeto.

La primavera es en el pas vasco como una tierna rosa sembrada de
alegres gotas de lluvia. Y el sidrero, el consumado bebedor de sidra,
ser quien mejor sabe percibir el encanto de esa flor de poesa. El
sidrero puede, sin duda, aventajar a los poetas en su devocin
primaveral, porque si todos los vinos y licores exigen su momento para
beberse bien, la sidra, si se desea tomarla oportunamente, debe
ingerirse en el campo y en primavera. Tal como el champaa requiere
mucha luz elctrica, camareros patilludos y seoras escotadas; tal como
la manzanilla ha de beberse al son de las guitarras y de los regocijados
palmoteos.

En invierno, cuando la lluvia y el viento azotan las esquinas, el
sidrero se obliga a refugiarse en las sidreras urbanas. Qu tristeza
all dentro! Es un stano hmedo, con las paredes llenas de churretes
negros; en el espacio que los toneles dejan libres se sientan unos
tediosos pescadores; huele a sardina asada y a poso rancio; el piso est
pringoso, resbaladizo; el fro hmedo se cuela en los huesos. Una mujer
llena los vasos, silenciosa y aburrida tambin ella, y en los parntesis
hace calceta... Esto no es el modo bello de beber la sidra!

El buen sidrero prefiere las excursiones campesinas, el casero entre
nogales, la merienda sobre el blando csped. No es solamente la sidra lo
que le emociona, alegra y entusiasma, sino algo ms; ese algo indecible
que se llama poesa. Al revenir de la primavera sienten los sidreros que
el corazn les baila regocijado. Ahora podrn salir de los oscuros
stanos; ahora se buscarn los iniciados para decirse: sabes que en
Ramonenea hay una _bonita_ sidra? Y la noticia, corriendo como la
prendida plvora por talleres, oficinas y tiendas, pondr en conmocin a
los devotos. No son necesarios ni pregones; hay entre todos una especie
de masonera singular que no fracasa nunca.

Qu bien entonces, en la buena estacin del ao! Y cuntas veces, en
la edad moza, ha utilizado el nimo la disculpa de la sidrera para ir
por el camino de zarzales y madreselvas hasta la cumbre de la colina!...
Desde all alto, el alma pretenda desbordarse, como el agua plena de
un vaso, y confundirse en la gran ola pantestica.

Desde all arriba se columbraban tal vez a lo lejos los pueblos
pescadores, los cabos y promontorios de la costa, las mansas ensenadas
donde duerme un blanco bergantn, todas las velas desplegadas en la
calma chicha. Las barcas pescadoras remaban en el inmenso mar. Y la
calma de la tarde despertaba en la fantasa vagos anhelos de realizar
largas y audaces navegaciones.

De estas esencias poticas est empapado, a su modo, el espritu del
bebedor de sidra. Y mezclndose en l la delicia del dorado licor con la
infusa delectacin del paisaje, lo convierten en un sr predestinado y
fatal, para quien todas las grandezas del mundo sern ociosas si falta
el placer de la sidra. Un sr predestinado que no podr vivir fuera de
su pueblo, de sus colinas y sus caseros, y que transplantado a Amrica
en forzosa emigracin, languidecer como un enfermo de nostalgia y
necesitar volver a sus lares, si no quiere morirse de tedio y de
tristeza.

Aquellas tardes de camaradera epicrea, entre incontables rondas de
vasos espumosos!... Y despus, con el apetito que provocan las frescas
libaciones, el sidrero sube a la cocina del casero y l mismo escoge,
prepara, y frecuentemente condimenta l mismo, los guisos y frituras, la
merluza tierna, el sabroso revuelto de bacalao, las rojas chuletas.
Todos en crculo comen; todos, en fila, y a determinados tiempos, se
dirigen a la cuba y van transmitindose, de la cabeza al pie de la fila,
mano tras mano los desbordantes vasos que se beben de un robusto y nico
tirn.

Cuando la tarde va de vencida, la imaginacin del sidrero se llena de
inefables brumas. Podis hablarle entonces de la vida y de la muerte;
podis ofrecerle la fortuna en un pas remoto o la corona de Espaa! Su
alma se desborda en bondad, su corazn se ofrece a la alegra csmica.
Charla, re, canta. El aire tranquilo, la serenidad de la tarde, la
belleza del campo; todo se funde en l y lo colma hasta la ternura.

Los ltimos vasos han podido beberse ya. La noche comienza a caer, y los
grillos inauguran, en fin, su nocturno primaveral. Entonces es cuando
una ola de sentimentalismo potico llega y visita el alma del sidrero,
que busca en la penumbra la lnea blanquecina de la carretera. Es el
mejor momento para cantar. Son esas canciones lentas, un poco tristes y
dulzarronas, del pas cantbrico. Y mientras el sidrero, cada vez ms
sentimental canta:

    _Begui belch eder oyec_
      _zenentzat-dituz...?_.

el melanclico cuclillo hace en los matorrales: c-c!... Y los
escarabajos monteses sueltan su chirrido estridente y supersticioso.




XII

LOS VERSOLARIS




[Imagen: _Alberto Arrue, pint._]


Sera difcil que pudiramos encontrar algn pueblo donde no existiese
un registro, una cuerda, un organismo de poesa. El hombre de todos los
tiempos y lugares ha sufrido siempre la divina necesidad de recurrir al
canto o al verso para expresar aquellas emociones que realmente no caben
en el espacio de la prosa.

Hablemos, pues, de los _versolaris_, esos rapsodas, bardos, aedas o
juglares del pas vasco. Entre los recuerdos de la mocedad no es el
menos querido aquel que nos rememora el asombro, la admiracin sentida
delante de unos hombres que recitaban sus versos con una salmodia
gutural y montona, en medio de un grupo de aldeanos, a la hora vesperal
en que los cucos preludian su sinfona cristalina y los manzanales en
flor expiden su ms delicado perfume.

Lo cierto es que en el pas vasco, tan sobrio de literatura y poco
afecto al lirismo, han podido pervivir unos verdaderos continuadores de
la casta trovadoresca. Ahora mismo, ninguna fiesta aldeana quedara
completa si le faltase la ayuda de los versolaris. Quines son estos
hombres singulares y necesarios? Su nombre lo revela: Versolari quiere
decir profesional del verso, versificador.

Si le llamamos rapsoda o juglar, mentiremos, porque aqullos se
constrean a cantar y repetir las composiciones ajenas. El versolari
crea y compone los versos que canta, y por esto debe llamrsele
trovador.

Un trovador bien rudimentario, es verdad... El versolari no canta en
los castillos seoriales ni ante las cortes magnficas de Provenza,
Aragn y Castilla; simples labradores escuchan sus cantos, en las
humosas tabernas o las hmedas sidreras. Por tanto, no debe exigrsele
al versolari que tome como asunto de sus versos las complicadas
cuestiones del amor platnico, tal como preocupaban a los trovadores y
que eran, por ejemplo: Los goces de amor son mayores que sus penas?

O este otro motivo: Debe ser la dama la solicitante del amor del
caballero, o al contrario? No; el versolari no acta en un medio
platnico y exquisito, y necesita arrostrar los temas cuotidianos, un
poco bestiales, que preocupan a su humilde y nada exigente auditorio.

Tampoco duda mucho el versolari en escoger la categora de su gloria.
Si los trovadores se haban dividido en dos bandos o escuelas, unos que
buscaban la estimacin de los espritus selectos (trobar clubs) y
otros que pedan la gloria de la muchedumbre (trobar leu), los
versolaris renuncian por necesidad a trobar clubs, o sea la
versificacin oscura y conceptuosa, porque no hallaran pblico; se
limitan a trobar leus, y sus versos simples y vulgares llegan
directamente al alma de su auditorio.

El versolari es un trovador que no emplea el serventesio, el
panch, la pastorela, la albada ni la serena; slo hace uso de la
tensin, esa forma de dilogo satrico en que dos trovadores rien un
torneo de burlas y sutilezas.

La forma trovadoresca de la tensin ha quedado en las costumbres
populares de muchos pases, sin duda porque llena una necesidad
universal del pueblo. Probablemente no fueron los trovadores provenzales
quienes inventaron la tensin, sino que estaba en el uso universal
desde antes. El pueblo ama la lucha, el pugilato, tal vez la discordia
integral, y verdaderamente le encanta asistir a las rias de versos en
que dos ingenios agudos se acometen con burlas y metforas.

Mi limitada erudicin folk-lorista me impide conocer los hbitos de
muchas regiones del globo; pero a travs de mis viajes he podido
comprobar cun extendido se halla en el mundo el uso trovadoresco de la
tensin. Asist en Puerto Rico, dentro de las pulperas, a luchas de
canto y recitado, en que el arma de aquellos versolaris era una
dcima, naturalmente muy tosca y mal rimada. Tambin en Valencia o a
los huertanos contender uno contra otro, al son de la dulzaina y del
parche en aquellas albaes tan lindas, tan campestres y musicales. Y en
la Argentina, por ltimo, existen los payadores, semejantes a los
versolaris. El legendario Santos Vega de la pampa, con sus romances de
origen espaol antiguo, es a travs del espacio y del tiempo un hermano
de Iparraguirre, el bizarro bohemio de la guitarra sonora.

Los versolaris emplean para sus torneos una msica simple, una especie
de salmodia elstica; elasticidad indispensable a los modestos
versificadores, que no siempre miden con suficiente honradez sus versos
rudimentarios.

Uno de los versolaris marca la entrada, que significa una iniciacin
de las hostilidades; el otro responde al punto, y hace salir de su
robusta garganta una voz semigangosa, gutural, indefinible, con la que
responde al reto y alude directamente a algn defecto de su competidor.
Al principio estn las estrofas envueltas en cierta cortesa; despus
las alusiones se hacen ms clidas, penetrantes y agresivas. Las burlas
chocan y se araan, las ingeniosidades y las groseras vuelan por el
aire, y el auditorio enardece todava ms a los luchadores con sus
carcajadas. Ellos procuran mostrarse imperturbables, a pesar de los
alfilerazos, e insisten en su salmodia gutural y lenta, de inflexiones
largas y ondulantes como el canto llano de un convento.

En la hmeda y penumbrosa sidrera, o en la plaza de la aldea, esos
versolaris, esos poetas primitivos y socarrones prestan al honrado
vulgo rural la parte de esttica y de literatura que todo sr humano, el
ms salvaje, exige. Buscad y no hallaris un pueblo que no haya
inventado alguna manera de embriagarse: agria cerveza, clido
aguardiente, sidra, chicha, vino rojo, espumoso champaa, aristocrtico
y perfumado jerez. El hombre ha pedido siempre y en todas partes,
grosera o fina, una burbuja de alcohol que le abra el recinto de la
quimera. Idnticamente buscaris en vano algn pueblo que no pida a lo
inefable, msica y verso, la expresin de su intimidad potica.




XIII

EL HUMOR ANACRENTICO DE LOS VASCOS




[Imagen: _Zuloaga, pint._]


Un pueblo que carece de literatura, estando por otra parte lleno de
diversas aptitudes, es un fenmeno bien extraordinario. En la misma
remota Islandia hubo a su tiempo rumor de alta poesa. Rodeado de
ncleos culturales, asediado por las ms fuertes civilizaciones, el pas
vasco ha sido en esto una verdadera isla.

No se ha dejado rozar ni menos penetrar por las corrientes literarias, y
ha hecho para los menesteres de la poesa una excepcin curiosa.
Mientras aceptaba la sociabilidad, el rgimen poltico, la arquitectura,
la religin, las danzas y los trajes de Castilla, impona su veto a la
cultura literaria.

Los mismos romances, comunes a todas las comarcas de la Pennsula, no
han penetrado en el pas. Y el pas se ha visto al cabo, por esa
exclusin del romancero, privado de perpetuar sus episodios picos, las
luchas dramticas de sus banderizos y las emociones de sus afanes
amorosos. A falta de mejores medios, los romances son en muchas regiones
las fuentes inapreciables de la historia. Con razn se ha dicho, pues,
que el vasco es un pueblo mudo.

Para la poesa ertica se ha sentido el vasco embarazado por una
irreprimible timidez que hace del mozo vasco el galanteador ms torpe y
encogido. Los versos amatorios en vascuence estn como dominados por la
honestidad un poco imperiosa de la mujer; en vano buscaremos entre sus
estrofas el calor lujuriante, la angustia apasionada, el deseo febril y
la locura de amor que no falta ni en las canciones annimas de otros
pueblos; el verso vasco elogia a la amada con imgenes sencillas, muchas
veces pueriles o oas. De tal modo, que si estas poesas se traducen
fielmente a un idioma literario, resultan desconcertantes por su
nimiedad. Pero en ellas, sin embargo, late alguna vez un sentimiento
candoroso, cuya fragancia de campo, de honestidad, de primitivismo, no
se percibe sino despus de una saturacin local muy profunda.

El poeta amatorio por excelencia en lengua euzkera fu sin duda
Vilinch (Indalecio Bizcarrondo). Estaba muy infludo por la literatura
castellana de su tiempo, principalmente por Bcquer. Sus numerosas
poesas hicironse muy populares. Corran de boca en boca; las cantaban
los ciegos en la plaza de la Brecha, de San Sebastin, y las criadas de
servicio, como los jvenes de veinte aos, encontraron en aquellos
versos la parte de sentimentalismo ertico que toda mocedad exige.

Una de las poesas de Vilinch se ha hecho clebre, y ahora mismo es una
de las que siempre se cantan con prioridad en todos los finales de
merienda. Dice as la cancin:

      Ume eder bat icusi nuben
    Donostiaco calean;
    itz erdicho bat ari ezan gabe
    nola pasatu paran?

      Gorputza zuben liraa eta
    oaz zebiltzen aidian;
    polita goric estet icusi
    nere beguiyen aurran.

Si reducimos estos versos a una traduccin directa, no hallaremos ms
que lo siguiente:

Una vez vi pasar una hermosa joven--por las calles de San
Sebastin;--sin decirle siquiera media palabrita--cmo cruzara yo a su
lado?--Tena el cuerpo esbelto--y llevaba los pies en el aire;--otra ms
bonita no he visto--delante de mis ojos.....

Es poco, seguramente; pero en esa nimiedad alienta un algo de sencillo,
de tmido, de ternura ignorante, que nos conmueve. Adems, la msica
est ah para valorizar la emocin. Aunque, con demasiada frecuencia, la
msica vascongada suele ir unida al verso en un maridaje verdaderamente
monstruoso. A veces un canto dolorido y sentimental, hondo y pattico,
sirve para acompaar a unos versos que ensalzan las virtudes del vino;
otras veces van unos versos vulgares y chocarreros unidos a una tonada
briosa y vehemente.

Hay, por ejemplo, una msica annima, de indudable antigedad, cuyo
ritmo parece pedir la ayuda de los romances heroicos o narrativos. Tiene
un sonsonete montono, apto para la narracin trgica. No obstante, ese
curioso motivo musical se acopla a los ridculos versos siguientes:

      Andre Madaln, andre Madaln,
    laurden erdi bat oliy;
    aita jornalac artzen badi tu,
    ama pagatuco diy.

Seora Magdalena, seora Magdalena,--medio cuartern de aceite:--si
padre cobra los jornales,--madre le pagar a usted.....

El humor anacrentico salta de entre la poesa vascongada con un
respingo inevitable, como una rfaga de da de fiesta. Es ah, en la
ponderacin de la vida cuotidiana, donde el humilde poeta vasco, materia
tosca de pueblo, se siente con libertad y desenvoltura.....

Pero no exijamos a esta modesta literatura, familiar y casera mejor que
popular, el encanto que a las canciones bquicas de la Hlade prestaban
el alado y risueo aticismo de los griegos. Los misterios del culto de
Dionisos y la belleza de las vides maduras bajo un cielo diamantino, se
convierten aqu en la humedad de las sidreras y en los escarceos de
unos humildes versolaris.

El cantor celebra lo que directamente ha de gustar a los contertulios;
el buen comer, el buen beber, las giles piruetas en la danza con las
alegres chicas. El elogio del vino tiene en la poesa vascongada un
espacio ms considerable que el amor o la tristeza ertica. El poeta
guipuzcoano Artola pondera las excelencias del vino con esta honrada
ingenuidad:

      Erari maitagarri,
    zu gatic daucat jarri
    argumentuba larri:
    Indarra zera gorputzarentzat,
    kentzendezuna egarri,
    gausa estimagarri!.....
    Bao zauscat igarri
    zerala engaagarri.

Amada bebida,--t me inspiras este arduo problema:--Eres para el cuerpo
la fuerza,--nos quitas la sed,--cosa estimabilsima!.....--Pero te he
calado--que eres un engaador.

Una cancin guipuzcoana dice:

      Donostiaco iru damacho
    Errenteran dendar,
    josten ere badakite baa,
    ardua eraten obek...

Las tres seoritas donostiarras--las tenderas de Rentera,--saben coser
muy bien,--pero mejor saben beber.

E intercalado en las estrofas, en una rara mezcla de candor y de
torpeza, un estribillo:

      Eta kriskitin, kroskitin,
    arrosa kraveli,
    ardua eraten obek.

Con el kriskitin, krosquitin,--rosa y clavel,--pero mejor saben
beber.....

Esta literatura vulgar, alegre y un poco grosera, como un lienzo
flamenco, necesitaba especiales cultivadores que fueran al modo de unos
sacerdotes del rito anacrentico. En efecto, hasta que no llegaron otras
formas de vivir ms universalmente uniformadas, nunca falt en el pas
vasco un plantel de hombres originales, pantagrulicos, humorsticos y
gandules, a quienes podramos llamar los borrachos representativos.

En tierras de Guipzcoa hubo ejemplares muy bizarros, que llevaban
nombres tan bravos y pintorescos como _Brocolo_, _Isquia_, _Pello
Spa_, _Sacristn_, _Echecalte_, _Pedro Amezquetarra_.

Eran la espuma o la hez de la raza, la flor de todos los vicios:
tragones, ebrios, haraganes, malos padres de familia. Sin embargo, esos
perfectos cnicos terminaban por ser simpticos. Nutranse nada ms que
de la simpata, a costa del pas laborioso. Hacan rer, y todo lo
restante se les perdonaba. Sus oficios eran de una grotesca
multiplicidad. _Isquia_, por ejemplo, apuntaba los tantos en los
partidos de pelota y haca de torero en las novilladas; _Pello Spa_,
con su labio partido, conduca los cadveres en tiempo de epidemia;
_Sacristn_ era pintor de brocha gorda, msico y gimnasta. _Echecalte_
no tena oficio alguno; slo se sabe de l que prendi fuego a su
casero. Era tuerto, mal carado, pequeo y enjuto; llevaba siempre una
boina colorada y los pantalones remangados hasta media pantorrilla. En
cuanto a _Pedro Amezquetarra_, ste era el Quevedo o el Manolito Gzquez
de la tierra; todos los cuentos cazurros se le atribuan, todos los
chistes desvergonzados o irreverentes se cargaban a su costa.

Y eran al fin aquellos epicreos payasos como la vlvula de expansin
por cuyo conducto expulsaba el pas los posos de humorismo y de
francachela que hay en su fondo.




XIV

VISION DE PUEBLO ANTIGUO




[Imagen: _Tellaeche. pint._]


La baha de Pasajes, en ciertos momentos de la marea, mustrase al
espectador como un raro acierto de tono, de colorido y de emocin
histrica. Los barrios de San Pedro y de San Juan se desprenden del
borde de la montaa y dejan que el agua bese su abigarrado y pintoresco
casero, componiendo un bello motivo de acuarela. Es una linda marina de
corte veneciano, que el cielo cantbrico y la austeridad de la montaa
hacen grave y lo salvan del peligro del cromo.

Desde el muelle donde amarran los grandes paquebotes, el barrio de San
Juan se muestra especialmente encantador, con sus casas viejas, su larga
calle sinuosa y sus portalones blasonados. Son casas abolengas que
alguna vez fueron levantadas con el oro de las Indias o con los dineros
de los arsenales. All los capitanes de la flota del Rey estimaban
descansar de sus heroicas navegaciones; all los navos artillados se
recostaban al muelle, antes de partir en busca de la canela de Tierra
Firme o de las especias de las Molucas. Hoy no viven sino humildes
pescadores, y la abigarrada formacin de casas se desmorona, se arruina.

El hombre sensible busca hoy con afn esos pueblos ilustres y viejos;
nos llaman las ruinas con voces melanclicas, y sabemos todos un poco
extraer de ellas inefables sensaciones. Es porque la arquitectura
contempornea nuestra nos defrauda y nos irrita. El corte y el tono de
las construcciones modernas nos parecen tan groseros y desgraciados, que
el espritu busca una manera de hur; quiere refugiarse en el ensueo de
lo antiguo para poder olvidar la realidad injuriosa de lo presente.

En esa misma baha de Pasajes, junto adonde amarran los buques de
altura, se levantan barriadas y almacenes de nueva construccin, hbiles
para albergar obreros, oficinas, tabernuchos y mercaderas. Su aspecto
ofende a la vista y al alma. No puede inventarse nada ms chabacano y
cruel, y nunca la razn de utilidad podr sincerar la existencia de esa
arquitectura, en donde la vida tiene obligatoriamente que ser baja,
triste y fea.

[Imagen]

Pero ante un pueblo ilustre y ruinoso hay el riesgo de que nuestra
imaginacin equivoque su camino. En efecto, los anticuarios y los
pintores especialmente, y por contagio los diletantes, nos han
acostumbrado a ver una ruina desde un plano actual, o sea por la ruina
misma. Se efecta as un fenmeno de traslacin temporal, y resulta que,
por el criterio utilitarista de un pintor o un anticuario, la casa bella
y vieja la consideramos como un objeto perfectamente actual. Es decir,
que terminamos por imaginar que la casa ha sido siempre vieja, y que su
valor estriba en ser como ahora es. El horror a la fealdad moderna
influye mucho sin duda en esta arbitraria maquinacin imaginativa.

Sin embargo, conviene por momentos abandonar el criterio utilitario del
pintor y exigir a nuestra imaginacin que se porte delante de una ruina
como a nosotros, amplios intelectuales, nos conviene. Entonces, una vez
que la fantasa est a nuestro propio servicio, el pueblo viejo e
ilustre podemos hacer que se traslade a su mximo perodo de vitalidad,
cuando las casas surgan, todas nuevas y flamantes, del fondo de los
conceptos sociales y religiosos, del seno de las disciplinas estticas,
sujetas a un estilo y animadas de un generoso aliento espiritual.

Ese barrio de San Juan que hoy refleja su pobre, sucio y roto casero en
la calma baha, qu presencia gloriosa y juvenil, noble y opulenta no
tendra en el siglo XVI? Los muros de sus palacios presentaban al sol
las piedras nuevas; en los sillares haba an la marca del cincel del
artesano; entre dos columnas renacentistas, al modo toledano, campaba el
blasn del linaje. Qu diferente aquella asuncin de la casa patricia,
de como ahora surge el _chalet_ compuesto con hormign armado y
mampostera de contrata!

En la simple construccin de un depsito o almacn de mercaderas
presida entonces un sentido de utilidad esttica, y no solo
exclusivamente de utilidad econmica. Hoy parece bien a los hombres que
han pasado hasta por las Humanidades, que un depsito y una fbrica sean
construdos en vista solamente del inters metlico; con que cubran los
objetos y los libren de la intemperie, ya es bastante. Mientras que los
hombres de otra edad ponan en la factura de una lonja de comercio, de
un depsito de mercaderes, la misma invencin y la misma pompa artstica
que en una catedral.

Con sus casas renacientes, con los restos de la arquitectura ojival
todava en buen uso, con sus palacios de blasn recin levantados, un
pueblo como Pasajes de San Juan deba de ser en el quinientos una cosa
admirable, rica en belleza y en rango. A veces, cuando se armase una
flota, la baha investirase de una solemnidad grandilocuente. Los
artilleros de los fuertes haran tronar en salvas los caones, y
embocando la salida del canal, una prxima a otra, las naves con sus
castillos altos descolgaran las velas, y lentamente deslizaranse hacia
el mar como insignes leviatanes. Vistosas flmulas en los mstiles;
dorados adornos en el castillo de popa; enormes y artsticos fanales;
estandartes del Rey cayendo como tapices suntuarios hasta la misma
agua.....

       *       *       *       *       *

Es cierto que la tierra vascongada carece de sitios grandemente
histricos y de ciudades memorables de importancia universal; no tiene
cuadros gigantescos como Toledo, ni tesoros artsticos como el
monasterio de Guadalupe, ni catedrales como la de Len y Burgos, ni
ciudades, como Sevilla, que canten con la voz prestigiosa de tres
civilizaciones estticas. Pero los viejos pueblos vascos, humildes como
son por su pequeez y su escasa universidad, guardan, sin embargo, un
tono de graciosa armona y, sobre todo, un fino sentimiento de expresin
nobiliaria, ayudado por la excelencia de un bello y vario paisaje.

Los mismos vascongados han favorecido esa desatencin y ese
desmerecimiento, con una frvola y casi brbara mutilacin de aquello
que es lo ms noble, expresivo y delicado del pas. La furia
industrialista no ha titubeado en situar una fbrica junto a un torren
antiguo, y el afn de la modernidad y de la urbanizacin geomtrica est
cometiendo constantemente en villas y aldeas verdaderos crmenes. El
vascongado moderno, en forma de concejal progresista, es un sr plebeyo
que ha roto toda continuidad con sus antepasados. Tiene un concepto del
progreso que se parece mucho al de los americanos: admira todo lo
extrao, es humilde con las modas extranjeras, cree en lo cuadrangular
de las calles y en la altura de las casas, y siente horror por las
piedras viejas. Una casa nueva en forma de _chalet_; una calle ancha y
recta; una alameda gris; un _restaurant_..... Esto es el ideal de la
civilizacin y el progreso para un vascongado novsimo.

Si los filsofos y los poetas de Atenas y Florencia hubiesen perecido
arrastrando sus obras al sepulcro, nosotros no dudaramos en atribur a
aquellos pueblos la excelencia cultural slo con que poseyramos el
testimonio de sus edificios, de sus columnas y sus tallas, llenos de
gracia eterna.

Podemos aadir an que ciertos hombres excepcionales no bastan por s
solos para patentizar la alta cultura de un pueblo; los genios son
muchas veces frutos aislados que no demuestran nada, que surgen a
despecho de su propio pas natal. La Beocia ruda y cerril produjo ms de
un genio. En fin, la civilizacin de un pueblo necesitamos comprobarla
por los diversos fenmenos particulares y colectivos, y ella ser
admirable cuando se nos presente armnica, intensa, amable, dotada de
buen gusto y de un culto delicado por el adorno.

El culto del adorno representa al cabo y positivamente la talla, el
nivel, el grado de la vida de un pueblo. En la casa limpia, barnizada y
sin pretensiones estticas de un holands actual, sabemos que vive un
hombre de vida sensata, suave y abundante. No es todo, pero ya es mucho.
En un palacio renaciente de Florencia sabemos que viva un hombre de
gustos exaltados, que pona su orgullo en escoger un traje bello, y que
se preocupaba hasta la fiebre en hacer que las ventanas de su palacio
fuesen armoniosas, que la estatua del patio de honor fuese una obra
consumada, que el anillo de su dedo saliese del troquel de Benvenuto
Cellini.

Veamos ahora: qu especie de alta vida nos atreveramos a imaginar que
existe en esas barriadas, en esos _ensanches_ de nuestras poblaciones
modernas?..... Cuando nos situamos frente a esos edificios y barrios, la
palabra barbarie no podr parecernos excesiva ni injusta.

Junto al ruido y el humo de las villas industriales, cerca de los
alegres y mundanos pueblecillos de la costa, apartados de la vanidad
turista y veraniega, los viejos pueblos vascos duermen su sueo de
lejanos siglos, al amparo de su grande iglesia y rodeados de solemnes
montaas, Oate, Segura, Vergara, Elorrio, Marquina, Ordua.....

En esos pueblos linajudos hubo alguna vez una vida intensa y elevada que
nosotros conocemos tan someramente. Esas casas abolengas, con sus
escudos herldicos y sus torreones, nos hablan de las luchas de
_oacinos_ y _gambonos_, ricas en episodios trgicos y expresivas de
aquel afn de dominio y violenta superacin que form el fondo del
carcter vascongado. La Universidad de Oate nos habla de una flor
renacentista y docta que se abriera en el pas, animando a los hidalgos
y clrigos en la poca de las grandes y bellas aventuras, cuando las
empresas de Espaa abran tan ambiciosos caminos a los capitanes,
pilotos, secretarios del Rey y evangelizadores vascongados.

Quien desee salvar el peligro de una inculta obcecacin, necesitar
siempre obedecer al mandato de una realidad histrica. Y es bien cierto
que nada se podr intentar en asuntos vascos, sin tener en cuenta la
influencia castellana, el ntimo y constante contacto castellano, lo
mismo en historia, como en arte, como en cultura general.




XV

CAMINO DE LAS MONTAAS




[Imagen: _Valentn Zubiaurre, pint._]


Una excursin a la montaa es siempre til, primeramente porque nos
obliga a ser humildes y porque comprendemos la vanidad de nuestras
grandes _conquistas de la civilizacin_. Ante una cuesta empinada, sin
otra ayuda que nuestras piernas y un tosco bastn, sentimos como si la
Naturaleza se estuviese riendo de nuestro orgullo urbano, y de nuestro
pattico jadear. (Con las fauces muy abiertas, con el corazn que late
apresurado, con las rbitas dilatadas, vemos las hayas seculares que nos
rodean en crculo y nos miran compadecidas y absortas.)

En cuanto a las grandes conquistas de nuestra civilizacin, en la
pequea estacin de Brncola se han desvanecido. El tren nos ha dejado
en plena va y ha desaparecido en un tnel. El ruido anterior se trueca
en un silencio virgiliano. La prisa de antes se convierte en una
filosfica lentitud. Una ermita en el barranco, unas casas de labor
entre los maizales, una modesta cantera enfrente. Dos o tres obreros
acarrean piedras desde la cantera a un carro, con calma, con
reconfortada lentitud, asiduamente; mientras tanto, los dos bueyes de la
carreta rumian dichosos, abriendo sus hermosas pupilas hmedas como un
espejo en que se miran los verdes prados.

--Y bien, cundo sale la diligencia para Oate?

--De aqu a una hora.

--Una hora?.....

--Ni ms ni menos. Tenemos que esperar al tren rpido de las seis y
media.

Oigo con espanto lo que dice el mayoral, y mi petulancia de hombre
urbano se pone a medir el valor y la trascendencia del tiempo. Una
hora! Cmo es posible que pueda pasar una hora aqu, en esta soledad
virgiliana? Y la hora de espera adquiere una fantstica dimensin,
empapada de tedio y de vergenza.

De vergenza, en efecto. Los tres excursionistas, con nuestros maletines
montaeses, hacemos casi una figura cmica. Resulta sobre todo risible
nuestra nerviosidad, nuestra prisa e infantil mal humor, junto a la
madura y filosfica calma de las gentes que nos rodean. Un miquelete,
en mangas de camisa, nos contempla con inefable sorna. El jefe de
estacin se atreve a sonrer. Y el mayoral de la diligencia, gordo y de
semblante picaresco, insiste a nuestras insinuaciones:

--No puede ser; tenemos que esperar al rpido..... Por qu no se van
ustedes a la venta? All hay buen vino.

Entramos, pues, en la venta prxima y pedimos alguna cosa que sirva de
merienda. Discutimos un rato lo que podramos tomar. Hay cerveza? Nos
dicen que no Hay sidra embotellada? Tampoco. Pero hay un fuerte y
ardoroso vino navarro..... En fin, decidimos pedir nos sirvan chocolate.
Cuando nos sirven el chocolate, un cantero, desde la carretera, nos mira
piadosamente. La tabernera sonre, deja las jcaras delante y se va.

Ya se acerca el tren rpido. En la ecuanimidad de aquellas montaas, los
hierros y las vlvulas mueven un estrpito rechinante; la locomotora
rasga el aire con su imperioso silbido. Se detiene el convoy un momento
y parte hacia la boca del tnel, desaparece. Y torna, en el silencio
virgiliano, a orse el rumor del agua del arroyo y el sistemtico tic
tac de los canteros.

La diligencia est pronta. Tintinean campanillas y restalla el ltigo.
_Arre, Belcha!_.....

Todo, por tanto, se ha transmutado. Retrocediendo en un curso de quince
lustros, el nimo, humilde ahora y sometido, considera que la prisa de
la civilizacin es una cosa tan arbitraria como intil. Verdaderamente,
llegar en diez minutos o en una hora y media, resulta ser igual y lo
mismo. Y as, justificando a fuerza de razonamientos la parquedad del
trote de los caballos, vamos subiendo una carretera magnfica, medio
oculta en la sombra de los rboles.

Desde lo alto de la cuesta, he ah el maravilloso campo de Oate.
Teatralmente se rodea de altas montaas; bosques centenarios la
circundan; y el viejo y limpio pueblo nobiliario escoge el sitio ms
bello de la vega, y desde all levanta al espacio el macizo torren del
templo. Cae la tarde. Un convento medioeval junto a la carretera. Las
caseras, grandes como palacios, abren sus portaladas suficientes, y las
inmensas parras trepan por los muros del edificio y lo cubren todo.
Escudos herldicos sobre el arco de las puertas. Una campana toca la
oracin. Por la carretera pasean sacerdotes, seminaristas en vacaciones,
seoritas hidalgas que van de tres en tres y que dirigen a la diligencia
(a los viajeros) furtivas miradas de curiosidad y sonrisas afables.

El coche espera. Es necesario partir, antes de que la noche avance
demasiado. Trotan los caballos, y el coche marcha por la empinada
carretera que conduce al seno abrupto de las montaas de Arnzazu.

La carretera sube y sube. Con un poderoso y benvolo automvil, acaso la
cuesta resultase ms benigna. Pero otra vez acude al remedio la razn, y
gracias a unos sagaces razonamientos concluye el nimo por pensar que es
mucho ms gracioso el lento paso de los caballos, y que esto permite a
los ojos contemplar con mayor certeza los pormenores del spero paisaje.

Lstima que la noche se haya echado encima! Sin embargo, a la luz
difusa del ltimo crepsculo toman las montaas un carcter imponente,
fantstico, hiperblico. De pronto parece que la carretera va a
precipitarse en la negrura pavorosa de un abismo. Otras veces, encima de
un talud, un rbol semeja ser algn monstruo antiguo que nos quiere
devorar. Y all abajo, mientras el coche sube, se columbra en la ignota
profundidad una luz temblante, que probablemente ser la lmpara a cuya
claridad cena la familia del labrador, pero que la fantasa quiere que
sea la vaga antorcha de las brujas, los contrabandistas, los
facinerosos.....

Repentinamente, en un recodo brusco, aparece el monasterio de
Arnzazu.




XVI

LA PATRIA DE LOS PASTORES




[Imagen: _Valentn Zubiaurre, pint._]


La alegre campana del monasterio est llamando a misa, cuando yo,
despierto por el bronce dominical, abro la ventana y veo las nieblas que
ondean y vagan, detenindose en los rboles aosos como flotantes
vellones de ovejas. Unos pastores vienen ya por los senderos de la
montaa, a rezar la primera misa. Traen calzadas sus abarcas, y el
vestido, limpio y parco, les huele fuertemente a suero.

Necesario es partir. Abandonamos, pues, la cmoda hospedera de
Arnzazu, y siguiendo las pisadas de un muchacho que nos sirve de gua,
afrontamos la cuesta. Oh qu terrible cuesta! Es una cuesta infinita,
inhumana, sin apelacin y sin piedad. Una cuesta larga cuyo fin no
conocen los ojos. Es un subir continuo y penoso que no termina nunca.
Las ms speras piedras martirizan los pies. Unas hayas de tronco
robusto, de ramas erectas y montonas, acuden curiosas a contemplar al
viajero. Y el viajero, que estaba an mimado por la comodidad del lecho
tibio en la hospedera, y que estaba viciado por el piso suave de las
poblaciones, ahora asiste con estupefaccin a los ms extraos fenmenos
fsicos.

El corazn, primeramente, se ha puesto a latir con fuerza y alarmante
celeridad; despus el aliento se ha hecho tan difcil, que a pesar de
abrirse la boca en toda su magnitud parece que no entrara a los pulmones
ni una gota de aire. Seor, qu es esto?..... Las hayas centenarias
rodean al viajero, como queriendo consolarle. Y la cuesta sube, sube,
sube. Sin embargo, la dignidad suple en el hombre inteligente las otras
facultades del hombre primario y robusto. Y ante el seguro andar de
nuestro gua, yo persisto en subir y logro, en efecto, que al poco rato
el corazn se tranquilice, los pulmones se ensanchen y las piernas
adquieran una feliz elasticidad.

Hay un punto en el camino que sirve como de trnsito trascendental. Al
detenerme y volver la mirada atrs, distingo, all abajo, el monasterio
de Arnzazu prendido a las rocas, colgando sobre el precipicio. Lejos,
en cuanto alcanza la vista, las montaas se acumulan, se aprietan, se
levantan una sobre otra, en un tumulto grandioso, como posedas de un
temblor y una vida mitolgicas, como piensa la imaginacin que estaran
en el primer momento del mundo, cuando la tierra era blanda, modelable,
turbulenta.

Luego, en seguida, la cuesta ha terminado y el paisaje sufre una
alteracin radical. Ya no se distinguen ms edificios ni campos
labrados. El mismo horizonte se ha circunscrito. Estamos en una especie
de cazuela, circuda de crestas rocosas que hacen las veces de una
muralla, un borde, una frontera. He ah la campa o meseta de Urba, pas
de rebaos, aislado del mundo, sin comunicaciones, sin pueblos, sin
ningn vestigio de lo que llamamos civilizacin. Un pas fro y raso, de
cuatro o cinco kilmetros superficiales a 1.200 metros de altura sobre
el mar.

Al principio se imagina el viajero que lo han transportado las hadas
como en los cuentos antiguos. Todo es diferente. La hierba misma es
distinta, pequea, sutil y apretada contra el suelo a modo de alfombra.
La monotona de esa pradera inacabable acaba por causar a la mente algo
como una obsesin. Todo se halla rasurado, rapado; todo est supeditado
a la igualdad y perseverancia de esa fina alfombra de csped..... Hay un
silencio que no se asemeja a ningn otro silencio; es un silencio
positivamente pastoril. En el aire flota el grato tintineo de las
invisibles esquilas; algn balido llega de lejos a veces......

Y all, en frente, entre los pliegues de unas rocas grises y
pulimentadas por los hielos, el gua nos seala un _pueblo_.

Un pueblo, claro es, que disiente de toda idea urbana. Son una docena de
chozas hechas con pedruscos sueltos y techadas con maderos toscos y
lonjas de tierra. Cada choza ha escogido el lugar ms apto. Se recuestan
al abrigo de las rocas, y quieren como enchufarse en el terreno, para
evitar los ventarrones.

Penetro en una de estas viviendas. Agachndome, para no pegar una
cabezada, doy un paso y por poco no me ahogo. Al fondo de la choza hay
encendido un fuego de lea, y el humo, que no halla rendija por donde
evadirse, llena, empapa, tuesta la pobre habitacin. Pero es necesario;
los quesos redondos y grasos que se posan en unas maderas, a conveniente
altura, van zahumndose poco a poco y quedan as bien curados y
comestibles. Despus, en aquel breve antro, hay diversos utensilios
domsticos; una cama rstica fabricada con arbustos secos, una
econmica despensa, unas ropas colgadas, unas pieles. Recuerda a las
cabaas de los lapones.

As viven, contentos o resignados, los pastores de Urba. Varios pueblos
de la alta Guipzcoa tienen opcin a pastorear en la meseta. Llevan sus
rebaos por la primavera, los dejan sueltos, y con las primeras nieves
bajan a las tierras tibias de la costa del mar. Hacen su vida patriarcal
y honrada. No se molestan ni ofenden unos a otros; se ayudan mutuamente;
respetan las costumbres y las leyes del lugar; se renen en cnclaves,
para concertar el precio de la lana o para dirimir sus asuntos comunes.
Todo lo hacen con calma, con claridad, con simple y masculina buena fe.
Viven sobriamente, se alimentan de lo preciso y dejan que las horas
traigan sus pequeos afanes y sus pequeos placeres. En el otoo se
despiden; a la primavera se vuelven a encontrar. Y as un ao y otro.
As una generacin y otra. Un milenario, cientos de milenarios.....

Consideraba, efectivamente, viendo a un matrimonio de viejos y afables
pastores, que en la meseta de Urba los siglos no han podido nada. Qu
clase de invenciones pudieron haber llegado aqu, con qu motivo, para
qu fines? Estas gentes mansas y afables, son las mismas que aquellas
otras cuyos rebaos pastoreaban en este mismo sitio cuando los faraones
alzaban las pirmides y Moiss reciba del cielo el cdigo de su
nacin; son las mismas que aquellas otras que pulan armas de piedra en
las costas de Grecia..... Invariablemente se han transmitido los
pastores sus rebaos a travs del tiempo, continuamente, y uno tras otro
han venido los pastores a la primavera, y se han marchado al otoo.

Siempre igual, inalterable, consecutivamente, como una cadena en el
tiempo. De tal forma, que los pastores parecen ser los mismos siempre, y
los rebaos un solo y nico rebao eternal. Son de la misma raza, hablan
el idioma que hablaban los contemporneos de las pirmides. Y sus
costumbres, sus chozas, sus leyes locales, sus juntas, su
_civilizacin_, han sido idnticas siempre. Y este sendero por donde
ahora camino era transitado ya por los contemporneos de los fundadores
de Troya..... Oh dulce y raro pas de Urba, patriarcal nacin de
pastores, has triunfado del tiempo, y te has visto inmune de todos los
cambios e invasiones! Pero mucho temo que contra ti se avalanzar un
infecto y formidable enemigo, y l, por fin, te dominar, te perturbar,
te corromper. Hablo de ese monstruo, violador de virginidades, ese sr
obsceno: el _turista_.

El aire corre fino y gil por la alta meseta; el sol acaricia el rostro
sin quemarlo; reina un silencio ideal, como silencio de cumbre que est
prxima al cielo; y entre los pliegues de la brisa llega tal vez al
odo el rumor montono de las campanillas del ganado.

No hay en Urba sembrados ni setos; todo es pradera y campo de pastar.
Para romper la sencillez de la flora, de cuando en cuando aparece una
haya, nico rbol que comparte con la hierba y con los musgos el seoro
del pas.

Yo no soy botnico, probablemente porque no soy un espritu del siglo
XVIII. Ignorante de las minucias botnicas, nunca hubiera imaginado que
el musgo, esa planta inocua a la cual no prestamos generalmente mayor
aprecio, poseyera tanta virtud de variedad, de expresin, de forma y de
encanto.

Yo cre que el musgo era uno, indivisible e inalterable, y hallo que no
es un musgo, sino infinitos musgos variantes, multiforme, hasta
polcromos los que adornan el campo.

Oh providente amor de la Naturaleza, que no dejas ningn trozo del
mundo sin una muestra de adorno y de poesa! Oh materna y celosa
Naturaleza, a quien he visto cubrir con la flor del cactus espinoso las
abrasadas y terriblemente yermas soledades de los Andes! Que pones una
flor, una palma cualquiera en el mayor desierto, y que en Urba haces
maravillosas filigranas estticas con una planta humilde como es el
musgo!

Avanzo, pues, recrendome sobre las praderas, y a cada punto descubro
una nueva variedad musgosa. Los musgos buscan la sombra de las hayas, y
con frecuencia se enlazan a ellas familiarmente, cubren su tronco y lo
visten, como jugando, de un traje prodigioso. Otras veces tambin
sorprendo al pie de un grupo de hayas un verdadero prado en que las
hierbas estn sustitudas por musgos; su blandura me incita a tumbarme,
a refocilarme sobre tan blanda alfombra; pero mi asombro y mi admiracin
me impiden mancillar aquel bello jardn espontneo. Un jardn todo de
musgos verdes, finsimos, aterciopelados, encantadores.

De repente, sin poder sofocar un grito, descubro ni ms ni menos que
unas flores. Son las flores del musgo..... Siento el estupor del
salvaje, del naturalista, del verdadero descubridor (de un verdadero e
ignorante hombre de la ciudad), y estoy largo tiempo contemplando
aquella maravilla de la diminuta y original flor de los musgos
montaeses!

Despus, desde una altura, veo aparecer la llanura de lava, que es como
un anticipo de Castilla. He ah la meseta central; su color pajizo
contrasta con el verdor de la flora cantbrica, y la nobleza, la
serenidad que emerge de esa llanura forma como el anverso de la violenta
naturaleza montaraz en que me hallo. Y siento mi curiosidad avivada al
considerar que me encuentro en una lnea divisoria trascendental; es la
frontera, en efecto, de dos zonas geogrficas; es el lmite del
vascuence y del castellano; la divisin de la llanura y de la montaa,
del color verde y del pajizo, del Cantbrico y del Mediterrneo. Las
aguas de una vertiente marchan al Ebro, y de all al mar latino; las de
la otra vertiente van al Ocano.....




XVII

MEDITACIN EN LA CUMBRE




[Imagen: _V. de Zubiaurre, pint._]


Sobre la pequea meseta de Urba, sonora por el tintinear de los
rebaos, alza sus crestas dentelladas la sierra de Aitzgorri, a 1.500
metros sobre el mar. Un poco ms lejos, al trmino de la altiplanicie,
se halla el lugar de la divisoria geogrfica.

Es una especie de balcn, una cornisa ideal y sublime que la Naturaleza
parece haber puesto all para regalo de los ojos. Pocas personas cultas,
sin embargo, pueden recibir ese obsequio natural; la penosa subida, lo
desierto del pas y la brusquedad de los caminos serranos, alejan a los
cmodos turistas. Slo algn pastor ocioso, siguiendo el capricho de su
rebao, se detendr acaso en la soberbia cornisa y contemplar absorto
el ancho panorama de la llanura y el azul divino de las cordilleras
lejanas.

La fina hierba de los altos cubre el piso como verdadera alfombra; hayas
y robles dan propicio toldo al cuerpo fatigado; los brezos y las
manzanillas esparcen su amable perfume. Y el sol, en el silencio
religioso de aquella altura, tiene algo como potestad divina y hace, en
efecto el oficio material y sensible de Dios, padre y luz del mundo.

La persona peor dotada de sentido geogrfico ha de verse aqu
sorprendida. De una manera rotunda y clara se muestran los accidentes y
las variaciones del terreno, como si asistiramos a una leccin prctica
de topografa. La Naturaleza se convierte en didctica y explicativa al
modo escolar.

He aqu la lnea trascendental de Espaa. Vaciaramos un raudal de agua,
y si nos inclinbamos a un lado, el agua buscara el curso de los
pequeos ros cantbricos hasta anegarse en gran seno Atlntico; si nos
inclinramos un poco al lado opuesto, el agua, por la cuenca del Ebro,
descendera al Mediterrneo.

Por una cara del pas vemos las lomas y los valles cantbricos,
cubiertos de eterno verdor, hmedos constantemente por las lluvias y
nieblas asiduas, sometidos al cultivo rodado, llenos de pequeas
heredades y de numerosas caseras, con arroyos siempre vivos de
continuas rompientes, hbiles para la represa y la industria. Mientras
que a la otra cara del pas vemos tenderse de una vez, ancha y rotunda,
emocionante, sublime, la llanura de lava, que es el principio de la
gran meseta centro-espaola.

Los ojos y la mente no se cansan de admirar ese cuadro. Aunque la
llanada alavesa no participe de la extrema sequedad de la llanura
castellana, desde lo alto de estos bravos montes parece ya
completamente centro-espaola, porque se destaca junto a la humedad
cantbrica sin transicin, bruscamente. Y el nimo considera que aqu se
realiza virtualmente la separacin de los dos climas esenciales: el
clima alpino, de bosques y praderas, queda a un lado bien visible, y al
lado opuesto se extiende el clima de lluvias sobrias y terrones resecos.

Pero adems se dividen aqu la meseta y el litoral en una forma
terminante, mucho ms clara y definida que en otros pases peninsulares.
Los ros centro-espaoles horadan en otros sitios la barrera del
litoral, y por los valles del Guadiana, del Tajo, del Ebro, del Jcar,
del Segura, parece que algo de la meseta se corre al litoral, y que algo
del litoral se introduce en la meseta. En tanto que aqu, desde Galicia
al Pirineo, la divisoria hidrogrfica es terminante, continua, total, y
la meseta centro-espaola y la regin cantbrica no consienten ninguna
mutua intromisin; verdaderamente son territorios geogrficos vueltos de
espaldas, fundamentalmente divisorios, como Suiza e Italia, como Francia
y Espaa. Pero estn separados geogrficamente tan slo, porque en
poltica, historia y civilizacin, la regin cantbrica es la que ms
contacto ha tenido siempre con Castilla.

Desde esta cornisa trascendental, con qu majestuoso vuelo de
inmensidad se tiende a los pies la llanura! No es Castilla an, y ya
tiene sus caracteres principales. El mismo pastor que sube de esa
llanura, aunque lleve un apellido vasco e indiquen sus rasgos angulosos
la cualidad de la raza vasca, no hablar en vascuence, sino en
castellano. El campo, all lejos y en lo hondo, ha perdido el verde
excesivo, el color fresco de pradera; sembrados de mies, grandes
manchas pajizas, extensiones iguales, pardas, y elevndose en la
inmensidad, los campanarios msticos de los pueblos.

Y despus el horizonte que se aleja, que huye, como una fuga al
infinito. El religioso horizonte de Castilla! No se ven all las
cortaduras y barreras cantbricas, ni la limitacin panormica, ni la
especie de angustia moral como quien yace en un pozo. La Naturaleza ya
no es familiar, detallista e inmediata como en el litoral; ya no
distrae al espritu la preocupacin terrena y cotidiana, minuciosa, del
ro, de la colina, de la casa, del seto, todo prximo y exigente. La
llanura abre su inmensidad, y todo lo detallista, minucioso, cotidiano y
prximo desaparece. La llanura aleja la atencin de lo prximo e invita
a lo lejano y eterno. Invita a pensar en siempre, ms que en hoy. Empuja
ms all el horizonte, ensancha el cielo, abre los portales del
infinito... El alma, espontneamente, se pone grave, y embebe un poco de
la misma eternidad, y aspira a las creaciones eternas. (El Cid, Don
Quijote, El Escorial, Zurbarn, el Nuevo Mundo.)




XVIII

LA TIMIDEZ DE LOS VASCOS




[Imagen: _Arteta, pint._]


Se dice que en el actual movimiento regionalista marchan los polticos
vascos un poco a remolque de los propagandistas catalanes. Hasta ahora,
el destino de los vascos fu siempre el de ocupar el puesto de
_pilotos_. Dotados de altas cualidades, siendo activos como ninguno y
aptos para la esforzada realizacin, ambiciosos y amantes de la gloria,
as como del mando, los vascos han ocupado en los distintos trances de
la Historia el oficio del _piloto_. Es la dramtica crnica del pueblo
que osaba al capitanato y no pudo salir del pilotaje. Pueblo que carece
del don arribista, tan frecuentemente concedido a muchos pases
mediterrneos; pueblo en el cual ha sido imposible que nacieran Csar
Borgia, Napolen, Prim, Gambetta; y que, en la historia de las
expansiones polticas y tnicas, es uno de los pueblos de menos
impulsividad imperialista.

Entre las modalidades del carcter vasco debe ponerse en primer trmino
la timidez. La timidez es la caracterstica vascongada, as como su gran
enemigo. Porque en la vida no son suficientes las aptitudes nobles y
dinmicas; la seriedad, la energa, la ambicin, el anhelo de triunfo y
el esfuerzo sobreexcitado no proporcionarn nunca el xito absoluto, si
est ausente la cualidad del arribismo. El vasco es de alguna manera
incompleto, y la culpa es de su timidez.

Tiene el idioma alguna influencia en la timidez vascongada? Influye
algo el aislamiento en que vive la poblacin rural?

El vascuence es un idioma bastante difcil, y muy complicado como todo
lenguaje primitivo. Su conjugacin, materia admirable para el fillogo,
tiene una arquitectura sabia; pero esta misma sabidura se convierte en
obstculo para una rpida y profusa expedicin verbal. Frente a una
complicada arquitectura, o sea con un sabio y difcil andamiaje
estructural, el vascuence dispone de un nmero exiguo de voces y frases.

No me atrever a decir que el vasco campesino o marinero se obligue a
una especie de laconismo por la dificultad de idioma; entre los vascos
existen muchos tipos locuaces, y seguramente las gentes del pueblo dicen
y expresan en su idioma todo cuanto precisan. Pero es cierto tambin que
el vascongado, a travs de numerosas referencias literarias, ha sido
considerado como un hombre de pocas palabras, de tarda expresin, largo
de obras y corto de discurso. El idioma, complicado e insuficiente al
mismo tiempo, ha de explicarnos algo esta propensin al laconismo.

El vascongado es un hombre que usa del gesto, de la mmica y de la
interjeccin con asombrosa abundancia. Es asombroso, en efecto, si se
considera que el vasco vive muy lejos del mar latino y de los pueblos
esencialmente gesticuladores. Por qu el gesto, la mmica y la
interjeccin?... Supongamos, pues, que el vascongado, frente a la
premura del lenguaje y a impulso de su natural fogosidad, usa del gesto
y del taco por no tener que aguardar la lenta llegada de la palabra.

El vascongado es con frecuencia nervioso, y no pocas veces se muestra
impulsivo e impaciente. En estas condiciones de carcter, necesitara un
idioma fcil y elstico como son los romances; por otra parte, cuando el
vasco habla en castellano emplea un idioma restringido, corto de
vocabulario y pobre de fraseologa. Lo mismo si habla en vascuence como
en castellano, el vascongado tiene una expresin verbal muy
entrecortada. Es un modo de hablar caracterstico, algo como diccin
epilptica. Raramente sabe expresarse de un tirn, sin violencia, en
frases continuas, en buen discurso, como el francs y el castellano.
Raramente se encuentra un vasco dotado de ese empaque y de esa fluidez
de chorro del orador. El tartamudeo, el discurso truncado, el hablar a
saltos, el buscar continuamente la palabra o el giro que tardan en
llegar: esto es usual entre los vascongados.

Est sembrada su conversacin de puntos suspensivos y de omisiones
verbales, que se remedian por gestos tcitos. Las frases no van hiladas
suavemente, sino que se ensamblan con el continuo y en muchos casos
montono empleo de la partcula _y_ (en vascuence _eta_).

El recurso conjuntivo no le es siempre bastante al vascongado, y
entonces acude al gesto, a la mmica y a las interjecciones. El abuso de
la interjeccin y de la pequea blasfemia no significa que sea el vasco
persona atravesada y maldiciente; esas pequeas blasfemias, esos tacos
pintorescos o crudos en que abundan los idiomas meridionales, el vasco
los utiliza como un complemento de expresin, tan necesario en su hablar
trunco y tartamudeante.

Si narra, pues, un suceso, el vascongado dir: Le vi en la calle a
Pedro, y zas!... le toqu en el hombro, pum!... y le dije: c...!
Esta narracin ir acompaada de visajes y gestos, de modo que el
discurso se convierte en una cosa semiviolenta, onomatopyica y mmica.
Una persona de otro pas, usando de un lenguaje flexible y sabio, apenas
habra precisado la intercalacin de gestos, mmica y exclamaciones
interjectivas. Y resulta as que el vascongado, siendo generalmente
religioso, honesto y comedido, por culpa de su precaria expresin verbal
suele mostrarse gesticulador y amigo de los tacos e interjecciones.

Vive el labrador vascongado en caseras, aisladas unas de otras y con
frecuencia inaccesibles. En su casa de labor hace vida de solitario
patriarca, y se parece un poco a un Robinsn terrestre que fa su
sustento a lo que saca de su heredad, y fa todas sus proyecciones
vitales a sus propias iniciativas. Religin, moral, ideas, todo necesita
macerarlo en el seno de su familia aislada. Los domingos baja al pueblo
a rezar, beber y conversar; el resto de la semana vive de sus propios
recursos morales. En tal caso, nada tiene que asombrarnos su semimudez,
y sobre todo su condicin tmida. En el vascongado se agravan y
acumulan los motivos de reserva, desconfianza y timidez inherentes a
todo individuo rural. Y luego el clima y el paisaje ayudan todava ms a
hacerle grave, escaso de verbo y tmido. Y sera triste el vascongado,
si no lo evitasen la salud de la raza, el rgimen democrtico en que
secularmente ha vivido, y esa misma tendencia a la accin, esa falta de
ensueo y de imaginacin enfermiza, ese no literatismo que le
distinguen.

De los franceses ha dicho Taine: Instintivamente, el francs gusta de
hallarse acompaado. No tiene la perjudicial vergenza que estorba a sus
vecinos del Norte, ni las fuertes pasiones que absorben a sus vecinos
del Medioda. No necesita hacer ningn esfuerzo para hablar, no tiene
que vencer ninguna timidez natural. Habla, pues, con holgura, y gusta de
hablar, ya que lo necesita...

Aunque el castellano sea bastante menos sociable y locuaz que el francs
y que los mismos espaoles del Mediterrneo, siempre supera mucho en
sociabilidad y desenvoltura al vascongado. El vascongado se asemeja en
cierto modo a los hombres septentrionales. Recurdese cmo el ingls
busca siempre en el comedor la mesilla vaca, y en el tren el
departamento vaco...

La mujer vascongada se priva de la gracia ms apetecida, de la sal ms
incitante que tienen el amor y la juventud: el galanteo. Nadie ms torpe
galanteador que el vascongado, cuya timidez causa la desesperacin de
las muchachas. Don Juan Tenorio no hubiese podido nacer en Tolosa o en
Durango.




XIX

LA PREOCUPACIN DE LA HIDALGUIA




[Imagen: _Gustavo Maeztu, pint._]


Naturalmente orgulloso, el vasco absorbi desde el principio la idea
nobiliaria que da expresin al carcter castellano; el hidalgo es un
concepto de aristocracia que el espaol se reserv como privativo suyo;
por donde, tambin en este caso, se comprueba que el vasco no es otra
cosa que el alcaloide del castellano.

En el libro de Garca Salazar se hace, como en ningn otro libro, la
descripcin y la apologa de los linajes vascongados con un fervor que
al ms imbudo de prejuicios liberales conmueve. Eso era en el ltimo
perodo medioeval. Pero despus, a lo largo del Renacimiento y en el
mismo siglo XVIII, la preocupacin hidalguesca no slo no decae, sino
que con las granjeras de los empleos nacionales y el comercio de
Amrica, al aumentar la riqueza del pas, crece tambin el anhelo de
hidalgua.

Tal vez sea en las Encartaciones donde se muestra ms fuerte la
preocupacin linajuda. En el resto de Vizcaya sigue siendo muy viva. En
Guipzcoa, la cuenca del Deva es singularmente hidalguesca. Decae mucho
esta particularidad hacia el lado de Tolosa y casi desaparece en el pas
vasco-francs. Siendo el hidalgo una modalidad aristocrtica espaola,
los vascos de Francia dejan de tener en este punto contacto con los
vascos de Espaa. El hidalguismo es quiz la cosa que ms ntimamente
sume al vasco en el troquel espaol.

Cuando el viajero penetra en una villa vascongada, sintese asombrado al
contemplar el nmero y la grandeza de las casas nobiliarias, la gravedad
seorial de su estilo y la opulencia con que estn grabados los blasones
sobre la clave de los portales. Este hallazgo produce en el forastero
ms sorpresa, porque se ha ponderado muchas veces la democracia
vascongada y el patriarcalismo foral. Pero las palabras de democracia y
de libertad asumieron desde el siglo XVIII francs un sentido tan
particularista, que para muchas personas de buena fe no ha existido
verdadera libertad pblica hasta que la Revolucin albore sobre el
mundo.

Es cierto que la Revolucin estableci los clebres derechos del hombre.
Pero mucho antes la democracia vascongada, de raz peninsular, haba
establecido otra forma de derecho, o sea: que todos los hombres son
libres desde que son nobles. La idea vascongada, y por tanto ibrica,
atribuye al hombre un destino y una obligacin de libertad. Esta
condicin de libre no es un gusto, ni siquiera una ventaja, ni tampoco
una mera vanidad, sino simplemente un deber. Entendase que el ciudadano
no poda ser tal, mientras careciese de la cualidad de libre. Y como en
la Edad Media era la hidalgua la pura expresin de la libertad, los
vascos insistieron en asignarse, formal y categricamente, el ttulo de
nobles.

Al revisar el libro del Fuero, un lector frvolo podr extraarse del
ardor con que los diputados reclaman el reconocimiento de la hidalgua
original para los naturales. No era vana su obstinacin, sin embargo.
Decan: El pas vasco est poblado por gentes libres, que nunca
soportaron el yugo extranjero. Son los descendientes de los primeros
pobladores de Espaa, hijos directos de Tbal. No se han contaminado de
sangre sarracena o juda. Son cristianos viejos. La hidalgua es as en
ellos un derecho natural...

Salvemos lo que hay de legendario y anticientfico en muchas de estas
proposiciones. Nos queda evidente un fenmeno de preocupacin abolenga,
digno de ser considerado como excepcional en la Historia, por cuanto se
ve a un pueblo en masa bajo la obsesin casi quijotesca de la hidalgua.

Lo mismo el Fuero de Guipzcoa como el de Vizcaya abundan en
exposiciones que las Juntas elevan al Rey, rogndole la declaracin
formal de la hidalgua originaria de los vascos. La demanda se repite a
lo largo del tiempo con una monotona impresionante. La idea de la
nobleza se convierte en una obsesin.

Y en un captulo del Fuero de Vizcaya los procuradores explican al Rey:
Que en muchas partes del Seoro, cuando la Justicia ha castigado con
pena infamante de azotes a algunos sbditos, se ha visto a stos
arruinarse o morir, porque la vida con la vergenza se les hizo
imposible, y porque no han podido ejercer ms sus oficios o empleos, ni
han hallado mujer que quisiera casarse con ellos...

En la falda de una colina, entre la verdura de los prados y las
arboledas, la casa del labrador vascongado blanquea risueamente. A esta
casa le corresponden seis, ocho, diez hectreas de labranto y de monte.
No est situada all caprichosamente; la casa tiene un nombre, que se
refiere a una particularidad del terreno en donde fu erigida. Ha
nacido como brotando de la propia tierra.

Casa y tierra implican as una idea de eternidad, de anterioridad
infinita y de continuidad invariable. El terreno estaba sembrado de
robles y tom el nombre de Arizmendi (monte de robles). Por
consiguiente, la casa se llama Arizmendi, y el hombre que primero labre
la tierra en el robledal y habite la casa, se llamar de apellido
Arizmendi. Tiene su bosque y su prado, sus vacas y su perro ladrador, su
esposa y sus hijos, su arado y su hacha. Es el seor del predio, amo en
su casa, jefe de los suyos. Es igual a los otros hombres que habitan las
lomas, las vegas y las montaas. Siendo todos iguales, estiman
entenderse mutuamente, reglar sus relaciones comunes, pactar una moral
pblica. Esta razn de libertad, basada en la nobleza, es la que se
obstinaba en reclamar el Fuero.

No debe, pues, producir sorpresa el caracterstico orgullo de los
vascongados, ni ciertas formas de vanidad seoril que se advierte a
veces en una zafia ama de cra. La obsesin hidalguesca y las trabas
eliminatorias que de ella se derivan, tenan que originar una suerte de
espurgo nobiliario, dando ste como fruto esa hermosa distincin fsica
que es fcil observar en muchos ejemplares de la casta vasca.




XX

EL PROBLEMA DE LOS NERVIOS




[Imagen: _Tellaeche, pint._]


Es desoladora la facilidad y ligereza con que los llamados tratadistas
han resuelto el problema del desequilibrio nervioso entre los
vascongados. En virtud de un cientificismo pedantesco, y casi siempre
sectario, se ha proclamado sin apelacin que los muchos dementes y
epilpticos que rinde el pas vasco tienen por causa el alcoholismo.
Pero es muy usual, aun entre los que maniobran con la Ciencia, confundir
los efectos y las causas. En este caso tenemos el deber de no apresurar
una conclusin demasiado fcil, ni dejarnos reducir por un sectarismo
propio de las sociedades de templanza.

El alcoholismo no es una causa, sino un efecto. Demencia, epilepsia e
idiotez son formas o consecuencias fraternales de una misma
predisposicin, de una misma fatalidad morbosa latente en el pueblo.

Ante todo sera preciso, cuando se estudian los temas vascos, que nos
acordsemos ms de los otros pobladores de la costa cantbrica, como son
los asturianos y montaeses. El exclusivismo localista y un afn algo
tortuoso de dar aspecto de isla al pas vasco, nos conducen a extremos
bien construdos, pero que nos alejan bastante de la verdad. En la
redoma vasca se hacen ingresar componentes tan poco afines como el
hombre castellanizado de las Encartaciones, el gascn y francs de
Bayona, el tipo meridional de Tafalla y Estella y el meseteo de
Vitoria. En cambio se quiere ignorar que las caractersticas naturales
de Pravia son semejantes a las de Guernica, y que el aire que sopla en
Santillana es el mismo que est moviendo los manzanos de Azpeitia.

Hay en Asturias un refrn que dice: Asturiano: loco, vano o mal
cristiano. (Entindase cristiano como sinnimo de hombre). Este refrn
podra ser extendido sin muchas salvedades a la regin vascongada de la
vertiente martima.

En el concepto popular, entraa de donde salen los adagios, la locura
tiene un sentido muy lato y pintoresco; no son locos nicamente los que
se encierran en los manicomios, sino adems los chiflados, los arlotes,
los estrambticos, los maniticos, los versolaris, los payasescos... Y
estos tipos, abundan tanto en el pas.

Abundan esos que en el vascuence guipuzcoano se llaman, con piadosa
indulgencia, _choras_. El _chora_, que viene a ser lo correspondiente
de chiflado, es ese hombre tamborilero y bizarro que hace las graciosas
travesuras del pas. Es el punto de sal, la nota de fantasa, la rfaga
de viento del Sur que exalta y presta amenidad a la tierra. Es ese loco
de los asturianos, ese arlote de los vizcanos, ese _chora_ de los
guipuzcoanos, que hace rer, que asusta a las tmidas comadres, que
perturba, en fin, la exagerada tendencia a la normalidad del resto de
los habitantes.

Todo ira bien si slo se tratara de chiflados; lo triste es comprobar
la existencia de tantos dementes en los manicomios regionales, y tantos
idiotas pacficos en la generalidad de las villas y aldeas.

En Bilbao circula con xito la siguiente ancdota: Un notable
especialista francs en enfermedades del estmago fu llamado a Bilbao
para atender a un rico paciente; el sabio doctor tuvo que asistir luego
a numerosos disppsicos, y confes que estaba asombrado del gran nmero
de tales dolientes. Pero al final fu invitado por algunos amigos de la
localidad a una de esas comidas pantagrulicas que se estilan en el
pas, y ante las proporciones del banquete exclam:--Ahora me explico
por qu existen en Bilbao tantos gastrlgicos...

Esta ancdota es falaz y despistadora. Sirve para adular la vanidad
localista, en cuanto pondera la abundancia del comer, signo de mrito
para el vulgo. Pero es indudable que un alemn o un sueco devoran
bastante ms que un bilbano, y sin embargo no adolecen aquellas gentes
de mucha gastritis.

Es ms instructiva la versin que un diestro mdico de San Sebastin me
revelaba una vez. La hipercloridia de carcter neurastnico, deca, no
suele atacar a los alemanes del Norte; si ese ramo de la patologa
gstrica se estudia con xito en aquel pas, es porque se opera sobre
los pacientes judos, y los judos son de raza dbil, decadente. Yo
tengo una numerosa clientela de hiperclordico-neurastnicos entre la
misma gente de las aldeas de Guipzcoa.

Por otra parte, conviene sealar que en la Repblica Argentina se
distinguen los vascongados por el crecido contingente que dan a las
dolencias gstricas de carcter ulceroso y canceroso.

No perdamos, pues, de vista una realidad: la gente del pas vasco es una
raza vieja, y por tanto expuesta a las morbosidades de origen nervioso.
El desequilibrio neurastnico, desde los sntomas leves hasta los ms
graves, es frecuentsimo en el pas. Los temperamentos nerviosos abundan
en toda la costa cantbrica, contra lo que supone una tradicin vulgar.
Si se ha pensado siempre que el vasco y el asturiano son personas sanas,
gordas, linfticas y ecunimes, es porque se ha visto slo a uno de los
ejemplares que pueblan la regin, el ms resaltante. Existe, es verdad,
un tipo de hombre obeso, epicreo, forzudo y sano; pero junto a l vive
ese otro ejemplar de hombre anguloso, que forma una casta aparte y se
distingue por su nerviosidad extremada. De l salen los chiflados, los
epilpticos, los infinitos maniticos de la tierra. De esa fraccin
racial han salido los aventureros del siglo XVI, los fanticos de las
guerras civiles y los catlicos intransigentes cuya religiosidad tiene
una violencia enfermiza.

En otro tiempo, sin duda por la proximidad al primitivismo de Rousseau,
presuman los vascos de ser un pueblo nuevo, un pueblo joven, que
modernamente comenzaba a vivir. Hoy no podemos recostarnos en esa teora
de la juventud. Todo indica, al revs, que los vascos deben inscribirse
entre los pueblos que han vivido mucho.

       *       *       *       *       *

En otra ocasin[1] me aventur a expresar la posibilidad de que en la
mayor parte de Europa existan dos grandes razas fundamentales: la raza
_noble_ y la _plebeya_. Ahora me importa insistir en ese punto de la
duplicidad racial, cuyos elementos se formaron sin duda en perodos
ignorados de la Historia. Esta duplicidad no excluye la intromisin
posterior de otros componentes raciales, venidos en tiempos histricos;
germanos, franceses, castellanos, tal vez romanos, quizs algunos
judos, y despus la inmigracin lenta por los puertos de mar.

[1] Vase _En la Vorgine_

Si examinamos los dos tipos principales que pueblan el Cantbrico,
veremos pronto un hombre macizo, propenso a engordar, de cabeza redonda,
facciones poco delicadas, temple reposado y espritu prctico. Es un
individuo sano, robusto y ecunime, exento de intiles fantasas y nada
apto para perder el tiempo en fugas imaginativas. Es el ejemplar del
buen ciudadano, el que ahorra, come, engorda y re. Es ese asturiano
forzudo y leal que todos conocemos, buen servidor, con aptitudes de
tendero y de contratista; es ese vasco ciclpeo que vive a ras de tierra
y que, en la emigracin, pasa pronto a la categora de indiano. Las
caractersticas de este ejemplar son semejantes al hombre alpino de
los antroplogos, el famoso marchand de marrons.

El otro ejemplar est ah, en todas partes, destacndose por su cuerpo
musculoso, su cuello largo, su espalda algo encorvada, su crneo
estrecho, su nariz

[Imagen: _Elas Salaverra, pint._]

exageradamente larga, sus ojos oscuros, su mentn agudo, su dentadura
frgil, su temperamento nervioso y su aire fino. Es el que da carcter
diferencial a la raza.

Cul de los dos ejemplares tiene derecho a llamarse aborigen? Yo me
inclinara a optar por el tipo ecunime, macizo y de cabeza redonda; ese
hombre pirenaico o cantbrico que sera pariente del hombre alpino, base
de donde mana la gran raza plebeya del centro de Europa. El otro tipo
nervioso, dolicocfalo, fino y de ojos oscuros, es una repeticin de los
hombres de origen mediterrneo que habitan en Castilla y en Andaluca.
Entre un vasco o santanderino de perfil agudo y ojos negros, y un
hidalgo de vila o un fino ganadero de Crdoba, no suele haber ms
diferencias que las puramente externas de vestido o acento idiomtico.

Este hombre aguileo y nervioso, noble y fino, forma parte de una raza
muy vieja que acaso invadi el Cantbrico, y que en el mismo resto de
Espaa sera intrusa; es imposible conjeturar la fecha de la invasin,
ni si trajo al pas el idioma uscaro o lo encontr ya en uso entre la
gente primitiva del tipo basto. nicamente podemos confirmar por la
propia observacin la naturaleza macerada, vieja y en cierto modo
decadente de esa seccin racial del pas cantbrico.

La tuberculosis causa en ella sensibles estragos; las dentaduras se
desmoronan pronto; le persigue la neurosis, las manas, las ideas fijas,
la misantropa, la timidez enfermiza, los tics nerviosos, las pasiones
vehementes, los sectarismos hondos y morbosos llevados a la poltica y a
la religin; en fin, el alcoholismo, cuya influencia arruinadora apenas
daa al tipo sano que anotamos en primer lugar, pero que hace estragos
en el hombre aguileo, por su incapacidad fisiolgica de reaccin.

Si examinamos ahora el desgaste, nos encontraremos con una raza que,
despus de ser vieja, todava tiene el peligro de la incontinencia y del
clima deprimente. Favorece, pues, el desgaste de la raza esa propensin
al abuso, que no es ninguna temeridad exponer como cierta y resaltante.
Abuso en el trabajo, abuso en la ambicin, abuso en la sensualidad. No
se trata de individuos continentes, como esos levantinos que se
embriagan hablando y beben mucha ms agua que vino; todos sabemos a qu
grado de intemperancia llega el vasco, como todo cntabro, cuando se
decide a comer y beber, a trasnochar, a bailar, a jugar. Un delirio
bquico, una extremosidad vehemente y frentica es lo usual en esas
fiestas, en esos juegos, banquetes y bailes del pas. Las mujeres sobre
todo abusan de su laboriosidad, a la que se entregan con verdadera
intemperancia y por la que envejecen relativamente pronto.

El clima del Cantbrico es favorable a los desequilibrios neurticos,
por su humedad pastosa, por sus cambios bruscos y continuos, por sus
cielos bajos, por sus nublados interminables, por la cortedad de los
horizontes. En esos cielos bajos, que no tienen la compensacin de la
llanura como en Francia y Alemania, las ideas fijas son una especie de
carcoma en un sistema nervioso desgastado. Y los aires reinantes son tan
antagnicos, tan incongruentes, que el temperamento humano necesita
pasar en pocos das desde el viento gil del Norte al viento caliginoso
del Noroeste, pesado y como tropical, y en seguida al viento del Sur,
excitante y seco. El clima mantiene al hombre del Cantbrico en una
intranquilidad constante. Y los cielos bajos, oprimentes, hacen en los
nervios su faena.

La codicia de beber es una pasin que ataca a casi todos los pueblos
hmedos, nubosos, frescos o fros. El hombre ama la luz y el calor; los
necesita para el alma tanto como para el cuerpo. Cuando el cielo no
presta la luz y el calor, el hombre pide el complementario, la
compensacin, el fuego y la luz del vino. Todas las Sociedades de
Temperancia de Inglaterra son impotentes para dar al ingls un
sustitutivo del alcohol, en aquella tierra hmeda donde, frente a un sol
intil como una oblea difuminada, el alma que se aburre encuentra que la
vida carece de sabor.

En Francia asistimos claramente al espectculo de unas regiones alegres,
tibias y luminosas como las del Medioda, en que el alcoholismo es
moderado, y esas otras regiones del Norte, como Normanda, donde las
familias destilan en las propias casas el aguardiente de frutas, que
devoran todos, viejos y nios; en algn puerto normando se ha dado el
caso de tener que interrumpirse a media tarde la descarga de buques,
porque los obreros estaban embriagados.

El meridional, particularmente el mediterrneo, tiene por el vino un
amor casi lrico; lo bebe con temperancia, y es para l una cosa clara,
alegre, sin culpa; es un elemento histrico y social de la fiesta en
familia o al aire libre, la herencia de Baco, la exaltacin potica de
las vendimias. En los climas nubosos tiene el vino un sentido como
trgico y culpable.




XXI

DIFERENCIACIONES Y PARECIDOS




[Imagen: _V. de Zubiaurre, pint._]


Ningn trozo geogrfico o antropolgico del mundo se halla bastante
aislado para que pueda suponrsele nico, virgen de todo contacto y
libre de comunicaciones reales. El territorio vasco, por su pequeez y
por la posicin que ocupa precisamente en el gran camino de las
migraciones, no es el que ms se ha librado de las influencias externas.
Nos atreveramos a decir que los vascos, semejantes en esto a los
ingleses, admitieron siempre todo lo que llegaba del exterior. Por
tanto, en el contenido del pas hay mucho de mosaico, cuyas piezas
mltiples es fcil hoy mismo separar con un mediano espritu de
observacin. En el pas vasco han ido posndose los residuos de las
civilizaciones circulantes, sobre todo y casi exclusivamente las
civilizaciones hispano-castellanas. En el propio idioma uscaro se
descubren numerosos vocablos de origen medioeval, y hasta del tiempo
oscuro en que el bajo latn se converta en rudo romance castellano. No
es necesario resaltar ahora cmo la legislacin foral hispano-castellana
va dejando en las leyes vascongadas sus distintos y sucesivos aspectos.
En cuanto a la arquitectura, el pas vasco acoge las formas que llegan
de la meseta central, hasta las formas de origen mahometano; en Azpeitia
y Azcoitia, efectivamente, se ven casas abolengas donde el ladrillo est
trabajado segn la manera mudjar.

Las agrupaciones humanas son como crculos concntricos, que varan por
su dimensin y jerarqua, pero no por sus caracteres especficos. Una
simple aldea rene ya todo lo esencial de una gran nacin: atomismo,
celos de barrio, luchas de castas, diferencias de terreno y de clima.
Una regin es un crculo tambin, semejante a un crculo nacional del
tipo moderno.

Si observamos, pues, la regin vascongada la veremos dividida, lo mismo
que un gran Estado, en partes desiguales y aun antagnicas.
Geogrficamente tiene zonas clidas, mediterrneas, esteparias,
meseteas, de llanura; otras son hmedas, cantbricas, tibias y de
valles estrechos; otras son de alta montaa, fras y boscosas.

La flora recorre toda la gama mediterrneo-alpina, desde los castaos y
helechos de los climas brumosos, hasta el tomillo de las tierras
esteparias y los olivares de los llanos calientes.

El tono de la raza, qu distinto aparece tambin! Hacia el lado
cantbrico, la gente presenta una piel ms blanca y rosa; hacia el lado
opuesto, en la vertiente del Mediterrneo, la piel se quema y tiende a
ser cobriza o amarilla. Los del lado del mar son hombres de aspecto
fsico ms voluminoso, de cuerpos grandes que propenden a la obesidad;
los del otro lado de la divisoria son ms pequeos, enjutos, violentos y
vivaces.

El tipo del crneo vara igualmente, aunque pueda sealarse una forma
general, como la ms frecuente: la forma dolicoceflica, comn a casi
todos los pueblos meridionales. No es tan uniforme el color del pelo y
de los ojos. Mientras unos vascos se significan por el tono oscuro del
cabello y ojos, otros se nos presentan francamente rubios y de ojos muy
claros. Los ojos de color intermedio abundan notablemente, tal vez tanto
como en Italia; hay pocos ojos de matiz germano puro, como en Francia,
pero son incontables los matices ambiguos: azulados grises, azulados
verdosos, grises verdosos.

Aadiremos todava que a lo largo de la regin es fcil descubrir zonas
ms o menos importantes en donde prepondera el color claro de los ojos y
el pelo. Parecen manchas antropolgicas cadas all al azar, pero que
obedecen a causas o inmigraciones prehistricas. En la parte pirenaica
de Navarra abundan mucho estas zonas o manchas de color claro; en los
valles elevados, y en la misma cuenca de Pamplona, se ven con sorpresa
crneos redondeados y cabellos rubios, que recuerdan bastante a los del
medioda de Francia del tipo gascn y bearns.

Contra lo que parecera natural, el tipo de ojos y pelo moreno abunda
mucho ms en la vertiente cantbrica. Por un efecto de ilusin, mirando
slo al matiz general de las personas, suele creerse que el vasco del
lado del Cantbrico es un hombre blanco, claro, casi rubio en oposicin
al hombre de la meseta.

Lo cierto es, sin embargo, que en la meseta central espaola no abundan
los tipos puramente morenos tanto como en Marquina o Andoan. En el
centro de Espaa se da con ms frecuencia el tipo castao; para
encontrar ojos y cabellos francamente morenos es preciso retirarse a las
costas, sean de Catalua, de Murcia, de Andaluca o del Cantbrico. La
ilusin de morenez del centro de Espaa tiene su origen en el cutis
seco, tostado y amarillento, producto nada ms que del clima; tan pronto
como el centro de Espaa deja de ser meseta y desciende de nivel, como
ocurre en Extremadura, pierde la piel ese matiz uniforme y seco y cobra
color vivo.

       *       *       *       *       *
Aunque los ros del pas vascongado, como todos los de la regin
cantbrica, sean tan minsculos que apenas merecen ms que el nombre de
arroyos, tienen, sin embargo, una positiva fuerza de diferenciacin
etnogrfica.

Los ros son pequeos, es verdad, pero ni en ellos mismos fracasa esa
ley de Geografa que hace de las cuencas hidrogrficas las ms naturales
y primarias expresiones regionales. En efecto, y refirindonos a un ro
famoso, todos saben que las gentes que pueblan las riberas del Ebro,
desde Miranda a Tortosa, tienen puntos psicolgicos y temperamentos
comunes, de modo que un riojano, un navarro ribereo y un aragons
coinciden en las costumbres, en los cantos; en el tono del lenguaje y en
los sentimientos.

As tambin ha herido siempre mi curiosidad esa extraa filiacin que se
observa en los habitantes de los distintos ros vascongados. Para
conocer las diferenciaciones de lenguaje, de costumbre y hasta de
matices raciales en el pas vasco, necesariamente y casi exclusivamente
debemos recurrir a la hidrografa. Las cuencas hidrogrficas son de
veras las que unen a los hombres y los diferencian de sus vecinos.

Refirindome a la provincia de Guipzcoa, que es la que ms conozco,
dir que las tres grandes separaciones dialectales y costumbristas de
esa provincia se sujetan a las tres cuencas hidrogrficas importantes:
el ro Deva, el Oria y el Bidasoa. Los otros ros, de curso ms
insignificante, como el Urola, el Urumea y el Oyarzun, aunque
positivamente tienen fuerza diferenciadora, sta no es tan notable como
la de los otros ros; sus matices diferenciadores son de ndole muy
sutil y no vale la pena de anotarlos.

El tono de la voz y el dialecto que hablan las gentes de Irn y
Fuenterraba, son mucho ms semejantes a los de Hendaya, Vera y Echalar,
que a los de Villabona, Tolosa y Beasan. En cuanto al dialecto y las
formas costumbristas de las gentes del Deva, se separan bastante
considerablemente de las del ro Oria. Esta diferencia de dialecto, usos
y hasta tipo de raza entre las gentes del Oria y del Deva es tan
notable, que parecen dos provincias diversas.

Desde Oate y Mondragn, hasta Mendaro y Deva, el idioma adquiere rasgos
vizcanos, como son, principalmente, las terminaciones en u y el uso
de la jota con sonido suave, como la ch francesa. Veremos tambin que
en la cuenca del Deva tienen las villas un aire ms seorial, y que su
arquitectura, ms aristocrtica que la del Oria, es por tanto ms fina y
elegante; las casas fuertes de Oate y Vergara, por ejemplo, indican con
facilidad que en esta parte de la provincia existi mayor preocupacin
hidalguesca, y que fueron aqu los seores banderizos mucho ms
soberbios e influyentes que en la regin del Oria. En fin, la raza se
diferencia tambin; un espritu medianamente sagaz comprende pronto que
la gente de Eibar y Vergara es de tipo ms moreno, acaso ms fino y
decadente, menos vigoroso, ms aguileo, que los ejemplares de
Asteasu, Amezqueta y Tolosa.

Para m, la verdadera Guipzcoa se halla enclavada en la regin
hidrogrfica del Oria, la cual se extiende a un lado y otro abarcando en
cierta manera la cuenca del Urola, del Urumea y el pas semillano que va
hacia el bajo Bidasoa. La cuenca del Deva es una provincia aparte que
abraza las comarcas afines de Marquina, Erma y Elorrio, hasta el llano
de Durango.

Despus sealaremos la diferencia bien honda entre la gente pescadora y
la labriega, entre costarras y goyerritarras. Y ensanchando el
espacio de las comparaciones, encontraremos que, en trminos generales y
en mayores sntesis, Guipzcoa es ms suave y atemperada que Vizcaya;
Vizcaya es ms dura, ms terca e irascible, y se parece al tono genrico
espaol; lava, prescindiendo de los apndices de Ayala y Aramayona,
tiene el aire modesto, el aire de llanura como virtuosa y econmica,
de la tierra de Burgos.

En Navarra hay porciones guipuzcoanas; otras, como el Baztn, recuerdan
al pas vasco-francs; otras zonas son alto-pirenaicas, y otras, por
fin, tienen el tono impulsivo y clido de la Rioja y de Aragn.

La provincia de Vizcaya, a causa de cierta arbitrariedad de sus ros, es
casi tan heterognea y est diferenciada como Navarra. Esa cuenca del
Nervin es un verdadero remolino de procedencias dispares; el vascuence
y el castellano se encuentran y unen all; afluyen las influencias del
alto Ibaizbal, se unen a las de Orozco, llegan las de lava, y reciben
por ltimo las del Cadagua. Esto explica que la zona propiamente
bilbana, desde Achuri a Portugalete, sea lo ms violento, turbio y
heterogneo del pas vasco y de la propia regin cantbrica.




XXII

IDEAS FINALES




[Imagen: _V. de Zubiaurre, pint._]


Hay en nosotros una ntima resistencia frente al cambio: no queremos que
las cosas varen alrededor nuestro, porque adems de la pereza que
sentimos por todo cambio de postura, nos parece, tal vez con razn, que
al desaparecer las costumbres a las que estbamos conformados, nosotros
mismos debemos desaparecer con ellas.

Constantemente nos gritan con alarma que los usos y costumbres
vascongados estn desapareciendo. No hay duda que muchas formas
costumbristas desaparecen. Pero la alarma sera fundada si esas
costumbres desaparecieran en seco, sin ser sustitudas por otras
costumbres, tan tpicas como las anteriores.

Hoy pasan las formas y se cambian las modalidades con mucha ms rapidez
que antao; esto ocurre en todo el mundo, y el pas vasco no podra
substraerse a la ley universal. Mueren las costumbres, es verdad, pero
otras nuevas nacen. Y en este punto deberemos insistir un poco, porque
es esencial.

Instintivamente nos sentimos dispuestos a considerar lo tpico como algo
que ha llegado a un pas por efectos milagrosos: una costumbre, en
cuanto rene ciertas cualidades generales y permanentes, se nos figura
que brota de las entraas del pas por verdadera germinacin espontnea
y al estilo de los hongos; nos basta reflexionar brevemente para
comprender que no es as, y que lo que llamamos costumbres
caractersticas son cosas que los pueblos se transmiten de uno a otro y
sin cesar. Lo que hace cada pas, con distinta fuerza, es imprimir su
propio cuo a esas costumbres, absorbindolas profundamente hasta lograr
que parezcan diferentes y originales.

El pas vasco es quiz uno de los que mejor y ms habitualmente recurre
a la recepcin o absorcin de formas costumbristas ajenas. El pas vasco
es poco original en el sentido creador. No ha creado formas esenciales
de vida, o no ha transfigurado las esencias adquiridas hasta exaltarlas
profunda y densamente, al modo de los pueblos que consideramos
fundadores de civilizacin (Grecia, por ejemplo). Tampoco se puede decir
que el pas vasco haya creado verdaderos estilos, porque, con
frecuencia, las formas que adquiere del exterior las conserva casi en el
mismo estado en que las recibe. Tal ocurre con el juego de pelota, con
el tamboril, con las danzas de las espadas, con las regatas de traineras
y con otros muchos usos llamados tpicos.

Contribuye a que estos usos se llamen tpicos un fenmeno de simple
exclusin: son costumbres y modalidades que en otras provincias han
perdido auge y difusin, y que al conservarse entre los vascongados con
fuerza, producen el efecto de ser propiamente vascongadas. As ocurre
con el tamboril, que slo en raras comarcas del resto de la Pennsula se
conserva en vigor. Los andaluces lo usan en la clebre y pintoresca
romera del Roco; lo emplean tambin algunos pueblos de Len.
Antiguamente era comn a muchas comarcas espaolas, sobre todo las de
raz castellana.

El caso del juego de pelota es sumamente curioso. Se le llama _sport_
vasco, y es una diversin que ha sido adoptada de los castellanos
probablemente en fecha bastante prxima. Digamos desde luego que la
pelota es un til de diversin tan antiguo como el hombre, y comn a
todos los hombres del mundo. Es un juguete universal, puesto que es
lgico. Los relieves griegos nos presentan ya a las mujeres jugando a la
pelota.

Que el juego de la pelota, en la forma actual, fu adquirido de
Castilla, es indudable, porque todas, pero todas las palabras que
intervienen en el juego, son castellanas. Respecto a la relativa
modernidad de la adquisicin, nos ayudar a la conjetura el examen,
siquiera ligero, de esas palabras: efectivamente, carecen de un aire
demasiado arcaico. Son voces del siglo XVI, o quiz de tiempos ms
recientes. Hoy se usan en el lenguaje corriente de Castilla.

Lo cierto es que nuestros pelotaris dicen frontn, pelota, pared,
raya, guante, pala, cesta; califican las jugadas de a largo,
a remonte, a volea, a punta, a sotamano; dicen falta, tanto,
quince... Todo indica, pues, que el juego de la pelota tiene en el
pas vasco una fecha de adopcin muy poco antigua.

Como ese juego ha sido adoptado, otros nuevos vendrn a sustitur a los
que se pierdan. Porque los vascos se vieran con el gusto o la necesidad
de tomar la costumbre de la pelota a los castellanos, a nadie se le
ocurri proferir dramticas lamentaciones. El carcter de un pueblo no
se cifra en algunas maneras externas y formales: hay algo ms penetrante
que ayuda a mantener el tono diferencial de un pas. Aunque el
ari-ari, el fandango y la purrusalda no son ms que el baile
suelto que se baila en casi todas las regiones espaolas, sabemos, sin
embargo, que algn matiz, cierto aire diferencial existe en la danza
suelta de los vascos.

Este mismo fenmeno, si lo aplicamos a las palabras, nos conceder no
menos interesantes motivos de observacin. En efecto, tan pronto como
nos sumergimos en la lectura de las obras castellanas de la Edad Media,
encontramos vocablos e interjecciones que en el siglo XIII eran de uso
vulgar en Castilla y que hoy no se emplean ni se conocen si no es por
los eruditos; pues bien, esos vocablos e interjecciones que el tiempo
borr para siempre de los pases propiamente castizos, se conservan en
el pas vascongado y toman en lenguaje uscaro un franco carcter de
frecuentacin. De tal modo, que los mismos vascongados creen que se
trata de trminos absolutamente indgenas.

Para quien conoce el vascuence, resulta, pues, en extremo curiosa la
lectura del poema de Mo Cid, y da ocasin a conmovedoras sorpresas. El
aire rudo, masculino, honrado y marcial de esos versos rudimentarios nos
arroja desde luego al alma un perfume antiguo, un saber de naturaleza
que se compagina bien con el tono de la gente vascongada. El Cid,
Antolnez, Muo Gustioz, Jimena, son personas bravas y simples que dan a
las cosas su nombre exacto, su valor real. Pasa por todo el poema una
emocin y un bro varoniles, y nada nos cuesta imaginar que aquellos
seres de la vieja Castilla son vascos romanizados, o sencillamente
vascos que han pasado a travs de las villas y las ciudades.

De pronto tropezamos con una palabra: asmar. El comentador del libro
hace una llamada y cree indispensable dar al pie de la pgina una
explicacin de ese verbo arcaico. Nosotros, ante la explicacin erudita,
vemos con asombro que el verbo asmar tiene hoy en vascuence el mismo
sentido que tena entre los castellanos del siglo XIII. Lo mismo ocurre
con la palabra alcandora, que es de origen rabe, y se usa en el
vascuence de una parte de Guipzcoa para expresar la camisa. Cayola
(jaula) es otra palabra que desaparece del castellano corriente y
perdura en uscaro. Copa, en la acepcin de cesto o concavidad, se usa
en vascuence para significar el sern de los albailes. Copeta, que en
uscaro significa frente, es el copete arcaico. A veces salta una
palabra que ha llegado del italiano al vascuence por vas ignoradas; por
ejemplo, gona, que en toscano y en el vascuence vulgar significa saya,
basquia. Es posible que se usara en castellano alguna vez, y haya
desaparecido sin dejar rastro literario.

Tambin nos detenemos con curiosidad cuando omos exclamar al Cid
Campeador, el de la barba vellida:

      Ia, Alvar Fez, bivades muchos das;
    ms valedes que nos, tan buena mandadera!

O cuando el mismo Cid se dirige a su esposa y prorrumpe entre suspiros:

      Ia, doa Ximena, la mi mujer tan cumplida,
    como a la me alma yo tanto vos quera...

El comentador hace aqu otra llamada y explica el sentido de ese ia;
era una exclamacin actualmente en desuso, o sustituda, a nuestro
parecer, por su semejante ea! Pero necesitbamos nosotros ninguna
ayuda aclaratoria? La exclamacin ia, tan frecuente en Mo Cid, est
viva y se emplea corrientemente por los que hoy hablan el uscaro en
tierras de Guipzcoa. De este modo: Ia, Manubel, etorrizaitez. O en
tono de imprecacin y de coraje. Ya, mutillac, guacen aurrer!...

Estos que a primera vista parecen detalles nos demuestran cmo los
hombres se comunicaron en la antigedad ms frecuentemente de lo que ha
supuesto una opinin pseudo-culta. Los pueblos no vivan separados como
islas en los siglos medios, sino que, todo al revs, se frecuentaban, se
copiaban entre s, y esto quiz con ms eficacia que ahora mismo. Los
idiomas eran entonces cosas blandas, maleables, amorfas, a causa de la
constante y viva comunicacin. El francs se diferencia poco del
provenzal, y el castellano est lleno de palabras lemosinas, italianas,
gallegas y francesas.

En contacto frecuente, y viviendo la misma vida social, comercial,
poltica y guerrera, es entonces cuando castellanos y vascongados se
fundieron en un cuerpo armnico. De entonces data sin duda la aceptacin
por parte del vascuence de esa infinidad de voces y giros, que tomados
de un castellano primitivo, nos suenan hoy tan densamente.




INDICE


                                                                 Pginas.

La inmensidad verde                                                    5

El ceremonioso tamboril                                               13

Da de fiesta en un pueblo vasco                                      21

Junto a la carretera                                                  29

Catali                                                               37

Los remeros olmpicos                                                 43

Elogio de mar Cantbrico                                              53

El ro dinmico                                                       59

Elogio de los campanarios                                             67

El viento del sur                                                     73

Los bebedores de sidra                                                83

Los _versolaris_                                                      91

El humor anacrentico de los vascos                                   99

Visin de pueblo antiguo                                             109

Camino de las montaas                                               121

La patria de los pastores                                            129

Meditacin en la cumbre                                              141

La timidez de los vascos                                             149

La preocupacin de la hidalgua                                      159

El problema de los nervios                                           167

Diferenciaciones y parecidos                                         181

Ideas finales                                                        191





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